Ma.-Dolores-Paris2003

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GÉNERO Y ETNICIDAD ENTRE LOS MIGRANTES TRIQUIS AL
VALLE DE SALINAS, CALIFORNIA
María Dolores París Pombo
QUINTO
CICLO
DEL
SEMINARIO
PERMANENTE
SOBRE
MIGRACIÓN INTERNACIONAL: “MIGRACIÓN, GLOBALIZACIÓN
Y SOCIEDADES LOCALES”
11 de julio de 2003
1. Los triquis en el Valle de Salinas
En el Valle de Salinas, una de las regiones agrícolas más ricas de California, viven
cerca de 600 triquis. La mayoría están asentados en Greenfield, una ciudad de
13,000 habitantes, casi totalmente de origen mexicano: de acuerdo con el Censo del
2000, el porcentaje de la población hispánica en Greenfield aumentó de 67 % por
ciento en 1980, a 77 por ciento en 1990 y 88 por ciento en 2000. (Johnston; 2003)
A la vez, los pueblos agrícolas que se encuentran en el sur del Valle de Salinas son
las poblaciones de más rápido crecimiento en el Condado de Monterey. Mientras que
la población de California creció en 13.8 por ciento durante la década de los
noventas, estas ciudades crecieron en porcentajes superiores al 50 por ciento. En el
caso de Greenfield, la población local creció en esa década en 68%, representando
así la población de más rápido crecimiento en todo el Condado.1 Resulta interesante
observar en cambio que los pueblos de composición primordialmente “anglo” en
ese mismo condado, como Pacific Grove o el propio Monterey, han vivido un
estancamiento o incluso una disminución de su población.
1
Periódico The Californian del 10 de marzo de 2003, Salinas, California
La enorme mayoría de los hispanos que viven en el sur del Valle son de origen
mexicano. Esto nos indica los fuertes vínculos de los pueblos agrícolas de California
con México. Por otro lado, la formación de la población trabajadora se da a través
de
estratos
migratorios
que se
reflejan
hasta cierto punto en
estratos
socioeconómicos, a medida que la segunda generación de migrantes se integra a
capas medias bajas: los migrantes hispanos de segunda generación trabajan en las
agroindustrias de la región y en los servicios, con mejores salarios, y tienen niveles
educativos que alcanzan al menos la preparatoria (high school). A pesar de que la
población del Valle de Salinas pertenece en su mayoría a los sectores pobres de la
población estadounidense, están en una situación indudablemente privilegiada
frente a los recién llegados, en su gran mayoría oaxaqueños que no hablan nada de
inglés y que no hablan o hablan mal el español. En la actualidad, indígenas mixtecos
y triquis representan también una proporción considerable de la población.2
Los primeros indígenas triquis llegaron a Greenfield en 1996. Varios de ellos eran
inmigrantes legales que llevaban años trabajando en los Valles Centrales de
California. Se vieron atraídos por el Valle de Salinas a través de los contratistas,
debido a las mejores condiciones de trabajo que podían encontrar ahí. Actualmente,
esos migrantes se volvieron a desplazar hacia Florida o a las ciudades de Atlanta y
Nueva York donde trabajan en los servicios.
Las fuentes de trabajo en el Valle de Salinas están ligadas a las grandes
corporaciones agrícolas y agroindustriales que producen y procesan verduras:
lechuga, brócoli, espárrago, apio, alcachofa y chícharo. El sur del Valle es también
una importante región vitivinícola. Al igual que otros pueblos agrícolas del sur del
Condado de Monterey, como King City o Gonzales, el mercado laboral de Greenfield
está estrechamente ligado a las grandes corporaciones agroindustriales.
La sociedad local se ha ido constituyendo a través de sucesivas olas de migración
desde México. Hace veinte años, el origen principal de los migrantes eran los
estados de Guanajuato, Jalisco y Michoacán. Actualmente, muchos de esos grupos
2
Paul Johnston estima que cerca del 10 % de la población local es indígena originaria de Oaxaca (Johnston;
2003)
de población adquirieron la ciudadanía americana, mientras que los recién llegados
son originarios, casi siempre, de la Mixteca Oaxaqueña.
