Rafael Zaldivar y la reforma de estado salvadoreña.

advertisement
RAFAEL ZALDIVAR Y LA REFORMA DE ESTADO SALVADOREÑA.
Juana Nava Ortiz.
Instituto de Investigaciones Históricas,
Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo.
El café como eje económico.
Aunque todo indica que desde la época colonial se inició el cultivo
de café en Centroamérica, su siembra con fines comerciales fue a partir de
1803, con la exoneración del impuesto del diezmo y la alcabala por un
periodo de diez años a toda persona que sembrara en el reino de Guatemala
un nuevo plantío de café. Sin embargo en El Salvador no fue hasta 1840
cuando éste tuvo un mayor repunte, con la llegada del inmigrante brasileño
Antonio Coelho, que con éxito estimuló la producción de café, en su
hacienda “La Esperanza,” ubicada a las afueras de San Salvador.
Hecho que llevó a las autoridades salvadoreñas en 1848 a estimular la
producción de café con acuerdos proteccionistas que tuvieron como
finalidad introducir al país un cultivo con posibilidades de exportación, que
contrarrestará los efectos de la caída de las exportaciones del añil y el
azúcar. Esta situación llevó a incentivar otras medidas en pro de la producción
Otro ejemplo del apoyo hacia el café lo constituyó la condonación del pago de
impuestos municipales por un periodo de diez años, a los productores que
sembraran más de 1000 arbustos de café, así como la exoneración del servicio
militar a los peones que trabajaran en las fincas cafetaleras. No obstante la
disposición fue seguida con lentitud, debido al alto costo de la producción de café,
que no era recuperable en corto tiempo, pues para obtener la primera cosecha
tenían que transcurrir por lo menos cinco años. Lo que no frenó en jefes de Estado
como Gerardo Barrios, el interés por seguir apoyando al café, por el contrario con
el firme propósito de impulsar su potencial agrícola, Barrios destinó para su iembra
los mejores terrenos ejidales. Con ese fin el mandatario dictaminó una serie de
medidas, entre las que se destacaron el declarar como propiedad privada los
terrenos baldíos que durante cinco años fueran cultivados de café, así como el
devolver a los contribuyentes cincuenta centavos por quintal, de los derechos
cobrados sobre las exportaciones de café y la exoneración de impuesto de los
derechos aduanales de todo el producto de importación de hierro, que fuera
utilizado para fabricación de carretas, al igual que devolver a los contribuyentes
cincuenta centavos por quintal, de los derechos cobrados sobre las exportaciones
de café. Estos incentivos en algunos casos fueron aprovechados para usurpar
ierras comunales en 1864 y para atraer la avaricia de extranjeros, principalmente
norteamericanos, que buscando oportunidades comerciales y tierra barata,
llegaron al municipio de Zaragoza, al sur de San Salvador, donde se ofrecían sitios
regalados a “todas aquellas personas honorables y trabajadoras” interesadas en
cultivar azúcar o café.
En la medida que la producción de café se fue multiplicando, surgió la necesidad
de contar con mayor cantidad de terrenos con áreas climatológicas y geográficas
de 750 y 1500 metros altura, así como suelos ácidos, delgados y húmedos,
ubicados en las zonas norte, costera y la faja central principalmente. Sin
embargo, como no era fácil disponer de este tipo de tierras que se encontraban en
su mayoría en posesión de los ejidos, los productores de café iniciaron una
campaña de desprestigio contra los habitantes de las comunidades, que todo
parece indicar estuvo apoyada por algunas autoridades, como el alcalde de
Nueva San Salvador que en un comunicado enviado al ministro de gobernación en
1867, expuso claramente su postura en torno a la propiedad y los usos de la tierra,
así como los constantes problemas que tenía con los dueños de los predios
ejidales, de los que expresó lo común que era que aprovecharan sólo una
pequeña proporción de sus tierras, mientras que personas con deseos de
trabajarlas los solicitaban y no lo conseguían, ya sea por que sus poseedores o se
negaban a venderlas o pedían cantidades exagerada por su renta. Esta negativa
de arrendar los suelos para el café a la larga fue contraproducente y aceleró más
la idea en las autoridades de la reglamentación interna de sus usos, así lo estipulo
el gobernador de Sonsonate que expresó: “Sería muy beneficioso reglamentar los
comunes, obligándolos a tener un administrador, un tesorero, para el mejor
manejo de sus intereses… así se harían más productibles las selvas vírgenes,
abundantes en buenas maderas, vainilla, pita floja, jengibre, bálsamo.”
