Prólogo ¿Adónde van los paramilitares? ALFREDO RANGEL L os actuales grupos paramilitares en Colombia tienen cinco características distintivas: son contrainsurgentes, civiles, autónomos del Estado, están fuertemente penetrados por el narcotráfico y tienen estructuras muy complejas. Estas características los hacen muy diferentes de otros casos de grupos paramilitares que han surgido en conflictos armados de distintos países. En efecto, el reciente auge de los grupos paramilitares está muy ligado a la expansión y fortalecimiento de los grupos guerrilleros ocurrido a mediados de los años noventa del siglo pasado. Fueron las prácticas depredadoras de los grupos guerrilleros y la impotencia del Estado para contenerlas las que impulsaron la conformación de organizaciones paramilitares en muchas zonas del país. Su dinámica está fuertemente imbuida de actitudes y propósitos contrainsurgentes. Aun cuando han realizado intentos retóricos de dotarse de una plataforma política, estos grupos no tienen un proyecto político colectivo, positivo y propio, pero se unifican en el objetivo común e integrador de tratar de impedir que la guerrilla tenga éxito en el desarrollo de su proyecto político-militar insurgente. Los grupos paramilitares son organizados y patrocinados por civiles y sus combatientes son igualmente civiles, aun cuando sus nexos con miembros de los organismos coercitivos del Estado han sido comprobados en muchos casos. Estos grupos cuentan con el respaldo activo y pasivo de amplios sectores de la población en muchas regiones del país y se han configurado como actores civiles del conflicto armado interno en Colombia. Su dinámica ha corrido independiente de los planes contrainsurgentes del Estado, pues poseen y desarrollan sus propios planes y proyectos tanto a nivel local como regional y nacional. Son autónomos del Estado y, por el contrario, tienen como política infiltrar instituciones del Estado, sobornar a funcionarios, subordinarlos a sus intereses y ponerlos al servicio de sus propios planes. La otra característica peculiar del paramilitarismo en Colombia es su estrecha vinculación con el narcotráfico. Incluso muchos de sus principales impulsores fueron primero narcotraficantes y posteriormente, sin abandonar esa actividad, se convirtieron en paramilitares. Estos vínculos con la producción y venta de drogas ilícitas le han otorgado a los grupos paramilitares una inmensa disponibilidad de recursos económicos, pero al mismo tiempo lo han contagiado de cierta lógica mafiosa en la que prevalece el interés individual de los jefes, la desconfianza entre grupos, las disputas por territorios, mercados y zonas de influencia, los ajustes de cuentas violentos y la imposibilidad de tener un proyecto político colectivo. Pero a las anteriores características distintivas de los grupos paramilitares colombianos habría que agregar la de su compleja organización. En efecto, además del núcleo fuerte en el terreno militar que cuenta con la organización jerárquica de un ejército irregular, los grupos paramilitares en Carrera 9 No. 74-08 Oficina 801 - PBX: 3465199 - Email: [email protected] A.A. 251527 – Web Site: www.seguridadydemocracia.org Bogotá D.C., Colombia Colombia cuentan con otros tipos de estructuras de apoyo, cubriendo casi todo el espectro posible de las tipologías consideradas por Stathis Kalyvas y Ana Arjona en su ensayo: «vigilantes», con un radio de acción puramente local, predominantemente urbano, encargados de controlar el crimen y de hacer justicia por su propia mano; escuadrones de la muerte, más profesionales que los anteriores, con una cobertura supralocal y dedicados al asesinato selectivo; autodefensas rurales, con gente de la zona y uno de cuyos propósitos fundamentales es controlar la población. Todos estos grupos paramilitares que cuentan con las características anteriores empezaron a integrarse nacionalmente, a multiplicarse y a fortalecerse de manera muy acelerada a partir de la segunda mitad de los años noventa del siglo anterior. Su ritmo de crecimiento superó el de los grupos guerrilleros y muy rápidamente llegaron a ser el segundo grupo irregular en el país, con un tamaño equivalente al 80% de las farc, principal grupo insurgente, y tres veces más grande que el segundo grupo guerrillero, el eln. Esto lo lograron en la cuarta parte del tiempo de existencia de las guerrillas en Colombia. Estos grupos han adquirido una importante capacidad de confrontación militar, a pesar de no tener ni la larga