DESDE LA CRISIS DEL PATRIARCADO ... CAMBIO EN LA ENFERMEDAD MENTAL?

Anuncio
DESDE LA CRISIS DEL PATRIARCADO HASTA HOY: ¿EXISTE REALMENTE
CAMBIO EN LA ENFERMEDAD MENTAL?
En los últimos tiempos, lamentablemente, oímos frecuentemente hablar de crisis,
ya sea en referencia a dificultades económicas, políticas o sociales. No es, sin embargo,
un fenómeno novedoso en nuestra historia reciente, en la que uno a uno se han visto en
aprietos los grandes hitos que sustentaban nuestra sociedad: familia, sistema político,
valores, grupos, monedas, fronteras, la propia identidad personal… Se ha luchado
contra el racismo, contra el capitalismo, contra el imperialismo, contra el sistema de
clases, contra el machismo, contra la globalización, contra los regionalismos,
contra…contra todo. La cuestión es: ¿se ha logrado eliminar todo aquello que ha sido
criticado? ¿Llevan inexorablemente las crisis a la muerte de aquello que está
comprometido? La respuesta afortunada y/ó desgraciadamente –depende de puntos de
vista- es negativa.
La cuestión que se plantea es, entonces, ¿cómo han afectado esas crisis? ¿Qué
consecuencias han tenido? Sin poder detenernos en todos y cada uno de los puntos
anteriores, nos centraremos en un ámbito no exento de problemas: las relaciones entre
hombres y mujeres, entre sexos y géneros, en concreto: la crisis del patriarcado.
Pudiendo entenderse éste como institución en términos positivos, es decir, palpable,
visible y por ello más fácilmente criticable; o como sistema de valores más o menos
ocultos que han regido la sociedad y sus relaciones desde, permítanme la licencia, la
noche de los tiempos, nadie negará en el siglo XXI que ha sufrido una crisis profunda a
partir las diferentes revoluciones y cambios de los últimos siglos, desde el inicio de la
Modernidad hasta nuestros días. Pero… ¿ha sido realmente eliminado?
A lo largo de la exposición se hará un examen de esta cuestión enfocándolo
desde uno de los numerosos lados del prisma: el ámbito de la enfermedad mental. La
justificación de esta restricción viene dada por un doble motivo: por un lado, la
imposibilidad de abarcar esta problemática en términos generales en un trabajo como el
presente, cuestión que sería más bien propia de todo un ciclo y no de una aportación
única; y, por otro lado, la sospecha. Y de ahí la segunda parte del título de mi
intervención que muestra el punto de partida de la investigación: ¿existe realmente un
cambio en el ámbito de la enfermedad mental?
~1~
1. LA CRISIS DEL PATRIARCADO
Para poner la primera piedra es necesario remitir a qué es el patriarcado, a su
definición e implicaciones. Como su propio nombre indica podríamos decir que un
patriarcado es un modo de organización social, jerárquica, en la que detenta el poder un
patriarca. En base al diccionario de la Real Academia Española, un patriarca es una
“persona que por su edad y sabiduría ejerce autoridad en una familia o en una
colectividad” (Diccionario RAE, 2001). En primer término, esta caracterización de un
patriarca no nos permite deducir si éste será un hombre o una mujer, por lo que
inducimos que esta cuestión es indiferente siempre y cuando se reúnan los requisitos de
edad y conocimiento. Sin embargo, resulta extraño que un término como patriarca, que
remite al pater, a una figura masculina no esté definido como tal.
Sería posible ser benevolentes y pensar que es uno de tantos ejemplos que se han
generalizado en base a una acepción antigua en la que generalmente correspondía a una
organización en la que detentaba el poder un hombre, pero que no es fundamental si el
mandatario es hombre o mujer. De este modo, la cuestión estaría zanjada. Otra opción,
que indagaremos, es no ser tan benevolente y comenzar ya a desconfiar de que su
definición como “persona” lleve implícito el hecho de que para mandar hay que ser
hombre, de que eso es lo normal y, por lo tanto, no ha de ser explicitado.
Sea como fuere, y sin ánimo de ser ya acusada de feminista exagerada, histérica
y radical, con voluntad de no ser demagógica ni construir argumentos falaces, recurriré
a una tercera opción: continuar la búsqueda en el diccionario. Es entonces cuando, al
introducir el vocablo “patriarcado” el diccionario nos muestra la acepción sociológica:
“organización social primitiva en que la autoridad es ejercida por un varón jefe de cada
familia, extendiéndose este poder a los parientes aun lejanos de un mismo linaje” (RAE,
2001). Tal y como anunciaba Bachofen, entre los representantes más firmes de
patriarcado se encuentran la Grecia antigua y la sociedad romana (Bachofen, 1987, p.
