Ponencia presentada al Coloquio: "Abraham Valdelomar y los

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Ponencia presentada al Coloquio: “Abraham Valdelomar y los orígenes de la
modernidad. Congreso de la República. 20 al 23 de mayo del 2002)
Valdelomar, el mejor Nuevo Periodismo
Por Juan Gargurevich Regal
Hoy le llaman “nuevo periodismo” o “periodismo literario” pero ya Abraham
Valdelomar y otros jóvenes de su época lo practicaban con solvencia
extraordinaria, utilizando las mejores herramientas de la literatura de ficción para
contar historias reales. Fue sin embargo Valdelomar el mejor de todos gracias a su
talento y pudo así producir piezas periodísticas que no tienen parangón en el
periodismo nacional.
-Literatura y periodismo
Escuchamos con cierta frecuencia interrogantes sobre la relación entre literatura y
periodismo; y cuando hemos tenido oportunidad de expresar opinión hemos
insistido: el periodismo es literatura que, pese a ser elaborada de urgencia por la
rapidez que exige la noticia de hoy, puede alcanzar niveles de expresión estética
que envidiaría cualquier escritor famoso.
Quizá lo difícil de establecer son las fronteras que el periodista o el literato deberá
aprender a reconocer y sobre todo a respetar.
Es que se suele olvidar que la división no existía sino hasta hace relativamente
pocos años. Las redacciones de los diarios y revistas, hasta los años 40 del siglo
XX, más o menos, reclutaban a sus cuadros de las vertientes literarias. Y esto en
todo el mundo, el Perú incluido. Si se revisa la historia de nuestro periodismo se
encontrará confundidos a escritores con periodistas, sin poderse afirmar con
certeza si eran más de lo uno que de lo otro. Así fueron los fundadores del primer
periodismo que siguió a los años violentos de la Independencia y en los tiempos
confusos de los famosos Ayacuchos, los generales que pasaron de la batalla del
campo al combate político.
Se afirma que con Castilla se inicia la verdadera República. Y también el
periodismo, tanto el serio y batallador con ideas como el satírico que alcanzó
tales niveles de violencia que logró reputación como el más soez del continente.
Pero aún para esto debe tenerse talento, que pusieron los literatos que eran a la vez
políticos… y periodistas.
Es cierto que la gran diferencia entre el periodismo y la literatura, definidos
ambos en términos formales, está en la intención de la comunicación: uno para
noticiar e informar, interpretando la realidad para intentar explicarla al lector; la
otra para brindar goce estético.
2
Pero esta diferencia no se hacía originalmente pues la única disimilitud estaba en
la materia a describir, el hecho real o la invención, la verdad o la ficción. Ambas
podían contarse y de hecho se hacía, con las mismas herramientas que proveen
tanto el lenguaje como las antiquísimas técnicas de la narración. Era sólo diferente
la llamada “voluntad de estilo”.
¿Cuándo surgió esta falsa división entre uno y otro estilo? Es probable que haya
sido cuando la escuela norteamericana de periodismo fundada a fines del siglo
XIX en las grandes urbes del norte, insistió el diferenciar los estilos, las técnicas,
el entrenamiento. Y desarrolló instrumentos elementales como la Pirámide
Invertida, el Lead, la respuesta seca y objetiva a las preguntas Qué, Quién, Dónde,
Cuando, Cómo, una técnica que arrinconó a los literatos que querían hacer
periodismo a la antigua.
Estas nuevas maneras de expresión periodística se difundieron en América Latina
luego de la Segunda Guerra y quedaron postergados los grandes cronistas de
antaño, americanos o españoles. Por mucho tiempo pocos recordaron a los
hispanos Larra, Azorín, a nuestros cronistas que describieron con maestría
exquisita episodios memorables como el Combate del 2 de Mayo en “El
Nacional”, la rebelión de los Gutiérrez en “El Comercio”, la gloriosa y trágica
etapa de la batalla naval en ”El Peruano”, la entrada de Piérola y tantas otras
historias que exigen la verdad pero reclaman plumas maestras para que el lector se
asome a la emoción que el periodista literato sintió al presenciar el suceso.
