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Los que siguen son los capítulos 13ª y 14º del libro “Noticias bajo fuego. Sombras e
intrigas del poder real en la Argentina”, escrito por Gustavo González y editado por
Planeta. González trabajó 20 años en la revista Noticias y fue su director durante los
últimos ocho, hasta que dejó ese cargo en enero de 2011. Dos de los 39 capítulos que
componen las 660 páginas del libro están dedicados a José Luis Cabezas. Y son los que
se pueden leer, completos, a continuación:
13
José Luis Cabezas I:
la tragedia interna
En la madrugada del sábado 25 de enero de 1997, José Luis Cabezas
salía de una fiesta en Pinamar organizada por el empresario
postal Oscar Andreani. Un rato antes se había retirado su compañero
de trabajo Gabriel Michi. A las 5 de la mañana, un grupo
de desconocidos lo esperó frente al departamento en el que vivía
sobre la avenida Bunge. Antes de que pudiera ingresar, lo rodearon,
lo golpearon, lo metieron en su auto Ford Fiesta blanco y lo
llevaron hasta las afueras de Pinamar. Estacionaron en un camino
que conduce a la laguna La Salada Grande, frente a una cava de
dos metros de profundidad. Allí lo esposaron, le dispararon dos
balazos e incendiaron el vehículo con su cuerpo adentro.
Las agujas del reloj Tag Heuer de José Luis marcaban poco más
de las 5:30 cuando se detuvieron para siempre.
El entonces editor general de la revista, Pablo Sirvén, había llegado
ese fin de semana a Pinamar. Esa vez no iba a cubrir la temporada
de verano, como lo había hecho otros años junto a Cabezas, sino a
juntarse con su familia que ya estaba veraneando allí. Estaba contento,
después de una semana de intenso trabajo. Para celebrarse a sí
mismo, se llevó una reposera a la carpa de la playa y se recostó solo,
con los ojos entrecerrados. Jura que en el preciso momento en que
se estaba diciendo «¡qué bien que la estoy pasando!», lo vio llegar a
Gabriel Michi completamente desfigurado por el dolor.
Desde Mar del Plata, arribó inmediatamente Carlos Russo, el
editor de Información General, que estaba en aquella ciudad celebrando
el cumpleaños de su hija. Convocó de urgencia a dos de
los miembros de su sección, Carlos Dutil y Carla Castelo. A ellos se
sumó el periodista Leo Álvarez, quien comenzó a trabajar desinteresadamente
a pesar de que ya había dejado la revista. Fue Russo y
ese equipo los que se encargarían de escribir la nota de tapa de esa
semana. Su trabajo estuvo signado por amenazas varias y el hallazgo
de una caja de esposas policiales en la cochera del departamento
donde se alojaban.
En Buenos Aires, la primera en enterarse había sido Teresa Pacitti,
la ex directora de Noticias que por entonces conducía Caras.
Sus enviados a cubrir la temporada en Pinamar le dieron las primeras
informaciones, las mismas que le transmitiría a Jorge Fontevecchia.
Un segundo más tarde, Jorge lo llamó a Héctor D’Amico: «Me
dicen que apareció un auto incendiado en las afueras de Pinamar
que podría ser el del equipo de Noticias. Gabriel Michi está bien,
pero no sabemos nada de Cabezas».
Poco después, Fontevecchia se enteraría de que adentro del auto
había un cuerpo calcinado y que ese cuerpo era el de José Luis. Volvió
a hablar con el director de la revista: «Héctor, te pido que vos te
hagas cargo de avisarle a la redacción. Quiero ser yo el que vaya a
hablar personalmente con sus padres». Luego levantó el teléfono y
marcó el número del editor de Fotografía, Carlos Lunghi. Le contó
lo que pasó y le dijo: «Por favor, Carlitos, andate ya para Pinamar».
Así, mientras Fontevecchia salía para Avellaneda a encontrarse
con Norma y José Cabezas, Lunghi se subía a su auto para ir a Pinamar.
Con él viajaron D’Amico y la abogada Norma Pepe. Allí se encontrarían
con Sirvén y Michi. Fueron hasta las oficinas que ocupaba
Noticias, como si allí pudieran hallar alguna respuesta. Fueron hasta
la cava para convencerse de lo que no podían creer. Fueron hasta la
comisaría para hablar, sin saberlo, con los policías que habían liberado
la zona donde secuestraron a su compañero. Y fueron hasta
la casa en la que él vivía para encontrarse con Cristina Robledo, la
esposa de José Luis, para abrazarse y llorar.
Cuando se hizo de noche, Lunghi, D’Amico y la doctora Pepe
tomaron la ruta que salía de Pinamar rumbo a la comisaría de General
Madariaga. Iban a retirar el cuerpo de Cabezas. La noche era
cerrada y en el auto nadie hablaba. Hasta que Carlos Lunghi, que
manejaba, rompió el silencio: «Un auto nos sigue desde hace rato».
Aceleraron y el auto que venía detrás aceleró con ellos. No se
veía una luz por ningún lado y todavía faltaban varios kilómetros
para llegar a destino. «Sí, nos siguen —confirmó D’Amico—. Acelerá
más, Carlos, dale». No había otro calificativo, más que miedo,
para describir lo que sentían. ¿Le habría pasado lo mismo a
José Luis —pensaron—, lo habrían interceptado en la ruta antes
de llevarlo a la cava y matarlo? ¿Serían los mismos que los estaban
siguiendo a ellos en ese momento? Cualquier hipótesis era válida,
porque todavía no se sabía nada.
Carlos apretó el acelerador y la aguja del velocímetro estuvo a
punto de marcar los 150 kilómetros por hora. De a poco fueron
perdiendo a sus seguidores. Entraron a la comisaría de Madariaga
temblando. Entonces, lo primero que hicieron no fue apurar el trámite
del cadáver, sino denunciar lo que les había pasado. Fue el comisario
el que llegó para tranquilizarlos: «No se preocupen, era un auto
nuestro, estamos vigilando a los que pasan por el lugar». Se fueron
tranquilizando de a poco después de comprender que podían haber
muerto en un accidente intentando escapar de sus propios miedos.
Regresaron a Pinamar justo cuando el cielo de la ciudad se iluminaba
con los fuegos artificiales del desfile de moda del peluquero
Roberto Giordano. Con la impudicia del «aquí no ha pasado nada»,
algunos pretendían que la vida siguiera igual. Pero eso, definitivamente,
no iba a ser posible.
A diferencia de otros crímenes brutales, el de José Luis alcanzó
rápido la dimensión de una verdadera tragedia nacional. Llegó a
ocupar un espacio en los medios argentinos superior al de la muerte
de Juan Perón, la llegada del hombre a la Luna y los mundiales
de fútbol.
Para la redacción de la revista fue reconfortante que tanto la
sociedad como el resto de los colegas entendieron enseguida que
no se trataba de un asesinato más. Se comprendió que lo que había
sido golpeado era el derecho a saber lo que el poder quería ocultar.
Si ese crimen terminaba impune, no sólo la redacción de Noticias
iba a verse en más problemas, sino que la sociedad iba a encontrar
un nuevo límite a su derecho a ser informada y a opinar.
Mientras que Jorge Rodríguez, jefe de Gabinete del presidente
Menem, recibía a Alfredo Yabrán en la Casa de Gobierno (en una
clara señal de apoyo oficial hacia el empresario), las marchas en
repudio llegaban hasta las puertas de la redacción y se repetían
en todo el país. La foto de la cara de José Luis y la leyenda «No se
olviden de Cabezas» fue publicada en diarios de todo el mundo y
se imprimía en grandes y pequeños volantes que se repartían hasta
en las localidades más alejadas.
Uno de esos volantes es el que sostenía Yabrán cuando miró a
los fotógrafos en el despacho del jefe de ministros en la Casa Rosada,
en una imagen que reproducirían todos los medios.
Los intendentes y las asociaciones vecinales llamaban para pedir
autorización para que alguna calle o plaza recibiera el nombre
de José Luis Cabezas. Se levantaban monumentos en su homenaje
y se organizaban movilizaciones multitudinarias con niños de las
escuelas y sus padres para buscar el arma asesina.
Quienes creían saber algo sobre el crimen se acercaban a la
redacción para aportar datos o llamaban al 0800 que la revista había
habilitado para ese fin. Algunos eran enviados para desviar la
investigación, otros no sumaban nada valioso. Pero hubo importantes
aportes que provinieron de esa colaboración espontánea.
