Vigencia y actualidad de la Revisión de Vida

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Vigencia y actualidad de
la Revisión de Vida
Luis Fernando Crespo
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La Revisión de Hechos de Vida (RHV) surgió y se desarrolló como un método de formación
cristiana en los movimientos de Acción Católica que apuntaban a la formación de militantes,
personas adultas en la fe y comprometidas en el seguimiento de Jesús, con la voluntad de
transformar la sociedad en la perspectiva del reino de Dios, protagonistas en la tarea de
imprimir un sentido a la historia hacia formas más justas, fraternas y solidarias.
1. UN TIEMPO DISTINTO: “EL VINO NUEVO EN PELLEJOS NUEVOS”
Hoy nos encontramos en un tiempo distinto, “cambio de época”, han diagnosticado algunos.
Globalización y posmodernidad se presentan como letreros luminosos que en una palabra
pretenden decir o sugerir –o ¿simplificar? – lo nuevo característico del momento. Hasta ha
habido alguien que pronosticó un paralizante “fin de la historia”. Felizmente, la historia sigue
avanzando.
Lo que sí es claro, más allá de las formulaciones y los rótulos, es que vivimos un tiempo
diferente, que se manifiesta en actitudes, estilos de vida y sensibilidades distintas a los de
hace unas pocas décadas. Y esto se percibe de manera más evidente en el mundo de las
generaciones más jóvenes. No se cree ya en los grandes relatos legitimadores e impulsores de
compromisos y de solidaridades de largo aliento. Pasó, se dice, el tiempo de las utopías y de los
imperativos categóricos, cuentan sobre todo los logros rápidos y la competencia despiadada
por el éxito inmediato.
La religión y la fe cristiana han ido perdiendo papeles tradicionales desempeñados en el
pasado. Dios ha dejado de ser un recurso de legitimación y de esperanza ultramundana ante
las desgracias e injusticias. El proyecto del reino de Dios tampoco despierta anhelos y entregas
radicales por causa de la justicia. Se lleva más una religión a la carta, sin mayores ortodoxias
doctrinales e institucionales, ni exigencias de coherencia en la ética personal y social. A lo
sumo, se acepta la inserción en pequeñas comunidades emocionales en las que uno puede
sentirse acogido y acompañado más que exigido. En ese contexto, nos preguntamos qué
sentido puede quedar para la RHV y, aún de manera más profunda, para el seguimiento de
Jesús vivido con radicalidad y coherencia integral y para la evangélica opción preferencial por
los pobres. El ideal de la formación de discípulos y militantes como modelo de cristianos
coherentes parece estar hoy en cuestión.
En la misma experiencia actual de los movimientos y de otras comunidades, que reconocen,
valoran y practican la RHV como su propia pedagogía de la fe, se constata una cierta
insatisfacción y dificultad. Muchos la sienten como un proceso demasiado rígido, que agarrota
la espontaneidad sin formalismos que anhelan especialmente los grupos de jóvenes –y
también en buena medida los de adultos– para sus reuniones y encuentros comunitarios.
Con frecuencia, no les falta razón. En algunos casos, la RHV se ha convertido en letra y en ley,
olvidando su espíritu. Se la percibe y practica como método formal –la secuencia de ver, juzgar,
actuar– y no tanto como pedagogía comunitaria espiritual de dejarse guiar por el Espíritu y la
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El presente texto ha sido escrito como prólogo a una nueva edición en España de Revisión de vida
y seguimiento de Jesús (ed. original: CEP-UNEC, Lima, 1991, con varias reediciones).
palabra de Dios en el proceso de crecimiento y maduración de la fe, de un adulto hacerse
discípulo de Jesús, vivido en la trama de la vida cotidiana con toda su creciente complejidad
social, familiar y personal.
Una dificultad más se añade. El tiempo de las personas, más atiborrado de horas de trabajo y
de estudio, más solicitado por abundante información que llega de todas partes (internet y
otros) y por una sobreoferta de posibilidades de distracción (deportes, sobre todo fútbol,
programas y películas en la televisión…) resulta cada vez más limitado para dedicarlo a la
reflexión personal y comunitaria.
Una nueva situación o una nueva época, con todas sus oscuridades y cuestionamientos
desestabilizadores, conlleva también una nueva oportunidad de búsquedas, de
descubrimientos de aspectos no explorados o no suficientemente percibidos. El misterio de
Dios, siempre inagotable y nuevo, que “ha hablado muchas veces y de muchas maneras a
nuestros padres y en los últimos tiempos por medio de su Hijo” (Hb1,1-2) no permanece
callado. El Cristo glorificado por su Espíritu continúa presente en la humanidad conduciéndonos
“hacia la verdad completa” (Jn 16,13), de manera que en un renovado Pentecostés cada
pueblo y cada generación pueda escuchar el mensaje “cada uno en su propia lengua” (Hch
2,6), es decir, según su propio sentir y entender.
