ética
Disciplina que trata de la valoración moral de los actos humanos, además de conjunto de principios y de
normas morales que regulan las actividades humanas. Del griego «ethos», el término ética equivale
etimológicamente al de moral (del latín «mos, moris»: costumbre, modo de comportarse); sin embargo, el uso
parece asignar a este segundo término una connotación teológico−religiosa, atribuyendo al primero otra más
filosófica, o bien reserva el de moral para la moral práctica o vivida, mientras que designa con el de ética la
reflexión sistemático−filosófica sobre dicha moral. Como filosofía moral, la ética habla del comportamiento
humano bueno o malo; sin embargo, también apunta a aquella fuerza moral a la que aluden expresiones como
moral elevada o alta y moral baja, que se manifiesta en sentimientos, inclinaciones y pasiones que a veces
ciegan, pero cuya ausencia lleva a un estar sin moral, a la falta de esperanza, a la «acedia» de los medievales,
esto es, a la pereza radical, al tedio y al hastío. La moral ha de empezar como ética antropológica (enraizada
en la misma estructura del hombre: estructura moral de libertad, autenticidad y responsabilidad); sólo después
vendrá la ética normativa que evalúe contenidos morales; sin embargo, ésta nunca ha sido única, sino que ha
estado determinada por el criterio adoptado como norma: en la ética teleológica, el fin (que pudo ser a su vez
el bien moral, en la ética de la virtud, o el bien supremo: ya fuese la felicidad, en el eudemonismo, o Dios, en
la ética teológica); en la ética deontológica kantiana, el «deber» (el dictado de la conciencia y la buena
voluntad), etc. Aún de forma inconsecuente (la conciencia del deber implica una dimensión social), el
individualismo acompañó a la ética kantiana, provocó la reacción de Hegel y exige aún hoy buscar una ética
civil de convivencia: aunque no puede suprimirse el pluralismo práctico de morales vividas, ha de convenirse
en unos mínimos comunes a todo ciudadano (esto es, los mínimos propios de la convivencia democrática),
jurídicamente establecidos por la constitución, de modo que el teórico de la moral pasa de la ética filosófica a
la filosofía del derecho. Más sutil que tales reduccionismos ha sido sin duda el de la metaética (discurso sobre
el discurso ético), que sustituye la ética por la lógica del lenguaje moral y por el análisis lingüístico del
mismo. Pero el hallazgo de la dimensión pragmática del lenguaje mismo (cuyos juegos resaltó Wittgenstein)
abre una comprensión ética del juego del discurso y de la acción comunicativa. Con Habermas y Appel (y
sobre fondo de hermenéutica heideggeriana) surge, así, la fundamentación pragmática trascendental de dicha
acción comunicativa a partir de una estructura anticipante del hombre: en el sentido de que todo acto de
preguntar o de argumentar de forma ética supone (como condición misma del diálogo) una norma comunitaria
al respecto. Aunque parezca que se reincide en la ética utópica, no se trata aquí de una realidad alternativa
empíricamente posible (como en las utopías clásicas), sino de una anticipación contrafáctica, o idea regulativa
kantiana no individualista. Por eso es preciso redescubrir al hombre, mediante una antropología ética, como
un ser radicalmente moral, ético, y buscar en el diálogo con los otros (continuación del propio intradiálogo) un
contenido moral, regla, modelo, virtud, «ethos», deber, valor, del que se pueda dar razón no como algo
superpuesto a la condición humana, sino como proyecto que ésta, anticipándose, es y cuya realización
requiere fuerza moral (la moral elevada que sustituya a un estar sin moral).
Kant, Immanuel
(Königsberg, 1724−id., 1804) Filósofo alemán. De familia modesta, fue educado en el seno de la secta
pietista, uno de cuyos miembros, M. Knutzen (discípulo de Wolff), fue profesor suyo en la universidad.
Preceptor desde 1746, se doctoró en 1755 con el trabajo «Acerca del fuego» y, en 1770, fecha que separa el
período precrítico y el período crítico de su pensamiento, era profesor ordinario de lógica y de metafísica.
Trabajador ordenado y metódico (sólo dejó su horario riguroso el día en que se enteró de los primeros éxitos
de la Revolución francesa), cuenta con una prolífica producción, cuyas primeras obras son «Reflexiones sobre
la verdadera naturaleza de las fuerzas vivas» (1746), «Historia natural y teoría general del cielo» (1755) y
«Los sueños de un visionario explicados por los sueños de la metafísica» (1766). Su filosofía crítica se inició
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con la disertación «Sobre la forma y los principios del mundo sensible y del inteligible» (1770), cuyo
programa (determinar el origen del conocimiento humano y limitar el uso de los conceptos) fue llevado a cabo
en sus obras más conocidas: la «Crítica de la razón pura» (1781 y 1787), la «Crítica de la razón práctica»
(1788) y la «Crítica del juicio» (1790). Otras obras relacionadas con la primera y la segunda de estas tres
críticas son, respectivamente, «Prolegómenos a toda metafísica futura que haya de presentarse como ciencia»
(1783) y «Fundamentación de la metafísica de las costumbres» (1785). Asimismo, el intento de síntesis que la
tercera crítica supone, se vuelve a dar en el llamado «Opus posthumum». También escribió «La religión en los
límites de la simple razón» (1794), «Proyecto para una paz perpetua» (1795), «Metafísica de las costumbres»
(1797), «Antropología» (1798) y «Lógica» (1800).
Kant (Immanuel){Biografía} {Filosofía} Nació en Königsberg el 22 de abril de 1.724. Es posiblemente el
mayor pensador de la Edad Moderna. Su doctrina, en cualquier caso, ha sido decisiva para el rumbo de la
Filosofía posterior. Su vida transcurrió en su ciudad natal, de la que casi nunca salió llevando una existencia
más bien difícil y modesta aun cuando llegó a alcanzar bastante renombre. Su Critica de la razón pura
apareció en 1781, y diez años después "se cuentan casi 200 escritos sobre su filosofía". El propósito de Kant
era mediar entre las posiciones encontradas de sus predecesores: su filosofía quería ser crítica. Trató, en suma,
de confirmar la validez objetiva del conocimiento defendida por el racionalismo, pero limitó esta validez al
mundo de los fenómenos, aceptando así, del empirismo, la subjetividad del conocimiento. Hume había
señalado dos tipos de juicios: analíticos a priori y sintéticos a posteriori, que Kant estimó insuficientes para
fundamentar la ciencia. Los primeros no añadían nada nuevo al conocimiento, sólo lo explicitaban; los
segundos no eran universales y dependían de la experiencia. Su investigación consistió en buscar juicios
sintéticos a priori. Por ser sintéticos, añadirían nueva ciencia; por ser a priori tendrían validez universal. Toda
su investigación se dirigió a la búsqueda de estos elementos a priori, en la sensibilidad y en el entendimiento
humano. Los elementos a priori de la sensibilidad eran el espacio y el tiempo. Para Kant, uno y otro no eran
realidades objetivas, sino formas subjetivas del conocimiento sensible, el cual se componía de una materia
informe que nos llegaba desde fuera y a la que nuestra sensibilidad les daba la forma espacio−temporal. Era,
diríamos, el modo humano de percibir las cosas. Por tanto, ya desde el primer momento no percibimos la
"cosa en sí", el noúmeno, sino la "cosa en mí", el fenómeno. Toda la elaboración posterior de nuestro saber
arranca de aquí: podíamos tener ciencia cierta de los fenómenos, pero debíamos renunciar a conocer la cosa en
sí, renunciar a la metafísica. En su Crítica de la razón práctica (1.788), Kant planteó el saber moral, que
también debía reposar, para ser universalmente válido, en principios a priori. La obligatoriedad de la ley moral
radicaba en su forma, no en su contenido. Era el imperativo categórico: "obra siempre de tal modo que la
norma de tu acción pueda tener validez universal". Las ideas de alma y de Dios debían ser admitidas como
postulados de la razón práctica. El hombre tenía que ser libre. De otro modo carecería de sentido el imperativo
categórico, si debemos ser libres es porque podemos serlo. Ello exigía una recompensa, que no se alcanzaba
en la vida. Era necesaria la inmortalidad. Por último, todo lo anterior tampoco tendría sentido sin la existencia
de Dios, un ser justiciero, distribuidor de recompensas y castigos. De este modo, el orden moral debía ser
aceptado, pero había que renunciar a conocerlo. En la tercera de sus grandes obras, Crítica del juicio (1.790),
consideró el juicio como una facultad intermedia entre el entendimiento y la razón, es decir, constituía el
puente entre lo fenoménico y lo trascendente. El paso se realizaba a través del "juicio reflexionante", tanto
"estético" como "teológico". El examen del juicio estético revelaba los elementos a priori del sentimiento. La
investigación estética conjugaba la espontaneidad y la libertad con la universalidad exigida por una rigurosa
apreciación de la belleza. El problema se resolvía con la "finalidad sin fin": la finalidad de la obra de arte no
era objetiva, porque no pertenecía a la obra de arte misma, sino al espectador que la apreciaba, es decir, era
una finalidad subjetiva. La profundización de su filosofía crítica, expuesta en las obras citadas, la realizaba
Kant en el opúsculo Sobre un descubrimiento, según el cual toda nueva crítica de la razón pura debía ser
hecha inútil por otra más antigua (1.790), en el que subrayaba la originalidad de su doctrina respecto a
Leibniz; en Metafísica de las costumbres (1.797) y en la incompleta Tránsito de los principios metafísicos de
la ciencia natural a la Física. Las principales corrientes filosóficas de los siglos XIX−XX, sobre todo el
idealismo alemán (Fichte, Schelling, Hegel), son deudoras de los planteamientos kantianos. El idealismo
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trascendente de Kant basó el conocimiento no en lo dado a nosotros, sino en lo puesto por nosotros. Murió el
12 de febrero de 1.804.
kantismo
Doctrina filosófica de Kant y de sus continuadores. El pensamiento de Kant ha influido en todo el
pensamiento posterior y su crítica subyace en los movimientos filosóficos contemporáneos. «La Crítica de la
razón pura» suscitó impugnadores (sobre todo wolfianos y empiristas ingleses, entre los que cabe destacar a
Eberhard, Weishaupt, Reinhold, Maimon, Schulze, Jacobi, Bardili y Herder) y defensores (como sus
discípulos Schmid, Jakob, Tittel y Beck). Sin embargo, el kantismo más fecundo fue a la vez continuación y
superación del criticismo (en relación sobre todo con el tema de la «cosa en sí»), como demuestran los
grandes sistemas metafísicos de Fichte, Schelling y Hegel.
La revalorización del pensamiento kantiano de fines del s. XIX engloba a diversos pensadores, reunidos bajo
la denominación de neokantismo (escuelas de Baden y de Marburgo). Apenas conocido antes, el kantismo
llegó a España a principios del s. XX de la mano de Ortega y Gasset y, sobre todo, de García Morente, quien
tradujo las «Críticas» y la «Fundamentación de la metafísica de las costumbres».
Aristóteles
(Estagira, 384−Calcis, 322 a.J.C.) Filósofo griego. Hijo del médico real de Macedonia, estuvo veinte años en
la Academia de Platón, primero como discípulo y luego como investigador y como tutor. Candidato a ser el
sucesor del maestro, el nepotismo de la elección de Espeusipo le impulsó a marchar a Assos (Asia Menor),
donde escribió su diálogo «Sobre la filosofía» (la «carta de Assos») y fundó un centro de estudio bajo la
protección de su amigo Hermias, gobernador de Atarnea, con una de cuyas parientes, llamada Pitias, se casó.
Muerto Hermias, capturado y crucificado por el sátrapa Mentor, partió hacia Lesbos como huésped de
Teofrasto; fiel a la amistad, compuso la «Oda a la virtud», en memoria de Hermias y por la que veinte años
después sus enemigos intentaron procesarle por impiedad. Aceptó luego de Filipo II de Macedonia el cargo de
preceptor de Alejandro (de 13 años), quien siempre conservaría un gran respeto por su maestro, le apoyaría
económicamente e incluso le mandaría desde el Indo ejemplares de la fauna y de la flora de su imperio.
