ELOGIO DE LA OCIOSIDADdoc

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Arquitectura y problemas sociales
La arquitectura, desde los tiempos más remotos, ha tenido dos propósitos: por una
parte, el puramente utilitario de proporcionar calor y refugio; por otra, la finalidad política
de inculcar una idea a la humanidad por medio del esplendor de su expresión en piedra.
El primer propósito bastaba, por lo que se refiere a la morada de los pobres; pero los
templos de los dioses y los palacios de los reyes fueron pensados para inspirar temor a
los poderes celestiales y a sus favoritos en la tierra. En unos pocos casos no se
glorificaba a monarcas individuales, sino a comunidades: la Acrópolis de Atenas y el
Capitolio de Roma ponían de manifiesto la majestad imperial de aquellas orgullosas
ciudades para edificación de súbditos y aliados. El mérito estético era considerado
deseable en los edificios públicos y, más tarde, en los palacios de plutócratas y
emperadores, pero no se tenía en cuenta en las chozas de los campesinos ni en las
desvencijadas viviendas del proletariado urbano.
En el mundo medieval, a pesar de la mayor complejidad de la estructura social, el
propósito artístico en arquitectura estaba igualmente restringido; en realidad, más
todavía, ya que los castillos de los grandes se proyectaban con miras a la fortaleza
militar, y si tenían alguna belleza era por accidente. No fue el feudalismo, sino la Iglesia
y el comercio, lo que produjo la, mejor arquitectura de la Edad Media. Las catedrales
exhibían la gloria de Dios y de sus obispos. Los comerciantes en lana de Inglaterra y los
Países Bajos, que tuvieron a su servicio a los reyes de Inglaterra y a los duques de
Borgoña, expresaban su orgullo en las espléndidas lonjas y edificaciones municipales
de Flandes y, con menor magnificencia, en muchos mercados ingleses. Pero fue Italia,
el lugar de nacimiento de la plutocracia moderna, la que llevó la arquitectura comercial a
la perfección. Venecia, la novia del mar, la ciudad que desviaba cruzadas y que
atemorizaba a los monarcas unidos de la cristiandad, creó un nuevo tipo de majestuosa
belleza en los palacios del dux y los de los príncipes mercaderes. Contrariamente a los
rústicos barones del norte, los magnates urbanos de Venecia y Génova no necesitaban
soledad ni defensa, sino que vivían unos junto a otros, y creaban ciudades en las que
todo lo visible para el extranjero no muy curioso era espléndido y estéticamente
satisfactorio. En Venecia, especialmente, era fácil ocultar la miseria: los tugurios se
hallaban ocultos y alejados, en callejones interiores, donde nunca los veían los
ocupantes de las góndolas. Jamás, desde entonces, ha alcanzado la plutocracia un
éxito. tan completo y perfecto.
En la Edad Media, la Iglesia no solamente construyó catedrales, sino también edificios
de otra clase, más apropiados a nuestras necesidades modernas: abadías,
monasterios, conventos y colegios. Estaban basados en una forma restringida de
comunismo, y proyectados para una vida social pacífica. En esos edificios, todo lo
individual era espartano y simple, y todo lo comunal, espléndido y espacioso. La
humildad del simple monje quedaba satisfecha con una celda tosca y desnuda; el
orgullo de la orden se exhibía en la gran magnificencia de naves, capillas y refectorios.
En Inglaterra, de los monasterios y las abadías sobreviven principalmente ruinas para
agradar a los turistas; pero los colegios, en Oxford y en Cambridge, todavía son parte
de la vida nacional y conservan la belleza del comunismo medieval.
Con la expansión del Renacimiento hacia el norte, los toscos barones de Francia e
Inglaterra se dieron a trabajar para adquirir el refinamiento de los italianos ricos. Al
tiempo que los Médicis casaban a sus hijas con reyes, los pintores, los poetas y los
arquitectos al norte de los Alpes copiaban los modelos florentinos y los aristócratas
reemplazaban sus castillos por mansiones campestres que, con su indefensión contra
el asalto, señalaban la nueva seguridad de una nobleza cortesana y civilizada. Pero
esta seguridad fue destruida por la Revolución francesa, y desde entonces los estilos
arquitectónicos tradicionales han perdido su vitalidad. Persisten donde las viejas formas
de poder persisten, como es el caso de las adiciones de Napoleón al Louvre; pero estas
adiciones tienen una florida vulgaridad, que muestra su inseguridad. Parece tratar de
olvidar la constante advertencia de su madre en mal francés: "Pourvou que cela dure...".