Sería una falta escandalosa de fe vivir añorando lo que para la generación actual
irremediablemente ya es pasado, aun reconociendo todas sus realizaciones y logros. Ni
nostalgia ni andar permanentemente comparando como si el pasado fuera el modelo de
comprensión y expresión del evangelio. Eso ya sucedió al llegar la modernidad y conocemos sus
consecuencias desastrosas.
“El vino nuevo en pellejos nuevos” (Mc 2,22), no se cansaba de repetir Jesús. La tarea de hoy
es descubrir en la nueva sensibilidad y nuevos estilos de vida las nuevas posibilidades de
escucha y acogida del Dios vivo que se da y comunica amorosamente a los hombres y mujeres
de hoy. Y a la vez no absolutizar lo nuevo como si fuera criterio indiscutible y definitivo al que
hubiera que someter toda interpretación de la Palabra. El ejercicio de “escrutar los signos de
los tiempos”, haciendo un discernimiento “a la luz del evangelio” de lo que en ellos hay de Dios
y de oportunidad de salvación para responder a sus interrogantes continúa siendo
responsabilidad permanente de la comunidad cristiana a realizarse con empatía y sentido
crítico.
2. NUEVAS OPORTUNIDADES PARA LA EXPERIENCIA CRISTIANA
Presento a continuación algunos rasgos de este tiempo nuevo tratando de reflexionar y
descubrir posibles oportunidades y aperturas para una experiencia cristiana.
2.1 Subjetividad y autenticidad
El desencanto y la reacción frente a la primacía dada a lo que se ha llamado la razón
instrumental y algunos de sus terribles efectos para la humanidad ha redundado en un
descubrimiento de la subjetividad, del mundo subjetivo, de la identidad individual. Una nueva
valoración del sentimiento, de la sensibilidad y de lo estético han venido a enriquecer la
comprensión de la existencia humana como una unidad de múltiples y variadas dimensiones y
a recordar que la real “encarnación” de la Palabra en Jesús ha asumido y salvado todo lo
humano en su integridad.
La búsqueda de una creciente creatividad en la realización personal, el reconocimiento de la
autenticidad como actitud y valor fundamental de cada persona, la aspiración a vivir como
seres libres, sin cortapisas de ninguna clase, la voluntad decidida de conseguir ser felices y
lograrlo ya constituyen otros tantos rasgos y apuestas que caracterizan a mucha gente hoy. Lo
buscan con apresuramiento, a veces compulsivamente, como si temiesen no llegar a tiempo. Y
esto provoca desconcierto, incomprensión y hasta rechazo en las generaciones mayores que se
preguntan cómo conjugar estas actitudes con aquellas que habíamos venido asumiendo como
más coherentes con el evangelio.
Vale la pena detenerse un momento y reflexionar mejor. La fe cristiana, antes que adhesión
intelectual a una doctrina, nos es presentada como una experiencia, experiencia de encuentro:
“Vengan y vean” (Jn 1,39.41.43.45), como un llamado que suscita una profunda relación
personal: “Para que estuvieran con él” (Mc 3,14), relación que Jesús califica finalmente como
amistad (Jn 15,14-16). Por esa razón, la actitud que se requiere en quien responde es en
primer lugar seguimiento (Mc 8,34) y amor (Jn 21,15-17). La instrucción y la consecuente
adhesión doctrinal, siendo importante, vienen después.
Los evangelios presentan a Jesús como “maestro”. Es verdad. Pero el rasgo mayor que lo
retrata es la compasión, su capacidad de sentir con el sufrimiento del otro, su sensibilidad
profundamente humana: se estremece de gozo porque el misterio de Dios se revela a los
pequeños (Lc 10,21), siente compasión ante el leproso marginado (Mc 1,41), ante la mujer
viuda que llorando lleva a enterrar a su hijo único (Lc 7,13), ante el pueblo vejado y abatido por
la ocupación romana (Mt 9,36) y hambriento y sin guía (Mc 6,34), siente pavor y tristeza de
muerte ante la posibilidad amenazante de un desenlace de su vida violento y próximo (Mc
14,34). Esta rica y compleja sensibilidad de Jesús, tan cercana a nuestros propios sentimientos
y debilidades, está permitiendo descubrir mejor su verdadera y real humanidad, más cercana a
la nuestra.
