Diario Educar - Prisa Ediciones

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Prólogo
Hay dos maneras de conocer el colegio Los Reyes Rojos. La más simple es dirigirse al distrito de Barranco,
preguntar a los vecinos y darse de frente con el singular edificio, sede del trajín escolar. Pero eso, en verdad, es
solamente un dato para la apariencia, para la fisonomía de concreto armado. El colegio es otra cosa. O mejor
dicho, es muchas cosas más. Por un lado, es el número de muchachos egresados con los que uno ha tropezado
en la universidad. Por el otro lado (el insondable, pero en verdad, el realmente importante), el colegio es
Constantino Carvallo. Y cuando lo nombro, no me remito a los escuetos datos que le interesan al Registro
Civil o al Reniec. Me refiero esencialmente a una escrupulosa labor pedagógica que, a lo largo de los años, se
ha ido perfilando y acrecentando, y de la que este libro ofrece testimonio incontrastable.
En este singular volumen, se pregunta Carvallo si puede enseñarse el amor pedagógico, y olvida decir que la
respuesta afirmativa la ofrece en estas valientes páginas, que son un vivo testimonio de cómo es posible (y
deseable, ciertamente) realizar el eros paedagogicus. A lo largo del libro, unas veces claramente consignada,
pero las más veces solamente intuida, la palabra espíritu ilumina el corazón del lector, y lo convierte en un
silencioso protagonista. Aquí, Constantino nos expone, aunque involuntariamente, su eros paedagogicus.
Leyendo estas evocaciones de Carvallo he ido recordando a los varios alumnos de Los Reyes Rojos que he
conocido en la universidad. En la memoria evoco asociados muchos nombres: ahí está cada uno, con su
singular independencia, seguro de sus ilusiones, consciente de su fragilidad, pero firme. A través de cada uno
de estos muchachos puedo dar fe de cómo ha ido Constantino perfeccionando (rectificando, acomodando,
recreando) estrategias pedagógicas. Los Reyes Rojos no ha sido un colegio que ha crecido en espacio y tiene
ahora más alumnos que los que tuvo en la etapa inaugural. El crecimiento de que este libro da cuenta, sin
proponérselo, es el de una vocación pedagógica que ha ido madurando gracias a una vigilancia constante de
propósitos y estrategias.
Yo no he podido engolfarme en la lectura del texto y olvidarme de cómo y cuándo nació mi vínculo con este
muchacho Carvallo. Este libro de memorias con que ahora nos regala ha servido para que yo, que me había
acostumbrado a verlo crecer por afuera, haya podido comprobar cómo y cuánto ha crecido Constantino por
dentro. Vivir ilusionado con su vocación es el premio mayor a que puede aspirar un maestro. Este recuento de
ilusiones y fracasos es el mejor testimonio del eros paedagogicus que viene alimentando la vida y la pasión de
Carvallo.
LUIS JAIME CISNEROS
Constantino Carvallo Rey
Lima, 1953. Estudió Filosofía y Letras
en la Universidad Católica y una maestría en Filosofía en la Escuela de Graduados de la misma universidad. Su interés por
la educación, más práctico que teórico, se inicia muy temprano. En 1978 funda un colegio con el nombre de un poema de
José María Eguren: Los Reyes Rojos, una experiencia inédita y vanguardista que ha adquirido prestigio por sus resultados y
en el que sigue siendo maestro y director. Ha promovido también un colegio en Héroes del Pacífico, un asentamiento
humano en Chorrillos, y el PRONOEI Corazoncitos Azules, en La Victoria. En 1997 un ensayo suyo, Los Ojos de los
Cuervos (Ideele, 1997), ganó el primer premio del concurso organizado por el Ideele, la Universidad Católica y la
Universidad de Huamanga. Ha publicado también Los juegos y la educación preescolar (Fundación Inca Kola, 2001) y sus
puntos de vista sobre educación han aparecido frecuentemente en los más importantes medios de comunicación del país. Ha
sido crítico de cine de las revistas Hablemos de Cine, Oiga y del diario El Sol. Desde 1995 trabaja, además, en el Club
Alianza Lima
como responsable de la formación integral de los jóvenes deportistas. Es miembro del Consejo Nacional de Educación.
Constantino Carvallo Rey
Diario educar.
Tribulaciones de un maestro desarmado
En Diario educar, Constantino Carvallo nos trasmite su humanidad, su mirada al dolor y a las dificultades que enfrenta
como maestro. Exhibe con espontaneidad, amor, pasión y conflictos, la verdad de su ser. El contacto con su bondad
ennoblece y humaniza, supera la rigidez y muestra el valor de la solidaridad y de la mutualidad, apartando la indiferencia
y la crueldad. Manifiesta que la escuela pública no debe ser solo de los pobres, sino el espacio donde todos los sectores
aprendan a convivir, a respetarse y a construir la patria. Da a la educación la esperanza, el valor moral y espiritual que
hace falta, sin abismos entre lo que quiere y dice, entre su corazón y sus actos.
SAÚL PEÑA K., psicoanalista
La urgencia de este libro se sostiene en la terquedad de una aparente causa perdida: educar en un país cultural y
moralmente malogrado. Constantino Carvallo ha consagrado su vida —en pensamiento y obra— a formar valores en
numerosos alumnos y amigos que lo hemos rodeado con admiración; ahora ofrece los retazos de su experiencia en una
galería de prosas iluminadoras e inquietantes y que arden en el fuego sin llama de la sabiduría. La organicidad de su
escritura no radica en un esqueleto estructural, sino en un espíritu caleidoscópico, sensible y compulsivo, cuya lucidez nos
libra de la desesperanza.
JORGE ESLAVA, escritor
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