la ii republica ante los principales problemas de españa

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LA II REPUBLICA ANTE LOS PRINCIPALES
PROBLEMAS
DE
ESPAÑA:
LAS
REFORMAS
POLÍTICAS, SOCIALES Y ECONÓMICAS.
TEMA 7
EL CAMBIO DE RÉGIMEN.La victoria electoral de los republicanos en las ciudades
trajo consigo la caída de la monarquía. El cambio de régimen se
realizó sin derramamiento de sangre el 14 de Abril de 1931, tras
la proclamación de la República en Madrid, Barcelona y otras
capitales españolas. Convencido de que las elecciones
municipales habían sido una manifestación nacional contra la
monarquía, el conde de Romanones, ministro de Estado,
recomendó al Rey abandonar España y negoció con el comité
revolucionario el traspaso del gobierno.
El nuevo régimen fue recibido con un gran entusiasmo
popular y abrió la oportunidad de abrir un marco de convivencia
democrática, modernizar las estructuras del estado e iniciar un
amplio programa de reformas económicas y sociales.
Pero la República nació en circunstancias difíciles. En el
ámbito internacional el mundo debía hacer frente a la crisis más
grave que el capitalismo había conocido hasta el momento, el
crack de 1929, que originó una gran depresión económica en
Estados Unidos y que se extendió a toda la economía mundial;
sus efectos se notaron en España hacia 1932. En el aspecto
político, Europa empezaba a debatirse entre la democracia y el
fascismo. Además, en el interior, la república tuvo que hacer
frente a una oposición que desde la derecha o la izquierda se
enfrentó al nuevo régimen.
La falta de cultura democrática, la inestabilidad política, la
conflictividad social y la intransigencia de sus adversarios
condujeron a la República hacia el enfrentamiento civil.
La proclamación de la República permitió el acceso al poder
del Comité Revolucionario, que se convirtió en Gobierno
Provisional y en calidad de tal, dirigió la toma del poder por parte
de comités republicanos en todas las instituciones locales y
provinciales y dictó las primeras medidas de carácter político,
como la amnistía para todos los delitos políticos, sociales y de
imprenta.
La composición del gobierno reflejaba los acuerdos que
habían forjado los partidos republicanos desde el pacto de San
Sebastian. Era un gobierno de concentración en el que no había
quedado fuera ninguna corriente importante del republicanismo.
Las acciones más inmediatas del Gobierno provisional en sus
primeros meses de actuación fueron de tres tipos: sociales,
militares y de política territorial y autonómica.
El nuevo ministro de Trabajo, Largo Caballero, promulgó
una legislación de carácter social:
- El decreto de Términos Municipales prohibió la
contratación de jornaleros fuera del municipio.
- Se aprobó la jornada laboral de ocho horas.
- La Ley de Jurados Mixtos en el ámbito rural trató de
satisfacer las aspiraciones de los jornaleros y pequeños
arrendatarios.
El ministro de la Guerra, Azaña, acometió la reforma del ejército
adoptando una serie de medidas como:
- La ley del Retiro que logró que cerca de un 40% de la
oficialidad abandonara el Ejército.
- Se suprimió la Academia General de Zaragoza.
- Se derogó la vieja ley de jurisdicciones.
- Se redujo el número de capitanías generales.
Estas reformas militares no se vieron acompañadas de una
política especifica de orden público, pese a la creación de una
policía de carácter urbano, los guardias de asalto, lo que propició
que el ejército hubiera de intervenir con frecuencia en la represión
de conflictos sociales y huelgas.
El asunto más delicado fue la cuestión catalana. El mismo
14 de Abril Maciá había proclamado el Estado Catalán. El
gobierno invocó los acuerdos de San Sebastián para adecuar la
situación a la nueva legalidad republicana, lo que se consiguió
mediante la constitución de un gobierno provisional de Cataluña,
la Generalitat, después de largas negociaciones entre Maciá y
varios ministros de la República.
Los primeros meses de gobierno republicano estuvieron
protagonizados por diferentes conflictos. Estallaron conflictos
religiosos, como fueron la quema de conventos, que afectó a
decenas de edificios de Madrid y de capitales andaluzas, o la
expulsión del cardenal Segura, arzobispo de Toledo, acusado de
evasión de bienes eclesiásticos. La CNT convocó las primeras
grandes huelgas del periodo. Tuvieron especial virulencia en el
caso de los trabajadores de Telefónica en Madrid y en la oleada
de huelgas que vivió Sevilla en los meses de Junio y Julio.