Aquellos relatos poseen características que los hacen hoy irrepetibles, como la
extensión por ejemplo. Los diarios del siglo XIX no ponían casi límites de
espacio, como vemos en las crónicas de los corresponsales de guerra que
acompañaron a los combatientes, marinos y soldados, en las campañas de la
Guerra del Pacífico.
Es así como en las hemerotecas hay sumergidas crónicas extraordinarias que
aguardan ser puestas nuevamente en tinta y papel para mostrar que tuvimos
antaño un soberbio periodismo diario que describía en detalle los grandes sucesos
porque tenía la necesidad de evocar en sus lectores las imágenes del drama.
De todas aquellas historias de diarios y revistas de antes de la Segunda Guerra
destacan en particular los tiempos de los presidentes de la llamada República
Aristocrática hasta el derrocamiento de José Pardo, en 1919, por Augusto B.
Leguía.
Son años en que nace la profesión de periodista porque se separan los editores o
empresarios de los profesionales propiamente dichos, integrándose en gremio al
fundar en 1908 y 1914 sendas instituciones de protección, mejoramiento
profesional, etc.
Es la época en que se funda el diario “La Prensa”, en 1903; el diario “El
Comercio” se ve obligado a modernizarse y dejan de circular grandes cotidianos
del siglo anterior, como “El Nacional” de los Chacaltana” o “La Opinión
Nacional” del venerable Aramburú .
Viejos cronistas fueron prácticamente obligados a dar paso atrás ante la irrupción
de un verdadero pelotón de veinteañeros que se confunden con la generación
anterior, beben de su experiencia y proponen una nueva manera, desenfada, libre
3
y talentosa de contar las cosas como creen ellos que se deben contar y sin atender
a cánones o técnicas sino mas bien a la elemental intención de comunicar
información y proponer opinión y comentario. Es el caso, entre otros, de Leonidas
Yerovi, José Carlos Mariátegui, Ezequiel Balarezo Pinillos, Luis Varela
Orbegoso, Adán Felipe Mejía, Luis Fernán Cisneros, José Gálvez, Ignacio
Brandariz, Federico More , Enrique Castro Oyanguren, Carlos Guzmán y Vera,
etc. y, por supuesto, de Abraham Valdelomar.
Se ha registrado que el quinquenio 1910 a 1915 circularon sólo en Lima los
diarios “El Comercio” ya bajo control de la familia Miró Quesada; “La Prensa”
todavía Demócrata, pierolista, pero en trance de ser vendida a Durand; “La
Unión” , “La Crónica” el primer tabloide que intentaba el estilo de los
sensacionalistas del Norte; “El Diario Judicial” de Paulino Fuentes; “El Peruano”
del Gobierno, “La Patria” pardista; “La Nación” de Paz Soldán, billingurista ;“La
Capital”, “La Epoca” de Deustua, para lanzar a Javier Prado; “La Tribuna”, “El
Imparcial” demócrata, de Gerardo Balbuena.
Y más tarde se agregaron a la lista –aunque algunos desaparecieron en medio del
fragor del combate político periodístico siguiendo la suerte de sus mentores- el
diario “El Tiempo” de Ruiz Bravo, leguiísta; y el último independiente , de corta
vida, “La Razón” de José Carlos Mariátegui y César Falcón.
En revistas la lista es frondosa y sólo citaremos, por relevantes a “Variedades”,
“La Actualidad”, “El Mosquito”, “Rigoletto”, “Lulú”, “Alma Latina”, “Lápiz y
Tinta”. La prensa llamada Doctrinaria exhibía “Integridad”, “La Protesta”, “”El
Mensajero”, “El Heraldo”, etc. Aquí los nuevos periodistas desplegaban humor,
ingenio y versación cultural. Incluso la prensa para extranjeros conoció un auge
notable pues se afianzaron los periódicos en japonés, chino, italiano.
Hacía falta una gran cantidad de periodistas para cubrir las necesidades de toda
esta multitud de títulos surgidos al amparo de las contiendas políticas y hubo
tantos, que no se dudó en fundar ,primero, el Círculo de Periodistas en 1908; y el
Círculo de Cronistas después, junto en 1915, como dijimos antes.
