Historia de Francia

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Carlos V el Sabio
(1338−1380) Rey de Francia, sucesor de Juan II. Durante el reinado de su predecesor, en el período en que
éste estuvo cautivo en manos de los ingleses, Carlos V tuvo que hacer frente a las revueltas sociales
protagonizadas por la burguesía parisina, apoyada por el rey de Navarra Carlos II el Malo (1356), así como al
levantamiento de la «jacquerie», protagonizado por los campesinos del norte de Francia (1358). Fue
proclamado rey en el año 1364. Entre sus colaboradores destacan el bretón Beltran Du Guesclin, que fue
enviado por Carlos V en ayuda de Enrique de Trastámara, enfrentado con Pedro I por la sucesión al trono de
Castilla. Al acceder éste al trono como Enrique II de Castilla, se convirtió en un fiel aliado del rey francés
frente al monarca inglés Eduardo III.
Esta alianza franco−castellana llevó a la reconquista por parte de Francia de zonas entregadas a los ingleses en
el tratado de Bretigny durante el largo conflicto con Inglaterra, la guerra de los Cien Años. De este modo la
presencia inglesa en Francia quedó reducida a una franja en la costa del Atlántico y a la base de Calais, por lo
que en 1377 el rey inglés se vio obligado a solicitar una tregua.
Gracias a los logros obtenidos en el campo político y militar, Carlos V el Sabio consiguió reconstruir el
prestigio de su dinastía, la de los Valois, en el trono de Francia. Durante su reinado se inició la construcción
de la Bastilla de París y la reconstrucción del palacio del Louvre, en el cual fundó una importante biblioteca
real, fondo originario de la actual Bibliothèque Nationale de Paris. A su muerte le sucedió Carlos VI.
Enrique II de Castilla
(Sevilla 1333 o 1334−Santo Domingo de la Calzada 1379) Rey de Castilla (reinante 1369−1379). Primer rey
de la dinastía Trastámara, era hijo natural de Alfonso XI y de doña Leonor de Guzmán. Muerto su padre
(1350) y asesinada su madre, Enrique intentó suplantar en el trono a su hermano Pedro I el Cruel, con el que
estaba enemistado. Huyó a Francia, donde apoyó a Pedro el Ceremonioso en su lucha frente a Pedro I el Cruel
(1363, Tratado de Monzón). Con la ayuda del rey francés, a quien se había atraído a su causa, entró en Castilla
y fue proclamado rey en Burgos en 1366. Aliado con Inglaterra y Navarra, Pedro I el Cruel regresó a Castilla
con las tropas del príncipe Negro y venció a Enrique en Nájera, en 1367.
Enrique continuó la lucha, hasta que dio muerte a su hermano en Montiel (1369). Proclamado entonces rey,
derrotó al rey portugués y al duque de Lancaster, que aspiraban a la corona. Participó en la guerra de los Cien
años del lado francés, venciendo en La Rochelle a la flota inglesa (1372). En el interior del país, el reinado de
Enrique supuso la victoria de la nobleza sobre la burguesía mercantil, reafirmada por las grandes donaciones
que el monarca hizo a sus partidarios y aliados con objeto de afianzar su discutida legitimidad. En su
testamento cuidó de disponer que los señoríos por él concedidos revirtiesen a la corona en caso de que sus
beneficiarios careciesen de sucesión directa.
Las dificultades interpuestas al cumplimiento de estas disposiciones y en general los pleitos originados
alargaron sus consecuencias durante los primeros siglos de la edad moderna. La lana castellana exportada a
Flandes se convirtió en la principal riqueza de Castilla. Durante su reinado, los judíos fueron protegidos por
representar una importante fuente de ingresos para el reino castellano.
Inglaterra
Región central y meridional de Gran Bretaña; 130.400 km², 46.170.300 habitantes. Capital Londres.
Geografía
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Limita, al norte, con Escocia, al sur, con el canal de la Mancha, al oeste, con el mar de Irlanda, el País de
Gales y el océano Atlántico, y, al este, con el mar del Norte. En su relieve contrastan una serie de viejos
macizos (al norte, el macizo de Cumberland, cuya cumbre más elevada es el Scafell Pike, con 978 m de
altitud, y la cadena de los Peninos; al oeste, en la península de Cornualles, el Dartmoor y Exmoor), con las
regiones sedimentarias del centro, este y sur del país, dominadas por la cuenca de Londres. Ésta se halla
delimitada por una serie de escarpes montañosos (Cotswold y Chiltern Hills, al norte; Downs, al sur), que
separan las distintas depresiones (Weald). El litoral se halla penetrado por largos estuarios (Támesis, Severn,
Humber). Su posición insular y la exposición a los vientos húmedos del suroeste condicionan su clima
oceánico, fresco y lluvioso, sobre todo en su vertiente occidental.
Cuna de la revolución industrial, Inglaterra es una región muy industrializada y urbanizada. Sólo en la
península de Cornualles, al oeste, y en la llanura de Fens, al este, existen actividades agropecuarias relevantes;
en la primera, la cría de ganado bovino, y en la segunda, un rico policultivo (cereales, frutales, hortalizas y
remolacha azucarera). La actividad pesquera, si bien sigue siendo importante (con puertos destacados como
Hull, Grimsby o Plymouth), se ha reducido sensiblemente en las últimas décadas debido a un cúmulo de
circunstancias contrarias, como la sobreexplotación de las aguas del mar del Norte y el aumento del precio de
los combustibles. Su extraordinaria riqueza energética, en otro tiempo decisiva para su expansión industrial,
resulta hoy en día insuficiente dado el gran aparato industrial existente; el carbón (más de 100 Mt de
producción anual), localizado en torno a los Peninos (Durham, Yorkshire), abastece a las centrales térmicas,
que siguen siendo las principales generadoras de electricidad del país; a lo largo de los litorales oeste y este se
emplazan un número destacado de centrales nucleares, y en los estuarios (Tees, Támesis, Humber) se
localizan las plantas que refinan el petróleo procedente del mar del Norte, junto a las cuales se ha instalado
una poderosa industria química y petroquímica (Shellaven, en el bajo Támesis; Immingham, en el estuario del
Humber). En el sector industrial contrasta la situación de una serie de industrias pesadas, con arraigada
tradición (siderurgia en Sheffield, Lackenby; astilleros en Tyne y rada de Southampton; automóviles en
Lancashire y Midlands), que sufren serias dificultades, con otras ramas ligeras (aeronáutica, electrónica,
informática) que gozan de una relativa prosperidad y que hacen del sureste del país, su principal
emplazamiento, el área más dinámica de Inglaterra (Midlands, cuenca de Londres); en la rama textil, la
decadencia de la tradicional industria algodonera (Lancashire, Manchester) contrasta con el mayor vigor
experimentado por la industria de géneros de punto (Birmingham) y lanera (Leeds−Bradford). A la
desindustrialización general del país la acompaña la terciarización de su economía; la mayor concentración de
servicios (administración, entidades financieras, bolsas, etc.) se da en Londres (cuya aglomeración urbana, el
Gran Londres, reúne a más de 6,5 millones de habitantes) y en otras grandes ciudades, como Birmingham
(993.700), Leeds (709.600), Sheffield (528.300), Liverpool (469.600), Bradford (464.100), Manchester
(445.900), Bristol (377.700), Coventry (306.200) o Newcastle (279.600). Inglaterra cuenta con una densa red
de carreteras y ferroviaria, que comunican las grandes cuencas hulleras con los núcleos urbanos de población.
Existen, además, numerosos puertos como los de Londres, Liverpool, Southampton, Newcastle, Immingham o
Dover. Aeropuertos en el Gran Londres (Heathrow, Gatwick).
Historia
El país estuvo habitado desde el paleolítico. Durante la edad del bronce florecieron diversas culturas, entre las
que se destaca la de Wessex (hacia 1400 a.J.C.). En 55−54 a.J.C. se produjeron dos desembarcos de César, a
los que siguió la conquista total de Claudio (43 a.J.C.). La ocupación romana acabó en el siglo V con la
conquista del territorio por los anglosajones, que se organizaron en varios reinos rivales (heptarquía). Desde
finales del siglo VIII Inglaterra fue atacada por los vikingos. Alfredo de Wessex logró frenar la invasión
normanda (878) y mantener bajo su dominio gran parte de la isla, pero, finalmente, ésta cayó en poder del rey
Canuto el Grande de Dinamarca. Aunque Eduardo III el Confesor (reinante 1042−1066), príncipe anglosajón
de la casa de Wessex, logró hacerse con el trono, a su muerte se hizo con el reino Guillermo el Conquistador,
duque de Normandía, tras vencer en Hastings (1066) al pretendiente Harold. Así se llevó a cabo la conquista
normanda e Inglaterra entró a formar parte del sistema feudal del continente. El feudalismo normando puesto
en práctica por Guillermo perseguía formar un gobierno real centralizado, recortando el poder de la nobleza; a
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pesar de todo, entre la nobleza y el rey no dejaron de existir problemas, viéndose la corona obligada a realizar
una serie de concesiones de derechos. Los monarcas ingleses tenían, además, importantes e inmensas
extensiones en Francia, donde, como feudatarios, debían prestar vasallaje al rey. La tensión generada por esta
cuestión comportó, indirectamente, el estallido de la guerra de los Cien años (1337). Posteriormente se originó
una crisis económica y demográfica, además de la crisis abierta por las luchas dinásticas entre las familias de
los York y los Lancaster (guerra de las Dos Rosas). La casa Tudor, victoriosa en la guerra civil, impulsó la
administración y la economía. Enrique VIII (reinante 1509−1547) se separó de Roma y facilitó la
introducción del protestantismo en Inglaterra, proceso que se intensificó durante el reinado de sus herederos;
al mismo tiempo, la desamortización eclesiástica que tal cambio produjo impulsó enormemente el comercio y
la agricultura. Bajo Isabel I (reinante 1558−1603), la expansión colonial británica inicial causó
enfrentamientos con los intereses españoles.
