TEOLOGÍA DEL AÑO LITÚRGICO

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Boletín Litúrgico san Pío X
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TEOLOGÍA
DEL
AÑO
LITÚRGICO
Pbro. Dr. Roberto Russo
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La celebración de la eucaristía y la liturgia de las
horas, de cada día y de cada fiesta, se realizan
mediante lecturas y oraciones que varían a lo largo
del año, según un ordenamiento llamado año
litúrgico. Todo en la liturgia se celebra y se vive en el
marco del año litúrgico, el cual es por así decir la
estructura portadora de todo el misterio del culto
cristiano.
La categoría de tiempo tiene una gran
importancia para la liturgia, que sólo es posible
porque se realiza en un determinado momento. Del
mismo modo que no podría realizarse sin la otra
coordenada que llamamos espacio. Espacio y tiempo
son dos dimensiones que pertenecen a la condición
histórica de la liturgia, es decir, a su realidad humana
y simbólica. Espacio y tiempo son elementos
constitutivos dela celebración, son las coordenadas de
la celebración.
Es necesario comenzar por la teología del
tiempo, enfocada desde una perspectiva litúrgica.
Vamos a hablar del tiempo como historia de
salvación, es decir, de la salvación, de la acción de
Dios que salva, en el curso de la historia humana. El
tiempo como ámbito en que se realiza la salvación.
“En el cristianismo el tiempo tiene una importancia
fundamental. Dentro de su dimensión se crea el
mundo, en su interior se desarrolla la historia de la
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salvación, que tiene su culmen en la « plenitud de los
tiempos » de la Encarnación y su término en el
retorno glorioso del Hijo de Dios al final de los
tiempos. En Jesucristo, Verbo encarnado, el tiempo
llega a ser una dimensión de Dios, que en sí mismo
es eterno. Con la venida de Cristo se inician los
«últimos tiempos» (cf. Hb 1, 2), la «última hora» (cf.
1 Jn 2, 18), se inicia el tiempo de la Iglesia que durará
hasta la Parusía.
De esta relación de Dios con el tiempo nace el deber
de santificarlo. Es lo que se hace, por ejemplo,
cuando se dedican a Dios determinados tiempos, días
o semanas, como ya sucedía en la religión de la
Antigua Alianza, y sigue sucediendo, aunque de un
modo nuevo, en el cristianismo. En la liturgia de la
Vigilia pascual el celebrante, mientras bendice el cirio
que simboliza a Cristo resucitado, proclama: «Cristo
ayer y hoy, principio y fin, Alfa y Omega. Suyo es el
tiempo y la eternidad. A El la gloria y el poder por los
siglos de los siglos». Pronuncia estas palabras
grabando sobre el cirio la cifra del año en que se
celebra la Pascua. El significado del rito es claro:
evidencia que Cristo es el Señor del tiempo, su
principio y su cumplimiento; cada año, cada día y
cada momento son abarcados por su Encarnación y
Resurrección, para de este modo encontrarse de
nuevo en la «plenitud de los tiempos». Por ello
también la Iglesia vive y celebra la liturgia a lo largo
del año. El año solar está así traspasado por el año
litúrgico, que en cierto sentido reproduce todo el
misterio de la Encarnación y de la Redención,
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comenzando por el primer Domingo de Adviento y
concluyendo en la solemnidad de Cristo, Rey y Señor
del universo y de la historia. Cada domingo recuerda
el día de la resurrección del Señor. ” (JUAN PABLO
II, Carta apostólica Tertio millennio adveniente [10 de
noviembre de 1994] como preparación del Jubileo del
año 2000, n. 10).
1. Tiempo e Historia de salvación
La historia de la salvación es la revelación y narración
de las maravillas que Dios ha obrado para salvar al hombre.
Israel vive la misma historia que los demás pueblos, pero la
vive de un modo distinto que la hace salvífica: descubre en
ellas las actuaciones de Dios y se esfuerza encaminar en su
presencia.
Esta salvación, tiene dos características: la
universalidad: “Dios quiere que todos los hombres se salven”,
alcanza a todos los hombres de cualquier época y de cualquier
condición; la historicidad: la acción salvadora de Dios se ha
llevado a cabo gradualmente en la sucesión del tiempo,
asumiendo las limitaciones y contingencias de la historia
humana.
1.1 La salvación y sus fases
Tenemos las siguientes etapas: (comentrio de SC 5-6)
(La obra de la salvación realizada por Cristo)
5
5.
Dios, que quiere que todos los hombres se salven
y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tim 2,4),
habiendo hablado antiguamente en muchas ocasiones de
diferentes maneras a nuestros padres por medio de los
profetas (Hb 1,1), cuando llegó la plenitud de los tiempos,
envió a su Hijo, el Verbo hecho carne, ungido por el
Espíritu Santo, para evangelizar a los pobres y curar a los
contritos de corazón, como “médico corporal y espiritual”,
Mediador entre Dios y los hombres. En efecto, su
humanidad, unida a la persona del Verbo, fue instrumento
de nuestra salvación. Por esto, en Cristo “se realizó
plenamente nuestra reconciliación y se nos dio la plenitud
del culto divino”.
Esta obra de la redención humana y de la perfecta
glorificación de Dios, preparada por las maravillas que
Dios obró en el pueblo de la Antigua Alianza, Cristo el
Señor la realizó plenamente por el misterio pascual de su
bienaventurada pasión, resurrección de entre los muertos y
gloriosa ascensión. Por este misterio, “con su muerte
destruyó nuestra muerte y con su resurrección restauró
nuestra vida”. Pues del costado de Cristo dormido en la
cruz nació el sacramento admirable de la Iglesia entera.
(La obra de la salvación, continuada por la Iglesia, se
realiza en la liturgia)
6.
Por esta razón, así como Cristo fue enviado por el
Padre, El a su vez envió a los Apóstoles, llenos del Espíritu
Santo. No sólo los envió a predicar el Evangelio a toda
criatura y a anunciar que el Hijo de Dios, con su muerte y
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resurrección, nos libró del poder de Satanás y de la muerte
y nos condujo al reino del Padre, sino también a realizar la
obra de salvación que proclamaban mediante el sacrificio y
los sacramentos, en torno a los cuales gira toda la vida
litúrgica. Y así, por el bautismo los hombres son injertados
en el misterio pascual de Jesucristo: mueren con El, son
sepultados con El y resucitan con El; reciben el espíritu de
adopción de hijos, por el que clamamos: Abba! ¡Padre!
(Rm 8,15), y se convierten así en los verdaderos adoradores
que busca el Padre. Asimismo, cuantas veces comen la
cena del Señor, proclaman su muerte hasta que vuelva. Por
eso el día mismo de Pentecostés, en que la iglesia se
manifestó al mundo, los que recibieron la palabra de Pedro
fueron bautizados. Y con perseverancia escucharon la
enseñanza de los Apóstoles, se reunían en la fracción del
pan y en la oración..., alababan a Dios, gozando de la
estima general del pueblo (Hch 2,41-42.47). Desde
entonces, la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para
celebrar el misterio pascual: leyendo cuanto a él se refiere
en toda la Escritura, en la cual "se hacen de nuevo presentes
la victoria y el triunfo de su muerte", y dando gracias al
mismo tiempo a Dios por el don inefable (2 Cor 9,15) en
Cristo Jesús, para alabar su gloria (Ef 1,12) por la fuerza del
Espíritu Santo. (SC 5-6).