Entre los triquis, los varones constituyen aproximadamente dos terceras partes de
los migrantes y durante la temporada agrícola llegan a representar el 80 por ciento.
Las mujeres tienen una tendencia a establecerse y a no regresar a México más que
en casos extremos (como la muerte de algún familiar cercano) debido a que el cruce
de la frontera es caro, difícil y peligroso. Los hombres en cambio regresan con
frecuencia durante el invierno a Oaxaca o a Baja California para vigilar sus tierras,
atender asuntos familiares o comunitarios o bien traer a otros hijos y familiares
hacia el Norte. Muchos jóvenes triquis encuentran empleos en el Valle de Salinas
durante la temporada de primavera y verano y trabajan el resto del año en el Sur de
California o en Arizona. La mayoría de estos trabajadores “golondrina” son menores
de edad, algunos apenas van entrando a la adolescencia.
Probablemente la movilidad mucho más elevada de los varones indígenas explica
porqué los números arrojados por el Consejo Nacional de Población (Conapo) y por
la Encuesta de Migración en la Frontera Norte de México (EMIF) reportan índices tan
elevados de masculinidad: en efecto, de acuerdo con esas cifras, el 94.6 por ciento
de los indígenas mexicanos que cruzan la frontera son hombres y sólo el 5.4 por
ciento mujeres3. Al observar a la población asentada en California, se encuentra en
cambio un índice mucho más bajo de masculinidad.
Los indígenas triquis que viven en el Valle de Salinas son originarios de la región
triqui baja, situada en los municipios de Putla y Juxtlahuaca. Los poblados más
importantes de origen son Santa Cruz Río Venado, Río Lagarto, y San Juan Copala.
Las causas principales de la migración son la caída de los precios del café, los
conflictos relacionados con la tenencia de la tierra y la violencia política.
3
Estimaciones de Conapo con base en la STyPS, CONAPO, INM y El COLEF, Encuesta sobre Migración en
la Frontera Norte de México (EMIF), 1998-1999, 1999-2000 y 2000-2001
2. Vivienda, trabajo y salud
La relaciones de parentesco constituyen la estructura principal que sostiene las
redes de migración. Al llegar al Valle de Salinas, los triquis se refugian en casa de
algún miembro de su familia o de su comunidad. En la zona, las rentas de
departamentos de dos o tres recámaras suelen ser de 900 a 1300 dólares, sin
contar el costo de los servicios (luz y gas) que también son muy elevados. Por otro
lado, durante la temporada agrícola es difícil encontrar casas vacías. Por eso, en esa
época las familias indígenas viven hacinados: una familia ocupa generalmente una
sola recámara y es común que varios hombres solteros duerman en el garaje, en los
pasillos, en el comedor y en la sala. Algunos caseros realizan enormes ganancias a
costa de este problema de la vivienda: durante el trabajo de campo, conocí por
ejemplo a una familia de cuatro miembros que vivía en un pequeño cuarto por el
que pagaban 350 dólares al mes. El dueño
no les permitía introducir muebles,
recibir llamadas telefónicas o visitas. En el garaje de esa casa habitaban siete
jóvenes varones que dormían en el suelo.
Al igual que para viajar hasta el Valle de Salinas, para conseguir el primer empleo,
los triquis cuentan con el apoyo de las redes de parentesco. Es algún familiar ya
asentado en Greenfield el que los “lleva” con el mayordomo para completar las
cuadrillas, muchas de las cuales están formadas exclusivamente por mixtecos y por
triquis.
Las condiciones de trabajo en los campos de uvas y verdura han ido deteriorándose
a lo largo de los últimos años. El debilitamiento de los sindicatos, en particular de la
Unión de Trabajadores Agrícolas (UFW por sus siglas en inglés) y la llegada de
grandes olas de trabajadores indocumentados con muy baja capacidad de
negociación, han provocado poco a poco el deterioro de las condiciones de trabajo.