En el siglo XVII Inglaterra y Holanda se disputaron el control de los mares; Inglaterra consiguió el dominio
del Atlántico. Los primeros Estuardos, Jacobo I (reinante 1603−1625) y Carlos I (reinante 1625−1649),
quisieron ejercer un reinado de talante absolutista para evitar el poder del parlamento, pero el intento resultó
fallido por la oposición de la nueva burguesía (primera revolución inglesa y dictadura de Cromwell). La
restauración de los Estuardos, tras la aventura republicana, generó unas amplias expectativas entre la
población. En 1688 fue destronado Jacobo II y ascendió al poder Guillermo III de Orange, casado con la
hermana de aquél, María Estuardo. El parlamento gozó de nuevas facultades, y se originaron los primeros
partidos parlamentarios: whigs y tories. En 1707, Inglaterra y Escocia se fundieron en una misma unidad
política, el Reino Unido de Grab Bretaña e Irlanda, mediante el Acta de unión.
Francia
Estado de Europa occidental; 543.965 km², 58.392.000 habitantes. Capital París. Limita al este con Italia,
Suiza y Alemania, al noreste con Luxemburgo y Bélgica, y al sur con España y Andorra. Sus costas están
bañadas al norte por el canal de la Mancha, que lo separa de Gran Bretaña, al oeste por el océano Atlántico y
al sur por el Mediterráneo, donde se encuentra la isla de Córcega.
GEOGRAFÍA
Geografía física
Francia es el segundo país de Europa en extensión, por detrás de Rusia y por delante de España. Su relieve,
aunque predominantemente llano (más de los dos tercios del territorio no alcanzan los 250 m de altitud),
integra tres unidades de relieve bien diferenciadas: los macizos antiguos, los sistemas alpinos y las cuencas
sedimentarias. Entre los primeros, formados durante el paleozoico superior (ciclo herciniano), se encuentran:
al noroeste, las colinas de Bretaña (macizo Armoricano); en el centro, el macizo Central; y al noreste, los
Vosgos y las Ardenas. El punto culminante de este conjunto se halla en el macizo Central (Puy de Sancy,
1.886 m), el más afectado por los movimientos terciarios (tectónica alpina) y que por lo tanto presenta formas
de relieve más complejas: mesetas sobreelevadas (Lemosín), fosas de hundimiento (Limagne) y macizos
volcánicos (Auvernia).
Los relieves terciarios (orogénesis alpina) están representados por los Alpes, el Jura, los Pirineos y las
montañas de Córcega. Sus cimas más altas se localizan en los Pirineos (Vignemale, 3.298 m) y en los Alpes
(Mont Blanc, 4.807 m: techo de Europa). El resto del territorio está formado por cuencas sedimentarias que
alcanzan alturas modestas y presentan formas de relieve suavizadas. En el norte se extiende la cuenca de
París, que se encuentra enmarcada por las Ardenas al norte, los Vosgos al este, el macizo Central al sur y el
macizo Armoricano al oeste. Las colinas del Artois, en el extremo septentrional del país, separan dicha cuenca
de la llanura de Flandes. En el suroeste se extiende la cuenca de Aquitania, delimitada por el Atlántico al
oeste, el macizo Central al noreste y los Pirineos al sur. La fachada litoral presenta formas bien diversas:
costas rocosas y elevadas (acantilados) en Normandía, Provenza y Córcega; bajas y arenosas en la Vendée,
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Aquitania y el Languedoc; y bajas y recortadas, con bahías y rías, en Bretaña.
La red hidrográfica francesa, condicionada por la basculación del territorio de sureste a noroeste, concentra la
mayor parte de sus grandes ríos en la vertiente atlántica: entre otros destacan el Sena (que baña París), el Loira
(el más largo del país con 1.012 km) y el Garona (cuyo estuario, el Gironda, es el más largo, con 75 km). Los
dos primeros, junto con el Somme y el Mosa, avenan la cuenca de París, mientras que el Garona recorre la
cuenca de Aquitania. El Ródano, que es el río más caudaloso de Francia, desemboca en el Mediterráneo, tras
su recorrido entre el macizo Central (oeste) y los Alpes (este); y el Rin, en el extremo este del país, traza la
frontera con Alemania, entre los Vosgos y la Selva Negra. El clima presenta cuatro tipos diferentes: clima
oceánico, en la franja costera atlántica, con abundantes precipitaciones (600−900 mm) y temperaturas
moderadas (6,8C de media en enero, y 18C en julio, en Brest); clima oceánico de transición en las cuencas
sedimentarias de París y Aquitania, con una pluviosidad menor (731 mm en París) y mayor amplitud térmica
(3,4C de media en enero, y 19C en julio); clima mediterráneo, en el sureste, con precipitaciones más escasas
(552 mm en Niza), y temperaturas más calurosas en verano (23C en julio, en Marsella) y más suaves en
invierno (7C en enero); por último, clima de montaña en las regiones del este, variación del clima oceánico de
transición por la altura.
Geografía humana
El descenso en el ritmo del crecimiento demográfico francés en las últimas décadas (del 0,8% en 1970 al 0,5%
en el período 1989−1994) viene motivado, al igual que en otros países de la Europa occidental, por la bajada
de la tasa de natalidad (12,3) y de la de fecundidad (1,6). Un hecho diferencial en el caso francés es la
inmigración que, aunque ya no alcanza las cotas del pasado (entre 1800−1936 se asentaron en Francia cinco
millones de extranjeros), es el centro de una grave problemática social y política (brotes de xenofobia, leyes
restrictivas a la entrada de extranjeros) que enfrenta al país con su pasado colonial. La densidad media
francesa (104 habitantes/km²) no puede ocultar el hecho de que mientras las tres cuartas partes de su
población (72,8%) se concentra en las ciudades, destacando las aglomeraciones de París (9,2 millones de
habitantes), Lyon, Marsella y Lille (con más de 1 millón de habitantes), otras zonas como el macizo Central y
gran parte de los Alpes se hallan prácticamente deshabitadas. Más recientemente, la población, paralelamente
a la industria, se ha ido desplazando desde el norte hacia nuevos polos de desarrollo al sur (Toulouse,
Montpellier, Grenoble).
Geografía económica
Francia ocupa un lugar preeminente entre los estados más desarrollados; su PNB de 23.470 dólares por
habitante (1994) le sitúa en una buena posición mundial y le confirma como potencia industrial indiscutible.
La agricultura francesa, que ocupa al 4,3% de la población activa, es la más productiva de Europa; en ella
predomina el cultivo de cereales (trigo, con una producción de 16,4 Mt anuales, cebada, maíz, en la Cuenca de
París), frutales y hortalizas (valles del Garona y del Ródano), y vid (Bordelais, Borgoña, Beaujolais,
Champagne y Alsacia), que alimenta una industria del vino de gran calidad, considerada junto con la italiana
como la más importante del mundo (55,4 millones de hl en 1994).
Francia posee una extensa cabaña ganadera (bovina, 20,1 millones; ovina, 10,4 millones; porcina, 13,3
millones), que explica el gran peso de su industria láctea (quesos, mantequilla). La minería francesa, aunque
en declive desde los años cincuenta, ocupa un lugar destacado en la producción de carbón (10,1 Mt de hulla) y
hierro (7,9 Mt). Por otra parte, Francia afronta un grave problema energético, ya que la producción de petróleo
y gas natural (Aquitania) no cubre la demanda interna: importa 100 Mt de petróleo de los países árabes
(refinerías en la cuenca del Ródano y en el curso bajo del Sena) y gas natural de Países Bajos, Europa oriental
(gasoducto eurosiberiano) y de Argelia. Destaca la energía nuclear, que se halla favorecida por la producción
de uranio enriquecido: con casi 50 centrales genera 1.734 t (1993), lo que la convierte en una de las
principales productoras mundiales. El sector industrial constituye el motor de la economía francesa (60% de
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las exportaciones). La industria de base se halla en recesión, especialmente la siderurgia (acero, aluminio) en
los Alpes y el norte; la industria química (amoníaco sintético, fertilizantes, plásticos) muestra sin embargo un
mayor dinamismo. Otros sectores relevantes son la industria metalúrgica, de construcción naval, aeronáutica
(París, Burdeos, Toulouse), de automóviles (región de la Île−de−France), textil, alimentaria y de la
construcción. La nueva tendencia industrial francesa apunta hacia sectores de alta tecnología (informática,
electrónica, armas, telecomunicaciones, aeroespacial, como el proyecto Eureka, de 1985).