2.2 Como un grano de mostaza
El anuncio de la cercanía del Reino de Dios como buena noticia para los pobres se nos ha
presentado como la gran propuesta de Jesús, su utopía salvífica, de alcance histórico y
trascendente, una especie de gran relato que asegura responder a los más profundos anhelos
históricos de justicia y felicidad de la humanidad. Pero no podemos pasar por alto que Jesús lo
realizó a través de pequeños signos, acciones que aportaban salvaciones parciales, las más de
las veces a una persona –rara vez a un grupo más amplio– respondiendo a su peculiar
necesidad concreta. Las narraciones evangélicas no pasan de ser “pequeños relatos” de
salvación (curación de un leproso, de un tullido, perdón a una mujer pecadora...), en los que se
contienen pequeños signos –no más que signos, “como un grano de mostaza”, la más pequeña
semilla (Mc 4,31) – de la plenitud de salvación que Dios ofrece.
2.3 Una libertad liberadora
El reclamo de autonomía y el anhelo de libertad caracterizaron el mundo de la modernidad y
con razón se dice que se acentúan en los tiempos posmodernos. Con frecuencia se viven con
una fuerte carga de crítica y desapego respecto de las instituciones, incluidas las religiosas y
eclesiales. Y éstas pocas veces han sabido descubrir y valorar las raíces evangélicas que en
esas actitudes subyacen.
Jesús fue un hombre libre más que un predicador que habla de libertad. Es, ciertamente, uno
de los rasgos históricos más reveladores y provocadores de su personalidad humana. No tiene
miedo a la libertad, son los fariseos y los escribas los que se alarman. Él la practica y la vive con
sencillez y con coraje. Es libre respecto de la ley y de las costumbres que los sabios y poderosos
imponen a la gente sencilla. Sólo que su libertad tiene un rasgo muy peculiar. No lo encierra en
un individualismo caprichoso y liberal, autojustificador, ni lo lleva a desentenderse de las
situaciones que afectan a los demás. Es libre para hacer libres a los demás. En la sinagoga, un
día de sábado, dirigiéndose a una pobre mujer encorvada que sufre desde hace años, le dice:
“Mujer, quedas libre de tu enfermedad” (Lc 13,12). Libre para hacer el bien, consolar y dar
vida. Su libertad alegra a la muchedumbre que contempla la escena. Es una libertad liberadora.
Y esa libertad es la que nos llama a vivir con alegría, libertad para amar y hacerse por amor
esclavos de los otros (Ga 5,1.13-15). Hoy, más que de tener miedo y poner cortapisas a la
libertad, se trata de vivirla con la profundidad, alegría y radicalidad con que Jesús mismo la
vivió. ¿No deberíamos hacer un esfuerzo para comprender la dificultad que mucha gente joven
y madura siente hacia lo establecido y reglamentado en la sociedad y en la Iglesia? No
necesariamente se trata de anomia y acratismo. ¿No habrá que reconocer que muchas veces
se trata más bien de un legítimo inconformismo, que traduce un auténtico anhelo de autonomía
y creatividad para intentar hacer su propio camino y diseñar su propia vida en una sociedad y
cultura que se encuentran ya demasiado anquilosadas? Creo que en el hombre libre Jesús
podrían encontrar un buen y estimulante interlocutor.
2.4 Felices los que hacen felices a los demás
Búsqueda de libertad y felicidad caminan de la mano. La primera se percibe como condición
para la segunda, que es finalmente la que verdaderamente interesa. El anhelo universal de ser
felices se hace hoy más imperioso y urgente, a veces reduciéndolo a logros inmediatos de
bienestar o de placer pasajero. Es posible que la mayoría no pueda definir bien la libertad a la
que aspira, pero sí tiene claro que quiere ser feliz.
Lo que sí no es tan claro es qué tiene que ver Dios con eso. Es asunto nuestro. La imagen
tradicional de Dios y su moral parecen estar más del lado de la exigencia, de la renuncia y del
sufrimiento, la única felicidad que prometen es para el otro mundo y por el momento eso queda
lejos. Aquí sí que parece haber un divorcio más vitalmente sentido que el que se dio en la
modernidad entre la fe y la ciencia. Y así como entonces hubo que replantear el significado de
la ciencia y el de la fe para llegar a un buen entendimiento, también ahora es preciso resituar
de manera más humana e integral lo que implica ser feliz y dar una nueva mirada a la Biblia y
lo que ella nos dice de Dios.