Debemos considerar que, quizá más que hoy, los lectores manejaban bien los
códigos del periodismo, es decir, sabían diferenciar posiciones políticas con
comodidad pues conocían a los propietarios de los periódicos, reconocían las
posiciones políticas; y ubicaban bien a los periodistas, siguiendo de cerca su
trayectoria, como en el caso particular de Mariátegui y Valdelomar. También
distinguían las técnicas comunes, es decir, las notas informativas básicas , las
entrevistas ( que en esos tiempos llamaban a veces “interviús”) y los relatos
lineales que conocemos como crónicas. En realidad, todos ellos eran cronistas.
Los modelos periodísticos de la época eran sin duda europeos. Las constantes
referencias que se encuentran en textos de género diverso, dan cuenta de una
constante correspondencia entre las grandes ciudades europeas, París, Madrid, y
los cronistas locales.
Se respiraba aquí la presencia de Eugene d’Ors, el catalán que comentó todo con
su columna “Glosari” por cuarenta años; de José Martínez Ruiz, el célebre
Azorín; de Gabriel Miró, Ramón Pérez de Ayala. De Ortega y Gasset, periodista
precoz, que redactaba para “El Imparcial”. También llegaban a Lima los textos
4
periodísticos de Salvador de Madariaga, que mostró España como pocos, y, por
supuesto, de nuestro Corpus Barga, que tantos años dirigió en Lima la Escuela de
Periodismo de la Universidad de San Marcos y que, según confesión, “me pasé la
vida escribiendo en periódicos”. La lista es larga pero los mencionados quizá
bastarían para recordar el ambiente que contribuían a formar con sus textos y,
sobre todo, con su estilo, su manera de ver y contar las cosas.
Para los jóvenes cultos de esos tiempos esos hoy llamados periodistas literarios
debieron constituir los mejores maestros
Abraham Valdelomar pertenecía, por profesión , vocación y dedicación, a ese
grupo aunque también lo reclamaban los creadores. Y él supo estar con ambos
pues si bien seguramente hubiera preferido dedicarse a la creación literaria, fue el
periodismo el que le brindó estabilidad económica y nos pocas satisfacciones
artísticas y académicas, pese a su rechazo a los estudios universitarios formales.
Basadre reconoció bien ese tiempo:
“El ambiente literario en esa época, más o menos entre los años 915 a 918, tuvo,
en gran parte merced a él, una intensidad singular. Los diarios no eran sólo de uso
almácigo de sucesos. “La Prensa” con Valdelomar, con el mismo Yerovi,
Gonzales Prada, Ulloa, Félix del Valle; “El Tiempo” con Mariátegui y Falcón: “El
Perú” con Bustamante Ballivián, More, Cisneros, daban el espectáculo cotidiano
de lo bien escrito. Las páginas literarias de los diarios aparecieron entonces con
regularidad y no estaban clausuradas para las nuevas inquietudes ni para los
fervores juveniles”1.
Deberíamos quizá abrir aquí un breve paréntesis dedicado a la política pues
todos estos periodistas ejercían con vigor el compromiso político y la mayoría sin
ocultarlo o disimularlo. Habría que distinguir sin embargo la adhesión partidaria
resuelta, de la posición de fondo. En el caso del periodista que nos ocupa ¿dónde
ubicaríamos a Valdelomar? En su corta vida lo vemos trabajando en periódicos
de filiación plena, como “La Prensa”, o participando incluso en algún gobierno
como en el caso de su adhesión a Billinghurst.
¿Liberal? ¿Anarquista, socialista? No es fácil encasillar a esos jóvenes
rebeldes aunque podríamos ensayar encontrarlos en lo que no eran. Valdelomar
rechazaba el civilismo, por ejemplo. Tampoco siguió a su amigo Mariátegui que
asumió posiciones socialistas con “Nuestra Epoca” primero y “La Razón”
después. Tenía sin embargo una gran sensibilidad social, lo que lo llevó a realizar
reportajes de envergadura, como el dedicado a la Cárcel de Guadalupe.
No tuvo tiempo de optar más allá del reclamo y denuncia. La muerte
temprana se lo impidió.