–
–
Etapa primera: preparación, anuncio, profecía de la
salvación.
Etapa segunda: realidad plenitud, cumplimiento de la
salvación. El misterio pascual de Cristo: acontecimiento
único (porque no pasa), real (histórico), singular
(permanentemente presente), permanece (cf. CEC
1085).
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–
Etapa tercera: permanencia, actualización, escatología.
La Iglesia prolonga y actualiza en el tiempo la
salvación, mediante la predicación de la buena noticia y
la vida litúrgica.
En esta nueva etapa la salvación la salvación no se
comunica a través de la humanidad de Jesús, sino que el
modo es a través de los signos que, como prolongación en
el tiempo de la carne del Verbo, contienen su potencia
divina.
1.2 El Misterio Pascual: clave de la salvación en la
historia
Dios para salvar al hombre, ha actuado dentro del tiempo
y a través de la historia. A pesar que él está fuera de ésta y por
encima del tiempo, ha querido encontrarse con el hombre en el
mismo marco donde se desenvuelve su vida. Dios ha actuado en
momentos salvíficos deliberadamente: kairós (= tiempos
oportunos y favorables). El tiempo verdadero es el chrónos (=
período) escenario de los acontecimientos salvíficos que lo
convierten en kairós o historia de salvación. Entre todos los
kairoi salvíficos hay uno que está en el centro, el kairós por
excelencia, fundamental es Jesús y su vida histórica, con el cual
el tiempo alcanzó su plenitud en cuanto a su dimensión salvífica.
Los kairoi tienen un valor único, no se repetirán, por ser
históricos, aún cuando su valor sea decisivo para siempre. Cada
uno de ellos tiene su propia incidencia en la historia de la
salvación, pero ninguno como el acontecimiento central de la
plenitud de los tiempos.
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1.2.1 El Misterio pascual «ephápax» de la salvación
Todos los kairoi, entonces, tienen una característica, el
ser ephapax (ápax = una sola vez; ephapax = de una vez por
todas), término que se refiere a cada momento de la historia de
la salvación y que caracteriza, sobre todo, al acontecimiento
central de esta historia.
Por tanto, la vida histórica de Jesús y sobre todo, como
hemos dicho, el misterio pascual de su pasión, muerte y
resurrección han sido algo temporalmente único, ocurrido una
sola vez y de una vez para siempre.
1.2.2 Después del «ephápax» el «hosákis»
El kairós irrepetible ha de actualizarse, para que cada
generación y cada hombre tenga acceso a la salvación y ésta siga
siendo viva y eficaz en la historia. Si la historia sigue su curso y
si le hombre, debe ser salvado en el tiempo en que su existencia
se desenvuelve, ¿de qué manera actualizar la salvación cumplida
en Cristo, de forma que produzcan nuevos kairoí para cada
generación y para cada hombre que viene a este mundo? ¿cómo
accede el hombre a la corriente salvífica de la historia, de una
vez que ésta ha alcanzado su cumplimiento en los
acontecimientos ocurridos una vez para siempre (ephápax)?
La respuesta está en injertarse al pueblo de Dios, que es
portador de las bendiciones y promesas hechas por Dios a los
Padres y que abarca a la historia entera. El es expresión de la
continuidad de la historia de la salvación tiene una dimensión
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universalista (cf. Rm 4 y 9; Gal 3-4: Pablo muestra cómo por la
fe los creyentes son hechos hijos de Abrahán).
Pero, como dijimos, de lo que se trata es de pertenecer a
la corriente que brota del amor del Padre Dios y que se ha
revelado en toda su plenitud en el Hijo Jesucristo. Los hombres
son salvados en la medida en que son introducidos en esta
corriente del amor divino que les hace hijos de Dios y herederos
con Cristo. Entramos en esta corriente salvífica por la filiación
divina que el Espíritu Santo realiza en nosotros, a través de la
misión de la Iglesia, que se cumple por medio de la
evangelización y la liturgia.
Esta salvación es histórica y escatológica, tiene una
dimensión personal y comunitaria y el hombre alcanza la
salvación en la medida en que se inserta en la generación de los
que se salvan: la Iglesia de Cristo.
La Iglesia anuncia la salvación cumplida en Cristo y la
realiza mediante los sacramentos y la liturgia. Anuncio del
evangelio y bautismo, fe y sacramentos -a los que se unen
inseparablemente el servicio y la caridad- constituyen los nuevos
acontecimientos de la salvación en la historia. Estos nuevos
momentos salvíficos o kairoí, por su relación con el grande y
definitivo kairós son actualizaciones aquí y ahora del misterio
pascual que realizó la salvación del mundo.
El ephápax, lo que ocurrió una sola vez y para siempre
es irrepetible. Pero su eficacia o incidencia en la historia de la
salvación permanece en la corriente o línea salvífica que sigue
su curso hasta la consumación final. Lo que hace falta es
ponerse en contacto con esa corriente de forma constante, para
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que la existencia de cada uno sea verdaderamente historia de
salvación.
¿De qué manera? Es necesario apreciar y comprender
otra categoría temporal de singular importancia, es el hosákis,
cuyo sentido aparece claramente en estos dos textos: uno bíblico
y otro litúrgico:
Cuantas veces comen este pan y beben el cáliz,
anuncian la muerte del Señor hasta que vuelva (1Cor
11,26).
Cada vez que celebramos este memorial del sacrificio de
Cristo se realiza la obra de nuestra redención (Or. sobre
las ofrendas del Dom. II del Tiempo Ordinario).
De acuerdo al primer texto, el acontecimiento de la
entrega que hace Jesús de su cuerpo o persona por los suyos, y
de su sangre como signo de la nueva alianza para remisión de
los pecados (Mt 26,28), realizado en la cruz una sola vez y para
siempre es perpetuado en la proclamación de la Cena realizada
por los discípulos cuantas veces se reúnan para comer el pan y
beber el cáliz. Es decir, el kairós de la ofrenda de Cristo al Padre
en el Espíritu (Hb 9,14) es actualizado en los repetidos y
diferentes momentos -nuevos kairoí-, en los que los discípulos
cumplen el mandato de Jesús de celebrar su memorial.
Idéntica realidad se contempla en la oración sobre las
ofrendas que hemos citado; siempre que (= quoties, en el texto
latino original), o cada vez que, celebramos en el tiempo el
sacrificio redentor de Jesús mediante los gestos y palabras del
memorial, se actualiza (= exercetur).
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El ephapax se actualiza de este modo: cada vez (hosakis)
se conmemora o re-presenta el acontecimiento salvífico (kairós)
supremo de Cristo, se realiza la salvación en el aquí y ahora del
hombre.
1.3 El tiempo litúrgico: actualización de la salvación
En la celebración litúrgica se hace presente y actual en el
tiempo (= en un lenguaje de los Padres y de la liturgia es:
representado, presencializado), hoy, aquí y ahora, el Misterio
Pascual que en su dimensión histórica ocurrió en aquel tiempo
(bajo el poder del Poncio Pilato) una vez para siempre.
