Maria Tudor La reina sanguinaria

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La reina sanguinaria
María Tudor (1516-1558) protagonizó una de las épocas más sangrientas de la historia inglesa.
Martillo de herejes, restauró el catolicismo en su reino, persiguió con saña a los protestantes, llenó
la Torre de Londres de prisioneros y ajustició a centenares de seguidores de Calvino. Era tal el
clima de terror y fanatismo que sus súbditos la bautizaron con el nombre de ‘Bloody Mary’.
JUAN CARLOS LOSADA
EL PAIS SEMANAL - 16-10-2005
Ordenó torturar y ejecutar a canónigos, obispos y herejes
Frustrada y sola, veía conspiradores por todos lados
María Tudor o Bloody Mary (María la Sanguinaria), reina de Inglaterra, nació en 1516.
Era hija de Catalina, que a su vez lo era de los Reyes Católicos, y del célebre Enrique VIII. Éste,
en 1533, logró que el arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer, dictase el divorcio de su
matrimonio, lo que precipitó la ruptura con Roma y la creación de la Iglesia anglicana al año
siguiente. Obviamente, la separación de sus padres supuso la pérdida de su condición de
heredera, así como presiones cada vez más fuertes por parte de la corte para que renunciase a su
catolicismo y reconociese que el matrimonio de sus progenitores había sido contrario a la ley de
Dios. De esta manera, su juventud la pasó recluida bajo un estado permanente de vigilancia y
amenaza, defendiendo la memoria de su madre y mientras su catolicismo se convertía en el
clavo ardiendo al que se aferraba en medio de un ambiente cada vez más hereje y hostil hacia su
persona. Sólo las simpatías de aquellos sectores de la aristocracia inglesa que por diversos
motivos eran reacios a la implantación del protestantismo, junto al miedo a una reacción de su
primo el poderoso Carlos V, la salvó, casi con toda seguridad, de una eliminación física que en
más de una ocasión llegaron a urdir sus enemigos.
Cuando en 1547 murió Enrique VIII, la corona recayó en su hijo y hermanastro de María,
Eduardo VI, bajo cuyo mandato se fue extendiendo aún más el protestantismo, lo que se
concretó, por ejemplo, en numerosas destrucciones de imágenes y otras medidas represivas
sobre los católicos que le valieron al joven rey una efusiva felicitación de Calvino. A lo largo de
este reinado, María siguió en su reclusión dorada, durante la que padeció diversas enfermedades
que se acabaron volviendo crónicas. Aunque desposeída del título de Princesa de Gales, ocupaba
el segundo puesto en la línea sucesoria, cosa que había logrado tres años antes tras reconciliarse
con su padre gracias, en parte, a la intercesión de una de sus esposas, Jane Seymour, que había
sido dama de compañía de Catalina. Cuando en 1553 Eduardo VI murió a causa de la
tuberculosis sin dejar descendencia, a María se le abrió el acceso al trono aunque para ello tuvo
que hacer frente a una conspiración del partido protestante, a la que venció gracias, en parte, al
apoyo popular de los ciudadanos de Londres.
Ahora, por fin, a los 37 años ya era reina y sentía que había llegado la hora de volver a poner las
cosas en su sitio, lo que no era otra cosa que restaurar el catolicismo. Para empezar no vaciló en
hacer ejecutar al jefe de los conspiradores protestantes, el duque de Northumberland, junto a
dos de sus cómplices. A los pocos días restableció la misa en latín, apartó de su función a los
sacerdotes casados, y los obispos católicos fueron repuestos en sus sedes, mientras los
protestantes eran depuestos, yendo a parar varios de ellos a prisión. Entre ellos, Cranmer, que
fue internado en la Torre de Londres acusado de haber participado en la conspiración.
