3.nucleos - Concepcionistas Misioneras de La Enseñanza

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CONCEPCIONISTAS MISIONERAS
Marcilla, agosto 2009
BUSCAR A DIOS, SEGUIR A JESÚS,
NÚCLEO DE LA VIDA RELIGIOSA
Severino-María Alonso
Se ha dicho que "la teología es la pasión más antigua del hombre"1. Y la afirmación es verdadera, si se
entiende la teología como una actitud vital de búsqueda del sentido último de la propia existencia y del
mundo. Porque, siendo Dios la razón, el fundamento y el postrer sentido de todo, esa búsqueda es, en
definitiva -se sepa o no-, verdadera búsqueda de Dios.
Buscar a Dios: la pasión más antigua del hombre
La persona humana, en su más honda entraña, es un ser abierto al misterio, buscador de
horizontes ilimitados y, por eso mismo, en última instancia, esencial buscador de Dios. El hombre, en
cuanto persona -ser inteligente y libre-, está orientado desde dentro y de forma ineludible al misterio.
Más aún, esta orientación, que brota de sus raíces más hondas, le constituye precisamente como
persona, como espíritu en el mundo. Por eso, es un ser esencialmente religioso, porque es un ser
esencialmente religado al principio y al fin de su misma esencia. Por ser espíritu, el hombre se
trasciende a sí mismo y trasciende todo lo creado y está abierto al infinito. Pero el 'infinito' para él no
puede ser un objeto impersonal, sino una Persona libre que le llama y que se le entrega en un acto
gratuito de amor.
La persona humana tiene necesidad de trascenderse a sí misma: saliendo de sí hacia las cosas y
hacia las otras personas y, saliendo principalmente sobre sí misma hacia Dios. Es pura apertura y
aspiración radical a ese misterio que se llama Dios. Tiene un anhelo incoercible, aunque no siempre
consciente, de Dios. Y a él le busca siempre que busca su propia perfección. De una manera muchas
veces implícita, pero real. "Todos los seres -afirma santo Tomás-, cuando apetecen sus propias
perfecciones, apetecen al mismo Dios"2.
El incoercible anhelo de buscar a Dios responde, pues, a las más secretas y profundas
aspiraciones de la persona humana y, en especial, del verdadero creyente. Por eso, vivir humanamente
es buscar las raíces y el sentido último de la propia existencia; y vivir cristianamente, que es creer en
Jesucristo, es buscar y encontrar en él esas últimas raíces y ese definitivo sentido: es buscar y
encontrar a Dios-Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo.
Buscar a Dios -al Dios, que se nos ha revelado y comunicado en Jesucristo- ¿no es, sobre
todo, la razón de ser y el supremo anhelo del creyente-religioso? De un impulso vigoroso -carismáti1
AA. VV., El Dios de Jesucristo, Madrid, 1984, Prólogo, p. 9.
2
Santo Tomás, Sum. Theol., 1, 6, 1, ad 2.
1
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co- del Espíritu Santo, surgió y sigue vivo, en la iglesia, el deseo ardiente de buscar a Dios,
convirtiendo esta búsqueda en estilo y en profesión de vida, en las distintas formas de vida
consagrada. Juan Pablo II, hablando de la vida consagrada, recuerda que "el testimonio profético
exige la búsqueda apasionada y constante de la voluntad de Dios" (VC 84); y añade: “Con su estilo
de vida y la búsqueda del Absoluto, casi insinúa una terapia espiritual para los males de nuestro
tiempo” (CdC 6). Y concluye afirmando que “las personas consagradas, por la naturaleza misma de
su elección, se ponen como interlocutores privilegiados de la búsqueda de Dios, que desde siempre
sacude el corazón del hombre y lo conduce a múltiples formas de espiritualidad. Su sensibilidad a
los valores (cf Flp 4, 8) y la disponibilidad al encuentro testimonian las características de una
auténtica búsqueda de Dio” (CdC 43).
¡Buscar a Dios, sabiéndonos, ante todo y sobre todo, buscados (y encontrados) por él! Porque
es él quien nos sale al encuentro, quien tiene la iniciativa, quien suscita en nosotros el deseo de buscarle
y de encontrarle. Es él quien se nos hace el encontradizo, y lo único que nos pide es que "no huyamos",
como perpetuos 'fugitivos', y que "nos dejemos encontrar".