-El Conde de Lemos en la redacción
Basadre, Jorge, Viaje con escalas por la obra de Valdelomar. En “Equivocaciones. Ensayos sobre
literatura”. Studium. Lima. 1988.
1
5
Cuando se examina el fenómeno bautizado como Nuevo Periodismo se suele
afirmar que han sido norteamericanos como Truman Capote o Tom Wolfe los que
echaron mano de las herramientas literarias para contar sobre hechos reales tal
como las describiría un narrador de ficción y que , sobre todo, propusieron para el
periodismo el uso activo del principio de verosimilitud. “A sangre fría” de Capote
es la gran obra maestra del género pues aquí el autor relata –con veracidad
indiscutible- lo que pasó en la casa de la desgraciada familia Clutter. Nadie lo vio,
pero es verdad.
Wolfe dijo que para hacer buen Nuevo Periodismo había que vigilar la
construcción dramática, utilizar el diálogo con generosidad, indicar con buenas
descripciones el status de los personajes y manejar el punto de vista con criterio
literario.
Si asumiéramos estas reglas como definitorias del Nuevo Periodismo,
comprobaremos con rapidez que Abraham Valdelomar las cumplió como nadie y
en fechas tan lejanas que hacen imposible cualquier nivel de influencia del país
del Norte.
Al intentar dar una pincelada sobre el tipo de periodismo que practicaba
nuestro cronista, prescindiremos de datos biográficos, salvo algunos elementales,
remitiendo al lector a la magnífica biografía que publicó Manuel Miguel de Priego
sobre el Conde de Lemos2.
Valdelomar inició muy joven, en la escuela, su carrera de periodista y
escritor. Lo imaginamos como un lector voraz de todo cuanto caía en sus manos,
lo cual unido a una gran memoria, sensibilidad e inteligencia natural lo
convirtieron rápido en el verdadero líder literario de su generación. En el
periodismo encontró entonces las mejores posibilidades de expresión y sentó las
bases, seguramente sin proponérselo, de un nuevo tipo de propuesta periodística
que imprimía sello personal.
Luego de una etapa de ilustrador y caricaturista, decidió contar su experiencia
en la serie de crónicas que tituló “Con la Argelina al Viento” en que la relataba,
en primera persona, la vida de los reclutas y sin resistir a la tentación de introducir
pinceladas de color en lo que podría haber sido un frío relato. De la primera
copiamos sólo el final:
“Después, la formación y el eco sordo de la marcha. ¡Uno,
dos…!¡uno…dos… uno! que se pierde bajo los sauces y va a morir entre los
espesos muros de la Escuela”3.
Los textos de Valdelomar están en los periódicos más importante de su
tiempo y se cuentan por cientos y pese a que Ricardo Silva Santisteban hizo una
búsqueda concienzuda y es gracias a su esfuerzo que hoy podemos disfrutar de su
lectura, es probable que todavía permanezcan algunos sin encontrar o reconocer
pues los periodistas suelen no firmar muchos textos. O usar varios seudónimos, lo
que era normal por entonces. Su permanencia en algún y otro cotidiano o revista
2
Miguel de Priego, Manuel. El Conde Plebeyo.
En El Diario. Lima. 12 de abril de 1910. P. 2. Todos textos que citaremos a partir de ahora están
tomados de “Abraham Valdelomar. Obras Completas” , trabajada en cuatro tomos por Ricardo Silva
Santisteban y publicada por Ediciones COPË, Lima, 2001.
3
6
fue condicionada mayormente por la política pero no avanzaremos en esto porque
nos interesa ahora introducirnos en el tema de su estílística periodística. Y aquí
remitimos nuevamente a la biografía de Miguel de Priego.