Las elecciones a Cortes Constituyentes se celebraron el 28
de Junio de 1931. Los resultados electorales dieron una victoria
aplastante a la conjunción republicano-socialista que estaba en el
gobierno. El PSOE, un grupo con muy pocos diputados durante la
monarquía, se convirtió en la formación parlamentaria más
numerosa; le seguían los radicales de Lerroux, los radicalsocialistas y el partido de Azaña. La representación de partidos
conservadores o antisistema fue muy escasa. Desde el punto de
vista social, las Cortes incorporaron a la vida política a las nuevas
clases medias urbanas, de forma muy señalada, a profesores e
intelectuales.
El nuevo texto constitucional fue elaborado con la máxima
celeridad y aprobado por las Cortes el 9 de Diciembre de 1931.
-Se definió España como una “república democrática de
trabajadores de toda clase”.
-Se reconoció el derecho de voto de la mujer.
-Se regularon medidas de protección social y cultural de los
ciudadanos.
-Las Cortes constaban de una sola Cámara, con capacidad de
iniciativa legislativa.
- Los gobiernos debían lograr la confianza del Parlamento.
-Los posibles conflictos entre poderes se confiaban a un Tribunal
de Garantías Constitucionales.
-Apareció una figura nueva, la del Presidente de la República, de
elección indirecta.
- Se aprobaron la libertad de cultos y el matrimonio civil.
- Se prohibió ejercer la enseñanza a las congregaciones religiosas.
- Se suprimió la Compañía de Jesús.
La Constitución consideraba la República como un estado
integral, compatible con la autonomía de los municipios y las
regiones. Esta circunstancia abrió la posibilidad de elaborar
estatutos de autonomía y de constituir regiones autónomas.
EL BIENIO REFORMISTA.El periodo comprendido entre Abril de 1931 y septiembre de
1933 se conoce como bienio reformista, social-azañista o
republicano-socialista. Alcalá Zamora fue elegido presidente de la
República y Azaña ocupó la presidencia del gobierno. Los
gobiernos del bienio fueron esenciales para aprobar una serie de
reformas que se consideraban indispensables para modernizar la
sociedad y el estado. El gobierno no contaba con un apoyo
mayoritario, lo que explica la oposición que suscitaron las
reformas que afectaron a la propiedad agraria, a las relaciones
laborales, al Ejército y a la Iglesia Católica.
La ley de Reforma Agraria pretendía llevar a cabo una
redistribución de la propiedad agraria. Sus objetivos eran lograr la
desaparición del latifundio y del absentismo, al tiempo que
proporcionar tierra suficiente a los campesinos desprovistos de
ella. Sin embargo, en vez de ceñirse a los latifundios del sur de la
península, se aplicó a todo el país de forma simultánea,
molestando a muchos pequeños y medianos propietarios que se
opusieron a ella. Las relaciones entre los propietarios que se
sintieron amenazados y los jornaleros que estaban impacientes
por ocupar las tierras, llegaron a un punto de máxima tensión.
Las medidas sobre la propiedad agraria crearon una gran alarma
entre los terratenientes y unas enormes esperanzas entre los
jornaleros, y finalmente, no satisficieron ni a unos ni a otros.
La política cultural y educativa de la II República estuvo
marcada por la influencia de la Institución Libre de Enseñanza. Su
objetivo fue imitar el modelo francés y crear un sistema educativo
unificado, público, laico y gratuito, al menos en la enseñanza
primaria. También se implantó la coeducación de niños y niñas,
inexistente hasta entonces en los centros religiosos.
La educación se consideró un derecho que el estado debía
garantizar a todos los ciudadanos para lograr la igualdad de
oportunidades. Aunque los recursos presupuestarios resultaron
insuficientes, se hizo un gran esfuerzo en la formación de
profesores y maestros, en la construcción de escuelas y en la
dotación de becas para que los estudiantes más necesitados o más
capacitados pudieran seguir estudiando.
En la política cultural desempeñaron un papel esencial las
Misiones Pedagógicas, ya que extendieron la cultura a los medios
rurales más abandonados, promoviendo representaciones
teatrales, coros, museos ambulantes, cines, bibliotecas circulantes
divulgando técnicas sanitarias y agrarias. Además repartían
colecciones de libros en las escuelas e incluso prestaban libros a
los habitantes de los pueblos y aldeas.
