¡he matado a mi profe!

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¡He matado a mi profe!
¡HE MATADO A MI PROFE!
¡ No hay quien aguante, ahora tenemos al “Bigotes”!
-No te preocupes, hoy nos lo vamos a pasar en grande...
El profesor de dibujo, Lambert, más conocido por el “Bigotes”, fue recibido con el
bullicio habitual. Puso su cartera en la mesa y asentó sus posaderas en la silla.
-Buenos días niños...Bueno, vamos a seguir trabajando con la perspectiva. Coged hojas
de papel milimetrado .Después de pronunciar estas palabras, se levantó para acercarse a
la pizarra. Bueno, lo intentó...La silla había seguido su movimiento pegada a su
pantalón. Los anuncios de la tele estaban en lo cierto: “¡Cómo pega esta cola!”
Una enorme carcajada sonó en el aula. El asombro inicial del profesor fue sustituido
rápidamente por una ira que paralizó su rostro, de ordinario tan resignado.
Con un gesto brusco, despegó la silla de su trasero y su pantalón se rajó. Llevaba unos
calzoncillos azul claro. Los alumnos soltaron aún más carcajadas, se revolcaban de risa
por encima y por debajo de las mesas.
-¿Quién ha hecho esto? –vociferó Lambert, loco de ira y de vergüenza.
No dijo más, cogió su impermeable y se lo puso para disimular el agujero del pantalón
delante de los alumnos. Las risas habían cesado y en el aula se respiraba un profundo
silencio de apuro y temor. Por primera vez, Lambert parecía fuera de sí.
-¿Y bien? –aulló.
El suspense se prolongó unos segundos hasta que Julián levantó el dedo, con una
sonrisa, que no era insolente, en los labios. Una sonrisa, a pesar de todo. El resto de la
clase suspiró de alivio: el peligro de un castigo colectivo estaba descartado.
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El profe, en tres zancadas, llegó hasta Julián. Le levantó brutalmente y le propinó una
sonora bofetada.
-¡Fuera, majadero! ¡Ya arreglaremos cuentas en el consejo de clase!
En el patio, hasta el sol parecía ponerle mala cara. Escondido detrás de las grisáceas
nubes, era como una luna con falta de vitamina C. Julián empezaba a percatarse de la
magnitud de los acontecimientos. En primer lugar, aún no había digerido la bofetada.
En estos momentos, ya lo sabría todo el colegio.
¡Qué vergüenza! Pero lo más grave era amenaza del profe. No podía arriesgarse a que le
expulsaran. Su madre se pondría furiosa. Y sobre todo triste.Por la noche, solo en su
habitación, estuvo buscando, sin éxito, una forma de salirse del lío en el que se había
metido. Pero más tarde, le vino a la mente, como una iluminación, el argumento de una
película que había visto en la tele.
En ella, el héroe le decía a su hijo:
-Cuando desees una cosa, concéntrate y piensa en ello con todas tus fuerzas...Entonces,
tu deseo se podrá hacer realidad.
Julián se dio cuenta de que ese era el único medio para quitarse de encima sus
preocupaciones: Lambert tenía que ponerse enfermo antes de la semana próxima. Antes
del consejo de clase. Pasó toda la noche concentrado en esa idea, repitiendo en voz baja:
-Lambert se va a poner enfermo, lo deseo.
Lambert se va a poner enfermo...
Por la mañana se levantó temprano, cansado, pero aliviado al mismo tiempo. Estaba
seguro de que su profesor de dibujo no iba a poder asistir al Consejo de clase del viernes
siguiente. No le cabía la menor duda de que así ocurriría. Cuando llegó a la cocina, se
zampó dos tazones de chocolate y cuatro tostadas delante de su asombrada y encantada
madre.
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Dos días más tarde, por el colegio corría el rumor de que el Sr. Lambert estaba malo.
Julián, nada extrañado, presumía ante Phill del poder de su mente:
-¡Te das cuenta, le he dejado fuera de servicio, sólo con esto! –decía, señalando con el
dedo su cabeza.