Quizá fue el éxito lo que impulsó a Valdelomar a persistir en proponer un
estilo personal. Y hasta teorizó sobre el tema, introduciendo evidentes
exageraciones al anunciar que comentaría y describiría desde su punto de vista:
“El Cronista hace desaparecer por hoy su información diaria, para abrir una nueva
sección en la que comentará los pequeños y grandes sucesos que en nuestra
capital, cualquiera que sean sus dimensiones, caben todos dentro del lema
protector y bondadoso de las pequeñas grandes cosas (…) La santa y antipática
hora de la repartición del trabajo, en la hora siguiente a la que sirvió para la
formación del cosmos, cuando el Todopoderoso empezó en dedicar a los hombres
a aquello que había de ocupar sus vidas, le dijo al poeta: -¡Canta! Al escritor: ¡Crea! Y al cronista: -¡Miente!” Y agregó: “..nosotros los cronistas mentimos
hasta por moral…”4
Ya instalado en el medio, efectivamente como cronista, no dejó pasar ningún
suceso sin comentarlo, como este, sobre la transmisión de noticias y lo que llamó
“el cable todopoderoso”:
“Esta línea parlante que atraviesa los grandes abismos, que salta sobre rocas
enormes, que desciende a las profundidades marinas, esta acerada línea que vibra
para todos los países, tiene a su servicio una escuadra pequeña y un pequeño
ejército de hombres que la vigilan. Su poder es internacional, cada país la protege
y ampara y es, sobre la tierra, una especie de señora chismosa, conversadora,
interesante y amena…”5.
En lo que respecta a la verosimilitud de que hablábamos antes, Valdelomar no
tuvo ningún problema en inaugurar en fecha tan lejana como 1911 lo que los
Nuevos Periodistas exhibirían como ruptura de lo tradicional. Como en el texto
que sigue, que tenía como fin describir una cacería real:
“...Los cazadores avanzaban hacia el bosque, por los mismos caminos por donde
en épocas legendarias que no dice el tiempo, pasaron los ejércitos de guerreros en
son de combate, en los de una quimera o de una victoria.
En el bosque susurrante los tigres esperaban con sus negreantes y amarillas pieles;
los cazadores se perdieron se perdieron en el bosque. A lo lejos se oyeron
disparos, gritos y los dolientes reclamos de las tigresas heridas, de los tiernos
jabatos y de las gacelas humildes y ágiles”6.
Se recordará que en abril de 1912 sucedió la tragedia del enorme barco inglés de
pasajeros “Titanic”, drama que acudió, paradójicamente, en ayuda del recién
fundado tabloide “La Crónica” de Gálvez y Palma. Fue una noticia de enorme
impacto que nuestro cronista no podía dejar de comentar con su estilo colorido al
que ya añadía con frecuencia elementos dramáticos:
4
En La Opinión Nacional. Lima,. 22 de diciembre de 1911. P. 1
En La Opinión Nacional. Lima. 24 de febrero de 1912. P. 1
6
En La Opinión Nacional. Lima. 20 de marzo de 1912. P. 1
5
7
“..Diríase que con el barco enorme habían salido las esperanzas de las gentes
continentales. Cuando, ante un pueblo inmenso que llenaba la orilla, delirante de
entusiasmo y de fe, el barco abandonó la costa con sus almenas cañonadas.
Cuando un clamor estruendoso invadió la costa y el mar, dominando las olas, bajo
el cielo rojo de una tarde triunfal y el barco salió mansamente, como un gigante
joven, dejando una estela homérica en las aguas amargas, tal vez a lo lejos, en su
pobre barquilla, un pescador de tostada y rugosa piel, lloraba de tristeza junto a la
caricia móvil de la vela de su bote plegada como un ala muerta…”7
El viaje que realizó a Europa fue definitorio en su vocación de escritor y
cronista. Aprovechó sus dotes de observador atento y perspicaz sin perder ningún
detalle, como poemos ver en su famosa crónica sobre los mercados de Roma y en
especial la dedicada a los libros. Pero prefirió pasear su mirada sobre los
compradores:
“Hombres viejos de pobrísimo aspecto y catadura escrutan de puesto en
puesto. Entristece esta avalancha de fracasados que buscan ávidamente una
verdad nueva sobre los libros viejos. Pálidos de hambre, demacrados de
abstinencia, con mohosos anteojos que cubren como un velo piadoso la mirada
que se gastó en las largas vigilias de lectura, con los pómulos salientes, las ojeras
profundas y el revelador aspecto de los que hacen un estudio fuerte y una
alimentación débil…”8.
