INTRODUCCIÓN La teoría sociológica de los ...

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INTRODUCCIÓN
La teoría sociológica de los últimos treinta años, junto con la investigación en neurociencia y
biología, permiten afirmar que es posible y necesario abordar los fenómenos sociales otorgando un
papel importante al estudio de las emociones. Pero esto no siempre ha sido así. El intento por
construir una sociología positiva lo pone en evidencia.
La propuesta de Augusto Comte por refrenar las inclinaciones de la infancia para regular el
interior del ser humano y así lograr “que el hombre acceda a la humanidad” (Muglioni, 1996), la
importancia que otorga al catecismo que propone, o la función que atribuye a las madres, podrían
ser una muestra clara de la preocupación del autor por limitar, anular o excluir las emociones como
parte importante del comportamiento humano.
Los estudios de Max Weber sobre algunas religiones como el cristianismo protestante, el
budismo, el confucionismo y el antiguo judaísmo sirven de marco para explicar cómo algunos
valores y creencias constituyeron un sustrato ético-social (que no necesariamente religioso) que se
imprimió de alguna manera en las sociedades, provocó una serie de comportamientos y facilitó el
desarrollo de determinados modelos económicos.
En este sentido, el trabajo más cercano, por ser el mejor conocido y estudiado por
nosotros, es el relativo a la ética protestante y el espíritu del capitalismo (Weber, 1958/1985). En él
se puede observar cómo valores tales como la austeridad o el sacrificio facilitaron el ahorro;
también la profesión vista como vocación o llamada divina, o el éxito económico, como señal de
aprobación y recompensa, sentaron los cimientos (en parte emocionales) para el desarrollo del
capitalismo en los Estados Unidos.
Cuando Eduardo Bericat escribe sobre el “enigma emocional del capitalismo” (Bericat,
2001), sostiene la importancia de un modelo que contemple valores, creencias y emociones.
Analiza el estado emocional de los individuos a través de sentimientos como la angustia o la
tristeza, que a su vez relaciona con la humillación y la vergüenza, introducidos en el seno de la
cultura estadounidense a través del calvinismo puritano.
Hagamos una revisión del concepto de “comprensión endopática” que Weber expone en la
introducción de su obra Economía y Sociedad (Weber, 1922/1964), cuando desarrolla los
conceptos sociológicos fundamentales y fundamentos metodológicos de su obra.
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En primer lugar, otorga un lugar relevante a las emociones cuando propone la “evidencia
afectiva” en plano de igualdad con la de carácter racional como evidencia científica de la
comprensión.
En segundo término, con relación a la construcción del concepto de acción social, plantea
que el sujeto enlaza un sentido subjetivo a su acción (el “sentido mentado” de la acción, en ningún
caso justo o verdadero), sentido siempre referido a la conducta de otros y acción orientada por las
acciones de otros.
Seguidamente, cuando profundiza en la explicación sobre la comprensión (Verstehen),
Weber se plantea el desafío de interpretar intelectualmente a través de “conexiones de sentido”
(evidencia racional) y “conexiones de sentimientos” (evidencia endopática de la acción) que, en
este caso, el sociólogo realiza sin tener necesidad de haber vivido exactamente la misma
experiencia que el individuo, de la manera más cercana posible.
Cuando se refiere a los tipos ideales, plantea que éstos son propuestos como instrumento
metodológico que permite comprender la acción real, influida de irracionalidades de toda especie
(afectos y errores). Expresa que el esfuerzo racional en ningún caso debe ser tomado como un
prejuicio racionalista de la sociología sino solo como un mero recurso metódico; aunque advierte
del peligro de interpretaciones racionalistas en lugares inadecuados. Y lo lamenta cuando dice: “No
puede negarse la existencia del peligro de interpretaciones racionalistas en lugares inadecuados.
Toda la experiencia confirma, por desgracia, ese aserto” (Weber, 1922/1964: p. 7).