En la Persona de Jesucristo, el Verbo Encarnado, el "Emmanuel", el Dios-con-nosotros, Dios ha
establecido para siempre su tienda entre nosotros (cf Jn 1, 14) y se ha hecho él mismo definitiva
presencia salvadora. Ha venido a buscar al hombre, que estaba perdido (cf Lc 19, 10) y ha suscitado en
el mismo hombre el vivo deseo de buscarle a él. Se trata de una búsqueda que ha de ser apasionada e
incansable y que ha de durar toda la vida. Una búsqueda que ha de estar animada por la certeza del
encuentro e impulsada por la seguridad de que habrá que seguir buscando.
El hombre, sin Cristo, es enigma indescifrable para sí mismo, y «un problema no resuelto» (GS
21), y se encuentra inevitablemente abocado al fracaso y a la frustración. «En Cristo y por Cristo, Dios
se ha revelado plenamente a la humanidad y se ha acercado definitivamente a ella y, al mismo tiempo,
en Cristo y por Cristo, el hombre ha conseguido plena conciencia de su dignidad, de su elevación, del
valor trascendental de la propia humanidad, del sentido de su existencia» (RH 11).
Cristo es la revelación objetiva del Padre (cf Jn 14,9). Y es, al mismo tiempo, su revelación
subjetiva. En su misma Persona, en su palabra y en toda su vida. Y es la revelación total del misterio del
hombre. Por eso, sólo en la cristología se alcanza la auténtica dimensión antropológica que debe tener,
según muchos autores actuales, la teología cristiana. En síntesis, se ha podido decir de forma certera y
gráfica: "Jesús, además de ser el único exegeta autorizado de Dios, es el único intérprete fidedigno del
hombre"3.
El religioso, en cuanto seguidor radical de Cristo, tiene que afirmar existencialmente la primacía
absoluta del Dios vivo y verdadero, y ser testigo -convencido y convincente- de que este Dios merece
ser buscado, amado y adorado por razón de sí mismo, aunque no nos diera nada, y de que, por él, vale
la pena dejarlo y perderlo todo.
El religioso es -tiene que ser-, en virtud de su misma vocación, un buscador apasionado e
incansable de Dios "en todos y en todo" (DCVR 1): de manera expresa y frecuente en el ejercicio
explícito de la fe, en la Palabra de Dios, en los sacramentos y en la oración; pero también en los signos
de los tiempos, en los retos y necesidades de los hombres, en la acción apostólica, en la creación entera,
en las relaciones interpersonales, en la verdadera amistad; y, de un modo especial, en los más pobres.
3
José Antonio García, S.J., El mundo desde Dios. Vida religiosa y resistencia cultural, Santander, 1989, pp. 142.
2
3
Seguir a Jesús: esencia y consistencia de toda forma de vida cristiana
Hace ya varios lustros, Juan Bautista Metz afirmó solemnemente -e incluso en un tono de
alarma- que había llegado la hora del seguimiento, tomando esta palabra en sentido estricto. Y que esa
hora comprometía a la Iglesia entera, sin posible excepción. Pero que afectaba, de un modo especial, a
la vida religiosa. Más aún, añadía que la Iglesia entera necesitaba un "empujón radical", que sólo le
podía venir precisamente de la vida religiosa. Se han hecho justamente célebres, a este propósito, sus
palabras:
"Ha sonado la hora del seguimiento en sentido especial, la hora en que los cristianos
deben ser 'más radicales', es decir, deben 'ir a la raíz de las cosas'... La actual situación eclesial
requiere un empujón, una especie de 'shock' en dirección al seguimiento. Y ¿de dónde ha de
venir este empujón radical, si no es de las órdenes?"4.