Los tiempos de la celebración, en el ámbito de la liturgia
cristiana, son verdaderos kairoí o tiempos de gracia y de
salvación en los que acontece verdaderamente el misterio de
Cristo Señor en la historia.
En este sentido los tiempos litúrgicos son unos peculiares
signos litúrgicos, son ámbitos de la presencia y de la acción de
Cristo en la historia humana.
Los tiempos litúrgicos son el marco de la presencia
actual de la salvación en el aquí y ahora de la existencia de los
hombres. La liturgia presencializa, hace presentes los misterios
de la vida de Jesús en el tiempo que ha seguido a su
glorificación, una vez que el Señor resucitado ha vencido las
leyes y limitaciones del tiempo.
El misterio pascual, kairós supremos y central de la
historia de la salvación, es irrepetible, pero debido a su poder de
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presencia y de eficacia salvífica metahistórica, se actualiza y
cumple de nuevo la salvación cada vez que es conmemorado y
representado
por la palabra y el sacramento.
1.3.1 El tiempo en la liturgia
La liturgia cristiana es la presencia de la salvación que se
realizó en el tiempo y que debe seguir realizándose en la historia
de los hombres. La liturgia hace que el tiempo reciba un
significado particular: es signo de Cristo y de su obra redentora
que beneficia a todos los hombres.
La peculiaridad de los tiempos de la celebración en el
ámbito de la liturgia consiste no sólo en haber asumido el
susbstrato sagrado cósmico y el significado memorial e histórico
de las fiestas en la Biblia sino, sobre todo, en la referencia al
misterio de Cristo como acontecimiento central y como objeto
esencial de toda fiesta o momento celebrativo.
El concilio Vaticano lo expresó de esta manera:
“La santa madre Iglesia considera deber suyo celebrar
con un sagrado recuerdo, en días determinados a través
del año, la obra salvífica de su divino Esposo. Cada
semana, en el día que llamó "del Señor", conmemora su
resurrección, que una vez al año celebra también, junto
con su santa pasión, en la máxima solemnidad de la
Pascua.
Además, en el círculo del año desarrolla todo el misterio
de Cristo, desde la Encarnación y la Navidad hasta la
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Ascensión, Pentecostés y la expectativa de la dichosa
esperanza y venida del Señor.
Conmemorando así los misterios de la redención, abre las
riquezas del poder santificador y de los méritos de su
Señor, de tal manera que, en cierto modo, se hacen
presentes en todo tiempo y para que puedan los fieles
ponerse en contacto con ellos y llenarse de la gracia de la
salvación” (SC 102).
Análisis de SC 102. Palabras claves: Iglesia, celebrar, recuerdo,
días determinados, obra salvífica, semana, día «del Señor», una
vez al año, Pascua, círculo del año.
1.3.2 Los diferentes ritmos de la liturgia
De acuerdo SC 102 se habla de una estructura del tiempo
en la liturgia o de las distintas divisiones que la liturgia ha
establecido a lo largo del año, para distribuir las
conmemoraciones del misterio de Cristo y de la salvación.
Esta necesidad de la estructura organizativa del tiempo que concreta en la práctica la relación historia de la salvación y
tiempo, o tiempo y liturgia- es lo que denominamos calendario
litúrgico. El actual Calendario litúrgico de la Liturgia Romana
fue promulgado el 21 de marzo de 1969, mediante el Decreto
Anni liturgico ordinatione [= Notitiae 5 (1969) 163-164)]. Con
el calendario se publicaron las Normas universales sobre el año
litúrgico y el calendario (= NUALC), que pueden verse al
comienzo de las ediciones del Misal Romano.
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Pero, una cosa es la necesidad de una estructura
organizativa del tiempo, es decir la necesidad de un calendario, y
otra el valor en sí de esta estructura al servicio de la salvación.
Por tanto, ni el ritmo semanal o anual de las celebraciones, ni los
días de las fiestas, ni ningún otro tiempo de la liturgia tienen
valor absoluto como si fueran unos tiempos sagrados dotados de
un poder salvífico como en la concepción religiosa fuera del de
la Biblia.
No es el tiempo litúrgico por sí sólo, lo que es signo de
salvación y presencia del misterio de Cristo en el tiempo, sino el
tiempo litúrgico en la medida en que el creyente lo vive como
tiempo de gracia y de salvación (cf. 2 Cor 6,2). Ante los
tiempos litúrgicos no estamos como ante los sacramentos que
poseen una eficacia ex opero operato, sino ante unos signos que
tienen también valor sacramental y salvífico en virtud de su
institución por la Iglesia que, unida a Cristo. concreta los medios
y los modos de hacer presente la salvación en el tiempo.
a) El ritmo diario
La estructura del tiempo en la liturgia se asienta, en
primer lugar, sobre el día, la unidad fundamental de todas las
ordenaciones rítmicas del tiempo. Además existe un ritmo
semanal, apoyado fundamentalmente en el domingo, un ritmo
anual que gira en torno a la Pascua, pero que comprende varios
ciclos y diversas celebraciones festivas o conmemoraciones que
se insertan en él.
Cada día es santificado por las celebraciones litúrgicas
del Pueblo de Dios, principalmente por el sacrificio
eucarístico y por el Oficio Divino. El día litúrgico
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comienza a medianoche y se extiende hasta la
medianoche siguiente. Pero la celebración del domingo
comienza ya en la tarde del día precedente (NUALC 3).
El día litúrgico es medido desde las 0 horas hasta las 23h
59' 59'' de cada jornada. Es la forma moderna de la antigua
costumbre greco-romana de medir el día de medianoche a
medianoche. No obstante los domingos y solemnidades se
cuentan desde la tarde precedente, reminiscencia del modo judío
de señalar el comienzo del día (cfr.: Gn 1,5). De aquí las I
Vísperas y las Vigilias.
Comienzo y duración del día litúrgico. Caso del domingo
y las solemnidades. El centro del día la celebración eucarística.
b) El ritmo semanal
El segundo gran ritmo que marca la vida litúrgica es el
semanal:
En el primer día de cada semana, llamado día del Señor
o domingo, la Iglesia, según una tradición apostólica que
tiene sus orígenes en el mismo día de la resurrección de
Cristo, celebra el misterio pascual" (NUALC 4).
La semana es el período de siete día, que tiene su origen
en el calendario lunar (= división del tiempo basado en las fases
de la luna). La semana equivale a una fase distinta y a la cuarta
parte del mes lunar.
La semana judía. Los días de la semana judía no poseen
nombres especiales, son numerados de manera consecutiva:
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primer día (nuestro domingo); segundo día (nuestro lunes). Sólo
el viernes, día que precede al sábado tiene un nombre especial:
en griego: paraskeué (día de preparación) o prosábbaton (día
anterior al sábado).
La semana greco-romana. Semana en latín: hebdomada
(= grupo de siete). Es la semana planetaria. En la antigüedad se
conocían siete planetas. los cuales estaban relacionados con los
poderes divinos, eran llamados con los nombres de los dioses y
reverenciados de acuerdo a ello. Eran: Saturno, Sol, Luna,
Marte, Mercurio, Júpiter, Venus. Es un enigma la secuencia de
los planetas en la semana planetaria y las razones por las cuales
difiere de la secuencia científica de la misma. La semana
comenzaba por el sábado.