experiencia ni, en algunos casos, el poder de fuego de la guerrilla. Estas limitaciones, sin embargo, las han atenuado con la incorporación a sus filas de ex miembros de las Fuerzas Militares, así como de desertores de los grupos guerrilleros. El punto de partida de este auge fue sin duda la crisis política y militar ocurrida durante el gobierno del presidente Ernesto Samper (1994-1998). De hecho, la fecha de constitución de las Autodefensas Unidas de Colombia es el año 1996. No es ninguna casualidad que este hecho hubiera ocurrido pocos meses después de que la guerrilla de las farc realizara el más devastador ataque que haya hecho jamás contra un puesto militar, en Las Delicias, Caquetá. Allí murieron decenas de soldados y fueron capturados por los guerrilleros casi un centenar. Después de este asalto, ese grupo guerrillero llevaría a cabo otros de similar resultado, lo cual fue configurando un germen de crisis militar en el Estado colombiano, que se sumaba a la crisis política generada por las acusaciones de infiltración de dineros del narcotráfico en la organización de la campaña electoral del presidente Samper. Podría decirse que la crisis política fue aprovechada por las guerrillas para provocar la crisis militar y que ésta, a su vez, provocó el surgimiento de la primera organización nacional de los grupos paramilitares. En síntesis, el actual fenómeno del paramilitarismo en Colombia es resultado de una crisis política y militar del Estado colombiano, del auge de la guerrilla y de la persistencia del narcotráfico, a pesar de los vanos intentos de distintos gobiernos por neutralizarlo. De ahí en adelante su crecimiento fue exponencial, tanto en número de hombres como en cubrimiento territorial. Sin contar con la capacidad de confrontación militar directa que tiene la guerrilla, sin embargo a través de acciones de amedrentamiento, asesinatos selectivos y desplazamiento forzoso de población le arrebataron a las farc el control de zonas de tanta importancia como Urabá en el noroccidente del país, y al eln Carrera 9 No. 74-08 Oficina 801 - PBX: 3465199 - Email: [email protected] A.A. 251527 – Web Site: www.seguridadydemocracia.org Bogotá D.C., Colombia muchas zonas clave para este grupo guerrillero como el Catatumbo, en la frontera con Venezuela, y las llanuras costeras del norte del país. Su estrategia contrainsurgente, basada en el principio de aislar a la guerrilla, de «quitarle el agua al pez» por medio de una guerra sucia inmisericorde, ha sido muy exitosa en ciertas zonas del país. De esta manera, sin enfrentarse directamente contra la guerrilla en el plano militar, donde los paramilitares tienen desventaja, ha logrado debilitarla expulsándola de territorios, restándole el acceso a fuentes de rentas económicas, debilitando sus bases sociales y destruyendo sus estructuras de apoyo. Todo esto, en el caso del eln más que en el de las farc, ha ocasionado el debilitamiento político, económico y militar de muchos frentes guerrilleros en muchas zonas del país. El costo de este desbordamiento ha sido un número creciente de víctimas de la guerra sucia entre paramilitares y guerrilleros, así como un cuestionamiento más, adicional al que ya estaban realizando las guerrillas, a la soberanía del Estado sobre el territorio, así como a su monopolio legítimo de las armas, la administración de justicia y la recolección de tributos. Aun cuando no puede decirse que en la base del enfrentamiento entre las guerrillas y los grupos paramilitares existan proyectos, visiones o modelos distintos de desarrollo rural —el de las guerrillas basado en la pequeña propiedad campesina y el de los paramilitares sustentado en la gran propiedad terrateniente—, sí se puede afirmar que existe una lucha por la propiedad de la tierra y el control de territorios que tiene móviles y propósitos diferentes. Para la guerrilla el control territorial es funcional y coadyuva a su proyecto de expansión político-militar, mientras que la propiedad de la tierra es un tema de su plataforma política que debe ser resuelto por medio de una reforma agraria. Para los paramilitares el control de territorios va muy ligado a su voracidad para hacerse lo más pronto posible a la propiedad de la tierra: el primero cumple propósitos contrainsurgentes y de seguridad personal, la segunda es una vía de acumulación y blanqueo de capitales particulares adquiridos por medios ilícitos y violentos. El fortalecimiento incontrolado de los grupos paramilitares durante los