Hay dos formas típicas de arquitectura en el siglo XIX, debidas, respectivamente, a la
producción maquinista y al individualismo democrático: de un lado, la fábrica, con sus
chimeneas; -del otro, las hileras de minúsculas viviendas para las familias de la clase
obrera. Mientras la fábrica representa la organización económica determinada por el
industrialismo, las pequeñas casitas representan el aislamiento social a que aspira una
población individualista. Donde el alto valor del suelo hace deseable la construcción de
grandes edificios, éstos tienen una unidad meramente arquitectónica, no social; son
bloques de oficinas, casas de apartamentos u hoteles cuyos ocupantes no forman una
comunidad, como los monjes en un monasterio, sino que tratan, en todo lo posible, de
permanecer ignorantes de la existencia de los demás. En Inglaterra, dondequiera que el
valor del terreno no es demasiado elevado, el principio de una casa para cada familia se
reafirma. A medida que se entra por ferrocarril a Londres o a cualquier gran ciudad del
norte, se pasa por calles sin fin, formadas por tales pequeñas viviendas, donde cada
casa es un centro de vida individual, y la vida comunitaria es representada por la
oficina, la fábrica o la mina, según la localidad. La vida social fuera de la familia, en
tanto que la arquitectura pude asegurar tal resultado, es exclusivamente económica, y
todas las necesidades sociales no económicas han de ser satisfechas dentro de la
familia o verse frustradas. Si han de juzgarse los ideales sociales de una época por la
calidad estética de su arquitectura, los cien últimos años representan el punto más bajo
alcanzado hasta ahora por la humanidad.
La fábrica y las hileras de pequeñas casas que la rodean ilustran una curiosa
inconsistencia de la vida moderna. En tanto que las condiciones de la producción la
fueron convirtiendo en una cuestión de grupos cada vez más numerosos, nuestra
actitud, en general, en todo lo que se considera ajeno a la esfera de lo político o de lo
económico, ha tendido a hacerse cada vez más individualista. Esto es cierto no
solamente en materias de arte o cultura, donde el culto a la expresión del yo ha
conducido a una anárquica rebeldía contra toda clase de tradiciones o convenciones,
sino también -quizá como una reacción contra la superpoblación- en la vida diaria del
hombre corriente y más aún de la mujer corriente. En la fábrica hay forzosamente vida
social, lo que ha dado lugar a los sindicatos; pero en el hogar, cada familia desea
aislamiento. "Vivo para mí misma", dicen las mujeres; y a sus maridos les gusta pensar
en ellas sentadas en el hogar esperando el regreso del jefe de la casa. Estos
sentimientos hacen que las esposas soporten, y aun prefieran, las pequeñas casas
separadas, las pequeñas cocinas separadas, la monotonía de las labores domésticas
separadas y, mientras no están en el colegio, el cuidado separado de los niños. El
trabajo es duro, la vida monótona y la mujer casi una prisionera en su propia casa; a
pesar de todo, y aunque agota sus nervios, ella prefiere esto a una forma de vida más
comunitaria, porque el aislamiento le procura la estimación de sí misma.
La preferencia por este tipo de arquitectura está en relación con la condición social de la
mujer. A pesar del feminismo y del voto, la situación de las esposas, por lo menos en
las clases trabajadoras, no ha cambiado. La esposa depende todavía de los ingresos
del marido y no recibe salario aunque trabaje intensamente. Siendo profesionalmente
un ama de casa, le gusta tener una casa que llevar. El deseo de hallar campo para la
iniciativa personal, común a la mayor parte de los seres humanos, no se satisface para
ella sino en el hogar. Al marido, por su parte, le gusta que su mujer trabaje para él y
dependa económicamente de él; por añadidura, su mujer- y su casa satisfacen más su
instinto de propiedad que cualquier tipo diferente de arquitectura. En cuanto a la
posesividad conyugal, tanto al marido como a la esposa, aun cuando alguna vez
sientan deseos de una vida más social, les alegra el que el otro tenga tan pocas
ocasiones de encontrarse con miembros posiblemente peligrosos del sexo opuesto. Y
así, aunque sus vidas se empequeñezcan y la de la mujer resulte innecesariamente
penosa, ninguno de los dos desea una organización diferente de su existencia social.