Las reformas militares fueron alentadas por el propio Azaña
y pretendían reducir el enorme número de oficiales profesionales,
reorganizar la administración y la enseñanza militar y modernizar
las escalas y someter la jurisdicción militar a la civil. Se
suprimieron algunos rangos y se supeditaron los tribunales
militares a los civiles. Además, se pretendió lograr la fidelidad
personal de los militares a la República obligándoles a jurar
lealtad al régimen, lo que hizo la inmensa mayoría.
Desde finales e 1932 la coalición azañista comenzó a sufrir
la oposición parlamentaria del Partido Radical de Lerroux, al que
progresivamente se fueron agregando otras fuerzas de derecha,
monárquicas o católicas. La labor de oposición más eficaz
correspondió a las organizaciones agrarias y católicas, lideradas
por Gil Robles, que confluyeron en 1933 en un nuevo Partido, la
Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), de
inspiración católica.. La novedad de la CEDA radicaba en que se
trataba de un gran partido de masas, defensor de la religión y la
propiedad, pero que se declaraba accidentalista en la forma de
gobierno. Su arraigo social estaba entre los propietarios agrarios y
en gran parte de las clases medias y profesionales urbanas.
La oposición social procedía tanto de las organizaciones
patronales industriales o agrarias, como del movimiento obrero y
campesino, en el que la CNT había logrado un gran arraigo. El
episodio de Casas Viejas donde tuvo lugar una matanza de
campesinos por parte de la Guardia Civil, sirvió de acicate para
que los anarquistas, los radicales y agrarios desencadenasen una
feroz campaña de desprestigio del gobierno, y especialmente de
Azaña, a quien se acusaba injustamente de ser responsable directo
de los hechos.
La posición del gobierno azañista era cada vez más difícil
por la abundancia de conflictos sociales, por la creciente
organización política de la derecha y por la falta de confianza del
propio presidente de la República, Alcalá Zamora. En septiembre
de 1933, éste otorgó la presidencia del gobierno a los radicales,
primero a Lerroux y luego a Martínez Barrio. Su objetivo era la
convocatoria de nuevas elecciones generales, por entender que las
Cortes Constituyentes ya no representaban el sentimiento político
de los ciudadanos españoles.
LA REPÚBLICA DE DERECHAS.Las elecciones celebradas en 1933 dieron el triunfo a las
candidaturas de centro y derecha, con predominio de la CEDA y
el Partido Radical de Lerroux, ya que la legislación electoral
favorecía a las coaliciones. El tercer grupo en número de
diputados fue el PSOE, que se encontraba aislado.
El radicalismo de Lerroux había evolucionado hacia
posiciones conservadoras, con lo que se orientó hacia el acuerdo
con la CEDA. La CEDA se limitó a sostener en las Cortes a un
gobierno Lerroux que el presidente de la República había
promovido por temor a la reacción de las izquierdas si Gil Robles
llegaba al poder. El gobierno tenía que hacer frente no sólo a una
insurrección anarquista, sino también a la actitud cada vez más
hostil del resto de la izquierda, que había acogido muy mal el
triunfo electoral de sus adversarios y acusaba a Gil Robles de
preparar una dictadura fascista. Por otra parte los nacionalistas
catalanes, dirigidos, tras la muerte de Maciá, por Lluis Companys,
recelaban de que se atentase contra su autonomía.
Durante esta etapa hubo dificultades para formar gobiernos
estables, y así se sucedieron diez gabinetes ministeriales en poco
más de dos años. Los radicales que apoyaban el gobierno se
enfrentaron a dos problemas: de un lado la división interna ya que
Martínez Barrio, descontento de la derechización de Lerroux,
retiró su confianza a los gabinetes, y de otro lado una serie de
escándalos de corrupción afectaron al prestigio personal de
Lerroux y hundieron en el descrédito a los radicales.
Los gobiernos de esta etapa se dedicaron a frenar o anular
las medidas del bienio anterior. Suspendieron muchas de sus leyes
y proyectos: la reforma agraria se paralizó por completo, mientras
que los decretos de Largo Caballero para el campo fueron
suspendidos o derogados. En esta etapa Gil Robles fue ministro
de la Guerra y, desde este cargo, procuró colocar en lugares
estratégicos a los militares antiazañistas como los generales
Fanjul, Mola, Goded o Franco.
El desarrollo autonómico cayó en el olvido. La autonomía
catalana sufrió un frenazo, pues no se transfirieron todas las
competencias. Los estatutos vasco y gallego no se tramitaron, lo
que sirvió para acercar las posturas del PNV y del Partido
galleguista a las de socialistas y republicanos de izquierda.