Algunas de las inconformidades de los alcaldes hacia las comunidades,
fue por el incumplimiento de los dueños de los ejidos con respecto a las
cuotas que tenían que entregar al municipio, las cuales consistían en un
impuesto o canon que debían pagar los arrendatarios o campesinos a la
municipalidad por utilizar la tierra, que no siempre se cubría, pues en muchos
lugares los habitantes consideraban la tierra como propia, lo que
consecuentemente creaba malestar en las autoridades. Mayormente si tomamos
en cuenta que las necesidades sobre la posesión de la tierra habían cambiado, y
las formas de trabajar las tierras heredadas del periodo colonial ya no respondían
a los intereses de los productores de café, eso sin menospreciar las
confusiones con respecto a la distribución de los terrenos municipales, pues no se
sabía con exactitud y precisión bajo que condiciones se tenía el derecho a
cultivar la tierra y apropiarse de sus beneficios. Sin embargo, pese a ello
el gobernador de Sonsonate no deseaba enfrentarse a las comunidades y
se opuso rotundamente a una acción violenta en contra de ellas.
No obstante, hasta 1870, fue cuando el Estado promovió una política económica
de proyección cafetalera más definida, la cual consistió en la distribución de miles
de árboles por parte del gobierno nacional, municipal y las juntas agrícolas, a los
productores de café. Situación que dio como resultado un crecimiento gradual del
cultivo y con ello la demanda de contar con mayores espacios de tierras, siendo
ésta una de las justificaciones del presidente salvadoreño Rafael Zaldívar para
privatizar las tierras ejidales, que se encontraban en manos de las comunidades
indígenas. Con ese objetivo en 1879 realizó por parte de su administración una
encuesta sobre el desarrollo de la agricultura, que arrojó como resultado, en
opinión del gobierno, la necesidad de reformar lo que estimó “un sistema arcaico e
ineficaz en el uso de la tierra,” que no permitía la evolución de grandes
propiedades agrícolas, para salir del atraso económico en que
se encontraba el país, pues los cultivos de subsistencia y autoconsumo no
rendían los beneficios suficientes. Por ello se consideró indispensable se
promovieran otras variedades de cultivo como el azúcar, cacao, tabaco y
café, siendo éste último el más beneficiado, pues su impulso fue acompañado
de una promoción más atractiva, que consistió en favorecer a toda persona
que cultivara cierta extensión de café en tierras ejidales o comunales, recibir libre
de costos, el título de propiedad individual.
Las comunidades rurales hicieron grandes esfuerzos para cumplir los lineamientos
de las nuevas condiciones que exigían la diversificación agrícola. Sin embargo,
todas las municipalidades quedaron unilateralmente en desventaja, ya que no
pudieron sembrar la planta por los altos costos de su producción. Al respecto
David Browning, afirma que los indígenas no estuvieron interesados en el café
debido a sus tradiciones culturales y su concepción de la relación hombre-tierra,
donde ésta no podía ser considerada como propiedad de un sólo individuo. No
obstante Aldo Larios refiere que el marco de extinción de ejidos necesito de la
cooperación de individuos de grupos indígenas.
Por ello De tal forma podemos concluir que el proyecto liberal del siglo
XIX presentó coincidencias en la propuestas económicas como la reactivar la
economía por medio del impulso al café. Mientras que en lo político, cuando
menos en la primera mitad del siglo XIX hubo entre los mas destacados liberales
un interés por lograr la unidad centroamericana, como la mejor opción regional
para salir del atraso económico-social y para defenderse ante posibles agresiones
externas. Sin embargo, de El Salvador de donde mucho se había impulsado dicho
proyecto en 1885 salió una ofensiva en su contra por parte de presidente liberal
Rafael Zaldívar, que fue respaldada por los países de Nicaragua y Costa Rica
como parte de un hartazgo a las intervenciones desmedidas de los gobernantes
salvadoreños.
