recien casados - Cuenteros, Verseros y Poetas

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Recién casados
En la catedral de San Isidro, las enormes puertas de madera tallada,
se abrieron. La marcha nupcial comenzó a sonar en el lujoso piano de la
iglesia, y con un brillo de felicidad en el rostro, Lourdes, del brazo de su
padre, avanzó lentamente, un paso tras otro, hasta llegar al altar. Ahí
estaba esperando Maxi, su futuro esposo. Él la tomó de la mano,
entrelazando sus dedos y sin soltarse; los dos juntos se pararon frente al
cura. Todo se puso en silencio. Las únicas dos voces que no cesaron,
fueron las de Marta y Esther, la madre y la tía del novio, que murmuraban
desde lejos, sentadas en el último banco.
– Te digo la verdad Marta, no sé cómo hizo ésta pata sucia, para
enganchar a Maxi. Mirá lo qué es mi hijo: rubio, alto, de ojos
celestes, buen mozo. Un chico fino, de buena familia. Y ésta,
una negrita de mierda. Petiza, flaca, sin tetas, puro culo la
enana… Mirá el vestido: le queda para el orto. Pensar que antes,
mi hijo me presentaba novias que son reconocidas modelos
actualmente. ¿Y ahora? ¿Se casa con ésta? No lo puedo creer
Marta. Es muy fuerte para mí.
– Tenés razón Esther, lo único que hizo de bueno la mugrienta, es
que te dio un nieto.
– Sí, Kevin es un amor. Gracias a Dios, salió al padre, pero la
madre tenía que ser otra. Ésta salió de una villa, y ahora tiene
puesto un vestido de Benito Fernández y unos zapatos de Ricky
Sarkany. Es un piojo resucitado, Marta… ¡pobre Maxi! Ya lleva
cinco años juntado con ésta. Espero que algún día se de
cuenta, que esta mina, no es para él. Tengo ganas de llorar,
Marta.
– Vení, apoyate en mi hombro y llorá, Esther… Ya es tarde para
que se de cuenta. Mirá, se están casando… Que desilusión para
toda la familia… Para mi Esther, esta pata sucia lo embrujó con
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alguna macumba. Viste que en la villa está lleno de
macumberos… Llorá, hermanita querida, que Dios nos ampare.
Estas dos señoras no estaban de acuerdo con el casamiento. Sufrían
en carne propia, la unión de esta joven pareja. Pero a pesar de las críticas,
el mal humor y las miradas de odio hacia la novia. Maxi y Lourdes
sellaron su amor con un “sí…acepto”. El padre les dio la bendición y
finalizó la ceremonia, emitiendo estas últimas palabras: “los declaro
marido y mujer, hasta que la muerte los separe”.
Afuera los esperaba una limosina negra con un gigantesco moño
blanco en el techo. La mujer arrojó el ramo a sus amigas del barrio, que
fueron las únicas que asistieron a recibirlo y, entre arroz, aplausos y
algún que otro insulto, los recién casados, se introdujeron dentro del
vehículo. Su próximo destino, era el Delta de Tigre. Allí los aguardaba un
yate privado, que los llevaría hacia el Uruguay. Más específicamente, a
Punta del Este, donde Maxi había alquilado una casa. Subieron a bordo y
emprendieron el viaje. Con las estrellas como testigo, iniciaba el principio
de su luna de miel.
Navegaron toda la noche por el crecido río Paraná y al amanecer
cruzaron al país hermano. En el puerto tomaron un taxi, que los llevó
directo al chalet escogido por el matrimonio. Un lugar hermoso,
verdaderamente bello. La casa era grande, de construcción moderna,
elevada a varios metros del suelo, muy cerca del mar. Rodeada de
palmeras y plantas exóticas, con flores de todos los colores del arco iris.
Pero lo más lindo de todo el sitio, era la playa. De arena tan blanca, que
encandilaba la vista, y agua tan cristalina, que el cielo se reflejaba en ella,
dándole un aspecto de paz, tranquilidad y romanticismo; semejante a un
paraíso.
Los dos enamorados bajaron del taxi y fueron recibidos por doña
Carmen y don Carlos, una pareja de ancianos que estaba encargada de
atender a los huéspedes y mantener la limpieza. Tomaron su equipaje y
los acomodaron en la habitación más cómoda de todas: la matrimonial,
con una vista privilegiada y un balcón con salida a la playa.
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– Ay, amor, estoy emocionada, el lugar es muy lindo. Te amo vida.
No perdamos más tiempo, vamos a meternos al agua –. Decía
Lourdes mientras se sacaba la ropa y se ponía una bikini.
El matrimonio pasó todo el día disfrutando del agua. El sol de enero,
que bronceaba su piel y la melodía de los pájaros, que cantaban
reposados en las palmeras. La claridad del día empezó a ser opacada por
la oscuridad de la noche. La hora de la cena había llegado.
– Disculpen señores, mis padres me mandan a que les avise que
la cena está lista. ¿Desean comer en la mesa principal, o en el
cuarto?
Les preguntó Victoria, la hija de los caseros. Una a adolescente preciosa
de diecisiete años. Con una picardía en el rostro y un físico perfecto, que
hacían que parezca de más edad. Y ni hablar de la ropa que usaba, o
mejor dicho, de la poca ropa que usaba. Demasiado provocadora para
que Maxi quede obnubilado ante sus encantos.
–Llevala al cuarto, nena. Andá, andá, que ya vamos nosotros. Ah,
pará… me olvidaba: poné velas, que hoy, va a ser una noche especial.