La semana cristiana. La semana de siete días actualmente
utilizada es una mezcla de la semana judía y de la planetaria.
Los nombres de los días de la semana siguen llevando los de las
siete deidades: dies solis, dies lunae, dies martis, dies mercurii,
dies jovis, dies veneris, dies saturni. En las lenguas germánicas y
románicas encontramos influencias judías: sábado (alemán:
samstag). En términos generales la estructura de la semana
cristiana corresponde a la de la semana judía. La asimilación de
la semana planetaria fue un desarrollo secundario.
La liturgia tiene en cuenta el ritmo de la semana, pero
llama por su nombre solamente al Domingo (Dominica) -como
primer día de la semana- y al Sábado (= Sabbato) -como último
día-. A los demás días los designa como feriae -feria II, el lunes,
feria III, el martes; etc. Feriae quiere decir día de fiesta. Para la
liturgia todo día es festivo, desde el punto de vista de la
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santificación del tiempo por la presencia permanente de Cristo
resucitado en su Iglesia (cfr.: Mt 28,30).
c) El ritmo anual
El año es otra de las divisiones primarias del tiempo y
tiene su fundamento en los fenómenos del sol y de la luna. De
allí que el año puede ser lunar o solar, según se tengan en
cuenta, para fijar la duración, los ciclos de la luna o la evolución
del sol.
El año lunar comprende doce períodos de lunaciones
completas y tiene una duración exacta de: 354 días 8h 45''.
El año solar tiene una duración de 365 días 5h 48' 46''.
Estas fracciones que faltan para llegar a seis horas, y por tanto, a
una cuarta parte del día, han dado lugar a los años bisiestos de
366 días cada cuatro años.
Para medir el año y los meses con la mayor precisión
posible, se han inventado muchos sistemas. Los más importantes
han sido el sistema juliano (Julio César año 45 AC) y el sistema
gregoriano (Gregorio XIII en 1582) aceptado por los
protestantes pero no por las iglesias orientales.
El año litúrgico como unidad celebrativa tiene su centro
en la solemnidad de la Pascua. Han existido problemas para su
fijación. Primero fue con el fin de celebrarla en domingo y no en
el mismo día que los judíos: 14 de Nisán. Luego dificultades
para hacer los cálculos. Según el concilio de Nicea, la Pascua ha
de celebrarse el domingo siguiente al plenilunio de primavera.
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Puede oscilar entre el 22 de marzo y el 25 de abril. La fiesta de
la Pascua mueve consigo todo el ciclo pascual: la Cuaresma, el
Triduo Pascual, la Cincuentena Pascual, y algunas solemnidades
del Señor, como Santísima Trinidad, Cuerpo y sangre de Cristo,
el Corazón de Jesús.
Ocupando un segundo epicentro en el año se encuentra la
solemnidad del Nacimiento del Señor, fiesta fija: 25 de
diciembre. La precede el tiempo de Adviento y la siguen las
solemnidades y los demás días que componen el ciclo de
Navidad-Epifanía. Después de la Pascua, la Navidad es la
máxima solemnidad cristiana
En el curso del año se inscribían también las cuatro
Témporas, días penitenciales ligados a las cuatro estaciones,
instituidos por el papa Siricio (384-399). Actualmente han
quedado reducidas a unos días de petición y de acción de
gracias, cuya fijación corresponde a las Conferencias
episcopales.
La estructura fundamental del año litúrgico es el Propio
del Tiempo, que comprende los citados ciclos de Pascua y de
Navidad más el llamado Tiempo ordinario. En él celebramos los
misterios del Señor:
Durante el curso del año, la Iglesia conmemora todo el
misterio de Cristo, desde la Encarnación hasta el día de
Pentecostés y la expectación de la venida del Señor (SC
102).
El año tiene el misterio de Cristo desplegado en cada uno
de sus aspectos. Pero también se inscriben en el mismo círculo
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del año las conmemoraciones de la Virgen María y de los
Santos, testigos del misterio pascual cumplido en sus vidas (cf.:
SC 103-104 y NUAL 8-14).
1.3.3 Carácter sacramental del tiempo litúrgico
El tiempo litúrgico es un signo que pone de manifiesto
una potencialidad de salvación para el creyente, aunque sea
solamente como marco significativo en el que se realizan las
celebraciones litúrgicas.
El tiempo litúrgico, como signo sacramental portador de
salvación, posee una cierta eficacia en razón de su institución
por la Iglesia, que se sirve de estos y de otros signos para hacer
patente y cercana la presencia salvadora de su Señor. Al decir:
«signo sacramental portador de salvación» no estamos dando a
esta expresión el mismo valor que si se tratara de los
sacramentos, los cuales son eficaces en virtud de la institución
de Cristo, y en el más alto grado de eficacia (ex opero operato).
Sin embargo los tiempos litúrgicos son verdaderos signos, que
poseen una cierta eficacia en razón de su institución por la
Iglesia, la cual actúa a través de ellos con la potencia salvífica
recibida de Cristo (ex opere operantis Ecclesiae).
a) Del tiempo cósmico al tiempo sagrado
El tiempo es la medida de todas las cosas en cuanto a su
duración.
El tiempo cósmico es homogéneo, marcado por el ritmo y la
alternancia, señalado por cronómetros o la posición de los astros.
En el reloj todas las horas son iguales, en el calendario no hay
distinción entre los días y los meses. Es el resultado de una
observación y de un cálculo, es el tiempo matemático.
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Pero para el hombre, el tiempo posee dimensiones
diferentes, teniendo cada instante un valor exclusivo y propio.
Distingue porciones de tiempo en que sucede algo de aquellas en
las que no sucede nada. Hay días que al hombre le resultarán
favorables o fastos, y otros días le serán nefastos.
Aparece así la idea del tiempo sagrado frente al tiempo
ordinario o profano. Uno y otro no se salen del tiempo cósmico,
pero se tiene la impresión de que el tiempo sagrado es un
espacio, un paréntesis. Es como una inmersión en la eternidad.
Es una hierofanía (manifestación de lo divino o trascendente) de
la actividad divina. Supone una interpretación religiosa del
tiempo cósmico, interpretación ligada: a la evolución cíclica de
la naturaleza, a partir de la significación mítica del nacer y
renacer de la naturaleza en la primavera; y al recuerdo de
determinados hechos históricos o legendarios. Así surgen los
calendarios que recogían los tiempos favorables para las
actividades del hombre (agricultura). Es reversible, circular,
recuperable cada vez con su carga idéntica de poder y de
hierofanía. Es el continuo retorno del tiempo cósmico inicial.
b) Del tiempo sagrado al tiempo históricosalvífico
En la historia de Israel se produjo un cambio en la
concepción del tiempo sagrado. No sólo en cuanto a la salvación
del hombre, sino sobre todo en el modo como se concibe la
realización de la salvación en él.