Phill, escéptico, no contestó nada. No conseguía saber si Julián bromeaba o hablaba en
serio. Al día siguiente, el director anunció con voz temblorosa que el Sr. Lambert había
muerto de una crisis cardiaca... La primera reacción fue de estupor. Julián se quedó
mudo. Lambert. MUERTO. .Después sintió pánico. Un pánico desmesurado. Julián
temblaba, tiritaba y sudaba al mismo tiempo. Le invadía una sensación de calor que, al
instante, pasaba a ser de intenso frío .Phill, que se encontraba detrás de él, le dijo al
oído:
-Has ido un poco lejos.
Julián se dio la vuelta lentamente, las lágrimas caían por su rostro desencajado.
-Soy un asesino... Le he matado... ¿Te das cuenta?...
Phill se quedó helado, acababa de comprender que Julián no bromeaba.
-¡Déjate de tonterías! Tú no tienes nada que ver. Es el azar...
-¡No! es por mi culpa. ¡Soy un asesino!
Luego, empujó a su amigo y cruzó el patio corriendo. Se pasó la tarde deambulando por
las calles de Maisons-Laffitte. Se sentía muy sucio. Miserable. Lo habría dado todo por
volver atrás. Pero era imposible. Esa tarde no volvió a casa. Vivía con su madre cerca
de la estación, en unas casas muy antiguas. No quería ver a nadie. Se instaló en un
sótano abandonado del edificio F. Era su escondite, suyo y de Phill, nadie más lo
conocía. Se tumbó en un colchón que estaba sobre el suelo, sus ojos estaban muy
abiertos, no perdía de vista el resplandor de la bombilla que colgaba del techo. Intentaba
no pensar en nada, pero una imagen le obsesionaba: su profe, tumbado en un ataúd, le
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miraba llorando. Al caer la tarde, después de la clase de inglés, Phill se encontró con él
en el sótano. No se había movido.
-¡Venga, chico, muévete!
-Déjame –respondió Julián con una profunda tristeza.
-Tu madre se va a preocupar...
-Mañana iré a la policía para declararme culpable.
-¡Estás completamente chiflado! Pon los pies en el suelo. Tú no tienes nada que ver con
esa muerte...
Julián se levantó y cogió a su amigo por los hombros cariñosamente.
-No insistas, Phill. Sé muy bien lo que he hecho. Búscame la dirección de Lambert.
-¿Qué vas a hacer ahora?
-No lo sé... Vamos, simplón, son cosas mías.
Phill regresó una hora más tarde con una pizza y una botella de coca cola. Julián daba
vueltas en su escondrijo y, en cuanto Phill entró por la puerta, le asaltó con preguntas.
-¿Tienes la dirección?
-Su nombre es Alain, ¿verdad? (Julián lo confirmó con un movimiento de cabeza).
Porque Lambert, por la zona, hay a porrillos... Pero sólo hay uno con un nombre que
empiece por “A”. ¿Puede ser el nuestro?
-Lo comprobaré personalmente –dijo Julián con tono misterioso.
-Es que vas a...
Julián, con el dedo sobre los labios, le indicó que guardara silencio. Phill comprendió
que su amigo quería estar solo.
-¡Bueno, hasta luego, Starky!
Y se marchó, dejando a Julián con sus demonios.
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Julián se bebió la mitad de la botella de coca cola, pero ni siquiera tocó la pizza. Luego
salió del edificio para buscar una cabina de teléfonos que funcionara. Su madre
seguramente empezaba a preocuparse. Al quinto intento, encontró una cabina que
apenas funcionaba. Se esforzó por poner una voz alegre para comunicarle a su madre
que esa noche dormiría en casa de Phill, pues tenían que presentar al día siguiente un
trabajo. A su madre, al principio, no le pareció bien la idea, pero finalmente aceptó y le
mandó un beso muy fuerte, recordándole que se lavara bien los dientes antes de
acostarse. La casa de Lambert se encontraba en el número 47 de la Avenida
Poniatowsky, una pequeña carretera que iba serpenteando por el bosque de MaisonsLaffitte. Había localizado el lugar en un plano de la calle próximo a la estación. Estaba a
unos tres Kilómetros. Ya había oscurecido y quedaban pocos transeúntes. Como la luna
estaba casi llena, no necesitó linterna. Después de un largo paseo, no muy tranquilo,
llegó al número 47. Estuvo unos minutos indeciso delante del timbre, luego pasó el
pórtico para escalar un pequeño muro de piedras. Se encontró en medio de la finca,
asombrado de hallar un lugar como aquél ¡No vivía nada mal, Lambert!