Contestó Lourdes, observando la forma, en qué su marido, miraba a la
muchacha. Un feo presentimiento se le vino a la mente. Pensó en que
podía perder a su marido. Porque desde que estaban juntos, él nunca
tuvo ojos para otra mujer, y ahora, estaba sucediendo algo inexplicable
para ella. Alguna cosa estaba fallando.
Esa noche, cenaron a la luz de las velas. Y luego, mientras el cielo
se nublaba por completo y una fuerte tormenta se aproximaba, la pareja
de recién casados, hacía el amor con pasión. Lo hicieron por horas, hasta
quedar exhaustos. Sin fuerzas para continuar, se durmieron abrazados en
la cama. Maxi se despertó. Una voz, sensual y de mujer, lo llamaba.
“Maxi”, “Maxi”. Él no hizo caso, cerró sus ojos y trató de dormir. Pero la
voz se escuchó más fuerte, como si estuviera al lado suyo: “Maxi, Maxi,
“vení, te necesito”. Se levantó, tapó a su esposa con una sábana y salió al
balcón, en busca de ésta misteriosa mujer, que aclamaba por él. Fue
caminando lentamente hacia la playa. Ahí vio una imagen que lo dejó
encantado: Victoria, totalmente desnuda, lo invitaba a que se meta en el
agua, junto a ella.
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– Vení, Maxi, haceme tuya.
Le susurró la joven, al excitado hombre de ojos celestes.
Apresurado se sacó las prendas y se arrojó al mar.
En la habitación, la luz era tenue, una sola vela estaba encendida.
Lourdes dormía tranquila, sin haberse dado cuenta, que su gran amor, ya
no estaba a su lado. Una presencia siniestra se impuso en la pieza. La
llama de la vela se extinguió y todo quedó a oscuras. La sábana que
cubría a la mujer, se fue deslizando suavemente, hasta dejarla al
descubierto. Un trueno la despertó, abrió sus ojos, y un relámpago aclaró
el cielo. Dejando que Lourdes vea a la muerte parada a los pies de su
cama. El espectro la tomó del cuello, dejándola sin aire y, con una voz
endemoniada, le dijo:
-
Me fallaste, todo lo que tenés, te lo di yo. Y vos no
cumpliste. Ahora vine a llevarme lo que vos más amás: tu
hijo. Andá a la playa y mirá lo que está haciendo tu
querido esposo. ¡Já, já, já, já!!!!!
Después de decir esto, la muerte la arrojó contra el ventanal, haciendo
que la indefensa mujer lo atraviese y quede tirada en el balcón, muy
asustada. Después de varios intentos, logró ponerse de pie, a pesar de
las cortaduras que los vidrios produjeron en su cuerpo. Desesperada,
corrió hacia el mar. La lluvia caía en gran cantidad sobre la horrorizada
Lourdes. A lo lejos logró ver a su marido, teniendo sexo con Victoria. La
adolescente estaba con sus manos y sus rodillas dentro del agua,
mientras que Maxi la penetraba por detrás. El paraíso, al que fueron a
pasar la luna de miel, se estaba convirtiendo en un infierno para estos
dos enamorados. Maxi disfrutaba de hacerle el amor a la excitante
jovencita. Pero, envuelto en tanta lujuria, no se percató que, doña
Carmen, se acercaba hacia él. La anciana vestía camisón blanco, todo
empapado por la lluvia, y en la mano llevaba un machete. Lourdes gritó
desesperada, tratando de avisarle; quiso correr más rápido, pero no pudo.
Todo esfuerzo era en vano, estaba detenida en el tiempo y jamás llegó a
socorrer a su amado. Carmen levantó el machete con ambas manos y
cortó el cuello de Maxi. Luego de acabar con su existencia, la madre y la
hija, comieron el cuerpo sin vida.
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Eran dos demonios que, con los ojos enrojecidos, despedazaban a
su presa. Obedeciendo las órdenes de su amo. Lourdes lloraba
desconsolada sin poder hacer nada. De repente, cayó desvanecida en la
en la fría y húmeda arena.
La mujer, años atrás, hizo un pacto con la Muerte, para poder
conquistar el amor de Maximiliano y, a cambio, le ofrendaría todos los
meses, oro y sangre. Pero hacía un año que no cumplía su promesa. Así
que La Parca, esperó el momento indicado para tomar lo que en verdad le
pertenecía.
Lourdes despertó en su casa de Buenos Aires. No entendía, si lo
ocurrido en Punta del Este, fue una horrible pesadilla, o fue verdad. Miró a
un costado: Maxi no estaba. Se paró y fue a buscar a su hijo, él tampoco
se encontraba en el cuarto. El terror, nuevamente, la invadió. Bajó las
escaleras hacia el living, y por la puerta principal, vio salir a Kevin de la
mano de don Carlos. El niño se dio vuelta, y sin soltarse del anciano, se
despidió de su madre.
– Chau, má. Te veo en el Infierno.
La puerta se cerró, dejando atrapada a la mujer. Sin escapatoria
alguna se puso de rodillas y gritó desgarradoramente, haciendo
estremecer las paredes. Llamas comenzaron a brotar del suelo, y el fuego,
en pocos minutos, consumió su alma. Arrojándola a lo más profundo del
Averno.
Esta es la historia de una chica humilde, de barrio, que por
conseguir el amor de un hombre, hizo un pacto con La Muerte.
Fin
Leandro Calleros.
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