De entrada, el Génesis, a su manera, parafraseándolo, nos dice que Dios creó a los seres
humanos para que sean felices: “a nuestra imagen, como semejanza nuestra” y “vio Dios que
todo estaba muy bien” (Gn 1,26-31). Lo entendió bien el teólogo san Ireneo (siglo II) con su
célebre “gloria Dei vita hominis”, que bien podríamos hoy traducir por “la gloria de Dios es la
felicidad de los seres humanos”. Jesús retoma y ahonda esa intuición. Al proclamar a Dios
abba, papá, padre querido, nos está queriendo decir en primer lugar que es bueno, muy bueno
para los seres humanos, que nos quiere y quiere lo bueno para todos. Esa es su voluntad –o su
reinado, como lo designa también Jesús– para que se realice ya en esta tierra y de manera bien
concreta: el pan –y el trabajo que lo hace posible– que se asegure cada día, la fraternidad, sin
exclusiones ni violencia, para la que se requiere el perdón otorgado generosamente y
humildemente acogido, el trabajoso liberarnos de todo lo que lleva a hacer mal y daño. Y que
no caigamos en la tentación fácil de renunciar a esta felicidad o de buscarla por otros caminos
(Cfr. Mt 6,9-13).
Esta voluntad universal de Dios que nos quiere a todos y a todas felices constituye el
fundamento de su preferente atención por la vida de los pobres y los infelices. Con razón insiste
Gustavo Gutiérrez en que la opción preferencial por los pobres es una opción teocéntrica. Tiene
su fundamento y nos revela quién es el Dios de Jesucristo. Creo que es una originalidad del
cristianismo vincular tan intrínsecamente en Dios la vocación universal a la felicidad y la opción
preferencial por los pobres y sufrientes. Jesús lo expresó bien en las bienaventuranzas (la Biblia
latinoamericana traduce, en este caso con acierto, en lenguaje más cercano felices). Proclamar
felices a los que viven situaciones de pobreza, hambre y llanto (Lc 6.20) es una paradoja que
sólo puede ser tomada en serio si realmente para el Dios, de cuyo reinado se habla, la vida y la
felicidad de los desgraciados es lo más importante de su ser Dios. Por eso Mateo, en una
perspectiva complementaria, proclama felices a los que confían y se entregan plenamente a
ese Dios –eso es lo que expresa propiamente el término bíblico anawim, que se traduce como
pobres de espíritu–, a los que son sencillos, compasivos, limpios de corazón, tienen hambre de
justicia, trabajan por la paz, se mantienen firmes aun en la persecución por causa de la justicia
(ver Mt 5,3-10). Todas estas actitudes humanas y a la vez profundamente religiosas –como
otras tantas expresiones de pobres de espíritu– apuntan a la compasión, a la vida, a la justicia
para con los que realmente sufren las consecuencias de la injusticia y de la marginación. Las
bienaventuranzas de Jesús bien podrían resumirse en un “felices los que hacen felices a los
demás”. Y hay que añadir que esas actitudes, para que hoy puedan ser auténticas, deben ser
traducidas en acciones que busquen tener eficacia histórica y social, capaces de incidir y
cambiar la pobreza, la exclusión y la falta de significación de los pobres en nuestra sociedad.
Podríamos concluir diciendo que llevar a la práctica las bienaventuranzas de Mateo es la
condición para que se hagan realidad histórica las formuladas en el evangelio de Lucas.
Las bienaventuranzas de Jesús acogen sí, pero desbordándolas y abriéndolas hacia nuevos
horizontes y nuevos sujetos, las ansias de felicidad presentes en nuestro tiempo.
2.5 Del Dios todopoderoso al Dios Emmanuel
La modernidad se había peleado con el Dios todopoderoso, explicación y justificación de todo lo
humano y lo divino, y lo expulsó como a un rival derrotado. “Dios ha muerto”, proclamó
Nietzsche, quedándose el ser humano solo, pretendiendo saberlo y dominarlo todo y, como
diría más tarde Sartre, “condenado a ser libre”. Esta imagen hoy se ha vuelto de alguna manera
borrosa, ya no resulta tan clara. Ni la razón humana es tan absoluta ni la muerte de Dios tan
definitiva. Frente al Dios todopoderoso de la filosofía y frente a los nuevos dioses, no menos
todopoderosos y absolutos, del mercado, del capital, del poder –diversos rostros actualizados
del Mammón bíblico–, Jesús de Nazaret, el hijo del carpintero, nos ofrece la posibilidad de
descubrir una nueva imagen de Dios, el Dios de los pobres, que se ha identificado con los
pequeños y con las víctimas de la historia (Mt 25, 31-46) planteando un reclamo insobornable
por la vida y la justicia de los menospreciados y humillados. El Dios que resucitó al
injustamente condenado y asesinado Jesús, el liberador, podrá ser un Dios creíble para los que
hoy en su debilidad histórica se empeñan en ser protagonistas en la construcción de una
humanidad nueva y para todos los que se inscriben en esta causa. Es el Dios Emmanuel, el que
está presente, acompaña y alienta en la debilidad, en la cruz y en la esperanza de una vida
nueva.