Hacemos esta revisión con el propósito de aportar una nueva mirada el concepto de
“comprensión endopática” de Weber y proponer otro (o más bien recuperar y actualizar la
traducción del original), que desde nuestra perspectiva parece más ajustado y esclarecedor para la
investigación sociológica actual.
A la luz de la revisión de la traducción del término original que se desprende de recientes
análisis filosóficos (Infante del Rosal, 2012), los estudios de la neurociencia (que analizaremos más
adelante) y nuestra propia experiencia, proponemos incorporar el concepto de “comprensión
empática” ya que, a nuestro modo de ver, reviste una mayor claridad, cercanía y actualidad que el
de comprensión endopática, además de absoluta vigencia para los estudios sociológicos desde la
perspectiva de las emociones y los afectos.
En palabras de Weber: “Muchos afectos reales (miedo, cólera, ambición, envidia, celos,
amor, entusiasmo, orgullo, venganza, piedad, devoción y apetencias de toda suerte) y las
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reacciones irracionales (desde el punto de vista de la acción racional con arreglo a fines) derivadas
de ellos, podemos “revivirlos” afectivamente de modo tanto más evidente cuanto más susceptibles
seamos de esos mismos afectos; y en todo caso, aunque excedan en absoluto por su intensidad a
nuestras posibilidades, podemos comprenderlos endopáticamente en su sentido, y calcular
intelectualmente sus efectos sobre la dirección y los medios de la acción.” (op.cit.).
Resulta interesante profundizar en la lectura de otros clásicos de la sociología y
preguntarse qué lugar ocupaban las emociones en el desarrollo de sus aportaciones y la
construcción de sus teorías.
Durkheim y las formas elementales de la vida religiosa, o sus estudios sobre el suicidio.
Marx y la construcción de lo concreto inteligible como síntesis de múltiples determinaciones; el
lugar que ocupan las intuiciones y representaciones en la elaboración de conceptos, cuando explica
en detalle el método de la economía política en un texto quizás poco conocido, aunque central en
su obra, y muy esclarecedor como son los Grundisse (Marx, 1953/1973: pp. 20-30).
También Engels (Marx, K. y Engels, F., 1890/1980: pp. 717-719) reflexiona acerca del
juego de acciones y reacciones que, de manera dinámica, ejercen mutua influencia entre la base
(producción y reproducción de la vida real, o situación económica) y la superestructura. Cuando se
refiere a ésta, incluye las formas políticas de la lucha de clases y sus resultados, las formas
jurídicas, y también el “reflejo de todas esas luchas reales en el cerebro de los participantes”; las
“teorías” políticas, jurídicas y filosóficas; las “ideas religiosas” y el desarrollo ulterior de éstas.
Incluso hace referencia a la tradición “que merodea como un duende en las cabezas de los
hombres”.
No pretendemos afirmar que en la sociología clásica exista una oculta teoría de las
emociones. Sin embargo, podría resultar interesante para el desarrollo actual de la disciplina,
preguntarse por el papel que ocupan emociones, afectos, creencias y valores en los planteamientos
de estos autores, y hacer una nueva lectura desde esta perspectiva.
Como dice Eduardo Bericat: “Los estudios sobre la estructura teórica de cualquier teoría
sociológica resultan a la postre ininteligibles si no se consideran las emociones implicadas en los
fenómenos sociales que tales teorías tratan de explicar o comprender” (Bericat, 2001).
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LA HERENCIA DE LA FILOSOFÍA. PLATÓN Y DESCARTES
Es posible ir más atrás y preguntarse por la base filosófica de algunas religiones, del racionalismo o
el positivismo, para intentar comprender la influencia que éstos han tenido en el tratamiento de las
emociones y su exclusión de la vida social.