Aristóteles se había trasladado mientras tanto, de nuevo, a Atenas y había fundado el Liceo, donde enseñaba
paseando, de ahí el nombre de escuela peripatética. Seguía sus investigaciones y análisis de datos,
correspondientes a los más diversos campos (arte dramático, constituciones políticas, deportes olímpicos,
zoología), y elaboraba una veintena de obras. Sin embargo, al morir Alejandro (a los 33 años), el clan de
Demóstenes (autor de «las Filípicas» y, por lo tanto, enemigo de Aristóteles) se envalentonó y el Estagirita
volvió a decidir su partida, para «ahorrar a los atenienses un segundo atentado contra la filosofía» (el primero
lo habían cometido con Sócrates). Al año siguiente, moría en Eubea de úlcera de estómago. Escondidas en una
bodega, para protegerlas de los proveedores de Pérgamo, sus obras fueron olvidadas. Descubiertas por azar,
ordenadas y editadas por Andrónico de Rodas en la Roma de Cicerón, redescubiertas como totalidad en la
Edad Media por los árabes, cristianamente interpretadas (bautizadas) por los tomistas y neoescolásticos,
relegadas por los modernos, éstas han sido definitivamente rehabilitadas a partir de Hegel. De ellas, la
tradición ha recogido con el nombre de Órganon las obras de lógica: «Categorías», «De la interpretación»,
«Primeros y Segundos analíticos», «Tópicos» y «Refutaciones de los sofismas». Además de «la Retórica», de
«la Poética» (en parte) y de «Sobre el alma», la antropología de Aristóteles comprende «la Ética a Eudemo»,
«la Ética a Nicómaco», «la Política» y «la Constitución de Atenas». Sus obras sobre la naturaleza son: «Del
cielo», «De la generación y corrupción», «los Meteoros», «la Mecánica», «De las partes de los animales»,
«De la generación de los animales», «Sobre el caminar», «Sobre el movimiento», etc. Los varios libros de «la
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Física» y de «la Metafísica» fundamentan y coronan el conjunto. Gracias a él, sabemos de la ciencia positiva
de la época y de los trabajos y concepciones de sus predecesores y contemporáneos. Aristóteles aporta
siempre agudas y originales observaciones y no pocas de sus adquisiciones lo han sido de las ciencias
naturales de todos los tiempos, algunas, incluso, no confirmadas hasta el s. XIX. Describió unas 400 especies,
de las que disecó unas cincuenta; distinguió entre animales sanguíneos (vertebrados) y exangües
(invertebrados); clasificó a los murciélagos como mamíferos; describió la vida social de las abejas; distinguió
entre insectos dípteros e himenópteros y entre rocas y minerales y aportó la noción capital de especie.
Clasificador y analista universal (de regímenes políticos, de géneros literarios, de categorías y de modos de
razonar e, incluso, del ser y de las causas) y tan atento al fenómeno del lenguaje como reticente con los abusos
del habla, Aristóteles se planteó además y sobre todo las grandes cuestiones de fondo: la estructura de la
materia, la organización de la vida, el poder del espíritu y sus límites, la libertad del hombre y su sentido y la
trascendencia misma de la divinidad y su misterio.
Epicuro
(Samos, según una tradición, o Atenas, según Diógenes Laercio, 341 a.J.C.−Atenas, 270). Filósofo griego que
creció en Samos, donde su padre, colono ateniense, era maestro. Discípulo de Pánfilo (en Samos) y de
Xenócrates (en Atenas, 323), enseñó en Mitilene, en Lámpsaco y en Atenas, donde abrió una escuela en un
jardín. De sus muchas obras sólo se conservan tres cartas (a Heródoto, a Pitocles y a Meneceo) y ochenta
aforismos (en un manuscrito vaticano descubierto en 1822). Los caminos para entrar en la ciencia (que eran
introducción psicológica para la filosofía) constituyen la Canónica, y su descripción de la naturaleza se basa
en el atomismo de Demócrito, en cuyo total determinismo introduce un germen de libertad mediante el
«clinamen» (libertad tan sólo inmanente y cuya tarea estriba en llevar a la felicidad mediante un uso racional y
mesurado del placer). Lejos de ser hedonista, Epicuro da a la prudencia un papel decisivo para poder alcanzar
la ataraxia (placer que no acarree luego dolor) y prohíbe toda ostentación del individuo, el cual ha de
replegarse sobre sí para mantenerse «libre» en su interior.
Tomás de Aquino
(Roccaseca, 1224−Fossanuova, 1274) Teólogo y filósofo italiano. Oblato en Montecassino (1230), estudió
artes y teología en Nápoles (1239) y entró en el noviciado de los dominicos (1243). Fue raptado durante un
año por su propia familia, que no consiguió cambiar su decisión. La orden le envió en 1245 a París y luego a
Colonia, ciudades en las que fue discípulo y amigo de Alberto Magno, también dominico y abierto al nuevo
saber greco−árabe. De retorno a París en 1256, obtuvo con su «Comentario al libro de las Sentencias de P.
Lombardo» el grado de maestro en teología, regentó una de las dos cátedras reservadas en la universidad a los
dominicos y redactó sus primeras grandes obras: el «Comentario al libro Sobre la Trinidad de Boecio», los
opúsculos «Sobre el ente y la esencia» y «Sobre los principios de la naturaleza», las importantes «Cuestiones
disputadas acerca de la verdad» y el libro primero de la «Suma contra los gentiles».
En 1259 fue llamado a Italia como teólogo papal (con estancias sucesivas en Agnani, Orvieto, Roma y
Viterbo). Además de enseñar en el estudio general de los dominicos, siguió con su inmensa producción
escrita: acabó la «Suma contra los gentiles», elaboró diversas «Cuestiones quodlibetales y disputadas»
(«Sobre la potencia», «Sobre el mal» y «Sobre la unión del Verbo encarnado») e inició en 1267 la redacción
de su obra cumbre, la «Suma teológica», que continuaría en París, tras ser llamado allí de nuevo para mediar
en las rencillas académicas entre clero secular y órdenes religiosas (franciscanos y dominicos) y, sobre todo,
para contrarrestar el aristotelismo averroísta que dominaba en la facultad de artes. Durante este período,
escribió «Sobre la unidad del intelecto», contra los averroístas, y «Sobre la eternidad del mundo», contra los
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que la propagan, prosiguió la elaboración de la «Suma teológica» e inició sus comentarios a Aristóteles
(comenzó con el «De la interpretación»). Enviado a la Universidad de Nápoles (1272−1273), continuó sus
comentarios a Aristóteles y comenzó la redacción de la tercera parte de la «Suma teológica», que dejaría
inacabada.
Tras una crisis, entre mística y depresiva (durante la cual quiso quemar todas sus obras, por parecerle
inadecuadas como expresión de lo divino), en 1274 fue llamado al Concilio de Lyon, en camino hacia el cual
murió. Si su obra es inmensa, no lo es menos su sistema de pensamiento, un descomunal esfuerzo de síntesis
entre la tradición (no sólo agustiana, sino también neoplatónica: recuérdese el claro esquema neoplatónico de
la misma «Suma teológica») y el aristotelismo entonces en boga, entre voluntarismo e intelectualismo (pese a
que suela caracterizarse el tomismo como puro intelectualismo) y entre la seriedad del esfuerzo de la razón
(una «ratio fidei» tan agustiniana como anselmiana) y las exigencias de la sobrenaturalidad de la fe revelada.
En cuanto a su «aristotelismo», cabe decir que el Aquinate aristoteliza ciertamente la teología cristiana, pero
también que para ello cristianiza, no en menor medida, a Aristóteles (de modo que éste difícilmente podría
reconocerse en el aristotelismo tomista).
Hume, David
(Edimburgo, 1711−íd., 1776) Filósofo británico. Tras estudiar derecho, realizó un viaje a Francia
(1734−1737). Volvió a Londres y fue más tarde conservador de una biblioteca de Edimburgo (1752−1769).
Nombrado secretario de embajada en París (1763), alternó con los enciclopedistas, sobre todo con J.
Rousseau, aunque pronto surgirían divergencias entre ambos. Regresó a Londres, donde fue subsecretario de
Estado (1767−1769). Heredero de la psicología de Locke, del nominalismo de Berkeley y de determinados
aspectos del ocasionalismo, elaboró una teoría empírica del conocimiento que sirvió de base a una concepción
utilitarista de la vida social y política. Según él, a partir de las sensaciones y de sus asociaciones surgen todas
las ideas humanas. El resto (Dios, la causalidad, la realidad del mundo exterior) sólo es creencia.
Para Hume, la inferencia causal es inverificable: únicamente la experiencia puede proporcionar la conexión
causa−efecto. La universalidad y la evidencia demostrativa sólo se dan en la matemática, que analiza
relaciones formales entre ideas. No hay ni verdad absoluta ni moral absoluta. La moral de Hume está basada
en la combinación del impulso egoísta y el altruista. El gobierno, el Estado, las conveniencias sociales sólo
son convenciones útiles como ficciones. Hume es autor de «Tratado sobre la naturaleza humana»
(1739−1740), «Ensayos morales y políticos» (1741−1742), «Ensayos sobre el entendimiento humano» (1748),
«Investigación sobre los principios de la moral» (1751), «Disertaciones políticas» (1752), «Histora de
Inglaterra» (1754−1762) y «Diálogos sobre la religión natural», obra publicada póstumamente (1779).
Scheler
(Munich, 1874−Frankfurt del Main, 1928) Filósofo alemán. De origen judío, fue bautizado católico a los
catorce años, aunque acabó apartándose de la fe. Fue profesor en Jena, en Munich (donde presentó su tesis, en
1907, que le habilitaba para la docencia) y en Colonia. Crítico del sociologismo de Durkheim, su pensamiento
está en la base de la sociología del conocimiento y del personalismo. Es el creador de la filosofía de los
valores. Autor de obras como «El resentimiento en la moral», (1912), «Ética», (1913−1916) y «De lo eterno
en el hombre», (1919), otros títulos a destacar son: «Escritos para la sociología y teoría de la concepción del
mundo» (1923−1924), «El puesto del hombre en el cosmos» (1928) y «La idea de la paz perpetua y el
pacifismo» (1931).
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Nietzsche, Friedrich
(Röcken, 1844−Weimar, 1900) Filósofo alemán. Hijo y nieto de pastores protestantes, en 1869 era catedrático
de filología clásica en Basilea y en 1872 publicó su primera obra, «El origen de la tragedia», en la que se
exalta la música de Wagner. A partir de 1874 (en que fue nombrado decano de su facultad por dos años),
sufriría enfermedades continuas, que, tras publicar sus cuatro «Consideraciones extemporáneas»
(1873−1876), le forzarían en 1879 a dejar la docencia; residió desde entonces en diversas ciudades:
Marienbad, Rapallo, Roma, Niza, Venecia, Turín y Sils María. En 1876 inició su etapa «ilustrada» (de
admiración por Voltaire, de relativa defensa de la ciencia como arma antimetafísica y de afán por
desenmascarar el concepto tradicional de virtud), en la que rompió con Wagner y publicó «Humano,
demasiado humano» (1878), «Auroras» (1881) y «La gaya ciencia» (1882). Entre 1883 y 1885 elaboró su
«Así hablaba Zaratustra». En su última etapa (o de madurez) recobró los temas de juventud (destrucción de la
moral y de la filosofía occidental), como muestran «Más allá del bien y del mal» (1886) y «La genealogía de
la moral» (1887), y publicó «El caso Wagner» (1888), «El ocaso de los ídolos» (1889) y «El Anticristo»
(1896).
En 1889 sufrió un colapso en Turín y fue hospitalizado en Jena. Se hicieron cargo de él su madre y, a la
muerte de ésta, su hermana, quien le acogió en su casa de Weimar. Nietzsche no volvió a hablar, aunque
algunas veces dio señales de inteligencia. Otras obras preparadas por él aparecieron en vida («Nietzsche
contra Wagner», 1896) o tras su muerte: «Ecce homo» (1908) y el conjunto de aforismos y de fragmentos
(cuya edición preparó su hermana, sin excesivo escrúpulo por ser fiel a los manuscritos) conocidos como «La
voluntad de poder», cuya primera parte se publicó bajo el título de «El nihilismo europeo).
La aportación nietzscheana estriba en plantear una duda radical (lo que se ha llamado «la filosofía de la
sospecha») respecto de los principales problemas filosóficos de nuestra civilización: crítico de Kant y de
Schopenhauer, de quien fue deudor en sus inicios, y desmitificador de toda verdad, incluida la científica (pues
la verdad se opone a toda novedad y mata el poder de invención que caracteriza al ser humano del que surgirá
el «superhombre»), Nietzsche aclamó la desmesura dionisíaca frente a la razón apolínea, y criticó la
metafísica y la moral (porque asimilan el ser al pensamiento, separan alma y cuerpo y olvidan el único mundo
verdadero: el mundo presente, el de la apariencia, que es el mundo del eterno retorno, un mundo para vivir en
el cual, y para amarlo, se precisa una «Umwertung» o contravaloración).
