Historia de Hispanoamérica

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AMÉRICA: CONQUISTA, COLONIZACIÓN E INDEPENDENCIA
COMPARACIÓN ENTRE LOS DIFERENTES MODELOS.
ÍNDICE
1.INTRODUCCIÓN pag.2
2. AMÉRICA PRECOLOMBINA pag.4
3. CONQUISTA Y COLONIZACIÓN DE AMÉRICA pag.5
3.1 AMÉRICA DEL SUR pag.5
3.2.AMÉRICA DEL NORTE pag.15
3.3 COMPARACIÓN pag.24
4. INDEPENDENCIAS pag.31
4.1.AMÉRICA DEL SUR pag.31
4.2.AMÉRICA DEL NORTE pag.62
4.3.COMPARACIÓN pag.71
5. ORGANIZACIÓN DE LAS NUEVAS NACIONES pag.72
5.1.AMÉRICA DEL SUR pag.72
5.2.AMÉRICA DEL NORTE pag.93
5.3.COMPARACIÓN pag.101
6. CONCLUSIÓN pag.102
BIBLIOGRAFÍA pag.104
1.INTRODUCCIÓN
El trabajo intenta hacer un recorrido de síntesis por las diferentes conquistas y colonizaciones de los dos
subcontinentes americanos hasta llegar a la independencia de los países americanos, intentando explicar las
causas de las diferentes evoluciones político−administrativas y de sus diferentes realidades actuales.
El título del trabajo en América: conquista, colonización e independencia, haciendo referencia al ámbito
geográfico por el que se va a mover el trabajo en primer lugar. Después hace mención a los temas que nos van
a ocupar principalmente, es decir, las diferentes conquistas en primer lugar y después de estas el proceso de
colonización y la formación de las diferentes sociedades en América. Para acabar con las independencias de
las distintas zonas explicando las causas, y las distintas formaciones nacionales. En último lugar indica el
espacio temporal por el que nos movemos, es decir desde la llegada de los españoles a América en 1492, hasta
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las formaciones nacionales americanas del siglo XIX.
El subtitulo del trabajo es el siguiente Comparación entre los diferentes modelos, ya que uno de los objetivos
del trabajo es ver las causas de las diferentes evoluciones históricas de países vecinos y el porque de sus
realidades actuales.
Para la elaboración del mismo, he trabajado con numerosas monografías, de autores de diferentes países. Con
todo hay que destacar las limitaciones del trabajo al trabajar con un corto espacio de tiempo y con fondos
únicamente pertenecientes a la Universidad de Castilla La Mancha, concretamente de su campús de Ciudad
Real. El libro de Maza Zavala Hispanoamérica Angloamérica. Causas y factores de su diferente evolución,
hace un recorrido por las diferentes colonizaciones y compara entre ambas. El libro de Bethell. Historia de
América latinavol.5 La independencia hace un recorrido por las independencias aunque de manera general, en
cambio el de Lynch Las revoluciones hispanoamericanas 1808−1826 es mucho más específico. Para el
desarrollo de las naciones he utilizado el libro de Bethell Historia de América latinavol.6. América Latina
Independiente, que pormenoriza en esta cuestión, y para Estados Unidos el libro de Maidwyn.A. Jones
Historia de Estados Unidos 1607−1992que hace un recorrido completo por la historia del país norte
americano. Los demás libros que aparecen en la bibliografía los he utilizado para epígrafes más concretos
como el de Bonnichon, o como apoyo a los otros en algunos puntos.
La división del trabajo se ha hecho con criterios explicativos y comparativos. Aborda uno a uno los temas
principales, primero por separado, utilizando una división territorial e histórica como lo es América del sur
por un lado y América del Norte por otro, zonas geográficas que han tenido una diferente evolución en
general. Y posteriormente se aborda en cada uno de los puntos un apartado comparativo.
2. AMÉRICA PRECOLOMBINA
Es un continente muy despoblado dada su gran extensión. El poblamiento del continente se produjo por
pueblos asiáticos que llegaron por la zona de Alaska. Se dan poblaciones de cazadores−recolectores en los
valles y grandes culturas en las mesetas.
Las tribus serán derivaciones de las primeras poblaciones. En el América del norte nos encontramos con la
presencia de numerosas tribus, de cazadores−recolectores. En la zona central al norte, en las grandes llanuras
habitan pueblos como los Siux, Cheyenes, Apaches en sus dos derivaciones Jicarillas y Mescalera, navajos...
En la zona de la costa atlántica cazadores−recolectores como Sosones, Iroqueses, Semínolas, Mohicanos,
Apalaches o Hurones. En la costa pacífica tribus de pescadores desde Vancouver hasta baja California indios
como los Puebla y Sanbernardino y en la zona de las montañas rocosas culturas teocráticas hidráulicas como
Holmecas, Chichimecas y Teotihuacan que llegan en diferentes oleadas.
En el subcontiente sur se dan sociedades de tipo tribal y las llamadas grandes culturas, con un gran desarrollo,
en algunos campos superior al europeo como Aztecas y Quechua. En la zona de la selva y en la pampa tribus
de cazadores recolectores como los Chibcha y los Chimú y en la zona de Argentina y Chile tribus de
cazadores recolectores como los indios de la Patagonia o lo de la Tierra de Fuego.
3. CONQUISTA Y COLONIZACIÓN DE AMÉRICA
3.1 AMÉRICA DEL SUR
La colonización de América del Sur está marcada por dos reinos europeos principalmente, la monarquía
Hispánica y la corona de Portugal. La historia de estas dos potencias esta entrelazada e incluso durante varias
épocas constituyeron un solo territorio. Mantuvieron una gran rivalidad en los aspectos indianos, y las bulas
de los distintos papas fueron favoreciendo a una y otra potencia.
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Antes del descubrimiento de América a finales del siglo XV, España se volcaba en la reconquista de la
Península y fuera de ella se expandía por el Mediterráneo, mientras que Portugal con su reconquista ya
concluida volcaba sus esfuerzos expansivos por el Atlántico, sobre todo por las costas norteafricanas.
España era la el país más desarrollado de Europa a finales del siglo XV y comienzos del XVI, su agricultura
era floreciente y contaba con las manufacturas de lana en Castilla, textiles en Cataluña, construcción naval en
Aragón... y además contaba con un poderoso ejercito. A esto hay que unirle la política matrimonial de los
Reyes Católicos, que llevó al trono de España a un Habsburgo, la corona hispana llegó a contar con territorios
en toda Europa. Todo este potencial explica que la Monarquía Hispánica fuese capaz de conquistar y
organizar territorios tan lejanos en el espacio como lo eran los americanos.
a) Monarquía Hispánica.
Se puede decir que el primer conquistador de las nuevas tierras americanas fue el propio Cristóbal Colón,
que antes de iniciar la aventura había sido reconocidoalmirante de todas las islas y tierras descubiertas
(capitulación real del 17 de abril de 1492). Colón llegó a la isla de Guanahaní (San Salvador) del
archipiélago de las Bahamas el 12 de octubre de 1492. El primer asentamiento hispánico en América fue, sin
embargo, en La Española, donde se levantó el fortín de La Natividad, el 24 de diciembre de 1492. El
almirante tomó posesión de las nuevas tierras sin saber que se trataba de un continente nuevo.
Colón no fue el primer europeo en llegar a las costas Americanas, en los siglos X y XI ya habían llegado
vikingos Y además no era un continente despoblado, existían diversas culturas con las que chocaron los
descubridores. En el norte en lo que hoy es México y el sur de Estados Unidos existía la cultura Azteca. En las
actuales Guatemala y sur de México, habitaban los Mayas En la actual Colombia el Imperio Chibcha y en el
sur, en las provincias andinas el Imperio del tahuantisuyu. Además de estas grandes culturas las había muchas
en pequeña escala. Se estima que la población precolombina sería de unos 12 millones1.
El descubrimiento de América por la Monarquía Hispánica tenía que ser validado por la autoridad más
importante ante el resto de los reinos y este era el papa que lo era de toda la cristiandad, que aún abarcaba a
todo el continente europeo. El papa del momento era Alejandro VI Borgia, de origen español, por lo que
benefició a la monarquía Hispánica, otorgando varias bulas claramente favorables en las que se otorgaba en
perpetuidad a los Reyes Católicos el dominio sobre las tierras descubiertas. Estas bulas fueron duramente
protestadas por el resto de las potencias europeas. Al final se llegó a un acuerdo con Portugal, ya que
anteriormente esta corona también había sido agraciada con otra bula, favorable. Las negociaciones se
llevaron a cabo en Tordesillas (3 de julio de 1494), y se llegó a la firma del tratado que lleva el nombre de esta
ciudad castellana, por el que ambas coronas se repartían los territorios descubiertos poniendo como límite un
meridiano a unas millas de Cabo Verde.
Las culturas con las que se encontraron los hispanos, tenían un desarrollo igual o mayor en algunos aspectos,
con una organización civil, administrativa y económica, cierto grado de urbanización, actividad cultural
evolucionada, técnicas agrarias y artesanales eficientes, infraestructuras viales, calendarios, conocimientos
medico−quirúrgicos... Con todo los enfrentamientos fueron muy desiguales, al contar los Europeos con varios
avances desconocidos en el nuevo continente como la pólvora, instrumentos de navegación, utilización de
armas pétreas y metalíferas, la rueda, o el uso del caballo para la guerra (en América no había caballos). A
estos factores hay que añadir las luchas internas por el poder que mermaron y dividieron a los indígenas y que
fueron aprovechadas por los conquistadores e incluso algunas tribus indígenas lucharon al lado de los
conquistadores. Las enfermedades traídas por los conquistadores, no existentes en el continente americano
que diezmaron terriblemente la población indígena, por ejemplo la viruela. Otro aspecto sería la propia
concepción de la guerra de los indígenas, ya ue preferían la captura de los vencidos para su uso como
esclavos, lo que hizo que algunas victorias se les escaparan, por ejemplo Hernán Cortes sufrió cautiverio en
dos ocasiones antes de lograr la conquista del Imperio Azteca. Por ultimo destacar las religiones indígenas,
que incluían leyendas sobre Dioses blancos civilizadores, de los cuales se profetizaba su vuelta, como
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Bochica, Quetzalcoalt o Viracocha2. La conquista fe en todo caso cruenta, destructiva... por lo que las
consideraciones a los conquistadores puede pasar por una visión idílica, vistos como héroes o como una
negativa, la de los vencidos que los veían como tiranos.
Los españoles llevaron a América los valores de su cultura así como instituciones propias del continente
europeo. La mayor parte de los conquistadores pertenecía a la media nobleza, ávida de elevar su estatus social,
de edad temprana, audaces y rapaces, en buena parte analfabetos otros ilustrados y otros procedentes de
presidios (los menos), en definitiva un grupo muy heterogéneo. Hubo hombres de pluma y espada como
Bernal Diaz del Castillo, Hernán Cortes, Ercilla... eran todos ávidos de riquezas. La corona trató de evitar el
establecimiento del modelo europeo en América, es decir no quería un modelo nobiliar, por lo que los
conquistadores no fueron gratificados con títulos en el continente americano, se quería un control integro de la
corona, también se evito enviar a los grandes linajes nobiliarios.
En sus primeros tiempos la conquista fue una empresa de iniciativa privada, la corona delegaba en particulares
por capitulaciones con las que creó el marco institucional de estimulo y obligación. También la Iglesia
Católica intervino en la etapa de conquista, enviando a clérigos y monjes para la evangelización del indígena.
En este punto cabe hablar de la polémica sobre la consideración del indígena, que contó como defensor de
estos últimos al padre Bartolomé de las Casas3. Con todo América estaba muy lejos del continente y los
atropellos de los conquistadores fueron muy habituales.
El nexo histórico entre la conquista y la colonización lo podemos situar en la fundación de ciudades. La
Habana fue fundada en 1512, Cumana la primera en tierra firme en 1515. Las numerosas fundaciones
obedecen a varias causas entre las que caben resaltar necesidades de la conquista en estos primeros años,
como medio de defensa, como asistente estable para la vida de los conquistadores y colonizadores, como
centros administrativos y religiosos y como base de intercambio y defensa contra la piratería4. Por lo general
conservaron la ubicación de antiguos centros indígenas.
En cuanto al derecho indiano, se caracteriza por las formas latinas de formalidad jurídica. Se intenta regular
las relaciones entre los conquistadores y colonizadores y la Corona. El sistema normativo no podía ser
elaborado de una sola vez por medio de la deducción o de la experiencia hispana, pues se enfrentaba a una
realidad distinta y en formación, por ello la formulación de aquel sistema se hizo en el transcurso de tres
siglos, sujeto como estuvo a modificaciones, rectificaciones, aclaraciones y ampliaciones. Se trata de
formalizar el régimen de repartimientos y encomiendas. Se practicó en un primer momento la esclavitud de
los indígenas, aunque posteriormente percibirían jornales y adoctrinamiento en la fe católica, como personas
libres. Ante la situación los frailes dominicos elevaron una protesta a la corona, resuelta en las Leyes de
Burgos 1512, que regulaban el régimen de repartimiento y encomiendas, fijándose disposiciones protectoras
de los naturales y obligaciones para ellos de los encomenderos, reglas que fueron aclaradas con las Leyes de
Valladolid, con especial atención al trabajo de mujeres y niños. Con todo la situación para el indígena siguió
siendo muy dura. La formula de requerimiento consistía en hablarles en castellano a los indígenas sobre el
derecho de la Monarquía Hispánica sobre sus tierras, ante lo cual la mayoría de las veces los indios atacaban y
después se les hacía prisioneros. El órgano calificado para los asuntos indianos, era el Consejo de Indias que
elaboró numerosas leyes que fueron recogidas en otras tantas recopilaciones, reunía los poderes legislativo,
ejecutivo y judicial, siendo además asesor del rey, y ejercía el derecho de patronazgo eclesiástico en nombre
de este. El comercio entre las colonias y la metrópoli estaba centralizado por la Casa de contratación de
Sevilla. En cuanto a la organización administrativa estaba compuesta por Virreinatos y Capitanías generales,
según la importancia. La intendencia tenía facultades políticas, administrativas, judiciales, financieras y
militares. La Real Hacienda era regente de la actvidad económica en la colonia, fiscalizadora de cobranzas y
erogaciones. En cuanto a la justicia, las Reales Audiencias, con jurisdicción regional, tenían en su
jurisdicción, atribuciones semejantes a las del Consejo de Indias, aunque dependientes, de un virrey y sujetas
a las superioridad del Consejo de Indias. En el plano más local se constituyeron los ayuntamientos,
compuestos por regidores, que tenían la facultad de nombrar al alcalde, su función era la administración de las
ciudades.
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En cuanto a la cultura cabe destacar la fundación de varias universidades la de Santo Domingo en 1538, la de
Ciudad de México y la de Lima en 1553, Quito 1586... y la introducción de la primera imprenta en México en
la segunda mitad del siglo XVI. Aunque hay que destacar la censura a la que estaban sometidas todas las
publicaciones.
Un aspecto importante dentro de la colonización hispana, sería la introducción del catolicismo en América,
muy relacionado con la enseñanza de la fe entre los indígenas. Esto sería una obsesión en los conquistadores.
En nombre de la católica se destruyeron numerosos y valiosos testimonios culturales indígenas, no solo por la
fé sino también por la codicia. También la fe sirvió de pretexto para la esclavización de los indios, para su
tráfico como esclavos y para su sometimiento, cosas todas ellas que diezmaron notablemente su población.
Las relaciones entre la Iglesia y la Corona se regían por el derecho de patronazgo, un convenio entre la Santa
Sede y la monarquía española, por el cual se requería licencia del rey para fundar iglesias, monasterios,
conventos, hospitales de religiosos... Los obispos y arzobispos se nombraban entre una serie elegida por el
rey. La iglesia disfrutaba del diezmo también en América si como legados de los feligreses y del trabajo servil
indígena, además de poseer tierras e inmuebles. No todo fue positivo, hay que destacar la defensa de los
indígenas de algunos religiosos y que muchas de las misiones religiosas hicieron obra positiva en la
agricultura, la cría la artesanía, la construcción...
Un tema a destacar es la existencia o no de feudalismo en América y si existió su duración. Autores como
Antonio García defienden que el feudalismo colonial en América como fenómeno propio de la realidad
colonial de Hispanoamérica5 vinculado a ciertos rasgos de mercantilismo. La formación de la propiedad
territorial agraria fue un proceso histórico diferente del de establecimiento de encomiendas. La propiedad
territorial de los indígenas, reconocida en las leyes de Indias era celosamente protegida por la corona. El
régimen de servidumbre indígena es uno de los elementos que se consideran en la caracterización del
fenómeno del supuesto feudalismo colonial, los indios no eran legalmente siervos del encomendero sino
vasallos del rey de España. Otro rasgo asimilable al feudalismo europeo era el carácter de economía natural
cerrada de la encomienda. Esta modalidad estructural de la economía colonial no puede ser calificada como
feudal, aunque tampoco como capitalista. El mercantilismo colonial, bajo la forma de regimentación y
reglamentación estricta del comercio de España con las colonias y de las colonias entre sí, que entrañaban un
monopolio, así como también de la navegación entre España e Indias y viceversa. El mercantilismo frenó
notablemente el crecimiento económico de las colonias hispanoamericanas y encontró su lado débil en el
contrabando. La extracción de metales preciosos proporcionó, como se verá más adelante, la base monetaria
para el desarrollo capitalista de Europa occidental, mientras que las restricciones impuestas a las colonias para
producir manufacturas comerciables y limitarse sólo a exportar productos primarios, impidió a éstas avanzar
hacia formas evolucionadas del índole capitalista. En la propia España, las fuerzas productivas fueron
entrabadas por una política mercantilista singulas y muy contradictoria, se favorecía la importación de
manufacturas y en otros se impedía la exportación de artículos elaborados. Este mercantilismo ingula imponía
a los propios comerciantes y armadores españoles restricciones que afectaban el crecimiento del comercio
entre España y América.
La conquista se confunde en el tiempo con la colonización; la primera fue en su mayor parte cruenta, la última
relativamente pacífica, que otras formas de violencia y sometimiento de la población indígena fueron
practicadas durante casi tosa la colonia. El proceso colonizador se inició hacia la mitad del siglo XVI, sin
embargo el sistema colonial hispánico se formó durante los dos siglos y medio largos que concluyen en
víaperas de la independencia. La mayoría de los que intervinieron, desde la suprema jerarquía monárquica
hasta los modestos funcionarios de la administración indiaa, quizá nunca pisaron tierras americanas. Los
ejecutores de las disposiciones emanadas de la burocracia española, conquistadores y colonizadores y luego
burocracia indiana, adaptaron a las realidades locales a los distintos intereses que presionaban en lo inmediato.
El sistema colonial español existió como paradigma en los textos reguladores y ordenadores, existió un
conjunto más o menos heterogéneo de prácticas, procedimientos, hábitos y violaciones que fue la praxis
colonial.
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Hay dos etapas mas o menos diferenciadas entre la conquista y la colonización, se distingue en el trato dado
a los indígenas por el español que arranca desde el momento mismo de la llegada de Colón y se extiende hasta
bien entrado el siglo XVII; y la que comprende desde ese momento hasta fines del siglo XVIII. En la primera
etapa, la población indígena fue sometida a la esclavitud, servidumbre forzada, maltrato, persecución y
explotación desmedida, que sancionaron la reducción de la población y el envilecimiento físico y mental de su
condición. En la ultima se procuró la conservación del elemento indígena por razones económicas, religiosas
y políticas. El exterminio del indio no cesó durante la época postcolonial y ni aun en el presente.
La necesidad de una economía agrícola, para subsistencia y exportación, la evolución del régimen de
encomiendas, la declinación de la economía minera hacia la segunda mitad del siglo XVII, entre otros
factores, permitieron la recuperación parcial de la población indígena y propiciaron un mejor trato de esta.
Fueron reformadas las comunidades indígenas por el mestizaje entre la comunidad medieval europea y la
precolombina. La mita se impuso como obligación a la comunidad indígena, y consistía en que un séptimo de
la población masculina joven debía trabajar durante cierto tiempo en las minas. En las misiones religiosas se
sometía al indio a tributación a radicación permanente servidumbre personal y al aprendizaje obligatorio del
castellano y la religión católica. Al exterminio de la primera época sucedió la asimilación, en definitiva se
impuso el mestizaje
La ambición de metales preciosos sirvió de acicate al conquistador, aparte del afán de gloria y aventura.
Primero fue el pillaje de los tesoros indígenas, por el cual fueron destruidos valiosos testimonios de esas
antiguas culturas. Luego fue la búsqueda de oro y plata, lo que ocasionó la extensión de la conquista a casi
todo el continente y sus islas. Pero la minería importante tuvo dos centros principales, México y Perú, y uno
de menor envergadura en Nueva Granada. La actividad extractiva dominante era la minería y refinación de la
plata. La producción de plata declinó por escasez de ese metal indispensable para su laboreo y posteriormente
se recobró, aunque nunca con el esplendor de la época. Entre 1501 y 1650 los envíos de metales preciosos a
España se cuantificaron en 181 toneladas de oro y 16.887 de plata6. La producción de plata fue organizada
como una empresa capitalista que exigía capitales fijos y circulantes. Se formaron polos de crecimiento en las
zonas mineras de Perú, con infraestructura y notable movilización de recursos. En México las zonas
argentíferas fueron tributarias de modo distinto, de ciudad de México, dada la dispersión de aquellas, en la
capital del virreinato existía una clase comercial fuerte.
La corona participaba de la riqueza minera extraída mediante la imposición de una regalía, equivalente a un
quinto o un décimo de la cantidad extraída. La propiedad de la minas pertenecía a la corona. Los metales
preciosos impidieron la formación de una economía orgánica en el Nuevo Mundo hispano y al mismo tiempo
hicieron de España una rentista parasitaria, aquella extracción fue la más alta contribución americana a la
acumulación primaria u originaria de capital, sobre la que se asentó en los siglos XVI y XVII, el capitalismo
europeo.
El conquistador fue movido principalmente por el afán de enriquecimiento, gloria y poder; aunque en
algunos casos por la fe religiosa. Tales inspiraciones lo llevaron a extender sus hazañas por casi todo el
continente venciendo las dificultades de espacio y adaptación al ambiente. No fueron numerosos los
conquistadores pero si temerarios. Tomaron posesión en nombre de los reyes españoles y de la iglesia ; pero
también para su ambición de dominio y riqueza. Hicieron uso de buenas y malas artes, para atraerse a los
indios o para someterlos. Nunca probablemente tuvieron conciencia de la magnitud de sus hechos, nunca los
Reyes Católicos ni sus sucesores apreciaron en sus dimensiones los dominios que conquistaron y colonizaron
sus súbditos, por propia iniciativa los más, por encomienda los menos. Todo el Nuevo Mundo constituyó un
problema para la dominación española. Tendencias opuestas se mantuvieron en el transcurso del siglo XVI;
unificar la administración, centralizar el gobierno, vincular entre sí los dominios, separar, aislar, evitar la
intercomunicación y el intercambio. La solución fue fortalecer la relación entre cada colonia la metrópoli y
permitir restringidamente alguna comunicación y algún comercio . Este aislamiento relativo no impidió que la
corriente independentista recorriera casi simultáneamente todo el subcontinente. Tampoco impidió los
contactos en los siglo XVII y XVIII con otras potencias europeas, Inglaterra principalmente, que tendrán
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tratos comerciales con las colonias. Mientras que España pretendía mantener la relación unirideccional con
sus colonias y el monopolio del comercio y la navegación, propició el advenimiento de otra relación, entre las
colonias y las potencias industriales emergentes de Europa.
La colonización hispana fue un modelo de dominio vertical, con cierta descentralización en virreinatos,
capitanías generales y gobernaciones; la vastedad del territorio conquistado, la dispersión geográfica y
humana y el espíritu del conquistador a veces doblado en colonizador, de establecer dominio directo en tierras
e indígenas, frustró parcialmente aquel modelo bastante rígido y dio lugar a un cierto feudalismo indiano, muy
cerrado, con apertura orientada a la metrópoli y a través de esta al mercado internacional.
La jerarquía colonial en la primera etapa, siglos XVI y XVII, corresponde a la valoración del potencial de
riquezas en metales preciosos y a la base prehispánica de organización y progreso de las colonias. Esa
organización era la siguiente: virreinatos mineros México, Perú y Nueva Granada, virreinatos mercantiles
Buenos Aires, Capitanías Generales, gobernaciones y audiencias: Guatemala, quito, Chile, Venezuela, Cuba y
Santo Domingo. La elevación de la jerarquía en la evolución colonial fue determinada por el ascenso
económico de la colonia, pobre en principio y de escaso interés, se hicieron relativamente prósperas en la
medida que declinaba la economía minera y se desarrollaba la agrícola y comercial. La organización colonial
tenía su cúspide en el propio monarca, pero por delegación de su poder tenía esa función el Consejo de Indias
(1571) que tenía las atribuciones legislativas, ejecutivas y judiciales, teniendo además el carácter de
organismo asesor del rey. Para los fines del comercio y la navegación, había sido creada en 1513 la Casa de
Contratación.
B. Colonización portuguesa.
La colonización portuguesa del Nuevo Mundo, es en realidad una continuación de la tradicional rivalidad de
portugueses y castellanos, ya que Portugal se encontraba volcada en llegar a la India por África, pero el
descubrimiento de Colon, rechazado por el rey Lusitano, dio lugar a dos hechos históricos que cambió la
política portuguesa:
1.− Diplomáticamente se dio el Tratado de Tordesillas (1494) se establecía la línea de demarcación que
dividía el hemisferio en dos zonas de influencia.
2.− Se produjo la aceleración, por parte portuguesa, de su ya antigua tendencia a alcanzar el Oriente
bordeando el continente africano, que desde el descubrimiento del cabo de las Tormentas (Buena Esperanza)
por Bartolomé Díaz había quedado estacionada. Los viajes colombinos actuaron fuertemente sobre la
conciencia portuguesa, acelerando los preparativos que llevaron a la flota mandada por Vasco de Gama hasta
la India (1498).
Tras este logro, el rey Don Manuel decidió en el verano de 1499, el envío de una nueva armada, mucha más
potente e integrada por unos mil quinientos hombres de guerra, con objeto de establecer una dominación en
los lugares descubiertos por Vasco de Gama. Al frente de ella un hombre dotado de cualidades militares y
guerreras, capaz de hacer el establecimiento colonial que se pretendía: Pedro Álvarez Cabral, el cual fue
investido de supremas funciones en la armada en 1500. El l9 de marzo del mismo año se iniciaba el viaje,
cuya primera etapa se cumplió el 22 del mismo mes y año, en las islas de Cabo Verde, para abastecerse de
provisiones para el resto del viaje. El 24 de abril la flota navegó hacia el Norte de la actual América del Sur
encontrándose con la actual Bahía Cabralia. De este modo toma contacto la Corona Portuguesa con el Nuevo
Mundo.
La Corona Portuguesa realizó una experiencia feudal en el Brasil; la división del país en doce capitanías
hereditarias (1534), el donatario de cada una de ellas era, en efecto, un verdadero señor feudal, ejerciendo en
sus dominios todas las jurisdicciones reales. Pero solo prosperaron dos capitanías, al norte, la de Pernambuco
y al sur, que era la capitanía de San Vicente.
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Luego se crean otras, sin mucho éxito, la capitanía de Bahía, situada en la costa este, sería comprada a su
donatario por la Corona para erigir en dicho lugar la sede de un gobierno central, constituido en 1549. Aun
establecida la capitalidad en la rebautizada como Salvador por Juan III, los dos núcleos básicos del país
continuaron siendo Pernambuco y San Vicente; esta última fue el punto de partida, en el litoral sur, de la
penetración hacia el interior, en la altiplanicie de Piratininga, donde se estableció la villa de San Andrés, en
1554 los jesuitas crearon el colegio de Sao Paulo, que es el origen de la gran metrópoli actual.
Desde 1532 se había llevado de la isla Madeira la caña de azúcar, que prosperó rápidamente en San Vicente,
para extenderse después a Pernambuco y a Bahía; hacia el año 1600, Brasil contaba con unos ciento veinte
ingenieros azucareros y exportaba a Europa grandes cantidad del preciado elemento comercial; como mano de
obra para los cultivos en las plantaciones se emplearon los prisioneros liberados, los mismos indios, cuya
debilidad biológica no dio positivo resultado y que se solucionó mediante la importación de negros esclavos,
que marcaron biológicamente con su sangre a la población mestiza brasileña.
La riqueza inicial supuesta por el palo tintoreo de Brasil quedó pronto superada por la riqueza azucarera y,
con ello, aumentó considerablemente la prosperidad de los establecimientos coloniales costeros; pero también
surgió un peligro por que era una constante la disputa de dichos territorios por parte de otras potencias
europeas, especialmente franceses y holandeses. Estos primeros llegaron a establecer un fuerte en plena bahía
de Río de Janeiro (fuerte Coligny), colonia que no fue destruida hasta que se fundó la ciudad de Río de
Janeiro en 1565.
Por su parte los ingleses efectuaron una primera visita en 1582 al puerto de Santos, después seguirían una
serie de ataques piráticos, el primero realizado contra Bahía en 1586 y posteriormente contra Pernambuco a
principios de 1595.
A esto hay que sumarle posteriores ataques que las costas brasileñas sufrirían por parte de las Provincias
Unidas, ya en época de dominio español, que llegaron en 1636 ha invadir todo el territorio.
Dejando a un lado estos ataques y siguiendo con el desarrollo de las colonias portuguesas en el Nuevo Mundo
debemos señalar que durante la época española se amplió considerablemente el área colonizada a lo largo de
la costa; en el nordeste se fundaron dos nuevas capitanías reales: Parahiba y Sergipe; hacia el norte se inició,
desde 1597, la campaña del Río Grande del Norte, desde Pernambuco; junto al río Potengi fue fundada una
población que después se llamó Natal. Quedaba con ello abierta la línea expansiva hacia los extremos
septentrionales brasileños. Felipe IV resolvió, en 1637, incorporar al Brasil las tierras del cabo Norte, donde
nació una capitanía que llevó ese nombre.