Los intelectuales de la época, jugaron un papel importante en el
respaldo a la ansiada modernidad. Así lo expresaron Darío González, Jorge Larde,
Santiago I Barberena, Alberto Sánchez, David J. Guzmán, Pedro Fonseca, Rafael
Reyes, Antonio Cevallos, Vicente Acosta, Francisco Gavidia y algunos
otros vinculados al quehacer literario y político, que en un marco de ambigüedades
y contradicciones optaron en su mayoría por atacar al indígena, pues según ellos,
los indios debían renunciar a su estado primitivo y de ignorancia para integrarse a
la sociedad.
Parte del discurso de los intelectuales de la época, se enfocó en crear una
conciencia nacional, mediante la exaltación de los valores por un lado del
indio prehispánico, y por el otro, el rechazo al viviente, a quien lo consideraron un
obstáculo para el progreso. A tales pronunciamientos se sumaron otros de la
misma índole y en pro de la modernidad. Un ejemplo fue Teodoro Moreno, que en
1882, hizo un llamado a promover el cambio en la estructura tradicional para sacar
adelante al país en los siguientes términos: “Los ejidos, como sabéis, señores,
fueron creados para proteger a los hijos de esta tierra virgen contra las
pretensiones de los conquistadores. Hoy, señores, no hay conquistadores, no hay
diferencias sociales ante la ley.”
El entusiasmo que en la década de 1880 se apoderó de los eruditos salvadoreños
reflejó el contexto que estaban viviendo. Por ejemplo Vicente Acosta, un poeta
modernista, consideró que ya era tiempo de cerrar las puertas al atraso y abrir
paso a la industria, el comercio y la agricultura.” David J. Guzmán, uno de los
intelectuales más importantes de la época, en sus escritos al expresó una
preocupación que desde perspectivas diferentes parece haber sido común entre
sus contemporáneos, la “civilización” de los indios y su incorporación a la
sociedad. Así lo estipuló en su libro Apuntamientos sobre la tipografía física de la
república de El Salvador que puntualizó que era consciente de que las condiciones
de vida de los indígenas, en comparación con los tiempos pasados habían
desmejorado notablemente, circunstancias que los hacían poco productivos. El
indio, recalcó Guzmán es “un ser pasivo en el estado civil y social, aunque tenaz
en su empeño de no mezclarse con el elemento blanco, aun con el ladino,” quizás
reconoció “todas las violencias y crueldades cometidas contra ellos han vuelto a
esta raza desconfiada.” Por ello consideró necesario que el espíritu liberal y
humanitario de las instituciones penetrara por todos lados, principalmente en el
hogar del indígena, instruyéndolo y sacándolo de la apatía. A Guzmán no le
interesó preguntarse cuáles eran los intereses de los indígenas, pues creía que al
final estos serían los más beneficiados con su incorporación al gran movimiento
civilizador del siglo, el cual se dio en torno a los valores cívicos y nacionales.
Quienes más respondieron a este llamado fueron los grupos artesanos,
aculturados en la versión positivista del librecambismo que asumieron como propio
el mito del progreso, los ideales laicos republicanos y la creencia en la educación
como medio de mejoramiento social e individual.
