¿Izquierda? ¿Qué izquierda?

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¿Izquierda? ¿Qué izquierda?
Olmedo Beluche :: 06/08/2007
A propósito de una visita de Atilio Boron a Panamá :: En la intervención de Boron quedó muy
en claro que de la socialdemocracia, en todas sus variantes, no puede salir ninguna alternativa
al neoliberalismo
Del 3 al 5 de julio de 2007 se realizó en Panamá el foro “José Martí: Pensamiento de Unidad
Latinoamericana”, al que asistieron prominentes intelectuales del continente encabezados por Atilio
Boron, Luis Suárez, Jorge Lozano, Jaime Zuluaga, Ricardo Dello Buono, Carlos Pérez, Marco
Gandásegui, Juan Jované, y otros. El foro, en el que participó un nutrido grupo de estudiantes y
docentes panameños, fue propicio para reflexionar sobre los temas que más inquietan a los pueblos
de Nuestra América. Una de las conferencias que más atrajo la atención, y que llenó hasta desbordar
la pequeña sala de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Panamá, se tituló “Alternativas
de desarrollo, neoliberalismo y ALBA”. En ella intervinieron Yolanda Marco y Juan Jované por
Panamá, Luis Suárez por Cuba y Atilio Boron por Argentina. Queremos reseñar aquí algunos de los
señalamientos hechos por Boron que, a nuestro juicio, vienen a pelo de un debate encendido que
atraviesa a todas las vanguardias del continente.Analizando las alternativas frente a un mundo
regido por la globalización neoliberal y sus secuelas de miseria, hambre y muerte, Boron se
preguntaba: ¿Cómo definir a la “izquierda” latinoamericana de hoy? ¿Qué elementos constituyen un
programa realmente alternativo a lo que el sistema imperialista nos impone? Disculpen si cometo
alguna imprecisión, pues cito casi de memoria. Recuerdo que señaló con claridad quiénes no son
izquierda porque sus gobiernos, pese a cierta demagogia populista aplican programas de corte
neoliberal, enfatizo no son izquierda: ni Lula, ni Kirchner, ni Tabaré, y el público casi que a gritos
agregó: ni Martín Torrijos y el gobierno del PRD. Boron describió cómo se ha convertido en el
principal beneficiario del gobierno de Lula al capital financiero del Brasil, que está haciendo su
“agosto” con la decisiones económicas del gobierno del P.T., mientras el Movimiento Sin Tierra
sigue esperando una reforma agraria prometida y los trabajadores ven echados al tinaco los
compromisos del que otrora fuera su partido. Citó Boron, a algún representante del gran capital
brasileño en el sentido de que, ante la insurrección popular en Argentina contra el “corralito”, la
propia burguesía brasileña se convenció de que sólo Lula le podría evitar una crisis similar. Me
parece que, de la intervención de Boron, quedó muy en claro que de la socialdemocracia, en todas
sus variantes, no puede salir ninguna alternativa al neoliberalismo, pues ella hace parte de este
sistema construido para succionar la riqueza de la humanidad (plusvalía) a favor de un puñado de
bancos y empresas transnacionales. Los cuales han construido, para garantizar sus dominación
económica, un sistema político al que llaman “democrático”, pero reducido al sufragio periódico, del
que sólo pueden participar quienes cuentan con los millones (de esos capitalistas) para financiar sus
campañas. Por eso, Atilio Boron habla de la “democracia secuestrada”. Pero, al mismo tiempo, Boron
sí reivindicó, como ejemplos a imitar,procesos políticos como los de Venezuela y Bolivia, en los que
la lucha social se ha combinado con la participación política de las organizaciones populares, para
crear una dinámica que es claramente antineoliberal, aunque no sea completamente socialista.
Boron exhortó a las organizaciones sociales y populares a conformar partidos políticos que den la
pelea en ese plano, pese a la antidemocracia reinante, pues es necesario llevar la lucha a todos los
niveles, ya que la lucha meramente sindical no logrará cambiar la correlación de fuerzas para el
cambio al que aspiran nuestros pueblos. Si por izquierda denominamos a aquellos que luchan por
una alternativa frente al régimen político, social y económico imperante; y por derecha, a quienes
defienden el actual estado de cosas (“el viejo régimen”, como dirían en la Francia revolucionaria de
1789), una condición sine qua non para ser de izquierda: es ser consecuentemente antineoliberal,
por lo menos. Boron formuló un programa mínimo para la construcción de una izquierda
latinoamericana del siglo XXI, el cual por sí mismo podría mejorar muchísimo la vida de nuestros
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sufridos pueblos: 1. Reconstrucción del Estado, en el sentido de reivindicar su papel de regulador de
los procesos económicos y como agente económico (nacionalizaciones), frente a aquellos
neoliberales que defienden el imperio del mercado. 2. Anulación de las deudas externas de todos los
países pobres, la cual es un saqueo descarado en el que los préstamos han sido pagados 5 ó 6 veces.
3. Una política de redistribución del ingreso y la riqueza nacional, alejada de las llamadas políticas
de focalización que impone el Banco Mundial, al estilo del Plan Hambre Cero de Lula, el cheque de
los B/. 35.00 de Martín Torrijos. 4. Una reforma tributaria a contramano de la que impone el
neoliberalismo y que quita impuestos a los que más ganan, sino una que les obligue a tributar más.