Seguir a Jesucristo -lo mismo que creer en él- no es monopolio de nadie, sino imperativo y
exigencia radical de todo verdadero cristiano. Aunque la vida religiosa, por su especial radicalidad, es
un modo original, específico y particularmente significativo de creer en Cristo y de seguirle en su
género de vida: en su modo histórico de existir y de actuar. Estar no sólo dispuesto a dejarlo todo por
Cristo, sino dejarlo y perderlo todo de hecho por él, es una forma radical de fe y de amor5. Justamente,
por eso, la vida religiosa cumple en la Iglesia una misión esencial e irrenunciable de signo y de símbolo,
"que puede y debe atraer eficazmente a todos los miembros de la iglesia a cumplir sin desfallecimiento
los deberes de la vocación cristiana" (LG 44).
En esta línea de pensamiento, Metz sacaba ya entonces esta conclusión: "Uno de los factores
que integran la misión cristiana de las órdenes es recordar de forma plástica esta conexión entre el ser
cristiano y el seguimiento y protestar una y otra vez contra la tentación, enraizada en la naturaleza, de
relativizar este seguimiento, contra la inclinación instintiva de llegar a un compromiso conciliatorio con
él"6.
Recordar y protestar: ser memoria y anuncio; y, a la vez, aguijón y denuncia profética:
recuerdo vivo de radicales exigencias evangélicas, y protesta contra el fácil olvido y la cómoda y
frecuente 'domesticación' de esas exigencias. Por eso, precisamente, la vida religiosa -cuando es
auténtica, es decir, cuando es verdadero seguimiento radical de Jesucristo- resulta de verdad una
memoria incómoda, e incluso 'peligrosa': incómoda y peligrosa para toda forma de mediocridad.
Para el cristiano-religioso, el seguimiento evangélico de Jesucristo lo es literalmente 'todo',
porque es el principio y el fin, la esencia y la consistencia de este modo de vida cristiana7. Seguir
evangélicamente a Jesucristo se convierte, así, en proyecto de existencia y en verdadera profesión, no
sólo en el sentido jurídico y teológico de esta palabra, sino también en su sentido social. Ninguna otra
4
5
J. B. Metz, Las órdenes religiosas. Su misión en un futuro próximo como testimonio vivo del seguimiento de Cristo, Barcelona, 1978, pp. 42 y 43.
Cf Mt 19, 27; Lc 5, 11.28; Filp 3, 8; etc.
6
Id., ibid., p. 45.
7
Cf LG 44; PC 1; 2 a, e; ET 12; MR 10 ; CIC can. 662; VC 1; 14; 18; 20; 21; 22; etc.; CdC 3 ; 8 ; 9, 10 ; etc.
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'profesión' o competencia puede nunca suplantar y ni siquiera suplir, en el religioso o en la religiosa, su
profesión primera y total, que consiste en seguir radicalmente a Jesucristo. Las demás 'competencias' y
'profesiones', que indudablemente puede y suele tener un religioso o una religiosa, han de integrarse
perfectamente en esa gran y única profesión, y, desde luego, subordinarse enteramente a ella.
Seguir a Jesucristo evangélicamente es -en respuesta a una especial vocación- imitarle en sus
actitudes vitales, reviviendo las dimensiones más esenciales de su proyecto humano de existencia. Y
eso son justamente -eso pretenden ser y tienen que ser- los llamados 'consejos' evangélicos vividos
como profesión y, por ello, ratificados con votos públicos y perpetuos.
Hablando con rigor, Jesucristo es el término inmediato y, a la vez, último del seguimiento
evangélico, y también la razón y el motivo de ese mismo seguimiento. Propiamente, el religioso sólo
sigue a Cristo -que es su único Maestro-; y le sigue por él mismo -por Cristo-; y, simplemente, para
seguirle. Seguir evangélicamente a Jesucristo es fin y no un medio para otra cosa. Es un valor
sustantivo y absoluto. Por eso, no es lícito ordenarlo o subordinarlo a otra realidad, sea la que fuere:
cuidar a los enfermos, educar cristianamente a la juventud, atender a los más necesitados de la sociedad
o evangelizar. Más bien, se trata de hacer todo eso y se hace todo eso, porque se quiere seguir a
Jesucristo y para seguirle de verdad. Por eso, los Superiores Generales han recordado certeramente:
"Los religiosos siguen a Cristo no para anunciar el Evangelio, sino más bien anuncian el Evangelio
porque siguen a Cristo"8.
