Buenas noches, muchas gracias por acompañarnos. Como dice la

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Buenas noches, muchas gracias por acompañarnos.
Como dice la invitación que ustedes recibieron, el celebrar los 200 años de la restauración de la
Compañía de Jesús, ha sido una buena ocasión para nosotros, jesuitas y laicos que comparten
con nosotros la espiritualidad ignaciana, de reflexionar sobre el pasado y, al mismo tiempo,
darnos cuenta que debíamos crear algo nuevo.
El jueves pasado celebramos la Fiesta de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de
Jesús, y en la Eucaristía que tuvimos en la Iglesia del Sagrado Corazón, yo hacía referencia a
este hecho que, sin duda, es motivo de celebración, de alegría, y al mismo tiempo, de reflexión,
para aprender del pasado y no cometer hoy los mismos errores que llevaron a la supresión de
la orden en 1773.
El Padre General, en una carta dirigida a toda la Compañía, nos invitaba a celebrar esta fecha,
sin triunfalismos, ya que, si bien la restauración es motivo de gozo y de acción de gracias a Dios,
lo que llevó a la supresión de la Compañía, constituye una página oscura de la historia de la
orden y de la Iglesia.
Son muchos los motivos que manejan hoy los historiadores como posibles causas de la
supresión. Los hay de tipo religioso, político, económico, ideológico, etc. Lo que sí está claro, es
que la Compañía, en su actuar, por las razones que fuere, fue creando en otros una reacción
negativa, de desconfianza, de recelo, de envidia, que llevó a que cuando se suprime la orden,
hay quienes celebran y aplauden la decisión del Papa Clemente XIV.
Y lo que es claro, también, es que el desarrollo de la orden, las inmensas propiedades de la que
era propietaria, la inmensa red de Colegios que tenía en todo el mundo, su influencia política,
al ser los formadores de príncipes o de futuros reyes en casi todas las cortes europeas, llevó a
que se viera con recelo su actuar. Es posible que muchos jesuitas hayan vivido cierta confusión,
y que la búsqueda de la “mayor gloria de Dios” se haya desdibujado, transformándose en una
búsqueda de la “mayor gloria de la misma orden”, y por qué no, de personas en concreto.
Comentábamos, el otro día, en la Misa, a partir del texto del Evangelio que nos proponía la
liturgia, en el que Jesús pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que soy yo?”, que se
trata de una pregunta clave en nuestra vida cristiana, que todos deberíamos hacernos en
nuestra vida: “¿Quién es Jesús para mí? ¿Qué diría a quien me pregunte quién es Jesús?”
De la respuesta que demos a esta pregunta, dependerán muchas cosas. Si Jesús es para
nosotros, el Señor, quien ocupa el centro de nuestra vida y motiva todo lo que hacemos y
vivimos, entonces, iremos por buen camino. Si es algo secundario, que puedo incluso a llegar a
utilizar para lograr mis objetivos, entonces caminamos a un fracaso.
La Fundación Jesuitas, que estamos presentando hoy, se fue gestando lentamente, en el correr
de los últimos dos años. Por una parte, nosotros, los jesuitas en Uruguay, veíamos la necesidad
de articular mejor el trabajo que venimos realizando desde nuestras instituciones,
fundamentalmente, en dos grandes áreas: educación y servicio a los más necesitados.
No hay duda de que se venían y se vienen haciendo muchas cosas, pero a nosotros se nos
hacía evidente que, en muchos casos, estábamos duplicando esfuerzos, por lo tanto,
estábamos haciendo, también, una utilización no del todo eficiente de los recursos que
teníamos a mano para llevar adelante nuestros proyectos.
Muchos nos ayudaban a caer en la cuenta de algunas características de nuestro quehacer, que
dada la coyuntura actual, se volvían fortalezas a la hora de presentar una Fundación Jesuitas: la
primera, es que uno de nuestros focos está puesto en la educación. Tarea principal de la
Compañía de Jesús en el Uruguay, históricamente hablando, y de un peso significativamente
importante frente a cualquier otra actividad en la realidad actual.
Signo de identidad de la Compañía de Jesús por siglos a nivel mundial, constituyendo, según
algunas fuentes, la mayor red educativa no-gubernamental del mundo, si tomamos en cuenta
los colegios tradicionales, los colegios de Fe y Alegría y la red de universidades jesuitas en el
mundo.
Sin duda que hay un “saber hacer” consolidado a través de los siglos, que hacen que la
educación jesuita se identifique en el mundo entero con “calidad”.
En la coyuntura que vive la educación en nuestro país en este momento, parecía más que
oportuno el hacer una propuesta que, entre otros aspectos, pueda significar mañana una
mejor coordinación entre nuestras instituciones educativas, que van desde el nivel inicial (los
dos años de edad con los que ingresan los alumnos del Colegio San Javier), hasta el final de una
carrera universitaria, para quienes deciden estudiar en la Universidad Católica del Uruguay. O
que atraviesa todos los niveles socio-económicos, según las características de cada una de las
instituciones que llevamos adelante (el trabajo de Fe y Alegría, por ejemplo, está enfocado a los
sectores de menores recursos, a quienes se les procura dar una educación de calidad; el trabajo
de otras instituciones “tradicionales”, como esta, apunta a un trabajo con niveles medios y
medios altos, si bien tanto en el Colegio Seminario, como en el San Javier o en la UCU se
procura que se de una integración lo más amplia posible entre realidades diferentes del punto
de vista social y económico.
En la Fundación Jesuitas, queremos aunar el trabajo de jesuitas y laicos, otros religiosos, ex
alumnos de nuestras instituciones, personas que comparten con nosotros ese deseo de hacer
presente en nuestro mundo, de alguna manera, signos que nos hablan de esa presencia del
Reino de Dios en medio de nosotros.
De hecho, en la gestación de esta iniciativa, hemos estado trabajando con mucha gente.
Algunos, viejos conocidos, que vienen colaborando con la Compañía de Jesús, desde distintos
lugares, desde hace décadas. Pienso y agradezco especialmente a quienes integran la
Fundación Padre Novoa, ex alumnos de la generación 64 del Colegio Seminario, que han sido
un apoyo fundamental para que la obra de este gran jesuita, el P. José Arnoldo Novoa, siguiera
adelante luego de su muerte.
Otros, en cambio, gente “nueva”, generaciones nuevas de ex alumnos, o personas que se han
ido arrimando a la Compañía a través de la espiritualidad, una vez que han conocido la
experiencia de los Ejercicios Espirituales.
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