Siguiendo la tónica general existente en las economías más avanzadas, el sector terciario ha ganado terreno en
las últimas décadas, en detrimento de los sectores agrícola e industrial (del 62% del PIB en 1980, al 68% en
1993). En él destacan el desarrollo de las finanzas, la administración o el turismo, el cual ofrece una variada
gama de posibilidades: lugares de interés histórico−artístico (París, castillos del Loira), centros de veraneo
(Costa Azul, costa atlántica), estaciones de invierno (Alpes, Pirineos). La actividad comercial, una de las
primeras del mundo en cuanto al volumen de intercambios, se apoya en una densa red de comunicaciones:
32.579 km de vías férreas; 7.408 km de autopistas; 5.817 km de vías fluviales navegables (de los cuales 3.384
km canalizados); puertos de nivel internacional como Marsella, El Havre, Dunkerque, Nantes/Saint−Nazaire,
o Burdeos; y aeropuertos como los de París (Orly, De Gaulle, Le Bourget), Lyon, Niza o Marsella. Su
principal cliente y proveedor es Alemania, seguido de Italia. En términos generales, los países de la CE
representan el 63% de sus exportaciones (maquinarias, vehículos, armas, productos químicos, hierro, acero,
productos agropecuarios: cereales, lácteos, azúcar) y el 60% de sus importaciones (combustibles, maquinaria,
productos químicos). En el marco de la unidad europea, Francia debió afrontar algunos problemas que
frenaron el crecimiento económico de la década de 1990: el aumento del déficit comercial (45.000 millones en
1990); la debilidad financiera frente al marco alemán; crisis aguda en algunos sectores industriales (textil,
construcción naval, siderurgia, del automóvil); y el aumento del paro, que alcanzaba, en 1996, al 11,4% de la
población activa (cerca de 3.270.000 parados).
HISTORIA
Prehistoria
El paleolítico de Francia es uno de los más conocidos, dado que el estudio de este período se inició en este
país. Quedan restos del paleolítico inferior en las terrazas del Somme y de Midi−Pyrénées (hombre de
Neanderthal), en La Chapelle−aux−Saints, Le Moustier y La Ferrasie. Con la llegada del paleolítico superior,
el hombre de Neanderthal fue sustituido por los de Cro−Magnon, Grimaldi y Chancelade. Durante este
período destacan las pinturas en cuevas, en lugares donde no llegaba la luz del día. Representan con notable
realismo animales sueltos, sin figuras humanas y sin formar escenas, y con finalidad probablemente mágica;
estas pinturas se realizaron durante un período glacial e informan sobre los animales cazados por los
miembros de estas culturas. A este estilo pictórico francocantábrico pertenecen las pinturas de Lascaux y de
Font de Gaume, en Francia, y de Altamira, en España. El Mesolítico conllevó el abandono de las cuevas,
debido al calentamiento del clima y al inicio de algunas actividades agropecuarias que marcan la transición
hacia el neolítico. Éste se inició en el III milenio a.J.C. y se difundió durante el siguiente; significó el
desarrollo de la agricultura y de la ganadería, y con ello un importante incremento demográfico y la aparición
de excedentes. Merced a éstos y al desarrollo de la organización social, apareció la cultura megalítica, que
construyó menhires, dólmenes y enterramientos de corredor similares a los del occidente europeo. Hacia 1500
a.J.C. se inició la edad del bronce y se desarrollaron algunas rutas comerciales.
En el I milenio a.J.C. se enmarcan la edad del hierro y las culturas celtas. El mundo céltico europeo compartió
cierta unidad cultural, ya que no política o racial, con los galos, nombre que recibieron los celtas de Francia.
En la costa mediterránea los griegos fundaron colonias como Massalia (Marsella).
La Galia romana
En 125 a.J.C. Roma ocupó la zona costera al acudir en ayuda de Massalia. César conquistó toda la Galia entre
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el 58 y el 51 a.J.C. tras vencer a Vercingetórix en Alesia (52 a.J.C.). Desde entonces el territorio se fue
romanizando y apareció una clase de terratenientes que gustaba de vivir en las ciudades e imitar los modelos
romanos. En 406, vándalos, suevos y alanos atravesaron el Rin. Tras ellos llegaron burgundios, francos y
visigodos; estos pueblos saquearon la Galia, empobreciendo la cultura y el país. En 451 el general romano
Aecio, con ayuda visigoda, derrotó a Atila y liberó la Galia de los hunos, pero, al desaparecer el imperio
romano de Occidente en 476, sólo la región comprendida entre el Sena y el Loira continuó, hasta 486, bajo
control del general romano Siagrio.
La edad media
Los francos derrotaron a Siagrio (486) y dominaron la Galia; dieron nombre al país y fueron el primer pueblo
germano que se convirtió al cristianismo. Vencieron a los visigodos (Vouillé, 507) y a los burgundios y
unificaron Francia, pero conservaron un concepto patrimonialista del reino que les llevaba a continuos
repartos. En 732 el carolingio Carlos Martel, que gobernaba el país como mayordomo de palacio, derrotó a los
musulmanes en Poitiers y su hijo Pipino sustituyó al último rey merovingio, fundando la dinastía carolingia.
Carlomagno (768−814) fue coronado emperador por el papa en 800 y creó un imperio que no conservó su
unidad debido a la concepción patrimonialista imperante. Sin embargo, su época fue de prosperidad y
expansión, no sólo en el campo militar sino también en los campos administrativo y legislativo. En el siglo IX
Francia sufrió repetidas invasiones normandas, musulmanas y magiares que debilitaron la autoridad real y
prepararon la consolidación del feudalismo. A fines del siglo IX el vacío de poder había reducido el comercio
y disgregado el país en unidades económicas autosuficientes. Los nobles evolucionaron de funcionarios
dependientes del rey a cargos hereditarios, llegando a ser señores prácticamente independientes ligados al
monarca por unos débiles nexos de vasallaje. En 888, el conde Eudes, que había defendido París de los
normandos, fue elegido rey; entre esta fecha y 987, carolingios y Capetos se fueron alternando y enfrentando
por el trono. En sus inicios, los Capetos carecieron de poder efectivo, pero intentaron ampliar sus señoríos.
Aunque nadie les disputó el trono, el poder efectivo estuvo en los grandes señores (de Normandía y Anjou
sobre todo), que gobernaron con independencia en sus señoríos. El país prosperó al margen de las pugnas
entre los distintos señores, y las ferias de Champagne en los siglos XII, XIII y XIV fueron el lugar de
encuentro de los mercaderes de Italia con los de Flandes y del norte de Europa. Además se desarrolló el arte
románico (siglos XI y XII) y se impulsaron sucesivas reformas de la orden benedictina (Cluny en el siglo XI y
Cîteaux en el siglo XII); a finales del siglo XII apareció el gótico.
El crecimiento de las ciudades y de una riqueza independiente de la de tierra reforzó el papel del rey frente a
una nobleza guerrera que había participado en las cruzadas e incluso había conquistado Inglaterra. Felipe II
Augusto luchó contra el rey inglés Juan sin Tierra y derrotó en Bouvines (1214) a sus aliados, lo que le
permitió dominar el norte de Francia. La cruzada dirigida por Simón de Montfort contra los albigenses le
aseguró el control del sur de Francia, tras derrotar al rey de Aragón. Con todo ello se iba imponiendo en
Francia la idea de estado frente a la nobleza, e incluso el papado pasó a depender del rey cuando los papas se
instalaron en Aviñón (1309). Muertos sin descendencia masculina los hijos de Felipe IV el Hermoso
(1285−1314), se planteó el problema sucesorio; para evitar que el rey inglés Eduardo III, nieto de Felipe IV
por vía materna, se convirtiese en rey francés, se alegó la ley sálica y se eligió rey a Felipe de Valois
(1328−1350). De esta forma se originó la guerra de los Cien años al reclamar Eduardo III sus derechos al
trono francés. Su victoria en Crécy (1346) hizo que los ingleses dominaran buena parte de Francia, pero la
situación empeoró por la guerra civil entre armañacs y borgoñones y por las destrucciones ocasionadas en
ella, a las que se sumó la peste negra. En esta época surgió la heroína Juana de Arco, acusada de hereje y
quemada por los ingleses. En 1435, al firmarse la paz de Arrás que puso fin a la guerra, los ingleses sólo
conservaban ya en Francia el puerto de Calais.