2.6 Una Iglesia de los pobres
Para mucha gente, hay que reconocerlo, no hay mayor problema en creer en Dios y en aceptar
a Jesús como alguien respetable y admirable, incluso como alguien a quien tomar como
referente de vida, de opciones y criterios. La dificultad mayor la ofrece la Iglesia como
institución y sus representantes, su autoridad para definir e imponer, sus manifestaciones de
poder y de riqueza.
También para ella hay una necesidad grande de ponerse al día en estos tiempos,
profundizando en su experiencia las grandes intuiciones formuladas en el concilio Vaticano II.
Ser sacramento universal de salvación implica hoy convertirse en un signo que resulte
comprensible para la diversidad de pueblos, de culturas y de generaciones y no pretender
uniformidad a partir de una cultura o de una época determinada. Ser pueblo de Dios, en cuyo
seno aprendamos a caminar hermanados e iguales hombres y mujeres, laicos, religiosos y
ministros (servidores), cada uno con sus carismas y funciones propias, supone revisar y
cambiar actitudes y prácticas que no permiten expresarlo adecuadamente. Ser Iglesia de todos
y especialmente de los pobres, como propuso el papa Juan XXIII, y recogieron con prontitud
numerosas iglesias y comunidades cristianas, exige distanciarse del poder, tomar formas más
sencillas de presentarse y relacionarse con los pequeños y con los grandes de este mundo. Ser
Iglesia de los pobres apunta a que los pobres se sientan y reconozcan Iglesia.
Todo parece indicar que, a pesar de esfuerzos y logros singulares, no hemos avanzado lo
suficiente y queda aún mucho camino por recorrer. Nos pueden los temores y falta audacia y
confianza en el Señor para ser creativos y, aun reconociendo la complejidad del problema,
desprendernos, como David para enfrentar a Goliat, de pesadas y ricas armaduras –
fastuosidad de ceremonias y protocolos, signos exteriores de poder y riquezas–, bagajes
adquiridos o adheridos a lo largo de siglos, pero que no nos dejan caminar ligeros como
auténticos servidores de la causa de los pobres.
El papa Juan Pablo II, recordando en la encíclica Solicitudo rei socialis n° 32 “la enseñanza y la
praxis más antigua de la Iglesia”, llegaba a la conclusión de que “podría ser obligatorio
enajenar esos bienes” –se refería “a los adornos superfluos de los templos y a los objetos
preciosos del culto divino”–. No se conoce que se hayan realizado concreciones significativas y
sistemáticas de esa propuesta. Y sería ciertamente un testimonio más elocuente que muchos
discursos.
Una Iglesia más servidora y humilde que poderosa parece ser un reclamo a atender con
urgencia para poder ser verdaderamente creíble. La frase de Mons. Gaillot, “una Iglesia que no
sirve, no sirve para nada”, sigue siendo un criterio y una propuesta desafiante.
Este tiempo nuevo, desconcertante a veces, fascinante para algunos, cruel para muchos y
especialmente para los países pobres y para los pobres de los países ricos, es también un
tiempo cargado de potencialidades que hay que descubrir y desarrollar. En el proyecto de
salvación que Dios nos ha revelado en Jesucristo, este tiempo también ha de ser un tiempo
oportuno, un kairós. Con alegría que no excluye la preocupación y con una esperanza que
reclama lúcidos análisis y compromisos, hemos de esforzarnos en vivir nuestro presente,
prolongando actualmente aquel “hoy se cumple” con el que Jesús comentó la Escritura
proclamada en la sinagoga de Nazaret: ser buena noticia de Dios para los pobres y
comprometerse en la causa de la justicia y de la liberación. Este es el marco desafiante y
prometedor en el que entendemos que para nosotros se sitúa el seguimiento de Jesús y, por
consiguiente, la revisión de hechos de vida.
3. VOLVIENDO A LA REVISIÓN DE VIDA
En este contexto brevemente descrito, los movimientos y las comunidades cristianas
desarrollan su tarea fundamental de suscitar y acompañar los procesos de crecimiento en la fe
y los testimonios de sus miembros en los ambientes en que se desempeñan.
La RHV encuentra ahí también su lugar como pedagogía de la fe. La opción pedagógica de
formación en la acción, acción reflexionada a la luz de la palabra y de la práctica de Jesús en
orden a una nueva inserción en la vida cotidiana y el compromiso, mantiene su vigencia tanto
en las comunidades que se inician como en aquellas que tienen ya una larga trayectoria. No
obstante, las características de nuestro tiempo reclaman algunas observaciones y énfasis.