Otro ejemplo fue el del gobernador de Santa Ana, que expresó “ La diversidad de
idiomas separa a los pueblos mucho más que las distancias; por lo que sí se
quiere civilizar esta sociedad hay que empezar por prohibir el uso de los idiomas
nativos.Pero sin duda la principal labor de los intelectuales y políticos fue justificar
al presidente salvadoreño Rafael Zaldívar en su propósito de extinguir los ejidos,
así lo señaló la siguiente declaración:
“Nuestros gobiernos penetrados de su compatibilidad con los nuevos principios
políticos del país y con los adelantamientos de la civilización, emprendieron la muy
laudable tarea de que El Salvador fuese regido por leyes propias y adecuadas á la
nueva vida y nuevas necesidades de sus habitantes. En este punto creemos... que
el gobierno presidido por el doctor Rafael Zaldívar, ha sido el que con más
solicitud a procurado en todos los días de su existencia, El Salvador no
permanezca estacionario... y a modificado las leyes existentes conforme a las
enseñanzas de la experiencia, y a implementado con la debida sensatez aquellas
disposiciones que en los países cultos han llevado al bienestar a toda
comunidad...y a satisfacer las aspiraciones de esta sociedad que pide progreso a
ese gobierno que tan hábilmente ha sabido brindarle paz por tantos años. Una de
esas disposiciones ha sido la que extingue los ejidos en los pueblos, cuya
existencia era, no sólo una contradicción flagrante con otras leyes que habían
suprimido las odiosas vinculaciones, sino también con los principios más triviales
de la economía política.
Por ello De tal forma podemos concluir que el proyecto liberal del
siglo
XIX presentó coincidencias en la propuestas económicas como la
reactivar la
economía por medio del impulso al café. Mientras que en lo político,
cuando
menos en la primera mitad del siglo XIX hubo entre los mas destacados
liberales un interés por lograr la unidad centroamericana, como la
mejor
opción regional para salir del atraso económico-social y para
defenderse
ante posibles agresiones externas. Sin embargo, de El Salvador de donde
mucho se había impulsado dicho proyecto en 1885 salió una ofensiva en
su
contra por parte de presidente liberal Rafael Zaldívar, que fue
respaldada
por los países de Nicaragua y Costa Rica como parte de un hartazgo a
las
intervenciones desmedidas de los gobernantes salvadoreños.
La reforma agraria.
Rafael Zaldívar, convencido de que la “la existencia de tierras bajo
la propiedad de las comunidades, impide el desarrollo agrícola, estorba
la
circulación de la riqueza y debilita los lazos familiares y la
independencia
del individuo,” inició una serie de reformas sobre los usos de la
tierra, para convertirla de posesión comunal a propiedad privada, y
así,
transformar la república de “pueblos tristes y miserables, por centros
vivos de trabajo, riqueza y comodidad.” Motivo por el que desde 1880
el gobierno con el apoyo de las esferas estatales puso en marcha un
proyecto
económico que respondió a las exigencias de los cafetaleros, con una
ley que
promovió la abolición de las tierras comunales el 26 de febrero de
1881,
bajo las siguientes consideraciones:
Sin embargo, no todos los gobernantes estuvieron de acuerdo con la
abolición
de los ejidos. Uno de ellos el de San Salvador que dictaminó que sólo
Tonatepeque poseía tierras comunales y elaboró un documento para su
distribución, permitiendo que todos los demás pueblos continuaran en
posesión de sus propiedades. Caso similar fue el gobernador de
Ahuachapán,
que hizo caso omiso a la disposición, y siguió conservando y ampliando
las
tierras comunes, como si ignorara su abolición legal. Asimismo, emitió
juicios sobre límites de las posesiones comunales que pertenecían a
Jujutla,
Guyamango y Ataco y prohibió la venta de cualquier terreno que
pertenecía a
Apaneca pese a la privatización de una de las zonas que debido a la
extensión de las tierras comunales, fue de las más afectadas.
Después de establecida la ley de extinción de ejidos, las comunidades
indígenas hicieron lo posible para adecuarse a las nuevas normas, al
grado
de hacer colectas entre sus miembros, para pagar los gastos de medición
y
distribución de tierras. Sin embargo, pocos fueron los que pudieron
cumplir
con todos los requisitos para retener sus propiedades, debido
principalmente
a la falta de recursos económicos y a la serie de confusiones en que se
vio
inmersa la ley aplicada por el Estado, el principal intermediario y
arbitro,
que puso a las comunidades indígenas en desventaja con los compradores,
que
tuvieron por parte del gobierno de Zaldívar todo el respaldo para
lograr
jugosas concesiones de tierras aprovechando la ignorancia de los
indígenas y
el apoyo jurídico de un cuerpo de leyes complejas y mal ejecutadas, de
desencadenaron problemas al tratar de aplicar la ley, pues mientras
por un
lado los pequeños propietarios se aferraron a sus derechos ancestrales
de
libre acceso a la tierra; por el otro, los terratenientes trataron de
extender sus propiedades lo más posible aprovechando que cualquiera
podía
reclamar libremente la tierra común como propiedad, que pasó a ser
legal con
la creación del registro de propiedad raíz e hipotecas(1884), que tuvo
como
fin dar apoyo crediticio y asistencia técnica a la nueva estructura de
tenencia de tierras, pues con ese registro el nuevo propietario
aseguraba la
posesión legal de los derechos sobre la tierra.
