los principios propuestos por la bioética de tendencia personalista

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PERSONALISMO ONTOLOGICO Y SUS ELEMENTOS ESENCIALES
Alejandra Gajardo Ugás
Desde la segunda mitad del siglo XX el hombre ha adquirido nuevos conocimientos
en el ámbito de la ciencia, la técnica y la medicina que le han permitido cierta dominación
del mundo biológico y con ello nuevas posibilidades de intervención sobre la vida humana,
poniendo en evidencia la necesidad de regular desde un punto de vista ético la aplicación de
dichos avances (1). Surge así la Bioética como el estudio de los problemas éticos
planteados por el desarrollo de las diferentes ciencias y tecnologías que al aplicarse pueden
modificar o influir sobre la vida humana.
Existen varios modelos de Bioética que no han coincidido en el fundamento moral
que constituya el punto de referencia último entre lo lícito y lo ilícito, haciendo así posible
explicar y dar razón del fundamento de valores y principios que orientan la conducta del
hombre en el momento que interviene sobre la vida (2). El recto obrar requiere una
jerarquización de los bienes realizada por la razón práctica, jerarquización que es recta si
refleja la realidad ontológica; así una persona vale más que una cosa y el postergarla frente
a una cosa revela un actuar contrario a la recta razón.
La fundamentación personalista de la Bioética es consecuencia de una “reflexión
racional sobre la realidad que constituye el centro de la actividad biomédica, a la vez sujeto
y objeto de la misma: la persona humana”. Hay que destacar que tal fundamentación
personalista tiene un origen puramente racional, basado en la realidad de la persona humana
y en la consideración de su dignidad, que emerge de la exigencia de una perspectiva
filosófica que justifica el respeto y cuidado de la vida humana de una manera integral (2).
En este sentido es la concepción ontológica de la persona lo que distingue al
personalismo de todas las concepciones bioéticas. El personalismo ontológico justifica la
identificación entre ser humano y la persona.
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Para el personalismo ontológico todos los seres humanos son personas: es 'ya'
persona el cigoto, el embrión, el feto, el recién nacido, el niño, en cuanto todos ellos poseen
los elementos que, desarrollándose en ausencia de obstáculos externos, conducirán a la
actuación completa de la persona. Y al mismo tiempo, es 'todavía' persona el anciano, el
disminuido físico, el demente, el enfermo en coma, el paciente terminal, en cuanto son
seres humanos, aunque no puedan ejercitar 'de hecho' algunas funciones u operaciones. El
completo arco biológico de la vida humana (desde la concepción hasta sus últimos
instantes) es manifestación de la vida humana personal: toda manifestación de la vida
humana debe ser respetada y tutelada (2).
El modelo personalista recoge lo mejor de la herencia de la reflexión antropológica
y ética sobre el tema de la vida y el cuidado de la salud, desarrollada a lo largo de los siglos
en el Occidente cristiano, sobre la base de los elementos elaborados por los grandes
filósofos de la antigua Grecia, constituyendo a la persona como lo más valioso del mundo
sensible (3).
Esta fundamentación antropológica ofrece una sólida justificación a los
principios éticos de la propuesta personalista, estos son:
1º La vida física es un valor fundamental, condición de cualquier otro valor La vida física,
que inicia el itinerario humano en el mundo, no agota en sí misma, ciertamente, todo el
valor de la persona, ni representa el bien supremo del hombre llamado a la eternidad. Sin
embargo, en cierto sentido constituye el valor "fundamental", precisamente porque sobre la
vida física se apoyan y se desarrollan todos los demás valores de la persona (3). La
inviolabilidad del derecho a la vida del ser humano inocente "desde el momento de la
concepción hasta la muerte" (3) es un signo y una exigencia de la inviolabilidad misma de
la persona, a la que el Creador ha concedido el don de la vida.
Como explica Sgreccia, la vida corpórea y física del hombre no es nada extrínseco a la
persona, sino que representa el valor fundamental de ella, se defina “persona” en la forma
que se defina. Es valor fundamental porque aunque la persona no se agota en su cuerpo,
éste es esencial a la misma en cuanto se constituye en el fundamento único por el cual ella
se realiza y entra en el tiempo y en el espacio. A través de él expresa otros valores como la
libertad, la sociabilidad y el mismo proyecto de futuro. Este principio presenta una
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evidencia tal, que hace superfluo detenerse en demostrar su fundamento. Se puede hablar
de valores sólo con referencia al hombre vivo. Sin vida, cualquier razonamiento sobre los
valores se hace abstracto y vacío. Sin embargo, es conveniente hacer notar que sobre la
dignidad de la vida humana, en tanto que vida de la persona, se funda, ante todo, el
principio de su inviolabilidad, es decir, que es éticamente inadmisible cualquier acto que
disponga directamente de una vida humana, tanto propia como de los demás. También se
funda para todo hombre el compromiso de realizar el desarrollo más pleno de las
virtualidades de que la persona es portadora, que sea posible en concreto. La vida corporal
y física del hombre representa, por tanto, un valor fundamental, y el respeto a la vida, así
como su defensa y promoción, representan el imperativo ético más importante del hombre,
en el que conviene destacar la defensa de su salud (5).