La primera conferencia de prensa que el presidente Carlos Menem
se dispuso a dar después del crimen, comenzó como si nada
hubiera sucedido. Hasta que la periodista Nancy Pazos pidió un
minuto de silencio que todos los funcionarios debieron respetar.
Algo movilizaba a esa sociedad, que de pronto levantó como
nunca sus defensas y decidió ponerle límites a la impunidad.
Desde Noticias siempre se trató de mostrar entereza, intentando
que la tragedia no nos inmovilizara por el temor ni nos nublara
la razón, de odio. Pero lo cierto es que tanto el miedo como la
bronca estuvieron presentes en esos que fueron los peores días de
la historia de la revista.
Surgían asambleas espontáneas en plena redacción para repetir
aquella pregunta sobre quién podía tener tanto odio para cometer
tanta locura. Se debatían los pasos a seguir y qué hacer frente a la
impunidad que transmitía el apoyo del Gobierno hacia el principal
sospechoso del crimen. Al recibimiento oficial en la Casa Rosada
le siguieron el respaldo del propio Presidente y de sus ministros.
¿Cómo continuar investigando si el posible asesino recibía la colaboración
de un poder que antes le había permitido enriquecerse?
Jorge Fontevecchia le encomendó a Héctor D’Amico que organizara
un encuentro con toda la redacción. Fue un almuerzo en
un hotel céntrico. Las mesas se dispusieron en forma de «O» para
que todos pudiéramos vernos las caras. No hubo llantos, pero sí
mucha tristeza y temor.
Fontevecchia escuchaba. Algunos pidieron más protección a
partir de ese día, ir a las notas acompañados por un custodio, celulares
para todos e inclusive blindar las ventanas para evitar ser
espiados o atacados.
Nada parecía demasiado delirante en ese contexto. Sólo sabíamos
que si una organización mafiosa quería volver a atentar contra
uno de nosotros, y si esa organización recibía algún amparo desde
el poder político, cualquier previsión podía resultar escasa. Salvo
que nos dedicáramos a hacer otro tipo de periodismo y dejáramos
de investigar a gente peligrosa.
Teníamos la terrible sensación de que, si dependiera del Gobierno
nacional, el crimen de nuestro compañero jamás iba a ser
resuelto. Evitar la impunidad, pensamos en ese momento, iba a
depender de la familia de José Luis, de nuestros abogados y de
nosotros mismos. Y si era así, necesitábamos recomponernos rápido,
ese mismo día. No podíamos darnos el lujo del abatimiento
cuando la sociedad y los medios se colocaban de nuestro lado para
pedir justicia.
No, no hubo blindaje de ventanas ni custodios que nos protegieran
en todas partes. Lo que sí hubo fue la determinación de seguir
adelante, profundizando cada una de las hipótesis del crimen.
Demostrarles a todos, pero en especial a los asesinos, que matar a
José Luis no les serviría de nada. Y que iban a pagar por eso.
No se trató de un acto de heroísmo. Fue sólo que no teníamos
otra salida. Éramos como los soldados que se defienden a tiros en
su trinchera. Podíamos parecer valientes, pero es que en momentos
así no existe una alternativa mejor. Tuvimos que seguir haciendo el
mismo periodismo de siempre para impedir que el día de mañana
nos volvieran a matar.
En lo personal, además, me rebelaba que unos delincuentes
lograran callarnos, eso que nunca habíamos querido hacer desde
que empezamos en el periodismo durante la dictadura. Sentía el
mismo miedo de los 19 años cuando nos reuníamos con Jorge
Fernández Díaz, Edi Zunino y Darío Gallo para hacer Retruco y
nos íbamos del desaparecido bar Sacromonte, enfrente del Instituto
Grafotécnico, dejando anotados nuestros números de teléfonos por
si nos pasaba algo. Dieciséis años después, en ese 1997, el destino
nos había vuelto a unir en Noticias. Allí nos dijimos que una cosa
era la peor dictadura de la historia y otra, una banda de mafiosos
con algún vínculo con el poder político. Si sobrevivimos a aquélla
—nos quisimos convencer—, lo podríamos volver a hacer.
Teníamos algo esencial a favor. El creador de Noticias estaba
convencido de que no había que moverse un milímetro del espíritu
crítico de la revista. Fontevecchia tenía 24 años cuando fue secuestrado
por la dictadura y había sobrellevado otros ataques a lo largo
de su carrera. Contábamos con él para lo que se venía.
Y algo más: quienes formábamos parte de aquella redacción
estuvimos comandados por un hombre valiente que no sólo contenía
sino que ponía el cuerpo. Héctor D’Amico fue el piloto perfecto
para enfrentar esa terrible tormenta perfecta. Con él fue más fácil
sobrevivir.
Héctor encabezaba las reuniones más importantes con las autoridades
policiales, políticas y judiciales. Era su cara la que más
se exponía en los medios y era él quien recibía a las fuentes que
prometían informaciones relevantes.
Recuerdo una noche en su oficina, reunidos con algunos editores
y redactores. Una llamada anónima nos citó a un encuentro pocas
horas después en un barrio marginal del conurbano bonaerense
con la promesa de aportar un dato valioso para la investigación.
Debíamos ir nosotros y no mandar a la policía. La voz había quedado
en volver a comunicarse en media hora para escuchar nuestra
respuesta y los nombres de dos periodistas que irían a la cita.
¿Qué hacer? ¿Sería una trampa o podía ser importante concurrir?
Debatíamos eso, corridos por los minutos que pasaban antes
de la nueva llamada, hasta que Héctor cortó por lo sano: «No se
discute más, cuando vuelva a llamar díganle que voy yo solo».
Nos quedamos callados cinco segundos. Maldije en silencio su
coraje, que me obligó a decirle que yo lo acompañaba.
Por desgracia, o por suerte, el segundo llamado anónimo nunca
sucedió. Pero era un ejemplo de lo que ese hombre estaba dispuesto
a hacer.
El miedo y la angustia fueron nuestros mayores compañeros de
entonces. Siempre mirando hacia atrás al caminar, yendo acompañados
a notas que parecían peligrosas, no dando demasiados
datos sobre la ubicación de cada uno al hablar por teléfono. Como
modelo de defensa, algunos asumimos la pretensión de temer sólo
una vez por día. Pero no siempre lo lográbamos. Porque sentíamos
que la muerte nos rondaba.
En agosto del ’97 recibimos otro golpe. Carlos Dutil, que había
dejado la redacción poco tiempo antes, acababa de morir. Había
sido autor de la recordada nota «Maldita Policía» que puso en la
mira al comisario Pedro Klodczyk. Nos quedamos paralizados
cuando lo supimos, entre el dolor por su pérdida y el temor de
que se tratara de un nuevo crimen.
Tres días antes, había llamado por teléfono desde la selva guatemalteca,
en donde estaba realizando una cobertura para la revista
Planeta Urbano. Habló con Carlos Russo, por entonces subeditor
de la sección Información General. Le dijo: «Me llamó el socio de
Klodczyk para advertirme que el tipo nos quiere matar a vos y a
mí. Me dijo que nos cuidemos, que la cosa va en serio». A Dutil lo
culpaba por la investigación sobre la Maldita Policía; a Russo, por
una nota más reciente sobre su notable enriquecimiento personal.
¿Qué habían tenido que ver esas amenazas con la repentina
muerte de Dutil? Nada. Falleció de un paro cardíaco mientras jugaba
un partido de fútbol en Guatemala. Pero nuestra sensibilidad
nos hacía dudar de todo.
De cualquier modo, Russo y los abogados de la revista efectuaron
la denuncia por las amenazas que Dutil había recibido. Durante
un tiempo, el editor debió aceptar una custodia policial que, más
que tranquilizarlo, lo inquietaba.
Dos meses más tarde, el 10 de octubre de 1997, aparecería muerto
Anthony Walsh, otro gran fotógrafo de Noticias. Ocurrió el mismo
día en que Alfredo Yabrán debía presentarse a declarar en los
tribunales de Dolores, como sospechoso de instigar el crimen de
Cabezas. Claro que lo primero que pensamos fue que los asesinos
habían regresado por nosotros. Pero esa vez se trataba de un suicidio.
Alejandra Folgarait, que era la responsable de la sección Ciencia
de la revista, pero por sobre todo era su inseparable compañera,
lo recordó así: «Anthony había nacido cerca de Londres el 23 de
enero de 1963 y desde muy joven viajó por el mundo con su cámara
registrando rostros y escenas conmovedoras. Fue un fundamentalista
de la paz y del vegetarianismo, su actitud ante la vida recordaba
tanto a Ghandi como a Peter Pan. Desde su adolescencia estuvo
nutrido por toneladas de genuino punk inglés. No imaginaba el futuro.