La mayoría de los recién llegados desconocen las leyes laborales o están temerosos
de defender sus derechos; los contratistas cometen numerosos abusos. Es frecuente
también que los mayordomos utilicen un lenguaje agresivo y racista para intimidar
al trabajador, eludir el pago de horas o despedirlo sin razón:
“A veces trabaja uno diez horas y pagan nueve. Hay muchos abusos. A veces, no
todos nosotros tenemos la misma capacidad para apurarnos o aprender el trabajo.
Entonces, el mayordomo te trata de lo peor ‘¡Para eso quieres venir al Norte! ¿Pa
qué vienes al Norte si no sabes ni trabajar? ¡Para qué dices que le sabes si no sabes
nada!’
Le digo a Juan Manuel (representante de la Unión Campesina ‘César Chávez’) que es
muy bueno que haya un sindicato que defiende a la gente. Unos entienden eso pero
otros no. No quieren venir porque no saben explicar su problema que tienen. A unos
los corren sin razón y no saben donde ir. Otros no reciben su sueldo como es. En los
campos corremos mucho peligro. La uva está llena de polvo de herbicida. Uno anda
con todo el polvo que se mete a la nariz y molesta. El año pasado no pagaron a
varias gentes y no pagaban sus horas y el tiempo que estuvieron allí. Son tres o
cuatro los que protestaron pero los demás ¿Dónde están? Luego prefieren perder
ese dinero y mejor seguir trabajando. Dicen que no tienen tiempo.”4
El acoso sexual hacia las trabajadoras agrícolas triquis es frecuente y muchas veces
tiene connotaciones racistas. Por ejemplo, cuenta Rosario como a un mayordomo,
llamado Luis, molesta y se burla de las mujeres triquis que no hablan español:
“A Teresa, Luis le decía cosas todos los días como que se la iba a llevar a cogerla.
Le dijo una vez que si se iba con él en la tarde, le seguiría dando mucho trabajo.
Ella no entendía nada entonces le decía que sí. Yo terminé por decirle que más le
valía cuidarse porque si se enteraba su esposo le iba a pegar. A Luis le advertí ‘Si
sigues diciéndole eso, lo va a saber su esposo y te va a clavar un cuchillo.’”5
Las mujeres triquis trabajan en los campos de verduras jornadas de ocho a diez
horas, cortando y empacando lechuga, brócoli, chícharo, espárragos o bien en las
tareas de limpia y pizca de la uva. Cuando tienen niños pequeños nacidos en
México, los dejan encargados durante la jornada laboral con otras mujeres triquis o
mexicanas pagando una cantidad diaria de 10 dólares por niño. Cuando sus hijos
nacen en Estados Unidos dejan a veces de trabajar en los campos y cuentan con el
apoyo de algunos programas de beneficiencia y seguridad social:
“Ahorita mi esposo se fue a México. Se acabó el trabajo. Ahorita yo pido ayuda para
los niños. Me dan poco y comemos salsa con tortilla o quizás frijolitos, del welfare.
Por los dos que nacieron aquí. También cuido niños y me dan poquito de eso. Casi
4
5
Entrevista con Andrés, 10 de diciembre de 2002
Entrevista con Rosario, 19 de enero de 2003
no los cuido todo el tiempo nomás dos o tres días. Cuando empieza trabajo
buscamos algo y luego reportamos al welfare y ya empezamos a trabajar.”6
Los varones triquis llegan a trabajar a los campos desde que son adolescentes.
Muchos de los recién llegados tienen 13 o 14 años pero tienen ya un largo historial
laboral en el Noroeste de México, de tal manera que llegan con experiencia y
habilidades. Adquieren rápidamente documentación falsa
que los transforma
artificialmente en adultos con permiso de trabajo, y que les permite conseguir
trabajo en los campos agrícolas cercanos. Ellos suelen permanecer en el Valle de
Salinas entre abril y octubre de cada año. Después, regresan a Baja California a
reunirse con otros familiares.