Pero María sabía que si quería tener éxito en la reimplantación del catolicismo tenía que casarse
urgentemente y lograr descendencia, frustrando así los planes de sus enemigos. Sólo de esta
manera apartaría definitivamente a su hermanastra Isabel, protestante y siguiente en la línea
sucesoria, del trono. Pero la tarea no era sencilla. María, ya entrada en años, había perdido su
juventud y la belleza que, según algunos, había poseído anteriormente. Al parecer se le habían
caído casi todos sus dientes a causa de su intensa afición a los dulces, aunque, sin duda, poseía
otros atractivos, como una exquisita cultura y una indudable personalidad forjada en las
adversidades sufridas.
Tan sólo un mes después de su coronación, María aceptó la propuesta de Carlos V de
casarse con su hijo Felipe, 11 años menor que ella y viudo desde hacía poco. Sin duda, su
poderoso primo era un buen partido, joven, guapo y, sobre todo, un perfecto apoyo en su
empeño de defender el trono de las ambiciones protestantes. Todo esto coincidía con los
intereses del emperador, que aspiraba a unir bajo una misma corona los territorios de Flandes,
Borgoña e Inglaterra, defendiendo así mejor sus posesiones continentales de las ambiciones
francesas. Por su parte, el joven Felipe no tenía ningún interés en el matrimonio, pero lo aceptó
como una orden de su padre y como una necesaria misión de Estado: la de engendrar un
heredero para las coronas de Flandes e Inglaterra.
Obviamente, los sectores protestantes se opusieron firmemente al enlace, alentados y apoyados
por los agentes franceses que veían con espanto el matrimonio. Sobre todo temían al español
aquellos nobles que se habían enriquecido con la expropiación de los bienes eclesiásticos. Pero
las nuevas intentonas de expulsar a María del trono fracasaron, y varios de estos nobles, entre
ellos el duque de Suffolk, acabaron en el patíbulo de la siniestra Torre de Londres, lo cual, sin
duda, terminó por convencer al Parlamento inglés de que aprobase el matrimonio. De todas
formas, las capitulaciones matrimoniales fueron muy estrictas y establecieron, entre otras
disposiciones, que en caso de muerte de María sin descendencia, su marido no conservaría
ningún derecho sobre el trono. Mientras se producían estas negociaciones, la reina pidió un
retrato de su futuro esposo. Le llevaron uno firmado por Tiziano y cuentan que nada más verlo
se enamoró de Felipe.
Por fin, en julio de 1554 se produjo la boda. Pocas semanas antes, la reina tuvo que volver
a sofocar otra rebelión de protestantes que no estaban dispuestos a permitir el matrimonio con
el “Demonio del Mediodía”, como así llamaban al príncipe español, ordenando ejecutar a todos
sus cabecillas. Para ella era cada vez más evidente que mientras existiese la herejía en Inglaterra
nunca estaría segura en el trono. Por su parte, el novio, consciente de su papel de Estado y del
avispero en el que se metía, se esforzó en agradar a los ingleses, por lo que llevó un millón de
ducados en metálico para regalar, bebió cerveza negra, participó en un torneo que dio con sus
huesos en el suelo y hasta aprendió a farfullar alguna que otra frase en inglés, cosa que agradó
mucho a los británicos. A su mujer le regaló unas magníficas piedras preciosas que lució el día
del enlace. A ella se la veía feliz y cuentan las crónicas que, tras la boda, ambos cónyuges se
dedicaron con todo el interés posible a la búsqueda del ansiado heredero.
En noviembre de 1554 se restauraba oficialmente el catolicismo y se volvía a la obediencia
romana, cosa que el Parlamento de Inglaterra ratificaba en enero del año siguiente.
Simultáneamente, y para tranquilizar a la nobleza, se aseguraba que no se reclamarían las
tierras expropiadas a la Iglesia católica y que sólo se devolverían los bienes que habían ido a
parar a manos de la corona. Pero María, sintiéndose reforzada por su matrimonio, quizá movida
por la venganza, y decidida a defender el trono, se dedicó con ahínco a perseguir a los
protestantes, y tras lograr que el Parlamento reinstaurase las leyes contra la herejía en
diciembre de ese año, se lanzó a la tarea purificadora.