Por último debemos señalar que en 1648 los holandeses eran derrotados como potencia militar en Brasil. Todo
ello fue realizado sin ninguna ayuda de Portugal; hubo quien aconsejó al rey Juan IV el abandono del Brasil, a
cambio de mantener la paz con los grandes capitalistas de los Países Bajos; la acción contra los de las
Provincias Unidas surgió de la misma entraña social y mestiza brasileña.
Con la expulsión de las Provincias Unidas se inicia en el Brasil otra etapa histórica de la mayor importancia
porque en ella se encuentran las bases de la línea que condujo a la independencia con unas características muy
especiales. Se caracteriza esa etapa por la expansión hacia el interior de las tierras brasileñas y el
descubrimiento de las grandes riquezas supuestas por el oro y los diamantes, que dio motivo para un
importante movimiento colonizador que, a su vez, planteó una serie de cuestiones de límites de la mayor
importancia histórica.
3.2.AMÉRICA DEL NORTE
La riqueza y el poder alcanzados por las coronas peninsulares, explotando sus dominios coloniales habían
causado la envidia de las demás potencias europeas. Los franceses e ingleses se iban estableciendo donde no
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existían asentamientos hispanos y las Provincias Unidas se oponían frontalmente a ambos imperios y
conseguiría suplantar a Portugal en Asia.
A. Provincias Unidas
El imperio comercial de las Provincias Unidas se puede calificar como de muy exitoso en todos sus sentidos.
El período de desarrollo comercial de las provincias separatistas comenzó con la guerra de independencia
contra España (iniciada en 1572), rebelión encabezada por ricos comerciantes. En este afán de ir contra la
monarquía Hispánica, se atacaron puertos coloniales y vieron como necesario la implantación de puntos
estratégicos y factorías en el continente americano.
Con la incorporación de la corona de Portugal a la española en 1581 los ataques de la piratería de los Países
Bajos se extendieron a territorio colonial portugués. Tan próspera fue la lucha comercial entablada que
numerosos comerciantes de las Provincias Unidas protestaron una vez firmada la paz de 1609 pues ya no
obtendrían los beneficios de los ataques de piratería.
Organizaron compañías comerciales que cotizaban en bolsa, por lo que contaban con un gran respaldo
económico, alcanzando gran prosperidad. Así la ciudad de Ámsterdam se convirtió en el gran centro
financiero europeo una vez fundado el banco nacional y la bolsa en 1609.
Pero sería Inglaterra la precursora de este tipo de compañías gracias a una tendencia capitalista incipiente y
sobre todo por las doctrinas mercantilistas que se centraban en buscar nuevos mercados que extenderían
también el imperio colonial.
Enmarcadas en este contexto surgen las grandes compañías por acciones. La primera fue formada a principios
del XVI y tuvo un nombre tan significativo como fue el de Merchants Adventurers, cuyos integrantes tuvieron
la ayuda estatal con la concesión del monopolio de las ventas donde se estableciesen. Este sistema fue
potenciado finalmente en la época de Isabel Tudor cuando se formó la Compañía Moscovita (1555) para
comerciar con Europa oriental, La Compañía Oriental (1579) para el Báltico, La Compañía de Levante (1581)
para el oriente del Mediterráneo y la Compañía de las Indias Orientales (1600) que fue la más importante y
explotó territorios desde el Cabo de Buena Esperanza al mar de la China.
Para las Indias Occidentales se fundaron otras compañías por acciones: una para los productos pesqueros de
América del Norte, madera y para la explotación de pieles en la Bahía de Hudson se formó una compañía que
controló un extenso territorio y casi todos los proyectos colonizadores de tierras tuvieron su origen en estas
compañías .
Tuvo gran importancia la Compañía de las Indias Occidentales fundada por los Países Bajos. Esta compañía
encauzó agresivamente la actividad marítima de las provincias sobre las posesiones españolas y en 1634 ya
controlaban ciertas posesiones donde establecían puertos para el contrabando clandestino de productos y sobre
todo de esclavos. Quebró como consecuencia de la posterior aventura brasileña.
Las grandes compañías por acciones utilizadas por las Provincias Unidas, Inglaterra y Francia tenían
importantes cometidos:
− Actuaban como auténticos Ministerios de Colonias.
− Despachaba y controlaba barcos y el tráfico marítimo.
− Establecía factorías en los lugares apropiados.
− Procuraba la defensa de los emplazamientos.
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− Negociaban y firmaban los tratados con los jefes locales.
− Reprimían militarmente a los nativos que no deseaban entrar en este juego colonial. Tenían incluso ejércitos
propios.
− En definitiva, ejercían por completo la dirección y el control del comercio entre colonia y metrópoli.
Por tanto Países Bajos, Inglaterra y Francia prefirieron un sistema colonial basado en las grandes compañías
por acciones y su objetivo su centro en el comercio y no estimaron otros como el proyecto evangelizador, ni el
establecimiento de las estructuras políticas, sociales y culturales de la metrópoli en las nuevos territorios.
Una larga serie de descubridores, contrabandistas, piratas, corsarios y colonizadores frustrados, fueron
preparando el asentamiento definitivo inglés en el Nuevo Continente.
B. Inglaterra
Los Reyes Católicos y luego Carlos V pretendieron que los nuevos territorios fueran controlados por España
en su totalidad. Era un objetivo difícil de alcanzar por la inmensidad del continente y pronto hubo
movimientos de otras coronas.
Inglaterra envió la primera expedición no española al Nuevo Mundo al mando del italiano Giovanni Caboto
que partió de Bristol en 1497 con instrucciones de Enrique VII para encontrar las islas del Brasil al oeste de
Irlanda. Llegó al norte de Terranova, creyendo haber alcanzado el extremo oriente y las tierras del Gran Khan.
Llegó a lo que calificó como Terra de prima vista (isla de Cabo Bretón) y luego tocó Terranova, y lo que
luego se llamaría Sant Pierre y Miquelon.
Las expediciones se reanudaron durante la época de Isabel I (1558−1603). En este período se volvió a la
aventura atlántica pero ya se enviaban descubridores a explotar territorios que aún no tuvieran colonizador y
además la acción inglesa se centró en la piratería.
En 1562 John Hawkins ya vendía esclavos de contrabando en las colonias españolas. En la lucha contra
España figuras como Hawkins o Francis Drake que hostigaron flotas y puertos españoles han pasado a la
historia inglesa como héroes.
Además de acciones piráticas los ingleses también se asentaron en zonas marginales: en 1578 Isabel Tudor dió
patente a Gilbert que puso rumbo a América y en su trayecto fue desviado accidentalmente al Caribe donde
los españoles le hicieron retroceder. En 1583 llegó a Newfoundland; tomó posesión de la isla y al intentar
seguir la colonización murió y sus derechos pasaron a su hermanastro Raleigh.
Walter Raleigh patrocinó tres expediciones: en la primera llegó a lo que denominó como Virginia (1584), la
segunda fue dirigida por Grenville y Lane (1585−1586) pero no se pudo establecer una colonia. El tercer viaje
tuvo como objetivo establecer un asentamiento y con White al frente de la expedición (1588) se dejó un grupo
de colonos a los que no se encontró en el siguiente viaje (1591). En 1595 el propio Raleigh estableció una
colonia en Guayana, lo que entrañaba mayor dificultad al ser la zona sur del continente controlada por España
y Portugal.
Todos estos movimientos durante el reinado de Isabel Tudor coincidían con una práctica protegida y alentada
por el estado inglés, el filibusterismo.
Sus actividades se centran sobre cuatro sectores:
− El tráfico de negros (black ivory).
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− El contrabando de productos.
− El ataque a los galeones españoles (especialmente a los de la Carrera de Indias).
− El saqueo de los establecimientos costeros hispanos en América.
Este fenómeno no fue sólo inglés pero de este país fueron los más famosos capitanes que se dedicaron a estas
actividades:
Francis Drake se apoderó en 1572 de una flota de galeones españoles en Panamá y cinco años más tarde
devastó ciudades de la costa pacífica de América regresando a Europa por la ruta asiática siendo así el
segundo capitán que dió la vuelta al mundo (el primero fue Juan Sebastián de El Cano).
El también inglés John Hawkins realizó numerosas expediciones contra la América española y logró
importantes botines. Tuvo un destacado papel en la victoria sobre la Armada Invencible y al igual que Drake
fue nombrado caballero.
Los bucaneros instalados en La Española actuaban sobre los galeones españoles en el Caribe. Tras ser
expulsados de La Española se refugiaron en la Isla Tortuga donde construyeron el fortín del Palomar.
Formaron una sociedad llamada Los hermanos de la costa y saquearon ciudades como Campeche, Granada y
Maracaibo.
Henry Morgan fue el bucanero inglés más famoso y llegó a conquistar Puerto Príncipe y Maracaibo así como
incendiar la ciudad de Panamá.
Sobre el establecimiento de las 13 colonias hay que comenzar con el establecimiento de Jamestown (1608),
en la Bahía de Chesapeake, es el primer establecimiento inglés en la costa americana (antes sólo se asentaron
en Roanoke poblada de 1584 a 1591). En 1620 llega el barco Mayflower con un centenar de puritanos que
fundan Massachussets y otros colonos no puritanos prefieren fundar colonias independientes como New
Hampshire (1624), Conneticut (1636) y Rhode Island (1636). A partir de Jamestown surgirá la colonia de
Virginia. Después se funda al norte del Potomac Maryland y en 1663 Carolina. Poco a poco se van
configurando lo que se denominara como las Trece colonias.
Se pueden dividir en:
− Nueva Inglaterra. Al norte se situaron Massachusetts, Connecticut, New Hampshire y Rhode Island
− Las cinco colonias sureñas. Virginia, Maryland, Carolina del Norte, Carolina de Sur y Georgia.
− Las colonias centrales. New Jersey, Nueva York, Delaware y Pennsylvania.
Se constituyeron en un principio según el sistema económico agrícola. Así poco a poco iban llegando colonos
que en Nueva Inglaterra, en virtud de concesiones de las Asambleas establecidas en Massachussets,
Connecticut y Rhode Island, se les cedía tierra para asentarse y cultivar. En los asentamientos del sur la
Compañía de Virginia y luego los colonos de Maryland y Carolina ofrecían tierras a todos los que se costearan
el viaje hasta América. El mismo sistema se utilizó para las colonias centrales lo que propició desigualdades
sociales pues ya había colonos pioneros que controlaban muchas tierras.
Era una agricultura comercial y los productos se destinaban en un gran número a Las Antillas. Sirvieron las
colonias como intermediarias entre el comercio antillano y el de Inglaterra, hecho que junto al contrabando
hizo que prosperaran rápidamente.
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Inglaterra quiso contrarrestar el poder español en el Caribe primero por medio de la piratería y así sobre las
segunda mitad del XVI los ataques a galeones, puertos y ciudades españolas fueron frecuentes destacando
figuras ya mencionadas como Drake, Hawkins o Morgan. Estos y otros como ellos se asentaron en La
Española (fueron expulsados y fueron a la vecina Tortuga) y Jamaica. Los franceses lo hicieron en Santo
Tomás, San Cristóbal y la Barbada. Desde estos centros actuaban principalmente contra las flotas españolas.
Todas las actividades anteriores se completarías progresivamente con asentamientos de carácter oficial (no
piráticos). En 1612 ya se habían asentado en las Bermudas y en 1625 en las Barbados. En 1655 (con la alianza
anglo−francesa contra España) se apoderan de Jamaica que llegará a convertirse en la más provechosa isla
para el cultivo de caña de azúcar. Gran parte del comercio de estas islas era dirigido por la Compañía Real de
África, no crearon compañía específica para el Caribe, que hacía el recorrido Inglaterra − Guinea − Antillas.
En 1667 los ingleses toman posesiones en el continente (Honduras) y en 1670 se asientan en las islas
Bahamas.
Sobre el sistema colonial inglés, en estos asentamientos ya estables Inglaterra utilizó varios mecanismos de
control que a veces eran insuficientes por la lejanía. El sistema colonial inglés se valió en las Trece Colonias
de varios instrumentos:
− Las compañías comerciales tuvieron gran protagonismo y contribuyeron al asentamiento de colonos y
colonias como Virginia se debieron a la iniciativa de estas compañías.
− Las colonias podían jurídicamente ser del rey directamente, estar gobernadas por los propietarios de las
tierras o las constituidas a través de Carta real que lo autorizaba. A pesar de esto todas tenían un sistema
semejante pues al frente se situaba un gobernador (representante real) y con una asamblea que representa a los
propietarios.
Después de la Guerra de los siete años y del Tratado de París (1763), que confirma la paz, Inglaterra ha
adquirido territorios canadienses y se extiende por la Acadie, y desde el valle del San Lorenzo hasta Montreal
además de la zona limitada por los lagos Huron, Erie y Ontario. Más allá será la Compañía de la Bahía de
Hudson la que explote los recursos, fundamentalmente pieles.
Durante el siglo XVI y el XVII hubo descubridores, contrabandistas, piratas, corsarios y colonizadores
franceses en el Nuevo Mundo.
C. Francia
El precursor de los viajes americanos bajo mandato francés fue el italiano Giovanni Verrazzano que realizó un
primer viaje en 1523 donde alcanzó las Azores y un año después en su siguiente viaje llegó a las costas
norteamericanas.
Más importancia tuvo Jacques Cartier que llegando al cabo Buenavista en Terranova donde los hielos le
obligaron a no avanzar y aprovechó para conocer las costas cercanas al estrecho de Belle−Isle, recorrer los
islotes del archipiélago de la Magadalena, las isla del Príncipe Eduardo, el estrecho de Northumberland y toca
tierras continentales como Punta Escuminac desde donde regresa a Francia donde señaló a través del río San
Lorenzo la ruta de penetración por el norte en el continente (1534).
Francisco primero un año después le encarga un segundo viaje y profundizó llegando a la isla de Orleáns y
explorando territorios próximos. En su tercer viaje (1541) llegó hasta el río San Carlos.
Expansión por Canadá, el Mississippi y Luisiana. La Nueva Francia.Después de cincuenta años, en 1603,
continuó las exploraciones Samuel de Champlain, con la Compañía de los cien asociados, que logró remontar
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el San Lorenzo por completo y exploró las costa de Nueva Escocia. En su segundo viaje (1608) ayudado por
indígenas alcanzó el lago que lleva su nombre y en el mismo año fundó Quebec. Preparó un tercer viaje
(1613) para remontar el río Saguenay y no tuvo éxito pero no desistió y en su cuarto viaje (1615) llegó a la
bahía Georgiana , a la de Quinté y regresó a Quebec.
Poco antes, De Monts exploró las tierras canadienses y fundó Port Royal en la costa atlántica (1604).
Otros descubridores que extendieron las posesiones francesas por Canadá y aún más al sur fueron Brulé que
en 1611 visitó el lago Huron y el Ontario además de recorrer todo lo que será Pennsylvania.
En 1615 los franceses intentaron establecerse en el Brasil pero la oposición portuguesa les hizo desistir.
Jean Nicollet (1634) también exploró Canadá que al igual que muchos misioneros jesuitas que llegaron al lago
Erie.
Tras las Guerra india (1640−1653) se reanudaron las exploraciones y se iba conociendo cada vez mejor la
región de los Grandes Lagos donde florecían una serie de activas colonias francesas.
Sobre la llegada de los franceses al Mississippi destacar las figuras de Joliet y del padre Marquette que
alcanzaron dicho río a través del lago Michigan; por el Wisconsin alcanzaron el Arkansas y de nuevo llegaron
al lago Michigan por el río Illinois; fue un gran viaje de 5000 kilómetros que permitió delinear , a grandes
rasgos, el río Mississippi.
La exploración de este río fue completada por Cavalier de la Salle y el padre Hennepin que alcanzaron el río
Niágara en 1678 siendo Hennepin el primero que contempló las espectaculares cataratas.
Cavalier de la Salle descendió por el Illinois y el Mississippi hasta el golfo de México; en nombre de Francia
tomó toda la extensa región a la que bautizó como Luisiana en honor al rey de Francia, Luis XIV.
Tras 1688 llega Jacques de Noyon para comenzar una serie de expediciones con el fin de alcanzar el mar de
oeste. Se centró en el río Missouri pero no llegó a la costa pacífica. Al no alcanzar los franceses este objetivo
surgieron leyendas y se idealizó dicho mar y el camino hasta alcanzarlo.
En 1720 el padre Charlevoix trató de arrojar luz sobre este asunto y fundó una misión en 1727 entre los sioux
para recoger informaciones.
En 1731 se logró llegar hasta las montañas rocosas en una expedición dirigida por Pierre Gaultier de
Verennes. La llegada de los franceses a través del continente al Pacífico se produciría años después.
También hubo filibusteros franceses que atacaron las flotas españolas. Se asentaron principalmente en las islas
de Santo Tomás, Barbada y San Cristóbal.
Paralelamente el gobierno francés quiso establecer unas colonias comerciales caribeñas y creó en 1635 la
Compañía de San Cristóbal (luego Compañía de las Islas) para dirigir el asentamiento de la isla de San
Cristóbal (1625) y después se asentaron en Guadalupe, Dominica y Martinica (1635). Estas anexiones de
Francia propiciaron la entrada de Holanda en el Caribe pues la Compañía de las Islas no tenía medios para
explotar y dirigir las islas y en 1648 fue disuelta, hecho que hizo que los propietarios franceses requirieran de
la ayuda de una flota eficaz, la holandesa, para llevar sus productos a Europa. Los franceses se establecen en
el occidente de Santo Domingo (1665).
En 1668 el ministro Colbert decide ocuparse nuevamente de las islas caribeñas francesas y otorga su
monopolio a las Compañía de las Islas Occidentales (creada en 1664), decide explotar las islas para proteger a
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los franceses que en ellas había y para que los beneficios del comercio no queden en manos de otros europeos.
Pero la compañía tampoco tuvo éxito y se disuelve en 1674 pasando a la administración directa del rey y todo
barco francés podrá comerciar con ellas.
Estas medidas proteccionistas que excluían del comercio con las islas francesas a todo barco extranjero o
francés con mercancías extranjeras acarrearon problemas a Francia que tuvo la oposición de: − España y las
Provincias Unidas, que querían tener acceso a esos mercados, − De los bucaneros, más controlados en sus
actividades de contrabando y piratería.
De los mismos colonos franceses pues muchos obtenían grandes beneficios al comerciar con islas españolas
vecinas, comercio ahora prohibido.
Poco a poco las plantadores blancos tienden a no emplear mano de obra de origen francés y van trayendo
grandes cantidades de esclavos africanos que en 1700 son ya 50.000. Trabajan en las plantaciones de café,
índigo, azúcar y tabaco.
A medida que se camina hacía el siglo XVIII Francia se expande por islas como Santa Lucía, Tobago,
Granada, San Martín, María Galante, la Désirade...
La importancia de las Antillas en la economía mundial se consolida claramente a finales del XVII. Gracias a
la parte francesa de Santo Domingo (Haití) y a la Jamaica inglesa el Brasil se ve sustituido como primer
productor mundial de caña de azúcar a partir de 1720.
El sistema colonial francés en América7 principalmente se basó en:
− La evangelización.
− El comercio.
Las misiones inicialmente estuvieron al cargo de los franciscanos pero luego los jesuitas impulsaron la
evangelización definitivamente. Los indígenas de la confederación iroquesa y tribus de la familia de los
algonquinos fueron los primeros pueblos que vieron llegar a los evangelizadores franceses y fueron muy
hostiles pues hubo un gran número de mártires jesuitas.
Estos clérigos fueron importantes no sólo por su labor religiosa, aportaron valiosas informaciones geográficas
y muchos estuvieron a la cabeza de las expediciones (Marquette, Hennepin, Marquette).
El papel del estado francés fue tímido y prestó poco atención a sus colonias que quedaron abandonadas al
libre arbitrio de sus gobernadores que controlaban extensos territorios. Tras 1661 el estado toma mayor
conciencia de la importancia de las colonias y como expone Gonzalo Zaragoza8 El gran impulso colonizador
se debió a Luis XIV , sobre 1661, con la intención de afirmar su poder frente a los ingleses.
Algunos gobernadores como Fontenac administraron bien e impulsaron la vida colonial pero en general se
daban corruptelas oficiales y el sistema de monopolios fue un obstáculo para lograr un sistema colonial
coherente.
La falta de colonos blancos hacen que no se pueda hablar de verdaderas ciudades en las colonias francesas si
no de pueblos y fuertes poblados de comerciantes y campesinos.
El comercio y explotación de las colonias de la Nueva Francia se centró en las pieles y en los recursos
forestales. En 1628 se fundó la Compañía de la Nueva Francia que no tuvo apenas apoyo del estado. En 1664
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se fundó la Compañía de Oeste, a estilo de las compañías de las Provincias Unidas, pare controlar el comercio
de América del Norte (de la Bahía de Hudson a La Florida).
Progresivamente el interés comercial francés se irá desplazando hacía las Antillas e Inglaterra llegará a
sustituir a Francia de casi toda Norteamérica.
D. Dinamarca
Sobre el interés de Dinamarca en América decir que sus colonizaciones fueron tardías. Desde Islandia como
base establecieron colonias en las costas de Groenlandia y apenas penetraron más al oeste. Antes pasaron por
Groenlandia (además de los vikingos) exploradores como Davis, Hudson y Baffin que no estuvieron mucho
tiempo en la isla pues su objetivo estaba más al oeste. A partir de 1721 se establecieron los daneses en las
costas (única zona habitable) del suroeste de dicha isla y no penetraron hacía el interior. La primera colonia
fue la creada por el misionero Hans Egede.
Por el tratado de Kiel (1814) Noruega renunció a ciertos derechos sobre la isla y los cede a Dinamarca.
Actualmente Groenlandia es un condado danés con un estatuto de autonomía aunque por referéndum interno
decidieron salir de la Unión Europea.
3.3.COMPARACIÓN
En el continente americano se realizan dos experiencias de colonización y desarrollo principalmente,
españoles e ingleses, y una de menor envergadura, la de franceses y portugueses.
Las colonias británicas del norte fueron establecidas como empresas económicas. No se establecieron por afán
de descubrimiento ni de hazañas guerreras de conquista: simplemente se requerían tierras pasa asentar
población. Lso guiaba el propósito de hacerse una nueva vida en nuevas tierras. La iniciativa privada, el
interés privado, promovieron las empresas de colonización, que tomaron la forma de compañías de comercio
que tenían derecho a participar en la explotación de los recursos naturales. La financiación de estas empresas
procedió de los ahorros particulares el éxito de este proyecto no se manifestaría en la posesión de un pedazo
de suelo. No resultó de este ejercicio la reproducción de formas feudales en Norteamérica, ni la creación de
una nueva aristocracia, la posesión de suelo no representaba por sí misma un señorío sino una base para la
aplicación del trabajo.
No se formó en Norteamérca una casta colonial de privilegio de cuna, título nobiliario o certificado de
limpieza de sangre, explotadas con fuerza de trabajo esclava, pudo notarse sobre todo en el siglo XVIII, una
modalidad de aristocracia terrateniente y esclavista con estilo de vida señorial bien diferenciada de la clase de
granjeros y de la que se dedicó a actividades manufactureras, que encarnarían el espíritu del norte capitalista,
enfrentado un siglo más tarde al sur terrateniente esclavista y aristocratizante.
No se formó en Norteamérica una casta colonial de privilegio de cuna, titulo nobiliario o certificados de
limpieza de sangre, que si quizá se dio en el sur, esclavista y terrateniente. No estuvo cerrada la oportunidad
de establecimiento en las uevas tierras norteamericanas a los inmigrantes procedentes de otros paises
europeos, que se empleaban como trabajadores libres o acometían por su cuenta actividades productivas. La
inmigración ha sido una constante en la historia norteamericana, no así en la Hispanoamérica colonial, sujeta a
restricciones impuestas por la metrópoli. Un tipo singular de inmigración forzada, la de esclavos africanos,
tuvo lugar tanto en Angloamérica como en Hispanoamérica en aquella época. En particular hay que señalar
que la mayoría de los colonos emprendían la gran aventura americana acompañados de sus mujeres.
Otro aspecto económico de la colonización británica de Norteamérica era, desde luego, la promoción de
mercados para la exportación de productos metropolitanos y el acceso a nuevos artículos para el comercio. Un
artículo muy especial en el tráfico inglés de la época colonial fue el negro africano.
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Observa Adam Smith que no se podía hablar de un solo modelo de colonización británica en el mundo:
mientras el gobierno británico de la época protege y estimula a las colonias norteamericanas, la compañía
inglesa de las Indias orientales oprime y domina a estas.
No hay que olvidar la incidencia de circunstancias en el campo de la religión y la política entre los motivos de
la colonización inglesa de Norteamérica, incómodos y perseguidos por sus credos de conciencia y por sus
pensamientos o acciones de carácter político, engrosaron las filas de los colonos. El espíritu libertario que
despuntó temprano en aquellas colonias y que, con la razón económica real, abrió camino a la independencia,
confrontó en los establecimientos coloniales contradicciones e intolerancia.
La mayor parte de América fue descubierta y conquistada por españoles por gentes al servicio de la
monarquía Hispánica. Los descubridores y conquistadores tomaron posesión de tierras y aguas descubiertas en
nombre de los Reyes Católicos. La conquista no fue una empresa económica sino militar y de poderío. El
conquistador no esperaba asentarse en el territorio conquistado como un productor sino como un señor con
honores y recompensas; tierras e indios, como reminiscencia del señorío feudal.
El conquistador deseaba un rápido enriquecimiento, sin más esfuerzo que el de la lucha armada. El nuevo
Mundo era un botín con joyas, oro , plata, perlas y piedras preciosas abundaban y los indígenas eran el medio
para obtenerlas. En este afán los naturales fueron exterminados o sometidos a esclavitud primero y
servidumbre después. El mestizaje fue una consecuencia en buena medida no deseada por el conquistador,
nostálgico casi siempre de su lejana España. Hay que mencionar que los colonos británicos del norte
emprendieron el viaje a Norteamérica sin propósito de regreso, su designio era rehacer la vida en un nuevo
escenario.
La colonización fue esencialmente una empresa religiosa y cultural, de extensión del reino de la Iglesia, de
propagación de la fe católica. Estos otros conquistadores eran los monjes y clérigos. La iniciativa privada en
la empresa de la conquista y colonización fue un rasgo común a Norteamérica e Hispanoamérica, salvo
algunas excepciones. En esta última bien pronto se hizo presente la intervención oficial de la metrópoli, bajo
la forma de regulaciones, legislación normativas rigurosas y acuciosas, organización administrativa y militar
dependiente de las autoridades hispanas. El centralismo y el afán de posesión efectiva caracterizaron el modo
de administración colonial de España, a diferencia del modo británico en Norteamérica. La corona quiso
ejercer el poder absoluto en lo político y económico.
La encomienda indiana fue una institución típicamente colonial hispanoamericana. La apertura comercial
externa de las colonias inglesas fue mucho mayor que la permitida a las colonias hispanas. Las restricciones al
comercio y a las manufacturas fueron más drásticas y continuas en el caso de Hispanoamérica que en el de
Angloamérica.
En verdad, mientras las colonias hispanoamericanas en su mayoría fueron objeto de asltos y asedios de
corsarios y piratas, las inglesas del norte estuvieron a salvo de estas contingencias.
La contienda entre la agricultura vegetal y la manufactura, entre los privilegios de los gremios corporativos y
la formación de una fuerza de trabajo calificada y libre, entre el dominio de las ciudades y la vida rural, entre
la tendencia absolutista de la monarquía y el régimen parlamentario, entre la nobleza terrateniente y la
burguesía emergente, signa la vida inglesa en los digloes XVI y XVII. Este es el escenario histórico de la
transformación de Inglaterra.
La sustitución de la Iglesia Católica por la anglicana fortaleció al poder real y abrió camino al desarrollo
capitalista. Esa situación tuvo el significado de un cambio en la práctica religiosa y en la naturaleza de la fe
que marcaron la sociedad inglesa.
La monarquía se constituyo en símbolo de la tradición inglesa se la grandeza nacional y la persistencia de una
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imagen proyectada en el tiempo, brevemente interrumpida por la revolución de Oliver Cromwell. La sociedad
inglesa mostraba un perfil heterogéneo en los siglos XVI y XVII modificado a medida que la revolución
agrícola y comercial tomaba fuerza y alcance, a más aún en el siglo XVIII con el tránsito a la industrialización
y el liberalismo bajo los auspicios de la revolución industrial. Sociedad desigual y aquejada por desequilibrios
de carácter económico, cultural, político, religioso.
Diferentes vertientes étnicas y culturales, en épocas diferentes forman la nación española. Marcadas y
persistentes han sido las huellas de moriscos iberos, latinos, semitas, entre otras invasiones o contactos
comerciales en tiempos distintos. La religión y el idioma castellano son factores de la unificación de España.
Otros factores de unificación fueron: la centralización del poder real y la adquisición del dominio imperial y
colonial, pero todo esto hay que relativizarlo.
Los caracteres de las colectividades regionales con bien marcados en perfiles inconfudibles. Cada
nacionalidad se distingue característicamente; pero todos somos hispanoamericanos y en una dimensión más
comprensiva, latinoamericanos. Contrastes evidentes se notan en la sociedad española de los tiempos de la
conquista y colonización de América. Situaciones efectivas de desigualdad en niveles de vida, de cultura y de
posición social y política. La amplitud del dominio español en el mundo, sustentó lo que puede denominarse
el complejo romano, es decir, el orgullo de sentirse dueños del mundo y de proceder en consecuencia,
estimulado por la afluencia de metales preciosos extraídos del nuevo continente, complejo que distorsionó en
buena medida la inclinación al trabajo productivo. Paradigmas precapitalistas que dieron falsas señales a
aquella sociedad y la precipitaron por la pendiente de lo que quizá habría que caracterizar como el
subdesarrollo español.