Los “votos religiosos”: expresión histórica de una búsqueda apasionada de Dios y del seguimiento
radical de Jesús
Jesús es el Hombre enteramente libre y enteramente para los demás: para Dios y para los
hombres, para el Padre y para los hermanos, es decir, para el Reino. Y la expresión histórica y
existencial de esa total libertad frente a todos y frente a todo, y de esa absoluta entrega y donación de sí
mismo a los otros, son precisamente su virginidad, su pobreza y su obediencia. Porque vivió
enteramente como Hijo del Padre, pudo vivir enteramente como Hermano de todos los hombres. Vivió
la fraternidad universal, porque vivió la filiación sustantiva. Porque fue y es el Hijo, es decir, la
Filiación personificada, es también la máxima encarnación de la fraternidad. Los religiosos, por
vocación, tienen la misión irrenunciable en la Iglesia de re-presentar de forma visible, verdadera y real
(=sacramental) a Cristo en su proexistencia; es decir, en su modo de vivir y de existir para los demás.
La vida religiosa, por ser vivencia y profesión pública de los llamados consejos evangélicos,
siguiendo e imitando a Cristo-virgen-pobre-obediente-, revive y prolonga eclesialmente el modo de
vida y de existencia -de proexistencia- del mismo Cristo. “Verdaderamente -como nos ha dicho Juan
Pablo II- la vida consagrada es memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús, como
Verbo encarnado, ante el Padre y ante los hermanos. Es tradición viviente de la vida y del mensaje
del Salvador” (VC 22). Por eso, adelanta e inaugura, aquí y ahora, la vida nueva y definitiva, la vida
celeste, que vivió él, sobre todo, mediante la consagración total, la virginidad y la comunidad de
vida.
La vida consagrada, en sí misma y en sus distintas formas históricas, no ha sido ni ha
querido ser más que búsqueda apasionada de Dios y seguimiento radical de Jesús en su entrega
8
Cf "Vida Religiosa", 38 (1975) 346.
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total al Padre y a los hermanos. Pero no ha pretendido nunca monopolizar el Evangelio, ni tampoco
reducirlo o recortarlo en sus exigencias. Ha querido siempre imitar y seguir a Jesús -dejándose
configurar con él por la acción del Espíritu- en su virginidad, en su pobreza y en su obediencia,
entendidas como expresión de la plena donación de sí mismo a Dios y a los hombres.
La polarización de la vida religiosa en los tres votos, olvidando lo que le es más nuclear y
constitutivo, que es el seguimiento evangélico de Jesucristo, empobreció considerablemente la
misma vida religiosa y le privó de su arranque más vigoroso y de su más esencial punto de
referencia. Incomprensiblemente, la sequela Christi no era categoría evangélica ni teológica para
entender la vida religiosa. Más aún, la comprensión de los votos, más desde la virtud moral de la
religión que desde las virtudes teologales, más en sus aspectos jurídicos y morales que en su
esencial dimensión cristológica y teologal, llevó inevitablemente a entenderlos como simples
“medios removedores de obstáculos”, en orden a la práctica o consecución de la caridad; pero no
como expresión objetiva y subjetiva de esa misma caridad teologal.
Por otra parte, al ser entendidos casi exclusivamente en el plano jurídico y moral, como un
simple ejercicio ascético, dejaron de abarcar, comprender y comprometer a la persona humana en
su totalidad, que es lo propio y peculiar de los llamados ‘consejos’ evangélicos, cuando se viven
comprometida y establemente, por medio de votos públicos y definitivos.
La famosa y funesta distinción jurídica entre materia del voto y materia de la virtud terminó
por vaciar a los votos religiosos de su verdadero contenido evangélico, cristológico y teologal. El
voto, que expresa la manera propia -públicamente comprometida- que tiene el religioso de vivir los
‘consejos’ evangélicos, quedaba reducido a un mínimo, que muchas veces no tenía ninguna
incidencia práctica en la vida del religioso (por ejemplo, el voto de obediencia). De este modo, lo
mejor de la persona quedaba intacto, no comprometido realmente.
