ORIGEN Y FUNDAMENTOS DEL CONOCIMIENTO

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ORIGEN Y FUNDAMENTOS DEL CONOCIMIENTO
SEGÚN DESCARTES
René Descartes, considerado como el primer filósofo moderno, abre esta
nueva etapa filosófica centrada en el problema del conocimiento con su
novedoso planteamiento consistente en dejar en suspenso todo saber y aplicar
metódicamente una duda radical hasta dar con una primera verdad que actúe
como fundamento firme y como exigente modelo de verdad.
Para Descartes, fundador del Racionalismo moderno, el conocimiento no
puede buscarse en la experiencia sensible, que claramente nos engaña a veces,
sino que por el contrario habrá que buscarlo en la misma razón humana, la cual
debe buscar dentro de sí misma conocimientos seguros, fiables, fuera de toda
duda y sospecha y que nos permitan edificar una Filosofía duradera en el
tiempo por ser clara y evidente a la razón, no como la Escolástica, víctima de su
falta de evidencia y de su alejamiento de la simplicidad.
El origen y fundamento del conocimiento para Descartes y para el
racionalismo por él fundado (al que se sumarán, cada uno con sus matices,
Spinoza y Leibniz), por tanto, están en la misma razón humana, aislada de los
datos de la experiencia.
Y el camino seguro que debe recorrer nuestra mente para desarrollar ese
conocimiento desde sí misma, dice Descartes, consistirá en dudar
metódicamente de todo lo aceptado irreflexivamente hasta ahora: “Al menos
una vez en la vida es preciso dudar de todo”, afirma Descartes. La duda
metódica, por tanto, la aplicaremos poco a poco a todo lo que en nuestra
mente hay, y no abandonaremos esa actitud de sospecha radical, dice
Descartes, hasta que demos con alguna primera verdad tan cierta y evidente,
tan clara y distinta, que nos sea totalmente imposible dudar de ella. Una vez
hallada, esa primera verdad será la base de una Filosofía segura y el modelo
para aceptar otras verdades.
Ese conocimiento así entendido, por tanto, comienza a construirse dudando
en varias etapas: primero, la duda se aplica a los sentidos (“Es prudente no
fiarse de quien alguna vez te engaña”, por tanto todo lo que nos llega por esa
vía lo dejaremos de lado); después dudaremos de la distinción sueño/vigilia (en
ambos estados se presentan a mi mente imágenes con igual evidencia, por
tanto no sé cuáles son las reales), y finalmente dudaremos también de las
verdades matemáticas, pues estas, aunque parecen ciertas estando dormidos o
despiertos, podrían ser obra de un hipotético “genio maligno” que me hiciera
creer que estoy en lo cierto cuando me engaño, afirma Descartes. Y tras esta
radical hipótesis del genio maligno llega el filósofo francés a la primera verdad
de su Filosofía: pienso, luego existo (cogito, ergo sum), una afirmación que ni
los escépticos más recalcitrantes (entre los cuales no se encuentra Descartes,
pues él nunca dudó de que fuera posible el conocimiento) pueden negar. Ni el
genio maligno, caso de que existiera, podría hacerme dudar de mi propia
existencia. Por tanto, el conocimiento más cierto, para Descartes y el
Racionalismo moderno, es el de la propia mente.
Somos una “cosa que piensa” (res cogitans), pero ¿podemos saber algo
más? Deberíamos examinar qué hay en esa res: ideas. Y de tres tipos, afirma
Descartes: adventicias (parecen provenir de un mundo exterior, son dudosas,
por tanto), facticias (fabricadas por mi imaginación, dudosas) e innatas, una de
las cuales, la de Dios, servirá a Descartes para salir del grave problema del
solipsismo (¿cómo justificar el conocimiento de algo además de la propia
mente?). Para Descartes, la idea innata de Dios exige que ese Dios exista,
porque según él esa idea de un ser sumamente perfecto no puede haberse
originado en un ser como yo, imperfecto; y porque además la existencia, al ser
una perfección, no puede no estar en ese Ser al que llamamos Dios (este es el
antiguo argumento ontológico de San Anselmo). Por tanto, ya el conocimiento
no es sólo de la propia mente: conocemos la res infinita, Dios.
Y, continúa Descartes, si existe ese Dios, no podrá consentir que yo me
engañe cuando pienso que existe un mundo material, de cuerpos que se
definen como materia porque ocupan espacio (no como mi mente). He aquí
justificada la existencia de la tercera sustancia del universo cartesiano: la res
extensa, el mundo de los cuerpos materiales, que por ser concebidos como
extensión impondrán un rígido mecanicismo a la Física cartesiana, que no podrá
explicar la acción a distancia y acabará por sucumbir ante la potencia
explicativa del otro modelo de Física, la newtoniana.
Realmente, dice Descartes, al ser la sustancia “aquello que no necesita de
ninguna otra cosa para existir”, la única en sentido primero es Dios. Las otras
dos lo serán en sentido derivado.
Este es el conocimiento para Descartes, por tanto: a partir de la propia
mente deducir, aplicando un método axiomático sacado de la geometría, el
conocimiento del mundo externo aunque para ello haya que demostrar primero
la existencia de Dios. La experiencia sensible, por tanto, vemos que en el
Racionalismo moderno ocupa el último lugar de conocimiento. Antes sabemos
de la existencia de Dios que de la de los cuerpos físicos que percibimos
continuamente.
Además del mencionado problema de su física mecanicista, a Descartes esta
división de la realidad en tres res le planteará el clásico problema de la
comunicación entre alma y cuerpo: ¿cómo es posible que entren en
comunicación algo material (que obedece) y algo inmaterial (que ordena)?
Descartes parte de que eso ocurre, y se limita a ponerle un nombre al lugar en
el que debe ocurrir esa extraña comunicación: la glándula pineal, escondida en
lo más remoto de nuestro cerebro.
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