Hay que destacar que lo que para unos fue interés y aventura antes que nada, anglosajones, para los otros fue
dignidad, celo de su fe y codicia. La América sajona inauguró entre nosotros el sentido práctico y surgió como
un verdadero motor industrial, financiero y energético, mientras que la del sur, de tipo agrario mantuvo su
acento feudal con una vasta superficie, escasa población y prolongado hábito de obediencia. Las dos américas
han tenido orígenes y trayectorias diferentes, aunque también algunas semejanzas. Se trata de dos modelos de
colonización en la geografía americana, ambas proyecciones de la civilización occidental. Destaca la
oposición entre esos modelos y encuentra que se habían generado en la matriz colonial, en sociedades muy
poco parecidas. Observa un rasgo peculiar de la colonización norteamericana, los colonos de Nueva
Inglaterra, el núcleo original, no actuaron como agentes coloniales de la acumulación capitalista europea, sino
en el interés de su propio desarrollo en una tierra nueva. Las colonias hispanoamericanas no surgieron a la
vida para repetir el ciclo feudal, sino para integrarse en el nuevo ciclo capitalista. Esto no pasó en las colonias
hispanas, que estaban al servicio del interés de la metrópoli hispana y en ultima instancia de las potencias
europeas emergentes en el capitalismo. El mecanismo colonial establecido por España, de índole vertical,
enteramente regimentado, con muy escasa libertad de comercio intercolonial y con países distintos de la
metrópoli contrasta fuertemente con la organización colonial norteamericana, horizontal, con algún grado de
autonomía incluso cierta modalidad de democracia parlamentaria al estilo inglés.
Los rasgos comunes en la vida colonial hispanoamericana:
−La incomunicación entre las colonias dentro de cada colonia
−La desigualdad en la importancia y el crecimiento de cada colonia.
−El peso económico de la Iglesia Católica
−La existencia de castas, como forma de defensa señorial de las capas dominantes.
−La tendencia al estilo señorial de las capas dominantes.
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−El prestigio de la propiedad territorial agraria.
−La concentración demoeconómica
−Las fuertes filtraciones del excedente económico en razón de las aplicaciones a obras suntuarias y de tributos
coloniales.
−La institución de la encomienda de indios que permite hablar qunque no mucha propiedad de un feudalismo
hispanoamericano.
Por el contrario, el modelo colonial norteamericano presenta los siguientes rasgos:
−Las colonias sostuvieron relación entre ellas, por lo que se formó un mercado interno apreciable y también
pudieron efectuar algún cambio.
−Diversificación en actividades económicas entre las colonias.
−No se formaron castas sociales, ni hubo lugar para privilegios de cuna y sangre, por lo que la distinción se
fundamentó en el mérito.
−No se discriminó entre artes y oficios, ocupaciones y actividades y la economía familiar.
−No existió la exacción de la Iglesia y la de la Corona inglesa.
−El excedente económico no se desvió en sus aplicaciones a obras suntuarias sino que se invirtió en medios
de reproducción.
−No hubo servidumbre indígena, aunque si exterminio parcial de la población indígena.
La colonización del sur fue anterior a la del norte, cabe reseñar que en el siglo XVI no existía centros
poblados de colonización en América del Norte mientras que en América del sur se habían hecho numerosas
fundaciones de ciudades.
Las naciones latinas, herederas de la cultura romana, se caracterizan por el empleo de la formalidad jurídica,
en el texto escrito de la norma y la regla, en la construcción del derecho, a diferencia de las naciones
anglosajonas en las cuales los usos y costumbres se convirtiesen en la fuente por excelencia de la norma y el
buen juicio de magistrados y jurados la recta administración de la justicia9.
La organización colonial hispanoamericana puede calificarse como un mecanismo más perfecto, aunque no el
más humano ni el más eficaz, en comparación con los establecidos en Angloamérica.
En cuanto a cultura las universidades en la América hispana fueron mucho más recientes que las de América
del Norte al igual que las imprentas, ya se fundaron varias universidades en el siglo XVI mientras que en la
América anglosajona no sería hasta mediados del siglo XVII. La censura en los libros, sin embargo, afectó a
las dos áreas.
Puede señalarse semejanzas entre los dos modos de colonización, obra de la iniciativa privada, con
financiamiento privado; intervención mercantilista de la metrópoli, exterminio parcial del indígena, la
esclavitud negra como base de explotación de la fuerza de trabajo, colonización de la periferia al centro o
interior...
También pueden ser observadas diferencias como que la conquista cruenta precedió en Hispanoamérica a la
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colonización, no así en Norteamérica donde la verdad no se efectuó la conquista del territorio sino su
aprovechamiento, en Hispanoamérica se realizó el mestizaje de etnias, culturas y modos de producción, lo que
determinó la singularidad de la cultura en esta parte del Nuevo Mundo, en Norteamérica no participó la Iglesia
en el proceso de colonización. En la etapa colonial hubo escasa actividad minera en Norteamérica no se
organizo en castas, como la hispanoamericana, ni allá tuvo lugar el fenómeno del mestizaje.
El atraso tecnológico en las colonias hispanoamericanas, se debió en buena medida a la política mercantilista
impuesta po la corona. Los ingleses pretendieron mantener el rezago tecnológico en sus colonias, prohibiendo
o restringiendo la importación a éstas de bienes de producción y el establecimiento de ciertas industrias.
En la segunda mitad del siglo XVIII las políticas coloniales de Inglaterra y España se contraponen y
contrastan con las aplicadas en el pasado colonial, Carlos III de España alivia las restricciones comerciales en
las colonias, mejora la administración, concede alguna autonomía en tanto que Jorge III de Inglaterra
endurece la política mercantilista.
4. INDEPENDENCIAS
4.1.AMÉRICA DEL SUR
La América española preindependentista
América constituye un caso particular, aunque no diferente de los otros reinos, dentro del conjunto que forman
la Monarquía Hispánica. Esas particularidades hicieron que se la dotara de una legislación y una
jurisprudencia específica, así como de un organismo de gobierno especializado, el Consejo de Indias, que
perdurarán hasta la Independencia.
En América la mayoría de las circunscripciones son más inciertas que los peninsulares, como lo muestran los
cambios administrativos o la creación de nuevos virreinatos (Nueva Granada en 1739 y Río de la Plata en
1776, que fragmentan el Virreinato del Perú) algo que responde a la existencia de comunidades menores que
estaban muy claras en la conciencia de sus habitantes: reinos de Chile y Quito, Nuevo reino de Granada,
regiones periféricas singulares como Venezuela o Río de la Plata.
En la formación de los reinos americanos, como en toda comunidad política del Antiguo Régimen, resulta
clave la historia: densidad y nivel de las poblaciones indígenas, el grado de organización política
precolombina, la acción de los conquistadores, la intensidad del poblamiento español, etc. En función de estas
realidades se organiza el territorio. Así, durante los dos primeros siglos sólo existirán dos virreinatos (nueva
España y Perú) aunque dentro de ellos existan otras divicisiones, (Guatemala, Quito, Nueva Granada, Chile)
que eran herederos de las unidades políticas o étnicas precolombinas y de las empresas autónomas de
conquista.
Hay que destacar entre los factores culturales, el grado de elaboración de una identidad propia en cada uno de
estos reinos, elaboración en la que las elites criollas intelectuales emplean medios muy diversos para exaltar a
su patria, apelando sobre todo a la historia, religiosa o profana. Esta labor de construcción del imaginario
propio de cada reino había progresado de forma diversa a finales del siglo XVIII, estando muy avanzada en
Nueva España y en el Perú, y sólo en sus comienzos en Nueva Granada, en Venezuela o en el Río de la Plata.
Visto desde esta óptica únicamente dos reinos americanos podían equipararse a los reinos peninsulares: Chile,
por su aislamiento geográfico y la cohesión de su población; y Nueva España, por la existencia de un espacio
político estructurado ya desde la época precolombina, una densidad de población indígena, el mestizaje y el
poblamiento español, por un estado económico muy unificado, por el culto común a la Virgen de Guadalupe y
por el grado de elaboración de una identidad cultural propia llevado a cabo por sus elites.
19
El resto de regiones son, ante todo, circunscripciones administrativas del Estado superpuestas a un conjunto
de unidades sociales de un ámbito territorial menor y de tipo diferente. Estas unidades sociales son las
formadas por el territorio dominado por una ciudad principal, capital de toda una región, con sus villas y
pueblos vasallos, algo originario de la estructura política y territorial de Castilla, llevada a América por los
conquistadores.
La Monarquía moderna evitó la formación en América de señoríos, negando así la aspiración de muchos
conquistadores de implantar un modelo de organización socio−política permitido en la Península. Sin
embargo, esas aspiraciones señoriales de los conquistadores y de sus descendientes a vivir noblemente se
concretarán más tarde en las formas sociales híbridas, cuasi−señoriales, que son las haciendas.
Por esta negación de la Monarquía, en América solo subsisten como unidades políticas jurídicamente
reconocidas los pueblos, villas y ciudades, jerarquizadas en cuanto a dignidad y poderes, estructurando el
espacio en torno a ciudades principales. Esta fue, por tanto, la estructura territorial de base de toda la América
española. Estas comunidades humanas son integradas en la unidad superior del reino (en los casos antes
citados), por un lado, y por otro son reagrupadas por el Estado Moderno en circunscripciones administrativas
muy variables. De aquí la fuerza de lo que se ha denominado localismo o regionalismo americano; en la
medida en que no se trata de particularismos surgidos dentro de una unidad superior preexistente, sino de las
comunidades humanas que preceden la construcción de esa unidad superior: reino, primero, nación moderna,
después, y la inconsistencia de las unidades políticas superiores. Ambos fenómenos aparecerán en la época de
la independencia.
Por último el papel que jugará el absolutismo en los acontecimientos que darán origen al ocaso colonial
español y a la independencia de los reinos americanos. Con los Borbones se atribuyó al monarca un poder
absoluto y universal, reflejo de la concepción absolutista de la Francia de Luis XIV, rompiendo así con el
pactismo, la teoría política comúnmente aceptada en la Monarquía Hispánica hasta el siglo XVIII. La
monarquía pasó a reivindicar las regalías, los derechos de la corona, privilegios que le fueron arrancados al
rey, en forma de concesión, en tiempos de crisis y que ahora quiere recuperar. La soberanía del rey pretende
entonces extenderse a todas las instituciones del reino, públicas o privadas.
Estos progresos del absolutismo hasta finales del XVIII no encontraron demasiadas resistencias en la
península. Sin embargo América aparece impregnada de concepciones pactistas más tradicionales, que se
manifiestan de forma reaccionaria ante las grandes reformas borbónicas10. Estas reformas, no eran diferentes
de las que se llevaron a cabo en la Península (por ejemplo las reformas administrativas, que pretendían
racionalizar la Administración pública y un control de la sociedad por parte del Estado). La diferencia era que
América agrupaba unas sociedades que tenían mayor autonomía que la Península. La lejanía era el factor
clave gracias al cual los grupos de la sociedad americana habían repartido de poderes junto a los funcionarios
reales, a la vez que estos se integraban en las estrategias de poder trazadas por aquellos. Así, las reformas
borbónicas, como veremos más adelante eran entendidas como un intento de recuperar, o incluso extender, las
prerrogativas reales, típico, por otro lado, de la época absolutista.
Sin embargo lo más traumatizante para las élites americanas es la nueva concepción del papel que América
debe desempeñar dentro de la Monarquía, ya que se pasa a considerar a las Indias como colonias, territorios
que existen esencialmente para utilidad de la metrópoli. Se transforma así la tradicional consideración de
América como un conjunto de reinos de la Corona de Castilla, algo que ponía en cuestión algo esencial para
los americanos, su estatuto dentro de la Monarquía.
Esta desigualdad entre las dos partes de la Monarquía procedía de una pretendida relación de subordinación
entre la metrópoli y unas colonias con derechos inferiores con relación a ella. Es por ello que a finales del
XVIII los americanos se muestran susceptibles ante cualquier hecho que refleje esta desigualdad,
acrecentando el sentimiento americano de que el pacto que los unía a la corona estaba siendo modificado y sus
derechos estaban siendo violados.
20
El imperio español en América se basaba en equilibrio de poder entre varios grupos: la administración, la
Iglesia y la elite local. Estos grupos desarrollaron efectivas formas de resistencia frente al distante gobierno
imperial, algo que los Borbones no aceptaron11.
La política borbónica alteró la relación existente entre los principales grupos de poder, fortaleciendo la
posición del Estado hasta deshacerse de la clase dominante local. Para ello centralizaron el control y
modernizaron la burocracia, se crearon nuevos virreinatos y otras unidades administrativas, se designaron
nuevos funcionarios, los intendentes, y se introdujeron nuevos métodos de gobierno. Todo ello fue
interpretado por las elites locales como un ataque a sus intereses.
A la vez que fortalecían la administración, los Borbones debilitaron la Iglesia. La expulsión de los jesuitas, la
mayoría americanos, en 1767 suponía reafirmar el control imperial atacando a la independencia que estos
tenían. Sus extensas tierras y sus haciendas fueron vendidas a las familias criollas más ricas. Sin embargo los
hispanoamericanos consideraron la expulsión como un acto de despotismo, un ataque directo contra sus
compatriotas y a sus propios países.
El ejército constituía otro foco de poder y privilegios. Al no disponer España de los medios para mantener
grandes guarniciones de tropas peninsulares en América, se apoyó en milicias de americanos, reforzadas por
unas pocas unidades peninsulares. A partir de 1760 se creó una nueva milicia y, para estimular el
reclutamiento, se confirió a los miembros de la misma el fuero militar, estatus que daba a los criollos
privilegios e inmunidades. Los criollos obtuvieron un relevante papel en la dirección de las milicias.
Pero a raíz de la rebelión de 1780, España adoptó una serie de medidas para reforzar el control imperial,
dando de nuevo la responsabilidad de la defensa al ejército regular. Se evitó así que la milicia llegara a ser una
organización independiente y se detuvo la carrera de promoción militar de los criollos.
Los Borbones ejercieron un mayor control económico en América, obligando a las economías locales a
trabajar directamente para la Metrópoli y enviar el excedente de producción y los ingresos retenidos en las
colonias durante años. Se intentó aumentar los ingresos imperiales, creando monopolios (tabaco, aguardiente,
pólvora, sal, etc.) y haciéndose cargo el gobierno de nuevo de la administración directa de las contribuciones,
cuyo cobro arrendaba.
La política exterior española se subvencionó con nuevas cargas impositivas, engendrando un clima de
resentimiento y un deseo de establecer cierto grado de autonomía local.
Los reformadores borbónicos quisieron ejercer una presión fiscal creciente sobre una economía controlada y
en expansión, reorganizando el comercio colonial para asegurar los retornos del beneficio exclusivo a España.
Su ideal era exportar productos españoles en barcos nacionales a un mercado imperial. Se bajaron las tarifas,
se abolió el monopolio de Cádiz, abrieron comunicaciones directas entre los puertos de la península y las islas
caribeñas y el continente, se autorizó el comercio entre las colonias.
El resultado fue la expansión de un comercio libre entre España y América, aunque el objetivo último era atar
más estrechamente la economía de las colonias a la metrópoli.
España siguió no mucho más desarrollada que sus colonias. El comercio libre lo único que hizo fue estimular
algunos sectores de la producción colonial. Se ensancharon las rutas tradicionales y se multiplicaron las
exportaciones americanas a España.
Durante la guerra con Gran Bretaña desde 1796, el bloqueo por parte de la flota británica del puerto de Cádiz
y de los puertos hispanoamericanos trajo nefastas consecuencias. El comercio gaditano a América quedó
paralizado a la vez que en las colonias había una extrema escasez de bienes de consumo y de las provisiones
más vitales. Ante esta situación La Habana abrió su puerto a los norteamericanos y a otros barcos de países
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neutrales, a lo que España no pudo más que aceptar. Estas concesiones hicieron de los barcos neutrales un
instrumento de comercio con las colonias para eludir mejor el bloqueo inglés y cubrir la falta de barcos
españoles; pero se revocaron rápidamente por el temor del gobierno a perder el control en beneficio del
enemigo. Pese a la revocación hubo colonias que siguieron comerciando con los neutrales, quienes salvaron el
comercio colonial a la vez que obtenían beneficios. El comercio también fue beneficioso para las colonias, por
lo que este tipo de comercio, pese a un nuevo intento de prohibición por parte del gobierno, fue imparable.
El monopolio comercial español concluyó en el período de 1797−1801, adelantando la independencia
económica de las colonias. Los últimos restos del poderío naval español fueron barridos en Trafalgar. España
quedaba aislada de América y virtualmente eliminada del Atlántico al tener que admitir el comercio con
neutrales, esta vez sin la obligación de regresar a España. El monopolio económico se perdió
irremediablemente.
La invasión británica de Buenos Aires (1806) mostró bien a las claras el deseo de los americanos de una
autonomía frente a cualquier imperio, puso en evidencia la inoperancia de las defensas coloniales, y puso a los
criollos por vez primera en el poder.
Era claro que España desconfiaba de los americanos en los puestos de responsabilidad política. Durante la
primera mitad del siglo XVIII las necesidades financieras de la corona dieron lugar a la venta de cargos a los
criollos. Pero desde 1750 el gobierno imperial empezó a reafirmar su autoridad, reduciendo la participación
criolla tanto en la Iglesia como en la Administración, y a romper las relaciones existentes entre los
funcionarios y las familias poderosas a nivel local. El objetivo de esta política era desamericanizar el gobierno
de América, y esto se consiguió, al reducirse en número de puestos ocupados por criollos.
Pese a la política borbónica aún existía una fuerte conexión entre las familias con poder local y los
funcionarios. En toda América, las guerras de independencia fueron guerras civiles entre defensores y
oponentes a España, y hubo criollos en ambos bandos. Desde este punto de vista los intereses y el parentesco
se entrevén como más importantes que la dicotomía criollo−peninsular. Sin embargo la antipatía existente
entre ambos grupos es innegable.
Los últimos Borbones, al favorecer a los españoles frente a los criollos agudizaron las divisiones existentes e
incrementaron el descontento de los criollos.
Rebeliones en el siglo XVIII
Las rebeliones mostraron la existencia de profundas tensiones sociales y raciales, conflictos e inestabilidad,
que habían permanecido dormidas a lo largo del siglo y que estallaron de repente cuando la presión fiscal y
otros agravios dieron lugar a la alianza de distintos grupos sociales contra la administración y ofrecieron a los
sectores más bajos la oportunidad de sublevarse.
La tipología de las rebeliones fue diversa. Los dos primeros movimientos, el de los comuneros de Paraguay
(1721−1735) y la rebelión de Venezuela (1749−1752), indicaron la existencia de un incipiente despertar
regional y de la conciencia de que los intereses de América eran diferentes a los de los españoles. La revuelta
de Quito (1765) fue un movimiento violento antifiscal en un área con una industria en decadencia.
La guerra de 1779−1783 entre España y Gran Bretaña pesó mucho sobre las colonias y el resentimiento se
convirtió en rebelión. En 1781 en Nueva Granada estalló un movimiento que se convirtió en un modelo de la
resistencia colonial al reformismo y al absolutismo. Los rebeldes se negaron a pagar los impuestos, atacaron
los almacenes del gobierno, expulsaron a las autoridades españolas y nombraron a sus dirigentes. Entre estos
se encontraba Berbeo que, junto a los demás criollos, contuvo a las fuerzas rebeldes y prefirió negociar. Este
movimiento comunero fue resultado de la alianza temporal entre el patriciado y la plebe, entre blancos y
negros. Pero la protesta se radicalizó con un llamamiento a los sectores sociales más bajos. Los criollos
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entonces se sintieron amenazados y colaboraron con las autoridades para abortar la rebelión.
En Perú se produjo una rebelión que no solo fue india. En las ciudades existía una insurrección desde enero de
1780 contra las aduanas interiores, las crecientes alcabalas y otras formas de presión fiscal. Pero este
descontento criollo no era de la misma clase que el de los indios, y la revuelta antifiscal fue sobrepasada por la
rebelión india. Las quejas de estos eran más serias y sus causas más profundas. En la década de 1770 José
Gabriel Tupac Amaru empezó una pacífica movilización para obtener reformas. Al no obtener resultado
condujo a sus seguidores a una insurrección violenta. Intentó sin éxito la alianza con los criollos, y estos
hicieron causa común con los españoles, quienes recuperaron el control hacia enero de 1782.
Como vemos las rebeliones del siglo XVIII no fueron propiamente hablando antecedentes de la
independencia. Más bien constituyó una etapa más avanzada del desarrollo o en la toma de conciencia de las
colonias, signo de incipiente nacionalismo, defensa de una identidad y de unos intereses claramente diferentes
de los de la metrópoli.
Otra influencia importante la ejerció la ilustración, que sembró en los criollos una actitud independentista y se
convirtió en uno de los elementos básicos en la emancipación América. Junto a la ilustración la influencia de
los Estados Unidos. Los hispanoamericanos buscarían en este país una experiencia republicana y una guía. El
modelo de revolución que se dio en Francia contó con menos adeptos a medida que el proceso se radicalizaba.
Además, la creación de Haití hizo ver a los criollos los resultados producidos por la falta de unidad en la
metrópoli y por la pérdida del control por parte de la clase dirigente colonial. Por ello los revolucionarios
hispanoamericanos se mantuvieron a distancia de la revolución haitiana.
El reinado de Carlos IV supone la confirmación del fin del poderío español en el ámbito internacional y el
ocaso del Imperio colonial americano, y esto supone otra de las causas a destacar. La crisis de la Monarquía
Absoluta se confirmó con los sucesos anteriores a 1808. Las abdicaciones de Bayona de ese mismo año
supusieron el golpe definitivo. El vacío de poder que supuso este hecho fue cubierto en un primer momento
por las Audiencias y los Capitanes Generales, que las presidían en sus funciones gubernativas, convirtiéndose
entonces en el centro de reivindicación popular con el objeto de declarar la guerra a Napoleón.
Las juntas promovieron la formación de un gobierno nacional. En septiembre se creó la Junta Central
Suprema y Gubernativa del Reino, que actuó como soberano aunque sin establecer unos precisos límites de
competencias. El gobierno de esta junta duró hasta 1810. Las declaraciones de guerra a Francia por parte de
las juntas provinciales dieron inicio a las hostilidades, si bien pronto se apreció la carencia de una política
central y un mando militar único.
América presta un apoyo unánime al levantamiento español, bien por patriotismo, bien por el rechazo a la
Francia revolucionaria. Pero el vacío de poder sería un elemento clave en la emancipación.
Las reacciones americanas fueran las mismas que las peninsulares, las tentativas de aquellos para formar
juntas como las españolas no tuvieron éxito en 1808 ya que las circunstancias no eran las mismas. América no
estaba ocupada por tropas extranjeras, ni tenía levantamientos populares ni una guerra próxima. Los
americanos del sur acabarán reconociendo a la Junta de Sevilla para evitar la formación de juntas en América.
Pero en México los acontecimientos serán diferentes.
La situación militar de la Península será clave. Los momentos de optimismo del verano y el otoño de 1808 se
tornan con la contraofensiva dirigida por Napoleón, que hace que prácticamente durante todo el año 1809 sólo
Andalucía esté libre de la ocupación. En noviembre se produce la derrota española en Ocaña, y los ingleses
deben retirarse hacia Portugal, abriendo la puerta de Andalucía a las tropas francesas. La Junta Central
abandonó Sevilla y sus miembros, acusados de traición, se refugiaron en Cádiz, donde acabaron por transmitir
sus prerrogativas a un Consejo de Regencia el 29 de enero de 1810. Los franceses ocupan Sevilla (1 de
febrero) y posteriormente asedian Cádiz, donde el Consejo resiste gracias a la estrecha tutela ejercida por la
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Junta gaditana. Pero su legitimidad era muy débil, lo que tuvo como consecuencia la formación de juntas
americanas en 1810.
Otro tema importante fue la convocatoria de Cortes y la elección de los diputados americanos que
representarían a América en la Junta. Pero lo que realmente se debate en los años siguientes es el concepto de
nación y las relaciones entre la España peninsular y América. En este último aspecto salía a la luz el problema
de la igualdad entre españoles y americanos, problemas que se hacía latente ya que de él dependía la
existencia de juntas en América o la representación americana en las instituciones representativas (Junta
central, primero, y Cortes, más tarde).
Los americanos habían aplicado los gobiernos provisionales españoles. Pero el retraso de la convocatoria de
Cortes a causa del transcurso desfavorable de la guerra hicieron que la situación despertara tensiones en
América. El 22 de enero de 1809 se publica en Sevilla el decreto por el cual se llama a los americanos a elegir
sus vocales a la Junta Central. Por vez primera, tanto en España como en América, tiene lugar una votación
general que preparará la vía a la política moderna. Estas elecciones revelan un tradicionalismo muy extendido
y un patriotismo hispánico muy arraigado, pero también unas luchas políticas muy fuertes.
Las tres corrientes políticas del mundo hispánico, absolutistas ilustrados, constitucionalistas históricos y
liberales, tienen representación en América. El principal debate será la convocatoria de Cortes, y en él la
incipiente opinión pública tendrá un relevante papel. La victoria final de los liberales se comprueba cuando las
Cortes reunidas en Cádiz en septiembre de 1810 no contarán más que con representantes del común. Esta
victoria era la consecuencia de la imposible restauración, sin ningún cambio, de las antiguas Cortes.
Los americanos aprovechan los cambios ideológicos peninsulares para reivindicar su igualdad respecto a los
peninsulares, no solo en los textos, sino en la práctica. Esta reivindicación se traducirá en la formación de
juntas y en la representación justa en las nuevas instituciones representativas que se preparan en la península
para toda la Monarquía. Se intensifica la lucha de los americanos por el poder local a medida que se conocen
los acontecimientos políticos de la península.
Los acontecimientos de principios de 1810 hacen que casi toda América del Sur se niegue a reconocer el
poder del Consejo de Regencia. Para muchos americanos la Península estaba perdida. Algunas regiones
volverán a aceptar al nuevo gobierno peninsular y continuarán con sus reivindicaciones dentro de la
Monarquía. Pese a que la constitución aprobada en Cádiz será aplicada en México, América Central o Perú, la
unidad del mundo hispánico estaba rota. Los americanos empiezan a tomar en mano su destino.
Quienes entraban en liza en 1810, la lucha que se abría era estrictamente una lucha por la sucesión de un
poder metropolitano que se creía extinguido. Sin embargo las disputas por la sucesión pronto desembocan en
guerras civiles entre los defensores del viejo vínculo con la Península y los que preconizan una revolución. De
las capitales alzadas en 1810 Buenos Aires será la única en que el Antiguo Régimen no se restaure. En el
resto; Caracas, Bogotá, Santiago de Chile, México, comienza un largo camino emancipador.
La emancipación
Río de la Plata
La causa principal de que el movimiento desencadenado en Buenos Aires sobreviva es la existencia de un
significativo poder militar dentro del marco hispanoamericano ganado por la causa revolucionaria de
antemano.
La noticia de la pérdida de Andalucía es el detonante de la agitación, en la cual los cuarteles tienen un papel
esencial, incluso son organizadores de esa agitación. Tras reconocerse en la reunión de un cabildo la quiebra
del Antiguo Régimen, se designó como nueva autoridad una Junta presidida por el virrey y con cuatro
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miembros, de los que sólo dos habían sido partidarios de una ruptura con el viejo orden. Pero la presión
militar hace que se siga un rumbo distinto al de otras provincias. El jefe del primer regimiento criollo, coronel
Saavedra, es aclamado por la muchedumbre para presidir una nueva junta cuyos miembros sean todos
partidarios de la ruptura. La revolución triunfará fácil y totalmente.
Más difícil resultó a este nuevo régimen reducir a obediencia al virreinato administrado desde Buenos Aires
ya que la oposición y la disidencia serán constantes. El Alto Perú será ocupado, no sin resistencias fuertes,
como la de Córdoba, y otras esporádicas en el interior, antes de fin de año.
En el Paraguay la resistencia es fuerte, hasta tal punto que un año después, al alcanzar la crisis del Antiguo
Régimen este territorio, se cree un centro de poder autónomo frente al de Buenos Aires, En la Banda Oriental,
Montevideo, única ciudad fortificada de la Plata se mantiene leal al viejo orden, y con ella todo el potencial
naval.
En junio de 1811 se pierde el alto Perú ante el ejército realista, con lo que las tierras arribeñas del Río de la
Plata se hacen vulnerables. Por otro lado Montevideo y Buenos Aires firmaron un armisticio por el cual el
primero controlaba la Banda Oriental entera y la sección oriental de Entre Ríos. Los realistas, que habían
recibido apoyo de los portugueses, en 1813, retirados estos, se ven encerrados en Montevideo.
Ante esta fallida expansión de la revolución se hicieron más graves las crisis políticas internas del movimiento
que, pese a estar dominado por los moderados, tuvo una fuerte presión por parte de los radicales.
En 1813 se abre de nuevo el camino del Alto Perú pero en 1815 han de retirarse, no cambiando la situación.
En la Banda Oriental se toma Montevideo aunque la impopularidad del gobernador designado por Buenos
Aires, unido al gran poder y seguimiento de Artigas, hace que en 1815 las fuerzas ocupantes evacuen la
ciudad, quedando la Banda Oriental entera unificada bajo el influjo de Artigas. En el oeste, San Martín, desde
su puesto de gobernador intendente de Cuyo, preparó una fuerza militar destinada a actuar más allá de los
Andes, donde la revolución ha fracasado.
Los resortes del Estado pasan a ser dominados por un grupo organizado en torno a Carlos María de Alvear,
cuyo ascenso al poder será fulgurante. Este grupo gobernante introduce reformas en la línea de los radicales:
prohibición de impotar esclavos, supresión de tormentos y azotes, abolición de la Inquisición, creación de
símbolos nacionales y acuñación de moneda que no lleva las armas del rey. Pero la euforia innovadora se
agota. Esto tiene que ver sobre todo con la expectación ante la renaciente metrópoli, la escasa obediencia al
poder de Buenos Aires, ejemplificado en las resistencias a la sustitución de San Martín o en el cada vez mayor
poder de Artigas en la Banda Oriental. Alvear es derrocado en abril de 1815, en el marco de un fracaso
generalizado del movimiento revolucionario en Hispanoamérica.
Chile
La sustitución por parte del Cabildo del Capitán general García Carrasco por el criollo Mateo de Toro
Zambrano, conde de la Conquista, fue interpretada por este como una apertura para el establecimiento de una
Junta de Gobierno, presidida por él mismo y dominada por los criollos. Así mismo se tomó la decisión de
convocar un congreso de representantes de los distintos pueblos del reino de Chile.