Todo esto cambiaría si la regla, y no la excepción, fuese que las mujeres casadas se
ganaran la vida trabajando fuera del hogar. En las clases profesionales hay ya
bastantes esposas que ganan dinero con su trabajo independiente como para producir,
en las grandes ciudades, cierto acercamiento a lo que sus circunstancias hacen
deseable. Lo que tales mujeres necesitan es un apartamento con los servicios resueltos
o una cocina comunitaria que las exima de la tarea de preparar comidas, y una
guardería que se haga cargo de los niños durante sus horas de oficina.
Convencionalmente, se supone que una mujer casada lamenta la necesidad de trabajar
fuera de casa, y si al final de la jornada, tiene que realizar las labores de cualquier
esposa que no tenga otra ocupación, es probable que recaiga sobre ella un
considerable exceso de trabajo. Pero con un tipo de arquitectura apropiado, las mujeres
podrían verse libres de la mayor parte del trabajo en la casa y en el cuidado de los
niños, con ventaja para ellas, para sus maridos y para sus niños, y en este caso la
sustitución de los tradicionales deberes de la esposa y de la madre por el trabajo
profesional sería una ventaja evidente. Todo marido de una esposa a la antigua se
convencería de esto si, durante una semana, intentase llevar a cabo las tareas de su
mujer.
El trabajo de la esposa de un asalariado nunca se ha modernizado, porque no se paga;
pero, en realidad, es en gran parte innecesario, y el grueso de la restante actividad
podría repartiese entre diferentes especialistas. Pero para hacer esto, la primera
reforma que se requiere es una reforma arquitectónica. El problema consiste en
asegurar las mismas ventajas comunales que garantizaban los monasterios
medievales, pero sin celibato; es decir, deberán preverse las necesidades de los niños.
Consideremos primero las desventajas innecesarias del sistema actual, en el que cada
hogar de clase obrera es autárquico, tanto en la forma de una casa separada como en
la de habitaciones en un bloque de viviendas.
Los mayores males recaen sobre los niños. Antes de la edad escolar, les falta sol y aire;
su dieta es la que puede proporcionarles una madre pobre, ignorante, atareada e
incapaz de confeccionar una clase de comida para los adultos y otra para los pequeños;
éstos están molestando constantemente a su madre mientras guisa y hace su trabajo,
de lo que resulta que la ponen nerviosa y reciben un trato áspero, tal vez alternado con
caricias; nunca tienen libertad, ni espacio, ni un ambiente en el que sus actividades
naturales sean inocuas. Esta combinación de circunstancias tiende a hacerlos
raquíticos, neuróticos y sumisos.
Los males son también muy considerables para la madre. Tiene que combinar los
deberes de una niñera, los de una cocinera y los de una sirvienta, funciones para
ninguna de las cuales ha sido preparada; casi inevitablemente las realiza todas mal;
siempre está cansada y encuentra en sus hijos un motivo de fastidio en lugar de una
fuente de felicidad; su marido descansa cuando termina su trabajo, pero ella no
descansa nunca; al final, casi inevitablemente, se vuelve irritable, mezquina y envidiosa.
Para el hombre son menores las desventajas, ya que permanece menos tiempo en
casa. Pero cuando llega al hogar no está en disposición de disfrutar con los reniegos de
la esposa o la "mala" conducta de los niños; probablemente acuse a su mujer, cuando
debiera culpar a la arquitectura, con desagradables consecuencias, que varían según el
grado de su brutalidad.
No digo, por supuesto, que todo esto sea universal; pero digo, sí, que cuando no es así,
tiene que haber una excepcional cantidad de autodisciplina, de sabiduría y de vigor
físico en la madre. Y es obvio que un sistema que requiere de los seres humanos
cualidades excepcionales, solamente en casos excepcionales alcanzará buen éxito. La
existencia de raros ejemplos en los que tales males no aparecen, no prueba nada en
contra de la maldad de tal sistema.