31), en la que el para que una convivencia fuera matrimonial, también en la edad
clásica, era necesario, además del consentimiento de los esposos, el de los respectivos
paterfamilias: Este consentimiento, además, llega al punto de que si un padre obliga a
un hijo a casarse el matrimonio será igualmente válido –contrariamente a lo que
nosotros podríamos pensar (Cantarella, 1991).
~2~
No deja de resultar curioso que un sistema caracterizado como primitivo haya
sido el utilizado por esas -a menudo caracterizadas como- grandes y desarrolladas
civilizaciones germen y fermento de nuestra occidentalidad. Sin entrar a discutir, por la
obviedad de la respuesta y por la ya superada acepción del término, si los griegos y
romanos eran primitivos en esa nunca positiva acepción de la palabra primitivo –
recordemos que los primitivos son los salvajes o incluso nuestros parientes los primates, apuntar que ese modelo de organización jerárquica se mantuvo hasta, al menos, bien
entrada la Modernidad. Y digo al menos porque habrá que tener presente que el sufragio
universal femenino sólo se alcanzó en países considerados nada primitivos como Suiza
en 1971 y nuestra vecina Portugal 1974.
Una vez aclarada la concepción de patriarcado más general se vuelve necesario
realizar una aproximación desde otro punto de vista: el antropológico. El término
“patriarcado” surge fundamentalmente en el ámbito de la antropología, por lo que es
obligada la referencia al mismo. Tanto el vocablo “patriarcado” como su homónimo
femenino al que anteriormente hemos referido, “matriarcado”, tienen su origen actual en
el siglo XIX –a pesar de que el primero haya sido tomado de la religión, en una
acepción que se remontaría al siglo XVI. “Patriarcado” es definido como “forma de
organización social y política basada en la detentación del poder por los hombres, con
exclusión explícita de las mujeres” (Echard, 1997, p. 468). Tal y como retomaremos,
este término remite, por tanto, a una estructura de poder, a un régimen de organización
jerárquica, en tanto en cuanto existe un polo superior de poder: los hombres; y uno
inferior, totalmente oprimido y excluido: las mujeres. Se discutirá, no obstante, el hecho
de que haya de ser explícito o no.
Algunos datos e investigaciones remiten a la eliminación del patriarcado desde
el momento en que se acuñó el concepto y durante las primeras décadas del siglo XX,
tales como las afirmaciones de B. Ehrenreich de que “el capitalismo industrial liberó a
las mujeres de la inacabable rutina del trabajo productivo casero, pera al mismo tiempo
les arrebató las atribuciones que habían constituido su peculiar motivo de dignidad.
Soltó las ataduras del patriarcado, pero impuso las cadenas del trabajo asalariado”
(Ehrenreich, 2010, p. 39).
Podría, entonces, ser enunciado o, más bien, anunciado: el patriarcado ha
muerto. Según la autora, estaríamos en deuda con la economía de mercado en la medida
~3~
en que su espíritu científico y crítico acabó con la ideología patriarcal, aunque esto no
significa que se hubiese dado una sensibilidad femenina. “La visión del mundo que
nació con los nuevos tiempos era, en realidad, claramente machista” (Ehrenreich, 2010,
p. 43).
Aunque tampoco habrá que dejarse llevar por un excesivo optimismo y tirar
cohetes, puesto que durante la dominación patriarcal las mujeres habían sido inferiores,
pero parte orgánica de la jerarquía, de la physis en Grecia, que lo englobaría todo, y del
imperio terreno-celestial posterior. Con la caída del patriarcado el lazo se rompió, pero
las mujeres no quedaron libres, sino que se convertiría en un problema, en lo que se ha
denominado “la cuestión femenina”, separada física y moralmente del modelo
masculino. (Ehrenreich, 2010).
Se nos presenta, por tanto, una nueva estructura de dominación masculina: el
machismo, que habría “maquillado” sus imposiciones y discriminaciones a las mujeres
dando una apariencia de libertad. A partir de ese momento las mujeres serían “libres” de
buscar un trabajo asalariado fuera del hogar, de permanecer solteras, de estudiar una
carrera universitaria… aunque, mirándolo bien, tendrían que trabajar más duro que los
hombres y cobrar sueldos menores, habrían de permanecer solteras para desarrollar una
carrera profesional o renunciar a ella en el caso de optar –siempre “libremente”- por
casarse y tener hijos, se enfrentarían una y otra vez a lo que se ha venido llamando
“techo de cristal”… A todas luces, tal y como Ehrenreich y muchas otras investigadoras
han denunciado, estábamos ante un espejismo de “libertad”, en el que, por otro lado,
hemos ido consiguiendo mejoras y progresos día a día, aunque sin haber finalizado el
proceso de igualdad.
