Presente y futuro de Cuba. Debate Saul Landau - Samuel Farber

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Presente y futuro de Cuba. Debate Saul Landau - Samuel
Farber
Saul Landau y Samuel Farber :: 27/05/2008
La semana pasada publicamos "Dos visiones de izquierda de la Cuba actual", la de Landau y la
de Farber. Hoy reproducimos el debate que se dio entre ambos analistas políticos
Saul Landau Estoy de acuerdo con Farber en que la izquierda debería dejar de engañarse y hacerse
ilusiones sobre la naturaleza del régimen cubano. Cuba no sirve como modelo para otros países del
Tercer Mundo. Pero tampoco lo son ni China ni Vietnam, a menos que el capitalismo salvaje aplicado
por partidos comunistas sea de alguna manera preferible al sistema de socialismo de estado
existente en Cuba. Farber no ofrece otros modelos como alternativa, porque estos modelos no
existen. Me siento frustrado cuando leo los ensayos que hacen uso de la cubanología -ese deporte
especulativo- como si fuera una bola de cristal que mostrara claramente el camino correcto para el
mejor futuro para Cuba. En este deporte, a las personas como el vicepresidente Machado Ventura se
les cuelga la etiqueta de “partidarios de la línea dura”, significando con ello que “se ha dedicado a
preservar la pureza ideológica.” Yo veo a Machado Ventura como un pragmático, que seguramente
se reiría si oyera que alguien le llama un purista ideológico. Otros, como el vicepresidente Carlos
Lage, tienen “reputación de moderado.” Si Fidel o Raúl hubieran empleado estas etiquetas, las
aceptaría. Pero de aquellos que nunca se han reunido o entrevistado con estos dirigentes cubanos,
descripciones como éstas parecen casi una broma, o un chisme, del tipo que el antiguo analista de la
CIA Brian Latell ofrecía a sus clientes. Latell, que durante décadas fue el hombre de la CIA para los
asuntos cubanos, nunca visitó la isla ni se reunió con sus dirigentes. Me he reunido con algunos de
estos dirigentes desde hace décadas y aún no tengo idea de lo que significa ser partidario de la
“línea dura” o “moderada” en términos prácticos en el 2008. Ni puedo distinguir el significado de
pureza ideológica en una isla cuya economía y estructura social se han deteriorado desde hace 17
años. De manera similar, la etiqueta de “talibanes”, que Farber da a algunos de los dirigentes más
jóvenes, no contribuye a entender la naturaleza del actual debate. La historia cubana, según una
carta de Celia Sánchez enviada a su padre y fechada en 1957, necesitaba de un caudillo para liberar
la isla. “Fidel”, escribió, “es nuestro caudillo”. Los cubanos, como la mayoría de pueblos, no pueden
borrar su historia: los siglos de dominio formal español y los sesenta años de dominación informal
estadounidense, la herencia de la burocracia, la jerarquía, el racismo y la corrupción. La revolución
ha enseñado a los cubanos el igualitarismo, la conciencia social y lo mejor de los valores socialistas.
Una vez terminada la escuela, sin embargo, los cubanos encontraron que esos valores eran difíciles
de realizar en una economía de escasez -una descripción que sirve de igual modo para la mayoría de
países del tercer mundo. Si uno mide su éxito comparando las metas que se planteó con los logros
conseguidos, la revolución cubana, que empezó en la década de los sesenta del siglo pasado, salió
airosa en la creación de soberanía, independencia, y una sanidad y educación populares. Llevó a
Cuba y a los cubanos de ser una desventurada experiencia colonial a convertirse en actores
protagonistas en el teatro mundial. Incontables pobres de muchos países deben su vista y otras
mejoras de la salud a los médicos cubanos. Qué irónico resulta que los habaneros se quejen de la
escasez de médicos porque muchos de ellos han viajado al extranjero para ayudar a otras personas.
Incluso con la “escasez” de médicos, la proporción entre médicos y pacientes de Cuba es próxima a
la de Beverly Hills. Los pintores cubanos tienen exposiciones en París, Nueva Delhi y Nueva York.
Sus atletas ganan un número desproporcionado -para al tamaño de su población- de medallas
olímpicas. Pero no practican una democracia de corte trotskista, y nunca lo harán. Me pregunto:
¿qué habría hecho yo de haber sido un miembro de la elite gubernamental cubana y haberme tenido
que enfrentar a cinco décadas de amenaza real estadounidense mientras se intenta construir un
modelo de sociedad basado en la igualdad y la justicia? Democracia y fuerza militar, transparencia y
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policía estatal no casan bien. Los dirigentes cubanos optaron por proteger la revolución, y esa
decisión definió las líneas básicas del socialismo cubano. El socialismo cubano se convirtió en un
sistema basado en las órdenes desde arriba, la participación desde abajo, y muy pocas opciones.