Contrasta abiertamente con esta visión jurídica la explícita afirmación del magisterio actual,
en plena consonancia con el Concilio y con la mejor teología de la vida religiosa: “Es propio,
aunque no exclusivo, de la vida religiosa profesar los consejos evangélicos por medio de votos, que
la Iglesia recibe. Estos son una respuesta al don de Dios, que, siendo don de amor, no puede ser
racionalizado. Es algo que Dios mismo realiza en la persona que ha escogido” (EE 13). “Como
respuesta al don de Dios, los votos son la triple expresión de un único ‘sí’ a la singular relación
creada por la total consagración” (EE 14). “Los votos son también, en concreto, tres maneras de
comprometerse a vivir como Cristo vivió, en sectores que abarcan toda la existencia” (EE 15). "Los
consejos son como el eje conductor de la vida religiosa, ya que ellos expresan de manera completa y
significativa el radicalismo evangélico que la caracteriza" (PI 12).
Los consejos evangélicos, tal como se quieren vivir en la vida religiosa, al estilo de Jesús y
de María, convertidos en profesión y en estado de vida, no son sólo medios, especialmente aptos,
para cumplir perfectamente el doble mandamiento del amor. Sino que son, en sí mismos, amor
teologal de caridad: ejercicio, prueba y demostración fehaciente de amor total a Dios y a los
hombres. Y, por eso, también la mejor pedagogía para ir suprimiendo no sólo lo que se opone
directa o indirectamente a la caridad, sino lo que no permite la máxima actualización y la
ejercitación constante de esa caridad teologal.
Por medio de los tres votos, la persona humana -varón o mujer- se entrega a sí misma en
totalidad a Dios, realizando una verdadera transferencia de propiedad. En su aspecto de renuncia que no es el primordial, sino una simple consecuencia lógica de un amor preferente, de una
5
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predilección-, los votos religiosos no quieren remover simplemente lo que se opone a la caridad,
porque es o puede ser contrario a ella, sino lo que impide o estorba o no facilita su perfección, su
totalidad, su integridad y su máxima actualidad. El religioso, a imitación y en seguimiento de
Cristo, pretende vivir ya desde ahora, en la medida de lo posible, la caridad teologal con la totalidad
y con la actualidad con que se vive en el cielo; es decir, en ejercicio vibrante y continuo, y en acto
ininterrumpido. Para ello, organiza toda su vida, incluso externa y socialmente, del modo más
conforme y proporcionado a estas exigencias internas de la caridad y de la vida celeste.
El contenido más hondo de los consejos evangélicos y alguna forma de realización práctica y
sensible de los mismos, son imprescindibles para todo creyente, y esenciales para la perfección de la
vida cristiana, es decir, para el cumplimiento del doble precepto del amor. En este sentido, dejan de
ser propiamente consejos, para convertirse en exigencias radicales y permanentes de fe y de amor.
La fórmula “los tres consejos evangélicos” quiere ser y es expresión de totalidad. Con esa
trilogía se pretende expresarlo todo: la totalidad de la persona humana, la totalidad de la vida de
Cristo y la totalidad de las exigencias del Reino. En este sentido, hablar de tres, y concretamente de
la tríada de castidad, pobreza y obediencia, no es algo arbitrario o reduccionista, sino una manera
de expresar, con una fórmula breve, todo lo que la persona humana es en sí misma. Con esta
trilogía se describe toda la realidad de la persona, lo que la constituye y la define. La virginidadcastidad, la pobreza y la obediencia, rectamente entendidas, y desde el contenido y la significación
que tuvieron en la vida de Jesús, expresan adecuadamente todo lo que la persona es. Porque se
puede decir que, descriptivamente hablando, la persona es: capacidad de ser amada y de amar, que
viene a ser ámbito de la virginidad-castidad; capacidad de programar en libertad la propia vida,
que viene a ser el ámbito de la obediencia; capacidad y deseo de poseer y de usar los bienes de este
mundo con esa verdadera -aunque relativa- autonomía, que tiene por el mero hecho de ser libre y
responsable, que viene a ser el ámbito principal de la pobreza. Decir, pues, castidad, pobreza y
obediencia es, de hecho, abarcar a la persona en la totalidad de su ser y de su quehacer. Porque es
decir amor, señorío y libertad, que son las tres dimensiones más esenciales de la persona (cf ET 7).