El grupo que buscaba un desenlace revolucionario, creación de un poder local basado en la soberanía popular,
era minoritario, aunque muy importante en el sur. Entre sus innovaciones más revolucionarias se encontraba
el avance hacia un sistema representativo que culminó con la inauguración de un Congreso nacional, el 4 de
julio de 1811. Pero ese congreso está dominado por moderados y partidarios del Antiguo Régimen.
El ascenso de José Miguel Carrera supone también la imposición de una línea ideológica revolucionaria.
Pero los fracasos militares hicieron que fuera reemplazado por Bernardo O'Higgins, que no fue más
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afortunado. Este fracaso hace que el régimen chileno acuerde un armisticio y se reincorpore a la monarquía
española restaurada en el marco constitucional establecido en Cádiz en 1812. Este hecho hace que resurja el
radicalismo, que es derrotado definitivamente a principios de octubre de 1814, restaurándose el Antiguo
Régimen.
Venezuela
La capital, Caracas, gracias a su mejor comunicación con la metrópoli fue el primer centro que reaccionó al
derrumbe de esta, con un movimiento iniciado el 19 de abril de 1810, con el apoyo del tumulto urbano
utilizado y fomentado por el Cabildo capitalino para establecer una Junta de gobierno en nombre del rey.
Las dos figuras que dominan la revolución venezolana son Francisco de Miranda, el precursor, y Simón
Bolívar; ambos habían estado íntimamente ligados con la experiencias revolucionarias europeas El influjo de
Bolívar y la Sociedad Patriótica impulsaron al congreso, reunido en marzo de 1811, a declarar el 5 de julio la
independencia de la República de Venezuela.
La acción revolucionaria combinaba el radicalismo político con el conservadurismo social. Esto último fue
utilizado por los realistas para fomentar el rencor de los sectores marginales de la sociedad. También el clero,
donde predominaban los peninsulares, estaba ganado para la causa realista.
Las derrotas militares, pero sobre todo la debilidad e incoherencias de la primera república, hacen que esta
caiga. Este hecho impulsó a Bolívar a acentuar dentro de su sistema de ideas los motivos democráticos y
también los autoritarios. La tarea de los jefes de la revolución es hacer por la fuerza libres a los pueblos
estúpidos que desconocen el valor de sus derechos. De esta forma Bolívar mostraba su desconfianza en la
capacidad espontánea de las sociedades hispanoamericanas y la tendencia a buscar en ejércitos organizados,
disciplinados y obedientes a la dirección revolucionaria. Su plan de acción es aplicado en Venezuela a partir
de mayo de 1813, y le permite entrar en Caracas el 6 de agosto, quedando sólo Maracaibo y la Guyana en
manos realistas. Bolívar restaura una república donde el poder estaba firmemente concentrado en manos del
Ejecutivo, y cuya política era de guerra sin cuartel. Sin embargo Bolívar fracasó en su intento de ampliar la
base del poder revolucionario hasta incluir toda la población nativa. La revolución consiguió, de nuevo,
menos apoyos que los realistas dentro de la sociedad venezolana, ejemplo de ello son los llaneros, dirigidos
por Boves. En julio de 1814 Bolívar debe abandonar Caracas y posteriormente Venezuela.
Nueva Granada
En un principio había cierta dispersión en su revolución, ya que había varios focos, que hacían difícil la
coordinación de sus acciones y la subordinación a un poder unificado. En mayo de 1810 se produce el
alzamiento en los llanos del Casanare. En julio varios cabildos siguieron el ejemplo y el 20 de ese mes el
movimiento llegaba a Bogotá. La resistencia estaba muy afianzada en Pasto, en el sur, y en Santa Marta,
centro más importante de los realistas en la costa atlántica; esta última sería la clave una vez que la metrópoli
retornaba a la acción.
En 1811 la región de Cundimarca, cuya capital era Bogotá, se liberó con Nariño a la cabeza, y frente a ella se
unieron en federación el resto de los centros, bajo la dirección de Camilo Torres. Nariño fue proclamado
director vitalicio de Bogotá, ahora centro disidente. Estos conflictos se disipan por la amenaza realista, que
logró la victoria sobre Nariño, capturado y enviado a España. Con este hecho, Bogotá estaba decapitada, y en
1814 es tomada por una fuerza militar de las Provincias Unidas de Nueva Granada, dirigida por Bolívar,
llegado tras derrumbarse la revolución venezolana.
Bolívar partió entonces hacia el norte, hacia las zonas costeras, pero tuvo que desviarse hacia Cartagena,
donde el movimiento se organizó de forma independiente tanto de las Provincias Unidas como de los realistas.
Esto permitió que los realistas expandieran su control sobre la zona costeña. Bolívar debe partir a un nuevo
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destierro. La revolución granadina había fracasado en parte porque el organismo político que debía sostener el
esfuerzo militar no llegó a adquirir la consistencia necesaria.
México
La reacción al derrumbe metropolitano de 1810 tuvo como centro del movimiento conspirativo el Bajío,
donde la elite podía considerarse rival de la metropolitana. Ante la amenaza de una represalia, las clases
propietarias provinciales rechazan el protagonismo, que recae en un párroco ilustrado, Miguel Hidalgo. Este
dirige un llamamiento a sus fieles convocándoles a la lucha a favor de la Virgen de Guadalupe, la religión
verdadera y el soberano legítimo y cautivo.
La revolución de Hidalgo, cada vez era más un movimiento popular, que eligió como enemigos a los
peninsulares pero que solo ganaba adhesiones individuales entre las elites criollas. La revolución mexicana se
definía como una guerra social, con lo que tuvo en su contra a las clases propietarias, que hicieron ahora suya
la causa del rey.
El fracaso de Hidalgo, que fue ejecutado en Chihuahua en 1811, se debió a la unidad que había suscitado en
su contra entre todos los privilegiados de México, pero también a que no suscitó una solidaridad igual entre
los desposeídos. El movimiento no arraigó en el norte, con escasa población y conflictos sociales poco
marcados, ni en el sur indio.
Morelos, cuyo liderazgo, a diferencia de Hidalgo, es claramente político−militar, se convierte en el nuevo jefe
de la revolución mexicana. Prefirió una guerra de guerrillas, las cuales precisaban del apoyo de las
poblaciones de los territorios donde actuaban. Morelos se esforzó por definir el movimiento como una
empresa común de todos los americanos contra los peninsulares. Prometió a los criollos el monopolio de las
posiciones políticas y administrativas, e invitó a sus seguidores a respetar el prestigio y el patrimonio de los
españoles americanos que se sumaran al movimiento. Sin embargo no se impide que el movimiento se
convierta en una guerra social. Se busca la insistencia en la identidad americana que integra a criollos castas,
negros e indios. Esta identidad sería la base de un orden nuevo en una nación que no será ya la Nueva España,
sino la República de Anáhuac. Morelos tiene ahora como objetivo la independencia republicana, no la
defensa del buen gobierno. El retorno al antiguo orden decepciona a muchos miembros de las elites criollas
que apoyaron al virrey contra el desafío plebeyo de Hidalgo y Morelos. Desde la declaración de
independencia de la República de Anáhuac, noviembre de 1813, el movimiento de Morelos sufrió golpes
definitivos, que culminaron con su captura y ejecución en 1815. Se consolidaba así un orden monárquico,
criollo y absolutista.
La Constitución de Cádiz creará problemas en dos aspectos fundamentales. En primer lugar acotaba un área
de libertades civiles y políticas que limitaba la autoridad de los gobernantes en una guerra que aún no estaba
terminada. Por otro lado se reestructuraba el sistema, se modifica la superposición de funciones legislativas,
ejecutivas y judiciales, característica del antiguo régimen, en homenaje al nuevo principio de la separación de
poderes. A estas innovaciones se suma la ampliación de las libertades políticas, a lo que no todos los poderes
seguirán con entusiasmo. Es por ello que el virrey de Nueva España recibe con alegría la noticia del regreso
del Fernando VII y el fin de la experiencia constitucional.
BRASIL
La reordenación que intenta la metrópoli con su principal colonia llega cuando ésta, está padeciendo un
descenso de la balanza que se hizo factible a principios del siglo XVIII, reflejo del agotamiento de las fuentes
auríferas. El período anterior fue muy prospero situó a Brasil en una situación de privilegio con respecto al
resto de las colonias portuguesas en Asia y África. Su lugar dentro de la economía mundial como proveedora
de oro, sobre todo para Gran Bretaña.
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En este período también se produce un avance hacia el vasto interior, la mayoría sin explotar, y una
vasculación de población, e incluso de la administración, hacia Sao Paulo y Río de Janeiro, a esta última
ciudad se traslada el virrey en 1763 desde San Salvador de Bahía, zonas mineras que, sin embargo, nunca
llegarán a alcanzar una preponderancia absoluta en el contexto brasileño. Brasil poseía ahora dos centros: el
viejo de la plantación y el nuevo de la minería, articulándose en torno a ellas regiones satélites. Lo que une a
los dos núcleos es que ambos favorecen la actividad ganadera.
Portugal asiste en el s. XVIII a una emigración muy numerosa hacia Brasil. Asimismo los contingentes de
esclavos procedentes de Guinea y Angola son cada vez más numerosos. Entretanto la población indígena cada
vez participa menos en la sociedad, teniendo importancia únicamente en Sao Paulo.
El predominio africano en la frontera supone el de la esclavitud como institución social básica en el sistema
productivo de esta. Al igual que en la plantación, la supervivencia relativamente breve de los esclavos impone
una constante renovación de esta mano de obra mediante nuevas importaciones.
En 1703 se firma el Tratado de Methuen, por el que Gran Bretaña obtiene concesiones dentro del mercado
portugués. Esta relación mercantil tiene su base estable en la bonanza aurífera. Es por ello que cuando el
soberano de Portugal, José I, entregua en 1750 la dirección de los asuntos de Estado a Sebastián José de
Carvalho y Melo, futuro Marqués de Pombal, este hace un plan de reformas que atacaba a la factory
británica en Lisboa y Oporto, por el convencimiento de que para mejorar la posición internacional de Portugal
era necesaria la nacionalización del lucro mercantil, acción en la que se reserva un papel esencial a las
compañías privilegiadas. Una vez cubierto el mercado metropolitano los productos coloniales llegan a las
ciudades de la Europa Continental y a Inglaterra. Sin embargo el sistema de las compañías privilegiadas
tendrá fisuras que originan tensiones políticas que aparecerán en el futuro. Y tras ello está la presencia de
Gran Bretaña como protectora de una neutral Portugal, pidiendo a cambio de esa protección el freno de los
recortes de los privilegios ingleses en el ámbito mercantil.
El impulso renovador se trasladó a la esfera administrativo−militar. Esta reforma tiene como objetivo colocar
a Brasil más completamente bajo la autoridad regia, buscando una reestructuración del fisco que lo dote de
una estructura centralizada y compleja con el objetivo de llevar un control más efectivo de las finanzas en los
dominios portugueses. También se crean nuevas capitanías generales, reflejo de la conciencia de la necesidad
de autoridades mejor integradas en el sistema administrativo imperial. Y por último se reafirma la supremacía
del virrey sobre los capitanes generales.
También muy importante será la reforma en el ámbito judicial y en el militar. En este último, se pretendía que
las fuerzas presentes en Brasil se integraran en un ejército portugués, apoyado por una milicia auxiliar.
Siempre habrá un predominio de metropolitanos en el ejército, aunque en la milicia se reflejarán los prestigios
e influjos locales.
La expulsión de los jesuitas de los territorios portugueses se dio por la convicción de Pombal de que la
Compañía era el centro organizador y director de la resistencia a la afirmación del poder regio y a la política
de reformas. Además, la obra misionera de los jesuitas era incompatible con la política indígena del ministro,
para quien había que incorporar rápidamente a los indios a la economía y a la sociedad portuguesas.
La reforma de Pombal alcanzó sus mayores éxitos donde esa reforma logró servir por igual a los intereses de
la corona y a otros intereses, ganándose el apoyo de estos.
La hegemonía político−militar de Gran Bretaña hace que la corona portuguesa reconozca las limitaciones que
la potencia le impone. En la década de 1770 la crisis del oro afecta ya abiertamente la relación mercantil con
Gran Bretaña. La política de la corona busca entonces reserva a la metrópoli las posibilidades de una
expansión industrial, y para ello no vacila en prohibir la concurrencia colonial.
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En 1777 muere José I y Pombal cae. El balance de las reformas es negativo, no logra integrar mejor metrópoli
y colonia, aumentando incluso las áreas de tensión entre ellas, sobre todo a causa de la decadencia de la
minería aurífera. Las primeras muestras de la crisis final del vínculo colonial se darán en el marco de la
desorientación y reorientación que sigue al fin de la etapa de reformas.
La traslación de la Corte a Brasil aumentó el peso de la tutela británica, cada vez más gravosa sobre Portugal,
ya que a cambio de esa tutela Gran Bretaña obtuvo una situación privilegiada en el ámbito comercial
portugués, propiciando una apertura mercantil que contrastaba con el objetivo de las reformas pombalinas.
Esta apertura mercantil acentuaría la prosperidad en el NE., mientras que en el Brasil Central este hecho vino
a sumarse al de la traslación de la capital imperial. Ambos acontecimientos aceleraron la implantación de
instituciones estatales y económicas propias de una nación, aunque la estructura económico−social no sufre
cambios análogos. En la vida administrativa los cambios afecta, igualmente, solo a la cúspide.
La vida en la reciente capital virreinal cambia radicalmente. Se produce una expansión urbana con el monarca
en la vanguardia, se triplica la población, Río de Janeiro es la capital de la monarquía portuguesa, y esta se
hace menos ajena a Brasil. Pese a todo, el marco institucional en que se da la traslación de la corte sigue
siendo el de la monarquía absoluta.
Con el fin de la guerra, Portugal intentará alejarse de la tutela británica y propiciará un acercamiento a la
Francia de nuevo borbónica, e incluso a Austria. En 1816 pasa a reinar Juan VI, casado con la hija del
emperador, la archiduquesa Leopoldina. Juan VI será a la vez rey de Portugal y de Brasil, que ha sido elevado
a la condición de reino en diciembre de 1815, y centrará su política cada vez más en objetivos brasileños (el
más claro ejemplo es su obstinación en un avance hacia el Plata).
Pero esta aparente consolidación de la monarquía portuguesa en su posesión de ultramar revela su fragilidad
con la revolución pernambucana de 1817. El 6 de marzo de ese año estalla un movimiento republicano en
Recife y se instaura una junta de cinco miembros representantes del clero, la oficialidad, la magistratura, el
comercio y la agricultura. El movimiento se expande hacia el interior de Pernambuco pero fracasa en Bahía,
desde donde se organiza la represión, que alcanza Recife en el mes de mayo.
La consecuencia más clara que se saca de este movimiento es la oposición entre americanos y peninsulares;
aunque el episodio tenga raíces locales su ideología alcanza a sectores sociales que en un principio pudiera
parecer sensato colocarlos junto a la legitimidad realista. Otro factor clave es el malestar que las elites
brasileñas padecen al observar cómo ahora el centro del poder de la monarquía está en su territorio, y cómo el
monarca hace gala de su autoridad de una forma más seria que los acostumbrados gobernantes de antaño.
Este episodio reveló la necesidad de nuevos cambios, aunque la iniciativa se tomó en la metrópoli con el
estallido de la revolución liberal en Oporto, en 1820, estimulada por los acontecimientos ocurridos en España.
Este movimiento constitucionalista llegó a Brasil en 1821, extendiéndose por los principales puntos de la
colonia. El monarca anuncia entonces el retorno del heredero Pedro a Portugal y la convocatoria de
procuradores de ciudades y villas que se reunirán en Río. Pero la respuesta el 26 de febrero es el alzamiento
constitucionalista en la capital, protagonizado por militares portugueses que han visto con alarma la anunciada
creación de ese cuerpo representativo unificado para el Brasil. El liberalismo, al pasar de Portugal a Río revela
su identificación con la restauración del lazo colonial dentro de un estado centralizado gobernado desde
Lisboa.
Don Juan jura la futura constitución y anuncia su marcha a Portugal dejando a su hijo como lugarteniente y
regente del reino de Brasil. La liberalización hizo posibleque se expandiera la agitación, que tuvo su culmen
con la aportación de ideas y la estrategia que condujo a la independencia de Brasil. Estas fueron obra de José
Bonifacio de Andrada e Silva, quien, frente a la tradición republicana y revolucionaria, propuso una versión
diferente al constitucionalismo monárquico, versión que traduce el equilibrio de fuerzas vigente en el Brasil.
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Busca ganar prestigio, invocando el ejemplo británico, a la vez que proclama constantemente la vocación
moderada de la tradición liberal.
La iniciativa se dio en Sao Paulo y la principal demanda era la de que el regente no se alejara de Brasil. Otras
provincias siguieron a esta y el príncipe se mantuvo. A esto se opuso la guarnición portuguesa de Río, y el
príncipe les lrivó del control de la plaza. El 16 de enero de 1822 nombró a José Bonifacio ministro de
Gobierno y Asuntos Extranjeros. En febrero la tropa portuguesa abandona Río y marcha a Europa. El 13 de
mayo el regente acepta el título de Defensor Perpetuo del Brasil; el 1 de junio convoca a los primeros elegidos
como procuradores de las provincias, constituyéndolos en Consejo de Estado, el cual solicita la convocatoria
de Cortes para el reino del Brasil.
El 1 de agosto convocaba a la Constituyente en un manifiesto que declaraba la independencia política del
reino brasileño, sin romper los vínculos fraternales con Portugal. Tras leer el texto del decreto de las Cortes de
Lisboa que lo proclamaba en rebeldía, el 7 de septiembre declaró la Independencia. El 14 es aclamado
emperador y el 12 de octubre es proclamado como tal en ceremonia pública, en la que jura la futura
constitución. El 1 de diciembre es coronado.
La proclamación de independencia fue seguida por algunos episodios de resistencia: Bahía, la ocupada Banda
Oriental, Maranhao, ... Esta resistencia fue sofocada por el Imperio en menos de dos años, y en 1825 su
autoridad era reconocida por Europa, incluidas Gran Bretaña y Portugal.
A diferencia de la América hispana, Brasil, bajo la continuidad del régimen, sabe conjugar las trayectorias de
individuos y grupos políticos que, como señala Halperin (1985: 113), alternan el ejercicio sistemático del
crimen de lesa majestad con el servicio del soberano.
El paso de colonia a imperio independiente se caracterizó por un grado extraordinario de continuidad política,
económica y social. El emperador PEDRO I y la clase dominante brasileña tomaron posesión del existente
estado portugués. En el ámbito económico los patrones de comercio e inversión sí cambiaron (Gran Bretaña
aparece como el socio comercial principal y la fuente de capital más importante de Brasil) pero el modo de
producción colonial y la división internacional del trabajo quedaron intactos. Y por supuesto no hubo una
conmoción social. Se había realizado una revolución conservadora, venciendo al liberalismo de extrema y al
republicanismo.
El imperio brasileño
La primera dificultad con la que se enfrenta el nuevo imperio es el estancamiento de la economía, provocado
sobre todo por la imposible recuperación de la minería y el retroceso de los beneficios de la agricultura
azucarera. Sólo a partir de la década de 1830 se advierte una recuperación basada en el café, afincado en Río,
núcleo que actúa como elemento de unidad, mayor incluso que el político. Pero hasta ese momento el primer
reinado pasó por momentos difíciles. El emperador Pedro I pronto generó recelo en los brasileños, sobre todo
por negarse a cortar los lazos con la facción portuguesa en Brasil e incluso con Portugal. No puede decirse que
la independencia esté consolidada en 1822−23, ya que los peninsulares conservaban aún un influjo político y
económico importante que hace que su comercio no se vea tan golpeado con la independencia, conservando el
tráfico de negros, parte importante de las importaciones brasileñas. También dominan el tráfico interno de
negros. Los portugueses cumplían en la economía del Brasil independiente funciones en las que eran
insustituibles, y eso suscitaba una hostilidad que derivaba en conflictos y disturbios, aunque sin pretender la
eliminación de los peninsulares.
En mayo de 1823 la Asamblea es convocada para redactar la Constitución. Esta asamblea quiso desde un
principio reservarse la función constituyente, mientras el emperador, incapaz de controlarla, expulsaba del
gabinete a José Bonifacio, en una búsqueda de reconciliación con el sector liberal de la Asamblea. Pero la
oposición a la ingratitud del emperador surgió en ámbitos muy influyentes, lo que llevó a Pedro I a clausurar
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la Asamblea, desterrando a los jefes opositores. La redacción del texto quedó a cargo de un Consejo de Estado
designado por el emperador.
El texto final estaba inspirado en la Carta Otorgada por Luis XVIII a Francia y el de la dictada por el rey de
Suecia como nuevo soberano de Noruega. Otorgaba al soberano veto suspensivo, concedía la ciudadanía a
todos los brasileños libres o emancipados y se adopta el voto censatario. El poder ejecutivo era ejercido por el
soberano, asistido por un gabinete designado por él sin aprobación parlamentaria; el emperador designaba
también el senado y la judicatura. Se subraya en el texto que la monarquía es constitucional pero no
parlamentaria, siendo el soberano el que concedía el decreto de disolución parlamentaria. El emperador se
ganó de esta forma la hostilidad de las fuerzas liberales, lo que hizo posible que asumiera el papel de
equilibrio entre facciones.
Las diferencias entre los liberales y el monarca se acentuaron tras la pérdida de la rebelde provincia
Cisplatina, cuya guerra provocó un desprestigio para el ejército y, lo más importante, una penuria financiera
que tuvo que subsanarse con un préstamo inglés. Todo esto provocó la humillación y el debilitamiento del
soberano, que fue aprovechado por los liberales para hacer oír su voz, más aún cuando llegan a América las
noticias de la revolución francesa de 1830. La situación del monarca se hizo insostenible tras la reacción de la
plebe atacando a la adhesión de los comerciantes portugueses de Río al monarca, algo que consideraban una
forma del viejo orden.
El 7 de abril de 1831 abdicó en su hijo de 5 años, el futuro Pedro II. El primer emperador retornó a Portugal
para defender la causa de su hija María de la Gloria, a quien había cedido los derechos a la corona portuguesa,
contra el pretendiente don Miguel, sostenido por la facción absolutista. Con este regreso los dilemas de
centralismo y autonomía regional, autoritarismo y liberalismo, progresismo y tradicionalismo se plantearían
en un contexto brasileño.
La regencia
Diego Antonio Feijó, ministro de justicia, que provenía de las filas liberales, pasará a dominar el gabinete y el
gobierno, defendiendo una autoridad acosada desde la derecha y la izquierda, y amenazada todavía por las
fuerzas centrífugas. Pedro I designó a José Bonifacio tutor del heredero, constituyéndolo así en jefe natural de
la oposición de derecha. Feijó le destituyó e impuso al senado una reforma constitucional que eliminaba a los
senadores vitalicios y reorganizaba el Imperio sobre bases federativas. Pero la Asamblea no apoyó estas
acciones y Feijó tuvo que dimitir.
En 1834, mediante el Acto Adicional, se reforma la constitución, se crean asambleas provinciales electivas,
dotándolas de poderes relativamente amplios, aunque la designación del presidente provincial se reservó al
gobierno; se sacrificaban las autonomías municipales a las ampliadas provinciales. Se dieron, a su vez,
avances en sentido liberal, el juicio por jurados y la creación de la Guardia Nacional, establecida para sustituir
a la milicia colonial, que será definida como el brazo armado del nuevo orden político.
Al abrir el camino del poder a la antigua oposición liberal, la regencia aflojó la identificación de esta con las
corrientes hostiles al centralismo y al autoritarismo. Pero las nuevas realidades revelaron que la integración de
nativismo, reformismo progresista, antiautoritarismo y federalismo en una fe política había sido fruto de una
coyuntura que ahora se desvanecía con la consolidación de redes de clientelas y las luchas por el poder
provincial y nacional de forma indirecta entre facciones cuasidinásticas.
Las reformas liberales trajeron consecuencias imprevistas, fruto precisamente de que su aplicación se vió
ensombrecida por las luchas entre facciones, las cuales utilizaban esas reformas en su beneficio cuando
llegaban al poder. Dentro de la antigua oposición, ahora en el poder, se consolida una corriente
neoconservadora, apareciendo una bipolaridad política a nivel nacional.
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Feijó es devuelto al poder en 1835 por su elección por las cámaras provinciales como regente unipersonal. Su
primera acción fue sofocar una sublevación reaccionaria. Otra sublevación, en este caso republicana, se daba
en Río Grande do Sul, desembocando en una guerra.
En 1837, como consecuencia del conflicto entre la Asamblea y el regente este dimitió, y fue sustituido por
Pedro Araujo Lima, que se identifica con los adversarios conservadores de Feijó. Los conservadores imponen
una ley interpretativa del Acto Adicional de 1834, que otorga al presidente provincial derecho de veto absoluto
sobre las leyes aprobadas por las Asambleas provinciales que juzgara contrarias a la constitución imperial.
Estos retoques fueron la causa del alzamiento republicano en Salvador de Bahía, reprimido con dureza,
aunque luego conmutado y amnistiado.
Los liberales, para desembarazarse del regente al servicio de sus adversarios vieron con buenos ojos la
propuesta de anticipar la mayoría de edad a don Pedro II. El soberano aceptó este hecho y se elevó al trono a
un emperador de catorce años. Esta actitud de los liberales en 1840 suponía la aceptación por vez primera del
régimen imperial como marco institucional legítimo para la experiencia política brasileña.
El segundo reinado
Los liberales vieron en este reinado su oportunidad de situarse en una posición privilegiada en el marco
político. Ganaron las elecciones de una nueva Asamblea (1840) y consolidaron su predominio con una
abrumadora victoria electoral. Pero el fracaso en el asunto de los rebeldes de Río Grande do Sul hizo que
entraran en discordia con Aureliano Coutinho, que dirigía y representaba ese centro de influencia política que
seguía siendo el Palacio. La consecuencia clara fue la dimisión en 1841 del gabinete liberal.
Aureliano organizó entonces uno conservador. El retorno de los conservadores trajo consigo una depuración
del breve paso liberal y reformas institucionales: restauración del Consejo de estado, se devolvía al emperador
la designación de los magistrados y se restituía a los funcionarios de policía las atribuciones judiciales. Otra
ofensiva conservadora hizo que en 1842 se disolviera la Asamblea liberal de 1840, provocando alzamientos en
Sao Paulo y Minas Gerais, que fueron sofocados sin esfuerzo.
El siguiente punto de interés para los conservadores era Río Grande, que solucionaron gestionando una paz
conciliadora con los republicanos. Esta fructificó en el acuerdo del 25 de febrero de 1845, por el cual los
rebeldes disponían la resistencia y se reincorporaban al orden imperial.
El liberalismo vuelve a formar parte del gabinete en 1844. Pero la división entre ellos hace que su presencia
no se traduzca en un cambio de orientación política. Con la Revolución francesa de 1848 el sector más radical
del liberalismo comienza una agitación que provoca que el monarca busque un nuevo entendimiento con los
conservadores. Este retorno trae como consecuencia la disolución de la Asamblea, y en respuesta se da un
nuevo alzamiento liberal en Recife, sofocado y sin ejecuciones.
Al filo de 1850 el orden político está relativamente consolidado, y se manifiesta en la regularidad que
adquiere el ciclo político. Don Pedro ejerce su poder moderador de forma virtuosa, administrando el turno del
poder dependiendo de lo que requería la situación política en un momento dado. La legitimidad de este
ejercicio del poder imperial es reconocida por un consenso cada vez más amplio, puesto que no se excluye a
nadie, al igual que ningún grupo contaba con el favor permanente del soberano. Estos rasgos caracterizarán al
régimen imperial entre 1850 y 1870. Pese a todo, Brasil tendrá que afrontar en esta época dos problemas: el de
la trata de negros y el contencioso en torno a las tierras del Plata.
El problema de la trata de negros ocupaba un lugar central en la vida brasileña por cuanto afectaba a las bases
de su estructura socioeconómica y, a la vez, a las modalidades de su inserción en el mundo atlántico. En 1815
Gran Bretaña logró hacer inscribir en los tratados de Viena la proscripción de la trata como principio de
derecho internacional. Pero el Imperio brasileño prefirió como alternativa (siguiendo el ejemplo de EE.UU.)
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transformar a la trata en un crimen penado por la legislación imperial, algo que no consideró suficiente la
aliada Gran Bretaña, que por el Tratado anglo−brasileño de 1827, pasaba a ejercer de policía de ese tráfico
ahora ilegal.
Pero con la entrada en el ciclo del café la economía exportadora inicia una nueva etapa expansiva, creciendo
la demanda de nuevos esclavos. La agricultura del café cuenta con una abundancia de tierras que contrasta con
la escasez y carestía de capital y mano de obra, que hace perentoria la introducción de africanos. Pero algunos
productores comienzan a favorecer la inmigración de trabajadores europeos, aunque no será la solución
perfecta, por cuanto estos colonos adquieren unas formas de trabajo nuevas, tanto para ellos como para los
propietarios, provocando roces y conflictos entre ambas partes. Además a los colonos se les dan los cafetales
menos productivos dejando los más rendidores y jóvenes a la mano de obra esclava, a fin de absorber
totalmente los lucros adicionales de la alta productividad de la tierra.
Pese a la prohibición de la importación de africanos, la trata cuenta con la complicidad universal. La presión
británica aumentó y en 1845 los navíos ingleses, los encargados de la vigilancia, obtienen la concesión del
derecho de visita en aguas territoriales brasileñas, autorizándoles la captura de naves que se estuvieran
empleando en la trata. El imperio decide finalmente poner fin a la trata. Una ley de 1850 encarga la vigilancia
de las costas a la marina imperial, creando un fuero especial para la represión del tráfico. En dos años la
importación de africanos dejará de contar para la economía brasileña.
Brasil volvió a tener presencia en los teatros internacionales acrecentando su prestigio gracias a que supo
superar sus problemas a la vez que vigorizaba su estructura económica, regularizaba su funcionamiento
político y afirmaba con eficacia su presencia externa.