Tomás de Aquino (Santo){Biografía} {Religión} Nacido en 1.225, en el castillo familiar de Rocaseca, en
Nápoles, fue el séptimo de los hijos varones de Landolfo de Aquino y Teodora de Teate. Sus padres le
enviaron al monasterio benedictino de Montecassino. Las vicisitudes políticas de la época aconsejaron
trasladarle a Nápoles, en donde Tomás estudió Artes y conoció el espíritu de la Orden dominicana. Le
atrajeron las tres vertientes de los predicadores: el estado religioso, la enseñanza y el estudio. Ingresó
furtivamente en la Orden, sin que lo advirtiera su familia (1.244). Después de haber completado su noviciado
en Bolonia y París, fue secuestrado por sus hermanos y conducido a Rocaseca, en donde le forzaron para que
vistiera el hábito benedictino o volviera al estado seglar. Tomás escapó y huyó a Nápoles (1.245). En 1.247
fue enviado al Estudio General de París y después al de Colonia, en donde conoció a su maestro, San Alberto
Magno, y en donde se ordenó sacerdote. Comenzó entonces su vida de docente en diversas capitales europeas.
Es un momento en el que la tensión universitaria se centraba en torno a la oposición de los profesores seglares
a que los religiosos y eclesiásticos ocupasen cátedras universitarias. Con todo, fue admitido en la cátedra de
Teología de París. Su prestigio en todos los órdenes llevó al rey de Francia, San Luis IX, a nombrarle su
consejero. A partir de 1.259 residió durante nueve años en Italia, de donde fue nombrado Predicador general
de la Orden. Como profesor del Estudio General Pontificio y consultor teológico del Papa, se vio obligado a
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residir en las ciudades donde se establecía la Corte pontificia. Durante su estancia en Roma, fundó un estudio
general en el convento de Sta. Sabina. En 1.268 regresó a París, ocupando su antigua cátedra de Teología.
Pero la tensión universitaria aumentaba y, debido a una huelga estudiantil prolongada, sus superiores le
enviaron de nuevo a Italia como profesor de la Universidad de Nápoles (1.272). El 5 de diciembre de 1.273, al
acabar de celebrar la misa, sufrió un cambio importante. A partir de entonces se negó a dictar a sus
amanuenses y dejó inconclusa su magna obra: la Suma teológica. Sus superiores temieron que hubiera caído
en un agotamiento completo y le enviaron a descansar al castillo de San Severino, propiedad de su hermana
Teodora. Su salud no mejoró y volvió a Nápoles. Se le insistió para que completase la suma pero él confesó a
su secretario: "No puedo. Después de lo que Dios se dignó revelarme, todo lo que he escrito me parece
demasiado poco". Murió poco después, en el convento de Fosanova, camino del concilio II de Lyón. Tomás
fue una de las mentes más brillantes de todos los tiempos. Sus escritos se caracterizan por el orden y la
claridad, y a la vez son el mejor argumento de la profundidad y amplitud de sus conocimientos. A esto unía un
inmenso amor a Dios y su vocación de sacerdote. Dotado de una increíble capacidad de trabajo, toda su obra
escrita se dirigió en último término a explicar a los hombres la naturaleza divina, enseñanza que nadie ha
conseguido superar hasta la fecha. Doctor de la Iglesia, fue canonizado el 18 de julio de 1.323. No se
conservan todas sus obras, que pueden dividirse en comentarios y personales. Los comentarios son:
escriturísticos, filosóficos y teológicos. Las personales se dividen en mayores (Suma contra gentiles) y (Suma
teológica) y menores u opúsculos, de índole teológica y filosófica. Su pensamiento especulativo se inició
desde el conocimiento de las realidades reveladas por Dios. Su teología comenzó con el estudio de las fuentes
de la Revelación y de la Teología elaborada anteriormente. En Tomás, Filosofía y Teología aparecen unidas
no confundidas, en una armonía, cuya finalidad última es teológica. Tomás distinguió un doble conocimiento:
natural y sobrenatural. Concibió la Teología como el conocimiento científico de la fe. La principal fuente de
la Teología de Tomás fue la Sagrada Escritura. Utilizó las citas de los Padres de la Iglesia como autoridad
documental. Las referencias al magisterio de la Iglesia fueron también numerosas. La influencia de Tomás en
la Filosofía y en la Teología fue extraordinaria. El conjunto de la doctrina filosófico−teológica contenida en
sus escritos se conoce como tomismo, término que en sentido amplio abarca la doctrina de los que desde el
siglo XIII han tratado de defender, interpretar, desarrollar y sistematizar las enseñanzas filosófico−teológicas
de Tomás. Murió en Fosanova el 7 de marzo de 1.274.
Epicuro{Biografía} {Filosofía} Nació en Samos en el año 341 a. de C. Filósofo griego, hijo de un maestro de
escuela. Vivió en Atenas, Colofón y Lampsaco. A su regreso a Atenas, fundó la denominada Escuela del
Jardín. Su personalidad resultaba atrayente: consecuente con sus doctrinas, según las cuales la felicidad
consiste no en el placer de los sentidos, sino en la paz de la mente y en la liberación de las necesidades,
Epicuro, apartado de la vida política, fue un hombre desinteresado, de trato suave, que mantuvo un alto
concepto de la amistad, virtuoso y morigerado. Murió de una enfermedad renal, en medio de la general
estimación de sus conciudadanos. Generalmente se suele aplicar el adjetivo "epicúreo" en un sentido
peyorativo, contraponiéndolo al estoicismo, doctrina que aparece como rival y cuyo más destacado
representante es el español Séneca. Sin embargo, esta apreciación no se mantiene en pie, si se considera a
fondo la doctrina epicúrea. Basada fundamentalmente en el atomismo de Demócrito, el epicureísmo no
destacó tanto en el aspecto metafísico como en el ético; se trataba de una filosofía práctica, en la que
resonaban las intenciones socráticas. De este modo, la preocupación por los temas lógicos o por la filosofía de
la naturaleza cobraba su cabal sentido en cuanto preparación para elaborar los principios de una vida moral.
De Epicuro han llegado hasta nosotros unos pocos fragmentos de su fecunda obra, singularmente su Tratado
de la naturaleza. Epicuro distinguió entre placer sensible y espiritual, y da primacía a éste. Consideró que los
deseos del hombre eran naturales (tener abundante ropa), necesarios (comer y beber moderadamente) e
innaturales e innecesarios (tener objetos de lujo). Los naturales no eran necesarios, los necesarios debían
satisfacerse y los demás debían suprimirse. La regulación de estos deseos se conseguía mediante la prudencia,
la cual conduce a la tranquilidad de ánimo y a la felicidad. Esta ética se asemejaba a la de los estoicos.
Epicuro admitía tres criterios de verdad: la sensación (aplicable a la realidad presente a los sentidos), la
anticipación (aplicable a los objetos no presentes a los sentidos) y la pasión (aplicable a las sensaciones
7
placenteras o dolorosas). Respecto a sus teorías físicas, que parten de Demócrito, asignaba diferentes pesos a
los átomos. Aun cuando creía que el peso era la causa de que los cuerpos cayeran en el vacío, opinaba que
todos los átomos caían con igual velocidad, colisionando entre sí. Las colisiones atómicas, según Epicuro,
generaban los cuerpos del universo. El pensamiento de Epicuro constituyó una de las grandes tendencias
filosóficas de la época helenística, que llega hasta el siglo II, y se renueva en el Renacimiento. Murió en
Atenas en el año 270 a. de C. Epicuro escribió más de 300 títulos. Sólo conservamos tres obras con certeza
auténticas: las cartas a Heródoto, a Idomeneo y la
carta a Meneceo.
Aristóteles{Biografía} {Filosofía} Nació en Estagira en el año 384 a. C. Hijo de un médico del rey Filipo de
Macedonia. Ingresó muy joven en la Academia de Platón, siendo el más profundo admirador de su maestro y
también su crítico más severo. Llamado a la corte de Filipo para ser preceptor de Alejandro, regresó a Atenas
cuando Alejandro sucedió a su padre en el trono. Fundó entonces el Liceo y enseñó allí durante 13 años. La
reacción ateniense a la muerte de Alejandro le obligó a exiliarse. Aunque la mayor parte de los escritos de
Aristóteles se han perdido, su doctrina ha tenido mayor influjo en la historia que la de ningún otro pensador
hasta el presente. Las más notables obras del Estagirita son el Organon, tratado de lógica; la Física; la
Filosofía primera o Metafísica; Sobre el alma; los tratados de moral: Ética a Eudemo, Ética a Nicómaco, la
Gran Ética y la Política; y, en fin, la Poética y la Retórica. Su división de las ciencias en teóricas, prácticas y
poéticas, y sus esquemas lógicos se han mantenido durante muchos siglos y aún hoy perduran en no pocos
aspectos. Contrariamente a lo que sostenía Platón, Aristóteles afirmaba que el conocimiento de las cosas no
era innato, sino adquirido, y que se iniciaba a partir de los sentidos y a través de ellos. Las sensaciones
originaban las imágenes, sobre las cuales actuaba el entendimiento agente para abstraer de ellas el concepto, la
idea, que tenía carácter universal. El gran problema del cambio y del movimiento, que se venía arrastrando
desde los eleáticos, encontró en Aristóteles una solución genial, con las nociones de potencia y acto. Frente a
las nociones de "ser total""no−ser total", que no podían explicar metafísicamente el cambio, Aristóteles
introdujo la noción de un "poder ser", un "ser relativo": cuando un ser cambia pasa de la potencia al acto. Así,
el agua pasa del acto de ser líquida al acto de ser sólida, para el que estaba en potencia, sin que por ello haya
dejado de ser agua. Al mismo tiempo, Aristóteles estableció otras tesis paralelas para explicar toda la realidad:
materia y forma, esencia y existencia, sustancia y accidentes. Todas ellas eran otros tantos modos de realizarse
la potencia y el acto. Precisamente por la gran trascendencia que una de estas parejas de principios, la materia
y el acto, tuvieron en el desarrollo de la metafísica posterior, el sistema aristotélico se denomina
frecuentemente hilemorfismo, de hylé, materia, y morphé, forma. En la investigación metafísica acerca del ser
estableció Aristóteles cuatro causas: material, formal, eficiente y final. En relación con la causa final formuló
los conocidos argumentos que le llevaron a postular la existencia de un "primer motor inmóvil", es decir,
Dios. En su concepción política definió Aristóteles al hombre como "animal social" y fundamentó en la
familia y la propiedad toda la organización social. Aristóteles concibió el Estado como un producto de la
naturaleza, definiéndolo como "la comunidad de familias y tribus en orden a una vida perfecta y
autosuficiente" (Política), cuyo fin era la vida feliz, la cual se alcanzaba por la virtud. En consecuencia, una
buena constitución estatal había de considerar la virtud de interés público. A diferencia de Platón, Aristóteles
consideró que el centro de la atención pública era la persona individual, poseedora y destinataria de todos los
derechos. Aristóteles distinguió tres formas de gobierno posibles: monarquía, aristocracia y democracia. Su
doctrina ética, que aplicó a sus concepciones políticas, se inspiró en la idea de fin, consistente en la felicidad
como bien supremo y entendido como vida activa del espíritu, ejercicio de la libertad y amor a la sabiduría,
más allá de los condicionamientos materiales (Ética a Nicómaco). La minoría intelectual y moral capaz de
orientar hacia tales comportamientos había de tener una mayor participación en el gobierno. Murió en Calcis
en el año 322 a. C. Hombre del justo medio y de la euritmia Aristóteles era en sus cualidades como en sus
defectos un típico griego. Todos reconocen la eminencia de su genio en todas las materias.