Afirmaciones que sostienen que “somos seres racionales”, que hay que ocultar o reprimir
las emociones negativas, que el ser humano posee un cuerpo, al que es necesario doblegar, y un
alma eterna que se encontrará con dios, en la actualidad siguen vigentes y arraigadas en algunos
ámbitos del conocimiento, la ciencia y la cultura. Es por este motivo que se considera necesario
hacer un recorrido que, aunque no sea exhaustivo, permita localizar e identificar algunos
antecedentes de dichos conceptos y creencias para poder reflexionar acerca de ellos.
Platón sostiene que el alma es inmortal debido a que se encuentra en movimiento eterno,
al igual que el universo. A través de este movimiento el alma puede acceder a la sabiduría y la
inteligencia, y ésta constituye la única forma de inmortalidad. Solo cuando no logra controlar a la
voluntad y los deseos sensibles -cuando fracasa-, se encarna en un cuerpo mortal.
En el diálogo con Filebo (Platón, 1992), se presenta el alma a través de la metáfora del
auriga. Se contrapone el placer, el disfrute y el gozo, a la prudencia y el intelecto. En este diálogo,
Sócrates hace una alegoría sobre la naturaleza del alma en movimiento, asemejándola a un par de
caballos alados que son guiados por un auriga, también alado. Diferencia el caso de los dioses del
de los humanos.
En este último, los caballos y el auriga son de distinta naturaleza. El auriga representa al
alma racional, inmaterial e inmortal y debe dominar a los caballos, que representan el “alma
irascible” (llena de voluntad y valor) y el “alma concupiscible” (en la que se alojan los deseos
sensibles).
El desafío del auriga consiste en controlar a los caballos cuando oponen resistencia. Si lo
consigue, logrará llegar al lugar donde el alma puede encontrar las ideas que constituyen su único
alimento y que solo pueden ser contempladas por la inteligencia: justicia, prudencia y conocimiento.
Los aurigas (las almas racionales de los hombres) que no logran dominar a sus caballos (voluntad y
pasiones), pierden sus alas. Es entonces cuando el alma se desploma y se encarna en un cuerpo
mortal (Lisi Bereterbide, 2005).
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La claridad con la que René Descartes expresa que no hace falta recurrir a ninguna
observación sofisticada para conocer la naturaleza de las pasiones ya que los seres humanos “las
sienten en su cuerpo”; la importancia que otorga a la necesidad de controlarlas para diferenciarse y
elevarse por encima de los animales; o la explicación que da del movimiento de los músculos y los
sentidos, que dependen de los nervios, cuando dice que son “como unas cuerdecitas o tubitos que
salen del cerebro” y contienen, al igual que éste, “cierto aire o viento muy sutil que se llama los
espíritus animales” (Descartes, 1649: Art. 7), son elementos suficientes para animar a quien tenga
inquietud por ahondar en la filosofía de las emociones, a que lea con detenimiento su Tratado de
las pasiones del alma.
Solo haremos dos apuntes sobre Descartes. El primero refiere a una de las mayores
contribuciones a la Historia de la Filosofía occidental basada en su afirmación: “Pienso, luego
existo” (Je pense, donc je suis, de 1637 o Cogito ergo sum, de 1644) que, tomada en sentido
literal, sugiere que el pensar y la conciencia del pensar son los sustratos reales del ser (Damasio,
1994/2008), acentuando la separación y ruptura entre el pensar y el sentir.
El segundo, tiene relación con la división, la contraposición y oposición entre el cuerpo
perecible y la mente (o el espíritu) inmortal. Afirmaciones del tipo: “El cuerpo humano puede
fácilmente perecer, pero el espíritu o alma del hombre (no distingo entre ambos) es por naturaleza
inmortal” (Descartes, 1641). O como afirma en su Tratado: “Ningún sujeto obra más
inmediatamente contra nuestra alma que el cuerpo al que está unida”, han contribuido a fijar en la
Filosofía y en las Ciencias creencias que han alimentado una visión fragmentada del individuo,
quizás porque no han sido lo suficientemente reflexionadas un par de siglos atrás, o porque no
había evidencia suficiente para rebatirlas más allá de la retórica.