LAS ANTILLAS
Haití
En vísperas de la revolución francesa el comercio con la isla de Saint−Domingue, basado en la venta de
productos europeos y la compra de azúcar, café, tabaco, cacao y cueros sostenía el ascenso de las poderosas
clases mercantiles en la costa atlántica francesa. En esta época poblaban la isla medio millón de esclavos, de
los que el 80 por 100 trabajaba en plantaciones junto a unos cien mil libertos de color, que habían accedido a
esa posición intermedia de la sociedad gracias a que la escasez de blancos les abría el acceso a posiciones
económicas. Pese a todo, la discriminación racial era constante, sobre todo la desempeñada por los
plantadores y grandes propietarios blancos. Estos, junto a los funcionarios de la administración y los grandes
comerciantes constituyen el grupo étnico dominante, que confiaba en la viabilidad de un orden basado en el
violento predominio de una minoría opresora y explotadora que azuza las tensiones internas en la mayoría
para evitar una acción común contra el orden vigente.
Tras la convocatoria de Estados generales y el curso que tomaba el proceso político en Francia, los grandes
plantadores se dieron cuenta de lo poco que podían influir, y que ni el principio de superioridad blanca ni la
defensa de los beneficios económicos de la esclavitud eran considerados en el país que hacía suyo el lema de
libertad e igualdad.
Se convocó una Asamblea de Saint−Domingue, dominada por los grands blancs, que proclamó su total
identificación con el curso político de la metrópoli; esto se justifica por la búsqueda de un triunfo frente a los
rivales locales, a cuya cabeza estarán los administradores. La constante radicalización de la revolución en
Francia hizo que finalizara el vínculo de privilegio entre la metrópoli y los grandes colonos blancos. Estos
estaban decididos a distanciarse de aquélla, pero estaban políticamente debilitados; los petit blancs estaban
satisfechos por el curso democrático que tomaba la revolución, aunque eran reacios a cualquier ventaja que de
él pudieran obtener los libertos; estos libertos esperaban que la Francia revolucionaria reconociera su igualdad
política y jurídica con el resto de los libres, oponiéndose a cualquier modificación en el régimen de esclavitud.
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Los libertos protagonizaron algunos alzamientos al no ver cumplidas sus expectativas, siendo el más
importante el que desencadenó una fuerte lucha que amenazó en 1791 la capital Port−au−Prince. Para
entonces en el norte había comenzado la insurrección de los esclavos, secundada en el oeste y el sur. Este
levantamiento, aunque no supuso una victoria total, sí acabaría con el orden económico−social de plantación.
Desde la metrópoli se enviaron hasta dos comisiones civiles para resolver los conflictos en la colonia, pero no
tuvieron éxito, ya que los intereses de los tres grupos principales chocaban con cada concesión que se hacía a
alguna de las partes. La Asamblea General se disolvió y se reemplazó por un cuerpo integrado por blancos
libres y de color que emplazaron al gobernador para expulsar a la comisión. La segunda comisión, incapaz de
resistir con sus propias fuerzas en el Cap Français llamó en su auxilio a los esclavos rebelados, con cuyo
apoyo recuperó su supremacía. Este hecho suponía la toma de la capital de los plantadores, que huyeron a
otras Antillas y a Louisiana.
Francia afrontaba la guerra de la Primera Coalición. España, desde el lado oriental de la isla, intentó atraerse a
algunos líderes de los rebeldes negros; Gran Bretaña, por su parte, inició la conquista por el oeste. La reacción
de la comisión fue abolir la esclavitud entre agosto y septiembre de 1793. Pero los ingleses tomaban
Port−au−Prince en junio de 1794. Solo mediante la acción de Toussaint, jefe de la rebelión negra del norte, se
recuperaría Saint−Domingue para la República francesa. Además, la Paz de Basilea cedía a Francia la parte
española de la isla. Pero la presencia inglesa, una de las mayores expediciones enviadas por la potencia a
ultramar o al continente, se mantenía. La expedición inglesa se retiró en agosto de 1798 derrotada a la vez por
las epidemias y por la resistencia inesperadamente eficaz de ejército de la colonia, dominado numéricamente
por los antiguos esclavos, con Toussaint a la cabeza, que se erigía como jefe absoluto. En 1801 avanzaba
sobre la parte española, dividiéndola en dos departamentos que incorporó a Saint−Domingue. Ese mismo año,
una Asamblea constituyente de la isla le confiere la gobernación vitalicia. Su proyecto político estará basado
en la firme vinculación a Francia ya que era la única que podía proporcionar mercados y capitales para una
vuelta a la economía de plantación.
Napoleón estaba convencido de que solo restaurando la esclavitud se volvería a tener la opulencia azucarera
de antaño, para hacer a Saint−Domingue, de nuevo, la colonia más rica de ambos mundos. Para ello envió una
expedición que ganó completo control de la situación militar. En mayo de 1802 se consuma la sumisión de
Toussaint. Pero el jefe de la expedición, Leclerc, no disolvió las fuerzas de Toussaint, y las integró en las
suyas propias, renunciando a restaurar la esclavitud. Temeroso de la influencia de Toussaint, lo deportó a
Francia, a lo que siguió una tentativa de desarme de los cultivateurs. Ambas acciones provocaron una
insurrección generalizada, que fue diezmando, junto a la fiebre amarilla, a las tropas francesas.
El 1 de enero de 1804 se proclamaba la independencia de Haití tras una matanza de franceses. El nuevo país
encontraba abierto el acceso a los mercados ultramarinos gracias a los contactos comerciales con Gran
Bretaña. Esto volvió a poner en primer plano el proyecto de restaurar la economía de plantación.
Dessalines toma el relevo de Toussaint, y es promovido a emperador electivo con derecho a designar sucesor.
A este nuevo soberano le acompañaba un Consejo de Estado colegislador, integrado por todos los generales
del ejército haitiano. Muchos mulatos accedieron a la tierra con plena propiedad aunque los negros no tenían
la misma posibilidad. Pero la rápida redistribución del botín de tierras, con un carácter arbitrario y azaroso,
trajo como consecuencia tensiones entre las nuevas clases. La fragilidad del orden imperial estaba causada
también por el reconocimiento de que no se volvería a la pasada prosperidad azucarera: así, en el sur y el oeste
las contribuciones ya no se pagan en dinero sino en café, que posteriormente el Estado debía almacenar y
vender. Esto implica una penuria fiscal y conflictos con grupos mercantiles que veían ahora en el Estado un
rival para el mercado.
La rebelión consecuencia del descontento de comerciantes y propietarios surge en el sur. La muerte
inesperada del emperador hace que el sur y el oeste se conviertan en base política de Petion, siendo
Christophe el heredero de Dessalines en el norte. Se promovió la convocatoria de una Asamblea
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constituyente, dominada por los seguidores de Pétion, que redactó y aprobó una constitución republicana que
asignaba al senado todos los poderes y al presidente un papel ceremonial.
Santo Domingo
La parte española de la isla tenía poco que ver con la francesa. Dentro de la población de ciento cincuenta mil
habitantes los libres de color abundaban algo más que los españoles europeos y americanos, como
consecuencia de la constante, aunque reducida, importación de esclavos. Esta clase tenía restricciones legales
dentro de la jerarquía étnica. Los esclavos no eran más del 10 por 100 de la población, lo que explica que aquí
no pueda darse un movimiento de características semejantes al haitiano.
En las dos ocupaciones haitianas la consolidación del predominio militar sobre el territorio contó más que
cualquier propósito a largo plazo de crear una base social sólida para la incorporación de la parte española al
naciente estado negro.
En 1809 la capital, Santo Domingo, se unió al alzamiento peninsular contra la invasión francesa, iniciando un
retorno al Antiguo Régimen. En el Tratado de Viena (1814) Francia reconoció su retorno al vínculo colonial.
El alzamiento de 1821 contra ese vínculo triunfó fácilmente, con José Núñez de Cáceres como presidente de
un Estado que gestionaba su incorporación a la Gran Colombia. Sin embargo la vecina Haití volvió a
anexionarse la parte española. Pero aquí se vivían tensiones por causa del militarismo y autoritarismo de los
ocupantes, que desde el comienzo se esforzaron en ampliar la superficie de tierras fiscales para las que
tendrían acceso gratuito los libertos que quisieran explotarlas y los altos funcionarios, jefes militares y
colaboradores locales a quienes el fisco quisiese venderlas. Pero esa legislación sólo se aplicó parcialmente.
Este fracaso confirma que Santo Domingo no era tierra propicia para las realizaciones étnicas y sociales que
se dieron en Haití.
La convivencia derivó en hostilidad a mediados de la década de 1830, y la oposición dominicana se articulaba
con la oposición liberal que dentro de Haití se perfilaba contra Boyer. A partir de 1834 se intentó imponer, sin
éxito, una nueva legislación de tierras a la vez que prohibía parcialmente el comercio de Santo Domingo con
las Antillas menores.
La agitación contra la ocupación haitiana derivó en 1842 en un alzamiento en la capital. Gracias al derrumbe
del régimen de Boyer, la secesión triunfa y el general Santana es el primer presidente de la República. Pero
los jefes de esta nueva república no están seguros de poder defenderla con éxito frente a los ataques de su
vecina Haití. Santana simultanea la gestión de un protectorado de España y de Estados Unidos. Otros como
Báez preferían la de Francia.
Santana se presenta como defensor de los blancos y acusa a Báez de pretender asegurar el predominio de la
gente de color. Pero las alianzas son también frecuentes. Estas alianzas y conflictos entre los dos hombres
fuertes no cesarían durante más de una década. Son el reflejo de una evolución político−social sacada de
quicio por el impacto de la revolución haitiana. También se hace sentir la anomalía que significa la presencia
de este territorio vasto y fértil en medio de la expansión de la economía plantadora que se está dando en todas
las Antillas. La nueva república no tenía la base humana y económica adecuada para garantizar la defensa de
su identidad política en el marco fronterizo de la revolución haitiana. Esto estimula el que se renuncie a la
plena independencia, incluso tras el efímero retorno a la obediencia española durante la década de 1860. Pero
la situación había cambiado después de 22 años de convivencia con los haitianos y de 17 años de
independencia, que hacía que sus costumbres fueran muy diferentes a las españolas.
Tras la nueva independencia de España en 1865 se sucederán disputas internas entre los herederos de Santana,
por un lado, y Báez y sus seguidores, por otro. Este último fue presidente en los períodos 1868−1874 y
1876−1878. Pero entre 1865 y 1879 hubo veintiún gobiernos diferentes y unos cincuenta levantamientos
militares, golpes de Estado y revoluciones.
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Los haitianos abandonaron la pretensión de poner a La Española bajo un mismo gobierno. Las dos repúblicas
coexistieron incómodamente y emprendieron a partir de entonces caminos distintos.
Cuba
Caso a parte es Cuba, la isla continuó siendo parte de la metrópoli hasta 1898. En el siglo XVIII la isla era
prácticamente virgen, la población se concentraba en La Habana. Su puerto era el lugar de depósito en que
fondeara la flota española del tesoro con una gran escolta naval. En esta ciudad vivía la mitad de toda la
población de la isla (unas 150.000 personas) y el resto vivía en otras ciudades (Santiago de Cuba, sede
arzobispal; Puerto Príncipe, sede obispal; Sancti Spiritus, Trinidad, Matanzas o Mariel).
Su economía se basaba en unas pocas industrias orientadas a cubrir los pedidos de los convoyes que iban y
venían de Veracruz y Portobelo. 1750 había un centenar de plantaciones de caña de azúcar, la mayoría cerca
de La Habana. Este atraso se debía, entre otras causas, al hecho de que España no constituía un gran mercado
consumidor de un producto de lujo como era el azúcar. El tabaco era el producto más rentable de Cuba. La
mayor parte se convertía en rapé, por lo que hasta 1770 no existió en Cuba una fábrica de cigarros. La cera
constituía otro elemento de las exportaciones. Y los españoles, pese a que los nativos les enseñaron a cultivar
patatas, ñame, yuca, calabazas y maíz, preferían importar casi todo lo que comían.
Durante la segunda mitad del siglo XVIII la isla se transformó en una próspera colonia azucarera debido
principalmente, a la creación de nuevos mercados para el azúcar; a la emergencia de una clase de propietarios
más interesados en el desarrollo de sus tierras y en promover la riqueza que en preservar su estatus; a la
importación de esclavos y por último las reformas económicas de los gobiernos de Carlos III y la desaparición
de varias de las viejas restricciones que pesaban sobre el comercio. También contribuyó a la prosperidad de
Cuba el declive de otras islas del Caribe como productoras de azúcar. Las nuevas inversiones hicieron que la
colonia estuviera preparada para la introducción de nueva tecnología en la industria azucarera (máquina de
vapor, trapiches hidráulicos, volvedora, etc.)
La ocupación de La Habana por los ingleses en 1762 fue el hecho que originó estos cambios. Esta victoria
británica originó la inmediata llegada a la isla de comerciantes procedentes de todas partes del Imperio
británico. Durante este tiempo se vendieron en la isla unos cuatro mil esclavos que permanecieron en ella
cuando los ingleses la abandonaron tras la Paz de París (1763). La presencia de los negreros británicos y
norteamericanos fue un hecho permanente en el mercado cubano. En 1789 el gobierno español permitió a los
comerciantes llevar al imperio tantos esclavos como quisieran. Otra consecuencia inmediata de la conquista
británica fue la desaparición de la mayoría de las antiguas contribuciones españolas. En 1776 La Habana se
convirtió en puerto libre. Al finalizar el siglo XVIII Cuba era una parte muy prometedora del imperio español.
Llegó a superar a Jamaica como principal productora de azúcar del Caribe. Las exportaciones de este producto
eran superiores a las de cueros, tabaco, aguardiente, cera, café y cacahuetes.
En 1822 los plantadores cubanos comenzaron a pensar seriamente en la anexión a los Estados Unidos, como
nuevo Estado de la Unión. Pero España, tras perder su imperio americano continental, determinó conservar
Cuba y Puerto Rico, y a partir de la década de 1820 cuarenta mil soldados españoles residieron en la isla. Esta
guarnición garantizó la docilidad política de Cuba. En la década de 1830 las contribuciones cubanas
proporcionaban un sustancial ingreso a la Corona española. Los viejos vínculos sociales entre criollos y
peninsulares persistían.. El presidente estadounidense Polk presentó en 1848 una propuesta formal a España
para comprar Cuba por 100 millones de dólares, pero el gobierno español la rechazó. La integración de cuba
reforzaría la posición de los estados esclavistas; los plantadores cubanos continuaban temiendo que el
abolicionismo pudiera prender en la mente de los administradores españoles. En 1854 el presidente
estadounidense Pierce hizo una nueva oferta a España, de nuevo rechazada. En 1857 Buchanan hizo lo mismo
sin obtener más éxito que sus predecesores. Antes de estallar la guerra de Secesión en los Estados Unidos, los
políticos sureños aún pensaban que podían asegurarse la perpetuación de la esclavitud gracias a la adquisición
de Cuba. Pero la derrota del sur cerró esa posibilidad a los plantadores cubanos y comportó el final del
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comercio de esclavos.
A partir de las guerras napoleónicas Cuba se había convertido en la colonia más rica del mundo.
La última introducción de esclavos en Cuba tuvo lugar en 1867. Cuba debía encontrar fuentes alternativas de
provisión de mano de obra y algunos plantadores descubrían que la contratación era preferible a la esclavitud
y se recurrió a gallegos, canarios, irlandeses, indios del Yucatán e incluso chinos.
Las elecciones de 1866 se celebraron también por vez primera en Cuba. La obtención de una reforma
constitucional dentro del imperio español estaba, sin embargo, en vía muerta. Pero los reformadores cubanos
no pensaban en una rebelión independentista. El único grupo de la comunidad cubana interesado en la
rebelión era el de los pequeños y empobrecidos plantadores de caña y café de la zona oriental de la isla. Los
plantadores orientales importaron de Estados Unidos ideas revolucionarias, molestos e irritados por la práctica
y opresión colonial.
Carlos Manuel de Céspedes era un pequeño plantador azucarero que en 1868 en un mitin suplicó a sus
oyentes que tomasen el camino emprendido por Bolívar y San Martín. Al mismo tiempo estallaba en España
la revolución de 1868 que derrocó a Isabel II y la rebelión de Puerto Rico. La rebelión cubana comenzó con el
grito de Yara, que recuerda a la Declaración de Independencia estadounidense, y fue el principio de la primera
guerra de la independencia cubana (1868−1878). Por lo tanto los primeros intentos de independencia
comenzaron en Cuba ya entrado el siglo XIX, pero no fue hasta 1868 en que estalló la primera guerra de
independencia, llamada "Guerra de los Diez Años", por su extensa duración. Esta contienda fue precedida
de conflictos de ideas e intereses económicos. La iniciaron algunos terratenientes criollos con ideas liberales
que veían lo obsoleto de la esclavitud y el freno que significaba la metrópoli española para el desarrollo de la
Isla. El estallido revolucionario se produjo el 10 de octubre de 1868, en el ingenio azucarero "La Demajagua",
ubicado en la región oriental, propiedad del abogado criollo Carlos Manuel de Céspedes. El "Padre de la
Patria", como se le conoció después ofreció la libertad a sus esclavos y les pidió que lo siguieran en la lucha
emancipadora.
En poco tiempo la rebelión llegó hasta el Camagüey, antigua villa de Puerto Príncipe, y a casi toda la región
central del país. En estos primeros años surgieron figuras que luego serían claves durante todo la guerra y el
posterior proceso revolucionario. Es destacable la participación de Ignacio Agramonte y Loynaz, quien
organizó la famosa caballería camagüeyana y cayó en combate en 1871; el dominicano Máximo Gómez Báez
quien organizó la primera carga al machete, la que se convirtió en lo adelante en la principal arma del Ejército
Libertador cubano, y combatió por la independencia de Cuba hasta 1898; el mestizo Antonio Maceo,
conocido como el "Titan de Bronce"; el abogado Serafín Sánchez Valdivia, natural de la villa de Sancti
Spíritus, que también combatió durante las tres guerras de independencia y fue mediador entre las ideas
renovadoras de José Martí y los veteranos cubanos en 1892 y muchos más que lograron llevar la guerra hasta
los límites de la región occidental y poner en peligro los intereses económicos de los más ricos terratenientes
esclavistas de todo el país.
La "Guerra de los Diez Años" no tuvo un fin feliz, influyó en ello un incontrolable caudillismo y regionalismo
desatado entre los cubanos que hicieron fracasar la unidad y por ende, la independencia. En 1878, el general
español Arsenio Martínez Campos, propuso al mando cubano el llamado "Pacto Del Zanjón" por medio del
cual cesaba la guerra. Muchos de los criollos en guerra no aceptaron las enmiendas del pacto, pero se vieron
totalmente en minoría y finalmente claudicaron. Sólo Antonio Maceo, en el oriente, y Ramón Leocadio
Bonachea, en la región central, protagonizaron protestas rotundas a firmar la paz sin independencia y se
mantuvieron combatiendo, pero definitivamente tuvieron que abandonar el país ante la presión del Ejército
Español y de los propios cubanos que ya no querían la guerra.
Hubo otra rebelión, la llamada Guerra Chiquita en 1889 en la que jugó un papel decisivo José Martí y
Pérez, Héroe Nacional de Cuba.
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Finalmente, en 1895, estalló el nuevo levantamiento; esta vez con más organización y fuerza. A Cuba llegaron
varias expediciones con hombres y pertrechos de guerra que sembraron el terror en el Ejército Español. José
Martí cayó en el primer combate en el que participó. En este período correspondió a Máximo Gómez y
Antonio Maceo la gloria de realizar la "Invasión de Oriente a Occidente" y llevar la guerra a todos los
rincones del país.
Los españoles, desesperados, enviaron a Cuba al general Valeriano Weyler quien ordenó la llamada
"Reconcentración", por medio de la cual todos los habitantes del campo fueron hacinados en los suburbios de
las ciudades, con el objetivo de cortarle todo tipo de aseguramiento a las fuerzas del Ejército Libertador. La
llamada "Reconcentración de Weyler" costó miles de vidas a mujeres, ancianos y niños, que se vieron sin
techo ni alimentos por mucho tiempo.
No obstante, las fuerzas cubanas ganaban cada vez más terreno y el Ejército Español se debilitaba
rápidamente con su política de "Hasta el último hombre y hasta la última peseta", en esa situación se produjo,
en 1898, la intervención de los Estados Unidos en la guerra tomando como pretexto el estallido en el puerto de
La habana del acorazado norteamericano "Maine", y que según muchos historiadores fue auto−saboteado por
los Estados Unidos para intervenir en el conflicto.
El gobierno de Washington acabó muy pronto con el maltrecho Ejército Español y no reconoció al gobierno
de la República de Cuba en Armas, impidiendo incluso la entrada de las tropas cubanas a la ciudad de
Santiago de Cuba, una vez que capituló. Luego, se produjo el traspaso del gobierno de la Isla a los Estados
Unidos y quedó de esa forma escamoteada la independencia de los cubanos. Así las guerras de emancipación
cubana, en cuya última fase intervino el ejército estadounidense, concluyeron con la firma, el 10 de diciembre
de 1898, del Tratado de París entre EE.UU y España, por el que ésta cedió al primero Cuba, Puerto Rico,
Filipinas y Guam.
La isla estuvo ocupada durante cuatro años en los que estaban supeditados a los intereses estadounidenses.
El 20 de mayo de 1902 nació la República Platista, presidida por Tomás Estrada Palma, un conocido
anexionista. Esta república no era en nada semejante a la soñada por José Martí y todos los hombres de
regaron con su sangre los campos cubanos.
En 1906, la sublevación que siguió a la relección de Estrada Palma, movió a este a pedir una nueva
intervención de Estados Unidos. Tres años más tarde se convocaron nuevas de las que salió elegido el liberal
José Miguel Gómez. En 1920, la caída en picado del precio del azúcar originó una grave crisis económica,
que EE.UU. aprovechó para comprar la quinta parte de la superficie de la isla y aumentar su control sobre la
agricultura e industria cubanas.
4.2.AMÉRICA DEL NORTE
Las 13 colonias
Las colonias inglesas en el siglo XVIII experimentan un considerable aumento de población, no solo de
ingleses hay un incremento de un gran número de europeos continentales y negros africanos, la
población aumenta en unos dos millones. Los hombres llegados podían pasar de unos grupos a otros, en
una sociedad donde el valor del individuo creció por encima de los límites del grupo social en el que
habían nacido, esto es la meritocrácia en lugar de la endogamia.
También hay que destacar el desplazamiento hacia el interior, que hace que se repita a lo largo del siglo el
proceso de frontera, la sociedad americana lo será de frontera.
En la formación de la sociedad colonial, en cuanto se produjo la acumulación de riqueza aparecieron los
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fundadores de una nueva aristocracia. Entre 1700 y 1770 el esquema predominante era el de una sociedad
estratificada donde los comerciantes en el norte, los propietarios de las grandes plantaciones de tabaco en
Chesapeake, en el sur, y los comerciantes−propietarios de arroz e índigo de Charleston eran los sectores
preeminentes, pese a su escaso número. Enseguida adoptaron usos, costumbres y hábitos culturales ingleses.
El otro estrato social lo ocupaban los campesinos, la mayoría de la población, junto a los pequeños
comerciantes, pescadores y tenderos. En las zonas del interior la población era mucho más homogénea,
caracterizada por un mayor grado de igualdad social, económica y cultural. La base de la sociedad estaba
ocupada por los esclavos.
La colonias británicas se volcaron en el comercio exterior, ya que en la costa existía una mayor densidad de
población y mercados considerables. Pese a todo había un comercio terrestre, más caro por la dificultad de
comunicaciones, que tuvo en las vías fluviales el medio más eficaz de subsanar esa dificultad. Pero dentro del
comercio interior, el costero es el más importante, aunque en realidad estaba al servicio del comercio exterior.
El comercio exterior era el principal factor de riqueza y bienestar que disponían las colonias, aunque este
comercio tenía en la política mercantilista inglesa su principal obstáculo, ya que esta política dictaba por
donde debía discurrir y ordenaba la nacionalidad de los barcos donde se realizaba. Con la Paz de París de
1763 se reorganiza el sistema comercial, y ahora nuevas leyes priman la recogida de dinero mediante el
sistema de impuestos, con el objetivo de sufragar el déficit originado por la Guerra de los Siete Años y
también para sostener el sistema colonial sin perjuicio para las finanzas metropolitanas.
Pese a ese pesado sistema mercantilista, en la realidad del comercio exterior de los territorios norteamericanos
no se refleja la legislación inglesa, sino la fuerza de la circunstancia económica. El valor de las exportaciones
excedía en mucho al de las importaciones; y esas exportaciones no solo satisfacían el mercado metropolitano
sino también el del resto de Europa, que adquiría los productos no demandados por Inglaterra, pero claves en
la producción y distribución de sus colonias.
También las Indias Occidentales se convirtieron en un mercado abierto a las exportaciones norteamericanas,
gracias sobre todo a que aquellos territorios tenían una gran capacidad adquisitiva derivada de la alta
rentabilidad de la producción azucarera. Este comercio con las indias occidentales chocaba con el comercio
inglés, ya que las islas de posesión inglesa no eran las únicas atractivas para el comercio de las colonias del
norte, sino también las francesas, danesas, holandesas y españolas, por cuanto el precio vigente en esas
colonias era menor que en las islas inglesas. Los ingleses llegaron a culpar a las colonias de Norte América de
la situación crítica en que se encontraba su comercio y producción, y también de la decadencia de las islas
occidentales. La ley de melazas de 1733, en un intento de dañar el comercio francés, estableció unos
derechos sobre azúcares ron y melazas que las colonias importasen desde ellas. Pero las colonias norteñas no
obedecieron. Además, los plantadores de azúcar de las Indias Occidentales tenían muy claro que la decadencia
de sus territorios radicaba en la obligación legal inglesa de enviar su azúcar a Gran Bretaña, con lo que
perdían competitividad en los mercados europeos. Exculpaban así la responsabilidad que los británicos
imputaban a las colonias del norte.
En 1763 se promulga la Ley del Azúcar, con la que se pretendía conseguir dinero para mantener la estructura
imperial de la región sobre la base de la prohibición de importación en las colonias norteamericanas del ron
procedente de colonias extranjeras, por un lado, y la elevación del precio del azúcar al nivel de las melazas.
Pero se siguió burlando la ley.
El comercio produjo una estructura mercantil urbana muy importante, Filadelfia, Nueva York, Boston y sus
puertos satélites, y otros centros; desde ellos se trazaron rutas hacia Gran Bretaña, la Península Ibérica, África
y las Indias Occidentales. La industria naviera alcanzó un gran auge en el norte, llegando incluso a vender
barcos en estos destinos, llegando a constituir en el caso de Inglaterra el 30 por 100 de la marina mercante.
Por último hay que destacar a los comerciantes. Por un lado los ingleses, que se entendían con los plantadores
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de tabaco y combinaban distintas funciones. Por el otro los norteamericanos, ubicados en los puertos y
ciudades costeras orientándose hacia el mundo de las operaciones al por mayor; esta clase conservadora y rica
caracterizó la historia colonial norteña, y su cambio de actitud fue notorio entre 1750 y 1775. La principal
causa está en el cambio de una balanza favorable a otra menos positiva, debido sobre todo al incremento de la
producción inglesa a razón de la revolución industrial; al cierre de los mercados europeos debido a las
restricciones mercantilistas; y por el incremento de importaciones, que América no podía pagar con dinero,
teniendo que pedir créditos de modo que en 1770 la balanza comercial será favorable a Inglaterra. Este
endeudamiento aumentó con la nueva política colonial emprendida por Inglaterra para subsanar el déficit
producido por la Guerra de los Siete Años.
Independencia
Los efectos de la Guerra de los Siete Años (1763) y la firma de la Paz de París (1783), marcan las fechas
límites en las cuales las 13 colonias inglesas se convertiran en los EE.UU. Esta ruptura entre las colonias y la
metrópoli era inevitable, tanto por la competencia comercial como por la desigualdad del ejercicio de las
libertades inglesas. La independencia de las colonias inglesas constituye la primera revolución de los tiempos
modernos, basada en los principios de la soberanía popular y de la protección de las libertades individuales.
De esta guerra de independencia las colonias emergerán como una nación de base confederal.
Sin embargo no hay que olvidar que estamos ante una sublevación colonial contra su metrópoli, en la cual no
debemos olvidar tres aspectos como una línea de fuerte madurez colonial alcanzada, sobre todo, en el campo
de las ideas; el profundo antagonismo comercial y competencia de mercados entre los comerciantes ingleses y
los norteamericanos; y la tensión política interna en Gran Bretaña para acomodar su sistema político imperial,
inaugurado a partir de 1660, a las nuevas posibilidades.
Como antecedentes de la independencia podemos señalar, el primer problema es el de los territorios del oeste.
Con el Tratado de 1763, que ponía fin a la Guerra de los Siete Años, Gran Bretaña incorporaba territorios
anteriormente franceses, abriendo a los colonos la posibilidad de expandirse hacia el oeste. Este hecho
suponía problemas de administración territorial y de distribución de tierras y poblamiento. A estos se añadía el
de la defensa de esos territorios, solucionado por la metrópoli con el establecimiento de una guarnición de
diez mil soldados, acantonados en Nueva York y Boston, lo que provocó un malestar en los colonos, que
consideraban el hecho como una afirmación de la voluntad de dominación de la metrópoli, además de ser para
ellos una carga económica al tener que alimentar y alojar, obligatoriamente, a los soldados. El gobierno
decidió, además, definir una línea fronteriza que seguía la cresta de mayor altura de los Alleghanys, y al oeste
de esta línea los colonos no podían ocupar tierras, contrariando los deseos de estos de ampliar el territorio.
En segundo lugar, y quizá de mayor importancia, están las humillantes y restrictivas medidas adoptadas por el
gobierno imperial para con las colonias. Estas medidas, efectuadas durante el reinado autoritario de Jorge III,
se concretan en una nueva política fiscal y una serie de leyes que provocan el rechazo de los colonos, ya que
ellos debían asumir parte de los gastos de defensa y administración de los territorios incorporados en 1763.