8
Sartre (Jean−Paul){Biografía} {Filosofía} Nació el 21 de junio de 1.905. Fue el más conocido representante
del existencialismo francés, por haber expresado buena parte de su doctrina en obras teatrales, que han
alcanzado universal resonancia: Las moscas (1.942), la primera de ellas, a la que han seguido Puerta cerrada
(1.944), Las manos sucias (1.948), etc., así como en novelas: La edad de razón (1.945), La tregua (1.945), La
náusea (1.938) y varias más. Su obra filosófica más importante fue El ser y la nada (1.943). Sartre, muy cerca
del alemán Heidegger, afirmaba que todo lo que era estaba en acto: la esencia del hombre era la existencia,
esto es, estar fuera de sí. Distinguió entre las cosas, a las que llamaba lo en−sí, que no poseían consciencia, y
el hombre, lo para−sí. Mas como el ser verdadero era, según Sartre, lo en−sí, el hombre era no−ser, esto es,
nada. La nada era lo específicamente humano y venía al mundo sólo por el hombre. Pero, precisamente
porque el hombre era nada, era absolutamente libre. "Esta conclusión es el primero de los tres ec−tasis o
salidas del hombre". La segunda salida era la aparición del para−otro: cuando queremos a otro lo queremos
totalmente. Esto es imposible: era el segundo ec−tasis. En tercer lugar, el hombre, decía Sartre, buscaba
siempre en el fondo el ser, porque era nada y quisiera ser. Este ser total, que sería a la vez lo en sí y lo para si,
es Dios". Lo que afirmaba Sartre era que el hombre, en sus tres salidas o ec−tasis, fracasaba rotundamente:
estaba condenado a una triple incomunicación existencial. Sartre comenzaba aplicando la fenomenología de
Husserl a diversas esferas de la Psicología (La imaginación 1.935; Esbozo de una teoría de la emoción, 1.939;
Lo imaginario, 1.940). Después de la II Guerra Mundial, se centró en problemas sociales y políticos, desde
una postura marxista crítica y antidogmática (Crítica de la razón dialéctica, 1.960). El tema central de la
Antropología sartriana era la libertad, que la entendía como cualidad atribuida a la esencia del hombre. Para
Sartre, la relación entre esencia y existencia era distinta en el hombre y en las cosas; en el hombre la
existencia precedía a la esencia. La libertad (posibilidad de hacerse a sí mismo) no era una propiedad del
hombre, era su razón. La conciencia del ser libre se daba en la experiencia de la angustia. El hombre se
captaba a sí mismo en el vértigo de la angustia. Según Sartre, la libertad era indeterminación, "un absurdo".
Las incoherencias y equívocos del pensamiento sartriano fueron abundantes. Pretendía fundamentar el ser
sobre el no ser y explicar el ser por el no ser, pero esto no era posible, porque la negación no podía constituir
el inicio de nada. Identificó gratuitamente ser y fenómeno. Su negativismo ontológico se explicaba porque
aceptó el rígido dualismo cartesiano (cuerpo−espíritu), transferido del plano físico−teológico al
óntico−fenomenológico. Como novelista, Sartre fue decepcionante. Sus personajes fueron peleles que
representaron un realismo trasnochado y pornográfico. En los cinco relatos de El muro (1.939) negó la
existencia de Dios y consideró al hombre dueño absoluto del bien y del mal, pero paradójicamente describió la
vida de unos seres privados de libertad y carentes de toda condición integral humana. Tal vez la clave de su
contradictorio pensamiento puede encontrarse en Las palabras (1.964), confesión íntima de Sartre,
condicionado por el puritanismo de su abuelo y otras circunstancias familiares, que le indujeron a marginar a
Dios de su vida. Su existencialismo materialista y ateo se calificó por los filósofos más recientes como un
juego de palabras ("logomaquia") inhumano y antisocial. Murió el 15 de abril de 1.980.
NIHILISMO Y SUPERACION DE LA METAFISICA
El Rapport Heideggeriano
Raúl Villarroel
Magíster Filosofía
1.− LA CRITICA DE HEIDEGGER A NIETZSCHE
Se podría denominar "crítica" a la exégesis del pensamiento de Nietzsche y de toda la historia de la metafísica
9
elaborada por Heidegger en una segunda etapa de su filosofía, en la que mantiene como eje referencial de su
reflexión el problema del Ser, y que sigue a las tesis elaboradas en "Ser y Tiempo", como se sabe. Entre otros
pensadores contemporáneos, Gianni Vattimo ha precisado esta distinción en su obra "Introducción a
Heidegger", donde caracteriza este período de la reflexión sobre la metafísica del pensador friburgués como
"la continuación del esfuerzo por concretar de manera extrema la analítica existencial, empeño en virtud del
cual Heidegger se orienta para clarificar el sentido del ser, que era el objetivo al que tendía Ser y Tiempo".[ 1
] En
otro texto de data más reciente, Vattimo insiste en señalar al mismo respecto: "El trabajo de Heidegger, tras el
cambio de rumbo de los años 30, constituye un esfuerzo colosal para pensar de nuevo, rememorar y modificar,
rebajándola, la tradición metafísica". [ 2 ]
Recordemos que Heidegger ha concebido la esencia de la metafísica revelándose como historia del ser; como
el pensamiento que aun cuando se plantea el problema del ser, al mismo tiempo, lo olvida y centra su
preocupación en el ente. [ 3 ] A la vez, este "error" no puede ser concebido como resultado de un acto humano
sino que debe ser entendido como un acontecimiento que se vincula directamente al propio ser, razón por la
cual constituye un "destino" que el hombre no puede soslayar. Por otra parte, el "olvido del ser" no es un
hecho que pueda atribuirse a nuestro tiempo, ni a anteriores generaciones. De idéntica manera a como la
no−verdad pertenece a la verdad, el olvido del ser, constituyente de la metafísica, concierne al ser. Tal olvido
queda manifiesto en la circunstancia de que para la metafísica, el ser resulta una noción obvia, que no
tiene la necesidad de explicaciones ulteriores. Ahora, "Esto −dice Vattimo− equivale a afirmar que el ser es
una noción extremadamente vaga que queda indeterminada, y es lo que afirma Nietzsche cuando comprueba
que la idea de ser ya no es más que 'la emanación última de una realidad que se disuelve'". [ 4 ] Entonces, la
metafísica entendida como el olvido del ser es nuestra determinación existencial en cuanto no somos sino
apertura histórica al ser del ente; por ello la metafísica es, en este sentido, nuestra esencia y nuestro destino.
En efecto, Heidegger ha mostrado cómo, además, la constatación misma de la metafísica en su naturaleza de
olvido del ser es también un hecho que pertenece a la historia del ser y no a un pensador determinado o a una
conquista de la humanidad. El descubrimiento de la esencia de la metafísica sólo resulta posible cuando ésta
alcanza su fase conclusiva; aún más, el descubrimiento se identifica con el acontecimiento mismo de su final.
Podemos reconocer la esencia de la metafísica cuando esa esencia se hace manifiesta, y esto acontece sólo
cuando llega a su término. Unicamente cuando la esencia de la metafísica −que es el olvido del ser− se hace
presente, se puede reconocer el olvido como tal y se puede recordar lo que se había olvidado; por tanto, sólo
entonces se muestra la posibilidad de ir más allá de ella misma. Pues bien, para Heidegger, la metafísica se
encuentra alcanzando su culminación en el pensamiento de Nietzsche, en la medida en que éste se perfila
como el primer nihilista y la esencia metafísica no es sino el nihilismo; es decir, la historia en la cual del ser
ya no queda más nada, tal como dice en su obra "Nietzsche", escrito que revisaremos en parte a continuación.
Por ello Heidegger le dedicó al pensador solitario su más central atención, concediéndole con esto el lugar en
la historia de la filosofía que hasta
entonces le había sido negado.
Decíamos que en esta segunda etapa es donde alcanza una gravitación significativa sobre los planteamientos
heideggerianos la filosofía de NIetzsche. A tal punto esto acontece, que no se puede desconocer que opera
como una suerte de factor desencadenante de su producción en el transcurso de este período. Heidegger se
inscribe en el contexto nietzscheano para, desde allí, recorrer la perspectiva que, a su entender, quedó
insuficientemente extendida como para haber logrado, en la figura de lo que podría ser una suerte de
superación (Überwindung) [ 5 ] , esa instancia ultrametafísica que logra instalarse más allá de la condición
que el propio NIetzsche
10
atribuyera, como su sello distintivo, a la historia del pensar en Occidente.
Podemos denominar "crítica" entonces, a la intención manifiesta de Heidegger de atravesar el pensamiento de
Nietzsche y avanzar, todavía más, por la misma senda que éste ya trazara; Heidegger busca re−pensar la
metafísica de Nietzsche a partir de su esencia más original, y pensar por este medio al Ser en cuanto tal. No
más al Ser como Ser del ente, que es, tal como lo sostiene, la empresa inconclusa, la valla insuperada por el
pensamiento de Nietzsche.
Todo lo anterior queda de algún modo manifiesto cuando Heidegger afirma en su "Nietzsche": "Ni el
reconocimiento del ente en cuanto hecho elemental (es decir, como Voluntad de Poder) conduce a Nietzsche a
pensar el Ser en cuanto tal, ni tampoco llega éste a pensarlo por vía de su interpretación como 'valor
necesario'. Ni el pensamiento del 'Eterno Retorno de lo Mismo' lo impulsa a meditar la eternidad como
instante de simultaneidad de presencia y retorno, en tanto que modo de esa misma presencia; y una y otra
según su origen esencial, a partir de un 'tiempo inicial'".
[ 6 ] (*)
En la indagación de este aserto podemos llegar a obtener la formulación del cercamiento preciso que
Heidegger hace con respecto a la metafísica de Nietzsche.
Este rapport heideggeriano nos puede conducir a desentrañar un tópico de particular relevancia para la
comprensión de nuestra época, como sería la posibilidad de que ésta se encuentre o no superada (si es
entendida como época de la metafísica) y, con seguridad, a proyectarnos también hacia una buena definición
del nihilismo, que nos otorgue una mayor precisión respecto de "el más inhóspito de todos los huéspedes"
como Nietzsche lo llamara; ahora, en su actual fase de culminación o convalescencia, en este momento
especial que podemos denominar con el complejo término Verwindung, por medio del cual Heidegger
describe la relación del pensamiento
postmetafísico con la metafísica, y en el que podrían resonar las nociones de cura, aceptación y resignación, o
bien de distorsión, porque Verwindung es para Heidegger el modo como el pensamiento piensa la verdad del
ser en cuanto destino o trans−misión; en este sentido el término pasa a ser sinónimo de An−denken, que es el
otro término con que Heidegger suele referirse al pensamiento postmetafísico, An−denken porque se trata de
un re−memorar al ser, pero sin hacerlo jamás presente sino re−memorar algo que ya está ido, porque no se
accede al ser sino a través del recuerdo, de aquello que en él se transmite, de su proyección o destino. Vattimo
ha aludido a esto último cuando en "Etica de la interpretacion" comentando precisamente esta relación fluída
y transitante señala: "Posmoderno, podemos traducir, es lo que mantiene con lo moderno un vínculo
verwindend: el que lo acepta y reprende, llevando en sí mismo sus huellas, como en una
enfermedad de la que se sigue estando convaleciente, y en la que se continúa, pero distorsionándola. [ 7 ]
En el análisis de Heidegger se establece que el Ser entendido como Ser del ente, corresponde al Ser abordado
desde el punto de vista de la entidad, que ha emergido tradicionalmente en la filosofía según el modo de la
pregunta: ¿ Qué es? (totin estin): Ahora, el "qué" del es, marca aquello que hace que el ente sea lo que es. Este
"qué" es la quidditas y explica "lo que" es: La respuesta a esta pregunta, entonces, va a estar siempre referida
al "qué" del ente, cuestión que se ha entendido habitualmente como la "esencia" (Das Wesen), la essentia del
ens. Esta pregunta, por tanto, permite determinar el Ser del ente. Luego, la conceptualización que se ha
derivado de este procedimiento habitual de la metafísica estará invariablemente referida al ente y a su dominio
y no
al ser mismo, al Ser en cuanto tal. El que en esta denominación de essentia, que no es fortuita ni indiferente
como sostiene Heidegger, queda recogido el hecho de que el Ser del ente esté pensado a partir de la quidditas,
11
es ya una interpretación de corte metafísico de la esencia porque ésta queda asumida en tanto que esencia del
ente. Heidegger afirma: "Pero la pregunta por la esencia del Ser se extingue si no abandona el lenguaje de la
metafísica, porque el representar metafísico impide pensar la pregunta por la esencia del Ser".[ 8 ]
Como se dijo, es esta manera de comprender al Ser, en la que predomina lo entitario, la que se define como
"metafísica". Corresponde al pensamiento de la duplicidad: Ser − apariencia: inteligible − sensible; idea −
cosa. Corresponde, tal como se ha visto, a la afirmación del Ser del ente desde Platón en adelante. Es el
"olvido del Ser", dicho en el lenguaje heideggeriano, olvido que para el representar corriente cae en la
apariencia de la mera omisión, del descuido que, a menudo, se encuentra como un estado del hombre
representado en sí mismo, como un hacer y un dejar sólo humanos. No obstante, para Heidegger, "el olvido no
sólo invade, como aparentemente separado
de él, la esencia del Ser. Pertenece a la cosa del Ser mismo, impera como destino de su esencia" [ 9 ] y ésta es
una consideración que jugará un papel de importancia en la evaluación que Heidegger hará de la
Überwindung nietzscheana, como trataremos de clarificarlo más adelante.