Avanzó en dirección a la casa, escondiéndose detrás de los árboles como un indio.En el
piso bajo había luz.Julián, con la cabeza hundida entre los hombros y la espalda
encogida, se deslizó hasta la puerta acristalada. Había decidido explicar a la mujer y a
los hijos del Sr. Lambert que todo había sido culpa suya, y que... En realidad, no sabía
muy bien lo que iba a contarles, pero necesitaba hacerlo .Llevaba ya diez minutos allí
parado, espiando sin atreverse a llamar a la puerta. Nadie daba señales de vida en el
salón, sin embargo, estaba iluminado. Una puerta, al fondo, se abrió. Julián percibió una
silueta familiar. Ese andar cansino, esa espalda curvada... La imagen se iba concretando.
Era una alucinación. ¿EL FANTASMA DE LAMBERT?
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Julián, muerto de miedo, se mordía los labios para no pegar un alarido. Cerró los ojos,
incapaz de hacer el menor movimiento.
El hombre se encontraba ya a menos de tres metros. Julián abrió por fin los ojos... Y
comenzó a reírse.
Sobre todo de alivio. No era Lambert.
El hombre no tenía bigotes.
Julián había sentido tanto miedo que, de pronto, su sentimiento de culpabilidad
desapareció. Se le habían pasado las ganas de ir a disculparse ante la familia. Por ese
día, ya había recibido su ración de emociones fuertes. Justo cuando se disponía a
abandonar el lugar, la puerta de entrada se abrió bruscamente.
El hombre se abalanzó sobre él.
Julián se estremeció, dio un salto y salió a toda velocidad por el jardín. Le sacaba unos
metros de ventaja a su perseguidor, que resoplaba como un acordeón asmático.
Al pasar el muro, resbaló, y el hombre pudo darle alcance. Julián gritó para alertar a los
vecinos, pero el desconocido tapó con su mano la boca del niño aterrado. Lo sujetó
enérgicamente en el suelo y luego lo arrastró hasta su casa.
Una vez dentro, cerró la puerta de entrada con dos vueltas de llave.
Julián, acurrucado en el sillón, no se atrevía a mover ni un dedo.
El hombre sin mediar palabra, cerró y atrancó las contraventanas del salón. Luego se
sentó en un sofá justo enfrente del niño.
Finalmente, el hombre rompió el silencio.
-¿Qué narices haces aquí?
Su voz se parecía a la de “el Bigotes”, pero era más seca. A Julián se le hizo un nudo en
la garganta.
-Mmm, yo... quería... mmm... hablar con la familia de...
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El hombre le interrumpió con un tono casi amenazador:
-Entonces, ¿por qué has huido como un ladrón?
Julián vaciló unos segundos.
-Mmm... me pareció que usted era mi profesor...
El hombre hizo una mueca indicándole que continuara.
-Es verdad, usted se parece mucho...
El hombre, cada vez más contrariado, se levantó del sofá y encendió un cigarrillo con
gran excitación.
-Normal. ¡Es mi hermano!
Julián se sentía terriblemente apurado. Buscaba algo que decir para sosegar el tenso
clima que se había creado.
El hombre, instalado de nuevo en su sofá, parecía menos enfurecido que antes, quizá
porque había percibido el desconcierto del muchacho.
-¿Cómo has conseguido esta dirección?
-En la guía, señor.
El hombre encogió los hombros y sonrió ligeramente.
-¡Pues te has equivocado! Alain no vive aquí.
-En la guía decía A. Lambert.
-Claro, yo me llamo Antoine... Bueno, la entrevista ha terminado, es hora de volver a
casa.
De repente, Julián sintió el peso del cansancio. Tenía ganas de volver junto a su madre y
meterse en la cama. Se levantó y se dirigió hacia el hermano de Lambert.
-Perdone, señor...
Antoine Lambert le revolvió el pelo y le empujó hacia el vestíbulo.
-Venga, no es nada. Buenas noches, Julián.
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¡Había dicho: “Buenas noches, JULIAN”!