Las comunidades indígenas que lucharon por sus ejidos, para no ser
desposeídas, fueron obligadas a defenderse en los tribunales. Los
litigios
que surgieron y que resolvió arbitrar el gobierno fueron innumerables y
costosos, obligando a muchos indígenas, pequeños propietarios y
mestizos a
vender su patrimonio a precios por debajo de su costo real. Esto fue
aprovechado por grupos de la clase media nacional y dirigentes de
empresas
llegados del extranjero, que se integraron a la sociedad salvadoreña en
la
medida que se logró el fortalecimiento económico y la expansión de las
propiedades cafetaleras.
Económicas.
En El Salvador, la elevada densidad demográfica y la expropiación
masiva de
las tierras generó un campesinado que se constituyó en oferta de mano
de
obra barata. Asimismo, el cambio en la tenencia de la tierra, y el
aumento
en la actividad económica generada por la producción de café contribuyó
a la
formación del sistema bancario, con títulos de propiedad claros,
registrados
oficialmente no quedaba duda de quien era propietario de la tierra, de
forma
que los prestamistas podían aceptar sin preocupación las propiedades
rurales
como garantía para préstamos hipotecarios. El siguiente paso consistió
en
pasar de prestamistas a instituciones de crédito más complejas como los
bancos, que después de varios intentos fallidos, el primer banco que
tuvo
éxito en El Salvador, fue el Internacional fundado en 1880.
La concentración inicial del café se dio alrededor de Santa Ana,
Sonsonate,
Ahuachapan y San Salvador. Posteriormente, se extendió hacia el Oeste
de San
Vicente y las laderas del complejo volcánico de San Miguel. Las
características del cultivo determinaron que las primeras haciendas se
ubicaran en las más zonas densamente pobladas del país, donde la
estructura
del pueblo tradicional se hallaba más desarrollada. Un ejemplo fue la
finca
del Español Belismelis en Santa Ana, que empleaba de ochenta a cien
mujeres
para recoger café.
Los patrones de tenencia de la tierra se asemejaron a los modelos
capitalistas-comerciales típicos de la economía de plantación de otras
partes del mundo y las reformas liberales, que se llevaron a cabo por
todo
el Istmo centroamericano, facilitaron el desarrollo de la economía
agroexportadora, modificando sustancialmente el viejo orden colonial y
reafirmando la propiedad privada, que fortaleció al latifundio en
detrimento
de los pequeños agricultores y se modificaron desde el paisaje
geográfico
hasta las relaciones de poder.
Sociales.
Al perder sus tierras, la población indígena ubicada principalmente en
los
departamentos de la Paz, Sonsonate y Ahuachapán y una minoría de
Cuscatlán,
integrada por pipiles, toltecas y mayas, que hablaban náhuatl y
español,
lucharon por mantener los lazos con su comunidad de forma unida, con
mecanismos de resistencia y colaboración que protestaron abiertamente
contra los cambios operados.