3.1 Un VER solidario
El momento que abre la RHV es sin duda el ver, la experiencia vivida y compartida en
comunidad. El gusto actual por narrar y contar los hechos concretos de la vida –pequeños
relatos– puede facilitar la comunicación inicial. Importa elegir bien las experiencias que se
revisan para no quedarse en la anécdota intranscendente que oculta lo más significativo y
comprometedor.
La mayor sensibilidad y valoración actual de los aspectos personales, de la subjetividad y de los
sentimientos contribuyen a dar mayor vitalidad a la RHV, con el riesgo posible de pasar por alto
o desatender los procesos sociales y políticos en los que se enmarcan las vidas personales. Un
ver cualificado por la fe, un ver con compasión, a la manera de Jesús, ayudará a superar
miradas demasiado individualistas, replegadas sobre intereses legítimos, pero sin apertura
hacia el ancho mundo de los otros. La imagen frecuente de jóvenes –también de adultos– que
caminan ensimismados en su música, la de sus individuales audífonos, puede ser un símbolo
de este individualismo ambiental que no presta oídos ni ojos a la realidad circundante de los
demás. La confrontación con los otros nos permite vernos y entendernos mejor. La mirada se
convierte en ceguera cuando se opta por no mirar más lejos y más profundo.
Hoy se requiere con mayor urgencia una mirada crítica que no se deje atrapar por las imágenes
interesadas que los medios de comunicación masiva, tan poderosos y al servicio de los
poderosos, nos presentan e imponen.
Aprendimos en el pasado a analizar la realidad en sus causas y mecanismos estructurales y
hay que seguir haciéndolo. El fenómeno de la globalización, la interrelación mundial de la
economía, las grandes corporaciones de la industria, la movilidad incontrolable del capital
financiero hacen cada vez más complejo el análisis de los fenómenos sociales y sus causas. Y
en este marco difícil de comprender es en el que se sitúan y hay que revisar los hechos de la
vida de los trabajadores, de los estudiantes y en general de los ciudadanos. Se hace imperioso,
por tanto, acompañar las revisiones con sesiones de estudio que ayuden a desentrañar los
secretos de este mundo tan complejo.
Por otra parte, hay que reconocer también que la globalización de las comunicaciones ha
ampliado el horizonte de percepción de la realidad y ha despertado nuestra conciencia hacia
los derechos humanos de las minorías y de las poblaciones que hasta ahora nos resultaban
lejanas y diferentes, lo cual enriquece y ensancha nuestra capacidad de ver la realidad.
En clave espiritual, que es la propia de la RHV, siempre habrá que insistir en la manera como
Jesús se situaba ante su realidad: “Al ver la muchedumbre sintió compasión…” (Mc 6,34; Mt
9,36). La compasión permite una sintonía más profunda, afina la vista y el oído, hace llegar
hasta el fondo más humano de las situaciones y de los comportamientos. La compasión de
Jesús tiene también la peculiaridad de orientar su mirada y preocupación hacia las personas
más pobres y marginales: ese criterio formulado hoy como opción preferencial por los pobres
no podemos pasarlo por alto en un proceso de revisión que queremos desde el comienzo
cristiano. Se traduce en una atención más vigilante para descubrir cómo repercuten los
procesos sociales y los hechos que se revisan en la vida de los pobres.
3.2 Un JUZGAR que abre a la esperanza
El momento del juzgar, en cuanto confrontación explícita con la palabra de Dios y la práctica de
Jesús, continúa siendo el corazón de la RHV.
No es fácil, en el actual estilo apresurado de vivir y querer resolver pragmáticamente las
situaciones problemáticas, darse tiempo para la escucha sosegada y la reflexión en perspectiva
ética y creyente. Y, paradójicamente, el creciente cansancio e insatisfacción ante los resultados
del pragmatismo parecen reclamar su necesidad y urgencia.
La palabra de Dios ha ido revelando a lo largo del tiempo su fuerza liberadora y dadora de
sentido. Ante la sensación de vacío que muchos experimentan, en medio de tantas cosas que
la gente posee o desea poseer, hay una búsqueda de sentido válido para vivir, de razones
motivadoras para afrontar con coherencia los desafíos de la propia existencia y de la
convivencia social. Finalmente, parece presentirse una necesidad general de tener de quién
fiarse y a quién confiarse. No es posible vivir tan encerrados en sí mismos. La fe, la esperanza y
el amor, en cuanto actitudes profundamente humanas, vuelven a asomar sus dedos pugnando
por salir a la superficie. Constituyen una apertura humana a la que el Dios de la Biblia revelado
en Jesucristo se muestra capaz de responder. En Jesús, en su entrega incondicional por amor
hasta la muerte y sobre todo en su resurrección, victoria definitiva sobre la muerte, Dios se
revela como alguien en quien se puede creer, alguien que fundamenta esperanza y alguien,
fuente de amor y de vida, en quien descansar sintiéndose amado y acogido, y a quien sin temor
uno puede entregarse y amar.