Citaremos también la extraordinaria descripción de los combates de lucha que
hizo en “El último gladiador: la caída de Ursus”:
“Ruedan los cuerpos, acechan las miradas, crujen los huesos, estíranse los
tendones como cuerdas y en el silencio del espectáculo sólo se oyen la respiración
jadeante o el ruido sordo que hacen las masas al caer. Los pugilistas entrelazados
producen escorzos dantescos, y a veces de este grupo se ven surgir ojos
desorbitados y perderse luego en la crueldad de la lucha. Los hombres caen, se
levantan, ruedan, saltan como tigres hambrientos, revuélcanse los cuerpos ya
ensangrentados de rodar por el piso, y pasan de la brutalidad de la contienda ojos
febriles, congestionados rostros, cabelleras en desorden y dientes que
rechinan…”9.
Hizo numerosas entrevistas –que por entonces las llamaban a veces
Reportajes y también Interviús, manejando el diálogo como nadie, sentando las
bases de lo que debe ser el arte de conversar con alguien para que la charla sea
conocida por el tercero en la charla, esto es, el lector. Personajes, ambientes, todo
lo pintaba Valdelomar, y en pocas líneas y trazos seguros mostraba cómo era el
interlocutor. Como en el caso de José Ingenieros, el afamado argentino:
“...Viste una americana plomiza, usa zapatos amarillos, corbata de color. Casi un
huachafo. Su fisonomía incolora no revela ninguna inquietud; bajo su frente
ancha y vulgar, no parece vivir ningún problema; en sus ojos no anida ninguna
pregunta; es un hombre de fisonomía lastimosamente incolora; si yo lo hubiera
7
En La Opinión Nacional. Lima. 16 de abril de 1912. P. 11
En El Comercio. Lima. 23 de noviembre de 1913. P. 1-2
9
En La Opinión Nacional. Lima. 28 de junio de 1914. P. 3
8
8
encontrado en la calle, jamás habría creído que ese señor era un sabio. Parece
cobrador de la luz eléctrica”10.
También retrató al no menos famoso Santos Dumont:
“Santos Dumont: un metro treinta; calvicie prematura; nariz fina y anhelante;
bigote americano, diminuto y negro; labio inferior brasileño; boca smisurata;
sonrisa perenne; ojos expresivos y gordos, magro, ágil, insinuante, de discreta
elegancia”11.
Cerremos esta parte de las descripciones con la impresión que le causó la
célebre bailarina rusa Ana Pavlova, con la que sólo estuvo un instante que bastó
sin embargo para que el periodista artista contara a sus lectores:
“…La besé la mano. La fina y breve mujer conversó algunos minutos. Sobre
el blanco lilial de su traje de verano, sobre la delicadeza de su piel apagada y sin
brillos, sobre la humedad de sus pupilas inquietas y transparentes, sobre el aire
señoril y sencillo de su aspecto, vibraba un algo extraño, halo invisible del genio,
palpitación imperceptible de la gloria que envolvía nuestros espíritus, que
irradiando de su cuerpo como una aureola, se posaba en la flor que llevaba en las
manos…”12.
-Valdelomar y la Gran Guerra
Ya periodista maduro y famoso , Valdelomar asumió el comentario casi cotidiano
de la Gran Guerra en el diario “La Prensa”, relevando sus aspectos más
dramáticos. Redactó decenas de notas, observando y comentando, por ejemplo,
los avances aliados, las formidables batallas, la revolución rusa de Lenin,
describió a Kerensky, el destierro sin retorno del Zar y su familia, los ataques de
los entonces invencibles zeppelines germanos, los novísimos submarinos,
lamentando con frecuencia y alarmándose con punto de vista de conocedor, de la
devastación que se anuncia en las obras de arte europeas. Como en este
comentario:
“El cable nos anuncia que una flotilla de aviadores ingleses hará un raid para
atacar al enemigo cobijado bajo el cielo gris de Brujas. Dentro de pocos días las
bombas caerán , verticales y agresivas, sobre los tejados de la ciudad legendaria;
destruirán los arcos que inmortalizaron los aqua-fortes del siglo XVIII,
destrozarán los templos de vitraux medioevales; y de aquella población que era
como el museo de la parte septentrional de Europa que lucha, de aquella ciudad
donde se guardan los más preciados tesoros de la pintura flamenca, de los
Breughel y de los Van Dick, sólo quedará, después del raid aéreo, un
hacinamiento de cosas confusas.