Arrastraba por el mundo las melodías oscuras de Lloyd Cole
y The Cure sin dejar de lado a Mahler ni a Björk. Escribía bajo el
aliento poético de Virginia Wolf. Y pintaba con las acuarelas de su
infancia. Es que, como los celtas, podía sentirse dueño del mundo,
pero también podía dejar escurrir la felicidad entre los agujeros de
lo inmediato o los fantasmas del pasado.»
De tanto en tanto, Walsh nos deleitaba con tortas que había
hecho con sus propias manos. Con su entreverado castellano nos
decía: «Lamentablemente, no se puede vivir y fotografiar al mismo
tiempo».
La crónica publicada en la edición de esa semana, terminaba
diciendo: «Todavía perpleja por la brutal muerte de José Luis Cabezas,
la redacción de Noticias ahora asiste acongojada a la pérdida
de Anthony Walsh. El dolor parece infinito».
El dolor era infinito.
Instantes después de que los periodistas Carlos Russo y Miguel
Wiñazki regresaran del departamento de Anthony para contarnos
de la tragedia, se me acercó Jorge Fernández Díaz para decirme:
«Gustavo, acaba de caer en Fray Bentos un avión de Austral que
venía de Posadas. No sé más, pero creo que es el vuelo que toma
Oscar cada semana».
Oscar era Oscar Conde, amigo de la infancia de Jorge y compañero
mío del secundario en el Carlos Pellegrini. Experto en lunfardo
y profesor universitario de latín y griego, viajaba periódicamente
a Misiones para dar allí algunas clases y regresar enseguida
en el Douglas DC-9 de esa aerolínea. Hicimos veinte llamadas en
diez interminables minutos hasta que al final nos informaron: ese
día, por un cambio de planes, nuestro amigo no había tomado el
vuelo en el que fallecieron 74 personas.
Estábamos convencidos de que el destino nos había puesto a
prueba. Y dudábamos de que pudiéramos salir airosos de allí.
Al principio, una psicóloga, amiga de una de las periodistas,
accedió a atender a quienes lo necesitaran. La mejor terapia, sin
embargo, era investigar aquel crimen.
También se aceptó que agentes de la Policía Federal custodiaran
el edificio y otros de la Secretaría de Inteligencia del Estado
(SIDE) permanecieran en las puertas de la redacción, de día y
noche. Hasta que un día uno de los cadetes de la redacción informó
que un agente de la SIDE le había ofrecido dinero a cambio
de revelar el contenido de cada edición antes de que saliera a la
calle. D’Amico llamó de inmediato a Hugo Anzorreguy, jefe del organismo
de Inteligencia. Le agradeció la protección, pero le pidió
que a partir de ese día sus agentes no concurrieran más a la revista.
No quiso decirle la verdad para no exponer al cadete.
D’Amico: Estamos agradecidos, pero no queremos seguir gastando
más recursos del Estado.
Anzorreguy: No creo que sea lo más conveniente. Nosotros
estamos muy conformes con la seguridad que les brindamos…
D’Amico: Sí, me imagino, y nosotros también. Agradézcale a
sus agentes y esperemos no tener que volver a necesitarlos.
Desde el punto de vista periodístico, la revista se encargó de
reflejar la conmoción social, el devenir de la investigación judicial
y avanzar con las informaciones y las hipótesis propias. Si bien
toda la redacción trabajaba para seguir el tema, se había formado
un equipo especial encabezado por Edi Zunino e integrado por
periodistas y fotógrafos de las distintas áreas.
Con fecha 31 de enero de 1997 se publicó la primera tapa después
del crimen. Fue negra y sin texto. Ese día no encontramos las
palabras para expresar lo que había sucedido y lo que sentíamos.
Desde esa edición y hasta que se condenó a los asesinos, el logo de
la revista incluyó una leyenda que rezaba «Cabezas: 1 semana de
impunidad». El conteo avanzaba a medida que pasaba el tiempo.
La última revista que llevó esa leyenda en el logo fue la del 29 de
enero de 2000. Decía: «Cabezas: 36 semanas de impunidad». Habían
pasado tres años exactos desde el crimen.
A la semana siguiente, por única vez, la leyenda del logo fue
«Cabezas: edición histórica», e incluía la sentencia con la condena a
los asesinos. Como la primera tapa de aquella serie, tampoco llevó
título. Sólo el rostro de José Luis mirando fijo al lector.
Hubo muchas tapas sobre el tema y el seguimiento permanente
edición por edición. Durante las jornadas del juicio oral la
revista se editó junto al «El diario del Juicio», un suplemento con
todo lo que pasaba en los tribunales de la localidad de Dolores,
realizado por un equipo compuesto por Zunino y Michi desde
Buenos Aires, y Fernando Amato y Christian Balbo desde Dolores.
Además de los fotógrafos Carlos Remón, Federico Guastavino
y Rodrigo Néspolo.
De verdad, había dos hipótesis que ese equipo y la dirección
de la revista manejamos con especial atención desde el principio.
Una era la de la Maldita Policía, agentes y oficiales afectados por la
gran purga que provocó aquella tapa que José Luis Cabezas había
ilustrado con la foto del comisario Pedro Klodczyk. La otra era
la de Alfredo Yabrán, cuya imagen por fin había alcanzado cierta
notoriedad también gracias a las fotografías que José Luis le había
sacado un año antes.
Con respecto a la primera hipótesis, en aquellos meses no se
estaba realizando ninguna nueva nota sobre la policía. Sobre Yabrán,
sí. Cabezas y Michi volvían a cubrir la temporada de verano
de Pinamar, lo que incluía registrar las principales actividades del
balneario y a sus personajes célebres, uno de los cuales era el empresario.
El trabajo de ese año se inició el 20 de diciembre de 1996. Dos
días después, uno de los hombres más cercanos al intendente de
Pinamar, Blas Altieri, le dijo a José Luis que gente de Yabrán había
estado averiguando su dirección. El fotógrafo se lo contó al pasar a
su compañero de trabajo, desestimando cualquier peligro concreto.
En sus desplazamientos por Pinamar, Yabrán utilizaba una camioneta
Land Cruiser bordó. Con ella llegó un día al balneario
Bacota. Allí lo vieron Michi y Cabezas e intentaron acercarse para
hablar, pero un empleado del lugar los echó.
En la noche del 18 de enero de 1997, el empresario fue a cenar
a la parrilla Martín Fierro de Valeria del Mar. Michi iba solo en su
auto. Al descubrir la presencia de Yabrán trató de ingresar al restaurante.
Dos hombres de seguridad se lo impidieron con agresividad
y lo conminaron a subirse a su auto y retirarse.
Faltaban siete días para que mataran a su compañero.
Michi recordó lo que les había pasado el verano anterior después
de que salieran publicadas en la revista las fotos tomadas por
Cabezas: los dos autos que usaban en ese operativo aparecieron con
los vidrios y los neumáticos destrozados.
Entre las decenas de notas que cada verano provenían de Pinamar,
era habitual que algunas tuvieran como protagonista al hom188
bre fuerte del lugar. Y cuando eso sucedía se intentaba conseguir
una entrevista con él para conocer su opinión.
En la primera semana de 1997, por ejemplo, Michi y Cabezas
cubrieron la inauguración del hotel 5 estrellas de Yabrán, el Arapacis.
Una construcción de 8.000 metros cuadrados con vista al
mar y levantado en apenas ocho meses tras una inversión de 12
millones de dólares. En la nota contaron también sobre los futuros
emprendimientos del empresario en la zona: un puerto, una ciudad
satélite de Pinamar ubicada 1.500 metros al norte, y otro hotel que
se llamaría Terrazas al Golf. En ningún momento lograron obtener
alguna declaración del empresario. Ni siquiera se le pudieron
acercar.
Definitivamente, aquel verano Yabrán era uno de los protagonistas
sobre los que Noticias volvía a investigar. Jamás nos imaginamos
hacia dónde terminaríamos de dirigir nuestra investigación.
***
José Luis Cabezas fue uno de los mejores fotógrafos que pasaron
por Noticias. Era tanta la ductilidad que le imprimía a su cámara, y
tanta su creatividad, que cada producción suya servía para ilustrar
más de una nota. Quienes estuvieron del otro lado de su lente, lo
saben bien.
En julio de 1996 debía ilustrar una entrevista realizada a Ernesto
Sabato. El escritor no quería saber nada con ir al estudio
fotográfico de la revista para posar. José Luis le dijo que se conformaba
con sacarle unas fotos en alguna plaza. Quedaron en verse
una tarde en Plaza Lavalle.