En California, las mujeres triquis tienen una tasa de fertilidad muy alta: todas las
mujeres triquis entre los 15 y 35 años están embarazadas o tienen uno o varios
hijos menores de 5 años. Muchas mujeres se embarazan antes de los 15 o aun
después de los 40 años. Podrían darse varias explicaciones a la alta fertilidad:
-
La
explicación
más
obvia
es
la
económica,
que
suelen
expresar
espontáneamente en entrevistas tanto las mujeres triquis como el personal
médico: las mujeres tienen hijos en EU porque reciben distintos tipos de
ayuda institucional que les permiten usualmente dejar de trabajar en los
campos, aunque los apoyos significan generalmente un monto mínimo de
dinero.
-
Existe un falso rumor muy generalizado entre la población triqui (y también
mixteca) de que tener hijos en California puede favorecer la legalización. Esto
ha creado incluso un estatus diferencial entre las mujeres triquis que tienen
bebés estadounidenses y las demás.
-
Sería necesario revisar las tasas de fertilidad en Oaxaca y en Baja California.
En efecto, es probable que allí también sean muy elevadas. Sin embargo, la
mortalidad infantil (en particular en el nacimiento y primer año de vida)
también es elevada. En California, las condiciones hospitalarias permiten que
6
Entrevista con Rutilia, Greenfield, 10 de enero de 2003
la gran mayoría de los bebés sobrevivan y que las madres tengan mejores
oportunidades de criarlos.
-
Finalmente, las adolescentes que migran con sus padres al Valle de Salinas se
embarazan muy pronto después de su llegada (el embarazo adolescente es
uno de los problemas de salud más graves en Greenfield). La falta de
supervisión
incrementa
dramáticamente
el
embarazo
en
niñas
y
adolescentes.
Muchas mujeres siguen trabajando en los campos durante el embarazo hasta el
momento del parto. Las largas jornadas paradas o agachadas provocan dolor de
espalda y cansancio. Las mujeres se quejan también de la falta de servicios
sanitarios y de agua potable en los campos.
3. Relaciones de género en la comunidad
Debido a que la mayoría de las mujeres cruza la frontera para acompañar o reunirse
con su esposo o sus hijos, las migrantes triquis de más de quince años son
raramente solteras. La edad del primer matrimonio suele ser de los 12 a los 16 años
y se da casi siempre sin el consentimiento de la muchacha. Cuando le pregunto a
María – mujer triqui de 50 años – a qué edad se casó me contesta así que no puede
recordar su boda pues era entonces “tan pequeña que todavía no brotaban sus
pezones y que era tan inútil que no sabe porqué la entregó tan joven su mamá”.
De acuerdo con la tradición, el hombre que se interesa en una joven suele acudir a
su casa, acompañado de sus padres o de algún familiar, para pedir su mano. Se da
entonces un largo proceso de negociación en tres o cuatro encuentros entre los
padres de la muchacha y los familiares del hombre. Finalmente, éstos dan lo que es
conocido como la “dote” que consta de cervezas, tortillas, pollos o gallinas , dinero y
eventualmente un chivo :
“El se pidió a mi papá como yo apenas tengo trece años cuando él llegó. Uno no se
quiere casar. Nomás llega a pedir la mano y paga dinero y cerveza. Paga chivo y ya
se va uno. Mi papá no preguntó. Nomás llegó el señor y ya se va uno. Nomás da
dinero y hace fiesta con todos tíos tías, todos. Toma cerveza, come comida, se pone
ropa, se pone huipil y ya así se la lleva.” 7
Después de la boda, la mujer va a vivir a casa de sus suegros. Las mujeres jóvenes
tienen tan poco poder en su hogar como en la comunidad. En la casa, están casi
siempre sometidas a los deseos u órdenes de los suegros y del esposo, raramente
participan en las decisiones que afectan la vida familiar. Muchas de ellas se quejan
de haber venido al Norte contra su voluntad:
“De 93 nació mi niña y ya mero va a cumplir y dice mi esposo ‘Vamos a otro lado,
allá vamos a trabajar seis meses y luego venimos de regreso’. Yo no quería venir
para acá y él a fuerza me trajo. ‘Deja la niña y vamos a buscar una señora que
cuida a tu hija’. Él mismo buscó una señora que la cuidara. Cinco meses cuidé ella y
luego la dejé con una señora y me vine para acá. Hasta noventa y cinco fue por ella.