A fines del siglo XV el poder de los monarcas se había fortalecido gracias al ejército permanente y a la
burocracia; salvo Bretaña, sus dominios se confundían prácticamente con los del reino, que tenía una
demografía saneada y una agricultura próspera.
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La edad moderna
Francisco I (1515−1547) fue un monarca autoritario que, una vez sometida la nobleza, se enfrentó a Carlos I
por el predominio en Europa. Francia se sentía amenazada por los dominios hispánicos que la rodeaban y
ensayó todo tipo de alianzas, en primer lugar, con Inglaterra. Tras la derrota de Pavía (1525), se alió con los
príncipes luteranos alemanes y, como último recurso, con el imperio turco. Una de sus líneas de expansión fue
Italia, que invadió en 1494 y de donde fue expulsado por los españoles tras la derrota de Pavía. La pugna
continuó con sus sucesores: Enrique II (1547−1559) y Felipe II de España; fue un período de enfrentamientos
salpicado de tratados de paz que en realidad no eran más que treguas, como la de Cateau−Cambrésis (1559).
Es la época en que se difunde la Reforma, especialmente en su vertiente calvinista, lo que dio lugar a las
guerras de religión (1562−1598), en las que Felipe II de España apoyó al bando católico.
La matanza de hugonotes (nombre con el que eran conocidos en Francia los calvinistas) en la noche de San
Bartolomé dividió al país en dos zonas, que de hecho constituyeron dos estados separados. Enrique III quiso
pactar con los hugonotes, pero fue asesinado por la Liga católica en 1589. Quedó como sucesor Enrique de
Navarra (Enrique IV), que, aunque era el jefe de los hugonotes, se convirtió (1593) al catolicismo para ser
reconocido rey; su compromiso personal facilitó la consolidación de la monarquía. Esta maniobra política fue
acompañada por el edicto de Nantes (1598), que concedía a los hugonotes garantías y el control de varias
ciudades. Con el fin de las guerras de religión, España dejó de influir en la política interna. En el siglo XVII la
monarquía evolucionó hacia el absolutismo. Luis XIII (1610−1643) puso en manos del cardenal Richelieu la
dirección de la política de su país, y, aunque mantuvo la libertad de culto, suprimió el poder militar de los
hugonotes mediante el edicto de Alès (1629). A su muerte, la madre de Luis XIV, Ana de Austria, entregó el
poder al cardenal Mazarino, que hizo frente a la revuelta nobiliaria conocida como la Fronda, que se oponía al
absolutismo real. La revuelta fue sofocada y Francia venció a España en la guerra de los Treinta años
(1618−1648), convirtiéndose en la primera potencia europea. Los tratados de Westfalia (1648) y los Pirineos
(1659) le concedieron Rosellón, Artois y Alsacia, y concertaron el matrimonio entre Luis XIV y la infanta
española María Teresa. Desde la muerte de Mazarino (1661) Luis XIV gobernó como monarca absoluto y
convirtió a la nobleza en cortesana, atrayéndola a su magnífico palacio de Versalles (1682), que sirvió de
modelo a muchos soberanos europeos. La dirección de la economía estuvo a cargo de Colbert, que estableció
un rígido sistema proteccionista e intervencionista. Para obtener una balanza de pagos positiva, favoreció la
exportación de productos caros y protegió y reguló las manufacturas. Impulsó el colonialismo, tomando
posesión de la Luisiana, e hizo crear varias compañías comerciales para controlar el comercio colonial y
supeditarlo al interés de la metrópoli. El mercantilismo de Colbert concebía la riqueza como resultado de la
acumulación lograda al ingresar más de lo que se gastaba. Sin embargo, fue incapaz de reunir los fondos
necesarios para las guerras y la corte. En materia religiosa, el absolutismo se enfrentó al papado: revocó el
edicto de Nantes (1685), abocando a los hugonotes a una masiva emigración, y destruyó el monasterio
jansenista de Port Royal (1709). En el sur, Francia alcanzó la frontera de los Pirineos (paz de los Pirineos,
1659), y en el este, el Rin, superando una serie de conflictos con los países opuestos al expansionismo y a la
hegemonía de Francia. Por la paz de Nimega (1678) obtuvo el Franco Condado, pero por la de Ryswick
(1697) devolvió la mayor parte de las conquistas efectuadas. Las guerras llevaron a rodear al país de fortalezas
diseñadas por Vauban, construidas siguiendo una concepción de defensas rasantes, alternancia de fosos y
muros de alturas moderadas, mejor adaptados al uso de artillería. La muerte de Carlos II de España permitió
que Felipe V de Borbón, nieto de Luis XIV, se proclamase soberano de este país con la oposición de Gran
Bretaña, Holanda, Austria y Portugal, lo que provocó la guerra de Sucesión de España (1701−1715). Este
conflicto europeo significó el fin de la hegemonía francesa y su sustitución por un equilibrio continental
favorable a Gran Bretaña. Luis XV (1715−1774) comenzó su reinado a los cinco años, durante una grave
crisis económica a la que se quiso poner fin mediante la creación de un banco estatal, emisor de papel
moneda, dirigido por Law; pero el sistema fracasó tras un período especulativo (1715−1720). A lo largo del
siglo XVIII se produjo una pérdida del poder del monarca, y el país continuó la política mercantilista, que le
rezagó en relación a Gran Bretaña. Esa falta de competitividad económica se tradujo en inferioridad militar
frente a los británicos, que derrotaron a la coalición franco−española en la guerra de los Siete años
(1756−1763), arrebatando a Francia sus posesiones en Canadá e India, salvo unos pocos enclaves costeros, en
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el tratado de París (1763). De esta forma las colonias francesas quedaron reducidas a sus prósperas posesiones
en el Caribe. Los gastos de la corte, el esfuerzo bélico y el apoyo a los independentistas estadounidenses
llevaron al país a la bancarrota económica. El fin del Antiguo régimen presentaba un panorama económico y
social amenazador. Los campesinos y el naciente proletariado urbano, en unas condiciones de vida miserables,
no podían soportar más impuestos, y la naciente burguesía, descontenta por las medidas que favorecían los
intereses de la nobleza y del clero, no estaba dispuesta a aceptar nuevos esfuerzos. Las reformas que
obligaban a nobles y clero a pagar impuestos hicieron fracasar a ministros como Turgot y Necker cuando la
asamblea de notables se negó a renunciar a sus privilegios. Convocados los Estados Generales como último
recurso, la paridad de representantes entre privilegiados y pueblo llano presagiaba cambios importantes.
El período revolucionario (1789−1815)
El rey Luis XVI reunió a los Estados Generales en Versalles para alejarlos de París, pero el tercer estado se
separó y se proclamó asamblea nacional, que poco después se convirtió en constituyente. Este paso era una
afirmación de la soberanía nacional y una limitación efectiva del poder real. Ante este desafío, el rey intentó
recurrir al ejército, pero París se alzó en armas y se apoderó de la Bastilla el 14 de julio de 1789. Se formó un
ayuntamiento revolucionario y se creó la Guardia nacional. Los sucesos de la capital se extendieron a otras
ciudades y al campo, donde se atacó al régimen señorial.
El rey aceptó los hechos consumados y la asamblea abolió los derechos señoriales y proclamó la Declaración
de los derechos del hombre y del ciudadano (1789). Se incautaron y amortizaron los bienes del clero para
emitir «asignados» y solventar las deudas del estado; a cambio, a los clérigos se les asignaron ingresos como
funcionarios y se les obligó a jurar la constitución (los que no aceptaron fueron llamados «refractarios»). La
constitución de 1791 impuso la división de poderes (conservando el rey el ejecutivo y el veto), el sufragio
censitario, la libre iniciativa privada en materia económica, el fin de los derechos señoriales y una lista de
derechos y libertades. El rey, que confiaba en el apoyo de los emigrados realistas y de las monarquías
extranjeras para poner fin a la revolución, intentó huir, pero fue descubierto en Varennes y posteriormente
ejecutado (1793). La asamblea legislativa proclamó la república (1792) e hizo frente a las potencias
extranjeras y a la sublevación de la Vendée con los medios drásticos (el Terror) del Comité de salvación
pública y el Tribunal revolucionario. El sector más progresista de la burguesía, el de los jacobinos, elaboró
otra constitución (1793), en la que se proclamó el sufragio universal, pero no llegó a aplicarse, debido a la
crisis del país. En 1794 la reacción termidoriana puso fin a la dictadura jacobina y llevó al poder a los
moderados.
La constitución de 1795 volvió al sufragio censatario e instauró un ejecutivo fuerte. Este Directorio
(1795−1799) fue un período de corrupción en el que para hacer frente a los enemigos exteriores e interiores se
recurrió al ejército, en el seno del cual pronto destacó Napoleón. Éste dio el golpe de estado de Brumario,
prácticamente sin oposición (1799), e instauró el Consulado (1799−1804). Napoleón representó la fase más
moderada del proceso revolucionario liberal en Francia; elaboró el código civil, firmó el concordato con el
papado (1801) y obligó a Austria y Gran Bretaña a firmar la paz. Pero Gran Bretaña temía que las reformas
económicas y la potencia militar de Francia amenazasen su hegemonía, y las demás monarquías recelaban del
peligro de difusión del ejemplo francés. Todo ello desencadenó continuas guerras y coaliciones contra
Francia. En 1802 el consulado de Napoleón se convirtió en vitalicio y en 1804 el papa le coronó emperador.