Mientras tanto hagamos recaer nuestra atención en el hecho de que, para Nietzsche, la negación que hiciera
Platón respecto de lo sensible en provecho de la "idea", ya es una manifestación expresa de nihilismo por
cuanto representa la apuesta por una suprarrealidad que aún careciendo de existencia llega a constituirse en la
base de aquellas ulteriores y conocidas formulaciones trasmundanas que él combatiera. Heidegger, por su
parte, ha dicho: "La metafísica de Platón no es menos nihilista que la metafísica de Nietzsche. En aquélla la
esencia del nihilismo permanece tan solo velada, en tanto que en ésta, en cambio, alcanza su plena
manifestación. Sin embargo, de cualquier manera, en el interior de la metafísica misma, esta esencia no se
deja jamás reconocer.[ 10 ] Por ende, Nietzsche buscará invertir esta determinación que Platón y sus
continuadores (toda la filosofía posterior) dejaron caer sobre la historia del pensar occidental. Nietzsche, como
testigo del despliegue histórico alcanzado por el pensar en su época, quiere escapar al círculo de la metafísica
dominante mediante la inversión total de los valores, mediante la re−afirmación de la "apariencia" por sobre la
"realidad", negando enfáticamente ese cimiento en que se ha fraguado la verdad: el trasmundo de Platón y el
cristianismo. Este será el extremo del nihilismo, entendido como la manera a la que recurre Nietzsche para
intentar la superación.
Heidegger, en cambio, desplazará el punto de vista, se alejará aún más, intentará retroceder para comprender
la esencia de la metafísica, más allá de los términos en que Nietzsche lo ha planteado.
Heidegger entenderá la metafísica como el pensamiento del Ser del ente por excelencia, que nunca llega a
pensar al Ser en cuanto tal, que en su caracterización nihilista se ha convertido en el "estado normal" de la
humanidad. Por ello es que Nietzsche aparece para Heidegger contemplado igualmente dentro de la metafísica
porque piensa que, como se dijo, ni el "Eterno Retorno de lo Mismo", ni el "Valor", ni la "Voluntad de Poder"
pueden llegar a pensar al Ser en cuanto tal, quedando recluídos también en el mismo círculo del pensar
representacional en que lo que finalmente se llega a pensar no es más que un ser desde la óptica del ente.
Heidegger sostiene la
idea de que en la metafísica nietzscheana, el nihilismo no llega finalmente a ser superado, sino que es, más
bien, su expresión extrema, vale decir, el agotamiento de la posibilidad del pensamiento del Ser del ente, que
se da precisamente por situarse en el extremo del agotamiento de la metafísica, por ser Nietzsche "el último de
los metafísicos".
Se trataría, por tanto, de pensar al Ser en cuanto tal y ya no desde el ente. Reconocer al Ser en cuanto tal es
dejar reinar al Ser en toda su cuestionabilidad (FragwÜrdigkeit), en cuanto lo "digno de ser pensado". Pensar
al Ser es pensar al Ser que ha quedado impensado en la tradición de la filosofía, pensarlo en lo que queda por
pensar; en cuanto no puede ser reductible simplemente a una respuesta, sino en cuanto permanece siempre
abierto en esa cuestionabilidad. Este puede ser el modo de establecer el rapport más correspondiente al Ser,
12
pues, en la medida en que la
metafísica ha entregado respuestas, al mismo tiempo, ha cerrado su esencial cuestionabilidad, dejando
impensado en cuanto Ser. Plantea al respecto Heidegger: "El Ser no es cuestionado en tanto que tal. Ello
porque el Ser mismo queda no pensado en la metafísica, y no por mera casualidad, sino porque ello está de
acuerdo con su propia manera de cuestionar" [ 11 ] Es decir, el peculiar sentido interrogador de la metafísica
es el que, pensando al Ser en tanto que ente en su existencia, no piensa al Ser en tanto que Ser.
El nihilismo es la historia en la cual el Ser está ausente, es "el olvido del ser". Si ello es así, entonces la
esencia del nihilismo no puede ser pensada por la metafísica. Hay que salir de ella, luego, para poder pensarla.
Tan sólo en la filosofía del Ser es posible comprender el nihilismo y la esencia de la metafísica. La metafísica
en cuanto metafísica es el auténtico nihilismo. La metafísica reconoce, sin duda, que el ente no es sin el Ser.
Reconoce la necesidad del Ser desde el ente, pero, en cuanto afirma esto, está ya transfiriendo el Ser a un ente,
sea en el summum ens, el theion, o bien en el sujeto de la subjetividad; o en ambos, como en el modo
hegeliano, en que se
reconoce la subjetividad del Espíritu absoluto.
Ahora bien, lo impensado no puede ser entendido como producto de un olvido involuntario o como una
negligencia de parte de los filósofos, sino como algo perteneciente al ser mismo, como su propia historia,
como un momento en el que el Ser permanece oculto. Así es como lo que ha sido fue, o es.
Por una parte, pertenece al Ser el des−velamiento y éste aparece como lo que es; y, por otra, como aquello que
se oculta y se vela. La no−ocultación impensada del ente sería el Ser mismo impensado. "El Ser mismo
esencia en tanto que esta no−ocultación; en tanto que des−ocultación" [ 12 ] señala Heidegger. El ente viene a
la presencia por medio de este "esenciar" provocado por el Ser. El mismo Ser, empero, queda en la ocultación,
se vela a sí mismo. En este olvido consiste la Nada para Heidegger; vale decir, el Ser mismo en cuanto
permanece "faltante" en la desocultación. Nihilismo es "olvido del Ser". Heidegger ha descubierto la Nada del
nihilismo; no como pura negatividad, sino como lo positivo en cuanto al Ser mismo. A Heidegger se le ha
hecho
presente la "voz" del Ser en el nihilismo, por ello, intenta, al amparo y guía de esta voz, pensar más allá de la
metafísica, en el sentido de pensar su esencia, y sólo de este modo al Ser en cuanto tal, cuestión que Nietzsche
no habría llegado finalmente a conseguir.
2.− LOS TERMINOS CAPITALES DEL PENSAMIENTO DE NIETZSCHE
2.1. Nihilismo
En el segundo volumen de su "Nietzsche", Heidegger se refiere a dos usos originales del término en cuestión:
nihilismo. El primero de ellos provendría posiblemente de Fr. H. Jacobi, en donde "En su carta a Fichte la
palabra 'nada' aparece frecuentemente" [ 13 ] , y en donde Jacobi habría
descalificado al idealismo llamándolo "nihilismo". Posteriormente, el término habría sido puesto en
circulación por el poeta ruso Tourgueniev, contemporáneo de Nietzsche, al parecer también con
un propósito reprobatorio "para denominar la concepción según la cual tan sólo el ente al que se
accede por medio de los sentidos, es decir, el que se experimenta por sí mismo, sería el que existe
realmente, y ningún otro" [ 14 ] ; sin duda en una clara alusión a lo que se ha entendido
13
generalmente como positivismo. Se podría desprender, entonces, de esta información aportada
por Heidegger, que al rastrear el itinerario semántico precedente a la significación que Nietzsche le
va a dar en su empleo al término, que éste habría tenido una connotación más bien descalificadora
que de diagnóstico epocal y un ámbito de denotación bastante más restringido que aquel que
Nietzsche le va a asignar con posterioridad cuando lo asuma como clave interpretativa del
pensamiento y la cultura.
Para Nietzsche el término significa esencialmente algo superior, más significativo y abarcante que
un mero recurso reprobatorio: Nietzsche habla de "nihilismo europeo", sin querer referirse con
ello, para nada, al positivismo que se estableció a mediados del siglo XIX, ni a su expansión
geográfica por Europa. Para Nietzsche, el carácter de "europeo", contiene una significación
histórica (o historial) que resulta equivalente a la significación de "occidental", en el sentido de la
historia de Occidente. Heidegger amplía la comprensión entendiendo el término "Occidente"
(Abendland) con una carga de significado ontológico antes que geográfico; en rigor, como un
término que designa topológicamente la tierra del atardecer, la región del crepúsculo, del declinar
del Ser. Occidente es en la comprensión heideggeriana el lugar donde el Ser se ha extinguido.
Gianni Vattimo, teniendo en vista este encuadre heideggeriano, describe: "Occidente no es la tierra
en la que el Ser se pone, mientras en otra parte resplandece (resplandecía, resplandecerá) alto en
el cielo del mediodía: Occidente es la tierra del Ser, la única, precisamente en cuanto es también,
inseparablemente, la tierra del ocaso del Ser".[ 15 ]
Pues bien, Nietzsche se sirve del término nihilismo para designar el movimiento histórico en que los
siglos precedentes determinaron a los ulteriores; acontecimiento que él fue el primero en reconocer
y cuya interpretación más esencial quedó definida por su sentencia "Dios ha muerto".
De acuerdo con el análisis que Heidegger elaborara posteriormente respecto del aserto decisivo
de Nietzsche: "El 'Dios cristiano' ha perdido su poder sobre el Ser y sobre el destino del hombre"
[ 16 ] porque éste es la peculiar representación de lo "suprasensible" de manera general y de sus
interpretaciones particulares, ya sea en el sentido de "ideales", o "principios", o "valores", u otros;
14
todos ellos concebidos, en última instancia, como estructuras dadoras de sentido con las que
Nietzsche habría terminado una vez que enfatizara la voluntad de recuperación del espíritu trágico
de la existencia humana, esencialmente definido por el sinsentido más absoluto y radical.
2.2. Transvaloración de todos los valores [ 17 ]
Nietzsche dice puntualmente que la falta de crédito, la carencia de validez de los valores supremos
es el nihilismo. Heidegger extiende esta formulación hasta llegar a afirmar que en el proceso
histórico por el cual lo "suprasensible" ha perdido su supremacía, el Ser mismo ha perdido su valor
y sentido propio. La muerte del "Dios cristiano", en el marco del nihilismo entendido como historia
del Ser, adviene lenta, pero inevitablemente. Desde aquí en adelante, el hecho de que la creencia
en Dios aún persista, y que su mundo se tenga por real y normativo hasta nuestros días,
equivaldría a la aparente luminosidad de un astro extinguido hace milenios, cuyo brillo y resplandor
no son más que una pura apariencia hoy. Por ello, el fin de la metafísica se devela en cuanto
representa el fin del primado de lo suprasensible y de las "ideas"; no obstante, semejante fin no
constituiría el término de la historia como tal, sino que representaría el advenimiento de un nuevo
estado del espíritu, que ahora toma en serio el hecho de la muerte de Dios. La propia filosofía de
Nietzsche representaría la entrada al inicio de una nueva era: la nuestra, cuyas transformaciones no
pueden compararse a ninguna de las acontecidas hasta ahora. Heidegger se vale de una hermosa
metáfora para esclarecer este hecho: "El viejo escenario de teatro del mundo podrá seguir siendo
por un tiempo el mismo; la obra que se representa, sin embargo, es ya una nueva" [ 18 ] : Por
consiguiente, el nihilismo, en su sentido clásico, significará a partir de aquí, la liberación respecto
de los valores hasta ahora prevalecientes; en cuanto preparación de una "transvaloración" de
aquellos mismos valores. Ahora bien, Nihilismo (Nihilismus) y Transvaloración de todos los
valores (Umwertung aller Werte) son los dos primeros "términos capitales" (leit Worte) del
pensamiento de Nietzsche, como plantea Heidegger en la obra que aquí revisamos.
2.3. Voluntad de Poder
La transvaluación nietzscheana habría concebido por primera vez al Ser en tanto que valor. De
15
este enfoque, la metafísica anterior pasa a ser pura concepción de valores. Pero, como se ha
enunciado, esta total devaluación de todos los valores que habían sido concebidos como
supremos, conduce inevitablemente a una nueva "posición" de éstos. Heidegger lo sostiene de la
siguiente manera: "El no frente a los valores anteriores, proviene del sí a la nueva posición de
valores...por consiguiente en el sí de la nueva posición de valores se encierra un no rotundo"[ 19 ]
, con lo cual la postura nietzscheana queda caracterizada y concebida por el pensador de Friburgo
como igualmente metafísica, como ineludiblemente referida y determinada por su impronta, en
cuanto se estructura como "contra−movimiento" en relación a ella, sin poder escapar finalmente al
círculo que aquélla cierra en torno suyo.