Fuimos a Oregon. Allá trabajamos fresa, pepino, mora.”8
Es muy frecuente que el poder patriarcal se imponga a través de la suegra, que
vigila durante el día a la joven y sanciona cuando ésta no responde estrictamente al
rol de género: si sale de la casa sin permiso, recibe a alguna amistad o familiar, no
realiza con cuidado las tareas domésticas, etcétera. En Greenfield, la suegra sigue
siendo una presencia notable en muchas de las casas. En las largas ausencias del
hombre durante la temporada de invierno, la ella asume el poder en el hogar.
La falta de poder de las mujeres jóvenes está ligada siempre a su devaluación
económica: cuando viven en Oaxaca o en el Noroeste de México, éstas trabajan
temporalmente en los campos agrícolas y muchas veces obtienen ingresos a través
de la producción y venta de sus artesanías. Desempeñan también múltiples tareas
“complementarias”: tienen “abonados” a los que preparan cotidianamente sus
alimentos, cuidan niños propios y ajenos, limpian la casa. Sin embargo, los varones
son considerados siempre como los proveedores y los únicos que pueden tomar
decisiones en relación con la administración de los gastos familiares.
En sus comunidades como en los lugares de asentamiento, las mujeres triquis no
pueden hablar públicamente, no tienen voz ni voto en las asambleas comunales. La
vida pública y social está reservada a los varones.
7
8
Entrevista con Luisa, Greenfield, 21 de enero de 2003
Entrevista con Rutilia, Greenfield, 10 de enero de 2003
“Yo sólo hacía papeles pero los hombres se encargaban de ir a las oficinas y de
hablar con los del gobierno. Allí las mujeres no deciden nada sino que sólo los
hombres hablan entre sí y deciden. Yo hacía los papeles y trabajaba con las
mujeres. A veces Victoriano me invitaba a las reuniones pero me daba mucha
vergüenza porque eran puros hombres y yo solita. Me tocó ir a unas dos reuniones.
Una vez fui a Llano Nopal con Victoriano, donde estuvieron presentes muchos
líderes, pero me daba mucha pena porque mi esposo era muy celoso y cuando ya
no había gente me decía ‘Cómo le echabas ojitos a ese tal fulano!’ No iba yo sola,
iba también mi esposo. No había forma de que yo participara porque mi esposo me
hubiera dicho ‘¿Qué tanto hablas si esto a ti no te importa?’ Mejor me callaba.”9
En Greenfield, cuando termina la jornada de trabajo en el campo, las mujeres llegan
a su casa para ocuparse de los niños, preparar los alimentos y realizar las diversas
tareas domésticas como el lavado de la ropa. Algunas se dirigen a la lavandería
donde aprovechan para platicar y convivir. En la casa, aunque varias mujeres tienen
que compartir la cocina, hay una división muy clara de espacios, tiempos, alimentos
y tareas. No hay compras colectivas ni preparación conjunta de las comidas.
Los hombres se reúnen en la calle principal a platicar y tomar cervezas. Ellos
padecen la falta de espacio público (la plaza, el quiosco, o incluso la calle) donde
reunirse por las tardes y tomar. Greenfield carece de parques o de lugares abiertos
y la autopista corta el pueblo de un extremo a otro. La participación sindical es
también un campo exclusivo de los varones. Muchos trabajadores agrícolas
indígenas acuden a las reuniones convocadas por la Unión Campesina. A veces
llevan a sus esposas, pero éstas se quedan de pie en la parte trasera del local
cuidando de los niños. No toman nunca la palabra.