-Pero... ¿Cómo sabe mi nombre?
El hombre se quedó pálido como la cera.
Julián se sintió en peligro. Y la angustia le invadió.
Intentó huir, pero el hombre bloqueó la puerta. Luego se dirigió hacia Julián con el
rostro desencajado y le agarró del brazo.
El niño, aterrorizado, se puso a vociferar.
-¡Suélteme...usted es Lambert, lo acabo de comprender todo!
Sin decir una palabra, Lambert le arrastró hasta el salón y le sentó a su lado en el sofá.
-Julián, escúchame.
-¡No, quiero volver a casa!
-¡Julián, mierda, no grites!
Lambert le cogió por los hombros y le sacudió. Más calmado, pero sin dejar de temblar,
Julián preguntó:
-¿Me va a matar a mí también?
Lambert quedó sorprendido por la pregunta.
-¡Deja de decir bobadas!
Julián tenía ganas de llorar. Sentía miedo y no entendía nada. Algo no iba bien.
-Déjeme marchar, señor...
-Te lo prometo, pero antes escúchame.
Julián estaba dispuesto a escuchar lo que fuera con tal de que le dejaran marcharse.
Lambert, parecía cansado y muy triste.
-Sí, tienes razón, soy efectivamente Alain Lambert, tu profesor de dibujo...Y el que ha
muerto de un ataque al corazón es mi hermano Antoine...y yo he tomado su lugar...
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Julián, se mostró muy interesado por el rumbo que tomaba su aventura, tenía la
impresión de encontrarse en una película y de ser el héroe.
Y, espontáneamente, como una deducción lógica a la confesión de Lambert, preguntó
-¿Es por dinero?
-¿Qué? –dijo extrañado el profe.
-¿Por qué entonces ha tomado el puesto de su hermano?
Lambert esbozó una sonrisa:
-¡Oh, no Julián! No es por la herencia...
Luego guardó silencio durante largos minutos.
Julián ya no tenía miedo. Sin saber por qué, sentía que podía confiar en él. Que no
perdería nada.
Lambert seguía en las nubes. Julián le habló suavemente:
-Entonces, ¿por qué, señor?
Tuvo que repetir la pregunta.
-¿Eres capaz de guardar un secreto?
-Sí, señor.
-No respondas a la ligera. Es muy grave. No podrás decírselo a nadie. Ni a tu madre, ni
a tu mejor amigo.
-Se lo juro, señor.
Lambert se levantó y empezó a andar de un lado a otro, fumando como un loco. No
estaba muy seguro de la confianza de Julián.
Este tosió un par de veces.
-Le escucho, señor.
-No sé...
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Lambert se sentó en el sofá, enfrente de Julián. Parecía estar muy afectado, y su voz
cansada:
-¡Verás! Mi hermano tiene una hija de ocho años. Se llama Matilde. En estos momentos
se encuentra en el hospital, está muy enferma... Mi hermano sabía que padecía una
enfermedad del corazón por la que podía morir en cualquier momento. Entonces, el mes
pasado, cuando llevaron a Matilde al hospital, me pidió que le sustituyera en caso de...
un duro golpe. Para la pequeña...
Lambert se sentía incapaz de articular una sola palabra más. Julián, con lágrimas en los
ojos, se agachó y cogió su mano.
-Lo juro. Será un secreto absoluto.
Al día siguiente, en el colegio, Julián tenía un aspecto agotado pero feliz. Se reunió con
Phill, que le esperaba en la puerta del colegio con el nuevo disco de Rita Mitsouko.
-Starky, ¿Cómo ha ido tu investigación?
Julián encogió los hombros sonriendo.
-Hice un poco el bobo, pero me he hecho amigo del hermano de Lambert.
Al final de la tarde, se reunió con su profe en el coche. Perdón ¡con el hermano de su
profe!
-Sinceramente, creo que está mejor sin su bigote... Bueno, ¿Dónde está ese hospital?
-En París.
-¿Cree que a Matilde le gusta Rita Mitsouko?
-Pues no lo sé...
-Señor, quisiera disculparme... por lo del otro día, en clase...
Una sonrisa maliciosa iluminó el rostro de Lambert.
-¡Sí, me dejaste bien pegado!.
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