Este sistema funcionaba con el modelo soviético y con ciertos aspectos de la historia y cultura
cubanas. El desplome del sistema soviético forzó al estado cubano a romper su contrato social con el
pueblo. Sus dirigentes optaron por el control político, evitando modelos económicos que condujeran
a tener que enfrentarse a una “transición.” La desigualdad social surgió más dramáticamente que
nunca, a causa de la desesperación económica de Cuba. Pero Washington no tuvo éxito castigando al
hijo pródigo. Cuba sobrevivió, pero no como un orden social viable. Puedo decir de mis propias
conversaciones con algunos de los dirigentes cubanos que hay un vivo debate sobre la dirección y
qué modelos, o parte de esos modelos, seguir. China y Vietnam han convertido décadas de lucha y
derramamiento de sangre en un capitalismo floreciente adornado con lazos rojos. Todos los
dirigentes cubanos ven claramente las dificultades de tomar semejantes vías. Y no ven la suficiente
riqueza acumulada en su isla como para empezar a forjar un modelo democrático y social al estilo
europeo. En los últimos meses los cubanos han estado debatiendo todo estos temas formal e
informalmente. Mientras los medios de comunicación estadounidenses escribían sobre la moda
pasajera del teléfono móvil y la disponibilidad de electrodomésticos, pocos periodistas han puesto de
relieve los hechos clave. Los dirigentes cubanos continúan invirtiendo en infraestructura,
restaurando por ejemplo su gravemente dañada capacidad para generar energía eléctrica. Han
comprado miles de nuevos autobuses. Y para contrarrestar el fracaso de la agricultura cubana, el
gobierno ha importado el 84% de la comida de la isla. Mientras construían un nuevo modelo social,
con el acoso constante de los Estados Unidos -incluso cuando se inflaba la posibilidad de una
“amenaza de invasión”-, los dirigentes cubanos cometieron errores. Dos millones de personas viven
en La Habana, por ejemplo. La mayoría no produce otra cosa que servicios para los turistas -lo que
les permite acceder a moneda extranjera-, pero todos consumen, aunque no, desde luego, como
quisieran. Camine por las calles de La Habana durante la jornada laboral y verá a cientos de
personas paseándose y tomando el sol. El desempleo oficial (2%) es una broma. Los cubanos están
horriblemente subempleados, siendo ésta una de las principales fallas del sistema económico,
especialmente en las zonas urbanas. ¿Por qué ocurrió esto después de que Fidel privara literalmente
de inversiones a La Habana durante los diez primeros años de la revolución? Cuando la gente
alcanza un nivel educativo, ya no quiere trabajar en el campo. ¿Cómo puede actuar o presionar un
no-cubano hacia el cambio en una situación en la que el socialismo en una isla -aunque sea un
socialismo de estado- está amenazado por las poderosas fuerzas estadounidenses? Trabajar para
conseguir que el embargo estadounidense sea retirado, dice Farber. Estoy de acuerdo. Pero una
solución como ésa dejaría a Cuba desnuda. Intente calcular el impacto de un millón de “turistas”
norteamericanos con las carteras repletas de dinero, calculando para invertir en cualquier cosa que
parezca lucrativa o sexy. Todo ese dinero circulando sin el control de las autoridades estatales
transformaría rápidamente la isla en... bueno, ya lo veríamos.
Samuel Farber “Los obreros del mundo han esperado demasiado tiempo a algún Moisés que los
lidere en su huída de la esclavitud. Si pudiera lideraros en esa tarea, no lo haría; pues quien os
liderara en vuestra salida de la esclavitud, también podría lideraros en el retorno a la misma, en
virtud de su liderazgo. Con ello quisiera que os dierais cuenta de que no hay nada que no podáis
hacer por vosotros mismos” (Eugene Victor Debs, 1905). Estoy de acuerdo con Saul Landau en que
el mantenimiento de los valores y las prácticas de solidaridad e igualdad son de una importancia
fundamental para cualquier sociedad socialista merecedora de ese nombre. Pero el mantenimiento
de los valores y prácticas de democracia y libertades civiles no son menos importantes en una
sociedad socialista. Landau parece minimizar la importancia de éstos, y los menciona como si fueran
una característica “suplementaria” en vez de una de las piedras angulares del socialismo. El estado
de partido único que existe en Cuba es, por su propia naturaleza, antitético a una democracia
socialista. Su Constitución consagra el monopolio político del Partido Comunista Cubano y
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criminaliza al resto de partidos competidores. La Constitución también consagra el monopolio del
partido dominante sobre las organizaciones de masas en Cuba, así como sobre los sindicatos y las
organizaciones femeninas, las cuales pasan a funcionar como correas de transmisión ideológicas.