últimos diez años ha cambiado el panorama y la dinámica de la guerra interna en Colombia, haciéndola aún más compleja y difícil de resolver, tal como lo demuestra Juan Carlos Garzón en su trabajo aquí incluido. Esos grupos se han constituido como el segundo actor irregular en tamaño y tal vez el primero en presencia territorial y en apoyo social y político. Su crecimiento con la financiación del narcotráfico ha puesto simultáneamente a disposición de esta actividad ilícita a ejércitos completos que defienden territorios donde se realiza la siembra de la coca y donde se localizan laboratorios para su transformación. Su dinámica de expansión territorial ha tenido como uno de sus elementos guías la actividad del narcotráfico y este a su vez se ha expandido bajo el ala protectora de los grupos paramilitares, fenómeno examinado con rigor por Fernando Cubides en su ensayo. Buena parte de su accionar armado se ha volcado hacia el control de los poderes locales, como lo analiza a profundidad William Ramírez en su trabajo. El nuevo escenario de la descentralización política, fiscal y administrativa, que ha ayudado a ampliar la Carrera 9 No. 74-08 Oficina 801 - PBX: 3465199 - Email: [email protected] A.A. 251527 – Web Site: www.seguridadydemocracia.org Bogotá D.C., Colombia democracia local y a acercar el Estado al ciudadano, ha sido utilizado tanto por guerrilleros como por paramilitares para copar los poderes locales y reforzar su control territorial. La precariedad de los niveles locales del Estado en lo relacionado con la administración de justicia y el uso de la fuerza legítima ha contribuido mucho a esta situación. Estas dos dinámicas, relacionadas una con el narcotráfico y otra con el poder local, son muy similares a las que impulsan el accionar de los grupos guerrilleros. Su involucramiento en toda suerte de acciones ilegales para conseguir recursos —robo de gasolina, extorsión, secuestro, etc.— los ha dotado de una infraestructura criminal muy poderosa. Su penetración en toda suerte de instituciones del Estado y el condicionamiento de los procesos electorales para elegir candidatos afectos y rechazar adversarios, les ha provisto de una gran influencia política en todos los niveles de las decisiones públicas. En el pináculo de su poder militar, económico, social y político, los paramilitares han decidido iniciar conversaciones con el gobierno del presidente Álvaro Uribe, con el fin de acordar las condiciones para su inmediata desmovilización. Varias razones parecen haber confluido para que los paramilitares hubieran tomado esta decisión sin haber sido derrotados previamente por el Estado sino, por el contrario, en el preciso momento en que son más fuertes y cuando sus posibilidades de fortalecimiento y expansión son poco menos que ilimitadas. En primer lugar, existe una evidente fatiga de guerra entre muchos dirigentes de los grupos paramilitares. Muchos de ellos son personas de vida urbana poco acostumbrados a los avatares, el aislamiento y las incomodidades de la vida en la selva. Tienen un deseo sincero de regresar al seno de sus familias y a su entorno social local. En segundo lugar, entre la dirigencia paramilitar prosperó la expectativa de que el gobierno de Álvaro Uribe iba a debilitar y a doblegar a las guerrillas en muy corto tiempo, razón por la cual su política de seguridad democrática podría volver la seguridad a todas las regiones del país. En tercer lugar, pensaron que las condiciones jurídicas y políticas para su desmovilización y reinserción iban a ser similares a las que el Estado les otorgó a los grupos guerrilleros que se desmovilizaron a comienzos de la década de los años noventa del siglo anterior. En cuarto lugar, la decisión del presidente Uribe de adelantar con esas organizaciones diálogos de paz tenía como sustento el inmenso respaldo que la opinión nacional e internacional le otorgaba al presidente y eso les generaba suficiente confianza para decidirse por la desmovilización. No obstante, por el camino tuvieron que irse desengañando. De las razones que motivaban su desmovilización solamente quedaba la fatiga de guerra, incrementada por unos diálogos accidentados y llenos de incertidumbre. El debilitamiento de la guerrilla no ha ocurrido ni en la dimensión ni en el tiempo esperado y más bien empieza a ser claro que su repliegue estratégico pudo haberle preservado la fuerza, por lo que conservaría posibilidades de iniciar una contraofensiva cuyos efectos podrían alterar negativamente