Francia venció a sus enemigos en Austerlitz (1805), Jena (1806) y Wagram (1809), pero para derrotar a Gran
Bretaña precisaba dominar el mar, y la escuadra francoespañola había sido derrotada en Trafalgar (1805). Con
el objetivo de ahogar económicamente a Gran Bretaña, Francia decretó el bloqueo continental; Rusia se apartó
de él en 1812, lo que motivó la desastrosa invasión de este país (1812). Tras ello vino la derrota de Leipzig
(1813), la invasión de Francia (1814) y el destierro del emperador a la isla de Elba (1814). Napoleón retomó
el poder en Francia en 1815, pero fue vencido en Waterloo (1815) y recluido en la isla Santa Elena.
El reino hasta 1870
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Luis XVIII (1815−1824) vaciló entre un gobierno de tipo liberal moderado (la concesión de una carta
otorgada) y el absolutismo, difícilmente aceptable por una sociedad en la que el desarrollo burgués y la
difusión de las ideas liberales eran tan intensos. El intento de Carlos X de imponer el Antiguo régimen acabó
en la revolución de 1830. La monarquía de los Orleans, con Luis Felipe como paladín de la igualdad, instauró
un régimen liberal moderado que favoreció los intereses de la gran burguesía. Recibió el apoyo de Gran
Bretaña, interesada en contraponer un bloque liberal europeo al bloque absolutista formado por Rusia, Austria
y Prusia. La crisis económica de 1847 propició la revolución de 1848, que acabó con la monarquía y dio paso
a una efímera república, ya que las zonas campesinas se impusieron al París de ideas obreristas; fue elegido
como presidente el futuro Napoleón III (1848), que dio un golpe de estado en 1851.
El segundo imperio (1852−1870) comenzó en el plebiscito que proclamó emperador a Luis Napoleón
Bonaparte (1852). Su gobierno se apoyó en el clero, en la alta burguesía y en la población rural. Siguió una
política empeñada en realzar el prestigio del país y del régimen; en esa época, Haussmann embelleció la
capital. En política exterior se inició la conquista del Senegal, se penetró en Argelia y se intervino en
Indochina. También se apoyó a Italia en su lucha contra Austria por la unificación y se impuso a Maximiliano
I como emperador de México (1862−1867). El régimen se basaba en la prosperidad económica, pero ésta
entró en crisis en 1870 cuando la desastrosa derrota de Sedan en la guerra francoprusiana (1870) puso fin al
imperio, proclamándose la república.
La tercera república
La comuna revolucionaria de París, que había surgido aprovechando el vacío del poder (1871), fue aplastada.
Se elaboró la constitución de 1875, de carácter conservador, como correspondía al miedo de la burguesía tras
la revolución de 1871. Sin embargo, el movimiento obrero obtendría más tarde la legalización de los
sindicatos (1884). En 1902 el bloque de izquierdas triunfó en las elecciones; se separó la Iglesia del estado
(1905), se difundió la enseñanza laica y se intentó hacer frente a los problemas sociales mediante una
legislación protectora de los trabajadores. En el exterior, durante el período 1870−1914 se forjó un imperio
colonial en África e Indochina, que fue el segundo en extensión después del de Gran Bretaña y mejoró la
imagen del país.
La pugna con Alemania, que le había arrebatado Alsacia y Lorena (1871), llevó a la Entente francobritánica
de 1904, al tratado franco−ruso de 1907 y a la Triple Entente (1907). Estas alianzas, tras diversas tensiones en
las colonias y en la región balcánica, solucionadas al borde del conflicto armado, llevaron a la primera guerra
mundial contra los imperios centrales: Alemania y Austria. Alemania ocupó Bélgica e invadió Francia
buscando ocupar París, pero la invasión rusa de Prusia y la victoria del Marne (1914) estabilizaron el frente y
dieron paso a la carrera hacia el mar y a la guerra de trincheras. Las posiciones quedaron prácticamente
inamovibles hasta el final de la guerra, con encarnizadas y estériles luchas por romper el frente; el uso de las
ametralladoras y las alambradas hacía inadecuados los asaltos a la bayoneta ordenados por los mandos francés
y alemán. En 1917 la intervención estadounidense empezó a llegar a suelo francés y en 1918 Alemania fue
derrotada. La lucha había puesto de relieve el retraso de la industrialización en Francia, frente a Estados
Unidos, Alemania o Gran Bretaña. Las duras condiciones impuestas a Alemania en el tratado de Versalles
impidieron que esta paz fuera duradera. Francia recuperó Alsacia y Lorena, limitó el ejército alemán, recibió
reparaciones de guerra y ocupó el Sarre. La era de prosperidad de los «felices veinte» fortaleció la imagen que
el país tenía de sí mismo y el bloque nacional en el gobierno ocupó el Rhur en 1923 por el retraso en el pago
de las reparaciones de guerra alemanas. Los gobiernos de unidad nacional y radicales se fueron alternando en
el poder hasta 1932, en que un gobierno de coalición radical−socialista se hizo cargo del poder e intentó hacer
frente a la crisis económica que había alcanzado el país con retraso en relación a las demás potencias
industrializadas. La crisis golpeó con dureza el tejido social, y los desórdenes de 1934, en los que se temió por
la continuidad del régimen, llevaron al gobierno de concentración del mismo año. En 1936 el Frente popular
encabezado por Léon Blum (coalición de socialistas, radicales y comunistas) alcanzó el poder y llevó adelante
una serie de reformas sociales, entre las que destaca la reducción de la jornada laboral a 40 horas semanales
para reducir el paro y mejorar la calidad de vida de los trabajadores. Las divergencias entre socialistas y
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radicales sobre las medidas sociales y la actitud ante la guerra civil española produjeron la ruptura de la
coalición en 1938. Francia se sintió impotente para hacer frente a Hitler sin la colaboración británica y esperó
a que los conservadores de este país se decidiesen a hacerle frente. En 1939 se inició la segunda guerra
mundial al declarársela ambos países a Alemania como consecuencia de la invasión de Polonia, pero en 1940
el ejército francés fue estrepitosamente derrotado y la mayor parte del país ocupada, mientras se establecía un
gobierno colaboracionista con sede en Vichy, presidido por Pétain y dirigido por Pierre Laval. Charles de
Gaulle comenzó la lucha contra los alemanes desde las colonias de África, y en el interior del país se inició la
resistencia, dirigida en buena medida por el Partido comunista francés, fundado en 1920. En 1944 las tropas
aliadas desembarcaron en Normandía, y en 1945 la lucha concluyó y se admitió a Francia como una de las
potencias vencedoras.
La cuarta república y la quinta república
La paz estableció unas condiciones económicas no muy duras y los aliados siguieron ocupando durante un
tiempo Alemania y Austria. Francia atravesó un período de gobiernos inestables que tuvieron que enfrentarse
a la descolonización de Indochina, concluida con la derrota en Dien Bien Phu (1954) y los acuerdos de
Ginebra, que dividieron el país. La población de origen francés en Argelia (los pieds noir eran el 10%)
complicó la lucha del Frente de liberación nacional (dirigido por Ahmed Ben Bella) por la independencia de
aquel país, y acabó provocando un golpe militar (1958) y una grave crisis de poder. Resuelta la situación
gracias al prestigio de De Gaulle, se proclamó la quinta república y se inauguró un período de cariz
nacionalista en el que Francia se retiró de la disciplina militar de la OTAN y colaboró en la creación del
Mercado común, distanciándose del Reino Unido y acercándose a Alemania. Esta política se acompañó de la
concesión de la independencia a todas las colonias que lo pidieron y entró en crisis durante las revueltas
estudiantiles de mayo de 1968. De Gaulle dimitió posteriormente y las elecciones presidenciales de 1969
llevaron al poder a Georges Pompidou, que murió en 1974, siendo sucedido por el liberal conservador Valéry
Giscard d'Estaing.
La victoria socialista en 1981 llevó a la presidencia a François Mitterrand y abrió un período de reformas
sociales y políticas. En las elecciones legislativas de 1986 triunfó la coalición conservadora RPR−UDF y
Mitterrand encargó la formación de gobierno a Jacques Chirac, de la RDR. Se planteó entonces el fenómeno
inédito de la coexistencia («cohabitación») de un presidente y un primer ministro de tendencias políticas
opuestas. Chirac se presentó como candidato a las elecciones presidenciales de 1988, pero fue derrotado por
Mitterrand. Las elecciones legislativas celebradas ese mismo año dieron la victoria a los socialistas, que
formaron un gobierno encabezado por Michel Rocard, el cual impulsó una legislación social, pero abandonó
la política económica intervencionista. En 1990 se dotó a Córcega de un estatuto con una autonomía más
amplia. Al año siguiente Rocard fue sustituido en el cargo de primer ministro por Edith Cresson, a quien
sucedió en 1992 Pierre Bérégovoy. Las elecciones de 1993 fueron ganadas por la coalición conservadora
RPR−UDF. Édouard Balladur, del RPR fue nombrado primer ministro, en una segunda «cohabitación».
