A propósito del periodismo ciudadano

Anuncio
A propósito de “periodismo ciudadano” y profesionalidad
Por: Juan José García-Noblejas
Publicado en: http://www.cope.es/07-06-10--proposito-periodismo-ciudadano-profesionalidad-26047-opinion
Algunos piensan que participar activamente en las llamadas “redes sociales” equivale a convertirse
en profesional de la comunicación. En principio, eso no es así: quienes participan son ciudadanos,
estatuto personal muy honroso, sobre todo si están (si estamos) en la esfera pública, cultural y
política, de modo acorde con nuestra dignidad humana.
Pero escribir y publicar comentarios y opiniones en soportes 2.0 sobre esto o aquello no convierte a
los ciudadanos en “periodistas ciudadanos”. Porque ser ciudadano es algo nativo que hoy, en
principio, incumbe sin más a todos y cada uno, como personas. Mientras que ser periodista supone
–además de la ciudadanía- ser un tipo de profesional muy concreto y específico dentro del ámbito
de la comunicación pública, en este caso. Y de igual modo que no parece pensable hablar de
“cirujanos o ingenieros ciudadanos”, porque para ser médico o abogado fiable y genuino hace falta
saber mucho en los respectivos ámbitos de la salud o la justicia Y algo muy semejante sucede con el
periodismo como profesión del ámbito de la comunicación, y su saber propio, que veremos más
adelante.
Sucede hoy que nuestra sociedad –cualquier sociedad que haya dejado atrás como
fundamento la antigua esclavitud y los estamentos medievales y las clases sociales modernases, con propiedad, una sociedad de profesionales. Porque somos los profesionales,
prácticamente todos los ciudadanos, quienes sacamos adelante la sociedad en la medida en
que somos acreedores de la confianza de los demás en el desempeño y la administración justa
y digna del saber específico implicado en cada profesión.
La nuestra es una sociedad del saber, y también del saber hacer, y del saber hacer-hacer. Lo
que hoy está en juego para que una sociedad se desarrolle, de modo primario, tiene razón de
saber. Como queda dicho, hubo tiempos en que la sociedad “funcionaba” estando organizada
sobre la esclavitud o sobre la existencia de clases o de castas. La nuestra “funciona” –por
decirlo sin complicaciones- en la medida en que “funcionan” las profesiones, es decir, en la
medida en que los profesionales resultamos fiables, unos ante los demás.
También es cierto que se va abriendo paso, en algunos campos científicos, el llamado
“crowdsourcing” o la “citizen science”, que en parte tiene que ver con las posibles
aportaciones de “amateurs” al desarrollo de las ciencias de que se responsabilizan los
respectivos “profesionales”. Se puede tratar del asunto en otro momento, pero no es esta la
cuestión aquí planteada a propósito del “periodismo ciudadano”.
Para que nuestra sociedad funcione bien es preciso que los dentistas sean profesionales y
“funcionen” bien al arreglar bocas, los ingenieros al construir puentes o aviones, y lo mismo
hay que decir de los peluqueros, los pilotos, los cocineros, los investigadores y docentes, las
amas y amos de casa, los economistas, y un comprensible larguísimo etc. No es razonable
pensar que se pueda prescindir en la vida social de la confianza en lo que cada profesión y
cada profesional sabe y sabe hacer, sólo según el saber propio que da razón de su actuación
cívica. En este sentido, por ejemplo, es normal que las crisis y cuestiones graves en la política
parlamentaria o en la economía de mercado se presenten como cuestiones de confianza.
Por esto sucede que para el “funcionamiento” de una sociedad, los periodistas, junto a los
demás profesionales de la comunicación pública (los publicitarios, los propagandistas, los
comunicadores corporativos e institucionales, los elaboradores de ficciones y
entretenimiento), es preciso que “funcionen” al hacerse cargo de los saberes propios que –con
reconocimientos y controles profesionales, más o menos explícitos- la sociedad deposita en
sus manos.
Otra cosa es que –como recuerda Chomsky- los profesionales de la comunicación hayan sido
tradicional e injustamente minusvalorados en su profesionalidad y confundida su identidad
entre periodismo y propaganda, como si se tratara de una especie de técnicos arribistas,
necesariamente tolerados entre los poderes fácticos para así poder ser instrumentalizados en
propio beneficio por parte de quienes se sientan a la mesa de los que siempre han mandado:
los poderosos y los ricos, los políticos y los empresarios.