Por ejemplo, señaló que los plazos fijos están exonerados, al igual que casi todas las áreas
vinculadas a la inversión extranjera, agregamos nosotros. 5. Una reforma agraria auténtica que
permita, a la vez que garantice a ese gran porcentaje de la población un modo de vida decente, evite
el despoblamiento del campo, y sirva como política de preservación del ambiente. 6. Nueva
estrategia de desarrollo que no pasa, como sostiene el neoliberalismo por el sector exportador, sino
por la construcción de un mercado interno, lo que conlleva industrialización y un sector asalariado
mejor pagado. Por supuesto, no ignora Boron, y así lo señaló, que este es un programa “reformista”,
que no va más allá del sistema capitalista, de corte keynesaino y desarrollista, y que mientras que
subsista una sociedad dividida en clases, pervive la explotación, con sus consecuencias sociales. En
ese sentido, Boron llama a no deponer la aspiración a la transformación socialista del mundo. Y
agregó, si no recuerdo mal, un parangón con el programa reformista de la Revolución Rusa de 1917:
“paz, pan, tierra y libertad”. Porque, y aquí francamente admito que no estoy seguro hasta donde
continuó o me separo de la reflexión de Boron, en última instancia lo que le da calidad
revolucionaria (es decir, transformadora) a un programa es el agente social que lucha por él o lo
ejecuta desde un gobierno: la participación de la clase trabajadora y las masas populares. Unido a lo
anterior, es forzoso concluir que la única manera de llevar a cabo este programa mínimo propuesto
por Boron, es que lo asuma un gobierno de los trabajadores y el pueblo, ya que la burguesía
latinoamericana es incapaz de llevar a cabo consecuentemente un programa de reformas en el
propio marco del sistema capitalista, dada su sumisión a los dictados de la globalización imperial.
Este es el punto cualitativo, y el verdadero “arte” de la política revolucionaria, el objetivo: ¿Cómo
hacemos para que las grandes masas trabajadoras, dejen de ser actores pasivos, manipulados por
los partidos y gobiernos de la burguesía, se movilicen y se conviertan en protagonistas políticos que
transformen la sociedad? Conozco muchas organizaciones con programas revolucionarios que
parecen haber resuelto todos los problemas de la “pe a la pa”, que culminan en radicales
exhortaciones al socialismo y al gobierno de los trabajadores, pero son programas que no han
pasado de palabras en un papel porque no han logrado calar más allá de un puñado ínfimo de
activistas, sin peso en la realidad social. Entiéndase bien, no es que esos programas no tengan
ningún valor, pues al menos significan que en una pequeña neurona de la memoria colectiva de la
humanidad no se han olvidado algunas tareas no realizadas y necesarias para la salvación de nuestra
especie. Pero una neurona, si no está ligada a una fibra nerviosa que mueva un músculo, es una
neurona “castrada”. En algún lugar que no recuerdo, Carlos Marx dijo: “Más vale un hecho que mil
palabras”. Por eso concedemos gran valor a figuras como Chávez o Evo, porque han logrado
catalizar la imaginación, las aspiraciones y la acción de millones de personas en todo el continente
que aspiran a un mundo mejor, sin las miserias que la globalización imperialista nos ha impuesto. En
un momento histórico en que muchos creían el cuento de que había llegado el fin de la historia, con
la supuesta derrota del socialismo y el triunfo de la democracia liberal (Fukuyama). Por ello, aunque
sus gobiernos no son socialistas en el sentido estricto y clásico de la palabra, aunque los capitalistas
siguen haciendo pingües negocios en Venezuela y Bolivia, el imperialismo les teme y conspira contra
ellos, porque sabe que, por un lado, cualquier medida antineoliberal es en el fondo una medida
contra el modelo capitalista imperante; y por otro, lo que es peor para ellos, es que Chávez y Evo son
producto de la participación y movilización popular que se ha generado en la lucha contra las
consecuencias sociales del neoliberalismo. Que hay que denunciar la resucitación de la teoría del
“socialismo evolucionista” (Bernstein) por boca de Heinz Dietrich disfrazándola de “socialismo del
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siglo XXI”, vale. Que hay que advertir que mientras la gran burguesía conserve su propiedad
conservará su capacidad para hacer retroceder cualquier proceso, y de manera sangrienta, vale.
Que hay que decir que un programa antineoliberal no es suficiente si no se transforma en socialista,
es decir, en poder obrero real, vale. Pero todo ello debe ser hecho desde dentro de los procesos que
mueven a millones y que lideran, quiérase o no, los Chávez y los Evos del momento. Porque en
última instancia la palabra la tienen las masas, ellas son las que pueden, o no, hacer el cambio real
en el mundo real. Aquí, lo que no vale, es la actitud socialmente pequeñoburguesa, aunque tenga el
programa más revolucionario del mundo, de que “yo no me mancho con reformistas”, mientras
espero en la acera, viendo a las masas marchar, a ver si en algún momento voltean a mirarme y, si
no, “peor para ellas”. Porque, la verdad es que la historia la hacen los pueblos, y no los programas.
Que se avance más o menos en alguna dirección, en últimas, tampoco depende (aunque pueden
influir) de Chávez o Evo, sino de la lucha de clases. Por ello, parafraseando a Trotsky, la tarea hoy en
Latinoamérica es encontrar el puente entre la conciencia de las masas que asumen el programa
"reformista" del chavismo y se movilizan en su defensa y la tarea histórica de construir una sociedad
sin explotación, el socialismo. Kaos en la Red
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