La falta de voz pública femenina se refleja en la idea generalizada de que las
mujeres son monolingües mientras que los hombres no. De hecho, una proporción
importante de varones y mujeres triquis adultos hablan únicamente su idioma
materno (aproximadamente la tercera parte, situación mucho más frecuente que
entre los migrantes mixtecos o aún más, que los zapotecos). Pero la mayoría de las
mujeres jóvenes entienden bien el español. Cuando acuden a las clínicas porque
están embarazadas, sus esposos las acompañan siempre para “traducir”. Los
9
Entrevista con Marta, Greenfield, 6 de diciembre del 2002
médicos y enfermeras me comentaron en varias ocasiones su sorpresa cuando,
después de un tiempo de atender a alguna paciente con interpretación por parte del
esposo, descubrían que la mujer hablaba y entendía perfectamente español.
Una de las consecuencias principales de la desigualdad en las relaciones de género
es la violencia doméstica. En entrevistas, las situaciones de violencia más aguda
están referidas usualmente al periodo en que la familia vivía en México. Una mujer
triqui que vive en Greenfield fue desfigurada por su marido, quien además se robó a
sus hijos para dejarlos a cargo de la abuela paterna.
“Regresé al campo otra vez y él me iba pegando y pegando. Me pega feo. Un día no
iba a trabajar pero me dijo vamos y vamos. Yo no quería trabajar porque no ves
cómo está la niña que está enferma, le digo. Me pegó feo pero no fui a trabajar con
él. Me quedé. Mejor me voy a dejar pensé porque no aguanto.”10
Algunas mujeres afirman que sus esposos dejaron de golpearlas cuando llegaron a
vivir a California. Sin embargo, hay también al menos dos mujeres triquis que
dejaron a sus esposos cuando ya residían en Greenfield, debido a que temían por
sus vidas:
“Una tarde llegué a la casa. Ese día no fui a trabajar. Llegó y empezó a
emborracharse. A las doce de la noche me sacó y me dijo que me iba a matar, que
se burlaría de la ley y me iba a arrojar del puente de la Minimart; me dijo que nadie
reconocería mi rostro. Me salí del departamento en la madrugada y me escondí en
las matas de atrás de la casa. Estuve una hora escondida. Después me metí
despacio al garage y pasé ahí toda la noche. A las tres de la madrugada me fui
caminando a la calle 10 donde vivía una señora que conocía porque habíamos
buscado juntas un cuarto para dormir. Yo iba descalza y con una blusita gris. Ella se
extrañó porque yo no llevaba ropa ni nada. Entonces decidí separarme. Me dejé de
él y empecé a trabajar. Dejé todo lo que había comprado con mi propio dinero: no
me importó la ropa, ni las cosas, sino sólo mi vida. Lo dejé hasta la fecha.”11
Por observación y entrevistas con el personal médico del Valle de Salinas puedo
afirmar que la violencia doméstica sigue siendo un problema grave y generalizado
en la comunidad triqui de Greenfield, a pesar del hacinamiento y de la falta de
privacidad de las parejas. Es común también que los golpes contra la mujer sean
resultado de borracheras.
10
11
Entrevista con Rutilia, Geenfield, 10 de enero de 2003
Entrevista con Marta, Greenfield, 10 de diciembre de 2002
Cuando son golpeadas, las mujeres raramente denuncian a sus parejas. Sólo en
casos extremos han llegado a llamar a la policía (generalmente a través de alguna
tercera persona) y buscan ayuda fuera de la comunidad triqui. Una organización
social hispana, Líderes Campesinas, ha tenido al respecto un papel fundamental no
sólo en la defensa de las mujeres golpeadas o abusadas, sino también en la
educación y promoción de los derechos de las mujeres entre las migrantes recién
llegadas al Valle de Salinas. Hasta el momento, son cuatro las mujeres triquis de
Greenfield que participan o han participado regularmente en Líderes Campesinas:
asisten a talleres en Salinas o a reuniones locales en las que discuten
fundamentalmente problemas relativos a la violencia doméstica, acoso y abuso
sexual, uso de pesticidas, efecto de los pesticidas en las trabajadoras agrícolas y en
los niños.