Esta crisis del patriarcado en la que el varón deja de tener control directo e
indiscutible poder sobre la mujer, ¿es realmente un proceso de eliminación del mismo?
¿Asistimos al nacimiento de un nuevo orden de cosas, el machismo, o a una adaptación
remasterizada de una misma jerarquía social? El hombre y sus tareas “masculinas”
continuaron siendo la élite, detentando el poder y dominando. Si bien es cierto que los
puestos y actividades que habían sido exclusivamente masculinos o femeninos pasan a
poder ser ocupados por personas del otro sexo, no lo es menos que los roles continúan
siendo los mismos. Un hombre que cuida el hogar es un afeminado –por utilizar una
terminología “suave”. Un hombre que se dedica a la cocina, el vestido o la peluquería es
~4~
como una mujer, salvo, claro está, que su estatus sea lo suficientemente elevado como
para ser un chef, un diseñador o un estilista, profesiones que, por su alto nivel, son de
hombres, porque, al fin y al cabo, estamos en una estructura de mercado, por lo que ser
rico siempre será más valorado y llevará asociado más poder que la propia actividad
desarrollada.
Lo mismo ocurre si nos volvemos a las mujeres que desarrollan actividades de
poder: son masculinas, son como hombres, son machos. Por ejemplo, aquellas “que
decidieron romper con los “muros generizados” y consiguieron adentrarse en el hostil y
competitivo mundo universitario y científico, experimentaron otra contradicción: ser
mujer y tener que responder a las normas y valores asociados con lo femenino, y ser
científica y tener que responder a las masculinizadas normas y valores de la ciencia”
(García Dauder, 2005, p. 23). Por tanto, más que una superación del patriarcado estamos
ante una reformulación del mismo surgida a partir de su crisis, pero personalmente
considero que constituye el mismo juego de siempre con reglas adaptadas a los nuevos
tiempos.
Una afirmación como la anterior ha de ser, no obstante, justificada o al menos
sustentada de algún modo. Para ello me serviré de un ámbito de estudio: el de la
enfermedad mental, a través del cual se investigará la pervivencia –o no- del
patriarcado. El estudio que a continuación se presenta no será, no obstante, histórico,
sino que se intentará realizar una reflexión a partir de la propia enfermedad mental, es
decir, más que posicionarnos a nivel del estudioso nos situaremos en el ámbito de
estudio, del objeto. Este enfoque viene dado por la necesidad de realizar una revisión
profunda de las prácticas y desarrollos psicológicos y psiquiátricos, en los procesos de
atención a los pacientes, su diagnóstico, pronóstico y prescripciones.
Asimismo, existen ya extraordinarios estudios que se han centrado en aspectos
más históricos y en el punto de vista del profesional, más que del paciente. Así, García
Dauder afirma que: “igual que las mujeres sufragistas o aquellas que adquirieron una
profesión en los ámbitos de la reforma o la política, las mujeres pioneras psicólogas se
vieron expuestas a la acusación de “invertidas sexuales”: traidoras a su sexo y
representantes de la Nueva Mujer, que se habían adentrado en la esfera “masculina” de
la profesión universitaria” (García Dauder, 2005, p. 171), realizando la autora un
~5~
estudio histórico de las mujeres pioneras en psicología, tal y como el nombre de la obra
indica.
2. MUJERES Y ENFERMEDAD MENTAL: APROXIMACIONES
Una vez acotado el tema con el que empezábamos nuestro desarrollo al ámbito
de la enfermedad mental seguimos, no obstante, en un vasto terreno prácticamente
inabarcable en un trabajo de este calado. No será este motivo de pesimismo o abandono,
sino que más bien, hemos de intentar al menos alumbrar algunas piedras del camino
que, si bien no pretenden erigirse en hitos inamovibles, sí nos podrán ayudar a constituir
una base firme sobre la que se cimentarían desarrollos posteriores.