Pero Nietzsche ya había advertido de su riesgo. "El nihilismo incompleto, sus formas: vivimos en
medio de él. Los intentos de escapar al nihilismo sin transmutar los valores aplicados hasta ahora,
producen el efecto contrario, agudizan el problema". [ 20 ] En efecto, el peligro está acechando,
pues, el vacío que ha dejado la desaparición de Dios, de su lugar en el mundo suprasensible,
tenderá a ser llenado con cualquier otra posibilidad de dios. De acuerdo con Nietzsche, el
socialismo, por ejemplo, o bien la idea de una redención universal, serían manifestaciones de este
nihilismo incompleto, sustituciones de la idea del dios decadente o extinguido. Por ello, en
consecuencia, el nihilismo completo tendrá necesariamente que acometer la tarea de la supresión
definitiva del lugar mismo de los valores, deberá efectuar la subversión total de ellos por vía de su
abrupta remoción desde el ámbito suprasensible en que han establecido tradicionalmente su
imperar. Heiddegger afirma que, más que una situación en la que se deban cambiar viejos por
nuevos valores, se trata de provocar la inversión (Umdrehung) [ 21 ] , tanto de la clase como del
modo mismo del valorar. "La posición de valores necesita un nuevo principio; esto es, aquél de
que parte y al que se atiene. La posición de valores necesita otro dominio".[ 22 ]
Entendamos, entonces, que el itinerario trazado por Nietzsche para la cuestión de los valores va
desde su establecimiento como tales, o su fijación, hasta alcanzar la nueva posición de aquella
forma o modo de la valoración que establece el principio de toda posición de valores que valora
16
de otra manera; pasando, entretanto, por la caducidad de éstos y la subsiguiente subversión en
que se sustituyen unos por otros. Pero, aquí surge obligatoriamente la pregunta: ¿ Alcanza
Nietzsche, por medio de esta elaboración descrita, a sobrepasar verdaderamente el marco que la
metafísica ha impuesto para la consideración del problema de los valores? ¿ Podemos entender
que en el pensamiento de Nietzsche tiene lugar realmente una superación por relación a la
metafísica tradicional? Revisemos unas cuantas ideas previamente al intento de dar respuesta a
esta interrogante.
Heidegger nos lleva a recordar que para Nietzsche el valor debe ser entendido como "punto de
vista" de las condiciones de "conservación y aumento" de las complejas estructuras de la vida en el
marco del devenir. Entre conservación y aumento se da una referencia recíproca y unforme,
puesto que la conservación de la vida está al servicio del aumento de ella misma; dado que si su
única pretensión queda fijada a la conservación, sobreviene inevitablemente la decadencia; pero,
también, no podría ser concebible un aumento sino a partir de un estado que se ha conservado
como seguro y que es, justamente, el que permite ser aumentado. De esta forma, la calidad de
"punto de vista" que tiene el valor en el pensamiento de Nietzsche apunta a un ver que puede ver
las complejas estructuras en que se articula el binomio conservación−aumento de una vida que
puede ser comprendida sólo como esencialmente valoradora. Todo esto en el marco de un
devenir que se nos aparece como "Voluntad de Poder" y así, como aspecto distintivo de la vida.
Ello nos hace pensar que la vida entendida en cuanto esta voluntad de poder, se expresa
visiblemente en las estructuras de dominación, que se manifiestan en sus aspectos figurativos de
Estado, religión, ciencia, arte, sociedad; los que a su vez, entonces, orbitan en torno a los
movimientos de conservación y aumento ya señalados.
De lo anterior podemos inferir, por lo tanto, que la voluntad se expresa como aquello que "pone"
el punto de vista, ante lo cual Heidegger afirma: "La voluntad de poder es la razón de la necesidad
de la posición de valores y el origen de la posibilidad del juicio por valores" [ 23 ] , mientras a
continuación agrega: "Aquí resulta claro: los valores son las condiciones que se pone a sí la
17
voluntad de poder misma" [ 24 ] , y en otro lugar "La pro−posición del Ser en tanto que valor,
puesta por la Voluntad de poder, es el último paso que da la metafísica moderna, en el que el ser
aparece en tanto que Voluntad de poder". [ 25 ]
A partir de aquí, estamos en condiciones de reconocer que el pensar de los valores está
debidamente fundado en la metafísica de la voluntad de poder. En consecuencia, la delimitación
que Nietzsche programa para el asunto del nihilismo, pensado como el proceso por medio del cual
los valores supremos van cayendo en total obsolescencia o caducidad, para luego verse
subvertidos, permanece igual y definitivamente en el ámbito de la metafísica, aún cuando se trata
ahora de la metafísica de la Voluntad de Poder (Wille zur Macht), término que para Heidegger
ocupa el tercer lugar entre aquéllos que categoriza como capitales en el pensamiento de Nietzsche.
El poder no consiste en un mantenerse en sí mismo, es decir, el poder no busca recluirse en una
determinada esencialidad; por el contrario, el poder consiste en un permanente transgredir y
sobrepasar el nivel de poder obtenido cada vez. En la medida en que el poder se establece en un
cierto nivel se torna inmediatamente impotente. Sin embargo, la "Voluntad de Poder" no implica
jamás el deseo simple o la aspiración puramente romántica de lo impotente por llegar a acceder o
a apoderarse del poder, sino que el poder busca consagrarse a sí mismo en un estadio siempre
superior, en un continuo "sobre−poder". De este modo, el término "voluntad de poder" está
referido a aquello de donde toda institución de valores procede y a aquello hacia lo cual, al mismo
tiempo, retorna. Luego, el poder es el valor supremo; ya que, ante todo y principalmente, es el
poder mismo y nada más que el poder lo que pone los valores; lo que los hace prevalecer y
decide por sí cualquier posible justificación de una institución de ellos. La voluntad de poder, en
tanto que principio de la nueva institución de valores, no tiene otro propósito aparte que el ente en
su totalidad. Pero, porque todo lo que es en cuanto voluntad de poder; es decir, en tanto
rebasamiento incesante de poder por el poder mismo, es un constante "devenir", es que, sin
embargo, este "devenir", lejos de progresar en un movimiento que lo conduzca fuera de sí, hacia
un objeto o fin ajeno a sí mismo, se ve arrastrado invariablemente hacia la circularidad contenida
18
en la intensificación del poder, suerte de "trampa" metafísica que lo hace volver constantemente
sobre sí. De esta misma manera, el ente en su totalidad vuelve siempre a sí mismo en tanto que
devenir conforme al poder; situación que impide pensar que en la metafísica de Nietzsche pueda
concebirse el momento de la superación pretendida, como se ha estado sosteniendo hasta acá.
2.4. Eterno retorno de lo mismo
De tal modo, el carácter fundamental de la voluntad de poder, que afecta al ente en su totalidad,
se determina igualmente como un Eterno Retorno (ewige Wiederkunft), cuarto término capital en
el pensamiento de Nietzsche según Heidegger. Este dice cómo llega a ser de una esencia
determinada el ente en su totalidad.
Heidegger nos dice que el término "Eterno Retorno de lo Mismo" es el que aporta la interpretación
más aguda con respecto al nihilismo clásico, ya que deja abolido todo fin aparte y más allá del
ente, porque el término "devenir" quiere decir: rebasamiento del poder en tanto que esencia del
poder, que de acuerdo con su naturaleza vuelve sobre sí y retorna constantemente a su propio
género; sin desplegarse simplemente como progresión ilimitada hacia un fin desconocido ni
extenderse como un confuso y abigarrado tumulto de impulsos desencadenados.
De la transvaloración de todos los valores se deriva, entonces, la condición irrestricta del hombre
de erigir absolutamente a partir de sí mismo, por sí mismo, y por sobre sí, las "nuevas banderas"
bajo las cuales será necesario realizar la instauración del ente en su totalidad en el nuevo orden.
"Desde el momento en que lo 'suprasensible', el 'más allá' y el 'cielo' son aniquilados, no queda
más que la tierra" nos dice Heidegger. [ 26 ] El nuevo orden representa la supremacía del poder
ejercido por el hombre sobre la tierra. No más dioses, no más ultramundos, no hay lugar para una
humanidad viviendo como hasta ahora bajo el imperio de los valores que han prevalecido. Esa
humanidad que busca su ser como humanidad en términos de voluntad de poder y entiende este
ser como pertenencia a una realidad determinada en su totalidad por la voluntad de poder, se
define por medio de una figura esencial del hombre que va más allá del hombre que había sido
hasta ahora, un hombre que asume una y mil veces su trágica condición como un Eterno Retorno
19
de lo Mismo.
Entonces, a partir del "Nihilismo", vale decir de la "Transvaloración de todos los valores" en el
seno del ente en cuanto "Voluntad de Poder" y en vista del "Eterno Retorno de lo Mismo", una
nueva posición para el hombre deviene necesaria en el pensamiento de Nietzsche. Esta es la del
Superhombre.
2.5. Superhombre
"El nihilismo clásico, que como transvaloración de todos los valores experimenta al ente en cuanto
Voluntad de Poder y no admite otra cosa que el Eterno Retorno de lo Mismo en tanto que único
fin, se ve obligado a re−crear al hombre mismo −a saber, al hombre sido hasta ahora− más allá de
sí mismo y crear, en tanto que medida y tipo ejemplar, a la figura del 'Superhombre' [ 27 ]" , nos
dice Heidegger. En el espíritu de Nietzsche, el Superhombre (Übermensch), quinto término
capital, no es tan sólo el engrandecimiento del hombre existente hasta ahora, sino que esta figura
altamente significativa de la humanidad, que en tanto incondicional Voluntad de Poder se
manifiesta en cada hombre en diferentes grados y le confiere su pertenencia al ente en su totalidad,
le otorga una existencia que está verdaderamente próxima a la realidad y la vida.
El Superhombre deja pura y simplemente atrás al hombre de los valores precedentes, que no está
preparado aún en su esencia para el ser que, entretanto, domina la existencia; pero que deja
imperar sobre sí la necesidad de ir más allá de sí. La humanidad da de esta manera el último paso
y cumple esa esencia de autoconciencia que es propia de la mentalidad moderno−metafísica. La
decadencia de los valores llegó a su fin. Algo se ha superado. Pero, lo que se ha superado es, en
último término, el nihilismo de que "se devalúen los valores supremos". "La idea de Nietzsche que
concibe el Superhombre, proviene del pensar que concibe lo ontológico, el Ser como existente, y
así se amolda a la esencia de la metafísica, aunque sin poder experimentar esta esencia dentro de
la metafísica" señala Heidegger. [ 28 ] Por ello, tal como en la metafísica anterior, aquélla sobre la
cual ejerce su crítica demoledora, queda del mismo modo velado para Nietzsche el punto en el
cual se puede precisar la determinación que la esencia del Ser efectúa sobre la esencia del
20
hombre. Heidegger nos dice: "De ahí que aún para el propio Nietzsche quede en la oscuridad en
qué relación está el pensar que concibe el superhombre en la figura de Zarathustra con la esencia
de la metafísica". [ 29 ] La idea de superhombre, en la interpretación heideggeriana, debe ser
situada en el contexto de la metafísica de la subjetividad, en la que el hombre transformado en
subjectum es el centro de referencia del ente como tal. Y en tanto representante de la voluntad de
poder como sujeto supremo incondicionado, el superhombre viene a ser la prefiguración del
hombre técnico que domina la tierra y el preanuncio del pensar calculador. En la consideración
heideggeriana, el pensar que Nietzsche inaugura a partir de la Wille zur Macht es un pensar
"clausurador", en tanto constituye una respuesta acabada y cerrada acerca del ser del ente.
Entonces, si el pensar nietzscheano está relacionado con la voluntad de poder, no existiría ninguna
posibilidad de que éste diera una respuesta al nihilismo tecnocientífico; por el contrario, se podría
pensar que el filosofar y sus figuras relevantes −el "superhombre", el "eterno retorno", etc.− no
serían más que ahondamientos o radicalizaciones del tipo de pensamiento que en nuestra época se
ha vuelto dominante: el pensar calculador.
Aquí valdría la pena preguntarse si Heidegger ha oído efectivamente lo que Nietzsche dice y lo
que, también, deja de decir; o si en su interpretación no olvida lo que luego él mismo reencuentra
en su propio pensar, porque pese a su firmeza y solidez, la interpretación heideggeriana ha
convertido a Nietzsche, de pensador del perspectivismo y de la multiplicidad de caminos, a
pensador−antecedente de la tecnociencia y sus caminos laterales; de pensador que asume el
pensar en la forma del riesgo, a pensador del aseguramiento máximo del ente en la voluntad
calculante de los valores; en fin, de buscador de salidas para el nihilismo, a máximo consolidador y
profundizador de este último como nada del ser. Esta es una pregunta que permanece latente y a
la espera de respuesta en nuestro tiempo.