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La Pascua: de fiesta natural (primavera) a la
conmemoración de un acontecimiento histórico (liberación de
Egipto por parte de Dios).
Se ha superado la idea del tiempo cíclico, el eterno
retorno del tiempo cósmico inicial. El Dios de Israel se
manifiesta en la historia, en el curso del tiempo. El tiempo
sagrado no es ya una hierofanía repetida, sino una teofanía, un
signo de la acción personal de Dios en favor de su pueblo. Hay
una concepción lineal del tiempo y no circular. Para la Biblia, el
tiempo es el ámbito de la actuación de Dios en favor de su
pueblo.
Este tiempo bíblico lleva al hombre hacia adelante, hacia
el futuro. Hay una evocación, una promesa y profecía. El tiempo
histórico es un tiempo histórico salvífico. El tiempo ya no es un
Crónos, sino un Kairós. El tiempo histórico salvífico es una
línea continua en la que cada acontecimiento engloba el pasado
y el futuro, pero no en cuanto retorno mítico a los orígenes, sino
en cuanto cumplimiento, y a la vez, promesa nueva de ulteriores
perfeccionamientos: anuncio y cumplimiento; promesa y
realidad; profecía y verificación
c) Del tiempo histórico-salvífico al tiempo
litúrgico
El tiempo litúrgico es la ritualización del tiempo
histórico salvífico, más aún, la continuación de la historia de la
salvación manifestada en las intervenciones divinas. El
acontecimiento de la salvación que ha dado lugar al tiempo
sagrado, no es sólo objeto de recuerdo o de mera evocación, sino
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también de actualización en el tiempo litúrgico. De aquí que el
tiempo litúrgico es memorial eficaz y presencia de la acción
salvadora de Dios, a diferencia del tiempo sagrado natural que es
sólo retorno mítico a los orígenes, imitación ilusionada del hacer
divino para volver a empezar. El tiempo litúrgico prolonga la
secuencia de hechos de salvación.
En el tiempo litúrgico es imposible la vuelta atrás,
porque el rito aunque actualiza un acontecimiento de salvación
pasado, en realidad mira sólo al presente y al futuro.
Los tiempos litúrgicos de Israel desembocan en el
acontecimiento Cristo y en los tiempos litúrgicos cristianos. La
vida histórica de Jesús, presencia en el tiempo y en la historia
del que está fuera del tiempo y por encima de la historia, resultó
perfecto cumplimiento de cuanto anunciaban, prefiguraban y
significaban las fiestas y los tiempos litúrgicos de Israel. Jesús es
el verdadero Señor del tiempo, como el protagonista de los
tiempos sagrados bíblicos.
Los tiempos litúrgicos cristianos ya no son figura o
profecía de lo que ha de cumplirse, porque el cumplimiento ya
ha tenido lugar, especialmente en la Pascua del Señor, sino que
son proclamación de cuanto ha ocurrido en/con Cristo de una
vez para siempre, de una vez por todas (= ephápax). La liturgia
siempre interpreta la historia de la salvación a la luz de Cristo y
de la Pascua, y por eso ve en el AT el «tipo» y la «figura» de la
realidad perfecta que ha venido después. El centro y el objeto de
la celebración del tiempo en la liturgia cristiana es el misterio de
Cristo.
23
El tiempo litúrgico cristiano se apoya en la ciclicidad del
tiempo cósmico, lo mismo que el tiempo sagrado natural y el
bíblico. Pero no descansa sobre esta ciclicidad, sino que la
supera; apoyándose no en la naturaleza, en los astros o en la
vegetación, sino en la historia. Por eso asume también el tiempo
histórico-salvífico y se apoya en la estructura festiva del
calendario litúrgico hebreo, en la medida que este desemboca en
Cristo y es perfeccionado por El. De este modo hace la síntesis
entre el movimiento circular del tiempo sagrado natural y el
avance de la historia de la salvación, actualizada en el tiempo
litúrgico bíblico. El tiempo litúrgico cristiano pertenece a la
última etapa de la historia de la salvación; y es por tanto, un
medio más para hacer realidad la salvación en la historia.
Los tiempos litúrgicos son tiempos significativos, tienen
un valor simbólico y referencial al misterio de Cristo,
acontecimiento salvador que convirtió en kairós de gracia y
salvación la historia humana.
En este sentido, los tiempos litúrgicos son unos
peculiares signos litúrgicos, cuya eficacia depende de que sean
guardados y celebrados. Es decir, los tiempos litúrgicos deben
ser observados en cuanto tales, no como simples días carentes
de sentido, sino como ámbitos de la presencia y acción de
Cristo en la historia humana.
Todo signo litúrgico tiene una dimensión demostrativa
de la realidad sagrada e invisible (gracia santificante y el culto
a Dios) y al mismo tiempo una dimensión profética y
prefigurativa de lo que está por venir, de la gloria que un día ha
de manifestarse y el culto que tiene lugar e la Jerusalén
24
celestial. El tiempo no está exento de estas dimensiones. Más
aún, las pone de relieve, si cabe, con mayor fuerza y claridad,
puesto que se inscriben en la dinámica de la historia de la
salvación, cuyo desarrollo lineal, siempre en avance, se
caracteriza precisamente por la conjunción de estas dos
dimensiones en un presente de gracia y salvación. El tiempo
litúrgico es, por consiguiente, un tiempo representativo y no
sólo simbólico de los tiempos, de los kairoi, en que tuvieron
lugar los acontecimientos de la salvación, especialmente la
vida histórica de Jesús y su misterio pascual.
Los tiempos litúrgicos son el marco de la presencia
actual de la salvación en el aquí y ahora de la existencia de los
hombre. No son mera evocación de los acontecimientos de la
vida de Jesús, como ejemplos morales a imitar. La liturgia representa, o mejor dicho, presencializa, hace presente, de otra
manera. La liturgia hace presente los misterios de la vida de
Jesús en el tiempo que ha seguido a su glorificación, una vez
que ya no está sometido a las leyes y a las limitaciones del
tiempo.
Esta es precisamente la función de los tiempos
litúrgicos y su valor representativo y significante: ser nuevos
kairoi de la salvación mediante la presencia de los misterios de
Cristo en la celebración de los mismos.
Esto lo recordaba ya Pío XII en la encíclica Mediator
Dei (1947):
“El año litúrgico..., no es una representación fría e inerte
de hechos que pertenecen a tiempos pasados, ni un
simple y desnudo recuerdo de épocas pretéritas; sino más
25
bien es Cristo mismo, que persevera en su Iglesia
siempre y que prosigue aquel camino de inmensa
misericordia que inició en esta vida mortal cuando psaba
haciendo el bien (Hch 10, 38), con el fin de que las
almas humanas se pongan en contacto con sus misterios
y por ellos en cierto modo vivan. Estos misterios que
están presentes y obran constantemente, no en la forma
incierta y oscura de que hablan algunos escritores
modernos, sino porque, como enseña la doctrina católica
y según la sentencia de los doctores de la Iglesia, son
eximios ejemplos de perfección cristiana y fuentes de
gracia divina por los méritos y oraciones de Jesucristo y
perduran en nosotros por sus efectos, siendo cada uno de
ellos, según su propia índole, causa de nuestra salvación”
(MD 205).