Otra cosa es, como digo, que haya fuertes presiones para que los comunicadores sean una
especie de meros correveidiles técnicos, sin saber específico que administrar en lo que
cuentan y dicen a la sociedad. A no ser que ese saber coincida con los intereses
circunstanciales de “esos que siempre han mandado”, incluyendo la “crítica”, que puede ser
dura y sin cuartel, sobre todo si se trata de los contrincantes. Pero si se trata de “crítica” a la
propia posición e intereses, entonces –bien entendido- no ha de pasarse ni en una coma de lo
conveniente para los propios intereses, al tiempo que se guardan las apariencias de
objetividad, neutralidad o transparencia.
Las cosas no son (no deberían ser) necesariamente así. Las profesiones de comunicación no
tienen una exclusiva dimensión técnica instrumental, al servicio de diversos poderes
dominantes. Los medios de comunicación –por mucho que se haya pretendido abonar la
analogía- no se parecen a los medios de transporte, que pueden llevar cerdos o flores, bombas
o alimentos, según lo que unos quieran enviar a otros.
Las profesiones de comunicación, dicho en breve, tienen entre manos el hacer ver cómo están
las cosas en derredor, bien en modo periodístico, bien propagandístico o publicitario, bien en
forma de ficciones y entretenimiento. Pero sin confundir unos y otros, de igual modo que –
dentro de las profesiones médicas, todas atentas a la salud- nadie se somete indistintamente a
un dentista, un cirujano de corazón o un psiquiatra. O si alguien tiene un juicio ante un
tribunal, no le bastará acudir a un abogado, siempre atento a la justicia, sino que sabrá
distinguir –por la cuenta que le trae- entre un penalista y un mercantilista.
Pues lo mismo que respecto de las profesiones de la salud o la justicia, ocurre en el amplio
campo de la comunicación y sus profesiones específicas. Mejor no confundirlas entre sí, ni
despreciarlas en su conjunto como instrumentos técnicos, ora prescindibles, ora utilizables
según el propio arbitrio, interés o capricho.
Para bien y para mal, el saber propio de la comunicación –dicho sea aquí sin especiales
precisiones, como cuando se adjudica la salud a los médicos o la justicia a los abogados- se
puede nombrar usando términos que de ordinario suelen estar asociados con religiones y
estilos de vida: “la ortodoxia y la ortopraxis” personal y cívica es el saber propio de los
comunicadores.
Son términos que unifican el sentido general del variopinto conglomerado de asuntos
específicos que aparecen en los medios: se trata de lo que conviene hacer en vistas de la vida
buena social, como ciudadanos y también como personas, a partir de la observación y
valoración de cómo están las cosas en el complejo panorama de las actividades humanas.
Puede parecer excesivo este alcance de un saber que incluso cabalga sobre los demás saberes
profesionales y se flexiona sobre sí mismo, pero por alguna razón hay tanto interés en el
control editorial que da la titularidad pública o privada de los medios de comunicación, en la
medida en que lo que ponen en circulación común en la sociedad tiene razón ética y política,
estética, argumentación retórica y creación poética de mundos posibles y de dramas y relatos
que sirven de referencia para la vida de todo ciudadano, también como persona.
El saber del profesional de la comunicación social, y por tanto del periodista, ya sea que hable
de política o de deporte, de moda o sucesos, con fuentes y datos fidedignos o sin ellos, a fin de
cuentas termina dando un sentido y un juicio más o menos político y moral, ejemplar, con lo
que dice y con lo que muestra y cuenta. Y el referente para la selección de datos y para los
juicios y razones está en lo que se tome como criterio regulador válido para el logro de la vida
feliz, en principio adecuada a la dignidad de cada ser humano.
El profesional de la comunicación no es un correveidile, ni un tecnócrata de los medios para
fines planteados por los poderosos (o los sabios), desde fuera de la misma profesión. El
problema está en que estos fines –como a veces también pasa con la salud o la justicia en las
respectivas profesiones- se pueden perder de vista, cuando los niveles de profesionalidad
quedan por debajo de las exigencias de la sociedad y desde luego por debajo de la dignidad de
las personas.
Es por esto que entiendo que –en principio- el así llamado “periodismo ciudadano”, hecho
probablemente por ciudadanos que desean contribuir al bien común, no es sin embargo un
trabajo profesional, sino más bien de una cooperación ocasional o accidental al trabajo de los
profesionales del periodismo. Bien entendido que estos profesionales realmente lo sean,
según lo dicho. Cosa, por otro lado, no siempre efectiva, por mil razones diversas, no siempre
justificables, pero cosa siempre deseable para el buen funcionamiento de nuestra sociedad.
Descargar