La entrada en el gobierno de tres ministros de la CEDA en
octubre de 1934 fue interpretada por los socialistas como una
entrega de la II República a manos de sus enemigos. Este hecho
fue, además, la señal para el estallido de una revolución que
llevaba tiempo preparándose. El movimiento insurreccional contó
con el apoyo de la Generalitat, el PCE y la CNT y se redujo a una
huelga general política en las grandes ciudades. Companys
proclamó el estado catalán dentro de la República federal
española, pero no armó a los revolucionarios. Como consecuencia
la autonomía de Cataluña fue suspendida y Companys fue
encarcelado junto con los miembros de su gobierno.
En Asturias se produjo una auténtica revolución social: los
mineros se adueñaron de la región durante dos semanas,
colectivizaron los medios de producción y llegaron a abolir el
dinero. La región tuvo que ser literalmente conquistada por el
ejército dirigido por Franco, al que se incorporaron tropas
coloniales de Marruecos. El costo del levantamiento de Asturias
es el de una pequeña guerra civil: 1000 muertos, 3000 heridos,
tres penas de muerte y más de 30000 detenidos, incluido el
comité revolucionario.
La derecha antiliberal percibió estos hechos como la
confirmación de que el movimiento obrero preparaba una
revolución a la que los republicanos burgueses, demasiado
débiles, no podrían hacer frente. La Iglesia juzgó el movimiento
asturiano como una insurrección anticatólica, ya que en ella
murieron violentamente más de treinta religiosos, que fueron
considerados mártires.
Las organizaciones obreras sufrieron una dura represión: la
mayoría de sus dirigentes fueron encarcelados o huyeron; sus
diarios y locales fueron clausurados, y muchos patronos
aprovecharon la situación y anularon los contratos de trabajo
firmados, con lo que miles de obreros, conocidos como los
represaliados, fueron despedidos en todo el país. La indignación
que generó esta represión y las voces que solicitaban amnistía
contribuyeron considerablemente a acercar las posturas de las
formaciones de centro-izquierda. Azaña se convirtió en un mártir
político debido a la injustificada persecución gubernamental que
sufrió, ya que fue acusado de conspirar e incluso llegó a ser
encarcelado durante una temporada.
Los últimos meses de la coalición radical-cedista están
caracterizados por la continuidad de los escándalos económicospolíticos que afectan directamente al gobierno de Lerroux, a lo
que hay que añadir la enemistad manifiesta entre Alcalá Zamora y
el viejo dirigente republicano. El líder radical es advertido por el
presidente de la República de la inminente salida a la luz pública
de varios escándalos, entre ellos el del estraperlo y el de Nombela,
lo que motiva su relevo en la presidencia del Gobierno por
Joaquín Chapapietra.
Todos estos escándalos minan las relaciones entre los
radicales y la CEDA, que reclama para sí la presidencia del
Gobierno, a lo que se niega reiteradamente el presidente de la
República, que en diciembre de 1935 encarga la formación de
Gobierno a Portela Valladares. Éste, con un ejecutivo en el que no
figuran ni radicales ni cedistas, disuelve las Cortes y convoca
elecciones para el 16 de febrero de 1936.
La compleja situación política europea, dominada por las
prácticas totalitarias de Hitler y Mussolini y la incapacidad del
movimiento obrero para oponerse a su ascenso, obliga a una gran
reflexión en el seno de las fuerzas democráticas de todo el
continente.
En España, la revolución de Asturias, la represión ejercida,
la orientación autoritaria de las fuerzas derechistas y la aparición
de partidos abiertamente fascistas, como las Juntas de Ofensiva
nacional Sindicalista (JONS) y la Falange, provocan una
dinámica unitaria en el seno de las fuerzas republicanas.
Todo ello trae consigo la apertura de negociaciones para la
reconstrucción de un bloque de izquierda. Manuel Azaña es la
persona que lo gesta doctrinariamente en una serie de mítines
masivos, planteando la conjunción de fuerzas contra la reacción.
En Enero de 1936 se firma el pacto del Frente Popular que es
rubricado por los representantes del PSOE, PCE, UGT, Izquierda
Republicana, Unión Republicana, Partido Sindicalista etc.
Quedan fuera del pacto, aunque con un compromiso tácito, la
esquerra valenciana y el Partido Galleguista. La CNT no participa
en el pacto, pero dado que éste garantiza la amnistía para muchos
de sus líderes encarcelados, presta su apoyo electoral a las
candidaturas de izquierda.