Los primeros arrestos se produjeron en enero de 1555. El primer ejecutado fue, el 4 de febrero,
el canónigo John Rogers, un sacerdote casado, por no retractarse. Le siguió John Hooper,
obispo de Gloucester, que años antes no se había privado de decir a quien quisiera escucharle
que todo sacerdote católico debía ser ahogado; pero a él no le ahogaron, fue quemado vivo al
mes siguiente delante de su propia catedral. Seguidamente se ajustició, entre otros, al arzobispo
de Canterbury, Thomas Cranmer, ejemplo de converso y fanático en cualquier situación, que
años atrás, como perfecto católico, no había dudado en mandar a la hoguera a aquellos que
negasen el dogma de la transustanciación, y después, como protestante, a quien la defendiese.
Posteriormente también fueron sentenciados los obispos de Worcester y Londres, Hugh Latimer
y Nicholas Ridley, respectivamente, por negarse a retractarse de sus creencias a pesar de ser
torturados, así como John Philpot, archidiácono de Westminster. Por supuesto, varios miles
más fueron encarcelados por posesión de escritos heréticos, y todos aquellos que mostraban
compasión o condolencia por los ejecutados eran arrestados.
Curiosamente, su marido, el príncipe Felipe, en contraste con lo que años más tarde ya
como rey acabaría haciendo en Flandes y España, procuró aplacar la dureza de la persecución.
Envió mensajes a través de su confesor a los obispos católicos en los que aconsejaba
benevolencia y tolerancia. Su objetivo era ganarse la simpatía de sus nuevos súbditos, fuesen
católicos o protestantes, por lo que no le convenía nada un excesivo rigor represivo. De todas sus
gestiones, una tuvo especial importancia: logró que su esposa pusiese en libertad a su cuñada
Isabel, que estaba encerrada en la Torre de Londres acusada de conspiración. Meses más tarde,
nuevos ruegos suyos volvieron a ser decisivos para que su mujer no la volviese a encarcelar o
para que la apartase de la vía sucesoria. Y es que, a pesar del fundado recelo que sentía por su
hermana, María era incapaz de negarse a cualquier petición que le hacía su marido, por quien
sentía un amor ciego. ¡Quién diría al futuro Felipe II que posiblemente había salvado la vida y el
trono a una mujer que con el tiempo se acabaría convirtiendo en una de sus más encarnizadas
enemigas!
Ciertamente, la dureza de la reina contra los protestantes no se comprende sin valorar su
enorme frustración por no quedarse embarazada. Convirtiendo sus deseos en realidades, la
desgraciada María llegó a pensar que lo estaba: no tenía menstruación, mostraba el vientre
hinchado, sufría mareos y malestar general y aseguraba sentir los movimientos del feto. Incluso
se llegó a señalar que el ansiado heredero nacería en abril de 1555. Estaba tan convencida de
ello, que pasaba horas y horas sentada en el suelo, con las rodillas bien apretadas para acelerar
el parto, mientras hacía que su hermanastra Isabel tricotase ropita para el futuro bebé. Pero
llegó la fecha del alumbramiento y el vientre de la reina se deshinchó. Algún fanático católico,
como el obispo Bonner de Londres, atribuyó el chasco a un castigo divino por no ser más
contundente con los protestantes, por lo que María reaccionó incrementando la persecución.
Durante años se ha pensado que padeció embarazos psicológicos debidos a una presunta
naturaleza histérica, pero hoy sabemos la verdadera causa: un enorme tumor en los ovarios que
estaba acabando lenta y dolorosamente con su vida. Mientras tanto, su marido, desengañado
por la falta de herederos y cansado de un matrimonio de pura conveniencia, se fue apartando
cada vez más de ella refugiándose en los brazos de jóvenes cortesanas. Así, con la excusa de las
abdicaciones del emperador, viajó a Flandes en agosto de 1555. Ello no hizo más que
incrementar el desespero y la tristeza de una mujer cada vez más sola: su marido no
correspondía a su amor, el hijo que tanto anhelaba no llegaba y se sentía rodeada de herejes
conspiradores.