La siguiente frase de Heidegger que, para realzar su elocuencia, merece ser citada, in extenso,
define y cierra en gran medida la delimitación o el encuadre que se ha tratado de mantener hasta
acá en cuanto a esclarecer el aserto inicial de esta parte del trabajo, principalmente en función a
21
vislumbrar un poco más de cerca la crítica elaborada por Heidegger en torno al problema de la
superación del nihilismo y la metafísica por parte del pensamiento de Nietzsche: "Es difícil, pero
ineluctable para el pensamiento futuro, llegar a la elevada responsabilidad en base a la cual
concibió Nietzsche la esencia de aquella humanidad que se determina en el destino del ser de la
voluntad de poder para hacerse con el dominio sobre la tierra. La esencia del superhombre no es
una patente para el delirio de una arbitrariedad. Es la ley, fundada en el ser mismo, de una larga
cadena de altísimas autosuperaciones de previa realización para que el hombre pueda llegar a
madurar para lo existente propio del ser como existente, ser que como voluntad de poder pone de
manifiesto su esencia volitiva y mediante ese aparecer hace época, a saber, la última época de la
metafísica".[ 30 ]
Pensar el nihilismo en función de los "términos capitales" que hemos descrito, permite revelar que
la esencia del nihilismo está en sí contenida o expresada en significaciones, grados o estructuras
múltiples. Por ello, el término "Nihilismo" se presta para muy diversas aplicaciones o manejos. Se
puede llegar a entender a modo de un slogan vacío de contenido, destinado a servir de distractor,
o de factor de descrédito y a confundir en su propia irreflexión, respecto de aquello en lo cual se
constituye en un abuso. Pero, nihilismo significa, antes que todo, pensar la historia de la metafísica
occidental en tanto que el fondo de nuestra propia historia, y esto en el sentido de las decisiones
por venir. Lo que Nietzsche pensaba por este término podemos comprenderlo esencialmente
entendiendo el "nihilismo clásico" como un nihilismo en que lo "clásico" consiste precisamente en
que, en su ignorancia, éste se defiende porfiadamente de llegar a conocer su más íntima esencia.
Heidegger, al respecto, sostiene: "El nihilismo clásico se devela entonces en tanto que este
agotamiento del nihilismo, en el cual aquél se despliega para dejar de pensar precisamente lo que
constituye su esencia".[ 31 ]
Por último, se puede decir también que la exégesis heideggeriana del pensamiento de Nietzsche no
aspira a ser una referencia decisiva ni una explicación integral de todas las declaraciones suyas,
sino que, más bien, lo que busca es comprender la más íntima esencia de esa historia caracterizada
22
por el nombre de "Nihilismo", con el propósito de examinar de esta manera al Ser de lo que es.
Ello queda en evidencia tras la siguiente afirmación de Heidegger, con que damos término a esta
presentación: "Por esto queremos re−pensar el pensamiento nietzscheano del nihilismo en tanto que
el saber de un pensador pensando en lo abierto de la historia universal. Semejantes pensamientos
no son jamás la simple manera de ver de un hombre aislado: aún menos son ellos la pretendida
expresión de su tiempo. Los pensamientos de un pensador del rango de Nietzsche son la
resonancia de la historia aún olvidada del Ser en la palabra que el hombre histórico profiere en
tanto que su propio lenguaje ". [ 32 ]
utilitarismo
Doctrina política y moral cuyo criterio básico es el de utilidad. Expresado por F. Hutcheson y profesado por
Helvetius y por Holbach, el utilitarismo se convirtió en doctrina en el s. XVIII, con J. Bentham, y en el s.
XIX, con J. Mill y J. Stuart Mill.
Según la doctrina utilitarista, lo útil es el principio que guía la actividad económica y social, entendiendo por
utilidad de una acción (según Bentham) la tendencia de dicha acción a causar placer y a impedir el dolor de
todos aquellos cuyo interés está en juego. La ley consiste, pues, en armonizar intereses y en eliminar
obstáculos al aumento del bienestar del mayor número posible de ciudadanos; en economía, este
planteamiento se traduce en un «laissez−faire» (teoría típicamente manifiesta en Ricardo). Stuart Mill («El
utilitarismo», 1863) da a la doctrina utilitarista un acento moral: así, dado que el criterio de conducta no es el
bienestar personal, sino el de todos los interesados, el individuo ha de ser imparcial, y no egoísta, y no puede
confundir felicidad y satisfacción. Por su parte, Hegel había visto en la utilidad el concepto básico del espíritu
ilustrado (cuyo modelo de conocimiento es el saber científico), según el cual el mundo, el hombre y Dios
mismo pierden toda objetividad y autonomía (se los considera sólo desde la perspectiva de su utilidad).
formalismo
El formalismo es una corriente del pensamiento científico, iniciada por D. Hilbert (Königsberg,
1862−Gotinga, 1943), quien propuso la formalización total de la matemática mediante un proceso de
axiomatización.
La formalización consiste en la creación de un sistema formal a partir de un método de cálculo deductivo y un
modelo de interpretación. Se denomina formalización no estricta o semiformalización la inclusión de una
simbología abstracta en el tratamiento formal de un problema o de un campo de aplicación de la
metamatemática.
nihilismo
23
Actitud que niega el ser de lo real (nihilismo metafísico) o la posibilidad de conocerlo (nihilismo
epistemológico, equivalente al escepticismo). Para Nietzsche, es la actitud final negativa, propia de la historia
occidental y resultante de haber sido negados los auténticos valores (de la fuerza, de la espontaneidad y del
superhombre) en favor de unos supuestos valores (de la equidad, de la humildad, etc.) en los que ha de
acabarse necesariamente no creyendo. También es (aunque sólo de forma implícita), la actitud positiva
consistente en negar los falsos valores occidentales, con la «Umwertung» (o inversión) de los mismos, y en
descubrir los auténticos valores, que salvarán al ser humano de la actitud nihilista negativa a que se ve
abocado.
Desde el punto de vista histórico se habla de nihilismo como de una doctrina política que niega todo tipo de
autoridad y de estructura política y social, que tuvo en Rusia, en la segunda mitad del s. XVIII, su principal
desarrollo. Surgió, bajo el reinado de Alejandro II (1855−1881), entre los elementos más radicales de la
burguesía y de sectores intelectuales y estudiantiles, como reacción a las fallidas reformas del zar.
Inicialmente apareció como una actitud personal ante la sociedad que implicaba dudar de toda mejora, no
aceptar ningún apriorismo y culpar al zar y sus funcionarios de todos los males. Como alternativa, proponían
la construcción de una nueva sociedad basada en criterios científicos.
Algunos sectores del nihilismo se aproximaron al anarquismo y participaron en diversos atentados bajo el
lema de la destrucción de todo lo existente. El atentado de 1866 contra el zar condujo al nihilismo a las vías
del hecho. Su máxima actividad se centró entre los años 1878 y 1882, culminando con la muerte del propio
zar en un atentado (1881). Sin embargo, a medida que las ideas socialistas se fueron abriendo paso, entre
finales del siglo pasado y comienzos del presente, el nihilismo languideció.
Sartre, Jean−Paul
(París, 1905−íd., 1980) Filósofo y escritor francés, máximo exponente del existencialismo. Educado en París,
en el Liceo Henri IV (donde conoció a Paul Nizan, una de sus amistades más importantes) y luego en el
Louis−le−Grand, en 1924 ingresó en la Escuela Normal Superior, donde, junto a Nizan, tuvo como
compañeros a R. Aron, G. Canguilhem, J. Hyppolitte y M. Merleau−Ponty. En 1926 conoció a Simone de
Beauvoir, iniciando con ella una relación de por vida que se presentaría como crítica militante de la fidelidad
burguesa.
Tras su servicio militar (1929−1931), Sartre empezó a ejercer como profesor de instituto y en 1933 se trasladó
con una beca a Alemania, donde entró en contacto con la filosofía de Husserl y de Heidegger. En 1938 se
publicó «La náusea», su primera obra célebre y símbolo del existencialismo. Movilizado en 1939, tras la
victoria alemana fue hecho prisionero e internado en Tréveris, de donde escapó en 1941 para regresar a París.
Durante la ocupación trabajó en el Liceo Condorcet, colaborando con A. Camus en el periódico de la
Resistencia.
En 1943 Sartre publicó su primer drama, «Las moscas», una sátira del gobierno de Vichy, y también su obra
filosófica más conocida, «El ser y la nada», versión personal de la filosofía de Heidegger. Dos años más tarde
abandonó la enseñanza para dedicarse exclusivamente a escribir; en colaboración con Aron, Merleau−Ponty y
Simone de Beauvoir fundó «Les Temps Modernes», una de las revistas de pensamiento de la izquierda más
influyentes de la posguerra, y publicó su drama «A puerta cerrada». Mantuvo una fluctuante relación con el
comunismo, que le valió la ruptura con A. Camus, y en 1960 apareció su «Crítica de la razón dialéctica», en la
que trató de conciliar el materialismo histórico con el existencialismo. Posteriormente, rechazó el premio
Nobel (1964), formó parte del Tribunal Russell y, a partir del mayo del 68, multiplicó sus gestos públicos de
izquierdismo. Su interés por la literatura culminó en el estudio dedicado a Flaubert, «El idiota de la familia»
(1971−1972).
24
Entre sus obras más significativas destacan varias piezas de teatro, como «Las moscas» (1943), «La puta
respetuosa» (1946) y «Las manos sucias» (1948).
Epicuro
(Samos, según una tradición, o Atenas, según Diógenes Laercio, 341 a.J.C.−Atenas, 270). Filósofo griego que
creció en Samos, donde su padre, colono ateniense, era maestro. Discípulo de Pánfilo (en Samos) y de
Xenócrates (en Atenas, 323), enseñó en Mitilene, en Lámpsaco y en Atenas, donde abrió una escuela en un
jardín. De sus muchas obras sólo se conservan tres cartas (a Heródoto, a Pitocles y a Meneceo) y ochenta
aforismos (en un manuscrito vaticano descubierto en 1822). Los caminos para entrar en la ciencia (que eran
introducción psicológica para la filosofía) constituyen la Canónica, y su descripción de la naturaleza se basa
en el atomismo de Demócrito, en cuyo total determinismo introduce un germen de libertad mediante el
«clinamen» (libertad tan sólo inmanente y cuya tarea estriba en llevar a la felicidad mediante un uso racional y
mesurado del placer). Lejos de ser hedonista, Epicuro da a la prudencia un papel decisivo para poder alcanzar
la ataraxia (placer que no acarree luego dolor) y prohíbe toda ostentación del individuo, el cual ha de
replegarse sobre sí para mantenerse «libre» en su interior.
Hume (David){Biografía} {Filosofía} Nació en Edimburgo en 1.711. Una de las figuras más notables en la
formación del empirismo inglés del siglo XVIII. La doctrina iniciada por Hobbes y Locke alcanzó su plenitud
en Hume, quien "rompe definitivamente con la tradición metafísica occidental que va desde Heráclito hasta
Leibniz" e hizo posible el pensamiento de Kant, a quien "despertó de su sueño metafísico". Llevó una vida
muy semejante a la de Locke, desempeñando cargos de importancia, viajando por el continente europeo y
manteniendo contacto en Francia con los enciclopedistas. Algunas de sus obras aparecieron después de su
muerte. Fue un notable historiador, pero lo más trascendente de su obra fue la filosofía. Su principal escrito,
Investigación sobre el conocimiento humano (1.748), resume en su título la esencia de su pensamiento. La
doctrina de Locke acerca del origen y la esencia de las ideas adquirió en el pensador escocés una firmeza
decidida, arrancando de un escepticismo inicial acerca de la autoridad de la razón en general. "La duda en la
duda misma, viene a decir, no nos devuelve la certeza de la razón". Sin embargo, este escepticismo no era
radical en Hume, indicando que hay que dejarse guiar por una especie de "instinto natural indestructible", que
nos hace seguir a la razón. Estamos convencidos de la existencia de un mundo exterior, pero esta convicción
se funda en suma en nuestra imaginación; se trata de una creencia, pero nuestros conocimientos son
subjetivos, contenidos de conciencia, y nada nos asegura que se correspondan con la realidad objetiva
exterior. No existen ideas innatas, todas nuestras representaciones son impresiones procedentes del exterior o
del interior, y éste es el único material con que cuenta nuestro conocimiento, que las relaciona de dos
maneras: según una necesidad lógica, como las proposiciones matemáticas; y según una necesidad
psicológica, en la cual los contenidos no se implican mutuamente. Las primeras son, para Hume, ciertas y
verdaderas; las segundas no lo son necesariamente. A este respecto, revistieron trascendental importancia las
afirmaciones de Hume acerca del principio de causalidad que, según afirmaba, no era percibido directamente
por nosotros; solamente percibimos una sucesión de fenómenos, "por ejemplo, que una bola de billar toca a la
otra y que ésta se pone en movimiento", pero no que lo uno sea la consecuencia de lo otro. Ahora bien,
psicológicamente podían descubrirse unos principios fijos que fundamentaban nuestra "creencia" en la
causalidad: contigüidad y semejanza, principalmente, lo que significaba que la idea metafísica de causalidad
quedaba reducida a un simple principio psicológico, el de asociación. De una manera semejante hizo una
aguda crítica de la idea de sustancia: la idea del yo sustancial quedó reducida a la percepción subjetiva de la
identidad personal. El psicologismo y el escepticismo de Hume han ejercido influencia en la configuración del
kantismo y en la filosofía anglosajona. Hume representó una época pragmática y crítica, con un empirismo, ya
formulado por Hobbes, Locke y Berkeley, que abrió el período de la Ilustración. Sus aspectos más negativos
25
eran: el escepticismo agnóstico, al proscribir de su universo mental a Dios y asignar a la religión el exclusivo
papel de hecho social, necesario para mantener la paz y el orden; la crítica de la causalidad, al negar la
posibilidad de la Teodicea; y la reducción del conocimiento a la sensación. En ética redujo lo bueno y lo malo
a lo útil y nocivo respectivamente, transfiriendo el juicio moral a la esfera de la sensibilidad, es decir, no
basaba la moral en Dios ni en un sistema de valores. En política creía que el principio que unía a los hombres
era la simpatía y la utilidad, y se mostraba partidario de un poder que cohesionara el organismo social y lo
defendiera de los no integrados y disidentes. Sus ensayos sobre Economía han influido en los economistas
liberales. Como historiador alcanzó éxito con su Historia de Inglaterra. Murió en el año 1.776.