La gran problemática a la que nos enfrentamos es inicialmente y a grandes
rasgos la existencia o no existencia de diferencias en cuanto al abordaje –diagnóstico,
tratamiento, conceptualización…- de las enfermedades mentales en función del
paciente, es decir, de si este presenta o representa un papel femenino o masculino. En
principio, deberíamos dar por hecho que una disciplina “objetiva” y pretendidamente
neutra como la ciencia no distingue en función de sexos, pero, ¿está realmente esta
institución exenta de ideología? La respuesta en el siglo XXI es evidentemente negativa,
una vez mostrado que existen numerosos puntos de subjetivismo y política en su seno
(López Vale, 2011). Con ello no se pretende acusar o entrar en polémica con respecto al
quehacer de los hombres de ciencia, sino poner de manifiesto una ya mostrada realidad.
Y podrán estar pensando porque me refiero a las personas que desarrollan trabajos e
investigaciones en ciencia como hombres de ciencia y no como profesionales de
ciencia, pues porque tal y como hemos visto anteriormente, las profesiones de alto
estatus son masculinas.
Sin poder detenernos en este punto y adentrándonos ya en la enfermedad mental
recurramos a los datos de una de las dolencias más extendidas y conocidas, al menos,
cercanas a día de hoy: la depresión. Ellas la padecerán en mayor número1, pero ellos de
un modo más severo y los llevará más fácilmente hacia el suicidio. De hecho, algunos
estudios muestran que los episodios depresivos aparecen hasta con el doble de
frecuencia en mujeres que en hombres2. Se testimonia tanto a nivel global: “En todos
1
2
“La depresión”, OMS, http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs369/es/index.html
DSM-IV, p. 331.
~6~
los países en que se han realizado estudios estadísticos las cifras revelan uniformemente
que las mujeres padecen el doble de depresión que los hombres. Mientras que
aproximadamente una de cada cinco mujeres sufre de una depresión mayor en su vida,
en el caso de los hombres la proporción se reduce a uno de cada diez”3; como en el caso
de España, dónde los trastornos que aparecen con mayor frecuencia a lo largo de la vida
son los de tipo depresivo, con una incidencia del 26,23%, según recoge la junta de
Andalucía.
En base a un informe del Instituto Nacional de Estadística, podemos afirmar un
2,4% de la población masculina sufre depresión frente a un 4,4% de la femenina, lo que
en valores absolutos se traduce en 84 mil hombres frente a 178 mil quinientas mujeres
(que suponen diez mil mujeres por encima del doble de hombres, siempre en términos
absolutos). En cuanto a algunos datos significativos por regiones o áreas, en Galicia,
estudios han cifrado la depresión en mujeres entre 20 y 41 años en un punto y medio,
frente al medio punto en hombres –los datos son similares en Valencia, dónde
prácticamente se triplica el número de mujeres con depresión. Más sangrantes son los
datos de Soria, sin embargo, en dónde la proporción de mujeres “profundamente
deprimidas” multiplica por cuatro la de hombres o, ya en extremo, Zaragonza, dónde los
porcentajes de población general con clara afectación depresiva son de 11:1 entre
mujeres y hombres4.presentándose, por desgracia, un futuro próspero para esta dolencia,
puesto que se espera que en el 2020 sea la causa de enfermedad número uno en el
mundo desarrollado5. En relación con las diferencias entre hombres y mujeres puede
decirse, a modo de ejemplo, que en la Comunidad Autónoma andaluza prácticamente un
60% de la población que acudió en busca de ayuda relacionada con una enfermedad o
trastorno mental fueron mujeres, representando este colectivo un 69% de los pacientes
atendidos por ansiedad, depresión y somatizaciones. ¿A qué se debe esta incidencia?
¿qué se esconde tras las diferencias entre hombres y mujeres?
Hay tres posibles explicaciones para esta última cuestión: en primer lugar
podríamos estar ante un tipo de enfermedades que biológica o fisiológicamente
afectasen en mayor medida a mujeres. De este modo, podrían buscarse causas y
explicaciones en las diferencias que efectivamente puedan existir entre los cuerpos
DIO BLEICHMAR, E., “La depresión en la mujer”, Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq., vol. XI, nº 39, 1991, p.
283.
4
DIO BLEICHMAR, E., “La depresión en la mujer”, p. 284.
5
“La depresión”, OMS, http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs369/es/index.html
3
~7~
femeninos y masculinos. No dejaría, no obstante, de ser peligroso un intento de este
tipo, pues nos remitiría a los desarrollos griegos y su concepción del “útero errante”,
principal lugar de diferencias entre hombres y mujeres; o a disquisiciones que
fácilmente podrían derivar en explicaciones de tipo esencialista, que ya no serían
propiamente corporales, sino que se convertirían en diferencias cualitativas, en una
escala de valor de lo mejor –que podríamos pensar, seguiría siendo lo masculino si nos
basamos en nuestra tradición y en la menor incidencia de la enfermedad- y lo peor.