El historiador Santiago I. Barberena estimó que en su mayor parte estos
indios, los pipiles mantuvieron su identidad primariamente en
comunidades
como Pachimalco, Izalco y Nahuizalco. Mientras que las comunidades
indígenas
que estaban conformadas por varios grupos étnicos que se diferenciaban
en
sus costumbres, en su concepto de comunidad y de la familia no
pudieron
evitar la desintegración de sus comunidades, que intrínsecamente
perdieron
gran parte su sentido de identidad, pues con la conversión de su
patrimonio
comunal a propiedad privada poco a poco se destruyó la cohesión
familiar y
la protección económica al dividirse las heredades familiares y las
parcelas
de uso común, muchos de sus miembros se dispersaron y tuvieron que ir a
trabajar a las fincas cafetaleras como fuerza productiva requerida para
el
cultivo de café, o emigraron a las zonas urbanas o a los países
vecinos del
Istmo. Otros se integraron como arrendatarios en pequeñas parcelas
marginales que en muchos casos ocuparon ilegalmente, en donde
cultivaban
granos alimenticios que apenas cubrieron las exigencias familiares, ya
no
digamos al mercado. Esto desencadenó que en el ámbito agropecuario se
diera
un mayor empobrecimiento del grueso de los salvadoreños. Así lo
confirma en
1883 el cónsul de Estados Unidos en El Salvador, en una comunicación
enviada
a su gobierno en la que detallaba las condiciones de pobreza de los
trabajadores que trabajaba en las haciendas cafetaleras salvadoreñas.
El
cónsul quien además era un importante finquero, señaló que la clase
trabajadora estaba mayoritariamente compuesta por hombres y mujeres que
laboraban por un reducido salario.
Como repuesta de la medidas de extinción de ejidos, entre 1832 y 1883
se
produjeron en El Salvador una serie de rebeliones indígenas motivadas
por la
reivindicación de sus tierras ejidales y comunales y contra el
restablecimiento del tributo indígena abolido en 1881. Entre las que
podemos
destacar la de los indígenas de Nohuizalco en 1884 y que fue descrito
por el
gobierno de la siguiente manera:
Más de doscientos hombres se lanzaron sobre las casas de algunas
personas
principales de la población, conteniendo en ellas todo el linaje de
atentados y desafueros. El incendio y el asesinato coronaron la obra
de los
malhechores, impulsados por el espíritu de venganza en contra de las
autoridades por cuestiones de las tierras. Inmediatamente que se supo
en la
capital del atentado salió el general Mora, con fuerzas competentes para
restablecer el orden habiendo capturado a muchos de los actores de tan terrible
crimen.
Ante lo anteriormente expuesto podemos afirmar que la privatización de
las tierras fue un proceso heterogéneo y dramático donde más caló la
política liberal salvadoreña. Su aplicación fue compleja en comparación con los
demás países del Istmo, en gran parte, por la misma ubicación de pequeñez del
país. Lo que nos lleva a aseverar que el procedimiento de extinción de
ejidos no fue justo ni bien administrado, pues la tierra pasó de manos
de campesinos e indígenas a un reducido número de individuos y la división
y nuevas colindancias ayudó a revivir viejos conflictos entre comunidades
vecinas o entre municipios y ejidos vecinos. Consecuentemente el
reparto de tierras generó una situación social explosiva que desembocó en
levantamientos sociales de algunas poblaciones.
Leyes para jornaleros.
El incremento de las plantaciones y las minuciosas labores del café en
su proceso de conservación, fertilización, secado, desyerbo, poda,
procesado y recolección, hicieron indispensable contar con la suficiente fuerza
laboral.
Esta situación fue resuelta por el Estado a través de la ley para
jornaleros, mediante la cual se solucionó la demanda de trabajadores en
las haciendas. Para ello se creó una guardia civil y jueces agrícolas, como
responsables de ejecutar la legislación laboral, que contenía las
obligaciones laborales entre trabajador y patrón.
Uno de los problemas que enfrentó la ley de jornaleros de 1882 fue el
incumplimiento de los contratos de trabajo. Los inspectores, jueces
rurales y los alcaldes eran los responsables de perseguir y castigar a
los jornaleros que abandonaran la labor y no concurrieran en tiempo y
forma, a satisfacer los adeudos que habían contraído con el patrón, con quince
días de trabajos pesados en obras públicas la primera vez; con veinte por
la segunda reincidencia y con treinta en las subsecuentes. Esta penalidad
también fue aplicada para aquellos hombres que se encontraran sin
oficio conocido o en la vagancia y que derivó en relaciones muy conflictivas
entre trabajadores y patrón, por la constancia en que los peones se escapaban
de la hacienda antes de saldar deudas o, simplemente, negarse a jornalear
aún cuando no existiera la posibilidad de dedicarse a otras actividades,
fueron típicas formas de resistencia laboral.