Es una lástima que el Papa dejara reducida la eficacia de
la salvación de los misterios de la vida de Cristo a través del año
litúrgico a la pervivencia en nosotros de su virtud santificadora y
a su condición de ejemplos ilustres de perfección cristiana.
El concilio Vaticano II es más explícito:
Conmemorando así los misterios de la redención (en el
círculo del año), (la Iglesia) abre las riquezas del poder
santificador y de los méritos de su Señor, de tal manera
que, en cierto modo, se hacen presentes en todo tiempo y
para que puedan los fieles ponerse en contacto con ellos
y llenarse de la gracia de la salvación (SC 102).
26
Por lo tanto, el acontecimiento de salvación ocurrido una
sola vez y para siempre, puede hacerse presente en su eficacia y
virtualidad todas las veces que dicho acontecimiento sea
celebrado y actualizado. El tiempo aquel de salvación ya no
puede repetirse, quedó atrás para siempre, pero el acto salvador
de lo divino en el tiempo puede de nuevo situarse en las
coordenadas donde transcurre la existencia de los hombres, es
decir, en la historia, y convertir a ésta en historia de salvación.
Los tiempos litúrgicos son una síntesis de la historia dela
salvación. En ellos se funden el pasado, el futuro y el presente,
pero siempre en la esperanza y en la presencia redentora del
misterio pascual de Jesucristo.
2. El año litúrgico: es el misterio de Cristo
El año litúrgico debe ser considerado como una
verdadera liturgia, es decir, el conjunto de los momentos
salvíficos, celebrados ritualmente por la Iglesia sobre todo
mediante la eucaristía, como memorial de los acontecimientos
con los que se realizó en la historia el misterio de la salvación.
Por tanto, hay que hacer del año litúrgico una lectura ante toda
teológica.
2.1 La celebración del misterio de Cristo en el
tiempo
El año litúrgico “es la celebración-actualización del
misterio de Cristo en el tiempo; es la presencia, en un modo
sacramental-ritual, del misterio de Cristo en el espacio de un
27
año.” 1 El año litúrgico celebra la obra salvadora de Cristo en el
tiempo. Por ello el año litúrgico no puede reducirse a un simple
calendario de días y meses a los que están vinculadas las
celebraciones religiosas.
El componente de tiempo es especialmente importante
en la celebración del misterio de Cristo en el año litúrgico. En
efecto, para el cristiano el tiempo es la categoría dentro de la
cual se realiza la salvación. La liturgia, vista como la
continuación de la intervención de Dios que salva a través de
signos rituales, prolonga y actualiza, mediante la celebración,
las riquezas salvíficas del Señor. Por ello el año litúrgico no es
una serie de ideas o una sucesión de fiestas más o menos
importantes, sino que es una Persona, Jesucristo. La salvación
realizada por él “principalmente por el misterio pascual de su
bienaventurada pasión, de su resurrección de entre los muertos
y de su gloriosa ascensión (SC 5), es ofrecida y comunicada en
las diversas acciones sacramentales que caracterizan el
dinamismo del calendario cristiano. La historia de la salvación
que continúa en el hoy de la Iglesia constituye, por tanto, el
elemento vertebrador del año litúrgico.
Si la historia de la salvación se concibe como una línea
recta que se desarrolla teniendo a Cristo como un punto fijo
que orienta toda la historia anterior y posterior a él, la
celebración litúrgica de la Iglesia se puede ver como un
momento de esa historia, es decir, un momento de contenido
histórico salvífico en forma ritual. En efecto, el año litúrgico en
sus fiestas celebra sólo y siempre el misterio de Cristo como
1
M. AUGÈ, Liturgia. Historia. Celebración. Teología. Espiritualidad,
Biblioteca Litúrgica 4, Ed. Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 1995,
208.
28
centro de la historia salvífica. Nuestro tiempo en la celebración
litúrgica adquiere el valor de kairos, de espacio o momento de
salvación.
Este concepto está expresamente afirmado en las
Praenotanda de las Misas de la Virgen María:
Después de la gloriosa ascensión de Cristo al cielo, la
obra de la salvación continúa realizándose sobre todo
en la celebración de la liturgia, la cual es considerada
no sin razón el momento último de la historia de la
salvación. 2
El año litúrgico es una de las formas, y no la menos
importante, a través de la cual Cristo sigue actuando
ininterrumpidamente en el tiempo y nosotros podemos entrar
en contacto con todos y cada uno de los acontecimientos
salvíficos de su existencia histórica, los cuales son para
nosotros fuente y causa de la vida divina y de la gracia.
Tenemos pues dos aspectos a considerar: la presencia del Señor
en sus misterios en el año litúrgico; y la conformación
sacramental a Cristo.
2.2 Presencia del Señor en sus misterios en el año
litúrgico
La salvación, realizada por Dios en la historia, se hace
presente y eficaz para los hombres de todos los tiempos y de
todos los espacios. La salvación realizada por Dios mediante el
acontecimiento de la Pascua de Cristo, acontecimiento
2
Misas de la Virgen María I Misal, Coeditories litúrgicos, Barcelona 1987,
Orientaciones generales11.
29
histórico único e irrepetible, realizado una vez por todos, una
vez para siempre (Hb 10,10.12.14), será perpetuado cada vez
que celebramos, hacemos un memorial (hebreo: zikkaron;
griego: anamnesis). Cristo ha querido que sus discípulos de
todos los tiempos hicieran “memorial” perpetuo de él (1 Cor
11,25) para actuar en el “hoy” la misma realidad salvífica
cumplida por Él en el tiempo pasado.
2.2.1 Celebración que actualiza los misterios de
Cristo
Desde el punto de vista teológico es la actualización, es
decir, un acto con que se hace actual, presente, lo que por sí
pertenece al pasado. Desde el momento en que se excluye la
repetición del acontecimiento y también la anulación del
tiempo, de la distancia temporal (Cristo que muere aquí, ahora,
en cada celebración; como si ya no existiera diferencia entre
“ahora” y “entonces”), evidentemente estamos delante de un
tipo de presencia particular que no puede ser histórica. Los
Padres de la Iglesia hablan de presencia in mysterio.
“El verdadero año litúrgico es Cristo mismo que, siendo
luz sin ocaso, Rey eterno y universal (1 Tim 1, 17), continúa a
hacerse presente en el tiempo de peregrinación de la Iglesia y a
darle ánimo, re-proponiéndole, para que viva, la riqueza de sus
misterios. Cristo se nos revela visiblemente a nosotros en sus
misterios que ha confiado a su Iglesia. Por esto, san Ambrosio,
dirigiéndose a Cristo, exclama: ‘Yo te encuentro en tus
misterios’. ” 3
3
P. GIGLIOLI, «Cristo è il vero Anno Liturgico», en: Celebrare il mistero
della salvezza I: L’Anno Litugico, Centro di Azione Liturgica (ed), Ed.
Liturgiche, Roma 1998, 30.
30
La liturgia es el principal medio de la presencia del
Señor en su Iglesia (cf. SC 7). Pero Cristo no sólo se hace
presente con su poder de salvación en la Palabra y en los
sacramentos, especialmente en la Eucaristía, sino que también
lo hace en cada uno de los misterios que la Iglesia celebra en el
año litúrgico (cf. SC 102).