Sabato llegó dos horas después de lo previsto y con poco tiempo
que perder. Cuando vio que Cabezas lo esperaba con un telón de
fondo en el que se había pintado un sol y una playa de estilo naif,
estuvo a punto de dar media vuelta e irse. Nunca supimos cómo
lo convenció de posar sentado sobre un banquito, delante de ese
fondo insólito y en medio de una plaza convulsionada por la presencia
del célebre escritor.
A Nequi Galotti, la esposa de Bartolomé Mitre, el director del
diario La Nación, la vistió con un deshabillé sexy y la convenció
de subirse a una pila de cajones rotos. A Jorge Lanata lo fotografió
sentado en cuclillas arriba de su escritorio. A Mario Firmenich lo
hizo sonreír, que nunca fue poco, y cuando el ex guerrillero le dijo
que su hobby era la carpintería, logró fotografiarlo con un serrucho
cortando madera. A Graciela Fernández Meijide la disfrazó,
literalmente, de una maleva con look gardeliano y, tras cartón, de
una dama patricia neoclásica. Roberto Devorik, además de ser reconocido
como el amigo argentino de la princesa Diana, es un
diseñador refinado y exquisito. No salía de su asombro cuando José
Luis lo llevó hasta una estación de trenes abandonada para fotografiarlo
en una habitación semidestruida. El recurso de los trenes
lo usó también para fotografiar, en 1995, a la fórmula presidencial
Octavio Bordón-Carlos «Chacho» Álvarez. Lo sorprendente era
ver a los políticos trepar de vagón en vagón siguiendo mansamente
las instrucciones del fotógrafo. Álvarez, todo transpirado, le dijo a
Bordón por lo bajo: «Viéndolo trabajar a él, uno no se puede negar
a nada». José Luis lo escuchó y le respondió: «Es que yo soy yo, no
mi sueldo».
En septiembre de 1995 viajó a Canadá para una entrevista con
Mario Bunge. El filósofo contaría luego que entablaron una relación
especial y que le causaba simpatía que lo llamara «Patrón»
cada vez que le indicaba alguna pose determinada. También recordó
que el fotógrafo le decía que se sentía un afortunado: «Hago lo
que me gusta y además me pagan».
Y haciendo eso que sabía y le gustaba fotografió también a Raúl
Alfonsín, María Kodama, Enrique Nosiglia, Ramón Hernández,
Oscar Andreani, Eleonora Cassano, Mario Pergolini, Luis Moreno
Ocampo, Menem Junior, Cecilia Roth, Eduardo Duhalde, Gerardo
Sofovich, Esther Goris, Miguel Ángel Solá, Les Luthiers y Mirtha
Legrand, entre muchísimos protagonistas más de la actualidad.
Un día, tras la renuncia de Domingo Cavallo en julio de 1996,
llegamos juntos a las nuevas oficinas del ex ministro de Economía
para realizarle una entrevista. Cuando nos hicieron pasar para que
lo esperáramos unos minutos, vimos la desolación de una habitación
vacía recién pintada de blanco y con un matafuego en el piso
como única decoración.
«Estamos en problemas, José Luis —le dije—, no sé cómo te las
vas a arreglar para sacar una buena foto de esto.» «Está perfecto
—me respondió—, vos no te hagas problemas.» Así fue, colocó el
matafuego petiso y rojo en una de las esquinas de la habitación y le
dijo a Cavallo que se parara en la otra. Ahí lo fotografió. Tenía razón:
no había otra imagen que reflejara mejor la soledad política de
aquel hombre, recién echado del Gobierno y pronto a enfrentarse
a los incendios judiciales que lo esperaban en Tribunales.
Ése era José Luis. Inquieto, creativo, optimista. Un buen tipo.
Un hombre común, bien simple, que amaba a su familia y soñaba
un futuro compartido con su esposa Cristina y su hija Candela, y
con sus otros dos hijos de un primer matrimonio, Juan y María.
También era un gran fotógrafo, que había comenzado trabajando
en una plaza y que en 1989 ingresó como reportero en Noticias,
donde demostró la diferencia que hay entre hacer de fotógrafo y
amar la fotografía.
Había nacido en Wilde, provincia de Buenos Aires, el 28 de
noviembre de 1961.
Lo extrañamos tanto.
14
José Luis Cabezas II:
una trama impúdica
Tras el crimen de José Luis, la Argentina era una coctelera de
trascendidos, mentiras y pistas inconclusas. Desde el poder político
y desde las estructuras policiales y yabranistas se lanzaron
todo tipo de versiones disparatadas que pretendían retrasar la
investigación. Durante semanas se puso la mira en una mujer
llamada Margarita Di Tullio, conocida como «Pepita la Pistolera
», que regenteaba un prostíbulo en Mar del Plata. El periodista
Miguel Bonasso escribió un libro, Don Alfredo, en el que sostenía
que había sido la CIA la asesina de Cabezas para inculparlo
a Yabrán y quedarse con sus negocios. Se llegó a decir que Cabezas
había caído en medio de una interna de policías corruptos
de la costa bonaerense y hasta que había intentado extorsionar
a alguien que lo mandó matar. Desde el Gobierno nacional se
dejaba trascender como cierta la culpabilidad de los «Pepitos».
Una primera autopsia realizada por el Servicio de Investigaciones
Técnicas de la Policía bonaerense (SEIT) aseguraba que
el cuerpo de Cabezas tenía un solo disparo. Recién cuatro meses
después, los peritos de la Suprema Corte de la provincia de
Buenos Aires descubrieron que, en realidad, había dos orificios
de entrada. Un mitómano llamado Carlos Redruello llevaba la
investigación hacia un lado y hacia el otro, y recibía dinero por
la gestión.
Estar una vez «del otro lado del mostrador» y ver con qué facilidad
los periodistas, aun con la mejor voluntad, cometemos errores
más y menos groseros, nos obligaba a pensar en la importancia
profesional del chequeo de la información. En la necesidad de
permitirnos dudar, y con ello incitar al lector a que haga lo mismo
cuando no se sabe con exactitud lo que pasa. Por ingenuidad,
desidia o conveniencia, muchos caen en la tentación de aceptar por
cierta la voz del poder de turno.
Aquel crimen nos cambió la vida para siempre, la profesional
y la personal. Nos hizo ver, por ejemplo, que el off the record, esa
ley autoimpuesta por el periodista para proteger sus fuentes y no
revelárselas al lector, podía tener excepciones.
En la tarde del 16 de junio de 1999, una llamada interrumpió el
trabajo del director de la revista, Héctor D’Amico. Hacía dos años
y medio que habían matado a Cabezas y la verdadera arma asesina
seguía sin aparecer. Era el gobernador Eduardo Duhalde y quería
verlo. Urgente.
Una hora después, D’Amico estaba en las oficinas porteñas del
comité de la campaña presidencial del entonces gobernador. Héctor
todavía recuerda el halo de misterio que invadía esa habitación
y a un Duhalde que parecía agotado y le confesaba que si perdía
las elecciones presidenciales, ganaba «una vida». Ésta es la reconstrucción
de aquella charla a solas:
Duhalde: Tengo una información muy delicada. Y muy difícil
de contar a la gente sin que alguien piense que quiero utilizarla
políticamente…
D’Amico: Lo escucho.
Duhalde: Un informante se acercó a nosotros y nos dijo que
Prellezo (el policía acusado por el crimen de Cabezas) le
pidió que desenterrara un revólver del fondo de una propiedad
que él tiene. Este informante no le hizo caso y vino
a vernos. El hombre nos pide 300 mil dólares, una barbaridad.
A lo sumo 100 mil… estamos negociando.
D’Amico: ¿Y usted le cree?
Duhalde: Le tengo que creer, es una persona muy allegada a
Prellezo. Un abogado es.
D’Amico: ¿El abogado de Prellezo?
Duhalde: Algo así. El arma está enterrada, ¿usted sabe dónde
se pueden conseguir esos detectores de metales? Imagínese
que hay que moverse con mucho cuidado, no tienen que
quedar dudas.
D’Amico (Sorprendido): Más que a mí, un aparato así debería
pedírselo a su amigo Hugo Anzorreguy. Pero dígame…
Duhalde: En realidad quería consultarle si usted podría ser
testigo cuando eso se desentierre. No sé si habría que llevar
cámaras de tevé…
D’Amico: Mire, después de lo que pasó con los «Pepitos», con
Redruello y con las autopsias, deberían estar ahí los diez periodistas
más creíbles de la Argentina. Eso sí, más vale que
el revólver sea el revólver… ¿De qué tiempos habla usted?