En el aspecto de las jornadas laborales, la política a seguir por parte
de las autoridades y los dueños de los cafetales fue de obligar a los
jornaleros a rendir al máximo de sus posibilidades, a cambio de un
pequeño pago, que con frecuencia era adelantado, por medio de vales canjeables
exclusivamente en la tienda que tenía el dueño de la finca. Con
respecto a otros beneficios a parte de l salario por su trabajo, los trabadores no
recibieron apoyos por enfermedad o accidentes de trabajo. Asimismo se
descartó que en dicha leyes de regulación hubiera iniciativas de los
trabajadores en mejora de sus condiciones de vida y de trabajo. Esta
situación también dio lugar a constantes fugas de los jornaleros, a tal
grado que las autoridades encargadas de reinstalarlos en el lugar del
trabajo no se eran suficientes para perseguir y castigar a todos los
fugitivos.
Con respecto al problema de las constantes fugas del lugar de trabajo,
Darío Guzmán, se opuso al peonaje por deudas, pues aseguraba que los
trabajadores una vez en posesión de los adelantos, abandonan el trabajo, se
entregan
a la embriaguez y emigraban a otros departamentos, por lo que era necesario
abolir el sistema de pagos adelantados y compensar el jornal una vez
concluida la tarea.
La alta demanda de mano de obra, planteó también a su vez la necesidad
de contar suficientes recursos económicos para el financiamiento del
café, el cual estuvo ligado a la inversión extranjera europea. Al respecto el
número de productores nacionales fue muy limitado, en gran parte por la serie
de requisito para conseguir un préstamo, que en muchos de los casos para
adquirirlo se tenía que recurrir a la hipoteca de propiedades rurales,
como aval del solicitante. Así lo demuestran las hipotecas de varias tierras
añileras de alrededor de veinte o treinta hectáreas, que permitieron
comenzar la producción cafetalera.
En lo que concerniente al pago, el pequeño o mediano productor fue
obligado a comprometerse a entregar parte de su cosecha, es decir, en lugar de
liquidar su deuda en dinero, lo hacía en especie, que en la mayoría de
los casos era entregada al grupo financiero que controlaba los préstamos.
Asimismo si por alguna razón el productor o terrateniente acumulaba
Deudas que no podía pagar, el acreedor se posesionaba de sus tierras o las
vendía para recuperar su inversión, de tal forma que la incapacidad de pago
fue uno de los mecanismos que permitió a los prestamistas acumular grandes
extensiones de tierras. Los productores más débiles económicamente eran
los que con mayor frecuencia se vieron obligados a entregar sus tierras al
financista o en su defecto venderlas para saldar su deuda.
Precisamente fue el asunto del financiamiento, que propició que tanto los
productores
medios y pequeños, en un determinado momento se aliaran con el fin de
contrarrestar la presión de los acreedores, que en muchos de los casos tomaron la
hipoteca de las cosechas de café como un negocio que resultó redituable varios
años.
Asimismo, una vez que el cultivo de café alcanzó una producción a gran
escala, exigió de nuevas obras de infraestructura, como la construcción
de carreteras, bodegas, centros de comercialización, entre otras. Para
ello el gobierno invitó a compañías extranjeras a que construyeran obras por
cuenta propia, a cambio atractivas concesiones y todas las facilidades para
poder importar la maquinaria necesaria sin pagar impuestos. Una de estas
empresas fue la inglesa Raiwy company, que en 1882 construyó el ferrocarril de
12 millas de la Unión a San Salvador y las ciudades de Santa Ana,
Sonsonate, Auachapán y Acajutla.
Esta política favorable al libre acceso de los recursos productivos y a
la libertad de las transacciones internacionales con llevó, a su vez, al
inicio de la inversión extranjera y de las políticas nacionales de exoneración
sobre el capital, las propiedades y las rentas, el surgimiento de la
dependencia económica por medio de un control del capital externo en
áreas estratégicas del sector de servicios públicos como: ferrocarril,
puertos y energía eléctrica. En ese aspecto, los ferrocarriles centroamericanos
del periodo tuvieron como finalidad la conexión ferroviaria de zonas de
producción agroexportadora con los puertos del Pacífico y del Caribe.