Para acabar con todos estos inconvenientes simultáneamente, basta con introducir un
elemento comunitario en la arquitectura. Las casitas separadas y los bloques de
viviendas, cada una con su cocina, deberían ser derribados. En su lugar debería haber
altos edificios en torno a un cuadrilátero central, con el lado sur más bajo, para que
penetrara la luz del sol. Una cocina común, un espacioso salón comedor y otro salón
para las distracciones, las reuniones y el cine. En el cuadrilátero central debería haber
una guardería, construida de forma tal que los niños no pudieran hacer daño fácilmente,
ni a sí mismos, ni a objetos frágiles: no debería haber escalones, ni chimeneas abiertas,
ni estufas calientes al alcance de sus manos; los platos, copas y fuentes habrían de ser
de material irrompible y, en general, debería evitarse en todo lo posible la presencia de
aquellas cosas que obligan a decir "no" a los niños. Durante el buen tiempo, la
guardería podría funcionar al aire libre; durante el mal tiempo, excepto en el peor, en
habitaciones abiertas al aire por un lado. Todas las comidas de los niños deberían tener
lugar en la guardería que podría, en forma considerablemente económica,
proporcionarles una dieta más completa que la que sus madres pueden darles. Desde
el momento del destete hasta el de la escolarización, deberían pasar todo el tiempo,
desde el desayuno hasta su última comida, en la guardería, donde habrían de tener
oportunidad de distraerse, y el mínimo de vigilancia compatible con su seguridad.
Las ventajas para los niños serían enormes. Su salud se beneficiaría con el aire, el sol,
el espacio y los buenos alimentos; su carácter se beneficiaría con la libertad y el
alejamiento del clima de constante y malhumorada prohibición en que pasan sus
primeros años la mayor parte de los asalariados. La libertad de movimientos, que
solamente se puede permitir sin peligro a un niño rodeado por un ambiente
especialmente dispuesto, podría concederse casi sin restricción en la guardería, con el
resultado de que el espíritu de aventura y la capacidad muscular se desarrollarían en
ellos naturalmente, como se desarrollan en otros animales jóvenes. La constante
prohibición de movimientos a los niños pequeños es una fuente de descontento y de
timidez en su vida posterior, pero es inevitable en tanto vivan en un medio adulto; la
guardería, por tanto, sería tan beneficiosa para su carácter como para su salud.
Para las mujeres, las ventajas serían igualmente grandes. Tan pronto como sus hijos
fuesen destetados, podrían entregarlos, durante todo el día, a mujeres especialmente
preparadas para el cuidado de niños pequeños. No tendrían que preocuparse por
comprar comida, guisarla y fregar. Podrían salir a trabajar por las mañanas y regresar
por la tarde, como sus maridos; como sus maridos, podrían tener horas de trabajo y
horas de ocio, en lugar de estar siempre ocupadas. Podrían ver a sus hijos por la
mañana y por la tarde, durante el tiempo suficiente para el cultivo de los afectos, pero
no para alterar sus nervios. Las mujeres que pasan todo el día con sus hijos, rara vez
disponen de las reservas de energía necesarias para jugar con ellos; en general, los
padres juegan con sus hijos mucho más que las madres. Aun el adulto más afectuoso
tiene que encontrar cargantes a los niños si no encuentra un momento para descansar
de sus clamorosas demandas de atención. Pero al final de una jornada que se ha
pasado lejos de ellos, tanto la madre como los niños se sentirían más cariñosos de lo
que es posible cuando han estado todo el día encerrados juntos. Los niños, físicamente
cansados pero mentalmente en paz, gozarían de las atenciones personales de la madre
después de la imparcialidad de las mujeres de la guardería. Sobreviviría lo bueno de la
vida en familia, sin factores irritantes y destructores del cariño.
Tanto el hombre como la mujer evitarían el confinamiento en pequeñas habitaciones y
la sordidez, asistiendo a grandes salas públicas, que podrían ser tan espléndidas
arquitectónicamente como los paraninfos de las, universidades. La belleza y el espacio
no tienen por qué continuar siendo prerrogativa de los ricos. Se pondría fin a la irritación
que ocasiona el hacinamiento, y que tan a menudo hacen imposible la vida de familia.
Y todo esto sería la consecuencia de una reforma arquitectónica.
