Celebracion del miedo

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Celebración del miedo (1)
Para Eduardo G.
Los ancianos de San Cristóbal Huichochitlán temen al miedo. Les dicen a sus hijos, no
temas porque los miedos te acechan como el tlacuache; como la víbora te rodean y si muerden
no te sueltan. Eso dicen.
Por eso hacen máscaras. Cuando uno de ellos teme algo, se pone a tallar una máscara que
usará para protegerse: porque la máscara sabe dejarse morder por el miedo, y el miedo la
transforma en miedo, y la persona queda libre.
Cuando uno termina su tallado, no permite a nadie ver la máscara; no hasta que la noche
pase para que el miedo no sepa que lo engañan. Pero cuenta Bonifaz que él vio, cuando niño,
una máscara de un tío abuelo que se había quedado dormido tallando. Era la máscara de una
niña. Pero cuando la vio al día siguiente, me contó, la máscara parecía un reptil con dientes de
mujer.
En ese pueblo, los viejos mueren de noche. Y es uno siempre sabe de qué murieron: de
miedo a la muerte.
Celebración del miedo (2)
Del fuego que huyes, en ese pereces. Y también te conviertes en aquello que más temes.
Francisca, una capitalina de la tercera o cuarta edad, temía que cualquier día de estos la
asaltaran. Evitaba a toda costa salir de noche, no fuera que los amantes de lo ajeno la hicieran
presa de sus uñas largas. Por eso pensó mucho antes de aceptar la invitación a cenar en casa de
su hija pues debía tomar un pesero —no sea que me rapte un chofer de taxi— casi de noche.
El regreso estaba planeado, pero la ida había de ser a través de un medio de transporte
colectivo. Francisca aceptó y a las siete le hacía la parada a una combi. ¡Que no hubiera cacos!
Sólo ella y otro hombre ocupaban la parte de atrás. Pensó que el hombre tenía cara de
tejón. De buenas a primeras el chofer dio un frenón y su compañero de viaje se estampó de
frente con ella. Horrorizada, insultó al viejo mañoso y se recorrió mucho más. Decidió
distraerse con su tejido.
Cuadras más adelante, Francisca quiso ver la hora. Pero su reloj no estaba. ¡El cara de
tejón! Francisca no iba a tolerar ese atropello; armada con una aguja de tejer demandó su reloj
al carterista. El pillo, con preocupación, le entregó su reloj a la señora y al grito de aquí me bajo,
descendió en un santiamén. Francisca agradeció a la Virgencita y no veía la hora de llegar a su
destino.
Te dije que era peligroso que viniera sola de noche. Me quisieron robar el reloj en el
pesero, te dije que era peligroso. Su hija el recuento de hechos, sorprendida del arrojo de la
víctima. Incrédula, pregunta si devolvió la prenda. Y Francisca: sí aquí está. Silencio.
Finalmente, confesó: este no es mi reloj.
Lejos, en casa de Francisca, hay un reloj de pulso, para dama, olvidado sobre el tocador.
Celebración del miedo (3)
En la madriguera de Guillermo Fernández, él mismo nos contó un sueño recurrente.
<<A veces un sueño normal se interrumpe, y me doy cuenta que estoy frente a mis
hermanas, a quienes dejé de ver hace cincuenta años. Las tres me miran con chicos ojotes; y un
segundo después la imagen se torna blanca y negra. Mi madre está sentada en una mecedora,
no hace nada, nada. Mi hermana menor dice que ya era hora, que ella sabía que iba a volver.
Entonces me doy cuenta que soy niño otra vez, y que llegué a mi casa. Pero no es mi casa,
aunque se parece. Están las mismas cortinas rotas, y un gato flaco, flaco... Es una casa gris, sin
un rayo de luz que le pegue. Luego salgo a la calle, y me pierdo por dar la vuelta. Pienso en
volver y sé que no podría. Y no sé si me da más miedo saber que estoy perdido, o que nunca
más voy a volver. >>
Guillermo hace una pausa. Corta la sonrisa que trae colgada del bigote y recuerda: dicen
en mi pueblo que cuando uno sueña su casa, se sueña a uno mismo.
Autor: 5 de mayo
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