Aquí también jugaron un papel preponderante los inversionistas extranjeros
que en la medida que la economía cafetalera se desarrolló fueron
insertándose progresivamente a ésta, por su aporte financiero, requerido para
cubrir
las necesidades de los cafetales, de tal forma que los capitales externos
se convirtieron en la base y sustentación interna de la economía del país,
incluso controlaron casi todas las actividades importadoras y
exportadoras.
Como vemos, la inversión extranjera, fue un ente medular del desarrollo
económico de Centroamérica, que se concretizó también en otras áreas
como el comercio textil, con la llegada de inmigrantes, como los que viajaron
con protección francesa, constituidos por grupos considerables de
palestinos, libaneses y griegos, los cuales al no contar con suficiente capital al
llegar al país se dedicaron al pequeño comercio, principalmente en las
zonas urbanas.
Comercialización.
Una de las medidas que favoreció la comercialización del café
salvadoreño, se relacionó con la buena aceptación de éste en el extranjero, en
gran
parte gracias a que a finales del siglo XIX fue uno de los productos de
exportación de mayor calidad en el Istmo, por los abonos del suelo de
las zonas volcánicas del país. Aspectos que fueron determinantes en el
excelente café salvadoreño, por encima de países como Guatemala, Costa
Rica, que si bien es cierto fueron los principales exportadores de café
de Centroamérica, hubo variaciones en cuanto a producción, tecnificación,
y exportación, por las mismas condiciones geográficas y climatológicas de
cada lugar.
La compra de maquinaria de fabricación inglesa y
norteamericana, fue otro elemento que favoreció la producción de café y
consecuentemente una mayor comercialización, que propició una mayor ganancia
al comprar el
grano de café sin procesar de muchos productores, ya fueran estos campesinos
o agricultores mayores. Este crecimiento en las exportaciones
cafetaleras, después de 1880 permitieron a El Salvador articularse de manera
clara
al mercado mundial y dentro de la división internacional del trabajo.
La producción de café se comercializó a través de intermediarios
nacionales y o extranjeros hacia países donde el café apareció desde sus inicios
como un producto agrícola muy competitivo y de creciente demanda en el
mercado mundial, como en Inglaterra, y otras potencias que dieron una sorda
lucha por el predominio mercantil y entre las cuales se destacaron Estados
Unidos, Francia y Alemania. Naciones que al fundirse con los intereses de la
oligarquía cafetalera se convirtieron en germen del grupo hegemónico,
que con el paso del tiempo definieron las medidas necesarias para controlar
el poder del Estado para sus propios intereses. Para ello desenterró y
fortaleció las viejas prácticas pre-capitalistas de trabajo. Además,
aseguró su papel de intermediaria creando condiciones favorables al capital
extranjero. Aunque dentro de las creciente demanda en el mercado
mundial, las oscilaciones en el nivel de precios y la demanda exterior
obedecieron casi siempre a los ciclos de auge que acompañaron a la economía
capitalista inglesa y europea.
Consideraciones finales. La penetración de nuevas actividades
productivas en el agro centroamericano y la demanda de fuerza estimulada por la
demanda exterior y facilitaron la modificación de una economía de subsistencia
pero sin desintegrarla. El campesino se incorporó a la unidad productiva
mercantil privada de medios de producción pero sólo parcialmente
desempeñando funciones de asalariado. Asimismo al clasificar como
retrogradas y antiprogresistas a las tierras comunales, así como de
demorar e impedir la modernización. El Estado salvadoreño fue extendiendo su
presencia lenta e irregularmente sobre el conjunto del territorio
nacional, valiéndose de mecanismos de control donde por primera vez puso en
marcha la legislación agraria, reguladora de las relaciones entre jornaleros y
terratenientes, que le dieron al Estado salvadoreño aún más fortaleza y
estabilidad a partir de 1880.
Descargar