Confrontarse con el Dios viviente no es tanto sentirse juzgado, sino más bien llamado y atraído
a nuevas y más plenas formas de vivir con sentido. Lo descubrimos como una constante en los
encuentros de las personas con Jesús. Nadie sale condenado o rechazado, puede ser que salga
agudamente cuestionado como el joven rico (Mt 19,22). Al contrario, aun confrontados con
exigencias no previstas, las palabras dominantes en esos encuentros son “ánimo, no teman”
(Mc 6,50), “levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (Mc 2,11), “tu fe te ha salvado, vete en
paz” (Lc 7,50), “tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más” (Jn 8,11). Son
palabras que invitan al seguimiento y a la amistad, a la acogida del reino de Dios, en el
entendido de que, aun exigiendo conversión, cambio radical de camino y de opciones de vida,
está ofreciendo una felicidad que, aunque no sepamos bien donde encontrarla, todos
anhelamos y perseguimos. El mensaje de las bienaventuranzas responde bien, como ya
dijimos, a la búsqueda más sentida de las personas en el contexto posmoderno y señala un
camino de actitudes y comportamientos que apuntan a hacer más humana y feliz la vida de los
demás.
En cierta medida, lo primero que sugiere la palabra juzgar se queda corto. Se trata más bien de
un discernimiento del camino concreto para seguir con coherencia a Jesús en las situaciones
complejas de la vida y a la vez un llamado o exhortación apremiante para ponerlo en práctica.
Sabiendo además que la palabra de Dios, precisamente por ser de Dios, no está separada de
su amor y bondad. Es apremiante, pero acompaña y da fuerza. Por eso de la RHV se sale
confiado y esperanzado más que agobiado por una mayor exigencia. Esta perspectiva
liberadora –recuérdese “la verdad les hará libres” (Jn 8,31)– y alentadora nunca debe ser
olvidada.
Cabe además recordar que la insistencia actual de la cristología en subrayar la verdadera
humanidad de Jesús y los estudios acuciosos e informados sobre el contexto real en el que se
desarrolló su misión ofrecen un material más preciso y rico para la confrontación, tan llena de
semejanzas profundas, pese a las enormes desemejanzas, con los desafíos de la presente
época.
3.3 Un ACTUAR que se hace testimonio y evangelio
Conviene, finalmente, recordar que la revisión de vida, como pedagogía que orienta hacia la
conversión, apunta a actuar, a transformar la vida de las personas y la realidad. Frente a
corrientes de espiritualidad que se detienen fácilmente en lo más religioso e intimista, hay que
recalcar la densidad transformadora y social del mensaje del reino y de la práctica de Jesús. Y
de manera especial cuando se realiza en movimientos y en comunidades de laicos.
El Concilio y el documento pos-sinodal Christifideles laici insistieron en el carácter secular del
compromiso laical. Estar presentes en la sociedad, en todos sus ámbitos e instituciones, en la
familia y en el trabajo, en la investigación científica y en las organizaciones sociales y políticas,
como luz y sal, como levadura en la masa. Espiritualidad de encarnación, de solidaridad y de
servicio con el acento cristiano de la preocupación primera por la vida de los pobres. Hoy la
Iglesia en su conjunto reconoce el carácter evangélico y obligatorio de la opción preferencial
por los pobres, y no sólo como tarea asistencial en situaciones de emergencia, sino como
sentido que hay que imprimir a todo compromiso y responsabilidad social. En el momento
actual de crecientes diferencias, donde el poder, el lujo y el despilfarro de los muy pocos
constituye una provocación insultante al atraso y pobreza de la mayoría de la humanidad, la
opción preferencial por los pobres constituye también una exigencia que debe marcar incluso
los personales estilos de vida. En este sentido, la actuación suscitada en la RHV no debe
quedarse sólo en trazar líneas generales de compromiso, es preciso que descienda a
pormenores más concretos de las responsabilidades y tareas cotidianas.