Pero, en un mundo ideal en el que estas jerarquizaciones no fuesen un fin ni un medio
de justificación de ideologías, podrían establecerse diferencias que, de hecho, pueden
estar de algún modo operando en los distintos grados de incidencia de este tipo de
trastornos.
Una segunda aproximación vendría dada por parte de la conceptualización de la
propia enfermedad, es decir, dependiendo de cómo sea esta definida y comprendida se
podría ajustar en mayor o menor grado a un perfil determinado de paciente. Algunas
corrientes explicativas en psiquiatría y psicología han apostado por una etiología social
de la enfermedad mental. Según la versión más radical de estos modelos (Rosenhan,
1973) teóricos los trastornos mentales serían construcciones de las personas “normales”
o sanas para expulsar de la sociedad de algún modo a aquellos individuos indeseables
para el buen mantenimiento del orden. La locura también sería un mecanismo regulador
de las tensiones sociales.
Puede considerarse, entonces, que si bien no tienen por qué ser exclusivamente
de origen social, las enfermedades mentales podrían estar constituidas, conceptualizadas
en base a un modelo de paciente. En este sentido, entonces, la depresión podría estar
basada en una determinada idea que se correspondería con el sexo femenino. Una
persona se deprime porque es débil, porque tiene una disposición más sensible, porque
no es capaz de enfrentarse a la realidad, no logra ser competitiva y racional. Por otro
lado, las personas deprimidas lloran, son pasivas, se comportan como inmaduras,
permanecen en casa… ¿Es necesario abundar en más características que han venido
tradicionalmente asociadas a las mujeres?
Por último, una tercera vía explicativa, indisolublemente ligada a la anterior,
podrían ser los propios pacientes, en una activa búsqueda de ayuda los que decidan
presentarse como pacientes de una determinada enfermedad, siendo en este caso,
~8~
además, la depresión, en tanto que socialmente menos rechazada, más extendida y
comprendida, existiendo además numerosos tipos depresivos, la que podría resultar más
fácilmente ajustable a las necesidades de personales de cada uno. Con ello no estoy
afirmando que los enfermos mentales finjan su enfermedad, tal y como toda una
corriente psiquiátrica afirmó en relación con la histeria (Makari, 2012), sino que, una
vez que la persona necesita ayuda psicológica, buscará un especialista y referirá unos
síntomas que no la agravien en demasía.
Siempre hay que tener presente al hablar de trastornos de este tipo que es el
propio relato del paciente el que determinará un diagnóstico, es decir, no hay ningún
tipo de prueba objetiva como podrían ser analíticas o radiografías, por lo que este
buscará tanto al especialista que pueda guiarlo hacia una enfermedad no muy gravosa,
como un trastorno que de por sí no suponga el fin de su condición como persona, no
conlleve una exclusión y estigma permanentes, tal como sucedería, por ejemplo, con la
esquizofrenia (Goffman, 1963; Muñoz et al., 2009). Detrás de que la depresión sea la
epidemia de nuestro tiempo (Pignarre, 2002) puede estar el hecho de que “no es una de
las enfermedades mentales o locuras, con las que se identifica la peligrosidad, la
irreversibilidad y el comportamiento imprevisible e irracional” (Álvarez, 2012, p. 7).
Por tanto, podríamos estar de acuerdo en que de la conjunción del segundo y
tercer punto, es decir, del ansia médica por realizar un diagnóstico efectivo y la
necesidad de los pacientes por ser diagnosticados de una enfermedad que no dañe la
autoimagen, se daría el hecho de que “en la actualidad se pueden encontrar muchos
enfermos que buscan afanosamente al terapeuta que les dé un diagnóstico racional y un
tratamiento que esté de acuerdo con lo que ellos esperan. Este tipo de terapeutas tenderá
a encontrar una confirmación de sus teorías en el hecho de tratar a enfermos que están
conformes con ellos acerca de sus problemas” (Simon, 1984, p. 37).
3. ¿PATRIARCADO?
Independientemente de cuánta cuota de verdad pueda existir en cada una de las
aproximaciones anteriormente expuestas, creo que estamos en disposición de afirmar
que se dará más la conjunción de los diferentes factores que una única vía explicativa, al
menos en cuanto a la segunda y tercera posibilidad se refiere. Una vez tendidos algunos
~9~
de los caminos por donde puede estar transitando la estructura del patriarcado, es
momento de examinar hasta qué punto puede darse o no esta interpretación.