Scheler (Max){Biografía} {Filosofía} Nació en Munich el 22 de septiembre de 1.874. Profesor en las
Universidad de Jena, Munich, Colonia y Francfort. Puede ser considerado como un continuador de la
fenomenología de Husserl, llevándola hacia los grandes temas "del valor, del hombre, de Dios". La
experiencia religiosa fue tratada por Scheler inicialmente desde la ortodoxia católica, pero posteriormente
derivó hacia una especie peculiar de panteísmo. Su obra capital El formalismo en la ética material de los
valores (1.913) desarrolló el planteamiento desde el que arrancó su concepción de la axiología o teoría de los
valores, contrapuesta al formalismo kantiano. Para la axiología fenomenológica de Scheler existía un mundo
del ser y otro del valor. Se daban contenidos de conciencia sin significación directa, como cuando el niño
capta la bondad de la madre sin saber su significado. Lo mismo ocurre con el placer, la belleza, etc. El valor
no era una proyección del sujeto, y tampoco se confundía con el bien, es decir, con la cosa valiosa. Los
valores estaban "encarnados" en las cosas y en tal sentido eran cualidades; pero el valor no era una cualidad
real, sino irreal. Por otra parte, los valores se percibían no intelectualmente, sino mediante lo que Scheler
denominaba "estimación", actos que eran de tres tipos: de amor y odio, de preferencia y postergación, y de
percepción afectiva. En fin, los valores encerraban dos cualidades fundamentales: jerarquía y polaridad, es
decir, tenían grados y se presentaban siempre en parejas de opuestos. La teoría de los valores de Scheler era
incompatible con una doctrina natural del hombre. Por eso, la antropología scheleriana era personalista. Para
Scheler, "persona es la concreta y esencial unidad de ser de actos de diferentes clases de esencia, que en sí
anteceden a todos los diferentes actos", es decir, la persona se concretaba en cualquier acto suyo y se revelaba
como un ser unitario en todas sus manifestaciones. Scheler encontró una vinculación esencial entre persona y
mundo. Cada persona tenía su mundo. La posibilidad de pasar de estos mundos individuales a uno único tenía
su fundamento en la persona infinita y perfecta. A las relaciones interpersonales dedicó Esencia y formas de la
simpatía (1.922). Desde que en 1.922 abandonó la Iglesia católica, se inclinó hacia el panteísmo. Otras obras
de Scheler fueron: Lo eterno en el hombre (1.921), Las formas del saber y la sociedad (1.926), El puesto del
hombre en el cosmos (1.928) y, por último, Idealismo y realismo (1.927). Murió en Francfort el 19 de marzo
de 1.928.
Nietzsche (Friedrich Wilhelm){Biografía} {Filosofía} Nació en Röcken el 15 de octubre de 1.844. Hijo de
una familia de pastores protestantes, estudió Teología y Filología clásica en las Universidad de Bonn y de
Leipzig. Ya a los 25 años explicó esta última materia en Basilea. Después de haber renunciado a su cátedra
vivió solitario en Suiza, en Italia y en Francia. Víctima de un ataque de locura, no consiguió recobrarse y
murió a consecuencia de él. Nietzsche puede ser considerado dentro del amplio grupo de pensadores
encuadrados en el vitalismo, pero presentó matices especiales. Su estilo literario, peculiar y arrebatador, le ha
dado a conocer fuera del estricto campo de la Filosofía en mucha mayor medida que al resto de los pensadores
vitalistas, y ha hecho decir de él que fue, con Marx y Kierkegaard, uno de los tres grandes pensadores
revolucionarios del siglo XIX. Su producción literaria inicial apareció bajo la influencia de R. Wagner y de
Schopenhauer. Así ocurrió con El origen de la tragedia sacado del espíritu de la música (1.871) y
Consideraciones extemporáneas (1.873−76). La ruptura con aquellos dos personajes vino representada por
Humano, demasiado humano (1.878). Pero entretanto elaboró su famosa y perdurable interpretación del arte
26
griego como enmarcado entre dos principios: lo apolíneo y lo dionisíaco, en que lo primero representaba la
claridad, la belleza y la mesura, y lo segundo, la vida, la pasión. Por otra parte, en tanto que Schopenhauer
negaba la voluntad de vivir, Nietzsche afirmaba lo contrario, es decir, que la voluntad de vivir era el valor
supremo a que el hombre podía y debía aspirar. Más adelante, el pensamiento de Nietzsche se dejó influir por
la filosofía de la Ilustración e incluso por el positivismo científico. Fue entonces cuando elaboró su idea del
eterno retorno. En esencia, lo que defendía Nietzsche era que el mundo estaba constituido por un número
finito de elementos, por lo que el producto de las distintas combinaciones cósmicas sería también
necesariamente finito. Como, por otra parte, estas combinaciones tenían lugar en un tiempo infinito, los
elementos recomenzarían una y otra vez sus combinaciones, retornando así eternamente. Éste fue el período
denominado zaratústrico. En Así hablaba Zaratustra (1.891) desarrolló estas ideas. Todo ello llevó a Nietzsche
a propugnar que debemos rechazar y suprimir todo lo vil, todo lo bajo y malo, mediante un trasmutación de
valores hasta que alcancemos el superhombre. Por ello, los débiles y los fracasados debían sucumbir en aras
de este ideal. Asimismo, como consecuencia de ello, condenó al cristianismo, al que acusó de propagar una
moral de esclavos. Estos ataques contra el cristianismo alcanzaron tonos violentísimos. Otras obras de
Nietzsche fueron: Más allá del bien y del mal (1.886), La genealogía de la moral (1.887), El ocaso de los
dioses (1.889) y El Anticristo (1.895). Toda la obra de Nietzsche tiene el sello de lo subversivo. Rompió con
todo lo que suponía tradición y se mostró descontento con una sociedad decadente que rezumaba mediocridad
por todas partes. Su actitud antirreligiosa parecía ser una reacción al pietismo vivido en su infancia y el
resultado de la influencia de los ilustrados y positivistas. En, La gaya ciencia (1.882) proclamó la muerte de
Dios, como preludio de grandes transformaciones. En su locura, se extasió ante la barbarie y la guerra. Sus
ideas han influido en el nacionalsocialismo. En definitiva, su pensamiento constituyó una filosofía de la
destrucción y un síntoma de la crisis de la civilización occidental. Murió en Weimar el 25 de agosto de 1.900.
Mill, John Stuart
(Londres, 1806−Aviñón, Francia, 1873) Filósofo y economista británico, hijo mayor del también filósofo,
economista e historiador James Mill, que le sometió a un riguroso proceso educativo y a una férrea disciplina.
Cuando cumplió los diecisiete años, su padre le buscó empleo en la East India Company, organismo del
gobierno británico en el que él trabajaba y que se encargaba de administrar los asuntos de la India.
Paralelamente a sus tareas burocráticas en la East India Company, el pensador, escritor y político que fue
Stuart Mill se dio a conocer en 1843 con la publicación de «Lógica», dos volúmenes en los que expone los
principios de una teoría empirista del conocimiento. El éxito fue tal que le abrió el camino a la publicación de
«Ensayos sobre algunas discutidas cuestiones de economía política»; pero fueron principalmente sus
publicaciones posteriores, como «Principios de economia política» (1848), donde propugna un individualismo
liberal socializante, regido por la moral utilitaria que busca el progreso de la humanidad, «Sobre la libertad»
(1859) y «Pensamientos sobre la reforma parlamentaria» (1861), las que le consagraron como decidido
defensor de la libertad en todos sus campos, libertad que reclamó sobre todo para las mujeres en «La
servidumbre de la mujer» (1869).
A principios de 1865 tuvo ocasión de llevar sus teorías a la práctica, tras presentarse candidato a la Cámara de
los Comunes y resultar elegido por tres años. Durante este período preconizó la intervención del Estado en
favor de los desheredados, la modificación de la propiedad y la formación de cooperativas de producción, y,
sobre todo, fue un acérrimo defensor de la liberalización política de la mujer y de su derecho al voto.
Basándose en la moral utilitaria de carácter social, como puso de manifiesto en «Utilitarismo» (1861), que
busca la mayor felicidad del mayor número de personas, encuentra el fin último de las aspiraciones humanas
en el placer que proporciona lo útil.
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David Hume
nació en Edimburgo en el seno de una familia acomodada el año
1711 y murió en esta misma ciudad en 1766. Su vida transcurrió entre
Edimburgo, París y Londres.
En vez de seguir el estudio de las leyes, a lo que le orientaba la tradición familiar,
quiso probar fortuna en el comercio, pero sin mucho éxito, lo cual le llevó a
abandonarlo pronto.
Tras un período de intensa dedicación a la lectura, en 1726, durante una estancia
de varios años en Francia, escribió su obra más importante, el Tratado sobre la
naturaleza humana, que no sería publicado hasta el año 1740 en Londres.
Esta obra no tuvo el reconocimiento que esperaba. Hume tuvo que atraerse la
atención del público por medio de una serie de ensayos menores, antes de
encontrar alguna consideración. Posteriormente, decidió reelaborar los temas y
problemas del Tratado y así, en 1748 publicó la Investigación sobre el
conocimiento humano (que refunde la primera parte de su primera obra), y en
1751 sacó a la luz la Investigación sobre los principios de la moral (en la que se
vuelven a tratar los temas del libro tercero del Tratado).
Tras aspirar por dos veces, de forma infructuosa, a un cargo académico, aceptó
un puesto como bibliotecario en Edimburgo, donde escribió una Historia de
Inglaterra que le haría rico y famoso. Más tarde, como secretario de legación,
vivió en París varios años, y allí entró en contacto con varios pensadores
franceses, como Rousseau.
Ocupó luego un alto cargo en el gobierno inglés, en Londres, pero pronto se cansó
de la vida pública y se retiró a Edimburgo, donde pasó los últimos años de su
vida, hasta su muerte, ocurrida en 1776, rodeado de sus amigos y seguidores.
Hume llevó el empirismo de Locke hasta sus últimas consecuencias. Según
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Hume, el conocimiento humano se compone de impresiones sensibles y de ideas,
que se forman a partir de los datos de los sentidos. No podemos ir, pues, más allá
de lo que nos aportan los sentidos, y la existencia y verdad de las ideas resultan
injustificables para nosotros.
El propio Hume reconoció que este análisis del conocimiento lleva inevitablemente
al escepticismo. Además, su filosofía desemboca en un emotivismo moral, dado
que de las proposiciones o verdades de hecho no pueden deducirse los mandatos
o recomendaciones morales. En definitiva, los valores y las normas morales se
basan únicamente en el sentimiento y no en la razón.
El primer texto de lectura y comentario propuesto en el programa es la sección IV
de la Investigación sobre el conocimiento humano. En esta sección se estudian
las verdades de hecho y nuestro conocimiento de las mismas.
El segundo fragmento que propone el programa de Madrid es el apéndice I de la
Investigación sobre los principios de la moral, en el que Hume defiende su tesis
de que la razón no puede fundar el juicio moral, por lo que los valores morales
sólo se basan en el sentimiento.
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