Se promulga la Ley del Azúcar (Sugar Act) que aumentó los derechos de aduanas sobre el azúcar, el vino, el
café, la seda. En 1765 la Ley del Timbre (Stamp Act) imponía el derecho de timbre sobre todos los actos
jurídicos, notariales, documentales, etc., afectando a grupos medios urbanos y profesionales. Ante esta última
ley se volvió al debate sobre los derechos del Parlamento inglés para legislar en la colonia. En octubre de
1765 se constituyó el Congreso del Stamp Atc en Nueva York, adoptando tres resoluciones importantes:
• La negación al Parlamento inglés del derecho a imponer tasas a las colonias;
• La recomendación de que fuesen boicoteados todos los productos ingleses;
• El establecimiento del principio de que no podían considerarse libres si la propiedad de sus bienes no estaba
garantizada.
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Una segunda crisis se da en 1767, cuando el Parlamento vota las Townshend Acts, que imponían tasas a la
importación sobre el vidrio, plomo, papel, pinturas y té (impuestos externos) con el objeto de explotar la
distinción entre impuestos interiores y derechos comerciales que hacían los norteamericanos. Estas leyes
provocaron reacciones en los niveles intelectuales preguntándose cuáles eran los límites del Parlamento
británico. Se argumentó que solo los colonos podían crear impuestos que gravasen a las colonias
(planteamiento de Dickinson) y las leyes se abolieron, a excepción de la tasa del té.
La tercera crisis se produce en 1773 como consecuencia de la Ley del Té, por la que el gobierno inglés
manifestaba su monopolio sobre el mercado americano autorizando a la Compañía de las Islas Occidentales,
que era poseedora de cargamentos excedentarios en Gran Bretaña, para su comercialización en América. Los
navíos de la Compañía encontraron fuerte oposición en las colonias, cuyo máximo exponente es el Motín del
Té en el puerto de Boston. La respuesta inglesa fueron tres leyes representativas aprobadas por el Parlamento:
1) La Ley sobre el puerto de Boston, en virtud de la cual el puerto quedaba cerrado.
2) La Ley sobre el gobierno de Massachussets, que modificaba el sistema de designación de los miembros del
Consejo del Gobernador.
3) La Ley sobre la administración de justicia, que retiraba de la jurisdicción de Massachussets ciertos
negocios en los que estaban implicados varios funcionarios de la Corona. Estas leyes se cierran con la Quebec
Act, sin duda el detonante, por la cual se extendían sus límites hasta los territorios al oeste de los Alleghanys y
al norte de Ohio, obstaculizando la expansión de los colonos y condenándoles a la competencia comercial.
Tras su promulgación (27 de mayo de 1774) se exigió la convocatoria inmediata de un Congreso
Constituyente.
El tercer antecedente es la celebración de congresos continentales. El primero de ellos fue el de Filadelfia
(septiembre de 1774) dando un carácter comunitario al sentimiento de humillación que provocaron las leyes
antes citadas. En este congreso se acordó la unión de todas las colonias frente a Inglaterra, exigiendo a esta la
derogación de las leyes. También se establece que el Parlamento inglés carece de autoridad sobre las colonias,
y que estas dependen exclusivamente de la Corona. Por último se acuerda romper los intercambios
comerciales con los ingleses.
En mayo de 1775, con una grave tensión, la situación rozaba el estado de guerra− se reúne el segundo
Congreso continental de Filadelfia. En él se nombra a George Washington jefe de las milicias provinciales.
En agosto de 1775 el rey Jorge III declaró a los colonos en rebeldía y comenzó los preparativos militares para
dominarlos. La salida pacífica fue imposible y en mayo de 1776 llegan las noticias del envío de doce mil
alemanes mercenarios por parte del rey británico contra sus colonias.
En el tercer Congreso continental, el 2 de julio de 1776 se aprueba una resolución proclamando la
independencia. Una comisión, integrada por Benjamin Franklin, John Adams, Thomas Jefferson, Roger
Sherman y Robert Livingstone, aprobó el 4 de julio la Declaración de Independencia redactada por
Jefferson. El Congreso, al proclamar este documento, se convierte en el símbolo de una nación soberana, para
la cual los realistas pasaban a ser traidores. El hacer frente a la guerra es el principal objetivo, posponiendo el
ordenamiento constitucional y el ejercicio del poder.
Como se ha dicho, el Congreso construyó un verdadero instrumento nacional para hacer frente a los
problemas financieros, militares, diplomáticos y constitucionales. Los grandes comerciantes, que se
corresponden en su mayoría con los padres de la Declaración, fueran los financiadores. Los colonos, por su
parte, constituyeron milicias improvisadas, teniendo que dedicarse, además de a las funciones militares, a sus
trabajos como granjeros, artesanos o comerciantes. Debían enfrentarse a un ejército profesional de
mercenarios con sol 20.000 hombres movilizados y sin grandes mandos. Es por ello que los voluntarios
extranjeros fueron abundantes, destacando por ejemplo el francés La Fayette o el alemán Von Steuben. Los
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gastos de la guerra eran sufragados por los grandes comerciantes, las ayudas económicas de España y la
concesión por esta y por Francia de autorizaciones para ejercer el corso en sus aguas jurisdiccionales.
En cuanto al proceso de la guerra, hasta 1777 los ingleses tuvieron la iniciativa. Sin embargo el 26 de octubre
de ese año sufrieron una derrota en Saratoga. A partir de entonces Francia apoyará a los colonos. El objetivo
inglés pasó a ser entonces la división del territorio colonial en dos zonas, pero aislando el este del oeste. Para
ello se pretendía conquistar los territorios españoles de Luisiana y Florida, con Nueva Orleans en una
situación estratégica inmejorable, en la desembocadura del Mississipi, y posteriormente incluso México y
Cuba, aislando así Virginia. La segunda fase de la operación sería un ataque simultáneo desde el norte y desde
el sur. Pero el plan es descubierto por el espionaje español y Gálvez, gobernador de Luisiana, procedió contra
las plazas inglesas costeras de Florida occidental, conquistando Baton Rouge, Mobila y Pensacola. Además el
almirante Solano en una campaña naval cortó los suministros a las plazas británicas del sur. Cornwallis,
debió fortificarse en Yorktown (Virginia) donde tuvo que rendirse a Washington el 17 de octubre de 1781. La
realidad fue aceptada por el gabinete de guerra inglés, que vio viable la paz con las colonias. Se comprueba
con estos hechos cómo la ayuda y participación española a la independencia norteamericana es de mayor
entidad, variedad y profundidad que la ayuda francesa.
El 30 de noviembre de 1782 tuvo lugar en París la firma de los preliminares de paz entre Inglaterra y John
Jay como representante del Congreso. Gran Bretaña reconocía las colonias como Estados libres, soberanos e
independientes, renunciando al gobierno, propiedades y derechos territoriales sobre ellas; se establecían los
límites continentales; se aseguraba el derecho de pesca en los bancos de Terranova; el gobierno
norteamericano se comprometió a devolver a los súbditos ingleses los bienes y propiedades confiscados;
también estableció una declaración de libre navegación del Mississipi para ingleses y norteamericanos desde
sus fuentes hasta su desembocadura. Este tratado rompía la alianza tripartita de Francia y España con el
Congreso, y significaba el nacimiento de una nueva nación en el marco internacional.
Canadá
El Tratado de París (1763), que ponía fin a la Guerra de los Siete Años, planteó a Inglaterra la necesidad de
estructurar las extensas regiones americanas. En el Canadá las leyes y costumbres políticas inglesas son
transplantadas, quedando derogados los principios jurídicos franceses. En 1774 el parlamento británico
promulgó la Quebec Act, en virtud de la cual se restablecían las leyes civiles tradicionales de la población
canadiense, y organizaba un consejo legislativo que auxiliara al gobernador en sus tareas. Se otorgaba al
Canadá el estatuto de una colonia de la Corona.
Poco tiempo después ocurrió la independencia de los Estados Unidos; después de la guerra, el Canadá
permaneció unido a la metrópoli recibiendo a los colonos americanos que se negaron a dejar de ser británicos;
estos, en número de unos cuarenta mil, se establecieron en las provincias de Nueva Escocia y Nueva
Brunswick y en la provincia canadiense de Ontario. Este grupo formó el núcleo sobre el que se constituiría la
britanización de Canadá, y los que pusieron fin al predominio del elemento francés. Y a ello hay que añadir
los contingentes de inmigrantes europeos llegados tras las guerras napoleónicas se unieron a los grupos
anglosajones, lo que ayudó a la desaparición de lo francés.
Fue de estos núcleos de donde arrancó el inconformismo respecto al régimen colonial impuesto por Inglaterra.
Idearon, con la aceptación de Inglaterra, la división de Canadá en dos provincias: Alto y el Bajo Canadá, que
hoy se corresponden con Ontario y Quebec; la primera integraría a la población anglosajona, mientras el
segundo se destinaba a la antigua población francocanadiense. Esta es la primera concesión al país de un
régimen representativo. El 10 de junio de 1791, Jorge III firmó el acta constitucional, en virtud de la cual se
verifica la división provincial indicada, concediéndose a cada una de ellas una asamblea y un consejo
legislativo, muy inspirado en el modelo parlamentario británico; la Corona se reservaba el nombramiento de
funcionarios y un control presupuestario. Se iniciaba así el camino hacia la vertebración de un régimen
político ágil y flexible para las colonias.
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Sin embargo se pone pronto de manifiesto la hostilidad entre el ejecutivo y el legislativo, especialmente en la
zona francófona, o entre el ejecutivo y la masa de población, por motivos confesionales, típico de la zona
anglófila. La rebelión de 1837−1838 es el resultado de tales antagonismos. La solución dada por el gobierno
inglés fue la Union Act (1840), en virtud de la cual se restauraba la unidad entre ambas provincias. Un error
que abrió un camino de desconfianza entre los dos grupos étnicos básicos. La Union Act introdujo en Canadá
un régimen parlamentario a la inglesa, que posibilitó el reconocimiento en 1848 del primer gobierno
autónomo del país, constituido por un gabinete integrado por franceses, bajo la dirección de Hipólito La
Fontaine, y liberales del Alto Canadá encabezados por Baldwin, responsables ante el parlamento; ello
desborda la autoridad de la Corona, que pasa a la asamblea. El parlamento británico renunciará, poco a poco, a
intervenir en una serie de asuntos que se dejan a la competencia de las legislaciones coloniales. Pero la Union
Act no consiguió la efectiva unión entre franceses e ingleses; entre las dos provincias y sus respectivos
representantes existió el acuerdo de no intervenir en los asuntos referentes a cada una de ellas, evidenciándose
una separación legislativa dentro del mismo parlamento, con lo que se inicia un movimiento federalista que
toma mayor cuerpo hasta concluir en el pacto federal (1867), sancionado por el parlamento británico con el
nombre de British North America Act, que es la actual constitución canadiense. Firmaron el Bajo Canadá
,que tomó el nombre de provincia de Quebec, Alto Canadá, que se llamó Ontario, Nueva Brunswick, Nueva
Escocia e isla del Príncipe Eduardo; la provincia de Columbia británica se unió más adelante, y de los
territorios de la Compañía de la Bahía de Hudson surgieron otras tres provincias: Manitoba, Saskatchewan y
Alberta; Terranova se unió a la Confederación en 1949.
La British North America Act establece dos lazos fundamentales entre Canadá y Gran Bretaña: en primer
lugar, el supuesto por ser una ley parlamentaria inglesa, que naturalmente sólo puede derogar la misma
institución que la dio, aun cuando el parlamento británico ha hecho cuantas concesiones le ha solicitado el
gobierno canadiense, lo cierto es que Canadá no ha solicitado todavía su derogación; el segundo lazo está
físicamente representado por el gobernador general, que tiene la representación personal y directa del rey de
Inglaterra en Otawa, pero cuya función es limitadísima en la efectiva vida política canadiense. Este sistema
podía provocar que se dieran discordancias entre leyes votadas por el parlamento canadiense y otras
promulgadas por el parlamento británico. Una ley, la Colonial Laws Validity Act (1865), establecía que
ninguna ley aprobada por un parlamento colonial tendría validez si se oponía a alguna dada por el parlamento
británico. Pero tras la Primera Guerra Mundial se dio una reconsideración de los sistemas de conexión entre la
metrópoli y los dominios: la declaración Balfour (1926) encontró su codificación en el estatuto de West
Minster de 1931, donde quedaban fijadas las condiciones de las conferencias imperiales de 1926 y 1931,
concediendo facultades legislativas ilimitadas a los dominios en todo cuanto refiriese a sus asuntos internos y
externos. Con ello cristalizaba de forma efectiva la autonomía de hecho y de derecho de Canadá, aunque
persistan unas formas externas de dependencia monárquica, esencialmente románticas, e inoperantes en el
orden político, social y económico real.
4.3.COMPARACIÓN
Las colonias hispanas buscaron la independencia cuando vieron un vació de poder y el comportamiento de su
metrópoli ante las invasiones napoleónicas. Esta reacciona violentamente ante el invasor en defensa del
Antiguo Régimen y en contra de las revolución burguesa. Al ver la situación las colonias americanas adoptan
una aptitud independentista, tal como hacen los españoles en contra de los franceses estos se rebelan contra
los españoles. Las colonias británicas no se revelan por ningún vacío de poder.
Las colonias inglesas cuentan con la ayuda de otras naciones como Francia y España, mientras las hispanas lo
harán en solitario mayoritariamente.
Las colonias hispanas defienden un orden heredado de Antiguo Régimen, en el que una oligarquía dirigente
intenta hacerse con el poder, los criollos y perpetuar formas de gobierno anteriores eliminando un poder
superior, el de la corona. Mientras que los dirigentes de las colonias británicas son burgueses, representantes
de una nueva sociedad marcado por los valores de esta nueva cultura, es decir la propiedad, la meritocrácia,
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igualdad... Son representantes de la sociedad burguesa incipiente, que se rebelan ante las leyes abusivas de la
metrópoli.
Una cuestión en común es la búsqueda de poder económico de ambas zonas, pretenden deshacerse de las
metrópolis para controlar directamente los mercados. La diferencia está en le tipo de mercado que implantan,
mucho más abierto y comerciante el del norte que el del sur.
En política la diferencia estriba, en el marcado carácter caudillista de la América del sur, mientras el norte
tiene un carácter más comunitario y en busca de una incipiente democracia.
5. ORGANIZACIÓN DE LAS NUEVAS NACIONES
5.1.AMÉRICA DEL SUR
El sistema bolivariano
El avance hacia el nuevo orden político tras la Guerra de Independencia iba a ser muy laborioso en la Gran
Colombia. La unidad no se apoyaba tan solo en el prestigio del libertador; lo que la sustentaba era la estrategia
que había llevado a Bolívar a la victoria, su base en el interior venezolano para marchar sobre Bogotá antes de
intentar una vez más la liberación de Caracas. La unidad de Nueva Granada y Venezuela era requisito
indispensable para llevar a buen término esa empresa comenzada. Bolívar buscó asegurar la vigencia
permanente de esa solución: el Congreso de Venezuela proclamaba la república de Colombia y dictó una
constitución para la nueva república, que imponía el centralismo, favorecido por Bolívar y por el
vicepresidente Santander. Pero a partir de 1826 la guerra pierde su urgencia, y comienza una crisis que tendrá
como desenlace la fragmentación de Colombia en sus tres unidades administrativas originarias.
El papel principal de la administración que trataba de gobernar Colombia desde Bogotá era proveer de
recursos para la guerra, lo que limitaba cualquier esfuerzo de renovación del Estado y la sociedad, por un
lado, pero a la vez le aseguraba el apoyo de Bolívar. A esto se añade la seducción del crédito externo en que
cayó, junto con otros Estados sucesores en la primera mitad de la década de 1820, que provocó la adquisición
de una deuda externa que no podía atender, ya que los recursos habían sido empleados en solventar una
pequeña parte de la deuda interna y en posponer la bancarrota fiscal.
La libertad de acción de Bolívar era muy limitada, lo que explica que sacrificara los intereses políticos de sus
seguidores más fieles para consolidar el poder de Páez, único que podía mantener a Venezuela en el marco
del orden bolivariano.
En enero de 1827 la tercera división colombiana se subleva en Lima por un comandante granadino en nombre
del orden republicano amenazado por la intriga monárquica. Este episodio significaba un paso más en la
fragmentación de Colombia: en Venezuela, gracias al arbitraje de Bolívar, iba a ser facilitada por la
supremacía ganada por Páez, sobre los demás señores de la guerra; en el antiguo reino de Quito el desenlace
iba a estar dado por la emergencia del general Flores, partidario decidido de Bolívar. En ambas secciones
colombianas, el esfuerzo por establecer un complejo equilibrio político administrativo está siendo abandonado
por un retorno a las fuentes estrictamente militares del poder revolucionario.
Bolívar, tras retomar el ejercicio directo de la Presidencia y tras deshacer buena parte de las innovaciones
administrativas introducidas en la etapa anterior, convoca una nueva asamblea constituyente que espera que
sistematice esas reformas implantando una república conservadora y autoritaria. Los partidarios de Santander
forman el bloque más poderoso, aunque no mayoritario; el único recurso que les queda a los bolivarianos para
evitar la derrota es abandonar la asamblea, impidiendo así las sesiones. La implantación de la dictadura de
Bolívar, surgida de un golpe de Estado militar, era un reconocimiento del fracaso de reorientación
conservadora y autoritaria en un marco constitucional.
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La primera reacción a la dictadura fue una tentativa de asesinato del dictador, a cargo de algunos miembros de
la juventud dorada de Bogotá. La respuesta fue la represión. Al mismo tiempo el orden colombiano se
derrumbaba en Venezuela, que se pronunció contra la permanencia en la unidad de la Gran Colombia. Bolívar
aceptaba ese desenlace, que sabía inevitable. En 1830 el Libertador pudo deponer la dictadura ante una nueva
asamblea controlada por sus adictos y presidida por Sucre; al reunirse ésta ofreció su dimisión como
presidente, aunque pospuso esta hasta la promulgación de la nueva carta.
Pero el anuncio de que en Bogotá estaba reunida una asamblea que se disponía a dictar una constitución para
Colombia, aceleró la disolución de esta, Quito imitaba a Venezuela, uniéndose Pasto a al tiempo que los
llanos de Nueva Granada se pronunciaban por su incorporación a Venezuela. Bolívar hacía renuncia
indeclinable del cargo presidencial y marchaba a la costa atlántica. Moriría en Santa Marta, desapareciendo
así la máxima figura de la etapa revolucionaria en el momento mismo en que esta finalizaba. Con su muerte,
la transición a la etapa postrevolucionaria estaba ya consumada en Venezuela; todavía plantearía
confrontaciones en Nueva Granada, aunque sería en las tierras andinas incluidas en el sistema bolivariano
donde se anunciaba más problemática. De los estados sucesores, a dos la república de Ecuador y la de Bolivia
no se les augura una supervivencia; Perú entrelaza su historia con la de las demás comarcas andinas desde
tiempos prehispánicos. El derrumbe del orden bolivariano en las tierras andinas anunciaba ya el incierto curso
posrevolucionario.
Ecuador
Quito se separó formalmente de la unidad colombiana en 1830; hasta entonces había ganado poco influjo en
ella. Las tierras luego ecuatorianas permanecieron hasta 1825 en la zona de guerra colocada bajo el mando
directo de Bolívar y la administración militar. La eliminación de esta administración en 1825 no cambió la
situación, ya que la estructura política y administrativa de Colombia entró en crisis progresiva a partir del año
siguiente. Los años que van de la liberación a la disolución de la Gran Colombia dejan así un doble legado: la
confirmación de la unidad de sierra y costa, y la introducción en el cuerpo social y el juego político del futuro
Ecuador de un sector de elite, los oficiales del ejército colombiano.
En otros aspectos las innovaciones revolucionarias fueron limitadas, y a menudo efímeras. Los Estados
sucesores se distribuyeron la deuda pública de Colombia, correspondiendo al Ecuador asumir una parte
desproporcionada de ésta.
En Ecuador el poder político encuentra su apoyo en el ejército. El régimen que tiene por presidente a Juan
José Flores va a integrar la hegemonía militar de los libertadores con la política de la capital de la sierra, en
tanto que en el nuevo orden mercantil la región serrana no logra superar el marasmo económico que la había
aquejado durante el último siglo colonial. El régimen encontraba oposición en el marginado Guayaquil, pero
también en Quito el predominio militar venezolano alimentaba una oposición que usaba como el mejor de sus
argumentos la tez oscura de las guarniciones caribes.
En 1834 subía al poder Vicente Rocafuerte, que sería de nuevo reemplazado por Flores en 1839, tras una
reforma constitucional que había autorizado la reelección presidencial al cabo de un solo período. En marzo
de 1845 Guayaquil se levanta, extendiéndose los alzamientos a la sierra. Tres meses más tarde Flores negocia
con sus enemigos un temporario destierro a Europa con derecho a grados, títulos y haberes. Durante las dos
décadas siguientes el Ecuador será gobernado en nombre del marcismo.
En 1851 Urbina se proclama jefe supremo civil y militar. Su gobierno cultiva la amistad de López en Nueva
Granada, recibiendo clara inspiración política de éste. Urbina expulsa a los jesuitas y decreta la abolición de la
esclavitud, con generosas indemnizaciones para los propietarios.
El peso creciente de Guayaquil y su sociedad urbana se une al nacimiento de un militarismo vernáculo que
busca el sostén último del poder en quienes no podrían pertenecer a la élite. Urbina se apoyará en su
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fidelísimo regimiento de negros libres de la costa.
Perú
En el Perú se organizó en cambio un ejército local que encuadró a reclutas del país. Su fuerza creció por la
heterogeneidad de los contingentes llegados de fuera. El complejo cuadro militar que facilitaba la
emancipación de este territorio de la tutela bolivariana y colombiana anticipaba ya complejas crisis y
tensiones internas, entre una Lima acostumbrada a gobernar y una sierra donde se habían puesto ya las bases
para un foco de poder militar sin rivales posibles dentro del Perú.
San Martín presentó su dimisión al cargo de Protector del Perú, y el Congreso Constituyente lo reemplazó
con un triunvirato ejecutivo, disuelto en febrero de 1823 por un pronunciamiento militar, que colocó como
presidente de la república a José de la Riva Agüero, muy hostil al antiguo orden. Sus fracasos militares
llevaron al Congreso a invitar a Bolívar a tomar a su cargo la liberación completa del Perú, al tiempo que
destituía a Riva Agüero.
En noviembre, la asamblea aprobaba una constitución que se oponía a los ideales políticos bolivarianos al
consagrar la supremacía del poder legislativo sobre el ejecutivo e introducir el máximo de descentralización
compatible con un régimen formalmente unitario. Al mismo tiempo declaraba suspendidas todas las
disposiciones constitucionales incompatibles con la suprema autoridad militar y política que había conferido a
Bolívar en septiembre, junto con el título de Libertador.
Sin embargo se fue dando una progresiva marginación del patriciado limeño en las horas decisivas del proceso
emancipador peruano, concentrando el influjo político en manos de los peruanos más adictos a Bolívar. Otro
sector, el de los oficiales serranos y ex−realistas, encabezado por Andrés Serrano de la Cruz, se acerca a las
bases originarias de su poder.
La constitución boliviana adoptada en noviembre de 1826 fue jurada en Lima; pero mes y medio después se
produce el alzamiento de la guarnición colombiana, que marcaba así el fin de la etapa bolivariana en la
historia del Perú. Santa Cruz emerge como nuevo hombre fuerte, mientras la constitución de 1823 es
restaurada. En 1828 el Congreso dicta una nueva constitución que atenuaba el liberalismo descentralizador y
parlamentario de la de 1823, con el objetivo de crear un poder ejecutivo lo bastante fuerte para afrontar el
retorno ofensivo de la Colombia bolivariana, que se tiene por inevitable.
El Perú buscó mejorar sus perspectivas, en el sur mediante una intervención en Bolivia; en el norte en una
guerra infortunada con la agonizante Colombia, en la que se disputa la línea de demarcación entre ambos. La
hegemonía militar de los jefes de la sierra meridional dotará al sur del Perú de una importancia en los tráficos
comerciales de la nueva nación mayor. Los señores de la guerra surgidos en la sierra meridional dominarán el
primer cuarto de siglo de vida del Perú independiente.
Bolivia
Surgió de la última oleada revolucionaria que tuvo su origen en Venezuela. El gran influjo bolivariano
impedía cualquier ambición por parte del Perú de unificar ambos territorios. Las figuras de la elite local
apoyan con entusiasmo la creación de la república de Bolívar, que ha de asegurarles el goce de un poder no
mediatizado sobre el Altiplano. Esta república es desde el comienzo una creación frágil, y esa misma
fragilidad alimenta su adhesión al sistema bolivariano, en cuyo marco sus posibilidades de supervivencia
parecen más sólidas. Sucre será el primer presidente de la nueva Bolivia, que necesita que fructifique, pese a
la dificultad, ya que el Alto Perú heredado del Antiguo Régimen no parece ofrecer el marco para un Estado
viable.
El primer objetivo del esfuerzo renovador fue el sector minero, facilitando la implantación de compañías
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ultramarinas, de las que se esperaba la introducción de capitales y técnicas capaces de devolver a la
explotación minera el ritmo ascendente de la segunda mitad del siglo anterior. Pero esto no iba a ocurrir; otras
reformas dificultaron la rehabilitación minera. Este desencanto avivó el ataque al patrimonio eclesiástico.
La penuria financiera fue solo motivo indirecto de la caída de Sucre, debida más bien a la insubordinación
militar. También en Bolivia el ejército se mostraba poco inclinado a asumir ese papel salvador. Ante la
quiebra final del sistema bolivariano, oficiales y tropas estaban cada vez más impacientes por volver a sus
tierras, lo que fue aprovechado para incitar a la pronunciación a las guarniciones de La Paz y de la capital;
Sucre abandonaba la presidencia, ocupada en 1829 por Andrés Santa Cruz, jefe militar y hombre de Estado
con ideas precisas sobre las políticas más adecuadas para Perú y Bolivia en la difícil posguerra.
Perú y Bolivia
La disolución del sistema bolivariano había llevado en Bolivia y el Perú al encumbramiento de los jefes
veteranos del antiguo ejército realista. En el aire estaba el deseo de reivindicar la hegemonía peruana sobre
Bolivia.
El general Orbegoso fue elegido presidente. En vista del dominio de Gamarra, conservaba en el ejército y
había propuesto otro candidato, el nuevo presidente se retiró a la fortaleza del Callao, desde donde pudo
recuperar Lima. Fue el comienzo de una guerra civil cuyo rápido desenlace incluyó la emigración de Gamarra
a Bolivia, desde donde proclamó su apoyo a la fusión del Perú y Bolivia y anunció que se disponía a crear en
su reducto político militar del Cuzco un Estado del Centro, que junto con el del Norte y el del Sur, el antiguo
Alto Perú, integraría la propuesta de unión. Pero Santa Cruz prefirió aliarse con Orbegoso, y el ejército
boliviano entró en el Perú en junio de 1835, derrotando a Gamarra a fines de julio.
En 1836 Perú y Bolivia alcanzaron la unidad, institucionalizada mediante asambleas en cada uno de los tres
Estados y ratificada finalmente por los delegados de estos en la Convención de Tacna, mayo de 1837. Esta
creaba la Confederación Perú−boliviana, gobernada por un protector acompañado de un congreso bicameral,
en el que el senado, vitalicio, era designado por el mismo protector; también lo eran los presidentes de los
Estados. La concentración del poder causó marcada alarma en Bolivia, que comenzaba a temer que fuese el
Perú el núcleo de la nueva nación, en la que resurgía el centralismo autoritario de Bolívar, modelo reconocido
por Santa Cruz.
Se pretendía una reorganización radical del sistema mercantil y se dejó intacta la esclavitud, mostrando la
solidaridad con la sociedad diferenciada y jerarquizada según líneas étnicas legadas por el Antiguo Régimen.
Pero el resentimiento de comerciantes y burócratas era suficiente para frustrar la formación entre las élites de
cualquier consenso sólido a favor de la autoritaria confederación de Santa Cruz. La penuria financiera y las
tensiones regionales pusieron una nota de provisionalidad en esta ambiciosa construcción política que
mezclaba autoritarismo, tradicionalismo ideológico y modernismo racionalizador.
Las reformas mercantiles, dirigidas contra sus vecinos del sur, provocó que a fines de 1836 Chile declarara la
guerra con un claro objetivo: la disolución entre Perú y Bolivia; las provincias argentinas llevaron adelante
una guerra paralela. En enero de 1839 la causa de la confederación sufrió el revés decisivo en Yungay, en el
valle de Ancash. Santa Cruz intentaría, desde su destierro en Guayaquil, el retorno a la escena política y
militar en sus patrias, que ya no volverían a unificarse.
En el Perú, Gamarra dominó con su influjo la asamblea constituyente de Huancayo; el resultado fue una carta
centralista y autoritaria, que cercenó garantías individuales y concentró el poder en manos de un presidente,
que sería el propio Gamarra. Este emprendió sobre Bolivia una campaña que debía colocar permanente a este
país bajo la hegemonía peruana, pero que fracasa, cobrándose su propia vida. La paz de junio de 1842 marca
la definitiva separación del rumbo histórico de Perú y Bolivia.
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La desaparición de Gamarra dejó al Perú, una vez más, al borde de la anarquía militar. Vivanco liderará la
regeneración con un régimen fuertemente personal y autoritario, que provocó la resistencia inmediata de los
veteranos espadones de la sierra. Castilla marchó camino de Lima, donde el prefecto departamental, Domingo
Elías, se proclamó interinamente investido del poder nacional y anunció la convocatoria de un Congreso
previa negociación con ambos contendientes del fin de las hostilidades. Perú, que comenzaba a entrar en la era
del guano, ofrecía la oportunidad del desquite a la vez a la élite limeña y costeña y al Estado Central. Castilla
toma a su cargo con pulso seguro la dimensión política de esa transición.