En la primera de las cuestiones, a saber: la diferencia anatómica, fisiológica ó
biológica que pueda de facto estar en la base del grado de incidencia sexuada de una
enfermedad mental como la depresión, no disponemos de las herramientas necesarias
para su desarrollo, puesto que sería cuestión de realizar un detallado análisis en el
campo de la anatomía comparada –ya sea en su vertiente micro, es decir, por ejemplo
neuronal; o macro como sería a nivel corporal general. Se han apuntado ya, además,
algunos de los posibles riesgos interpretativos que se correrían, pero no sólo en un
análisis posterior, como el que aquí estamos realizando, sino ya en el mismo proceso de
investigación. Con ello, nuevamente, no se pretende atacar directamente a un concreto
desarrollo “científico”, sino reparar en un proceso de planteamiento y contrastación de
hipótesis que puede ya estar basado en prejuicios, sean estos conscientes o
inconscientes, por lo que la investigación transcurrirá en una línea u otra que podría no
ser “objetiva” en el sentido clásico del término.
Nos enfrentaremos, entonces, al segundo y tercer punto que ya habíamos
anunciado como dos enfoques de un mismo problema: el médico-científico y el
paciente-subjetivo. ¿En qué medida se puede caracterizar como patriarcal las
conexiones y relaciones establecidas entre uno y otro modelo? Nótese que no estamos
en el plano personal, particular, del médico y el paciente como individuos a título
propio, sino como representantes de un modelo operante más abstracto, con numerosas
implicaciones sociales y culturales. Así pues con aquellas conclusiones a las que
lleguemos no estaremos defendiendo que los profesionales del área de la salud o los
pacientes mantengan una determinada postura, sino que se tratará más bien de roles
asignados, de papeles a representar en el teatro social. Pensemos, pues, qué papel
interpretan cada uno de los polos.
La posición del profesional la autoritaria y, por tanto, la masculina, sea esta
representada por un hombre o una mujer. Esta afirmación que en principio podría
resultar fuerte, bebe de una tradición establecida desde antiguo, pero cuyo apogeo puede
datarse en el siglo XIX y principios del XX, cuando los expertos de diferentes corrientes
trataban a sus pacientes en base a su dominación. Ejemplos claros de ello son el doctor
Weir Mitchell en América, Charcot o el propio Freud en el continente, que se situaban
~ 10 ~
por encima del paciente, como expertos y sabios incluso en el ámbito de la identidad
personal.
El profesional, el experto ha de saber leer e interpretar los síntomas y
sensaciones que el enfermo le refiere, no teniendo por otro lado más que estos datos. Ha
de introducirse en su mente, en su psique y abstraer de ella la verdad. No se cuestiona
que un médico del área de la salud, ya sea psiquiatra o psicólogo, posea más
herramientas interpretativas de lo que el paciente sufre. Lo que desde aquí se pone en
duda es el modo agresivo, marcando la diferencia entre el sabio-activo-objetivoprofesional y enfermo-paciente-pasivo-subjetivo. El rol del experto es un rol activo,
desarrolla el papel de una persona fuerte, con amplios conocimientos, seguro de sí
mismo –aunque en muchas ocasiones se esté moviendo en arenas movedizas, es decir,
es un rol masculino.
En el polo opuesto, el paciente desarrollará un rol femenino, pasivo, débil, de
aquella persona que no es capaz de controlar su vida interior y enfrentarse a la realidad.
De hecho, “las obligaciones del paciente son bastante simples: debe ser obediente y
cooperante” (Simon, 1984, p. 265). Sin embargo, también hay hombres que sufren
enfermedades mentales, también hay hombres que se deprimen. Sí, es cierto, pero, en
primer lugar, como ya se ha señalado, son una amplia minoría. En segundo lugar, están
en una situación transitoria en la que pueden estar –y creo que de hecho, socialmente
hablando, lo están- pasando una temporada “baja”, “difícil”, “de debilidad”: femenina.
Esto no supondrá un problema ni social ni de identidad personal, puesto que pronto
podrán recuperar su masculinidad, una vez recuperados; pronto estarán en disposición
de volver a su puesto de trabajo, a su rol de poder, a ser competitivos, productivos...
hombres.