Balladur llevó cabo una política conservadora y aplicó medidas económicas liberalizadoras. En 1995 fue
elegido presidente Jacques Chirac. Su primer ministro, Alain Juppé, del RPR, emprendió una política de
ajuste que provocó una huelga general. En 1997 se convocaron elecciones legislativas anticipadas que fueron
ganadas por el socialista Lionel Jospin, comenzando así un nuevo período de «cohabitación».
ARTE
Las industrias del paleolítico inferior aparecen en las terrazas fluviales y alcanzan su máxima concentración
en el valle del Somme (100000−40000 a.J.C.). Los restos fósiles del paleolítico medio (40000−25000 a.J.C.)
aparecen en diferentes yacimientos inhumados de forma intencional (Dordoña). A lo largo de todo el
paleolítico superior (25000−8000 a.J.C.), el hombre desarrolló una intensa actividad artística: pintó o grabó en
las paredes de las cuevas que utilizaba como habitación (Lascaux, Font−de−Gaume, Rouffignac, etc.). El
período mesolítico (8000−6000 a.J.C.) se caracteriza por un empobrecimiento cultural (olvido de la pintura
rupestre).
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Entre el 6000 y el 4000 a.J.C., en la cuenca de París, se desarrolló una cultura de transición al neolítico, con la
que se iniciaron actividades de alfarería. El período neolítico aportó el pulimento de la piedra, la agricultura
de azada, la ganadería y el tejido, innovaciones favorecidas por un aumento demográfico. Alrededor del
segundo milenio, siguiendo los valles del Ródano y el Garona, penetró la civilización megalítica. Con ella
llegó la metalurgia del cobre, que alcanzó su apogeo hacia 1500 a.J.C. y se extendió por el centro−oeste, el
Mediodía y Bretaña. Poco después, se inició la metalurgia del bronce. La edad del hierro, que se inició a
principios del primer milenio, señala el final de los tiempos prehistóricos. Los celtas son los primeros
habitantes conocidos de la Galia (regiones comprendidas entre los Pirineos, el Mediterráneo, los Alpes, el Rin
y el Atlántico). El arte galo, vinculado a la civilización celta y a su religión, y más tarde al arte galorromano,
resultado de la alianza del genio romano con el céltico, precedió a los comienzos del arte francés en las épocas
merovingia (siglos V−VIII) y carolingia (siglos VIII−X). Las iglesias merovingias de la Galia eran basílicas
de planta rectangular alargada, con cubierta de madera y campanario, decoradas con mosaicos y con pinturas.
Ninguno de estos monumentos se conserva en la actualidad; por el contrario, han subsistido algunos
baptisterios y criptas que datan de los siglos IV y V. El arte carolingio, mejor conocido, representa un retorno
al clasicismo romano y atestigua una estrecha relación con el arte bizantino. A fines del siglo X, apareció un
tipo de basílica, que es ya el de la basílica románica, con nave central más elevada que las laterales, crucero,
ábside y deambulatorio. Su decoración era musivaria o pictórica, casi siempre inspirada en modelos
bizantinos. Una de las manifestaciones más refinadas de este renacimiento fue la iluminación de códices,
ámbito en el que sobresalen las escuelas de Tours, Reims, Metz y Saint−Denis. La arquitectura románica se
caracteriza por el empleo de cubiertas abovedadas de medio cañón (corridas o con fajones), de aristas y de
cúpulas; la planta de las iglesias románicas es también basilical y, a menudo, tiene torres adosadas a la
fachada y campanario o linterna en la intersección del crucero con la nave central. Todas las iglesias
románicas francesas recibieron una elaborada decoración escultórica, casi siempre figurativa, con escenas
tomadas de las Escrituras, en la que, junto a los personajes reales, muy estilizados, aparecen una flora y una
fauna fantásticas y numerosos motivos geométricos.
La decoración escultórica se desarrolló sobre todo en capiteles y en portadas (tímpanos, arquivoltas,
parteluces). Los conjuntos historiados más importantes se hallan en Borgoña (Vézelay), en el centro
(Conques), en el Midi (Toulouse) y en el Rosellón (Elna). Muchas iglesias románicas tuvieron decoración
pintada; se conservan frescos en Borgoña (pintura con fondos oscuros de Berzé−la−Ville, derivada de los
desaparecidos frescos de Cluny) y en la región occidental (pintura con fondos claros de Saint
Savin−sur−Gartempe, comienzos del siglo XII). Los monasterios siguieron la tradición miniaturista
carolingia, al igual que las abadías del Artois. Durante este período, los orfebres mostraron una gran actividad
y se cultivó la técnica del esmalte campeado, cuyos centros principales estaban en la región de Limoges. La
principal innovación de la arquitectura del gótico incipiente es la bóveda de ojivas (catedrales de París y de
Laón y colegiata de Noyon). El gótico de la primera mitad del siglo XIII (catedrales de Chartres y de Reims)
logró el equilibrio entre muros y vanos, sin recurrir a ostentosos virtuosismos. A fines del siglo XIII y
principios del XIV, surgió el gótico radiante, con fastuosos ventanales calados con tracerías, que proporcionan
una iluminación cenital. El gótico flamígero aúna el virtuosismo arquitectónico con el decorativismo; los
elementos constructivos se fragmentan, curvas y contracurvas se oponen. Hay algunas regiones de Francia que
escapan a estas líneas evolutivas, en especial el Languedoc, donde se siguieron construyendo iglesias de una
sola nave (catedral de Toulouse), con capillas laterales entre los contrafuertes (catedral de Albi).
La decoración escultórica de las iglesias góticas es mucho más naturalista que la románica; los personajes,
estilizados en menor grado, son con frecuencia verdaderos retratos y la flora y la fauna siguen también
módulos realistas. Los temas dominantes de la estatuaria religiosa son la Virgen y los santos, imágenes que se
desligan de forma paulatina de su función arquitectónica y que abandonan los capiteles para centrarse en las
portadas. Los conjuntos escultóricos más significativos de la evolución del gótico francés son la portada real
de Chartres (siglo XII), las laterales de la misma catedral y las principales de Amiens y de Reims (siglo XIII),
los apóstoles de Rieux (museo de Toulouse, siglo XIV) y la decoración de la cartuja de Champmol (siglo
XV).
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En el interior de los templos, las vidrieras sustituyen a las pinturas murales. La técnica del fresco subsistió, en
cambio, en la arquitectura civil (palacio de los papas en Aviñón). La miniatura produjo obras maestras
(Evangelios de santa Cecilia, ciudad 1270). Tiene una gran importancia la pintura de los «primitivos»: escuela
del Loira (Fouquet), del Borbonesado (maestro de Moulins) y de Provenza (Froment). La tapicería tuvo sus
centros más representativos en París, Arras y Tournai. Tras la reunificación del reino bajo Carlos VII, sus
sucesores (Luis XII y Francisco I) emprendieron varias campañas en Italia. Como consecuencia, se incorporó
a la arquitectura tradicional una nueva decoración, obra de artistas italianos. Hacia 1525 Fontainebleau se
convirtió en el principal centro artístico del reino gracias a la actividad de los artistas italianos (Primaticcio y
Rosso). Iniciados en los secretos del nuevo estilo, los creadores franceses contribuyeron muy pronto a la
formación de un renacimiento auténticamente nacional: Philippe Delorme y Pierre Lescot en arquitectura,
Jean Goujon y Germain Pilon en escultura y los Clouet en pintura y, en especial, en el retrato.
Durante el reinado de Luis XIII, empezó a dibujarse el clasicismo, anunciado ya por el renacimiento. La
frialdad expresiva, el academicismo y la tutela estatal son los caracteres más sobresalientes de esta época.
Varios pintores abrieron las puertas a la nueva estética; unos, en contacto con la antigua Roma (Poussin,
Lorena); otros, inspirándose en la religión o en la vida cotidiana (Philippe de Champaigne y los hermanos Le
Nain), y otros, situándose, a través de estudios de luz, en la senda de Caravaggio (La Tour). Las iglesias
francesas de este período, lo mismo que las italianas, se construyen con cierta austeridad, propia del espíritu
de la Contrarreforma.
En 1661 Luis XIV ordenó la construcción de Versalles, cuyas características son la riqueza y la
magnificencia, obra de Le Vau y de Jules Hardouin−Mansart. Le Brun fue el responsable de la decoración
interior y Le Nôtre lo fue de los jardines. Con la regencia y Luis XV, surgió el gusto por los interiores
refinados (en París se alzaron numerosos palacios). Las artes decorativas alcanzaron una importancia sin
precedentes (tapiceros, ebanistas); es el momento en que aparece la pintura de caballete, que tuvo sus grandes
maestros en Watteau, Boucher, Fragonard, Chardin, etc. También en escultura surgen grandes nombres: los
hermanos Coustou, Bouchardon, de inspiración clásica, y Falconet y Pigalle (1714−1785), atentos a las
lecciones del barroco.