2º El respeto a la dignidad de la persona
El respeto a la persona humana pasa por el respeto del principio: ‘Que cada uno, sin
ninguna excepción, debe considerar al prójimo como «otro yo», cuidando, en primer lugar,
de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente’ (GS 27, 1). Ninguna
legislación podría por sí misma hacer desaparecer los temores, los prejuicios, las actitudes
de soberbia y de egoísmo que obstaculizan el establecimiento de sociedades
verdaderamente fraternas. Estos comportamientos sólo cesan con la caridad que ve en cada
hombre un ‘prójimo’, un hermano. (6)
Para conferir un fundamento suficiente a este principio puede bastar solamente el
reconocimiento para la persona humana de su lugar como vértice de toda la realidad en la
que vivimos. Debido a esta superioridad, resulta evidente que contrasta con ella cualquier
comportamiento que implique utilizar una persona como medio para el servicio de otra
cosa. Pero se obtiene un fundamento mucho más sólido sobre la base de una antropología
abierta a la trascendencia y que, por ello, reconoce a la persona una relación única y
privilegiada con Dios.
La persona humana, con su razón, es capaz de reconocer tanto esta dignidad
profunda y objetiva de su ser como las exigencias éticas que derivan de ella. En otras
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palabras, el hombre puede leer en sí el valor y las exigencias morales de su dignidad. Y esta
lectura constituye un descubrimiento siempre perfectible.
3º El principio de la libertad-responsabilidad
Este principio, que se encuentra claramente en conexión con el precedente, afirma
que todos los sujetos operantes en el ámbito de la bioética deben respetar, cada uno en sí
mismo y en los demás, la dignidad de sujetos que actúan basándose en elecciones
conscientes y libres, y representando los valores que se encuentran en juego. Este principio
requiere una previa aclaración: el derecho a la vida es anterior al derecho a la libertad. Esto
se justifica en que para ser libre se requiere estar vivo en cuanto la vida es condición
indispensable del ejercicio de la libertad. Todo acto de libertad es realizable concretamente
sólo en el horizonte de la responsabilidad, entendida como el responder del propio obrar
ante sí y ante los demás.
Es aquí donde entran en juego una serie de problemas de la ética médica
contemporánea, tal como los surgidos a raíz de la extensión del supuesto derecho a la
eutanasia, o a disponer una mujer grávida del ser humano que lleva en su seno.
El principio de libertad y responsabilidad sanciona el deber moral del paciente de
colaborar a los cuidados ordinarios y a salvaguardar su vida y la de los demás. Esta libertad
tiene su contrapartida en la libertad-responsabilidad del médico que no puede transformar la
terapia en una constricción obligatoria cuando no está en juego la vida del paciente.
4º Principio de totalidad
En su formulación más general afirma que la parte es para el todo, se fundamenta en
el hecho de que la corporeidad humana es un todo unitario resultante de la conjunción de
partes distintas que están unificadas orgánica y jerárquicamente en la existencia única y
personal.
Este principio requiere una serie de condiciones para aplicarse. Que se trate de una
intervención sobre la parte enferma o que es causante directa del mal a fin de salvar el
organismo sano; que no se observen otros medios para superar la enfermedad; que haya una
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buena posibilidad, con una probabilidad alta de éxito; y que se obtenga el acuerdo del
paciente.
Para prevenir aplicaciones indebidamente extensivas de este principio, es
conveniente recordar que vale exclusivamente donde se verifica en su significado más
riguroso la relación todo-parte.
Para concluir estas notas, podemos decir que el personalismo ontológico emerge de
una perspectiva filosófica que justifica el respeto y cuidado de la vida humana, la
fundamentación personalista propone en bioética el deber de respeto a la vida humana
desde la concepción hasta su último instante.
BIBLIOGRAFÍA
1. Lavados, M y otros. Problemas contemporáneos en Bioética. Ediciones Universidad
Católica de Chile, 1990.
2. Sgreccia, E., Manual de Bioética. México. 1996
3. Santo Tomas. Suma. Teológica. I, q. 29, a. 3
4. Palazzani, L. La fundamentación personalista en Bioética.
En http://www.bioeticaweb.com/index2.php?option=com_content&do_pdf=1&id=65
5. Instrucción Donum vitae sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la
procreación. El Vaticano. 22 de febrero de 1987
6. Catecismo de la Iglesia Católica
7.Santos M. Aspectos bioéticos del consejo genético en la era del proyecto del genoma
humano. Acta bioeth., 2004, vol.10, no.2, p.191-200. ISSN 1726-569X.
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