Robert Owen, hace más de cien años, fue grandemente ridiculizado por sus
"paralelogramos cooperativos", que eran un intento de asegurar a los asalariados las
ventajas de la vida en comunidad. Aunque la propuesta haya sido prematura en
aquellos tiempos de agobiante pobreza, en muchos aspectos se acerca a lo que hoy
resulta practicable y deseable. Él mismo llegó a establecer, en New Lanark, una
guardería sobre principios muy sabios. Pero las especiales condiciones de New Lanark
lo condujeron erróneamente a considerar sus "paralelogramos" como unidades
productoras, no simplemente como lugares de residencia. El industrialismo tendió,
desde el principio, a cargar excesivamente el acento sobre la producción v demasiado
poco sobre el consumo y la vida diaria; ello la sido el resultado de la prioridad otorgada
a los beneficios, que se asocian únicamente con la producción. La consecuencia es que
la fábrica se ha hecho científica y ha llevado hasta el final la división del trabajo,
mientras que el hogar ha permanecido acientífico v todavía acumula las más diversas
labores sobre las espaldas de la sobrecargada madre. Es un resultado lógico del
predominio del beneficio como meta, el que los más azarosos, desorganizados y por
completo insatisfactorios aspectos de la actividad humana sean aquellos de los que no
se espera ningún beneficio pecuniario.
Debe admitirse, sin embargo, que los más poderosos obstáculos a una reforma
arquitectónica como la que he venido proponiendo se hallarán en la psicología de los
mismos asalariados. Aunque puedan pelearse en él, la gente quiere el aislamiento del
"hogar", y encuentra en él la satisfacción de su orgullo y de su sentido de la propiedad.
Una vida comunitaria en el celibato, como la de los monasterios, no suscita el mismo
problema; son el matrimonio y la familia los que introducen el instinto de lo íntimo. No
creo que el cocinar en privado, más allá de lo que ocasionalmente pueda hacerse en un
hornillo de gas, sea realmente necesario para satisfacer este instinto; creo que un
apartamento privado con muebles propios sería suficiente para personas
acostumbradas a él. Pero siempre es difícil cambiar hábitos íntimos. El deseo de
independencia de las mujeres, sin embargo, puede conducir gradualmente a que se
ganen la vida fuera del hogar cada vez en mayor número, y esto, a su vez, puede llevar
a que un sistema como el que he venido considerando les resulte apetecible. Al
presente, el feminismo está todavía en un estadio temprano de su desarrollo entre las
mujeres de la clase trabajadora, pero es probable que se incrementará, a menos que
haya una reacción fascista. Quizá a su tiempo este motivo llegue a determinar la
preferencia de las mujeres por la preparación comunitaria de alimentos y la guardería.
No será de los hombres que surja un deseo de cambio. Los asalariados, aun cuando
sean socialistas o comunistas, rara vez ven la necesidad de un cambio en la situación
de sus mujeres.
Mientras el paro sea un mal grave y mientras la falta de comprensión de los problemas
económicos sea casi universal, se condenará, naturalmente, el empleo de mujeres
casadas como probable causa de que queden sin trabajo aquellos cuyos puestos
garantizan las esposas que permanecen en su casa. Por esta razón, el problema de las
mujeres casadas está estrechamente relacionado con el problema del paro, que
probablemente sea insoluble sin un considerable avance en el camino al socialismo. En
cualquier caso, no obstante, la construcción de "paralelogramos cooperativos" como los
que he defendido, solamente será practicable en gran escala como parte de un gran
movimiento socialista, ya que el beneficio como única finalidad nunca les dará lugar. La
salud y el carácter de los niños, y los nervios de las esposas, deben continuar, por tanto
sufriendo mientras el deseo de beneficio regule las actividades económicas. Algunas
cosas pueden alcanzarse en la búsqueda de este objetivo, y otras no pueden
alcanzarse; entre las que no se pueden alcanzar está el bienestar de las mujeres y los
niños de la clase asalariada y -lo que puede parecer todavía más utópico- la belleza de
los suburbios. Pero aunque demos la fealdad de los suburbios por supuesta, como los
vientos de marzo y las nieblas de noviembre, no es, en realidad, igualmente inevitable.
Si fuesen construidos por los municipios en lugar de serlo por empresas privadas, con
calles planificadas y casas como salones de residencias, no hay razón para que no
resulten un placer para los ojos. La fealdad, como la inquietud y la pobreza, es parte del
precio que pagamos por ser esclavos de la meta del beneficio privado.
(Bertrand Russell)
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