El actuar de la revisión no apunta sólo a mejorar comportamientos personales, sino a través de
ellos a incidir en ámbitos más amplios de la familia, el trabajo y de todo el contexto social. Es
así como el compromiso se va haciendo testimonio y buena noticia. El anuncio del evangelio
pasa hoy muchas veces más por el testimonio silencioso y a la vez elocuente de pequeños
gestos de solidaridad, honradez insobornable, sencillez en los estilos de vida y de relación con
las personas, alegría y constancia en las dificultades, esperanza tenaz en que es posible
construir una sociedad más humana y justa.
3.4 CELEBRAR la gratuidad
La comunidad cristiana, que se reúne para revisar su vida se reconoce convocada por el amor
del Padre que en su Hijo resucitado nos regala su Espíritu. El movimiento de conversión que se
vive en la RHV es una experiencia de salvación, en su sentido más hondo de comunión con la
vida nueva del Resucitado, que actúa por su Espíritu en los miembros de la comunidad para
gloria del Padre. Salvación y comunión tan gratuitas que sólo cabe agradecer y celebrar.
Es experiencia de lo que el evangelio de Juan designa como renacimiento (Jn 3,3.5) y de lo que
en el lenguaje peculiar de Pablo se formula como pasar de un “morir al pecado” a un “vivir para
Dios”, considerándose “como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús” (Rm
6,10.11). O, siguiendo aún a Pablo, es experiencia de que la vida que vivimos en las
condiciones cotidianas y comunes puede ser expresada adecuadamente de manera más
profunda con las palabras “es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20). Es, en definitiva, una
experiencia de gracia, expresión del amor gratuito –no, al menos en primer lugar, de mérito y
esfuerzo nuestro–, de la bondad misericordiosa de Dios para con nosotros, frágiles y
frecuentemente inconsecuentes. “Dios nos amó primero” (1 Jn 4,19) y hace posible que
nosotros amemos a Dios y a los hermanos.
Tan abrumadora experiencia de gratuidad sólo puede ser bien acogida agradecidamente,
dando gracias, alabando y celebrando. Las acciones que realizaba Jesús suscitaban en la gente
alegría (ver Lc 13,17), alabanza y gloria a Dios (Mc 2,12). El mismo Jesús, ante la gracia –
“beneplácito”– de Dios revelándose en los insignificantes, “se llenó de gozo en el Espíritu
santo” y su gozo se expresa en bendición y alabanza (Lc 10,21). La primera acción de los
discípulos Pedro y Juan narrada en Hechos de los Apóstoles provoca en el tullido recién curado
una gozosa celebración: “Entró con ellos en el Templo saltando y alabando a Dios” (Hch 3,8).
En la práctica de la RHV muchas comunidades cristianas acostumbran a concluir con una
oración en las que se conjuga la petición y la acción de gracias. Me parece bueno resaltar ese
momento no como un añadido sino como parte esencial de la revisión.
En los últimos tiempos, y precisamente en las comunidades y grupos que ponen mayor énfasis
en la práctica y en el compromiso social, percibimos también una especial sensibilidad por la
dimensión de gratuidad del amor de Dios que envuelve y da sentido a la vida de los seres
humanos. Y, consecuentemente, por una dimensión más contemplativa y celebrante de la vida
cristiana. El gozo de saberse amados como hijos e hijas predomina hoy sobre el viejo temor a
Dios, que en el pasado se resaltaba, quizá como un acicate para una mejor observancia de sus
mandamientos. El Dios de Jesús invita a acoger gozosa y responsablemente su amor y a
celebrarlo en el amor fraterno y en la acción de gracias.
En tiempos en que el pragmatismo, la eficacia y la utilidad son criterios preponderantes a los
que frecuentemente se somete a las personas, resulta realmente valioso y liberador
redescubrir el valor del símbolo, de lo gratuito y de la fiesta. En definitiva, la vida cristiana se
resume en fe, esperanza y amor, siendo este último el llamado a permanecer (1 Cor 13,8).
Explicitar en las RHV la celebración y la acción de gracias y vincularla con la eucaristía, bien sea
en la pequeña comunidad o en la asamblea dominical, puede hacer de este momento una
síntesis y compendio de la vida cristiana y eclesial.
Se puede decir que la RHV, buscando dar mayor calidad cristiana, y por eso mismo también
humana, a la vida de cada uno y a las relaciones entre las personas, apunta a hacer de la
comunidad humana una expresión de esa comunidad divina donde el amor y el don recíproco
constituyen la esencia y la gloria de la vida trinitaria. Ese es el horizonte que la revelación de
Jesús abre a todo compromiso histórico.
Concluyendo, creemos que la RHV podrá seguir siendo una pedagogía valiosa para
encaminar responsablemente nuestro compromiso cristiano hacia un horizonte de
salvación y contribuir con todos los seres humanos a construir una humanidad más
fraterna y justa, sin privilegios y sin exclusiones.
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