El final del siglo XVIII vio el retorno del clasicismo académico, encarnado en los arquitectos Soufflot y
Ledoux, antes de caer en la mera imitación de los modelos romanos. Louis David (1748−1825) es el principal
representante del neoclasicismo pictórico. El romanticismo nació con una nueva generación de pintores. Los
grandes nombres fueron Géricault, Delacroix e Ingres. En escultura, Rude y Carpeaux representan la corriente
dinámica del romanticismo. En pintura, Courbet se erigió en portavoz de la escuela realista, seguido por
Daumier y por Millet. Con Manet y Degas, buscando sus modelos en la vida cotidiana, se inicia la pintura
moderna, cuyo contenido prescinde del tema. Los impresionistas, Renoir, Monet, Sisley, Pissarro, etc.,
inventaron una técnica para producir la ilusión de la luz, cuya influencia fue considerable en todos los pintores
de la época. Cézanne se esforzó en expresar la forma y el contenido por medio del color.
Estas corrientes nuevas de la pintura se oponían al eclecticismo académico, que, hasta la guerra de 1914, fue
el arte oficial de la tercera república. Con Vincent Van Gogh y Paul Gauguin termina un siglo que tuvo en
Toulouse−Lautrec uno de sus últimos testigos. En la escultura, surgen otras tendencias, representadas por
Rodin, Maillol, Bourdelle, etc. Los trabajos en hierro (Eiffel) y en hormigón armado imprimieron a las
técnicas constructivas un extraordinario impulso. Con la pérdida de la primacía de la arquitectura, que en lo
sucesivo habría de ostentar la pintura, París se afirmaría, cada vez más, como centro donde se fraguan las
tendencias orientadoras del arte europeo. Muy importantes fueron las búsquedas de los fauves (Manguin,
Matisse, Derain, etc.) y de los cubistas, cuyo camino había sido abierto por Cézanne y en el que se impusieron
varios nombres: Braque, Picasso, Delaunay, Léger, Matisse, etc. La extraordinaria carrera de Picasso domina
toda esta época. En los dominios del arte decorativo, hay que hacer mención del Art nouveau, cuya brevedad
dio paso, en 1920, al funcionalismo y a los volúmenes geométricos. París se convirtió, a principios de siglo,
en el principal centro de atracción de pintores de todo el mundo. A partir de 1924, el surrealismo, sucesor del
dadaísmo, pasó a ser la corriente pictórica más importante de la época (Ernst, Tanguy, Dalí, etc.). El arte
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abstracto, pese a la presencia en París de Mondrian, sólo se impuso en Francia a partir de 1945. Lo mismo que
para la pintura, la revolución plástica se sitúa en los comienzos de este siglo. La arquitectura se encarna en Le
Corbusier, quien busca, junto con otros arquitectos, estructuras y materiales decididamente nuevos. Con la
rehabilitación del culto al objeto y con la afirmación del arte tecnológico inspirado en la vida urbana y en el
folclore industrial, se produce, en los años sesenta, un profundo cambio (pop−art, mec−art y op−art). El arte
pobre y el land−art, o arte de la tierra, han encontrado poca audiencia en Francia; en cambio, el arte
conceptual está representado por varios artistas, cuya importancia ha sido siempre mejor reconocida en el
extranjero (Venet, Filliou). El hiperrealismo tiene como representante a Moninot. La escultura, animada por la
vitalidad de César (1921), se divide en abstractos puros y en realistas. Se imponen nuevos talentos
preocupados por el movimiento y por el entorno (Tinguely, Kowalsky), cuyas manifestaciones se relacionan a
menudo con el cinetismo, con la animación cinematográfica y con las técnicas maquinistas. El concepto
mismo de arte se está modificando con las mutaciones que en este campo inspira la ciencia moderna. Buena
prueba de ello es, por ejemplo, la obra de Claude Viallat, miembro fundador del grupo Support−Surface. Cabe
mencionar aquí, por su importancia respecto al arte moderno y contemporáneo, el centro Georges Pompidou,
con su museo de Arte Moderno, que permite seguir la evolución artística desde el fauvismo y el cubismo hasta
el hiperrealismo, pasando por todas las novedades y últimas vanguardias mundiales.
LITERATURA
Las primeras muestras de producción literaria original se remontan a la segunda mitad del siglo XI. El Cantar
de Roldán es el más antiguo cantar de gesta, género cultivado hasta principios del siglo XIII. En el sur de
Francia, la lírica de los trovadores, que se manifestó desde la segunda mitad del siglo XI, influyó en toda la
poesía culta de Europa. En la Francia septentrional, este modelo se unió, desde fines del siglo XII, a la
tradición lírica autóctona y dio origen a la literatura de los trouvères.
En la segunda mitad del siglo XIII, Rutebeuf logró una poesía más honda y personal. Paralelamente, se
produjo la eclosión del roman courtois, relatos caballerescos en verso y organizados en ciclos: su más
refinado autor fue Chrétien de Troyes. Cabe citar asimismo los lais de María de Francia y la leyenda de
Tristán e Iseo, narrada en el siglo XII por Thomas y por Béroul. El Roman de Renart pertenece a un género
mucho más popular, el de los cuentos en verso o fabliaux. En el siglo XIII, despunta el Roman de la rose, de
Guillaume de Lorris y de Jean de Meung, modelo de los poemas didácticos y alegóricos.
El teatro ofreció en el siglo XII el Jeu d'Adam y el Jeu de saint Nicolas y, en el siglo XIII, los milagros
prolongaron el teatro religioso, mientras el teatro cómico adquirió autonomía con el Jeu de la feuillée, de
Adam Le Bossu. La lírica de los siglos XIV y XV estuvo dominada por la Escuela cortesana, representada por
Guillaume de Machaut, Eustache Deschamps, Christine de Pisan y Charles d'Orléans. A mediados del siglo
XV, se sitúa la obra del mejor poeta francés medieval, François Villon. En la prosa, destacan las crónicas de
Froissart, las memorias de Commynes y la novela caballeresca de Antoine de La Sale. El teatro conoció un
florecimiento, tanto en el género de los misterios y de los milagros como en el de las moralidades y las soties.
La prosa del siglo XVI entró en una nueva era con la obra de Rabelais, mezcla de leyendas populares y de
erudición humanística. Los cuentos de Margarita de Navarra son las mejores muestras del género en esta
época. En el campo de la poesía, los rhétoriqueurs continuaron la tradición medieval hasta que hizo irrupción,
con Clément Marot, el soneto italiano. La influencia italiana se hizo patente en las obras de la Pléyade y, en
menor medida, en el grupo de los poetas de Lyon, encabezados por Maurice Scève y Louise Labé. Entre los
poetas de la Pléyade, destacan Pierre de Ronsard y Joachim du Bellay. Philippe Desportes inició una escuela
cortesana de mayor rebuscamiento formal, al tiempo que surgía una sensibilidad barroca, a menudo
relacionada con preocupaciones religiosas, en las obras de Jean de Sponde, Guillaume de Bartas y Agrippa
d'Aubigné. En la prosa de fin de siglo, la obra fundamental fueron los Ensayos de Montaigne. El teatro
popular sufrió las consecuencias de la prohibición de representar misterios instaurada en 1548, pero, a
mediados de siglo, nació la tragedia francesa con la Cleopatra cautiva, de Jodelle. Hasta 1660, los partidarios
de una rigurosa disciplina formal, encabezados por Malherbe, se enfrentaron a los cultivadores de la
sensibilidad y de la imaginación, como Régnier, Théophile de Viau, Saint−Amant, Cyrano de Bergerac y
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Scarron. El novelista D'Urfé y el poeta Voiture, exponentes del llamado «preciosismo», brillaban en la
sociedad mundana que frecuentaba el salón de la marquesa de Rambouillet. Paralelamente, la búsqueda de un
equilibrio condujo a la creación de la Academia francesa (1635). Guez de Balzac estableció el canon de la
prosa clásica.
El estreno de El Cid, de Corneille, inauguró la etapa del teatro clásico francés. La prosa de Pascal, una de las
más vigorosas y originales de la literatura francesa, cobró cuerpo al calor del jansenismo. Todas estas
tendencias confluyeron, durante la primera parte del reinado de Luis XIV, en la «era clásica» de la literatura
francesa y culminaron con las Fábulas de La Fontaine, las comedias de Molière, las tragedias de Racine, las
Sátiras y las epístolas de Boileau y los sermones de Bossuet. También son notablesLa princesa de Clèves de
Madame de La Fayette, precursora de la novela de análisis sicológico, la prosa de Madame de Sévigné y del
cardenal de Retz y las Reflexiones, sentencias y máximas de La Rochefoucauld.