el escenario de la seguridad en Colombia. Carrera 9 No. 74-08 Oficina 801 - PBX: 3465199 - Email: [email protected] A.A. 251527 – Web Site: www.seguridadydemocracia.org Bogotá D.C., Colombia El asunto es más preocupante si se tiene en cuenta que, ante una ofensiva guerrillera, las Fuerzas Militares van a ver disminuidas sus posibilidades de mantener resguardadas las regiones donde los paramilitares se desmovilicen, razón por la cual podrían quedar expuestas a las intenciones de la guerrilla de recuperar su control. En definitiva, la desmovilización de los paramilitares podría ocurrir en un momento crítico para la seguridad nacional. Si los paramilitares calcularon que el éxito fulminante del Estado contra las guerrillas iba a quitarles su razón de ser, luego de su desmovilización podrían tener que contemplar el mismo escenario crítico de seguridad que precisamente les dio origen. De otra parte, los paramilitares tuvieron que encontrarse frente a la sorpresa de que se habían reducido de manera radical los umbrales de tolerancia social y penal que hicieron posible las desmovilizaciones de los grupos guerrilleros en medio de amnistías e indultos casi universales quince años antes. Las circunstancias habían cambiado tanto dentro del país como en la comunidad internacional. Las exigencias de verdad, justicia y reparación que llovieron desde todos los sectores debieron caer como baldes de agua fría en las cálidas expectativas de perdón y olvido que inspiraron el inicio del proceso de diálogos con el Gobierno colombiano. La desmovilización no sería entonces un camino de rosas hacia la reconciliación nacional, sino un tortuoso camino de juicios, cárceles, delaciones, expropiaciones y una permanente incertidumbre frente a las solicitudes de extradición por parte del gobierno de Estados Unidos. Como consecuencia de las nuevas circunstancias políticas que fueron cambiando en el camino, el Gobierno Nacional tuvo que ir acomodando sus posiciones sacrificando y rebajando las expectativas que él mismo había ayudado a generar entre los dirigentes de los grupos paramilitares. Así, de un momento a otro para los paramilitares, el Gobierno ya no era la contraparte de absoluta confianza, sino un interlocutor ambiguo, ambivalente y poco claro que daba bandazos al vaivén de las presiones y cercado por sus propios compromisos tanto con los grupos ilegales, como con la comunidad nacional e internacional. La carencia de un control absoluto de la negociación por parte del Gobierno ha colocado a los paramilitares en una situación de incertidumbre muy grande, que es analizada por Fidel Cuéllar con mucha agudeza en su ensayo echando mano para ello de la teoría de juegos. Simultáneamente, desde el inicio de las conversaciones, los paramilitares han incumplido el compromiso de realizar un cese de hostilidades total, unilateral e incondicional, que fue la condición indispensable impuesta por el Gobierno Nacional para iniciar y mantener conversaciones de paz. Era de esperar. En primer lugar, porque es usual que ante la expectativa de una pronta desmovilización, todo grupo irregular trata de aprovechar los últimos momentos de su condición de ilegales para hacerse por la fuerza a la mayor cantidad de recursos económicos y fortalecer su poder político. De esta manera esperan ingresar a la etapa de posconflicto en las mejores condiciones, una vez perdidas las ventajas de la ilegalidad. En segundo lugar, porque en este caso el Gobierno no estableció ningún tipo de sanción específica para los grupos o personas que incumplieran el compromiso de la tregua. De esta forma esas violaciones no han tenido ningún costo y, por el Carrera 9 No. 74-08 Oficina 801 - PBX: 3465199 - Email: [email protected] A.A. 251527 – Web Site: www.seguridadydemocracia.org Bogotá D.C., Colombia contrario, han resultado de alto beneficio para sus ejecutores. Una opción habría sido castigar tales incumplimientos con una salida del proceso y una exclusión de sus beneficios a quienes rompieran el cese de hostilidades, pero esta posibilidad nunca se contempló. El punto es que las dificultades de la última fase de la guerra pueden generar problemas abrumadores en la primera fase del posconflicto, pues atentan contra la confianza necesaria para que los pactos sean cumplidos por ambas partes, sobre todo si ponen en riesgo un punto neurálgico para todos los implicados como es el tema de la seguridad. Como resultado de estas conversaciones, los paramilitares han realizado desmovilizaciones