Decreta como ilegales a toda organización independiente ya se trate de sindicatos, de grupos de
mujeres, de organizaciones homosexuales, de negros y de otros grupos. Landau puede citar el
eslogan de Fidel Castro “Todo dentro de la revolución; nada fuera de la revolución”, pero en el
contexto del sistema político cubano, este eslogan resulta falso y engañoso, pues depende de la
cúpula dirigente decidir qué y quién merece estar “dentro de la revolución.” Conviene señalar que
cuando se acuñó originalmente esta consigna en 1961 fue acompañada de medidas represivas no
únicamente contra los contrarrevolucionarios, sino contra otros izquierdistas. Fue entonces cuando
se empleó esta nueva política cultural para cerrar Lunes de Revolución, el suplemento político y
literario del periódico gubernamental Revolución, que publicaba a una amplia variedad de autores
independientes de la izquierda no comunista de todo el mundo. El documental PM, que mostraba el
placer apolítico de la vida nocturna de los pobres de La Habana, dirigido por Saba Cabrera Infante,
el hermano de Guillero, el editor de Lunes, también fue censurado. El verdadero daño económico
inflingido por el bloqueo imperialista estadounidense ha oscurecido las demás fuentes de problemas
económicos en Cuba: la ineficacia y el derroche inherentes a una administración burocrática de la
economía. La vieja máxima atribuida a los trabajadores soviéticos y de Europa del Este de que
“hacen ver que nos pagan y nosotros hacemos ver que trabajamos” puede aplicarse enteramente a
Cuba. Existe una visible falta de atención, cuidado y mantenimiento en todos y cada uno de los
sectores de la propiedad pública. Aunque las dificultades económicas y el bloqueo estadounidense
puedan explicar la falta de materiales de construcción para llevar a cabo ciertos trabajos de
mantenimiento, no explica la ausencia de sencillas actividades de trabajo intensivo para los cuales
no se requieren componentes o capitales significativos, como limpiar, barrer y, en definitiva,
mantener una higiene básica en las instalaciones. El problema fundamental en Cuba es la falta de
iniciativa, motivación y disciplina gerencial y laboral. Desde hace siglos el capitalismo ha
desarrollado sus propios métodos para hacer trabajar a los obreros con una cierta competencia
empleando alternativamente el palo (produce o te despedimos) y la zanahoria (la promesa, si no el
hecho, de salarios más altos y promociones). Ni el sistema cubano ni otros sistemas basados en el
modelo soviético han sido capaces de desarrollar un sistema de motivación paralelo a éstos que al
menos pudiera igualar la efectividad de los métodos capitalistas. En este sistema igual de (si no más)
burocrático y jerárquico que el capitalismo, los trabajadores no comprenden -desde luego no mejor
que bajo el capitalismo- cuál es el sentido de la producción. Uno de los “palos” de los que disponía la
agencia de trabajo gubernamental fue eliminado por la política de seguridad total en el trabajo
(excepto para aquellos que tengan problemas políticos con las autoridades). La falta constante de
bienes de consumo inherente al sistema, característica de lo que el economista húngaro Janos
Kornai denominó “economías de escasez”, se ha encargado de eliminar una buena parte de las
“zanahorias”. Desde los primeros años de la revolución, el régimen cubano ha oscilado entre los así
llamados incentivos “morales” y los “materiales”, tratando de solucionar la falta de motivación entre
los trabajadores y campesinos cubanos. Pero nunca consideraron los “incentivos políticos” de una
apertura económica y política que permitiera a la sociedad un control democrático, incluyendo el
control del lugar de trabajo y de los trabajadores. Nunca consideró la posibilidad de que
participando y controlando sus propias vidas productivas la gente empezaría a interesarse y
responsabilizarse de lo que hacen en el día a día; que sólo entonces la gente empezaría a tomarse en
serio lo que hace. La democracia de los trabajadores no es sólo un bien en sí misma -la gente
controla sus propias vidas- sino que también puede ser una verdadera fuerza productiva económica.