A partir de 1685, el equilibrio clásico se deshizo. La llamada «querella de los antiguos y modernos» dejó
huellas en las obras de La Bruyère, Saint−Simon, Fénelon y Perrault. En el teatro, triunfó la sátira de
costumbres en las comedias de Regnard y de Lesage. El espíritu filosófico, que había comenzado a despuntar
a fines del reinado de Luis XIV, se afianzó en la obra de Montesquieu. Voltaire gozó de un inmenso prestigio
y su obra contribuyó a realzar el pensamiento racionalista.
En la segunda mitad del siglo XVIII, esta tendencia halló su más aquilatada expresión en la Enciclopedia y en
las obras de sus principales animadores, Diderot, Condillac y D'Alembert. De forma paralela, surgió una
corriente más atenta a la sensibilidad que a la razón. El moralista Vauvenargues fue su precursor y Rousseau,
su principal representante. Estos movimientos ideológicos ejercieron una poderosa influencia en la evolución
de los géneros literarios, como demuestra la mordaz sátira de costumbres de Lesage y el realismo sentimental
del abate Prévost. La influencia de La nueva Eloísa de Rousseau se hizo patente no sólo en Bernardin de
Saint−Pierre, sino incluso en las novelas libertinas de Restif de La Bretonne y de Choderlos de Laclos. Cabe
señalar, como únicas y originales en el panorama de la narrativa, las obras de ficción de Diderot y del marqués
de Sade. La poesía lírica, en cambio, hasta la aparición de la obra de André Chénier, dio figuras secundarias.
En el teatro, Marivaux fue el comediógrafo más importante de la primera mitad de siglo, opuesto a Voltaire,
defensor de la tradición de la tragedia clásica, y a Diderot, forjador del denominado «drama burgués». El gran
dramaturgo de la segunda mitad del siglo fue Beaumarchais, quien supo dar a sus comedias un contenido
social reivindicativo. Pixerécourt dio vida al melodrama, género que gozó de gran popularidad en el siglo
siguiente. El período revolucionario fue fértil en autores periodistas y polémicos, como Chamfort y Rivarol.
El romanticismo fue el primer gran movimiento literario del siglo XIX: Sénancour, Benjamin Constant,
Madame de Staël y, sobre todo, Chateaubriand contribuyeron a fijar sus rasgos característicos. A partir de
1820, se dieron a conocer las principales figuras de un importante renacimiento poético: Lamartine, Vigny y
Hugo. Este último fue el gran poeta del romanticismo francés. La siguiente generación dio poetas de la talla
de Musset, Nerval y Gautier. El poema en prosa surgió como género poético novedoso de la pluma de
Aloysius Bertrand. En el teatro, el romanticismo efectuó una verdadera revolución. En el prefacio de
Cromwell, Hugo definió la tragedia romántica por oposición a la clásica, y el estreno de Hernani señaló el
triunfo de la nueva tendencia. Musset cultivó el drama histórico y la comedia dramática, Vigny expresó en sus
dramas la misma desilusión que en sus poemas y Dumas padre destacó con su Antony.
El género novelesco, popularizado por el folletín, fue practicado por los grandes románticos, a quienes se
sumaron George Sand y Eugène Sue. Mérimée dominó el género de la novela corta y del cuento. Sin
embargo, los dos mayores novelistas de la primera mitad del siglo son Stendhal, que hizo del análisis
sicológico un arte, y Balzac, el padre del realismo moderno. Entre los demás prosistas, destacaron los
historiadores Michelet y Guizot, el crítico literario Sainte−Beuve y el polemista Lamennais.
El fracaso político de la revolución de 1848 favoreció la reacción contra el romanticismo y el auge de las tesis
positivistas. Renan y Taine se convirtieron en los ideólogos de moda. Desde el destierro, Hugo compuso lo
mejor de su obra poética, mientras Leconte de Lisle iniciaba la Escuela parnasiana, que contó en sus filas con
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De Banville y con Heredia. Sin embargo, el gran renovador de la poesía francesa fue, sin duda, Charles
Baudelaire. Después de él, Rimbaud y Verlaine, con sus audaces innovaciones, la llevaron al umbral de la
modernidad, cuya puerta se encargó de abrir S. Mallarmé. El simbolismo también estuvo representado por
Moréas, Régnier y Jammes. Fuera de escuelas y libres de etiquetas, quedan varios poetas de innegable
originalidad, como Charles Cros, Tristan Corbière y Jules Laforgue. En el campo de la novelística, la escuela
realista, iniciada por Balzac, logró su perfección y su superación con Gustave Flaubert. La corriente
romántica, de tendencia humanitaria y social, se prolongó gracias a Los miserables, de Hugo. La imaginación
fantástica de Barbey d'Aurevilly y el clasicismo de Fromentin coexistieron con el realismo de los hermanos
Goncourt, que preparó el camino al naturalismo de Zola. Maupassant dio una personal orientación al realismo
flaubertiano y Alphonse Daudet cultivó una variante regionalista del mismo. También destacan las figuras de
Vallès y de Renard y el excéntrico y preciosista Huysmans.
El naturalismo halló una fuerte oposición en las obras de Bourget y de Barrès y, al margen de estas polémicas,
Anatole France resucitó el espíritu volteriano. El teatro de la segunda mitad del siglo no presenta el mismo
interés que la poesía y la novela. El teatro de tesis de Augier y de Dumas hijo y las comedias ligeras de
Labiche alternaron con el naturalismo de Becque y con el simbolismo del belga Maeterlinck. La figura
iconoclasta de Alfred Jarry es una excepción, anunciadora del surrealismo, pero el gran público reservó sus
aplausos para los dramas y las comedias de Sardou y para los dramas poéticos de Rostand, entre los que
destaca el popular Cyrano de Bergerac.
A principios del siglo XX, en el campo de la poesía, el simbolismo siguió ejerciendo su influencia, como lo
demuestran las obras de Paul Claudel y Oscar Milosz y la capital aportación de Paul Valéry. Las vanguardias
artísticas no tardaron en imponerse, por medio de las obras precursoras de G. Apollinaire y de M. Jacob. En
las postrimerías de la primera guerra mundial, dadaísmo y surrealismo modificaron de forma radical las ideas
corrientes sobre creación artística y literaria. Al movimiento encabezado por André Breton se sumaron L.
Aragon, P. Eluard, R. Desnos y B. Péret. Independientes de los surrealistas, destacan también Saint−John
Perse, J. Cocteau y J. Supervielle.
Una generación de poetas que no formó escuela, caracterizada por el gran rigor de sus obras, está integrada
por Pierre−Jean Jouve, René Char, Henri Michaux, Jacques Prévert y Eugène Guilleviciudad. Recientemente,
son notables las obras de Edmond Jabès y Jacques Roubaud. En el período de entreguerras, el teatro se renovó
profundamente gracias a actores y a directores escénicos como J. Copeau, Ch. Dullin, L. Jouvet, G. Baty y
Pitoëff. Entre los autores de más éxito, figuran J. Giraudoux, Cocteau y S. Guitry. Aparte figuran la obra y las
reflexiones sobre el teatro de A. Artaud. Después de 1945, se impusieron tres nombres: P. Claudel, H.
Montherlant y J. Anouilh, a quienes se sumaron Sartre y Camus. El teatro de mayor envergadura, tanto por sus
ambiciones como por su lucidez, es obra del irlandés S. Beckett, el rumano Ionesco y el armenio A. Adamov.
La novelística también sufrió una revolución. La nueva moda de los roman−fleuve, impuesta por Romain
Rolland y Alain−Fournier, produjo una de las obras cumbres de la literatura del siglo: En busca del tiempo
perdido, de Marcel Proust. Los grandes ciclos novelescos estuvieron representados por R. Martin du Gard, J.
Duhamel y A. Romains, mientras las obras de J. Bernanos, F. Mauriac y J. Green desarrollaban
preocupaciones religiosas. La compleja obra de A. Gide, plagada de contradicciones y de aciertos, es otro gran
aporte a la novelística. Montherlant y Cocteau abordaron la novela, como el precoz R. Radiguet, la prolífica
Colette y el regionalista J. Giono. Mención aparte merece la obra de Céline, por su audaz experimentación
lingüística. Los existencialistas, como Sartre, Beauvoir y Camus, dejaron una sólida contribución al género.
A partir de los años cincuenta, se produjo una ruptura con todas las formas tradicionales de la narrativa,
encarnada por Robbe−Grillet, M. Butor, N. Sarraute, M. Duras y Simon, miembros del llamado Nouveau
roman. Esta tendencia produjo, en la siguiente década, un desarrollo notable del pensamiento teórico y crítico,
relacionado con el estructuralismo y con las posturas políticas del Mayo francés y que se ha desarrollado
sobre todo en las revistas Poétique y Tel Quel, dirigida por Ph. Sollers, y adscrita al Colectivo Change de
Faye, y por R. Barthes.
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