Aunque son términos que en teología están ampliamente discutidos y revisados (no así en
la religiosidad popular), el “espíritu de concupiscencia”, expuesto por San Pablo (Rm.7, 7-10), o el
“hermano cuerpo”, que debía ser castigado como “bestia mala y perezosa que se niega a llevar la
carga”, si se comportaba de manera somnolienta y negligente ante “la oración, las vigilias y otras
buenas obras del alma”, al que hace referencia Francisco de Asís en la Leyenda de Perugia (de
Asís, 1978: LP, 120), son solo dos ejemplos de esta arraigada noción que establece al cuerpo
como centro de una sensibilidad limitante, distinto del alma, que está destinada a alcanzar fines
superiores.
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SOCIOLOGÍA Y EMOCIONES
Como punto de partida para un estudio profundo, referencia en España en la elaboración de un
panorama de la sociología de las emociones, el trabajo de Eduardo Bericat resulta una lectura
imprescindible. Tanto la síntesis que realiza de los planteamientos de Scheff, Hochschild y Kemper,
como la propuesta de tres líneas de trabajo en el ámbito de la sociología “cuyo objeto consiste en
estudiar la realidad emocional de los seres y las estructuras sociales”; a saber: La sociología “de” la
emoción, la sociología “con” emociones y la emoción “en” la sociología (Bericat, 2000), o su trabajo
empírico sobre la comunicación en la sociedad del riesgo (Bericat, 1999), constituyen una
referencia a ser tomada en cuenta en el momento de avanzar en el campo de la “sociología de las
emociones”.
Bericat define su finalidad como “el estudio de las emociones haciendo uso del aparato
conceptual y teórico de la sociología (...) aplicada a la amplísima variedad de afectos, emociones,
sentimientos o pasiones presentes en la realidad social”. También analiza algunas cadenas
emocionales en el comportamiento humano como: miedo-ansiedad, orgullo-vergüenza-ira; y
desarrolla el concepto de “familia emocional”, básico para analizar emociones primarias y
secundarias.
Para comprender cómo operan las emociones en el comportamiento social, resulta
interesante el análisis que realiza sobre la teoría sociológica de la vergüenza de Scheff,
especialmente reprimida por la sociedad contemporánea, más aceptada en la niñez que en la edad
adulta. Describe la cadena que se da en relación con esta emoción, concretamente la relación
vergüenza-ira-aumento de la vergüenza.
En este mismo sentido, es relevante la explicación que da acerca de los conflictos
interminables, que suceden cuando la vergüenza es reprimida y negada, y entonces se genera un
círculo vicioso en la discusión que hace imposible resolver el conflicto, tanto en el seno de la familia
como de la sociedad, o entre naciones (Bericat, 2000: p.172).
Otro concepto que merece ser destacado es el de “gestión emocional” de Hochschild, a
través de la cual los individuos intentan modificar sus estados emocionales, no por la mera
represión sino por el conocimiento, incluso la evocación, de sentimientos deseables que
inicialmente estaban ausentes (Bericat, op.cit.: p. 161).
Un último elemento a tener en cuenta, y que para nosotros merece especial atención, es la
contribución de Enrique Gastón (Gastón, 1997: p.132) relativa a la confusión y dificultad que se ha
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tenido para lograr consensos referidos a la definición del término emociones. En la revisión que
realiza acerca de este tema en los campos de la sociología y psicología resalta la “ambigüedad al
abordar las emociones” y atribuye dicha falta de claridad al “escaso avance de la ciencia” en este
campo.
Esta toma de conciencia de la importancia del sustrato científico del abordaje sociológico
de las emociones que pone de manifiesto Gastón, constituye un punto clave para el desarrollo del
presente trabajo. Vincular con seriedad y rigurosidad el quehacer sociológico a los avances de la
biología y la neurociencia, libera, desde nuestro punto de vista, a las ciencias sociales de la mera
elucubración o la simple –aunque estimulante- especulación intelectual.