Duhalde: La semana que viene, digamos. Nosotros ya le estamos
avisando al juez. Yo lo llamo por cualquier novedad…
Una semana después habían pasado, o dejado de pasar, dos
cosas: Duhalde no llamó a Noticias y, lo que era más preocupante,
tampoco había avisado a la Justicia lo que estaba negociando.
Por fin, D’Amico pudo ubicarlo por teléfono. La respuesta del
gobernador fue: «¡Ah, no! Eso se complicó. Este hombre no quiere
bajarse de lo que pide, pero estamos trabajando. Ya le dije que le
iba a avisar».
El 6 de septiembre, de nuevo fue D’Amico quien llamó para pedir
información. «Esto parece serio —le dijo Duhalde—, no es sólo lo del
revólver. Hay otras cosas, pero no son para hablarlas por teléfono».
Arreglaron un encuentro para el día siguiente en la quinta Don
Tomás, la residencia privada del gobernador en el barrio de San
Vicente. Esa vez, D’Amico nos pidió a Edi Zunino (por entonces
jefe de la sección Política) y a mí, como editor general de Noticias,
que lo acompañáramos. Suponía que iba a necesitar testigos para
lo que iba a oír.
El gobernador nos esperaba con un jean gastado y cara de sueño.
Pidió café para todos y ordenó que nos dejaran solos.
D’Amico: Hace tiempo usted me habló de un revólver enterrado
y, como temo que puedo haber entendido algo mal, me
gustaría que Edi y Gustavo escuchen la historia.
Duhalde: Sí, el que nos trajo el dato fue abogado de Alfredo
Yabrán. Dice que es la última persona que habló con él antes
del suicidio…
D’Amico: Pero… ¿y el arma?
Duhalde: Está enterrada en una propiedad del detenido…
González: ¿De Prellezo?
Duhalde: Sí, la tengo custodiada por la policía, que no sabe
qué cosa está custodiando…
D’Amico: ¿Y el juez?
Duhalde: El juez no sabe nada. Pero no es sólo un arma, son
tres o más, entre ellas un revólver con la mira pintada de
rojo. Pero este hombre me dice, además, que otro detenido,
el de mayor confianza de Yabrán… ¿me entienden?
D’Amico: ¿Gregorio Ríos?
Duhalde: Sí, dice que Ríos tenía tres cuentas bancarias en el
exterior por donde pasó mucho dinero. Dos en Suiza y otra
en los Estados Unidos. En una hubo como 10 millones de
dólares. Parece que Ríos era algo más que un custodio…
Pero yo, hasta el 24 de octubre estoy atado de pies y manos.
¿Quién me va a creer que esto no es un golpe de efecto político?
Ya tuve la mala suerte de que a la cámara fotográfica
de Cabezas la encontraran con ayuda de un rabdomante y
no con estudiantes, como quería yo.
D’Amico: El tema ése de las cuentas…
Duhalde: Me dicen que vamos a tener datos la semana que viene.
González: ¿Cómo va a conseguir esos datos sin orden judicial?
Duhalde: Por canales informales se pueden conseguir esos
datos, sobre todo los de los Estados Unidos. Con Suiza es
más complicado.
D’Amico: ¿Tiene miedo?
Duhalde: Por mí no, por mi familia…
D’Amico: ¿Usted los está investigando a ellos, los Yabrán?
Duhalde: No, yo no tengo aparato de Inteligencia. Pero la
SIDE me informa. En este tema le tengo mucha confianza
a Hugo Anzorreguy. Incluso estoy pensando en mudarme
a la Capital.
Zunino: ¿No tiene lista la nueva casa de Lomas de Zamora?
Duhalde: Uno está muy expuesto fuera del centro.
D’Amico: Usted me había dicho que su informante pedía mucho
dinero, ¿cobró?
Duhalde: Ya le dimos 50 mil dólares. Y si aparece lo de las
cuentas bancarias le daremos 100 mil más.
D’Amico: Hay un problema, gobernador…
Duhalde: ¿Cuál?
D’Amico: Que usted dice que no puede hacer nada hasta el 24
de octubre, está atando todo a sus tiempos electorales. Pero
nosotros ahora lo sabemos.
Duhalde: ¿Y qué quieren que haga? ¿Quién me va a creer?
Yo con esto no quiero hacer campaña. El 25 de octubre,
gane quien gane, va a haber más gente con ganas de hablar.
Porque Yabrán tenía muchas relaciones por el lado de la
Alianza. De los radicales digo, no del Frepaso.
D’Amico: ¿Su fuente querrá contar esto en público?
Duhalde: Yo creo que por plata este hombre habla hasta por
cadena nacional.
D’Amico: ¿Y por qué no aparece él, entonces? Que vaya a Dolores
y declare todo lo que sabe…
Duhalde: No, hay que esperar. Además, va a estar un mes en
Cuba, tiene negocios allá. Incluso, creo que se va a ir a vivir
a la isla apenas se sepa todo… Hay que ser cuidadosos,
porque aparte hay mucha plata del otro lado.
En cierto momento de la charla, Duhalde cortó por la mitad
una frase para decir que aún no era tiempo de ir a la Justicia. Se
quedó callado por un segundo y agregó: «La otra que nos queda es
ir nosotros mismos al lugar…» Uno de los tres le preguntó «¿para
qué?» Entonces el gobernador hizo un gesto con sus manos, como
tomando una pala y empezando a cavar sobre un suelo imaginario.
«Qué sé yo —completó—, es una idea.»
Nos quedamos mudos por unos instantes. Duhalde nos habrá
visto las caras de estupor porque encaminó la conversación hacia
otro tema no menos sorprendente.
Lo que sigue tiene que ser leído como parte de la campaña presidencial
en la que Duhalde y Fernando de la Rúa peleaban voto
a voto en las encuestas previas. ¿Sería mentira lo que estábamos
por escuchar? ¿Sería una farsa lo que acabábamos de oír? ¿Mezclaba
verdades y mentiras según su propia conveniencia política? Lo
cierto es que uno de los políticos más importantes del país, futuro
presidente de la Nación, nos continuaba asombrando.
Duhalde: Este informante conoce todas las conexiones de esta
mafia. Me aseguró que en su estudio, en su propia computadora,
se armaron las preguntas que le hizo el radical
Enrique Mathov a Yabrán en el Congreso, cuando lo citó la
comisión antimafia.
D’Amico: Ahí preguntaron todos, Miguel Ángel Toma también.
Duhalde: Yo les digo lo que me dice este señor. Me dijo, además,
que un militar muy vinculado a De la Rúa, pariente
de él (se refería a su cuñado, el contraalmirante Basilio Pertiné),
le quiso comprar estas armas que están enterradas.
González: ¿Cómo que comprarlas? ¿Para qué? ¿Cómo se enteró?
Duhalde: No sé, se ve que este hombre las anduvo ofreciendo
por todos lados. Pero el tema es que hay mucha plata del
otro lado. Llegué a pensar en informar de todo esto a la
Justicia, desenterrar las armas, poner otras en ese lugar y
ofrecérselas a ese militar. Después, detenerlo y preguntarle
para qué carajo las quiere.
Zunino: Parece una película. Pero, siguiendo con el revólver,
¿por qué lo va a dejar ahí enterrado?
Duhalde: Miren, yo descuento que ustedes quieren saber la
verdad porque eran compañeros de Cabezas y no por razones…
editoriales, digamos. Acá, encontrar el arma es lo más
sencillo. Sólo se trata de ir a buscarla. Pero quiero que las
cosas se hagan bien, para ayudar y no para complicar todo.
Zunino: Lo mejor es volcar todo en la causa.
Duhalde: Bueno, pero hay que esperar. Ahora, si me disculpan,
tengo que irme a un acto.
D’Amico: ¿Cuándo va a tener novedades?
Duhalde: La semana que viene ya tendría datos de la cuenta de
Ríos en los Estados Unidos. En cuanto sepa algo, los llamo.
Eran poco más de las 11 de ese 7 de septiembre de 1999.
Durante las semanas siguientes, Duhalde no llamó. Fuimos
nosotros los que requeríamos novedades periódicas a sus colaboradores,
quienes nos repetían: «Dice el gobernador que cuando
tenga informaciones se comunica».
Le contamos lo que nos había dicho a Cristina Robledo, la viuda
de José Luis, y a sus padres. Y empezamos a evaluar la posibilidad
de romper el off the record y llevar lo que decía Duhalde a la
Justicia.