El proceso de asentamiento de los triquis en el Valle de Salinas provoca cambios
culturales tanto en las formas de integración de la comunidad como en las
relaciones de género. Los espacios abiertos de convivencia son pocos y están casi
siempre cercados por una multitud de reglas y leyes difícilmente entendibles para
los nuevos inmigrantes indígenas. Así, muchos hombres han recibido multas por
consumir alcohol en la calle o por andar borrachos. Otros son detenidos cuando
conducen de regreso a su casa. Son varios los triquis que se encuentran
actualmente en la cárcel de Salinas por no pagar las multas o por conducir sin
papeles y bajo la influencia del alcohol. La represión contra el consumo del alcohol
afecta no sólo un elemento de la identidad masculina sino también una forma
importante de integración sociocultural.
Por su parte, las mujeres triquis aprenden pronto que en California tienen
oportunidades más claras de defender sus derechos. En casos extremos de violencia
doméstica, han llegado a denunciar a sus esposos a la policía12 quienes han recibido
sanciones que van de una reprimenda a la cárcel. Durante el embarazo, las mujeres
suelen recibir información y consejos de trabajadoras sociales y enfermeras en los
12
Se han presentado al menos tres denuncias de este tipo en los pueblos de Greenfield y King City.
programas “prenatales” de las clínicas locales. Esto las lleva a revalorar su condición
y en ocasiones, a soñar con modificar su rol en la unidad familiar.
Finalmente, la incidencia de algunas organizaciones sociales ha sido fundamental
para propiciar el cambio lento pero progresivo de las relaciones de género. En
primer lugar, como señalado más arriba, la organización Líderes Campesinas ha
logrado integrar a algunas indígenas como voluntarias. Durante el día de las
madres, Líderes ha organizado, en los dos últimos años, convivencias y pick nick en
el campo con grupos muy amplios de mujeres triquis (más de veinticinco) y algunas
mixtecas, durante los cuales se han impartido talleres sobre acoso y abuso sexual
en dos idiomas (español y triqui). Las mujeres triquis que forman parte de la
organización están asumiendo un papel de mediación cultural y promoción de los
derechos de la mujer. Sin embargo, al mismo tiempo, hay varios puntos de
incomprensión entre las “latinas” – muchas de las cuales son ciudadanas americanas
– y las indígenas. El abordaje de los problemas “sexuales” es percibido a veces
como una intromisión; la violencia doméstica como una tara inevitable.
La UFW ha tenido un papel importante en la educación, la promoción y defensa de
los derechos laborales de los varones indígenas. Resulta muy interesante el trabajo
realizado por este sindicato durante los dos últimos años, con apoyo de un líder
triqui local que vivió varios años en Baja California y de varios dirigentes de la
región triqui de Oaxaca que han llegado recientemente a trabajar por una
temporada a Greenfield. La representación de la UFW en Greenfield ha organizado
pláticas regulares para informar a los recién llegados sobre sus derechos y
obligaciones no sólo en los campos agrícolas sino también en relación con el
consumo de alcohol en la calle y la violencia doméstica. La Unión no se ha limitado
a la defensa exclusiva de “sus contratos”, es decir de los trabajadores sindicalizados,
sino que ha desempeñado un papel mucho más amplio en la organización de los
inmigrantes latinos y de los recién llegados.
Finalmente, desde inicios del 2003 varias mujeres han empezado a buscar medios
alternativos de subsistencia en la confección y venta de tejidos. Al formar el grupo,
las mujeres triquis lo bautizaron “Mujeres del Sur”. Este grupo fue promovido y
contó con el apoyo de una organización local, Proyecto de Ciudadanía, vinculada
con el sindicato de los Teamsters, que se ha distinguido desde hace ocho años en el
trabajo de defensoría de los inmigrantes. Desde que formaron su grupo, las triquis
se reúnen, se organizan y discuten. Aprovechan sobre todo la posibilidad de
encontrar un espacio común para exponer sus preocupaciones y sus esperanzas.
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