Hurgar y buscar en la neurociencia y la biología evidencias acerca de la química y la física
del cerebro, las conexiones neurales y los neurotransmisores a través de la investigación de los
últimos treinta años, constituye un desafío y una fuente de claridad para toda disciplina que intente
estudiar el comportamiento humano incorporando el factor emocional.
NEUROCIENCIA, BIOLOGÍA Y SOCIOLOGÍA
El vertiginoso avance tecnológico ha permitido desarrollar instrumentos cada vez más sofisticados
a través de los cuales es posible observar y conocer el cerebro en seres humanos que están vivos
y no exclusivamente a partir de realizar autopsias, como en el pasado. Es así como a lo largo de las
últimas décadas, se ha podido estudiar el cerebro en movimiento, con individuos respondiendo a
conversaciones y estímulos diversos.
Fue a partir de estos estudios que la neurociencia y la biología pudieron avanzar y
comenzar a responder algunas de las preguntas que filósofos y sociólogos se habían hecho a lo
largo de la Historia, tímidamente quizás, debido a su preocupación por no alejarse demasiado de la
ciencia positiva. Como dice Antonio Damasio: “Los sentimientos son la base de lo que los humanos
han descrito durante milenios como el alma, o espíritu humano” (Damasio, 1994/2008).
Los trabajos de Antonio Damasio, Humberto Maturana y Candace Pert, son algunos de los
que aquí se proponen como relevantes para profundizar en el campo del conocimiento de las
emociones y los sentimientos.
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Qué son las emociones
¿Quién no se ha ruborizado alguna vez o ha sentido cómo corría un escalofrío por su espalda?
¿Quién no ha experimentado palpitaciones en la garganta o sudoración en las palmas de las
manos? Ese nudo en la garganta o en la boca del estómago, la presión en el pecho, la sensación
que se siente como un puñal clavado en la espalda, o el dolor punzante en un ojo. Infinidad de
sensaciones que carecen de trascendencia médica, que ocurren de manera involuntaria y que
algunas veces resultan tan molestas que se hace imprescindible intentar “eliminar, apaciguar o
calmar” a través de las más diversas técnicas. Ésas, son emociones.
Según Damasio, las emociones son el conjunto de cambios que tienen lugar a la vez en el
cerebro y en el cuerpo, y habitualmente son producidos por un determinado contenido mental. Son
viscerales, espontáneas y muchas veces visibles ya que alteran el ritmo cardíaco o los valores de
hormonas en sangre. En algunos casos se perciben como calor, palpitaciones o temblores. Son
inconscientes e involuntarias y pertenecen al ámbito del “mundo interior”. Pueden ser
desencadenadas tanto por el entorno como por pensamientos o recuerdos. Preceden a la razón y
ocurren en el cuerpo. Forman parte indispensable del funcionamiento del cerebro y son
indisociables de la racionalidad.
Ante un peligro, por ejemplo, el miedo primero se percibe como calor, palpitaciones o
temblores. Después se afirma la conciencia real del miedo y es ahí cuando es posible indagar su
causa.
Las investigaciones de Candace Pert (Pert, 1997) han contribuido al cambio de paradigma
en la integración mente-cuerpo, y aquí las emociones juegan un papel muy importante. En sus
investigaciones iniciales, Pert descubrió receptores de endorfinas y opiáceos localizados en las
membranas de las células. Éstas son receptoras, a través de un sistema de ligazón, de unas
moléculas complejas que denomina “neuropéptidos” (neurotransmisores, péptidos y hormonas),
estrechamente vinculadas a las emociones. Inicialmente sostuvo que estas “moléculas de emoción”
eran generadas por el cerebro.