Octubre aceleró todo. La fiscal del caso, Analía Ávalos, elevó a
la Cámara de Dolores su acusación contra los diez detenidos por
el crimen. La Cámara, por su parte, abrió la etapa de presentación
de pruebas, cuyo plazo vencía el 14 de ese mes.
Junto a nuestros abogados y los de la familia Cabezas tomamos
la decisión de contar lo que sabíamos a la Justicia antes de que
venciera ese plazo. Lo hicimos el miércoles 6 de octubre.
Antes, se hizo un intento final para lograr que fuera el candidato
presidencial del peronismo quien se presentara ante los Tribunales.
Hubo una última comunicación telefónica con él:
Noticias: Nosotros no podemos esperar más, el último día
para presentar las pruebas del caso es el jueves de la semana
que viene.
Duhalde: Ya les dije, quédense tranquilos que yo me voy a
ocupar. Mis abogados están trabajando en el tema. Pero
entiendan que la campaña me quita muchas horas por día.
Noticias: ¿Y por qué sus abogados no se contactan con los de
la familia Cabezas para llevar todo a Dolores hoy mismo?
Duhalde: Yo me voy a ocupar…
Noticias: ¿De las cuentas de Ríos en el exterior tuvo alguna
novedad?
Duhalde: No, ninguna novedad. No tuve tiempo. ¿Hace falta
que les cuente que no tuve tiempo para nada? Me estoy yendo
ahora mismo a un acto. Ya les dije que me voy a ocupar.
Ese día, comprendimos definitivamente que Eduardo Duhalde
no iba a hacer más de lo que había hecho, y que no estaba dispuesto
a ir a la Justicia a contar lo que sabía. Oscar Pellicori, abogado
de Noticias y de Candela Cabezas, se comunicó con el juez de la
causa, José Luis Macchi, para comprobar si el gobernador se había
comunicado con él en los últimos días. Después de cortar con el
magistrado, nos contó: «Le pregunté concretamente si estaba al
tanto del tema del revólver y le anticipé algo, casi se cae de culo.
Nos pidió que esta misma noche vayamos al juzgado a declarar
para dejar constancia de todo lo que sabemos».
Primero fuimos a los Tribunales y luego decidimos romper el off
the record para revelar esa información que nos venía quemando.
Pocas horas antes del cierre de esa edición, Edi Zunino llamó
a Carlos Ben, el histórico vocero de Duhalde:
Zunino: Vamos a ir con la nota…
Carlos: De qué nota me hablás, Edi.
Zunino: Vamos a contar que el gobernador tiene información
sobre dónde está enterrada el arma que mató a José Luis.
Carlos: Ustedes están locos.
Cuando se publicó la historia, los periodistas se le fueron encima
a Duhalde y le preguntaron qué más sabía acerca del revólver. El
candidato, con absoluta calma, como quien aclara un tema menor,
respondió: «La gente de Noticias se apresuró. Había una pista y un
informante, eso es así, pero al final no se pudo confirmar nada».
El del arma es quizás el gran misterio que sobrevivió al juicio
en el que los criminales fueron condenados. Se habló siempre de
la existencia de dos armas calibre 32. Una de ellas apareció en la
casa de Luis Martínez Maidana, un personaje al que se vinculaba
con aquel grupo relacionado con la prostitución en Mar del Plata
y comandado por «Pepita la Pistolera». La de los «Pepitos» fue la
primera hipótesis que surgió desde la Casa de Gobierno para explicar
el asesinato de José Luis vinculado con un supuesto intento de
extorsión del fotógrafo. La hipótesis se cayó pronto, pero la historia
del arma aparecida en la casa de Martínez Maidana como uno de
los revólveres usados en la escena del crimen, llegó increíblemente
hasta el último día del juicio oral.
Sin embargo, el revólver que según los mismos «Horneros»
usó el policía Prellezo para terminar con la vida de Cabezas, fue
otro: lo recordaban por tener un punto rojo en la mira, como el
que mencionó Duhalde en aquella charla reservada en la quinta de
San Vicente. Esa arma nunca apareció.
Hasta hoy creemos que se trataba del revólver del que hablaba el
gobernador. Pero éste jamás fue llamado a declarar por la Justicia.
***
Entre los ciudadanos comunes que se acercaron a aportar información
relevante para la investigación, hubo uno que fue central,
Ricardo Manselle, uno de los dueños del restaurante Mc Papa’s, un
local de comidas rápidas ubicado en Martínez.
Manselle apareció en la redacción a fines de mayo de 1997, a
cuatro meses del crimen, con un dato fundamental: aseguró que
semanas después del asesinato, presenció tres encuentros extraños
en su negocio, ubicado justo frente a las oficinas de Gregorio Ríos,
uno de los jefes de la custodia de Yabrán. Juró haber visto a Ríos
con Gustavo Prellezo (quien terminaría siendo el asesino material
de José Luis), luego con el policía Aníbal Luna (otro de los involucrados)
y más tarde con el propio Yabrán.
Le pedimos que fuera a declarar a la Fiscalía de Dolores. Tenía
miedo, pero lo hizo, bajo identidad reservada.
Semanas más tarde, sus dos socios y una empleada lo desmintieron
en parte. Sólo aceptaron haber visto en el lugar, y por separado,
a Ríos y a Yabrán. Manselle sospechó enseguida que habían
sido comprados.
Meses después, con la ayuda del noticiero de televisión 24 Horas,
Manselle realizó una cámara oculta con quien era el apoderado
legal del restaurante. Allí se escuchaba claramente cómo le ofrecían
60.000 dólares para cambiar su declaración judicial. «Vos tenés
que decir que fuiste presionado por la Policía y por Noticias», le
dicen en el video. A cambio, le prometían salir de la «lista negra»
de Alfredo Yabrán.
Su declaración fue clave para el juez José Luis Macchi. Porque
de esa forma apareció en el expediente la primera referencia a
encuentros personales entre los sospechosos, cuya relación hasta
entonces sólo constaba en los cruces telefónicos desnudados por
el sistema informático Excalibur.
Manselle fue uno de los testigos más perseguidos después de su
declaración reservada. Los imputados le iniciaron juicio por falso
testimonio y fue castigado a través de los medios por los amigos
de Yabrán una vez que se supo su identidad. Por las amenazas que
recibía debió aceptar custodia policial permanente. Uno de sus
custodios, el cabo Oscar Villalba, fue asesinado justo el día en que
se cumplía un año de su denuncia.
Otros testigos sufrieron persecuciones tras aportar información
valiosa:
• Francisco Cáceres, un empleado de la agencia de seguridad
Bridees, declaró que Roberto Naya —un ex represor, directivo
de esa empresa y vinculado laboralmente con Alfredo Yabrán—
le había contado que «Cabezas embromó a Yabrán con
las fotos y él se las cobra». Luego de testimoniar, fue despedido.
• Beatriz Domeneghini, pareja del custodio yabranista Omar
Cabral, se presentó un día en la redacción para entregar un
organigrama de la estructura de seguridad que rodeaba al
empresario. También dijo que en un estudio de abogados
de la calle Uruguay se armaban las declaraciones judiciales
de los custodios y se las hacían estudiar de memoria para
que no se contradijeran. Cuando se presentó en el juzgado
de Dolores —conducida por Cabral— acusó a la revista de
haberla presionado, aunque reconoció sus dichos.
• Omar Pareda, casero del comisario de Pinamar Alberto Gómez,
narró reuniones de su ex jefe con Gregorio Ríos. También
fue amenazado.
Cuando a fines de junio de 1997 el presidente Menem le ordenó
a su jefe de Gabinete, Jorge Rodríguez, que recibiera en la Casa
Rosada a Yabrán, supimos que el mensaje que se quería transmitir
a los investigadores (o que objetivamente se transmitía como
señal política) era que ese hombre estaba siendo apoyado desde el
Gobierno. Y en la práctica, algo cambió durante varios días. El apellido
Yabrán dejó de ser mencionado desde las pesquisas judiciales,
apareciendo otros sospechosos, algunos insólitos.
Por eso, fue muy importante que entonces se concluyera con
una pista iniciada dos meses atrás.
Todo había empezado cuando el prestigioso criminalista Elías
Neuman dictaba una conferencia en la Universidad de Tandil. En
un aparte del encuentro, un abogado se le acercó para contarle que
una clienta suya le había entregado una tarjeta en custodia, asustada
por lo que podría significar. Era una tarjeta blanca, impresa
con el nombre Alfredo Yabrán, y sobre la cual aparecía escrita de
puño y letra la siguiente frase: «Muy feliz cumple!!! Si no te sirve
de adorno es para que se lo rompas en la cabeza a algún fotógrafo
indiscreto». La mujer que podía aportar esa tarjeta a la causa no
era la destinataria del mensaje, sino una ex pareja suya.