¿Qué ocurre con las mujeres? Podremos dar, al menos, dos explicaciones. Por un
lado, si la depresión está en alguna medida cortada en base a la imagen femenina, la
mujer deprimida estará desempeñando el rol que la sociedad le ha asignado. En este
punto existiría un claro paralelismo con la histérica decimonónica, que no entraremos a
examinar, pues sin duda las relaciones entre depresión e histeria constituyen un
complejo entramado. Como Álvarez ha apuntado “tan erróneo es considerar que la
histeria de ayer es la depresión de hoy, como que no existen relaciones entre una y otra”
(Álvarez, 2012, p. 2) Por tanto, aquella mujer que sea ama de casa, que tenga que cuidar
~ 11 ~
de sus hijos y mayores, es decir, que desempeñe el tradicional papel de la mujer, y caiga
en una depresión estará simplemente desahogando sus tensiones y frustraciones
llevando su rol a un extremo, pero no saliendo de la feminidad asignada.
Por otro lado, aquella mujer trabajadora, competitiva, que es como un hombre o
al menos así se comporta socialmente habiendo entrando en el mundo del mercado y el
trabajo asalariado de un modo activo, habrá fracasado en su intento de intentar ir contra
su naturaleza, de pretender desempeñar un papel que no es el suyo y desarrollará, por
tanto, una depresión que no será más que la consecuencia de la frustración de esa lucha
que no puede ser llevada a cabo. En ese momento tendrá que ser atendida, rescatada, por
el sabio, el profesional, que acudirá en su ayuda para restaurar el orden en su vida, como
aquel progenitor que con su experiencia intenta acompañar a sus descendientes hacia la
madurez.
En base a lo dicho podremos afirmar, por tanto, que estamos ante un patriarcado,
no en su acepción antropológica tradicional, que abarcaría la totalidad de la sociedad,
sino en un ámbito más restringido. Se podría plantear, no obstante, algún problema en
cuanto a la denominación, es decir, a si realmente este fenómeno ha de ser considerado
patriarcado o, más bien, paternalismo que me gustaría resolver.
Creo que estamos ante un ejemplo de patriarcado, que pervive en el ámbito de la
enfermedad mental, al menos en cuanto a la depresión se refiere, dado que es una
estructura de poder con roles establecidos, independientemente, como hemos visto, de
qué persona concreta lo desempeñe en cada momento. De este modo, estaríamos ante
paternalismo cuando, a título personal, un profesional mantiene una actitud
condescendiente con su paciente, pero ha de hablarse de patriarcalismo cuando nos
encontramos ante toda una compleja estructura de poder claramente jerarquizada
(Foucault, 1996) que está actuando de modo latente y autónomo en el conjunto de una
institución sin que las personas implicadas sean siquiera conscientes de ello.
El profesional del área de la salud, pese a tener que contar con el testimonio de
su paciente como única prueba de sus problemas –es cierto que la familia puede ser una
ayuda, pero no constituirá una completa explicación que pueda ser diagnosticada- se
sitúa siempre como superior, quedando el paciente supeditado a su figura, dependiente
de él, perdiendo incluso parte de su autonomía. De ser posible, el paciente debería ser
~ 12 ~
también inteligente y educable, es decir, sumiso, aliado de los médicos en la lucha
contra su enfermedad (Siegler y Osmond, 1974).
En la definición antropológica se establecía otro punto de discusión que ha de
ser aclarado: el de la necesidad de que esta “forma de poder” sea explícita. Creo que no
constituye un problema fundamental en nuestra exposición en el medida en que si bien
no es necesariamente la dominación de los hombres sobre las mujeres, tal y como la
concepción antropológica y clásica versaba, sigue siendo una jerarquía de igual modo,
aunque, tal y como apuntaba, adaptada a los nuevos tiempos. Así, en lugar de hombres
sobre mujeres estaríamos ante una forma de poder de masculino sobre femenino, de
roles de género en lugar de sexos, pero de una única y misma problemática: varónmasculino-hombre superior frente hembra-femenino-mujer inferior.
Por otro lado, tampoco sería un ejemplo de machismo, tal y como Ehrenreich
habría defendido (Ehrenreich, 2010), puesto que éste constituiría un trato diferente,
despectivo del paciente y, más concretamente, de la mujer o rol femenino por parte del
hombre o persona que ocupe el rol masculino. Sin embargo, como se ha mostrado, no se
establece un maltrato machista, sino una jerarquía perfectamente delimitada,
institucionalizada, en la que el paciente es dependiente y, como la propia terminología
indica, pasivo; mientras que el profesional es activo, se sitúa en la parte superior de esa
estructura y la domina.
4. REFLEXIÓN FINAL
Nuestra respuesta a la cuestión planteada en el título, a saber, si existe un
tratamiento patriarcal en el ámbito de la enfermedad mental es, por tanto, afirmativa.