Por su parte la derecha intenta, sin conseguirlo plenamente,
la gestación de un frente antirrevolucionario. Llega prácticamente
unida a las elecciones, aunque no presenta una alianza global ni
un programa común. Los radicales de Lerroux acuden a las
elecciones profundamente desprestigiados por los escándalos de
finales del bienio y en abierta confrontación con el centrismo de
Portela Valladares.
Los resultados de las elecciones confirman el triunfo del
voto de izquierdas en las áreas industriales y en las zonas
agrícolas donde se concentraba un alto porcentaje de proletariado
rural. Las regiones de propiedad media y con tradición caciquil se
mantienen como base electoral de las fuerzas conservadoras.
Portela Valladares no cede a las presiones que le instaban a
incumplir la voluntad popular y consigue que Azaña forme
gobierno el 19 de febrero, con un ejecutivo formado únicamente
por republicanos y apoyado parlamentariamente por socialistas y
comunistas.
La obra legislativa del Gobierno de Azaña y del de su
sucesor Casares Quiroga, una vez que Azaña es nombrado
presidente de la República, está condicionada por el escaso
tiempo con el que cuenta para la realización de su programa, dado
que cinco meses después de las elecciones se produce la rebelión
militar. Las medidas de estos gobiernos se caracterizan por la
voluntad de aplicar de inmediato el programa del Frente Popular,
entre las fuertes resistencias de las derechas y el apoyo de los
sectores izquierdistas, que confían en la restauración del
reformismo republicano.
La amnistía para los presos políticos es dictada por Azaña a
los pocos días de llegar al gobierno y se completará con un
decreto que obliga a readmitir en sus puestos de trabajo a los
despedidos por causas políticas. Los campesinos sin tierras no
tardan en ocupar numerosas fincas en las provincias latifundistas,
lo que ocasiona enfrentamientos violentos con la Guardia Civil.
Una vez formadas las Cortes se deroga la ley de contrarreforma
agraria. Los grandes propietarios intentan crear un clima
subversivo con una campaña contra el gobierno al que acusan de
no tener autoridad para mantener la legalidad vigente, y boicotean
la legislación sobre contrataciones.
El enfrentamiento vivido entre las autoridades catalanas y el
gobierno central da paso a un periodo de buenas relaciones
basadas en la amnistía para Lluis Companys y el Gobierno
Catalán y en la restauración plena del estatuto de Autonomía.
Asimismo se acelera el plebiscito de Galicia para la consecución
de su estatuto.
El triunfo del Frente Popular produce una radicalización de
la derecha española, que se sitúa cada vez más cerca de la
insurrección armada. Emerge como líder indiscutible de la misma
la figura del monárquico José Calvo Sotelo, brillante polemista en
las Cortes. La encarcelación de José Antonio Primo de Rivera,
justificada por la tenencia ilícita de armas, aumenta la crispación
de los falangistas, mientra que en el PSOE se acentúa el
enfrentamiento entre la línea de Prieto, partidario de la
colaboración con la burguesía republicana, y la doctrina de Largo
Caballero, según la cual, el desgaste del republicanismo burgués
favorecería la toma del poder por parte de las masas proletarias.
Las Juventudes Socialistas se unifican con las comunistas,
formando las Juventudes Socialistas Unificadas, dirigidas por el
joven Santiago Carrillo.
En este marco se produce durante los meses que preceden a
la Guerra Civil, un clima de violencia en ciudades y pueblos, con
asesinatos, huelgas y enfrentamientos entre las distintas milicias
de los partidos. La conspiración militar se reanudó a partir de
febrero, y en ella participaron no sólo los militares antiazañistas,
sino también civiles monárquicos, carlistas y fascistas, a los que
se relegaba a un segundo plano como fuerzas de apoyo al ejército.
La trama golpista fue acompañada de una serie de atentados
protagonizados por pistoleros falangistas, con la intención de
desestabilizar el régimen y de crear un clima de alarma social. Por
su parte muchos militares de izquierda se tomaron la justicia por
su mano y respondieron a los atentados con represalias. En este
contexto, el 12 de Julio se produjo el asesinato de José Castillo,
socialista y teniente de la Guardia de Asalto. Al día siguiente, sus
compañeros policías acudieron a buscar a su domicilio a Calvo
Sotelo, que era el parlamentario más famoso de la derecha, y lo
asesinaron. El doble crimen impactó sobremanera a la opinión
pública y sirvió a los conspiradores como argumento para
justificar una sublevación militar.
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