Artículo sobre demografía. Unidad 12

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Bioética y ética ecológica
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El control demográfico
El planeta Tierra pura y simplemente no puede sostener a un número ilimitado de seres
humanos. En cualquier caso, el número máximo solo se alcanzaría en condiciones de extrema
miseria. Pero el objetivo civilizado no es que haya la mayor cantidad posible de gente (no importa
cómo vivan), sino más bien que la gente viva lo mejor posible (no importa cuántos sean). El
objetivo no es alcanzar el máximo, sino alcanzar el óptimo de la población. Y ese óptimo ya hace
tiempo que lo hemos superado.
En los países más desarrollados (Estados Unidos, Canadá, Europa, Rusia, Japón, Carea del Sur,
Australia, Singapur) la bomba de población ha sido desactivada. Los problemas que se plantean
a sus 1.100 millones de habitantes parece que tienen solución. Lo malo es que ellos solo
constituyen un sexto de la humanidad. Otro sexto largo de la población mundial vive en China,
donde en las últimas dos décadas se ha frenado la explosión demográfica mediante la
implementación de la política del hijo único. Los otros cuatro sextos de la humanidad siguen
multiplicándose desaforadamente. La explosión demográfica de África, Latinoamérica y Asia
meridional -el crecimiento de la población por encima de la reposición de las muertes- añade 80
millones de bocas hambrientas suplementarias al año, unas 220.000 al día. Y los recursos
escasos que habrían de concentrarse en pocos infantes, a fin de proporcionarles la alimentación
y la educación adecuadas, se dispersan entre cada vez más criaturas cada vez más miserables.
Desde la época de los sumerios (hace cinco mil años) hasta el siglo XVIII, el progreso técnico se
traducía directamente en incremento demográfico a niveles de miseria constante. Para la
inmensa mayoría de la gente, a pesar de todos los descubrimientos e invenciones, el nivel de
vida no subía; solo los números de la población aumentaban. Actualmente esta situación ha
cambiado en Europa, Norteamérica y los países del Pacífico (como Japón y Australia), que,
juntos, representan un sexto de la humanidad.
Esta parte privilegiada del mundo ha alcanzado el equilibrio demográfico, en ella la población ya
no crece, y, por lo tanto, el progreso tecnológico se traduce en una elevación constante del nivel
de vida (a pesar de las obvias excepciones). Pero gran parte del mundo subdesarrollado fuera de
China, que incluye dos tercios de los seres humanos, sigue anclado en la miseria provocada por
la galopante expansión demográfica.
La explosión demográfica es la principal causa de la miseria y el hambre en el mundo, así como
del creciente deterioro ecológico del planeta, además de estar detrás de diversas guerras civiles
(como la de la superpoblada Ruanda). La familia que podría alimentar y educar bien a un hijo o
dos distribuye sus escasos recursos entre diez, con lo que todos pasan hambre, o son
abandonados a la mendicidad y la delincuencia. Las ciudades que podrían albergar
humanamente a un número limitado de habitantes se convierten en hormigueros invivibles, pasto
de las infecciones, el caos urbanístico y el aire irrespirable, rodeados de inmensos arrabales
chabolistas sin desagües ni servicios, en los que se hacinan millones de miserables sin trabajo,
sin salud y sin esperanza. Los bosques, marismas y montañas que podrían continuar albergando
la riqueza y diversidad biológica del planeta son talados, quemados y roturados por masas
famélicas e inconscientes. El volcán demográfico en constante erupción vomita constantemente
nuevos millones de hambrientos y desesperados que van de un lado a otro, buscando su suerte
en la destrucción de las últimas selvas tropicales o en el hacinamiento de las nuevas favelas.