de varios de sus frentes conformados por más de cinco mil hombres en armas. Estas desmovilizaciones, realizadas aun antes de haber firmado un acuerdo de paz con el Gobierno, aparecen como gestos de buena voluntad con los cuales los paramilitares han querido demostrar a la opinión nacional e internacional su decisión de abandonar las armas y desmovilizarse. En varias zonas donde han ocurrido esas desmovilizaciones los indicadores de seguridad han mejorado ostensiblemente. No ha ocurrido lo mismo en todas las localidades donde esos desmovilizados han sido ubicados. En algunas zonas los frentes desmovilizados han sido relevados en las actividades de control territorial y poblacional por otros frentes que no se han desmovilizado todavía, sin que la situación haya variado sustancialmente. En otras se han desmovilizado solamente las estructuras militares, pero no las otras de carácter más miliciano. En muy pocas ha habido una desmovilización total. Esta situación ha acarreado serias preocupaciones entre algunos sectores que consideran que las conversaciones entre el Gobierno y los paramilitares no están conduciendo a la desarticulación del paramilitarismo, sino que se ha quedado solamente en la desmovilización de sus estructuras militares, dejando intactas sus estructuras criminales y mafiosas. En alguna medida esto ha sucedido hasta ahora, lo cual es explicable pues las estructuras militares son las más visibles y más fáciles de desmovilizar. No ocurre lo mismo con las otras estructuras, como las redes de vigilantes civiles, los escuadrones de la muerte y las estructuras mafiosas encargadas de mantener el negocio del narcotráfico así como las responsables de sustraer rentas de manera violenta a la economía formal. A mi modo de ver, habría dos caminos para desarticular estas estructuras clandestinas: uno, forzar la delación; otro, expropiar las fortunas mafiosas. La delación no parece ser una opción viable pues a ella se oponen vigorosamente los jefes paramilitares, al punto de haber amenazado en forma creíble con romper el proceso si se les obliga a hacer confesiones plenas e integrales de sus delitos. En cambio la expropiación de sus fortunas les privaría del capital necesario para mantener activas y actuantes estructuras mercenarias para desarrollar actividades criminales a gran escala. Esa constricción de capital tal vez no produzca inmediatamente la desarticulación de esas estructuras, pero su persistencia las haría languidecer muy prontamente en el tiempo. De todas formas, el peor escenario es no hacer lo suficiente para que todas las diversas y complejas estructuras paramilitares Carrera 9 No. 74-08 Oficina 801 - PBX: 3465199 - Email: [email protected] A.A. 251527 – Web Site: www.seguridadydemocracia.org Bogotá D.C., Colombia sean desarticuladas. De quedar activas algunas, el proceso perdería toda legitimidad y se podrían crear circunstancias propicias para que resurgiera la violencia en muchas zonas aparentemente pacificadas. La Ley de Justicia y Paz que establece las condiciones jurídicas para la desmovilización de los paramilitares es, obviamente, un elemento clave de esta negociación. Para establecer las condiciones de verdad, justicia y reparación que reclaman tanto la comunidad nacional como la internacional hay que tener presente, en todo caso, que esta negociación se realiza porque el Estado no ha podido ganar la guerra y los grupos irregulares no la han perdido. Estas circunstancias políticas y militares obligan a hacer un acuerdo magnánimo y generoso en aras de la paz. No es una muestra de debilidad, sino de pragmatismo y sensatez. Las condiciones de entrada al proceso, la magnitud de las penas, las exigencias de confesión, la proporción de las expropiaciones y otros asuntos jurídicos deberían tener en cuenta estas realidades políticas. El Gobierno hace bien en procurar que el Congreso señale a los paramilitares como delincuentes políticos. Para ello hay dos tipos de razones: unas de conveniencia y otras de esencia. Las de conveniencia tienen que ver con el proceso de paz y la posibilidad de que los paras se desmovilicen incluso antes del fin del conflicto armado. Las de esencia están relacionadas con las causas eficientes del surgimiento de los paramilitares, su dinámica y su naturaleza. Con respecto a las razones de conveniencia, otorgarle el estatus político a los paramilitares es una condición necesaria, mas no suficiente, para que las conversaciones en Ralito tengan alguna probabilidad