Y esto era precisamente lo que desde siempre se quería decir, con fórmulas distintas, a lo
largo de la historia de la vida religiosa. La virginidad-pobreza-obediencia expresan también la vida
entera de Jesús, porque contienen y traducen sus actitudes vitales y totales, su entrega y pertenencia
total al Padre y a los hermanos, su absoluta dedicación al Reino. Y, al mismo tiempo, traducen y
expresan todas las exigencias del Reino, cuando se entienden y se pretenden vivir como las vivió
Jesús.
Para evitar el peligroso eco de la palabra consejo -que sugiere inmediatamente la idea de algo
‘facultativo’, que se puede hacer o dejar de hacer, sin comprometer nada importante-, mejor que
hablar de consejos sería hablar de carismas. Porque la virginidad, la pobreza y la obediencia, tal
como las vivió Jesús y como quiso que se vivieran y perpetuaran en la iglesia, son de verdad
carismas: donaciones especiales de gracia, concedidas por el Espíritu Santo a la iglesia entera, para
revivir en ella estas dimensiones y actitudes vitales de Jesús.
Existe una fuerte ‘dosis’ o una importante ‘zona’ en los llamados ‘consejos’ evangélicos, que
no es de consejo, es decir, que no es algo facultativo, sino que se exige a todo creyente como
contenido y como exigencia condición esencial de su misma fe en Cristo. El espíritu, es decir, el
contenido más hondo, la actitud interior que la virginidad, la pobreza y la obediencia suponen y
crean, es exigencia básica de la fe en Cristo-Jesús. Por eso, todo cristiano tiene que vivir
permanentemente esa ‘dosis’ y esa ‘zona’ de los consejos evangélicos. Es la ‘relativización’ de los
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mayores bienes de este mundo -amor humano compartido en matrimonio, libre programación de la
propia vida, dominio autónomo de los bienes temporales- frente al valor absoluto del Reino,
personalizado en Jesucristo. Es estar dispuestos a perderlo todo, si el Reino lo exige, antes de
renegar de Cristo. Es el “como si no” de san Pablo (cf 1 Cor 7, 29-31).
La expresión sensible y la encarnación real de este espíritu, es decir, la actitud interior
convertida también en actitud externa, o sea, la práctica efectiva de los consejos evangélicos es
también obligatoria para todo creyente; pero sólo ocasionalmente, cuando esta ocasión se presente
en la vida.
Para el cristiano-religioso, tanto la actitud interior como la expresión sensible y encarnada
externamente de esa misma actitud le urgen permanentemente. Para él, la situación-límite o la
ocasión circunstancial se convierten en situación normal y en "estado de vida”, en ‘vocación’ y en
‘profesión’ teológica e, incluso, ‘social’. Para el religioso, la tensión propia del “como si no” se
convierte en alta tensión de la renuncia a esos máximos valores humanos.
La virginidad, la pobreza y la obediencia no son realidades sustantivas. Son, más bien,
adjetivos calificativos del Jesús histórico, y sólo en referencia inmediata a él pueden entenderse
adecuadamente. Por eso, debería hablarse, más bien, de Cristo-virgen-pobre-obediente. Y, en el
caso de seguir empleando los sustantivos gramaticales, habría que relativizar su contenido
teológico, poniéndolos expresamente “en relación” con Cristo, mediante la partícula ‘de’. Porque lo
que se pretende vivir en la vida religiosa no es simplemente la castidad, sino la castidad de Cristo;
no es la pobreza, sino la pobreza de Cristo; tampoco es la obediencia, sino la obediencia de Cristo.
Ya que han existido, existen y seguirán existiendo otras múltiples formas de obediencia, pobreza o
castidad. Y ninguna de ellas nos interesa –para intentar revivirla nosotros- , sino sólo la que vivió
Jesucristo.
Para comprender de verdad los consejos evangélicos hay que volver decididamente a la
Persona de Jesús-virgen-pobre-obediente, comprobando qué fueron de hecho y qué significaron en
su proyecto humano de existencia esas tres dimensiones de su vida. Y, desde ahí,
fundamentar la auténtica vida religiosa, o especialmente consagrada, modificando, si es preciso, los
esquemas que han venido surgiendo a lo largo de la historia.
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