Noticias se enteró gracias a la gestión del periodista Eduardo
Aliverti, quien fue el que hizo de intermediario entre Neuman y
Héctor D’Amico. Finalmente, el viernes 25 de julio de 1997, en el
mismo momento en el que una multitud se reunía frente al Congreso
para reclamar justicia a seis meses del crimen, tres compañeros del
fotógrafo viajaban a la costa atlántica para conseguir la tarjeta. Lo
que obtuvieron fue una copia del original que sirvió para hacer una
pericia caligráfica comparativa con la que en 1992 había recibido
la entonces directora de la revista, Teresa Pacitti, meses después de
publicada la primera nota: «Quiera Dios que las Pascuas sirvan para
aflojar nuestros preconceptos y para acercar nuestras maneras de
sentir y/o percibir. Felices Pascuas!!! el amigo invicible (sic)».
Los peritajes demostraron que, además de la coincidencia de
los tres signos de admiración en ambas tarjetas, era letra manuscrita
por la misma persona: Alfredo Yabrán.
Pero ¿a quién le había mandado aquel presente con una tarjeta
que ratificaba una vez más su odio hacia los fotógrafos?
Se trataba del sindicalista Oscar Lescano, quien aún hoy sigue
presidiendo el Sindicato de Luz y Fuerza. Yabrán y Lescano eran
bastante amigos. Por eso el empresario decidió mandarle esa tarjeta
junto con una cigarrera cilíndrica de medio metro de altura. Fue
después de que un fotógrafo de Noticias interceptara a Lescano en
la ciudad de Marbella caminando al lado de una joven, cuando se
suponía que debía estar participando en el Congreso Anual de la
Organización Internacional del Trabajo, en Ginebra.
A veces el azar se encarga de armar tramas imposibles: «Marbella
» también era el nombre del balneario de Pinamar en el que
Cabezas obtuvo la célebre foto de Yabrán.
Otro testimonio fundamental para determinar la culpabilidad
de Yabrán fue el de la policía Silvia Belawsky, la ex esposa de Gustavo
Prellezo. Estaba en prisión acusada de ser partícipe secundario
del crimen. Había rastreado información y antecedentes de Cabezas
en los archivos de la Policía. Desde su celda, aceptó contarle a
la revista lo que sabía.
Algunos pasajes de ese diálogo con los periodistas Marisa
Grinstein y Christian Balbo resultan conmocionantes, aun a la
distancia:
Noticias: ¿Por qué pidió los datos de Cabezas?
Belawsky: Mi ex marido me dijo que le aportara esos datos.
Me escribió en un papel el apellido Cabezas y un nombre
que no recuerdo. Pero yo no le conseguí nada.
Noticias: ¿Por qué?
Belawsky: Pedí los datos, pero no me los dieron… Nunca sospeché
lo que iba a pasar. Para mí, José Luis Cabezas era una
persona cualquiera, un desconocido.
Noticias: ¿Cuándo comenzó a sospechar que su marido estaba
involucrado en el crimen?
Belawsky: Y… cuando vi que el chico muerto se llamaba
Cabezas.
La pesadilla empezó ahí.
Noticias: ¿Prellezo le contó que Yabrán quería eliminar a Cabezas?
Belawsky: Estábamos en casa, mirando la tele. Estamos hablando
de febrero de 1997. Estaban dando un noticiero que
hablaba del asesinato. Yo pasé en ese momento y le pregunté
cuál era la verdad. Ya le venía preguntando por esta historia
hacía bastante tiempo, le hacía planteos, cuestionamientos.
Él se me quedaba mirando y no me contestaba. Ese día tuvimos
una discusión muy fuerte. Entonces me dijo que como
yo ya sabía, él y Ríos trabajaban para Yabrán, que Yabrán
estaba detrás de todo, y que esto se había producido por las
fotografías y las persecuciones que Cabezas le hacía.
Noticias: ¿Fue una discusión fuerte, se gritaron?
Belawsky: (Sonríe) ¿Gritar? Gustavo nunca gritaba. Es un
hombre frío. Pero me amenazó. Me dijo que no se me ocurriera
abrir la boca. Yo me arrodillé frente a una mesita
ratona, apoyé la cabeza ahí y me puse a llorar. No podía
parar. No podía creer lo que escuchaba.
Noticias: ¿Prellezo le dijo que él había participado del crimen?
Belawsky: No, me dijo que Yabrán estaba detrás. Nada más.
Y yo no le pregunté nada. No quería escuchar más. Tenía
miedo. ¿No es normal que tuviera miedo?
Noticias: ¿Cómo siguió la relación después de ese episodio?
Belawsky: Yo tenía miedo. Él siempre me decía que me callara
la boca. Las presiones que recibí son muy fuertes. Me amenazaban
por teléfono. Me decían que iba a sufrir mucho si
hablaba. Incluso me amenazaron acá, estando presa… pero
de eso no voy a hablar.
Noticias: ¿Cuándo su marido nombró por primera vez a Yabrán?
Belawsky: Fue en 1995, en enero. Yo había ido a Pinamar con
nuestra hija y él estaba ahí. Pero no nos veíamos nunca, él
venía de trabajar a la mañana. Entonces, Gustavo se justificó
diciendo que estaba haciendo unos adicionales para Yabrán,
que para mí era un empresario más. Yabrán le mandaba
tarjetas navideñas y regalos. Había una que tenía el remitente
de Esther Rinaldi (N. del A: la secretaria de Alfredo
Yabrán), pero cuando la abrí estaba firmada por Yabrán.
El policía Gustavo Prellezo fue la punta de una madeja detrás
de la cual apareció el resto de una banda de marginales, policías
y un ex militar, que actuaban bajo la sombra de ese hombre que
cuando joven repartía helados con un carro de madera en su Larroque
natal y que llegó a ser uno de los empresarios más poderosos
y oscuros de la Argentina.
Los vínculos entre Prellezo y Yabrán fueron reconocidos por
el mismo policía, cercado por varios testimonios (como el de la
propia secretaria, Esther Rinaldi) y por el entrecruzamiento de
llamadas telefónicas con Gregorio Ríos, su jefe de custodios, que
así lo demostraban, incluso las que tuvieron lugar en la misma
madrugada del crimen. También los peritos psiquiátricos que lo
entrevistaron debieron reconocer que Prellezo se había quebrado
y les confesó que Yabrán era el cerebro del asesinato.
Su vecina de City Bell, Alicia Beatriz Rivera, confirmó que vio
en la casa de Prellezo a la banda de Los Horneros y a Gregorio Ríos,
el custodio de Yabrán. Como tenía miedo de ir a la Justicia y era
lectora de Noticias, llamó primero al teléfono 0800 que la revista
había habilitado para recibir datos sobre el crimen.
Éste fue su testimonio reservado: «Hola, tengo algo para contarles.
Cuando abrí la revista vi los rostros de esa gente y me doy cuenta
de que son las personas que yo vi en la casa de Prellezo. Me siento
responsable de decir lo que sé. A Ríos lo recuerdo bien además porque
cuando lo vi, frente a mí, me dio temor. Yo estaba regando en mi
casa y sentí que él estaba invadiendo mi propiedad. Me dio temor,
dejé de regar y me retiré. Y Braga me hizo acordar a un alumno mío
que tenía sus características, un chico bonachón». Luego se animó
a repetir y ampliar su testimonio durante el juicio oral.
La movilización que generó la indignación colectiva por aquella
muerte fue la que permitió reconstruir lo que había sucedido
y el contexto en el cual las autoridades políticas, policiales y judiciales
desarrollaron la investigación. Sabían que estaban siendo
observados por todo el periodismo y por la sociedad. Esa vez, la
impunidad no era una alternativa posible.
Por fin, la misma banda de «Los Horneros» reconoció que había
sido llevada a Pinamar por Prellezo para «apretar» a José Luis
Cabezas y que fue él quien le disparó después de que todos intervinieron
en su secuestro. También confesaron haberse contactado
con los policías de Pinamar que habían liberado la zona y que
colaboraron en «marcar» a su víctima.
***
El 20 de mayo de 1998, cercado por una causa judicial que avanzaba
presionada por una sociedad que exigía que por una vez se
hiciera Justicia, Alfredo Yabrán decidió suicidarse. Tenía 53 años
y una fortuna estimada en 600 millones de dólares. Murió poco
después del mediodía en la estancia San Ignacio, de su propiedad,
situada a 30 kilómetros de Gualeguaychú.