de éxito. Es decir, concederles ese estatus no garantiza el éxito de los diálogos, pero negárselo sí asegura su fracaso. Ser condenados como delincuentes políticos no protege a los paramilitares de la extradición por delitos de narcotráfico, como quedó probado después de las extradiciones de Simón Trinidad y Sonia, guerrilleros de las farc. Pero sí les permitiría a los dirigentes de los grupos paramilitares aspirar a cargos de elección popular y mantener influencia en sus regiones. Además, si llegaran a ser miembros del Congreso, quedarían protegidos al menos temporalmente de la extradición. Pero una razón adicional de conveniencia tiene que ver con la legitimidad misma del proceso y de un eventual acuerdo. El tratamiento jurídico, penal y político que le ha dado y le dará el Estado colombiano a los paramilitares sería absurdo e inaceptable para unos simples delincuentes comunes. El establecimiento de una zona de ubicación en Ralito, la suspensión de las órdenes de captura, los diálogos formales con el Gobierno y sus ministros, la intervención de los paras en el Congreso de la República, la rebaja de penas, la verificación de la oea y la búsqueda de cooperación internacional no se hacen para desarticular unas bandas de delincuentes comunes. Quienes han estado de acuerdo con muchas de las anteriores medidas, pero ahora se niegan a reconocerle el estatus político a los paras, son como aquellos que quieren matar al tigre pero después se asustan con el cuero. Vamos ahora a las razones esenciales. Los paramilitares son políticos porque luchan contra el proyecto político de la guerrilla. Son una fuerza contrainsurgente civil, autónoma del Estado. Es Carrera 9 No. 74-08 Oficina 801 - PBX: 3465199 - Email: [email protected] A.A. 251527 – Web Site: www.seguridadydemocracia.org Bogotá D.C., Colombia incomprensible entonces que haya quienes le reconocen carácter político a la guerrilla pero no a quienes luchan contra ella. Independientemente del origen de los paramilitares, quienes entraron en una dinámica contrainsurgente deben ser reconocidos como delincuentes políticos, como la «contra» en Nicaragua, por ejemplo. Además, su accionar armado ha cuestionado el monopolio legítimo de las armas por parte del Estado y ha interferido violentamente el orden constitucional. Razones de más. Pero tan absurda es la posición de los detractores del Gobierno que le reconocen estatus político a la guerrilla pero se lo niegan a los paras, como la posición del Gobierno que pretende reconocer como delincuentes políticos a los paras, pero no a la guerrilla. En nuestro caso, guerrilla y paras son causa y efecto del mismo fenómeno de violencia política. Y este hecho nos conduce a discutir tanto la naturaleza de nuestra violencia como la vigencia del delito político en Colombia. A mi manera de ver, la violencia política que ya lleva más de cuarenta años en nuestro país no es otra cosa que el resultado de unos procesos traumáticos y dolorosos de ocupación del territorio, de construcción de Estado y de integración nacional. Este es el fondo real y oculto de nuestra violencia política. Como esos procesos están aún inacabados, el delito político todavía tiene plena vigencia en nuestro país. Tenemos mucho más territorio que Estado y este es precario para administrar justicia, recabar tributos y ejercer el monopolio de la fuerza. Hay una enorme brecha entre regiones, y entre el país rural y el país urbano. Por entre estos intersticios y aprovechando estas falencias han crecido los grupos irregulares que cuestionan al Estado, tienen apoyo en sectores de la población y ejercen funciones paraestatales en muchas regiones. Pero algunos no quieren reconocer siquiera la existencia de un conflicto armado interno y reducen el problema a una simple amenaza terrorista. Muy mala cosa porque semejante ceguera impide ver en la salida política negociada del conflicto armado la gran oportunidad histórica para la ocupación institucional y democrática del territorio, el fortalecimiento de la legitimidad del Estado y la reconciliación nacional. Cuando hayamos logrado todo esto podremos pensar en abolir el delito político de nuestra Constitución y nuestras leyes. Como en Europa. Antes no. De otra parte, en el proceso con los paramilitares el Gobierno está frente a un difícil dilema estratégico. En efecto, a pesar del incremento del pie de fuerza, de la presencia territorial y de las operaciones de la Fuerza Pública, el Estado está muy lejos de haber debilitado