Y la ciudad que cantó Rodenbach perderá su fisonomía, de igual manera que un
cadáver cuyo rostro hubiese desfigurado la muerte”13.
10
En La Crónica. Lima. 26 de noviembre de 1915. P. 4
En Colónida. Nro. 3. Lima. 1 de marzo de 1916. Pp. 3-5.
12
En La Prensa. Lima. 2 de mayo de 1917. P. 3
13
En La Prensa. Lima. 6 de setiembre de 1917. P. 2.
11
9
Con frecuencia aludió al Zar y su drama: “¿Qué pensará de todo esto, en su
destierro de Siberia, el desventurado descendiente de los Romanoff?”14.
-La Mariscala, un gran reportaje
La esposa del Gran Mariscal Gamarra fue un personaje que Valdelomar no podía
dejar pasar pese a que la historia no era su especialidad ni había abordado antes
biografías con rigor académico. Por eso, cuando decidió contar la vida de esa
mujer extraordinaria, eligió un título aclarador: “La Mariscala: Doña Francisca
Zubiaga y Bernales de Gamarra, cuya vida refiere y comenta Abraham
Valdelomar, en la Ciudad de los Reyes. MCMXIV”15.
Para recaudar información buscó en las bibliotecas, entrevistó a historiadores y
notables y trazó así una historia apasionante sin disimular su admiración: “Era
doña Francisca mujer de extraordinaria hermosura. Su tez admirablemente blanca,
una mirada de águila, intensa, inteligente, inquisidora, salía de sus ojos pardos “en
los cuales relampagueaba el orgullo”.
El relato de las aventuras y desventuras de La Mariscala debe seguir con atención
y no tanto por las incidencias sino por las técnicas literarias a que apela
Valdelomar para describirnos su vida. El encuentro con Flora Tristán, que ésta
recogió en su célebre libro sobre su visita al Perú16, lo pinta así: “Doña Pancha,
varonil, guerrera, desterrada; Flora, completamente francesa y femenil, delicada,
espiritual. Eran dos flores de distinto perfume y clima…”.
Llega la hora de la muerte de La Mariscala:
“Terminado que hubo (su testamento), perfumó su habitación. Peinó con gracia su
cabellera, recostóse en un diván, cerró sus ojos serenamente, y su espíritu voló
hacia el hondo misterio como el último perfume de una gran flor que se
marchitara…
Así murió quien supo hacer de su vida una página gloriosa. Las lágrimas no
enrojecieron sus pupilas ágiles, el temor no arrebató su sonrisa, la agonía no
deshizo los pliegos de su blanco ropaje ni la angustia despeinó aquella hermosa
cabellera”.
No resistió Valdelomar la tentación de hacer un bello retrato final:
“Entre los vibrantes nombres de San Martín, Bolívar, Gamarra, Orbegoso,
Salaverry, Castilla y Piérola, pasa la Mariscala deslumbradora en su corcel
pujante, desplegada la capa y tendida sobre los paisajes de nuestras cordilleras su
mirada que tenía aquel fulgor extraño de los ojos que han visto de cerca la
Victoria”.
Finalmente:
14
En La Prensa, Lima. 5 de diciembre de 1917. P. 2.
Las citas de este Reportaje, publicado en 1914, han sido tomadas, igualmente, de la edición de
COPË citada.
16
Tristán, Flora. Peregrinaciones de una Paria.
15
10
No tienen los periodistas peruanos necesidad de migrar hacia textos externos para
encontrar un gran periodismo. Ya los colegas se han apartado de la rigidez de la
Pirámide Invertida y, como Valdelomar, cuentan lo que pasó mezclando datos,
impresiones, opiniones, para ofrecer al lector una pintura cabal de un hecho
convertido en noticia.
Lo tuvimos siempre aquí, a la mano, y debemos felicitarnos y alegrarnos de
haberlo rescatado plenamente para consolidar nuestra gran tradición periodística.
………..
Lima, mayo del 2002
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