En vez de eso, la burocracia de la isla, desde su formación en la década de los sesenta, ha conducido
inevitablemente a la desinformación sistemática, como ocurre con las estadísticas infladas de
producción, porque nadie quería responsabilizarse de los fracasos por no alcanzar los objetivos de
producción. Todo ello condujo a una pobre planificación basada en datos imaginarios. La falta de
una prensa y unos medios de comunicación de masas verdaderamente independientes ha facilitado
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los encubrimientos, la corrupción y la ineficacia. Estos problemas, comunes a todos los sistemas
burocráticos de corte soviético, fueron exacerbados en Cuba debido a las intervenciones arbitrarias
del comandante en jefe en materia económica. Aunque Fidel Castro es indudablemente un hombre
con talento y muy inteligente, no es el experto en todo lo que existe bajo el sol. El balance general de
sus intervenciones personales en materia económica ha sido más bien negativo, como atestiguan su
desastrosa campaña económica para una cosecha de 10 millones de toneladas de azúcar en 1970; el
predecible fracaso de las vacas híbridas F1 (un nuevo tipo de ganado) llevada a cabo en contra de la
opinión de los expertos ingleses que se hizo traer a la isla; el gigantismo económico de proyectos
como éstos y como el derroche innecesario que supone construir una carretera de ocho carriles que
atraviesa buena parte de Cuba; y, más recientemente, en las improvisaciones y trastornos
económicos que fueron parte de su “batalla de ideas”. La fuerte tendencia de Fidel Castro a la
gestión del mínimo detalle también ha silenciado y paralizado las iniciativas de la gente responsable
y capaz, demasiado temerosas de contradecirle. En general, Castro creó un caos económico
perfectamente evitable. Este tipo de caos no tiene que confundirse con el caos creativo que puede
resultar de una participación entusiasta de las masas, en tal caso más que compensado por la
participación de las masas y el entusiasmo en lo que hacen. Un derroche que se podría haber evitado
es en el caso cubano un crimen contra el tiempo, el esfuerzo y el sacrificio del pueblo trabajador.
Citando a Eduardo Galeano, Landau apunta que el desarrollo de la democracia en Cuba ha sido
bloqueado por las acciones del imperialismo estadounidense contra la isla. No cabe duda de que la
agresión estadounidense fue y está siendo decisiva en la creación de un clima de asedio en la isla
que facilita el crecimiento de prácticas e ideas antidemocráticas. Sin embargo, esta perspectiva
priva sin darse cuenta de ello a los líderes revolucionarios cubanos, como los hermanos Castro y el
Che Guevara, de cualquier responsabilidad ideológica y política. Como he mostrado en mi libro The
Origins of the Cuban Revolution Reconsidered [Una revisión de los orígenes de la revolución cubana]
(University of North Carolina Press, 2006), antes de la victoria de la revolución todos estos
dirigentes tenían tendencias políticas e ideológicas claras, si no ideas ya completamente definidas,
sobre lo que harían una vez alcanzaran el poder. Estas tendencias eran de todo punto incompatibles
con una perspectiva del socialismo que situara las ideas y prácticas de una democracia obrera y
campesina y de autogestión como prioridad absoluta. La estructura política existente está basada en
el apoyo popular, aunque éste ha declinado enormemente desde los primeros noventa. Pero la
estructura depende tanto de la manipulación de ese apoyo como de la censura y de la represión. Hoy
hay de 200 a 300 prisioneros políticos en Cuba, la gran mayoría de los cuales han sido encarcelados
por actividades políticas de una naturaleza enteramente pacífica. Recientemente, el 21 de abril, diez
mujeres pertenecientes a la organización “Mujeres de blanco” fueron arrestadas con dureza cuando
se manifestaban pacíficamente en apoyo a sus familiares encarcelados. El gobierno mantiene que
esas mujeres, y el resto de disidentes, están influenciados y financiados por el imperialismo
estadounidense. Incluso si así fuera, la naturaleza pacífica de las actividades de estos disidentes los
convierte en materia política, no policial. Debería debatirse abiertamente con la oposición frente al
pueblo cubano, quien debería ser el juez último en estas cuestiones. Saul Landau dice que cuando
los artistas e intelectuales cubanos declararon que no tolerarían más la censura, la cúpula dirigente
se mostró de acuerdo con ellos. Pero nada se ha hecho para alterar los planes institucionales que la
censura cubana mantiene, particularmente aquellos en los órganos de los medios de comunicación
de masas bajo el control de la ICRT (Instituto Cubano para la Radio y la Televisión). La prensa, radio