Investigaciones posteriores (Pert, 2012) demostraron que existen otros puntos nodales,
además del cerebro, que se localizan en otras partes del cuerpo y que también generan péptidos
que circulan a través del torrente sanguíneo. Por lo que el cerebro es solo un punto de entrada más
de la red psicosomática a través de la cual se controla la comunicación intercelular en el cerebro y
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en el cuerpo, sin jerarquía de nivel de uno sobre otros. Los estudios que se citan han demostrado
que los neuropéptidos tienen muy estrecha relación con las emociones.
En los trabajos más recientes presentados en el 23º Congreso de Psicosomática de 2012,
Pert vuelve a nombrar las “moléculas de emoción” y las denomina “moléculas de conciencia”. Y
explica el porqué: Los últimos estudios indican que estas moléculas poseen una función doble,
física y psicológica, y conectan al cuerpo y el cerebro en una vasta red de comunicación que
coordina el interior del sistema cuerpo-mente.
Entre la infinidad de neuropéptidos analizados en sus estudios, destaca las quimioquinas
que, además de los hallazgos realizados en 1980 acerca de la incidencia en la inmunidad (op.cit.,
2012), crean estados alterados de conciencia, con diversas emociones, recuerdos y psicologías,
para dar vida a los estados psicológicos (Pert y Ruff, 2012).
Asistimos a un periodo de gran desarrollo de la investigación en este campo y será
menester que sigamos con mucha atención los hallazgos que ésta aporte. Resulta apasionante
profundizar en este tema y, como muestra de ello, queremos divulgar el último acuerdo que
comunicó la Dra. Pert en mayo de 2012 acerca de la importancia de los pensamientos con relación
a la inmunidad y la producción de nuevas neuronas:
“Apenas en los últimos meses, los científicos se han puesto de acuerdo en este punto. Al
contrario de la creencia popular, no dejamos de producir neuronas cuando somos adultos. ¡Esto es
absurdo! Cada día creas nuevas neuronas, y a menudo llegan directamente desde tu médula
espinal! Por lo tanto, estate atento a lo que dices y piensas. Los pensamientos son muy, muy
potentes! Pienso que lo que los Budistas comprendieron hace 2000 años, nosotros estamos
llegando a comprenderlo ahora (Pert, 2012).”
Qué son los sentimientos
Con relación a este tema, resulta esclarecedor el planteamiento de Damasio. Él define los
sentimientos como la percepción consciente, articulada de acuerdo a los parámetros culturales
locales de representación y expresividad, de los cambios que ocurren en el cuerpo (es decir, de las
emociones). Y en la línea de intentar dar un sustrato neurocientífico a las reflexiones acerca de las
creencias, los valores y la capacidad de trascendencia, explica que sería la conciencia la que
permitiría el acceso a la verdadera felicidad, incluso a la posibilidad de trascender del ser humano.
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Hagamos una última referencia a la biología. Un apunte sobre la investigación del biólogo
chileno Humberto Maturana. La investigación por él realizada concluye que los humanos “somos
seres emocionales” que, además, tenemos capacidad de reflexionar y tomar decisiones, de razonar
y generar argumentos. Las emociones son la base del dominio en donde se producen las acciones
sociales, la aceptación del otro, la convivencia y la colaboración (Maturana, 1990: pp.26 y ss.). Y
dado que toda acción humana se fundamenta en una emoción y todo sistema social tiene un
fundamento emocional, entonces, no somos seres racionales sino emocionales (Maturana, 1997).
Lo hasta aquí expuesto pretende dejar en evidencia la importancia que revisten las
emociones en el estudio y la comprensión del comportamiento humano, y aportar elementos que
justifiquen la fuerte conexión que existe entre los fenómenos neurocientíficos y biológicos con los
fenómenos sociales, como sugería Enrique Gastón.