Esta presencia no es meramente subjetiva y limitada a
la contemplación reflexiva y afectiva de los aspectos del
misterio de Cristo que se van conmemorando, sino que entraña
una cierta eficacia salvífica objetiva: “Al conmemorar así los
misterios de la redención, (la Iglesia) abre las riquezas del poder
santificador y de los méritos de su Señor, de tal manera que, en
cierto modo, se hacen presentes en todo tiempo y para que
puedan los fieles ponerse en contacto con ellos y llenarse de la
gracia de la salvación” (SC 102).
Del texto conciliar emerge que el año litúrgico viene
visto como un recuerdo o memoria de los misterios de la
redención; y además que hay alguna presencia de estos
misterios para que los fieles al ponerse en contacto con ellos se
llenen de la gracia de la salvación. Estos misterios de la vida
histórica de Cristo, recordados en el año litúrgico, no están
puestos para la meditación, o simples ejemplos a imitar, sino
como signos eficaces de salvación realizados por el Cristo
histórico y ahora presentes en el hoy de la celebración del año
litúrgico, no en su materialidad histórica que pertenece a un
tiempo pasado, sino en su eficacia salvífica.
Podemos decir: no se trata de la presencia del hecho en
su espesor histórico, sino de la presencia de aquella realidad
31
salvífica que Dios ha querido comunicar al mundo mediante le
evento. Este contenido salvífico es llamado por san León
Magno virtus operis (el poder de la obra de la salvación).
La celebración, al actualizar los acontecimientos
salvíficos haciéndolos presentes para quienes los celebran,
produce una cierta contemporaneidad del acontecimiento
celebrado. ¿Cómo lo consigue? Fundiendo en la dimensión de
eternidad el pasado, el presente y el futuro. Es decir, haciendo
confluir los tiempos de la celebración con el tiempo
metahistórico y eterno de Dios, en el que está Cristo glorioso,
Señor de la historia, “el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13,8;
cf. Ap 1,18; etc.).
Cristo, nuestro Sumo Sacerdote y Mediador, sigue
“actuando en el tiempo” a través de la acción ritual de la
Iglesia, haciendo partícipes a los hombres de la oblación de su
Sacrificio redentor y de su perenne intercesión ante el Padre
por nosotros (cf. Jn 14,16; 1 Jn 2,1-2; etc.).
La liturgia no reproduce nunca el entorno social,
cultural o histórico de los acontecimientos que celebra, ni
recrea las circunstancias temporales y locales en las que se
produjeron –esto sería convertir la liturgia en teatro-, sino que
hace presente aquello que constituye el valor trascendente y
metahistórico del misterio de Cristo, para hacerse
contemporáneo de los hombres de todos los tiempos y de todos
los lugares. El Señor resucitado se hace presente en el aquí y
ahora de la celebración, es decir, en el tiempo de los hombres.
Es esta presencia de Cristo y de su misterio pascual en el
tiempo lo que convierte a los distintos tiempos celebrativos en
signos eficaces de la salvación.
32
Por eso la pasión, muerte y resurrección del Señor no se
actualizan en la liturgia tan sólo en su ejemplaridad espiritual y
moral, sino en su entidad suprahistórica y eterna. Cada vez que
se celebra el memorial de la pasión muerte y resurrección, no
se repite físicamente el sacrificio de la cruz, ocurrido una sola
vez para siempre (cf. Rm 6,10; Hb 7,27), sino que se efectúa
una nueva actuación o inclusión de dicho acontecimiento en la
vida de los hombres, es decir, en el tiempo. En efecto, 4
“el Misterio pascual de Cristo se celebra, no se
repite; son las celebraciones las que se repiten”
(CEC 1104).
Las fiestas y los tiempos litúrgicos no son aniversarios
de los hechos de la vida histórica de Jesús, sino «presencia in
mysterio», es decir, en la acción ritual y en todos los signos
litúrgicos. Los hechos y palabras realizados por Cristo en su
existencia terrena ya no vuelven a producirse, pero en cuanto
acciones del Verbo encarnado son acontecimientos salvíficos
(kairoi) actuales y eficaces para quienes los celebran. Por esto
el año litúrgico no es “una representación fría e inerte de
hechos que pertenecen a tiempos pasados, ni un simple y
desnudo recuerdo de épocas pretéritas; sino más bien es Cristo
mismo, que persevera en su Iglesia siempre y que prosigue aquel
camino de inmensa misericordia que inició en esta vida mortal
cuando pasaba haciendo el bien (Hch 10, 38), con el fin de que
las almas humanas se pongan en contacto con sus misterios y
por ellos en cierto modo vivan” (MD n. 205).
4
R RUSSO, El Jubileo, tiempo de celebración, en: Soleriana 13 (2000/1)
10-12.
33
A través de la liturgia, entendiendo por ella no sólo los
sacramentos sino también los tiempos litúrgicos y las fiestas, los
fieles alcanzan el poder santificado y los méritos que se
encierran en los misterios de Cristo, como si los “tocaran” (cf.
Lc 6,19;Mc 5, 28-30). Los “días determinados” del año litúrgico
(cf. SC 102; 105) son signos sagrados que están inundados de la
presencia del Señor. Esta presencia es más intensa en los
momentos de la celebración que santifican el tiempo, es decir, la
eucaristía y la liturgia de las horas, pero colma y santifica la
totalidad del tiempo festivo.
2.2.2 El “hoy” litúrgico
Los misterios de la salvación “recordados” en el Año
litúrgico son signos eficaces de salvación realizados por el
Cristo histórico y ahora presentes en el «hoy» de la salvación
del año litúrgico, no en su materialidad histórica que pertenece
a un pasado irrepetible, sino en su eficacia salvífica.
La presencia y acción del Espíritu Santo en la liturgia
hace actualizar lo que se celebra. Estamos frente a una
categoría de la teología litúrgica: el “hoy” litúrgico:
Él (Espíritu Santo) hace actualmente presente
(hodie) y eficaz el misterio de la salvación
realizado de una vez para siempre.” 5
Cuando Jesús en la sinagoga de Nazaret (Lc 4, 16-21)
concluida la lectura del texto de Isaías (Is 61,1-2) comenta el
5
Comisión Litúrgica del Comité Central del Gran Jubileo del Año 2000,
Ven, Espíritu Santo. Materiales litúrgicos para 1998, Oficina del Libro,
Buenos Aires 1997, n. 9.
34
texto, dice: “Hoy se cumple ante ustedes esta Escritura” (Lc
4,21), nos está mostrando como el texto del profeta se cumple realiza lo que dice- y es actual -tiene una dinámica para hoy-.
Lo que sucedió in illo tempore, sucede también hoy. El in illo
tempore (en aquel tiempo) se hace hodie (hoy) e hic et nunc
(aquí y ahora). El semel (una vez) se convierte en
quotiescumque feceritis (cuantas veces lo hiciereis).