Cuando, tras más de un año de ausencia, Felipe, ya rey de España, volvió a su lado en marzo de
1557, lo hizo únicamente para pedirle hombres y dinero en su guerra contra Francia. María lo
esperaba emocionada en el muelle de Greenwich, maquillada con esmero y luciendo un traje que
estrenaba para la ocasión. Al contrario que su marido, ella creía todavía en la posibilidad de
engendrar un hijo, por lo que se volvió a entregar con entusiasmo a las labores de procreación.
Tras cuatro meses de estancia, y conseguida la ayuda inglesa, Felipe II regresó a Flandes
para dirigir la guerra contra Francia. Su mujer, hecha un mar de lágrimas, le despidió entre
besos y abrazos haciéndole prometer un pronto regreso. De aquella escena desgarradora nació
una canción popular inglesa que dice: “Gentle Prince of Spain / Come, oh, come again…”.
Nunca más volvieron a verse. Pero, por desesperación o locura, pocas semanas después envió
emisarios a su marido asegurando que estaba embarazada. Felipe II no se lo creyó y envió al
duque de Feria para verificarlo. Éste desmintió el rumor explicando que se debía a que la reina
estaba cada vez más triste y enferma. Sólo hacía que rezar por el hijo que nunca habría de venir
y por la salud de su marido, al que enviaba diarias cartas de amor, a las que él contestaba con
frases frías y protocolarias. Así, mes a mes, sin salir casi de sus aposentos, María se fue
consumiendo progresivamente. Sólo el láudano le ayudaba a calmar los dolores del cuerpo y del
alma, mientras no hacía más que llevar la mirada al retrato de su amado que estaba junto a su
lecho. El disgusto por la pérdida de Calais a manos de los franceses, la última plaza que le
quedaba a Inglaterra en el continente, agravó aún más su enfermedad. Sólo pareció mejorar
cuando, semanas antes de su muerte, Felipe II envió a su confesor para asegurarse que
nombraba a su hermana Isabel como heredera, pues el rey de España veía a su cuñada como un
mal menor e incluso barajaba la posibilidad de casarse con ella. La pobre María pensaba que
tras el sacerdote llegaría su esposo y esto la reanimó por unos días hasta que, desengañada,
volvió a derrumbarse. Así, en noviembre de 1558, con 42 años, expiró.
Desde enero de 1555 hasta poco antes de su muerte había llevado a la hoguera a 283
protestantes, de los cuales 51 fueron mujeres, aparte de otros muchos que murieron en prisión.
Otros miles tuvieron que exiliarse y aunque en un principio la reina no les molestó, su
progresiva radicalización le llevó a enviar espías al extranjero para asesinar a aquellos disidentes
más destacados. Pero, si bien altos prelados pagaron con su vida, ningún noble fue ejecutado. Es
más, la mayor parte de las víctimas fueron gentes sencillas que se habían entregado con
entusiasmo, o fanatismo, a la nueva fe, por lo que la persecución despertó una profunda
solidaridad hacia los afectados. La crueldad de la represión junto con la pérdida de Calais había
desprestigiado a María e hizo que, tras su muerte, el andamiaje católico que levantó se
derrumbase en poco tiempo. Inglaterra nunca más fue católica, pero tal fue la huella de horror
que dejó la persecución religiosa que había acometido en sólo cuatro años que, cuando tras su
muerte comenzó otra de signo contrario, las ejecuciones de católicos fueron relativamente
escasas. Así, bajo mandato protestante, desde 1535, incluyendo el reinado de Enrique VIII, hasta
1679, fueron ajusticiadas por motivos religiosos 316 personas, un número proporcionalmente
escaso en comparación con los ejecutados por Bloody Mary, apelativo con el que pronto pasó a
la historia, pero que hoy sirve, sobre todo, para referirnos al delicioso cóctel cuya base principal
es el zumo de tomate.
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