Mientras en Perú se desvanecía la larga penuria fiscal, en Bolivia el fin no podía adivinarse. Ballivián,
vencedor de Gamarra, ganó el poder supremo en 1841 y lo conservó hasta 1847. La transición de Ballivián a
Belzú introdujo en Bolivia un eco de la agitación política urbana que a mediados de siglo emerge en Caracas,
Bogotá, Santiago de Chile y en el Buenos Aires posrosista. Belzú, presidente en 1848, se apoyaba en grupos
que se habían adaptado con relativo éxito al marasmo de la minería y al estancamiento del comercio externo
característicos de la posguerra boliviana. Belzú logra llegar al fin de su período presidencial (1848−1855) y
traspasar el mando a su yerno el general Córdoba. Su abandono del poder se producía cuando faltaba aún un
cuarto de siglo para que los rasgos básicos de un nuevo orden socioeconómico y político afloraran en Bolivia.
Venezuela
Venezuela fue la que más rápido se aseguró un lugar en el orden posrevolucionario. Preparada ya por su
experiencia colonial para integrarse a un sistema mercantil, la Venezuela que surge en 1830 está muy
vinculada a la prosperidad del café. Las clases propietarias, de origen heterogéneo, sólo podían mantener su
cohesión mientras la prosperidad no trajese a primer plano las tensiones internas que sufrían, originadas por la
escasez de capitales en manos de los terratenientes. Durante la década de 1830 la situación favorable se
mantendría, consolidando Páez su base de poder. Se desmilitariza Venezuela ya que un ejército demasiado
nutrido es un factor de perturbación más que de estabilidad política. Sin embargo se reorganiza en 1836 la
milicia activa, asegurando el carácter de brazo armado de las clases propietarias.
Pero el clima económico cada vez más desfavorable de la década de 1840 provocará conmociones políticas.
La oposición urbana descubre su afinidad con un grupo de grandes terratenientes que se proclaman víctimas
de la oligarquía financiera. Se estructura así una oposición liberal que encuentra su organizador y vocero en
Antonio Leocadio Guzmán. El general Soublette, de nuevo presidente afronta la situación con medios
drásticos. Pero la amplitud del frente opositor convenció a Páez de la necesidad de reintegrar a algunos de sus
elementos en la coalición gobernante, por lo que arbitró la sucesión de Soublette a favor de José Tadeo
Monagas. Este utilizó a la oposición para liberarse de la tutela de Páez y empujarlo al destierro en EE.UU.
Monagas modificó la base militar del poder, y en 1854 se produjo la abolición de la esclavitud. Pero esas
innovaciones políticas no pudieron devolver la prosperidad a la agricultura del café. Además Venezuela
tendrá siempre la guerra civil en el horizonte.
La respuesta a esa degradación política y a la caída de beneficios en la economía exportadora son las
rebeliones que se suceden en oriente y occidente, que contribuyen a acentuar sus rasgos negativos, al hacer
avanzar la militarización del Estado, iniciada por Monagas con su giro al liberalismo, pero acentuada con el
retorno de la violencia a los usos políticos.
Nueva Granada
La secesión de Venezuela y luego de Ecuador dejaba a la Colombia bolivariana reducida a su sección de
Nueva Granaga, amenazada a su vez por nuevas disgregaciones, mientras el alto y medio Cauca gravitaba
hacia Ecuador, por el este los llanos de Casanare proclamaron su incorporación a Venezuela.
El llamado Congreso Admirable, ante la renuncia de Bolívar a la presidencia, eligió para el cargo al general
Joaquín Mosquera. Ese gobierno fue pronto derrocado por la guarnición de Bogotá, temerosa de las
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intenciones de las nuevas autoridades de devolver a sus oficiales y tropa a la vida civil. Una Asamblea popular
decidió rogar a Bolívar que retornase al poder y colocar en él interinamente al general Urdaneta, que derogó
la constitución de 1830 y se fijó por objetivo la reconstitución de la unidad gran colombina. Pero la muerte del
Libertador la debilitó gravemente, y en 1831 una Asamblea consultiva convocada por Urdaneta le propuso el
reconocimiento de la independencia de Venezuela y Ecuador y el retorno paulatino a un régimen
constitucional. A la vez se quebraba su dominio en el país, en el Alto Cauca, Obando y José Hilario López se
levantaban a favor de la causa ecuatoriana; la costa atlántica y Antioquía se pronunciaron contra Urdaneta;
incluso en Bogotá se desafiaba su poder. Esos movimientos coincidían en reconocer a Caicedo como el
representante legítimo del orden constitucional derrocado. Estas peripecias eliminaron el plazo breve la
gravitación del ejército heredado, que no solo se nacionalizó, sino que sufrió una reducción sistemática y
progresiva de su peso fiscal y su poderío militar.
Nueva Granada retomaba oficialmente su nombre colonial, se daba una nueva constitución en 1832 y elegía
presidente a Santander. Entre 1832 y 1839, las bases de un orden político y administrativo parecieron
implantarse sólidamente en el país, gracias a un consenso en la elite de nueva Granada. Pero Nueva Granada
ofrecía pocos alicientes a los explotadores ultramarinos, y las finanzas del Estado se adaptaron a una
economía que no abandonaba el molde colonial. Así llegó a 1839 con las finanzas en orden y un consenso
político sólido en favor del orden vigente.
A partir de 1836 Márquez será presidente, y poco después moría Santander. Obando comenzó su carrera
dentro del liberalismo local proclamándose protector de la religión del Crucificado. En pocos meses los
alzamientos cubrieron todo el territorio y sólo la victoria del coronel Neira en Bogotá salvó al régimen del
derrumbe total.
Se daba en el país una celosa vigilancia ideológica y una tentativa de restaurar la pureza de costumbres
tradicionales. El ideólogo de este conservadurismo militante era don Mariano Ospina. El general Joaquín
Mosquera, muy autoritario, era elegido presidente en 1845. La consecuencia inmediata fue la aparición de
una generación de precoces adolescentes identificados con un nuevo liberalismo. Esta nueva generación
comenzó a organizar una nueva clientela política a través de la Sociedad Democrática de Artesanos de
Bogotá, usada como centro de agitación y propaganda. La disgregación del orden conservador fue acelerada
por el impacto de la revolución francesa de 1848.
Fue elegido presidente José Hilario López y a este hecho siguió el retorno triunfal de Obando y la difusión de
la agitación liberal al resto del territorio. En Bogotá comenzaba a organizarse un partido conservador que a las
sociedades democráticas oponía las populares y a la republicana la filotémica. LÓPEZ se mostraba por el
momento dócil al influjo de la nueva generación liberal, que se tradujo en la adopción de reformas
económico−fiscales inspiradas en el liberalismo económico.
En 1853 se da una nueva renovación presidencial, con Obando como beneficiario. Sin embargo el Congreso
estaba dominado por sus opositores, lo que llevó a Melo a sublevar a la guarnición en favor de una dictadura
del presidente. Obando se negó a ocupar el lugar que la proponían los alzados, y el jefe de éstos lo tomó para
sí ganando rápidamente el control de la capital.
El despertar político de los sectores más prósperos de la plebe urbana ofrece la peripecia a través de la cual va
a desencadenarse un reajuste en el equilibrio interno de la élite, cuyo control de la situación es tan completo al
cerrarse el conflicto como antes de su planteamiento.
Chile
Chile va a ofrecer en esta etapa un exitoso modelo para Hispanoamérica. Bernardo O'Higgins era el director
supremo desde 1817, gobernando la república hasta 1823, aunque en 1822 su autoridad se mostraba debilitada
una vez que creyó conveniente dejar atrás la dictadura y convocar una asamblea constituyente que, elegida
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bajo su influjo personal e integrada por sus adictos, aprobó un texto que no entró nunca en vigor. La causa fue
el pronunciamiento de Freire, que encontró respaldo en la petición de dimisión que un cabildo abierto,
reunido en Santiago en enero de 1823, remitió a O'Higgins, el cual la presentó inmediatamente.
La junta que lo reemplazó se apresuró a designar en su lugar a Freire, acompañado de un senado conservador
que abolió la esclavitud y que se decidió por el camino de las reformas. En 1823 una asamblea constituyente,
dominada por Juan Egaña, aprobaba un texto fuertemente centralista y presidencialista, pero Freire pasó a la
dictadura, convocando en 1826 un tercer congreso al que sometió su dimisión. Entraba Chile en la etapa de
ensayo e innovación que la década de 1820 había supuesto en toda Hispanoamérica. Pero aquí se da a través
de una sucesión de episodios y peripecias a través de los cuales ninguno de los grupos rivales logra afianzar su
hegemonía.
Emergió un nuevo jefe militar, el general Pinto, bajo el cual se dictó en 1828 una constitución. Pero en 1829
se producía un pronunciamiento a cargo del general Prieto, que daba paso a tres décadas de gobierno. La
república conservadora que surgía tenía que hacer frente a una crisis de la economía nacional: crisis agrícola
en la primera parte de la década; crisis de mercado para la minería del cobre durante la segunda. A esto se
unían los conflictos internos del ejército de la frontera sur. Se producía así un debilitamiento de la cohesión
del frente militar−liberal, consolidándose una oposición heterogénea gracias, sobre todo, a Diego Portales.
La constitución de 1833 imponía un régimen autoritario al servicio de una facción. Esta solución adoptada
aseguraba una intimidad entre el poder ejecutivo y el congreso. Sin embargo, los liberales denunciarían en la
república de Portales una restauración del orden colonial. La estabilidad política se vinculaba con el comienzo
de una etapa de crecimiento económico sostenida, favorecida por el descubrimiento de vastas minas de plata
en Chañarcillo, en el Norte Chico.
Pero, hasta aquí, los éxitos no eran mayores que en Venezuela. El prestigio que gana en Hispanoamérica
vendrá dado por la minuciosa preocupación para encuadrarse en un marco institucional definido, por un lado,
y en su éxito militar. La victoria de Yungay abrió una nueva etapa presidida por el general Bulnes y marcada
por una rápida expansión de las funciones del Estado. Bulnes adquiere tareas de fomento económico y
progreso cultural, como por ejemplo, la creación de la primera universidad en Chile. La prosperidad vendrá
acompañada de una intensificación del lazo externo.
Mont será presidente en 1851, en un momento en que la guerra civil hacía patente la ruptura de la unanimidad
militar que había sido base principal de la paz portaliana. Halperin (1985: 275) señala cómo, en medio de un
cambio social acelerado por la efímera pero frenética prosperidad de la economía exportadora, mientras Chile
entraba en la era del telégrafo y el ferrocarril, la quiebra de la coalición portaliana se hizo irreparable y abrió
el camino para un gradual pero irrefrenable avance del liberalismo hacia el poder.
La Plata: Paraguay, Argentina y Uruguay
El área del Río de la Plata había sufrido una experiencia histórica más compleja que había derivado en una
sociedad más heterogénea, aspectos ambos que imponían un avance mucho menos lineal que en otras
regiones.
La Provincia Oriental permanecerá en el centro de los conflictos internos e internacionales que caracterizarían
a la región en las décadas siguientes. La separación de intereses se hizo patente en Paraguay, donde sobresale
la figura de Gaspar Rodríguez de Francia, clave en el nuevo rumbo de la provincia, que, a su juicio, pasaba
por la independencia no sólo de España, sino también de Buenos Aires. Entre 1811 y 1816 completará la
conquista del poder absoluto y vitalicio como supremo Dictador. A ello siguió un progresivo aislamiento de
Paraguay a causa de la hostilidad que contra él mantenían tanto Buenos Aires como la confederación de
provincias capitaneadas por Artigas.
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A lo largo del gobierno de Francia se advierte cómo el fisco disminuye sus ingresos en dinero y aumenta
servicios personales y contribuciones en frutos. Las élites mercantil y terrateniente vieron limitados sus lucros
y se completó su marginación política. El vacío que provocó su muerte en 1840 fue llenado a partir de 1844
por Carlos Antonio López, quien impulsó la adopción formal de modelos institucionales más cercanos a la
norma europea e hispanoamericana que el poder ilimitado de un dictador vitalicio. Esta apertura que rompía
con el modelo de su antecesor se encontraba a finales de la década con las guerras civiles rioplatenses. Pese a
todo, condujo al país a una nueva prosperidad gracias, entre otras causas, a la larga paz que había sabido
preservar y al régimen político adoptado, el más conveniente para el Río de la Plata.
Al concluir la Guerra de Independencia el Río de la Plata se encontraba sin gobierno central; las provincias
que lo componían sólo conservaban una unidad teórica. La reconstrucción del orden político se centró en el
ámbito provincial y Buenos Aires recuperó su papel hegemónico gracias a un ascenso económico que le
permitió crear sus propias instituciones. El consenso en torno a este régimen era sólido, pero este éxito era
aparente, por cuanto se apoyaba en unas frágiles bases. Los avances de la prosperidad dieron lugar a
iniciativas financieras. El estado pasaba a ser árbitro entre los grupos de negocios que se disputaban esas
nuevas posibilidades de lucro, estando en el punto de mira de la élite económica. La relativa concordia a partir
de 1820 tenía por precio la renuncia a afrontar, por un lado, la organización de un poder nacional, y, por otro,
la eliminación de la presencia portuguesa en la Provincia Oriental.
En 1823 Buenos Aires se dedicó a impulsar la convocatoria de una asamblea constituyente, que contó con el
apoyo de la diplomacia británica. En 1825 los libertadores convocaban un congreso que solicitaba la
reincorporación de las tierras orientales a las Provincias Unidas del Río de la Plata. Pero en ese mismo año se
inicia la guerra con Brasil, y con ella el bloqueo brasileño del Río de la Plata, que sofocó el comercio exterior
de Buenos Aires. En tierra la balanza se inclinó del lado argentino. Los dirigentes porteños utilizaron el
conflicto para una tentativa de conquista del poder nacional. Rivadavia retornó como presidente de una
república aún sin constituir, e impulsaron un programa que preconizaba el centralismo político como medio de
proseguir la guerra hasta la victoria total.
El Congreso colocó a la provincia de Buenos Aires bajo la administración directa del presidente y promulgó la
constitución unitaria de 1826. Pero en las conversaciones de paz con Brasil se aceptaron términos que
consagraban una renuncia total a los objetivos argentinos. Rivadavia dimitió y en pocos días el aparato de la
administración nacional se derrumbaba. El coronel Dorrego aparece como gobernador de la nueva Buenos
Aires autónoma.
La guerra proseguía, ahora sobre todo con recursos de la Provincia Oriental, y en 1828 un nuevo tratado de
paz hacía de ésta un Estado independiente, la República Oriental del Uruguay, aceptado sin remedio por
Dorrego. Este fue derrocado al finalizar la guerra, emergiendo como nuevo gobernador Lavalle. Este obtuvo
el control del interior, pero las provincias litorales, bajo el influjo de Rosas, se declararon hostiles a Buenos
Aires y a la Liga del Interior. Al mismo tiempo comenzaron los alzamientos contra el gobierno de Lavalle,
que fue reemplazado por Rosas como gobernador de la provincia en 1829; en 1830−31 la liga del Interior se
derrumbaba. Así, bajo el patrocinio de los grandes jefes federales, Rosas, López y Quiroga, las provincias
argentinas entraban en una nueva etapa de inconstitución. Rosas emergió victorioso gracias al apoyo de su
séquito rural y al consenso de las clases propietarias. Su dictadura quedó totalmente institucionalizada al
volver a la gobernación, con facultades extraordinarias, tras el asesinato de Quiroga. Rosas aseguraría para sí
y para su provincia una hegemonía más sólida que nunca.
Rosas intervino en las guerras civiles del Estado Oriental favoreciendo a la facción contraria a la protegida de
Francia. Esto provocó un largo bloqueo francés y apoyos y subsidios de la potencia europea a los adversarios
internos del rosismo, quienes protagonizaron varios alzamientos a finales de la década. Sin embargo en 1842
la superioridad militar de Buenos Aires se había puesto de manifiesto, asegurando la hegemonía porteña.
La constitución de 1830 creó en Uruguay un régimen centralizado y presidencialista. Al puesto de presidente
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aspiraban Lavalleja y Rivera. Este último venció militarmente al primero e impuso en 1835 al general Oribe
como sucesor. Sin embargo sus acciones no contaron con el aprecio de Rivera, quien empezó a buscar apoyos.
Oribe se acercó a Rosas. A todo ello se sumó la intervención cada vez más activa de Francia en los conflictos
del Plata. Rivera fue derrotado por Rosas y el sitio de Montevideo se hizo palpable. Sin embargo las potencias
europeas que intervenían tenían el propósito de poner fin a la intervención argentina en los conflictos políticos
uruguayos; asimismo propugnaban la libre navegación de los ríos interiores, destinada a protegerla contra la
ambición de Buenos Aires de asegurarse el monopolio del tráfico ultramarino del Litoral fluvial.
Rosas se negó a tratar en los términos exigidos. En 1848 los británicos levantaban el bloqueo; en 1849 los
franceses levantaron el suyo y en 1850 retiraban su apoyo al gobierno de Montevideo. La larga intervención
argentina en el Uruguay había sido posible gracias al debilitamiento de la presencia brasileña en el Plata,
debido al alzamiento republicano y separatista en la provincia fronteriza de Río Grande do Sul (1835−45).
Cuando este conflicto se cerró Brasil retornó a su activismo en el área rioplatense. A medida que el conflicto
oriental pareció acercarse a un desenlace victorioso, los signos de que Rosas se proponía uniformar a la
provincia de Entre Ríos con el resto del país se hicieron cada vez más claros. A comienzos de 1852 más de
veinte mil hombres avanzaron sobre Buenos Aires derrotando a Rosas, poniendo fin a su largo gobierno.
Rosas logró paradójicamente una despolitización de Buenos Aires. La Argentina había nacido democrática y
no podía ya nunca eliminar ese rasgo de su tradición sociopolítica. La prosperidad de Buenos Aires creció
durante estas décadas convulsas sobre la expansión de la ganadería y la emergencia de una clase terrateniente
cada vez más dominante. Hacia 1835 el Río de la Plata ha saturado la demanda británica de cueros, y
encuentra nuevos mercados en el continente. Los adversarios ideológicos de Rosas descubrieron en esa
prosperidad la promesa de un futuro mejor; Sarmiento y Alberdi ven en las nuevas clases propietarias
consolidadas por la paz de Rosas la base social necesaria del orden político postrosista.
La República Oriental había sido transformada por los conflictos políticos y guerreros de modo diferente que
las tierras argentinas. Ni en Argentina ni en el Uruguay el esfuerzo de Rosas por imponer un orden político
estable logró la solidez de los cambios socioeconómicos.
México
La historia del México en el siglo XIX es muy agitada, con cambios incluso en la forma del Estado y que han
dado pie a varias teorías.
Agustín de Iturbide, en 1821, en representación de la aritocracia criolla que hasta entonces había combatido
al lado de los realistas, se alió con Guerrero y otros guerrilleros y proclamó el Plan de Iguala, por el cual se
declaraba la independencia de Nueva España, que de acuerdo con el Tratado de Córdoba, firmado el 24 de
agosto por Iturbide y el virrey O´Donojú, pasó a denominarse México.
Tras la independencia de 1821, se iniciaba una fase caracterizada por la búsqueda de un sistema político
(1821−1854).
En mayo de 1822, Iturbide se autoproclamó emperador con el nombre de Agustín I y, tras duras disputas,
suprimió el Congreso Constituyente. Esta medida determinó el alzamiento del general Antonio López de
Santa Ana, quién obligó a Iturbide a abdicar el 19 de marzo de 1823.
Sumido el país en una grave crisis económica, el nuevo Congreso sancionó una Constitución (1824) que
adoptó el sistema republicano y federal de Gobierno, y con la que se iniciaba una larga fase republicana que
cubre varias etapas hasta 1854 y en las que México se debate en el desorden provocado por las continuas
luchas entre federalistas y centralistas.
El primer presidente del país fue Guadalupe Victoria (1824−1829), quien obtuvo reconocimiento y ayuda
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económica internacional, pero no logró resolver los problemas derivados de la crisis.
Tras la caída de Guadalupe Victoria y su fusilamiento, se generalizó la inestabilidad política y de 1833 a 1853
prevalecieron, sobre otras, las figuras de Anastasio Bustamante y de A. López de Santa Anna. En este
período se segregó Texas (1836). Santa Anna atacó la región para reintegrarla a México, logrando su primera
victoria en El Alamo pero, más tarde, fue derrotado. México, en 1838, hubo de hacer frente a un intento de
invasión francesa y la anexión de Texas por Estados Unidos provocó la guerra con este país (1846−1848),
cuyo resultado fue la pérdida para México de gran parte de su territorio, sancionada por el Tratado de
Guadalupe−Hidalgo, que devolvió la paz.
A raíz de su enfrentamiento con Estados Unidos México perdió inicialmente los territorios de Nuevo México
y la Alta California y, posteriormente, se vio obligada a ceder el territorio desde el Rió Grande hasta el
Pacifico, como estipulaba el, ya citado, Tratado de Guadalupe−Hidalgo. A cambio, recibió 15 millones de
dólares como indemnización. Tras este desastre se definieron las tendencias conservadoras y liberal y López
de Santa Anna, que acaudillo la primera, respaldado por el clero y los grandes terratenientes regresó al
gobierno, haciéndose nombrar dictador vitalicio en 1853.
El período que se iría de 1854 a 1867 puede ser considerado cono el de la Reforma, la Constitución liberal y la
intervención francesa.
En 1854 Benito Juárez y otros lideres se rebelaron, produciéndose la revolución liberal contenida en el plan
de Ayutla y la caída del dictador Santa Anna en 1855, que se exilió a Colombia. A raíz de todo ello, surgieron
nuevos ideales de reforma, uno separar la Iglesia y el Estado y el otro secularizar la educación; reducir el
poderío económico de la Iglesia quitándole sus bienes; impulsar la economía, y establecer un sistema de
justicia apoyado por una legislación aprobada por una asamblea representativa.
Tras la derrota de Santa Anna ocupó la presidencia Ignacio Comonfort (1855−1858), quien proclamó una
nueva Constitución que estipulaba las libertades de imprenta, enseñanza y trabajo, abolía los privilegios
eclesiásticos y militares, eliminaba los monopolios y establecía un gobierno democrático representativo.
Aunque Comonfort procuró mitigar los efectos de esta Constitución encarcelando a su mentor, Benito Juárez,
los conservadores se alzaron en armas iniciándose la denominada guerra de la Reforma (1857−1860). En su
transcurso, Juárez asumió la presidencia (1858−1872) y logró la victoria liberal con el apoyo de Estados
Unidos.
La decisión de Juárez de suspender el pago de la deuda externa motivó la reacción de Gran Bretaña, España y
Francia, aunque sólo esta última rechazó las garantías ofrecidas por el presidente Juárez. Francia, con el apoyo
conservador, invadió México e impuso el Segundo Imperio (1863−64−1867), sentando en su trono a
Maximiliano I. Juárez trasladó la capital a El Paso (Ciudad Juárez) desde donde resistió hasta que los ejércitos
liberales vencieron a los imperiales en Querétaro, tras la retirada francesa, y donde poco después fusilaron al
emperador Maximiliano junto a sus generales Miramón y Mejía.
Restaurada la República, Benito Juárez, primero, y Sebastián Lerdo de Tejada, después (1872−1876),
llevaron a cabo una política de carácter liberal, impulsando reformas educativas, sociales e institucionales, con
miras a pacificar el país y a desarrollar sus estructuras económicas, pero se vieron siempre dificultados por las
conflictos internos.
En 1876 se produce la rebelión de Tuxtepec por Porfirio Díaz que, con el apoyo del clero, de la oligarquía
latifundista y del capital extranjero, derrocó a Lerdo de Tejada e impuso una larga dictadura (1877−1911),
conocida como el porfiriato o porfirismo. Durante dicha dictadura Porfirio Díaz logró importantes progresos
materiales a costa del despojo de tierras a los campesinos, el mantenimiento de las desigualdades sociales y la
represión de la oposición política, de las protestas obreras y de las sublevaciones indígenas.
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El 10 de octubre de 1910 a raíz de una maniobra destinada a una nueva reelección de Porfirio Díaz, Francisco
I Madero se sublevó y dio inicio al período revolucionario. Porfirio Díaz renunció al poder el 25 de mayo de
1911 y en las elecciones que se convocaron gano Francisco I Madero. Éste inició reformas sociales, que
resultaron excesivas para las fuerzas conservadoras y el capital extranjeros e insuficientes para obreros y
campesinos.
En este clima de anarquía generalizada se rebelaron los agraristas Emiliano Zapata, en el sur, y Pascual
Orozco, en el Norte. Sofocada esta insurrección, Victoriano Huerta, con la connivencia de Estados Unidos
depuso e hizo asesinar al presidente Madero y ocupó el poder en febrero de 1913. Por el Plan de Guadalupe,
los constitucionalistas, Venustiano Carranza, Pancho Villa y otros jefes revolucionarios− se rebelaron y
lograron la renuncia de Huerta en julio de 1914. La ausencia de medidas favorables a campesinos y obreros en
el programa carrancista motivo una nueva insurrección de Zapata y Villa, que se frustró por la falta de
entendimiento entre los dos caudillos. En 1916, Carranza convocó el Congreso de Querétaro, que en 1917
aprobó una nueva Constitución cuyo contenido político y social fue inspirado por Ricardo Flores Magón y
los zapatistas. En 1920, tras derrocar a Carranza, el general Álvaro Obregón asumió la presidencia y
promovió la pacificación y reconstrucción del país, la organización de las clases campesinas y obreras y las
reformas agraria, educativa y cultural. La misma política siguieron sus sucesores.
Centroamérica
Esta zona consiguió la independencia configurándose con una estructura federal políticamente, con el nombre
de Provincias Unidas de Centroamérica.
El primer medio siglo de independencia nacional fue una época infeliz para las provincias antiguamente
pertenecientes al reino de Guatemala, la propia Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica.
Las tensiones en las estructuras sociales y económicas del último período colonial llevaron a encarnizados
conflictos políticos y a la guerra civil. Las elevadas expectativas formuladas por los líderes centroamericanos
al principio del periodo se desvanecieron pronto ante la dureza de la realidad. El estancamiento económico, el
antagonismo entre clases sociales, el desconcierto político y la anarquía sustituyeron a la relativa tranquilidad
y estabilidad de la era hispánica.
En 1884 se imponen los separatistas, predominantes desde unos años antes, proclamándose sucesivamente las
autonomías de cada región, fragmentándose la federación, y dando nacimiento a las naciones independientes
de Guatemala, Costa Rica, Honduras, Nicaragua y El Salvador. Así, en vez de una nación del istmo próspera e
independiente, hacia 1870 emergió un fragmentado y conflictivo mosaico de ciudades−estados
autodenominadas repúblicas.
Junto al decepcionante ritmo de transformación económica y social, estos pequeños países continuaron, a lo
largo de todo el siglo XIX, viviendo conflictos internos y entre ellos, lo que no les permitió alcanzar la
estabilidad ni recuperar la unidad centroamericana, y lo que los convirtió en fáciles y rápidas presas de los
intereses extranjeros quedando totalmente controlados desde la segunda mitad del siglo por Estados Unidos
que acabó por dominar firme y fácilmente una América Central, que inició su transición del colonialismo a la
moderna dependencia capitalista.
Guatemala
Apenas emancipada de España (1821), fue anexionada a México en 1822, pasando a continuación a federarse
con Costa Rica, Honduras, Nicaragua y El Salvador en la Federación Centroamericana (1823−1839). En 1839
se proclamó independiente. Su historia posterior se reduce a una serie de golpes de estado y gobiernos
dictatoriales.
La República de Guatemala comenzó su vida independiente embarcada en una lucha de poderes entre
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Francisco Morazas y Rafael Carrera. Carrera asumió la presidencia en 1844, y gobernó hasta su muerte en
1865. Le sucedió Vicente Cerna, quien fue depuesto por Miguel García Granados, quien terminó con el
monopolio y dio auge al comercio y a la agricultura.
De 1873 a 1885, Justo Rufino Barrios construyó las bases de la moderna Guatemala. Otorgó la libertad de
cultos, estableció el matrimonio civil, se encargó de la educación del pueblo, y trató de eliminar la influencia
de la iglesia católica en el poder político. Dio auge al cultivo del café como base de la economía. Le suceden
en el gobierno Alejandro M. Siniboldi, José María Reina Barrios y Manuel Estrada Cabrera.
El Salvador
El 5 de noviembre de 1811, José Matías Delgado y Manuel José Arce encabezaron la primera insurrección
criolla en Centroamérica, que no obstante fue sometida por los realistas. Diez años más tarde, el 22 de
septiembre de 1821, San Salvador ratificó la independencia del istmo, pero se rebeló contra la unión de éste al
Imperio mexicano. Invadido en 1822, a poco de capitular y a raíz de la caída de Iturbide en México, se
reconoció su soberanía. Como Estado independiente, entró a formar parte de las Provincias Unidas de
Centroamérica (1823−1840), pero sus intereses colisionaron con la actitud hegemónica de Guatemala y el
centralismo de Arce y Morazán.
Una vez disuelta la Federación, El Salvador sancionó su constitución como Estado independiente (1841) y se
inició un período de luchas entre liberales y conservadores, que tuvieron como protagonistas a Francisco
Malespín (1841−1846), Doroteo Vasconcelos (1848−1851), Gerardo Barrios (1859−1863), Francisco
Dueñas (1863−1871) y Rafael Zaldívar (1876−1885), quién fue derrocado por una coalición, que reunió por
primera vez al pueblo y al ejército para llevar a cabo un golpe de estado.
El Salvador termino el siglo XIX entre golpes de estado, habiendo conocido 62 presidencias en 58 años.
Asimismo, a los intentos federativos con sus vecinos se alternaron guerras con ellos (1845, 1850, 1863, 1876
y 1906), hasta que en 1907 se firmó un tratado de amistad con Honduras, Guatemala, Costa Rica y Nicaragua.
Pero a pesar de todo ello, El Salvador alcanzó un relativo progreso material con la creación de sistemas
telegráficos, el cable submarino, y el establecimiento de bancos y líneas de ferrocarriles.
Honduras
El 28 de septiembre de 1821, Honduras se adhirió a la independencia declarada en Guatemala y se incorporó
al Imperio mexicano (1822−1823). A la caída de éste, se integró en las Provincias Unidas de Centroamérica
(1823−1838).