de manera significativa a la guerrilla, en particular a las farc. Lo más significativo se ha logrado en Cundinamarca y aún no se ha consolidado. Peor aún, en las pocas zonas abandonadas por la guerrilla en su repliegue o porque han sido corridas por la Fuerza Pública, hay una creciente presencia paramilitar. En muchas zonas la guerrilla está al acecho esperando que los paramilitares se desmovilicen. Carrera 9 No. 74-08 Oficina 801 - PBX: 3465199 - Email: [email protected] A.A. 251527 – Web Site: www.seguridadydemocracia.org Bogotá D.C., Colombia Y aun cuando su barbarie es aberrante, el problema es que muchos sectores de la población ven a los paramilitares como un mal menor, comparado con la guerrilla. Al menos, piensan, no atentan contra la infraestructura económica, vial, energética y de comunicaciones. Esa gente teme que la desmovilización de los paramilitares signifique un retorno de la guerrilla. Pues bien, en su fuero interior el Gobierno parece temer lo mismo. Sabe que aún no está en condiciones de impedir el retorno de la guerrilla a muchos lugares donde eventualmente se desmovilicen los grupos paramilitares. Por ello ha esquivado permanentemente las propuestas de los paramilitares que en reiteradas ocasiones han sugerido crear varias zonas de concentración para sus tropas en distintas zonas del país. Así, el Gobierno está colocado ante los cuernos de un dilema: tiene que escoger entre la inseguridad que producen los paramilitares y la que produce la guerrilla. Es entonces comprensible que opte por quedarse con la que producen los paramilitares, pues esta afecta menos la percepción de éxito de la política de seguridad democrática, ya que los paramilitares no vuelan puentes, no hacen retenes ni secuestros masivos en las carreteras, ni derriban torres de energía y de comunicaciones. Peor aún: si, dado el caso, el Gobierno tuviera que aceptar las zonas de concentración de los paramilitares, entonces tendría que movilizar nuevas tropas hacia esas zonas. ¿De dónde las va a sacar? Pues retirándolas del Plan Patriota del sur del país, ya que el Gobierno no tiene suficiente fuerza militar para desmovilizar a los paramilitares e intentar derrotar a la guerrilla al mismo tiempo. Tiene que escoger solo uno entre estos dos objetivos y muy tarde podría haberse dado cuenta de este dilema estratégico. Por esta razón ha intentado persistentemente ganar tiempo. Ha dilatado la presentación del proyecto de ley para la desmovilización de los paramilitares; elude la creación de las zonas de concentración; ha tolerado impasible las persistentes violaciones al cese de hostilidades de casi todos los frentes paramilitares. El error de cálculo de los paramilitares tiene una historia similar: no esperaban que su desmovilización tuviera que realizarse bajo los principios de verdad, justicia y reparación. Mucho menos que la extradición se mantuviera como una espada de Damocles. No obstante, en un conflicto tan atravesado por el narcotráfico no tiene ningún sentido exigir credenciales de limpieza previa o actual sobre el tema a quienes están dispuestos a firmar la paz. Pocos las podrían presentar. Y, puesto que el tema interesa a Estados Unidos, un socio cuya cooperación es indispensable para Colombia, habría que dejar establecido que la extradición no operará para quienes firmen acuerdos de paz y colaboren eficazmente con la justicia para desmantelar ese negocio ilícito. La valoración de esa colaboración la harían los gobiernos de Estados Unidos y Colombia, y los paramilitares y los guerrilleros tendrían que confiar en ellos y hacer un acto de fe. Carrera 9 No. 74-08 Oficina 801 - PBX: 3465199 - Email: [email protected] A.A. 251527 – Web Site: www.seguridadydemocracia.org Bogotá D.C., Colombia Finalmente, a quienes reincidan en el delito les debería caer todo el peso de la ley y se les deberían suspender todos los beneficios anteriores, sin segundas oportunidades. La eficacia de la Ley de Justicia y Paz se debe medir por su capacidad para desmontar estructuras armadas e impedir que vuelvan a surgir. Pero esto tiene un costo en términos de justicia, de verdad, de perdón, de reparación y de olvido... y hay que pagarlo. Como dijera Walter Benjamín, «[...] la justicia no necesariamente entraña lo justo, también es lo necesario cuando lo justo no es posible». Bogotá, julio de 2005 Carrera 9 No. 74-08 Oficina 801 - PBX: 3465199 - Email: [email protected] A.A. 251527 – Web Site: www.seguridadydemocracia.org Bogotá D.C., Colombia