Una buena parte de la sociedad jamás creyó que un hombre
capaz de manejar tanto poder optara por quitarse la vida. De tanto
en tanto aparecen fotos de personas parecidas a él tomadas por
fotógrafos espontáneos en alguna parte del mundo. También se
reciben cartas con supuesta información precisa sobre el lugar en
el que se esconde y cómo es su nueva vida. Hasta una línea de ropa
tomó la leyenda «Yabrán no ha muerto» para su marca.
Pero el cadáver de Yabrán fue reconocido por el enviado del
diario Perfil, Hernán Brienza, que había logrado colarse en una
autopsia que confirmó la identidad del empresario (también estuvo
allí el periodista Facundo Pastor).
La viuda y los tres hijos de Alfredo Yabrán pasan sus días entre
sus propiedades de la Argentina y Uruguay. Heredaron el mismo
secretismo del empresario para hacer negocios y mostrarse. Recién
en el verano de 2010 Noticias los pudo ver a la luz del día en su
residencia de Punta del Este, pese al accionar siempre amenazante
de su guardia de seguridad.
La sentencia que el 2 de febrero de 2000 dictó la Cámara de
Apelaciones de Dolores, encontró y condenó a los siguientes responsables
del crimen:
• Gregorio Ríos, jefe de custodios de Alfredo Yabrán, fue sentenciado
a prisión perpetua como instigador del crimen.
• El ex policía Gustavo Prellezo fue condenado a cadena perpetua
tras comprobarse que hizo los disparos que mataron a
José Luis.
• Los ex policías de Pinamar, Aníbal Luna y Sergio Camaratta,
fueron condenados a reclusión perpetua. Ambos colaboraron
en liberar la zona para que la banda pudiera secuestrarlo.
• Horacio Braga, José Auge, Sergio González y Héctor Retana,
conocidos como «la banda de Los Horneros» por vivir todos
en el barrio bonaerense de Los Hornos, fueron condenados
a prisión perpetua. Los cuatro intervinieron en el secuestro
y posterior asesinato.
En diciembre de 2002 también fue condenado a prisión perpetua
el comisario de Pinamar, Alberto Gómez, responsable de
liberar la zona de operaciones de los delincuentes.
En el año 2003 el Tribunal de Casación de la provincia redujo
las condenas. «Los Horneros» fueron sentenciados entonces a
penas de entre 18 y 20 años. Gracias a la ley, luego derogada, que
contemplaba que por cada año de prisión sin condena efectiva se
contabilizaran dos años, los asesinos fueron recibiendo uno por
uno ese beneficio, salvo Retana, que murió en prisión.
También se atenuaron las penas de Ríos, Camaratta y Luna.
Este último pagó cerca de 15.000 dólares para quedar libre. Después
le siguieron los demás. La Corte Suprema revocaría en diciembre
de 2009 la sentencia de Casación, pero el paso de los años
y la ineficiencia judicial harían que los culpables permanecieran
presos menos tiempo del que el dictamen original exigía.
Hasta el autor material de los disparos, Prellezo, recuperó su
libertad el 1º de octubre de 2010 mucho antes de cumplir su condena.
Las razones: sufría de dolores musculares y la humedad de la
cárcel no lo beneficiaba. Eso sí, al aplicársele el arresto domiciliario
se le encomendó a su nueva esposa que vigilara su cumplimiento.
Así, su cadena perpetua quedó convertida en 13 años de prisión.
La última vez que vi a Gladys Cabezas, la hermana de José
Luis, fue en el velatorio de su padre, José. Fue el sábado 18 de
diciembre de 2010. Yo estaba acompañado por quien había sido
el jefe de su hermano, Carlos Lunghi. Gladys parecía tan dolorida
por la muerte de su padre como por saber que los asesinos de su
hermano recuperaban su libertad antes de cumplir la condena:
«Es que mi viejo no se murió hoy. Se murió el día que mataron a
José Luis. Y los que mataron a los dos y destruyeron a mi familia
ahora están sueltos».
Durante la dictadura militar desaparecieron miles y miles de
personas y un centenar de periodistas. Cuando se recuperó la democracia,
en diciembre de 1983, se creyó que el uso de la violencia
para acallar voces había llegado a su fin. El 25 de enero de 1997
descubrimos que el pasado siempre puede regresar. Pero esa vez,
a diferencia de lo que había sucedido durante los años del Proceso
Militar, la sociedad y los medios de comunicación reaccionaron
rápidamente y sin fisuras.
Entre tanto dolor, un consuelo para la familia de José Luis Cabezas
y para sus amigos y compañeros de trabajo. Y una vacuna
necesaria con la que la sociedad se protegió de nuevos hechos de
violencia.
Algo de eso escribió por aquellos días un testigo privilegiado
de los años en que los medios y la sociedad miraban hacia otro
lado. Fue Robert Cox, el legendario director del Buenos Aires Herald
durante la dictadura, y lo hizo en la edición del 31 de enero
de aquel año: «Tuve una extraña sensación cuando un amigo me
telefoneó a Estados Unidos con la noticia del macabro asesinato
de José Luis Cabezas. Me recordó inmediatamente que el descenso
a los infiernos de la Argentina de comienzos de los 70 comenzó
con la aparición de cuerpos calcinados. El horrendo crimen de
Cabezas parece haber sido armado con la intención de aterrorizar
a la prensa. Pero no debería funcionar en 1997. La respuesta de
la sociedad argentina tiene que ser exactamente la opuesta de la
que fue a partir de 1974. No debe volverse a utilizar esa expresión
obscena de “por algo será”. Las campanas que doblan por José Luis
Cabezas también doblan por todos nosotros».
Jacobo Timerman, el creador de Primera Plana y del diario La
Opinión, lo dejó escrito así: «Es emocionante ver la solidaridad
que hay con la revista Noticias en este momento. Hoy somos todos
periodistas de Noticias, todo argentino honesto es un miembro más
de esa redacción. Durante el primer año del Proceso, el único de
esa época terrible en que estuve libre, desaparecieron más de cien
periodistas. Ya antes de la dictadura, la Triple A había asesinado a
varios periodistas de La Opinión, y a uno de ellos, Money, lo quemaron
después de matarlo. Pero nadie llamaba al diario, sólo los
familiares pedían que hiciéramos algo».
En la misma primera edición después del asesinato, James Neilson,
el histórico columnista de la revista y sucesor de Cox en la
dirección del Buenos Aires Herald en plena dictadura, demostró
el poder premonitorio que puede tener el análisis político para
apuntar hacia quien luego la investigación encontraría responsable
de ser el autor intelectual del crimen: «Hace un año, Cabezas logró
la hazaña de fotografiar al magnate postal Alfredo Yabrán, hombre
cuyo afán de defender su intimidad contra el asedio periodístico
es tan notorio como lo es su voluntad de hacer crecer el imperio
empresario que, según parece, tendrá su epicentro en Pinamar. En
su condición de fotógrafo de Noticias, Cabezas hizo muchísimo
por dar a conocer a la nueva clase que se ha ido consolidando con
el menemismo. Su labor le supuso una infinidad de “amigos”, pero
también, sin duda, le ganó algunos enemigos peligrosísimos».
Al conmemorarse en enero de 2010 un nuevo aniversario de su
muerte, la página editorial de Noticias se tituló «¿Cuándo murió
Cabezas?», partiendo del supuesto de que no fue el 25 de enero
de 1997. La sensación que siempre tuvimos y seguimos teniendo
es que a José Luis (como podría haber sido a cualquiera de los
miembros de aquella redacción) lo empezaron a transformar en
víctima el día en que el poder político y la mayoría de los medios
de comunicación decidieron mirar hacia otro lado ante el sistema
mafioso que crecía, comandado por Alfredo Yabrán.
En ese texto, se recordó un pasaje de una columna firmada por
Jorge Fontevecchia en febrero de 1997, al cumplirse un mes del crimen:
«La máquina de investigación de Noticias la componen alrededor
de 50 periodistas. Un diario de los grandes cuenta con más de
200. Es legítimo preguntarse: ¿por qué una redacción de 50 personas
descubre, recurrentemente y a lo largo de tantos años, informaciones
graves que siempre se le escapan a una redacción que la cuadruplica
en tamaño? (…) No se olviden de Cabezas. Pero no se olviden de
por qué lo asesinaron. No se olviden de reclamarles a los diarios coraje
para comprometerse con los temas difíciles en el momento que
ocurren y no después. No se olviden de que los gobernantes deben
ser eficientes sin hacer trampas. No se olviden de que la corrupción
genera mafias. Entonces sí, Cabezas no será olvidado».
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