Una sociedad sin marcadas diferencias de clases, una economía desarticulada, y una geografía que no permitía
la libre comunicación fueron las características de este país durante el siglo XIX.
Dionisio Herrera fue el primer presidente hondureño (1824−1827). Decretada la autonomía, el general
Francisco Ferrera fue designado presidente (1841−1845).
En la segunda mitad del siglo XIX, la corrupción administrativa contribuyó al incremento de la deuda externa,
al mayor empobrecimiento de trabajadores y campesinos y a la crónica inestabilidad política.
En 1880, la constitución sustituyó las leyes españolas, y se consiguió la libertad de prensa. Se enfatizó el
cultivo del café y la explotación de las minas como base económica del país.
En 1891, se celebraron las primeras elecciones, las cuales aunque libre provocaron una guerra civil. Policarpo
Bonilla trató durante su presidencia de crear nuevamente una Federación Centroamericana, como la que
existió hasta 1837, cuando América central se fragmentó en los piases que la constituían. Mientras tanto, los
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Estados Unidos iban asumiendo un monopolio en la realización de las obras públicas del país. A fines del
siglo, se logró reestructurar la economía, basada en el guineo y la explotación minera, lo que desemboca en la
entrada de Honduras en el mercado mundial.
Nicaragua
Tras proclamarse en Guatemala la independencia del istmo (1821), Nicaragua pasó a formar parte del Imperio
mexicano y, extinguido éste, de las Provincias de Centroamérica (1824−1838).
El 30 de abril de 1838, el Congreso de Chinandega sancionó la escisión de Nicaragua de la federación y
proclamó su independencia. El Gobierno del país fue asumido por un Directorio (1838−1854), que en 1854
convocó un Congreso.
En 1849, se comenzó a construir carreteras, gracias a una concesión hecha a la compañía Accesory Transit
Company. Se inició una revuelta contra la compañía porque ésta se negaba a pagar las cuotas que establecía el
contrato. Poco a poco, se consiguió nacionalizar la ruta, y comenzó a prosperar el país.
El Congreso de 1854 sancionó una nueva Constitución, que adoptó el sistema republicano y creó el cargo de
presidente, para el que fue elegido el general Fruto Chamorro (1854−1855), contra quien se sublevaron
Máximo Jerez y Francisco Castellón. Éste contrato los servicios del aventurero William Walker, que invadió y
se apoderó del país (1855−1857), lo que provocó que el pueblo se uniera y expulsara al intruso del país, junto
con la ayuda de los demás Estados del área, que acudieron en su auxilio.
En 1858, la capital fue trasladada a Managua, se sanciono una Constitución conservadora y Tomás Martínez
fue elegido presidente (1858−1867). De 1859 a 1893 hubo un período de estabilidad política, sucediéndose en
el poder conservadores y liberales, quienes lograron traer prosperidad y progreso al país. Además durante este
largo período, se sucedieron varios intentos de unidad centroamericana frustrados por la creciente injerencia
de Estados Unidos en los asuntos internos de los países del istmo.
Tras un golpe militar, José Santos Zelaya ocupó el poder (1893−1909) y proclamó una Constitución liberal.
Durante su mandato se creó la República Mayor de Centroamérica (1895−1898) y se mantuvieron conflictos
armados con Honduras y El Salvador. La represión llevada a cabo por Zelaya provocó que, en 1909, Estados
Unidos apoyara su derrocamiento e impusiera a Juan José Estrada (1910−1911). Ante su compromiso con el
capital extranjero, la Asamblea destituyó a Estrada y designó a Luis Mena, pero Adolfo Díaz, apoyado por
tropas estadounidenses, ocupó el poder (1911−1916).
Costa Rica
En 1821, al conocerse la declaración de la independencia del istmo, proclamada, como ya se ha mencionado,
en Guatemala, Costa Rica sancionó el Pacto de la Concordia.
Ante la nueva situación, los costarricenses se dividieron en republicanos, defensores de la independencia total
o de la anexión ala Gran Colombia, e imperialistas, partidarios de la integración en el Imperio de México. La
batalla de Altos de la Laguna (1823) decidió la suerte a favor de los primeros, que trasladaron la capital a San
José. La Junta Superior integró la República en la federación de Provincias Unidas de Centroamérica
(1823−1840) y nombró a Juan Mora Fernández presidente del país (1824−1833). Al disolverse la
federación, Costa Rica se erigió en Estado Independiente (1838).
El país se constituyo en República en 1848 y su primer presidente fue José María Castro Madrid.
Tradicionalmente, habían pugnado por el poder sin ningún problema dos partidos políticos (Liberal y
Conservador). No obstante, aquel mismo año estalló en el país una breve guerra civil a raíz de haberse
declarado fraudulentas las elecciones. Al margen de esto, puede afirmarse que Costa Rica surge como un país
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pacífico, donde, a pesar de existir un predominio de población blanca, no existían marcadas diferencias
sociales. El trabajo, la unidad y la paz caracterizaron al pueblo costarricense, el cual logró desarrollar su
economía gracias al cultivo del café, en un marco democrático, y sin necesidad de un ejército. A este auge, le
siguen tres cambios sociales importantes:
• El surgimiento de una clase adinerada junto a una clase media.
• La diversificación cultural gracias a las posibilidades económicas existentes.
La constitución de un régimen liberal de gobierno.
Caribe
Haití
Christophe fue designado presidente pero lo rechazó indignado y organizó el norte como un Estado separado.
En 1811 el Estado de Haití se transformó en reino con Christophe en el trono como Enrique I, rodeado de
una nobleza hereditaria. La república surgida en Port−au−Prince bajo la influencia de Pétion se presentaba
con una orientación liberal frente al despótico reino del norte. Pese a todo, la diferencia entre los dos estados
haitianos es menos nítida. Pétion fue paulatinamente concentrando el poder en detrimento del senado,
estimulado por la constante amenaza del Estado del norte. Las luchas dentro de cada estado eran constantes, y
estaban estimuladas por la hostilidad entre ambas.
La solución republicana se reveló como más eficaz desde el punto de vista económico, siendo el oeste la
primera región exportadora, aunque estas no eran suficientes para asegurar un balance comercial equilibrado.
Pétion murió en 1818 y fue reemplazado por Boyer, que incorporó el reino del norte. En 1822 el Haití
unificado recobró el Santo Domingo antes español. En 1825 Carlos X de Francia reconocía la independencia
de la colonia.
El estado haitiano no disponía de los medios necesarios para imponer en el terreno la dura disciplina de la
fuerza de trabajo que era necesaria para devolver su vigor a la economía exportadora, por lo que no pudo
detener la inclinación hacia una agricultura campesina.
En 1843 se produjo una insurrección armada que suponía la victoria de las corrientes liberales. Sin embargo
Santo Domingo volvía a escaparse del dominio haitiano. En 1849 se consuma la transición de la república al
Imperio. Pero fue impopular desde el principio entre la elite económica haitiana, y el emperador Faustino fue
derrocado en 1858. Se demostraba así la rivalidad entre la elite política y la económica, en el marco de una
irrevocable caída hacia una economía campesina.
5.2.AMÉRICA DEL NORTE
EE.UU.
Tras la independencia se configura un dominio de los grandes burgueses de las plantaciones del sur,
especialmente del Estado de Virginia, y la preeminencia de Thomas Jefferson como figura política. Esta
etapa se ha denominado republicanismo jeffersoniano, fuertemente animado por el optimismo de la ilustración
e impulsado por una curiosidad incansable. Jefferson, no haciendo caso a la Constitución de 1787, elaboró un
sistema político, que quedo a medias, mirando al modelo francés y mostrando el antagonismo con el español.
También durante esta época se dará la expansión territorial, la controversia sobre los derechos de los
neutrales, la guerra contra Inglaterra de 1812 y la aparición de las tensiones regionales.
Desde un principio se vio una falta de orientación política, sobre todo porque el objetivo que persiguen los
burgueses norteamericanos es la defensa de su comercio, base de su riqueza. Cada uno de los trece Estados,
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herederos de las trece colonias, emprende su propia organización, ya que los antiguos gobernadores dejaron su
cargo y responsabilidad desde el comienzo de las hostilidades. Las Asambleas provinciales reciben la
autoridad. Los Estados actualizan sus constituciones basándose en el modelo inglés; en algunos Estados se
llegó a una auténtica soberanía del pueblo que provocó una desconfianza hacia el poder ejecutivo, una crisis
de la autoridad y de capacidad de decisión. Se plantea entonces hasta dónde llegan los derechos del pueblo y
si dentro de los hombres libres e iguales se incluiría a los negros. Pero el problema era crear una Constitución
que contentara a todos los Estados y que asegurase la unidad de los mismos; pero no todos los Estados eran
partidarios de una centralización del poder.
Los artículos de la Confederación estaban listos en noviembre de 1777. El poder esencial radicaba en el
Congreso, que se ocupaba de las relaciones exteriores, decidía sobre la paz y la guerra, arbitraba las disputas
entre los Estados, controlaba el comercio, aseguraba el funcionamiento de correos y emitía moneda. Sin
embargo el Congreso debía obtener el acuerdo de los Estados para acuñar dinero, firmar tratados, fijar el
número de componentes del ejército y la marina, aprobar el presupuesto, elevar impuestos y reglamentar el
comercio. Las leyes se aplicarían por los tribunales de los Estados y el Congreso era solo una Cámara
deliberante. Este sistema se mostró caótico en la práctica, demandándose la ratificación de estos artículos.
Esta debilidad del poder central tuvo consecuencias graves sobre la actividad económica, ya que no se ofrecía
una garantía de estabilidad a los nuevos mercados en China, Indias, Antillas, África o Norte de Europa. El
punto débil de la Confederación fue su completa dependencia de la buena disposición y voluntad de los
Estados soberanos, y con la sucesión de hechos muchos se pusieron a favor de un gobierno federal fuerte.
El mayor triunfo de la Confederación consistió en dar forma a una nueva política territorial. En 1786 el
Congreso estaba en posesión de todas las tierras al sur de Canadá, al norte del río Ohio, al oeste de los
Alleghanys y al este del Mississipi. En 1785 Las ordenanzas de la Tierra disponían el levantamiento de un
plano de las tierras y una división en municipalidades. El 13 de julio de 1787 en la Ordenanza del Noroeste se
establecían el principio de que las colonias eran prolongación de la nación, por un lado, y facultades para
gozar como derecho de todas las ventajas de la igualdad.
Los artículos de la Confederación y Unión perpetua fueron adoptados por el Congreso de Philadelphia el 15
de noviembre de 1777 y en 1779 doce estados lo habían ratificado. El nuevo Congreso de la Confederación se
organizó con los mismos poderes del Congreso Continental. Cada Estado tenía un voto y era necesario el
consenso de nueve para tomar decisiones importantes; el Congreso nombró departamentos ejecutivos. Se
establecía un comité de los Estados, consistente en un delegado de cada Estado activo entre las sesiones del
Congreso y ejerciendo todos los poderes excepto el que exigía el consenso de nueve de los trece.
Se esbozó así un sistema federal que podía constituir una mejora sobre la confederación, aunque los trece
estados no estaban dispuestos a conceder a la legislatura federal aquello que habían negado al Parlamento
británico, sobre todo por el temor a perder la libertad y por el miedo a la autoridad. Sin embargo el mal
funcionamiento del sistema confederal, que no era sino la reimplantación de un nuevo sistema colonial,
produjo una tendencia muy clara hacia la configuración de un poder central
En la Convención que debía realizar la Constitución había dos posturas enfrentadas: los federalistas y los
antifederalistas. El problema del federalismo, patente desde el principio, ha sido el más importante de la vida
política de EE.UU. a lo largo de su historia. Con la Ordenanza del noroeste de 1787 se pusieron las bases del
futuro de Estados Unidos como nación federal, ya que estipulaba que las partes no colonizadas del territorio
en expansión se organizaran de modo que primero fueran territorios y luego Estados independientes, no
subordinados a los trece originales −lo que hubiera deparado futuras rebeliones y desintegración. Esto
propició la creación de cinco nuevos Estados: Ohio, Indiana, Illinois, Michigan y Wisconsin. La unión a
Estados Unidos adquirió entonces una permanente dinámica.
La creación de la Constitución de Estados Unidos establecerá una mutua relación de control de los Estados
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por parte del Gobierno central y del Gobierno central por parte de los Estados. Además, los miembros de la
Convención sabían que el nuevo gobierno debía fundarse sobre la base de los intereses económicos.
El gobernador de Virginia, E. Randolph, propuso formar un congreso de dos cámaras: la inferior, elegida por
voto popular, con un número de diputados de cada Estado proporcional a la población; la superior, elegida por
la inferior entre candidatos propuestos por las legislaturas estatales. El ejecutivo iba a ser elegido
conjuntamente por las dos Cámaras, y todo ello constituiría un gobierno federal que dominaría los Estados
individuales. El punto básico de este plan (plan de Virginia) era que la cámara inferior iba a ser dominante
pues ella elegía tanto a la superior como al ejecutivo. Con este plan los estados de mayor extensión y
población dominarían la nación.
Por ello, los pequeños estados presentaron un plan propio, plan de New Jersey, cuyo punto principal era que
cada Estado debía tener un voto en la legislatura. Al final se consensuaron los dos planes mediante el
Compromiso de Conecticut, por el que la Cámara inferior sería elegida por voto popular en proporción a la
población; la superior sería elegida por designación de las legislaturas estatales y en ella cada estado tendría
un solo voto. Así, los estados grandes tendrían voz preponderante en la cámara baja y los pequeños un voto
igual en la superior; así, puesto que ambas cámaras intervendrían en la legislación se conservaban los
intereses de todos los Estados.
Los esclavos contaron, también por consenso, como tres quintos de una persona, tanto para el número de
diputados como para el establecimiento de impuestos.
En cuanto al presidente, sería elegido por electores, previamente elegidos estos por el pueblo.
La constitución se terminó y la aprobación o no del documento se afianzó en las posturas de los federalistas y
los antifederalistas. En mayo de 1788 las convenciones de ocho estados ya habían votado a favor. Con el voto
de Virginia, el Estado más grande, pero también el que más debates internos tuvo para su aprobación, ya eran
nueve, por lo que el 21 de junio de 1788 la Constitución de Estados Unidos se convirtió en la ley básica del
país. La Constitución desarrolló una revolución política, por cuanto afirmaba su superioridad, junto a las leyes
federales, sobre todas las acciones de los Estados opuestas a las mismas. Todo ello en la búsqueda de una
férrea unidad del país.
En febrero de 1789 tuvo lugar la votación para elegir presidente. Fue elegido, casi unánimemente G.
Washington, siendo vicepresidente John Adams. También se eligieron los miembros del Congreso.
Washington se rodeó de hombres de talla, destacando en estos primeros momentos Hamilton, quien, como
secretario del Tesoro, dirigió una política fiscal encaminada a subsanar las deudas que la confederación y los
Estados habían contraído durante la guerra. Esta política reflejaba su idea del desempeño de un papel activo
por parte del gobierno en los asuntos económicos, a fin de obtener una autonomía financiera nacional. Su
objetivo era ganar el apoyo para el gobierno federal de los grupos financieros y de negocios, ligándolos así al
interés nacional.
En otro orden hay que destacar la política de este primer gobierno federal para con los indios de la frontera
oeste. Supuso un problema de entendimiento que derivó en una lucha por parte de estos en defensa de sus
tierras, codiciadas por los colonos. El Estado pretendió integrarlos en la civilización occidental, al igual que
hizo España en Hispanoamérica, pero sin éxito. Al final, por la fuerza de las armas, se firmó el Tratado de
Grenville (1795), por el que los indios cedieron casi todo el territorio de Ohio.
Otro tema es la política exterior. Con respecto a Francia se optó por la neutralidad, tras comprobar los excesos
que estaba llevando a cabo la Revolución. También en este campo hay que mencionar los inevitables roces
con Inglaterra por el apresamiento de barcos norteamericanos. El Tratado de Londres (1794) solucionaba el
problema. Con España se firma el Tratado de San Lorenzo (27 de octubre de 1795) que reconoció la línea
del paralelo 31º como frontera sur de Estados Unidos y concedió libertad de navegación por el Mississipi con
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derecho de almacenaje en Nueva Orleans durante tres años.
Pero sin duda será la actividad política la que defina este período, sentando las bases del futuro de los Estados
Unidos. En este sentido hay que señalar la división entre federalistas, en torno a Hamilton, y antifederalistas,
en torno a Jefferson. En 1792 Washington era reelegido con Adams como vicepresidente, y en ese mismo año
comienza a hablarse de un partido republicano, que pronto sustituyó al antifederalista, que giraba en torno a la
ideología y el pensamiento de Jefferson.
Tras renunciar Wasington a la reelección el 1796, las elecciones de ese año las gana John Adams con un
estrecho margen sobre Jefferson, que queda como vicepresidente. Su gobierno fue difícil por la debilidad y
división interna del partido federal y por la tirantez de relaciones con Francia.
Whasington muere en 1799 y en las elecciones de 1800 los republicanos ganan las elecciones, siendo elegido
Jefferson presidente, aunque en la Cámara de representantes obtuvo más votos Hamilton. En las elecciones
para el Congreso los republicanos obtienen fuerte mayoría en la cámara y en el Senado.
Con Jefferson se incrementó el número de votantes y se redujo la burocracia gubernamental al mínimo. La
nueva capital pasaría a ser Washington. En política exterior destacan dos hechos: la guerra contra el Bajá de
Trípoli y la adquisición de la Louisiana. Esto supuso la consolidación del partido republicano a la vez que un
desmoronamiento del federalismo.
Jefferson fue reelegido por mayoría, iniciando su gobierno el 4 de marzo de 1805. En este segundo mandato
aparece la neutralidad concretada en dos aspectos, proteger la independencia de los Estados Unidos y
mantener la diplomacia norteamericana lo más flexible posible sin adquirir ningún compromiso irrevocable.
Esta política afectó al comercio exterior, sobre todo a partir de la Ley del Embargo (1807), que tuvo como
contrapartida el inicio de una transición hacia la industrialización a lo largo de todo el litoral. Se hacía
realidad, paradójicamente, el sueño de Hamilton de una unión de la Norteamérica industrializada.
En 1808 triunfa el candidato de Jefferson, James Madison. Su principal acción en política exterior fue la
declaración de guerra a Gran Bretaña (1812), que significaba una nueva manifestación del nacionalismo
norteamericano. En una primera fase el ejército estadounidense encajó varias derrotas, hasta que Monroe
tomó el mando en 1814. Esta guerra solo sirvió para disolver los negocios y el comercio con el extranjero y
poner de relieve la debilidad en la organización política de la nación. Para la opinión pública fue una
afirmación del nacionalismo y el final del complejo colonialista. El nuevo espíritu de conciencia nacional de
afirmación de la nación origina la vuelta hacia el oeste, y la expansión de los asuntos internos y aparición de
una línea específica de democratización fundamental de Estados Unidos
Durante los primeros años de la República burguesa se refleja ya el ideal democrático en la sociedad, de
manera que uno de los rasgos de la vida norteamericana era la insistencia en la igualdad; excepto los negros y
los marinos todo el mundo era tratado del mismo modo. Era una sociedad donde no se reclamaba ninguna
distinción ni privilegio sino un reconocimiento del éxito en una sociedad en la que cualquier persona puede
hacer fortuna.
La educación pública fue adoptada antes que en Europa. Se diseñó un plan educativo desde el grado elemental
hasta la Universidad. Pese a ser un sistema muy competitivo, que no preveía la gratuidad de la educación
excepto en el grado elemental, se daban becas a los pobres en los grados superiores y en la universidad si se
mostraba su valía. Surgieron entre 1783 y 1815 colegios universitarios, facultades de medicina y derecho, en
Harvard, Pensilvania y Columbia, asociaciones culturales, etcétera; aumentaron las bibliotecas, teatros,
sociedades estatales y locales, revistas. La gran paradoja seguirá siendo la esclavitud.
El despegue industrial trajo el crecimiento de las ciudades y el desarrollo de la vida urbana, con los problemas
que esto conlleva. Este desarrollo industrial también implicó un aumento del número de trabajadores en
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fábricas.
La mujer no vio cambios en su estatus legal aunque sí en su estatus social, por cuanto se reconocían algunos
trabajos (coser, guisar, tejer,...) necesarios para el mantenimiento de la casa y el funcionamiento de la
sociedad.
En el oeste se establecía una sociedad de frontera, caracterizada por una población eminentemente agrícola
que, a medida que se estructuraba se veía acompañada de la aparición de pueblos y ciudades que eran centros
de mercado y transporte. El movimiento hacia las nuevas tierras algodoneras de las llanuras de Georgia y
Carolina llevó consigo la institución de la esclavitud, siendo la unidad económica y social típica dedicada a la
producción de alimentos.
También fue importante el cultivo de la técnica y el fomento de la ciencia sobre todo por la inspiración del
Imperio nacionalista de la guerra y contando con el apoyo del gobierno, que favoreció la inmigración de
científicos europeos y la aparición de científicos profesionales. La ciencia se abrió camino en las
universidades, mostrando así el triunfo del racionalismo.
En 1817, al terminar el período presidencial de Madison ocupó la presidencia James Monroe. Con él se
produjo un replanteamiento social, que cristalizaría en la República democrática y en la elaboración y
proclamación de la Doctrina Monroe, América para los americanos, factor decisivo para la afirmación de la
nación.
Canadá
En 1867 una serie de motivos de carácter interno llevaron a la decisión de la formación de una confederación,
adoptada por las distintas provincias integrantes; el motivo radicó en la comprobación de que era imposible
establecer una convivencia efectiva entre los dos sectores vitales, el francés y el anglosajón. También fue
motivo importante el de la supervivencia económica cuando Inglaterra adoptó abiertamente el sistema
librecambista, lo que dejaba a Canadá en clara desventaja con respecto a Estados Unidos. Fue una de las
razones que hizo ver clara la necesidad de unión federal; también lo entendieron así los ágiles políticos
británicos, que alentaron tales esfuerzos y los respaldaron con la British North America Act, que marca el
sentido de unidad que quiso darse al Canadá y la búsqueda de un acuerdo interprovincial. En virtud del pacto
firmado, cada una de las comunidades podría conservar su religión, su cultura, costumbres sociales, etc, sin
que ello fuese obstáculo para su cooperación en la órbita política.
En realidad la British North America Act no llega a definir el sistema de gobierno. Nominalmente todo el
poder emana de la Corona, representada en Canadá por el gobernador general, pero, de hecho, Canadá es una
república parlamentaria y federal; la cámara de los comunes es la rama más importante del parlamento; el
primer ministro es el jefe del partido político que tiene mayoría en dicha cámara y gobierna el país con
absoluta independencia de Londres; los jefes de las mayorías parlamentarias forman el gabinete, y los votantes
eligen directamente a sus representantes en la cámara de los comunes. Se recoge, como se ve la tradición
británica y el federalismo norteamericano; tal fórmula ha permitido una confederación compatible con la
pluralidad cultural del país.
Existen en el orden constitucional canadiense una serie de problemas, representados esencialmente por la
relación entre Canadá y Gran Bretaña, resuelta con gran sentido común por ambas partes. Los problemas de la
constitucionalidad interna son más complicados y ponen de relieve la relación entre el gobierno federal y los
gobiernos provinciales, que lleva en su seno la grave cuestión representada por el doble estilo de vida y los
dos grupos nacionales tradicionales. Finalmente, la barrera aduanera que sirve de defensa frente a la invasión
industrial norteamericana. Pero, con todo, el problema central canadiense consiste, desde un punto de vista
nacional, en la antítesis franco−inglesa.
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Todos estos problemas mantienen su viveza en el sistema de partidos políticos, que son en la actualidad seis:
los dos tradicionales, que nacieron al mismo tiempo que la confederación, los liberales y los conservadores,
que se han turnado en el gobierno; después hay que resaltar la existencia del Cooperative Commonwealth
Federationo partido socialista; el partido de Crédito Social; el Labor Progressive o partido comunista, y
finalmente, el partido de la Union Nationale de Quebec, limitado a esa esfera local exclusivamente.
Por todo lo expuesto hasta ahora, se comprende que el problema central canadiense consiste, desde un punto
de vista nacional, en la antítesis franco inglesa. El elemento francés representa la supervivencia colonial
francesa en las orillas del río San Lorenzo, que llevaron con ellos los característicos respetos a la autoridad
eclesiástica, sociedad jerarquizada, sistema semifeudal de tierras; por su parte, los británicos, o colonos
emigrados de EEUU después de su independencia, conservaban sus propias tradiciones y caracteres en radical
antagonismo con aquellos; aproximadamente, la mitad de este grupo es de origen inglés: grupo medio
conservador, sobre el que descansa la tradición británica en Canadá; un segundo sector está representado por
los escoceses, de espíritu democrático y presbiteriano y que constituyen la columna vertebral del sistema
bancario en el Canadá; en tercer lugar, los irlandeses. Puede apreciarse en el conjunto una tendencia a lo
pragmático y positivista, que imprimió al país un prodigioso impulso técnico−industrial.
El milagro canadiense ha consistido en aglutinar estas tendencias, aparentemente contradictorias, en una
admirable síntesis de esencia nacional, que se puso brillantemente de manifiesto durante el siglo XX, en cuyo
transcurso brilla con fuerza propia una extraordinaria constelación política.
5.3.COMPARACIÓN
Una característica común es que con la independencia, tanto en Angloamérica como en Hispanoamérica, se
intentan hacer confederaciones de países, pero solo triunfan en el norte, todas las que se intentan en el sur
fracasan y como resultado, la unión territorial del norte y la fragmentación en diversos países del sur. Esto es
consecuencia de la unión política del Norte y la disparidad de intereses del sur, en donde hay mucha lucha por
el poder. Otra consecuencia de ello es la llegada de regímenes democráticos en el norte y del caudillismo y
dictaduras en el sur. En el caso del caudillismo sureño se puede recordar las semejanzas con el caso hispano,
del cual son herederos, y en el que el ejercito y figuras militares en particular, han marcado demasiadas veces
la historia de los paises.
Las sociedades resultantes en ambas zonas también son diferentes. La América anglosajona tiene un carácter
más abierto y democrático, en el que prima la igualdad, tanto de derecho como de hecho y la meritocrácia
como sancionadora de la escala social, mientras que la América hispana tiene una sociedad en la que prima el
elemento criollo, y en la que prima endogamia de esta clase dirigente. La sociedad hispanoamericana tiene
grandes rasgos racistas por cuanto los elementos mestizos e indios se vieron revocados a un segundo nivel en
la sociedad, y fueron explotado s por la clase dirigente.
Económicamente también hay grandes diferencias, que hacen que el sur dependa del norte. El norte es mucho
más desarrollado, mucho mas comercial, mientras que el sur está mas anquilosado en antiguas formas
económicas y sufre de desconexión entre ellos, como herencia de la dependencia de cada territorio con la
metrópoli.
La cultura de los países del norte es mucho más abierta, no está tan anclada en el pasado como las del sur, que
heredaron formas arcaicas de religiosidad. Esto se dio también en el norte con el puritanismo, pero había más
diversidad de culto. Esto también es culpa de la endogamia y de la falta de acceso de la población indígena a
la educación, reservada para los criollos.
6. CONCLUSIÓN
La historia de las dos américas, ha corrido caminos paralelos pero diferentes. Paralelos ya que fueron
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colonizados por países europeos, en el mismo intervalo de tiempo, e incluso algunos como España tenían
posesiones en ambos territorios, pero su evolución ha sido diferente y he aquí las diferencias actuales, entre
Hispanoamérica y angloamérica.
La colonización hispana intentó un control directo por parte de la corona y evitar que se reproduzcan formas
feudales, pero si bien lo impidió en la organización no lo pudo hacer en el pensamiento y en la moral. En la
América hispana se dan formas de pensamiento de Antiguo Régimen que perduraran después de la
independencia. Con ella las colonias se liberan de la tutela de la monarquía Hispánica pero lo cambian por la
de las oligarquías criollas locales. Esto es una diferencia con angloamérica que cambia la tutela inglesa por un
nuevo sistema, no vuelven a reproducir el anterior, y este sistema es el liberal burgués.
Como consecuencia de los sistemas políticos la evolución de la sociedad también es diferente. Aunque en este
punto hay que destacar que en angloamérica el elemento indígena desaparece casi totalmente, exterminado
por los colonos, por lo que la población que llega allí son familias, es decir, que el mestizaje es menor y se
dará posteriormente con la llegada de africanos. Se da una sociedad mucho más abierta, aunque las diferencias
entre esclavistas y no esclavistas se tuvo que dirimir en una Guerra Civil, aunque esto son cuestiones más
económicas que sociales. Mientras que en la América hispana al tener una inmigración básicamente de
varones se da mucho mas el mestizaje y se crea una sociedad de castas. El racismo es mayor aún que en el
norte.
La economía del norte tiene formas mas modernas. Son colonias mucho mas comerciales e industriales que
las del sur que basan su economía en la agricultura y en la extracción de metales preciosos, esta ultima cada
vez más escasa. Otra cuestión es la forma de explotación, mano de obra libre en el norte sobre todo después de
la Guerra de Secesión y una semilibre en el sur. El tipo de sociedad también influye en la economía, la
sociedad burguesa del norte es mucho más emprendedora, influenciada por las nuevas teorías económicas,
mientras que el sur está mas anquilosado en el formas económicas antiguas. En este carácter emprendedor del
norte influye mucho el concepto de sociedad de frontera,que impregna el carácter norteamericano, ya que
durante casi toda su historia se han estado expandiendo hacia el oeste. El carácter del sur en este aspecto es
más estático.
Todas estas causas explican la situación de dependencia actual de la América del sur respecto a la del Norte,
mucho mas desarrollada política, económicamente, socialmente... Los países hispanoamericanos, tienen
grandes problemas de organización interna, y un grave subdesarrollo, heredero de las situaciones anteriores.
Con todo no quiero pintar una sociedad idílica en norte América, sobre todo en EE.UU. donde, aún siendo
mejor la situación que en el sur, hay graves problemas sociales, racismo no en derecho pero si de hecho,
económicos, un gran porcentaje de la población se encuentra por debajo del umbral de la pobreza, cultural,
nivel cultural muy bajo...
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