En ningún caso se pretende reducir éstos a aquellos. En todo caso, es en este punto,
cuando el rol de la sociología se torna decisivo para la reflexión y comprensión de los fenómenos
sociales. Cuando las emociones dejan de ser elementos peligrosos que deben ser controlados,
negados, reprimidos o adormecidos, para ocupar un lugar central en la comprensión del
comportamiento humano.
Ramón Ramos, realiza un recorrido a través de la tragedia griega que resulta un verdadero
disfrute para toda persona que tenga interés en este género literario. En su trabajo propone una
nueva categoría, “homo tragicus”, y subraya que las características que ésta reviste podrían servir
como soporte para nuevos desarrollos en la teoría de la acción (Ramos, 1999: p. 235).
Tomamos su trabajo como fuente de inspiración para proponer e introducir la categoría
“homo emotionalis”, a nuestro modo de ver, imprescindible en el desarrollo de una sociología
comprensiva, que tome en cuenta las emociones como sustrato en el que se producen las acciones
sociales.
UNA SOCIOLOGÍA COMPRENSIVA DE LAS EMOCIONES
Al analizar el pensamiento de Weber en sus fundamentos metodológicos, ha quedado expuesta la
necesidad de una sociología abocada a la comprensión empática del individuo. A lo largo de este
trabajo se han presentado evidencias surgidas de la investigación en neurociencia, de la íntima
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relación que existe entre emociones, acciones y decisiones humanas, entre cuerpo y mente, y entre
pensar, actuar y sentir.
En alguno de los trabajos citados se hace alusión a la necesidad de centrar la atención en
el individuo como “actor sintiente” (Bericat, 2000) por parte del observador. Ahora bien, es momento
de hacerse nuevas preguntas. ¿Cómo dar el paso hacia la comprensión empática? ¿Dispone la
sociología de recursos suficientes para avanzar en este sentido?
Si bien es cierto que, como dice Weber, “no es necesario ser César para comprender al
César”, es decir que para comprender los sentimientos del actor sintiente, no es necesario que el
investigador tenga que haber vivido o experimentado lo mismo que aquél, ni del mismo modo. Sin
embargo, sería interesante plantearse si para comprender empáticamente es necesario conocer,
comprender y poder conectar con los propios sentimientos y emociones.
En este punto cabe proponer una sociología que también tome en cuenta y asuma los
afectos del investigador, como “investigador sintiente”, para poder comprender empáticamente al
sujeto-objeto de investigación. Es entonces cuando planteamos si incorporar la subjetividad y la
afectividad (entendida como emociones y sentimientos) del investigador aumenta la reflexividad, la
intuición y la creatividad (Brezinski, 1993), así como la calidad de la observación. Contribuye a
hacer consciente lo inconsciente, que existe a pesar de que se intente negar o controlar, además
de ejercer mayor presión sobre el punto de vista del observador cuanto menos conciencia éste
tiene acerca de su existencia.
“He advertido hace ya algún tiempo que, desde mi más temprana edad, había admitido como verdaderas muchas
opiniones falsas, y que lo edificado después sobre cimientos tan poco sólidos tenía que ser por fuerza muy dudoso e
incierto; de suerte que me era preciso emprender seriamente, una vez en la vida, la tarea de deshacerme de todas las
opiniones a las que hasta entonces había dado crédito, y empezar todo de nuevo desde los fundamentos, si quería
establecer algo firme y constante en las ciencias. Mas pareciéndome ardua dicha empresa, he aguardado hasta
alcanzar una edad lo bastante madura como para no poder esperar que haya otra, tras ella, más apta para la ejecución
de mi propósito; y por ello lo he diferido tanto, que a partir de ahora me sentiría culpable si gastase en deliberaciones el
tiempo que me queda para obrar. Así pues, ahora que mi espíritu está libre de todo cuidado, habiéndome procurado
reposo seguro en una apacible soledad, me aplicaré seriamente y con libertad a destruir en general todas mis antiguas
opiniones.”
Descartes, 1641
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