La relación de la superpoblación con la miseria humana ya era el tema central del primer
demógrafo, Malthus. En 1968, Paul Ehrlich publicó The population bomb [La bomba de población],
en que advertía claramente de la amenaza demográfica. En los años 1970, la «revolución
verde», con semillas mejoradas de arroz, trigo y maíz, produjo un incremento considerable del
rendimiento agrícola, lo que hizo disminuir la preocupación por la superpoblación, aunque ya en
1970 el padre mismo de la revolución verde, Norman Borlaug, al recibir el premio Nobel, insistió
en que el problema de fondo de la pobreza era la explosión demográfica y que había que
aprovechar el respiro de la revolución verde para detenerla. Una vez muerto Mao y acabado el
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período de locuras colectivas por él inspirado, China introdujo su política del hijo único e inició la
liberalización de su economía, medidas que condujeron a su impresionante despegue económico
y a la mejora sustancial del nivel de alimentación y educación de los niños. Los presidentes
demócratas americanos, como John F. Kennedy, Lyndon B. Johnson, Jimmy Carter y Bill Clinton,
eran conscientes del problema de la superpoblación y promovían la planificación familiar en el
mundo. Sin embargo, Ronald Reagan, ignorante, despreocupado de los problemas globales y
dependiente políticamente del voto de los fundamentalistas cristianos del sur profundo de
Estados Unidos, torpedeó la Conferencia Internacional sobre Población celebrada en México en
1984 y, en alianza con el Vaticano y las dictaduras islámicas, se opuso frontalmente a todos los
esfuerzos de las Naciones Unidas para promover la planificación familiar como la más eficaz
medida de lucha contra la pobreza. La oposición del Vaticano y del presidente de Estados Unidos
han logrado que hoy día el tema del crecimiento demográfico se haya convertido en tabú en
ciertos círculos, como señala Colin Butler.
La explosión demográfica se produce sobre todo en los países pobres, cuyas mujeres carecen de
la información, la libertad y los medios para evitar los embarazos o abortar. La primera vez que
estuve en Ciudad de México me hospedé en casa de unos amigos, donde una mujer venía a
limpiar varios días a la semana. Por su cara ajada y sus movimientos cansinos yo estimaba que
debía tener una edad avanzada. Cuál no sería mi sorpresa cuando, hablando con ella, me enteré
de que solo tenía veintiséis años y que ya tenía seis hijos. Un par de veces había intentado usar
algún medio anticonceptivo legal, y otra había considerado un aborto ilegal, pero lo único que
había conseguido en cada caso fue una paliza de su marido, un desempleado borrachín y
temeroso de que se dudase de su hombría, si su mujer no quedaba de nuevo embarazada.
Los expertos aconsejan a los gobiernos de esos países poner en marcha políticas vigorosas de
control de la natalidad como requisito indispensable, aunque no suficiente, para escapar del
círculo infernal del hambre y la degradación del medio. Muchos de esos gobiernos seguirían tales
consejos si no fuera por la presión en contra que ejerce el fanatismo religioso […]
En líneas generales, cuanto más deprisa crece la población, mayor es la pobreza y la
conflictividad. Zonas como la Franja de Gaza, Níger, Angola, Somalia, Ruanda y Afganistán se
encuentran entre las de tasa de fecundidad más alta del mundo. El mayor crecimiento
demográflco se da en el África subsahariana (con excepción de Sudáfrica), que bate también
todos los récords de miseria del planeta y es un desastre total y sin paliativos (de nuevo con
excepción de Sudáfrica). La población crece imparablemente, a pesar de las constantes guerras
civiles que la asolan, de la desertización antropógena y de la trágica propagación del sida. Como
ya vimos, más de cien millones de mujeres africanas han sido mutiladas en sus genitales. Así,
privadas de todo placer sexual y convertidas en meras máquinas de parir, viven condenadas a
una cadena ininterrumpida de embarazos y partos no deseados, sumidas en la miseria y
amenazadas o infectadas por el sida. […]
El planeta tiene ya unos seis mil quinientos millones de habitantes, muchos más de los que
puede aguantar de un modo sotenible y con un nivel de vida aceptable. Pero en muchos países
pobres, en vez de reducirse, la población sigue explotando como y hundiéndolos cada vez más
en la miseria. En 2050 la semidesértica Nigeria tendrá más habitantes que toda Europa. La
paupérrima África tendrá bastantes más habitantes que Norteamérica, Europa, Rusia, Japón,
Corea y Australia juntas. De hecho, la población africana, que todavía en 1900 representaba e1
8,1 por 100 de la población mundial, pasó a representar el 12,9 por 100 en 2000 y constituirá el
20 por 100 en 2050. La India sobrepasará ampliamente a China, que siempre había sido la más
populosa, y alcanzará los 1.630 millones de habitantes.
MOSTERÍN, J., La naturaleza humana. Madrid, Espasa Calpe, 2006
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