Sin poder dar una solución a esta problemática, puesto que eso significaría una completa
reformulación de una institución tan fuerte con la medicina, aunque en su vertiente
quizás más controvertida que queda totalmente fuera del alcance de un trabajo como
este, lo que se ha pretendido es poner de manifiesto un trato que ha de ser cambiado;
una crítica reflexiva a una estructura de poder que ha de ser tenida en cuenta y que
hemos de luchar para modificar.
Al igual que se ha avanzado en muchos de los ámbitos de la vida cotidiana, sin
haber todavía podido eliminar por completo las actitudes machistas o la dominación
~ 13 ~
masculina; y sin poder olvidar tampoco los grandes cambios producidos en el
tratamiento de las enfermedades mentales y en la consideración de los enfermos, es
necesario seguir la lucha, el camino hacia la total autonomía de hombres y mujeres, no
ya en tanto masculinidades o feminidades, sino en cuanto personas.
En este punto me gustaría lanzar un guiño meramente en calidad de mención a
los desarrollos de medicinas alternativas que con sus diferentes ideologías,
conceptualizaciones y tratamientos constituyen un modelo a seguir –no entraré a
discutir si a intercambiar con el presente o solo como referencia a imitar en algunos
puntos esenciales- y que ya se encuentran, pese a su escasa implantación, ayudando
activamente a muchas personas, mayoritariamente mujeres, a las que no les es posible
adecuarse al modelo tradicional en el que han de seguir un patrón de roles ya no contranatura sino ex-natura. Con estas nuevas terapias, adaptadas a la persona, en las que la
paciente es activa y participa en su curación se gana en tiempo, esfuerzo y calidad de
vida.
El patriarcado ha de ser eliminado en todas y cada una de sus vertientes. No para
instituir un matriarcado, sino para poder vivir libremente como personas autónomas e
independientes, más allá de los roles de género y sus identificaciones e implicaciones
(Cfr. Aguilar, 2008). Aunque suene utópico e incluso aunque sea un ideal incumplible,
hemos de luchar activamente por su consecución. En cuanto desiderátum ha de ser
perseguido y sólo mediante la crítica y la reflexión, únicamente sacándolo a la luz podrá
ser desmontado. El camino ha sido iniciado, los invito a recorrerlo juntos.
~ 14 ~
BIBLIOGRAFÍA
Aguilar García, T. (2008), Ontología ciborg, Barcelona, Gedisa.
Álvarez, J. M. (2012), “Histeria y depresión. Confluencias”, Temas de Psicoanálisis, 4,
pp 1-11.
Bachofen, J. J. (1987), El Matriarcado, Madrid, Akal, pp. 468-469.
Cantarella, E. (1991), La mujer romana, Santiago de Compostela, USC.
Consejería de Salud y Bienestar Social, Junta de Andalucía,
http://www.1decada4.es/profmedios/datos/
Dio Bleichmar, E. (1991), “La depresión en la mujer”, Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq., vol.
XI, nº 39, pp. 283-287.
Echard (1997), “Matriarcado” en P. Bonte y M. Izard, Diccionario Akal de Etnología y
Antropología, Madrid, Akal.
Ehrenreich, B. (2010), Por tu propio bien, Madrid, Capitán Swing Libros.
Foucault, M. (1996), Vigilar y castigar, México, Siglo XXI.
García Dauder, S. (2005), Psicología y Feminismo. Historia olvidada de las mujeres
pioneras en psicología, Madrid, Narcea S.A.
Goffman, E. (1963), Stigma, Buenos Aires, Amorrortu.
Holton, G. (2002), Ciencia y anticiencia, Madrid, Nivola,
Locke, D. (1997), La ciencia como escritura, Cátedra, Madrid.
López Vale, A. (2011), “Un estudio retórico de las publicaciones científicas: el caso
Nature”, en Paideia, 92, pp. 367-380.
Makari, G. (2012), Revolución en mente, Madrid, Sexto Piso Editorial.
Muñoz et al. (2009), Estigma y enfermedad mental, Madrid, Editorial Complutense.
Organización Mundial de la Salud, OMS, “La depresión”,
http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs369/es/index.html
Pignarre, Ph. (2002), La depresión. Una epidemia de nuestro tiempo, Barcelona,
Debate.
RAE (2001), “Diccionario de la Real Academia Española”, www.rae.es
Rosenhan, D. L. (1973), “On Being Sane In Insane Places”, Science, 179, pp. 250-257.
Siegler, M. y Osmond, H. (1974), Models of Madness, Models of Medicine, New York,
Macmillan.
Simon, B. (1984), Razón y locura en la antigua Grecia, Madrid, Akal.
~ 15 ~
Descargar