San Agustín, en sus sermones de Pascua, lo dice
repetidamente:
“Lo que la realidad indica que tuvo lugar una sola vez,
eso mismo renueva la solemnidad para que lo celebren
con repetida frecuencia los corazones piadosos (quod
semel factum in rebus veritas indicat, hoc saepius
celebrandm in cordibus piis sollemnitasa renovat)... La
Pascua tuvo lugar una sola vez, y no va a volver a
darse: según la solemnidad (celebración litúrgica), en
cambio, cada año decimos que la Pascua ha de llegar.
A esto se refiere la solemnidad tan resplandeciente de
esta noche (noctis huius tam praeclara sollemnitas), en
la que, manteniéndonos en vela, en cierto modo
actuamos, mediante el resto del pensamiento, la
resurrección del Señor (resurrectionem Domini per
cogitationis reliquias operemur), que, mediante el
pensamiento, confesamos con mayor verdad que tuvo
lugar una sola vez”. 6
La liturgia gravita en torno al hoy, al presente, a la
actualidad. Por eso, la dimensión principal del tiempo litúrgico
6
SAN AGUSTÍN, Sermón 220.
35
no es el pasado ni el futuro, es el presente, el aquí y ahora de la
salvación. Es lo que la liturgia ora cantando en determinadas
fiestas litúrgicas, 7 especialmente en los tiempos fuertes:
 Hoy nos ha nacido un niño que se llamará Dios
poderoso. Aleluya. (Liturgia de las Horas, ant. 3,
laudes de la Natividad del Señor)
 Engendrado antes de la aurora de los siglos,
el Señor, nuestro Salvador, hoy se ha
manifestado al mundo. (Liturgia de las
Horas, ant 1, laudes de la Epifanía del
Señor).
Una peculiaridad de la liturgia romana es la repetición
del hodie en una misma antífona:
 Hoy ha nacido Jesucristo; hoy ha aparecido el Salvador;
hoy en la tierra cantan los ángeles; se alegran los
arcángeles; hoy saltan de gozo los justos, diciendo:
“Gloria a Dios en el cielo”. (Liturgia de las Horas, ant.
Magnificat de las II vísperas de la Natividad del Señor).
 Veneramos este día santo, honrado con tres prodigios:
hoy la estrella condujo a los magos al pesebre; hoy el
agua se convirtió en vino en las bodas de Caná; hoy
Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán, para
Cf. J. PINELL, L’”hodie” festivo negli antifonari latini, en: Rivista
Liturgica 61 (1974) 579-592, a quien sigo en este apartado; R. LEIKAM,
Las antífonas “Hodie”: la espera, el cumplimiento, la escatología, en:
Ecclesia Orans 16 (1999/1) 79-97.
7
36
salvarnos. Aleluya. (Liturgia de las Horas, Ant.
Magnificat de las II vísperas de la Epifanía del Señor).
El hoy litúrgico nos muestra que: i) el misterio
celebrado se hace presente en la celebración; ii) el “hoy” es un
verdadero “kairós” de salvación. Para Dios cada tiempo es un
hoy. Para el cristiano, el hoy de la celebración eclesial es la
ocasión privilegiada para introducirnos en el “hoy” de Dios, y
por lo tanto para alcanzar la salvación.
Haciendo eco de la doctrina de los misterios de Odo
Casel el Concilio afirma valientemente:
8
“Al conmemorar así los misterios de la redención, la
Iglesia abre la riqueza de las virtudes y de los méritos de
su Señor, de modo que se los hace presentes en cierto
modo, durante todo tiempo, a los fieles para que los
alcancen y se llenen de la gracia de la salvación” (SC
1012).
No nos dedicamos a celebrar “aniversarios” de hechos
pasados, por importantes que hayan sido. Es lo que el
Catecismo afirma de la liturgia en general:
“Cuando la Iglesia celebra el Misterio de Cristo, hay una
palabra que jalona su oración: ¡hoy!, como eco de la
oración que le enseñó el Señor (Mt 6,11) y de la llamada
del Espíritu Santo (Hb 3,7-4,11; Sal 95,7). Este hoy del
Dios vivo al que el hombre está llamado a entrar, es la
Cf. O. CASEL, “Hodie”, en: El año litúrgico (teología y pastoral) =
Cuadernos Phase 14, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 1990, 5-9.
8
37
hora de la Pascua de Jesús que es el eje de toda la historia
humana y la guía” (CEC 1165).
La liturgia no celebra aniversarios. Hace presente el
acontecimiento. O mejor, deja que Cristo lo haga presente, y
dispone a todos a acogerlo de nuevo. 9
2.2.3 Configuración a Cristo
La celebración de los misterios de la salvación en el año
litúrgico conduce también a una configuración a Cristo, a la
imitación de Cristo. Ahora bien, la imitación (mimesis) no debe
entenderse tan sólo en sentido moral, como reproducción de las
actitudes y sentimientos del Hijos de Dios (cf Flp 2,5-8), sino
en el plano ontológico y sacramental de la asimilación y
configuración del hombre a Cristo (cf. Rom 8,29; Flp 3,10; Ef
4,24). Esta asimilación es un proceso que comienza en los
sacramentos de la Iniciación cristiana y que va desarrollándose
mediante la penitencia y la eucaristía hasta que llegue la hora
del tránsito del cristiano de este mundo al Padre, restaurada ya
plenamente en él la imagen y semejanza divina con la que fue
creado (cf. Gn 1,26-27); Col 3,10).
Al celebrar los distintos aspectos del misterio de Cristo
en el año litúrgico, el cristiano reconoce en su propia existencia
la vida del Hijo de Dios que le ha hecho renacer con él, vivire
en él, padecer, morir, resucitar e incluso estar sentado con él en
los cielos (Cf. Rom 6,3-4; 8,17; Ef 2,5-6). Cada uno de los
acontecimientos de la vida de Cristo desplegados en el año
litúrgico, a la vez que se hacen presentes y operantes en la vida
9
Cf. J. ALDAZÁBAL, El Triduo Pascal, Biblioteca Litúrgica 8, Centre de
Pastoral Litúrgica, Barcelona1998, 44-50.
38
de los bautizados, son el paradigma y la referencia de cuanto
sucede en aquellos que han sido incorporados
sacramentalmente a Cristo y hechos miembros de su cuerpo.
El año litúrgico, con su secuencia de tiempos y de
fiestas, revela y permite vivir esa realidad místicamente:
“La celebración del año litúrgico tiene una peculiar fuerza
y eficacia sacramental para alimentar la vida cristiana...
Con razón, al celebrar el misterio del Nacimiento de Cristo
y su manifestación en el mundo, pedimos “poder
transformarnos interiormente a imagen de aquel que
hemos conocido semejante a nosotros en su humanidad”; y
mientras renovamos la Pascua de Cristo, suplicamos a
Dios que los que han renacido con Cristo sean fieles
durante su vida a la fe que han recibido en el sacramento”
Pablo VI: Motu proprio Misterii Paschalis I (11 de febrero
1969).
CONCLUSIÓN
“El Año Litúrgico es el medio a través del cual la Iglesia
es visitada por su Esposo que en el Espíritu Santo cada
año ofrece a su amada luz y amor” (Dom PROSPERO
GUÉRANGER (1805-1875): El Año Litúrgico (9 vols.
1841/66).
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