y televisión oficiales cubanas, por ejemplo, han guardado silencio sobre las importantes protestas en
la Universidad de Oriente que tuvieron lugar en septiembre del 2007, así como sobre sus
consecuencias. Esta decisión es coherente con la larga historia de censura de los medios de
comunicación de masas, incluyendo el retraso de varios días de la emisión de las noticias más
relevantes (como la invasión soviética de Afganistán en 1979), la prohibición durante décadas de la
música de Celia Cruz en las emisoras radiofónicas cubanas y la extraordinariamente limitada y
distorsionada cobertura de la protesta de los intelectuales a principios del 2007. Algunas veces la
censura ha sido realmente burda. Un buen ejemplo de ello fue el error deliberado en la traducción al
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castellano de la crítica que Noam Chomsky hizo de la situación de los derechos humanos en Cuba
durante una aparición en la televisión cubana, en una visita que hizo a la isla hace unos años. Otro
ejemplo es la cobertura de la reciente visita de Javier Bardem al país que hizo el periódico Juventud
Rebelde, en la que se daba una detallada biografía del actor español omitiendo su primera
nominación al Oscar por la interpretación del escritor disidente cubano Reinaldo Arenas en Antes
que anochezca de Julian Schnabel. La censura refleja la falta de confianza del estado en lo que el
pueblo puede pensar y hacer cuando tiene acceso a información sin filtrar. La misma falta de verdad
descansa en el acercamiento del régimen a los derechos democráticos. Aunque es cierto, como
Landau indica, que Cuba ha firmado recientemente los acuerdos de las Naciones Unidas de los
derechos humanos y laborales, no existe ninguna prueba que sugiera que el gobierno cubano trata
de modificar la constitución y las leyes del país para adecuarlas a estos nuevos compromisos
internacionales. Esto sólo puede ocurrir en el caso que las protestas abiertas desde abajo que
empezaron en el 2007 crezcan en fuerza e intensidad y se conviertan en nacionales. De acuerdo a
este último análisis, sólo a través de los esfuerzos de las organizaciones populares independientes la
mayoría de la población puede defenderse contra los privilegios y abusos que erosionan sus
libertades y derechos civiles. Y lo mismo puede decirse respecto al mantenimiento del igualitarismo
y la solidaridad indispensables al socialismo. Sin embargo, la cuestión estriba no en una igualdad en
la pobreza, sino una igualdad con un mejor estilo de vida para todo el mundo. Landau parece
preocupado por si los cubanos “sucumbirán al brillante atractivo del consumo de masas” o no.
Además de prematuro, este juicio carece de cualquier sentido de proporción: es insensible a las
enormes diferencias entre los cubanos de la isla y los consumidores norteamericanos, obviamente
mucho más ricos que aquéllos. “Consumir”, para la mayoría de los cubanos de la isla, no quiere decir
comprar sofisticados electrodomésticos, sino que equivale, más bien, a la lucha diaria para obtener
materiales de construcción precarios con los que arreglar las goteras de sus techos a medio
desplomar, comer adecuadamente sin necesidad de perder horas y horas en las colas, y moneda
fuerte en la compra de alimentos, y adquirir el caro y en ocasiones difícil de conseguir jabón y otros
artículos de baño que son esenciales para el respeto propio y la dignidad humana en cualquier
sociedad moderna. Un socialismo sin democracia ni libertades civiles, donde la igualdad se limita a
compartir la pobreza, no es muy diferente de un panal en el cual gobierna la abeja reina. En una
sociedad como ese panal el individualismo será con toda seguridad eliminado para todo el mundo
menos para la abeja reina, pero también lo serán el pluralismo político y la individualidad. Que no es
la misma cosa que el individualismo.
Saul Landau es un reconocido académico, escritor y cineasta que ha tratado cuestiones nacionales e
internacionales, es miembro del Institute for Policy Studies desde 1972. Ha escrito 13 libros y miles
de artículos y críticas para la prensa, y realizado más de 40 películas y reportajes de televisión sobre
cuestiones sociales, políticas, económicas e históricas. Farber es profesor emérito en la Cal Poly
Pomona University y colaborador de Foreign Policy in Focus. Samuel Farber nació y se crió en Cuba.
Su libro más reciente es The Origins of the Cuban Revolution Reconsidered [Una revisión de los
orígenes de la revolución cubana] (University of North California Press). Colabora regularmente con
Foreign Policy in Focus. Foreign Policy Focus, mayo 2008. Traducción para sinpermiso.info: Àngel
Ferrero
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