Instituto Hermanos Sagrado Corazón — Casa Provincial Ricardo Calvo 6, 28016-Madrid Tfno: 913504457 Fax: 913591612 email: [email protected] Un cuento... que no lo es tanto. Historia de Andrés Érase un país que llevó la guerra por todas partes y que, finalmente, terminó siendo víctima de la guerra que ellos mismos habían comenzado. En Lyón, la ciudad de la seda, había un joven llamado Andrés. De niño conoció la casi total destrucción de su ciudad y, también, la persecución religiosa. Quizás, por eso mismo, un día sintió la llamada al sacerdocio. Había conocido y experimentado el amor de Dios en una sociedad que quería ignorarlo. Cuando iba por las calles, Andrés tenía el corazón lleno del fuego del amor de Dios y la mirada muy atenta a todo lo que veía. Por eso no nos podemos extrañar que pasara lo que luego pasó. Y la “voz de Dios” se convirtió en “voces” de los niños y jóvenes necesitados que llenaban las calles, los hospitales y hasta las prisiones de Lyon. Y con esas voces sentía la necesidad de que tenía que hacer algo para dar soluciones. Es verdad que también pensaba a veces que eso no le correspondía a él, que lo suyo era la predicación y que es allí donde tendría un gran futuro. Pero qué importaba el futuro cuando la realidad presente le desgarraba el corazón. Un día fueron unas niñas acurrucadas en el portal de una iglesia, que le decían: No tenemos a nadie en el mundo y tenemos hambre y frío. Tomó a la más mayorcita de la mano y a la otra en brazos y fue en busca de alguien que pudiera socorrerlas y acogerlas en su casa. En ese momento se produjo el providencial encuentro con Claudina Thévenet, Gladis para los amigos. Otro día fueron las voces de unos niños que pasaban todo el día vagabundeando por las calles: No tenemos ni casa ni escuela donde educarnos. Él les dijo: Venid conmigo, yo os encontraré una casa y personas que os eduquen. En su recorrido por la ciudad un día llegó a la cárcel. Allí había jovencitos, casi unos niños, mezclados con los criminales. Y volvió a escuchar las voces: Somos unos delincuentes y lo seremos toda la vida porque nadie nos atiende ni escucha. Y sintió en su interior como una voz que le decía: ¿No predicas tanto el amor de Dios?, ¿no es tu tema favorito? Pues el amor de Dios es para ti dar una respuesta a esos adolescentes. Busca, encuéntrales un hogar. Y también a ellos les encontró un lugar y unas personas que se encargaran de ellos, para que no fueran toda la vida unos delincuentes y unos desgraciados. Al mismo tiempo sabía que él solo no podría atender a esos niños y niñas. Para solucionarlo se le ocurrió una idea genial: fundaría dos Congregaciones religiosas: una de Hermanas y otra de Hermanos. Un día tuvo que salir a predicar por las aldeas. Allí vio niños que no tenían escuela y otros, que aunque las tenían, las mismas parecían más cárceles que lugares para educar. Les dijo a las gentes de esos lugares. Voy a volver con buenos educadores que serán como vuestros hermanos más queridos. 1 Y así un día, y otro día... Y siempre sentía las voces y siempre encontraba personas a las que ayudar… Y siempre encontraba el modo de ayudarlas. Por la noche, agotado por el trabajo del día, hacía su oración y decía: Señor, todo lo que hago no es mi obra sino la tuya. Todo depende de ti, todo me lo regalas y, al mismo tiempo, quieres que todo dependa de mí. Ya sé que esto no es muy “lógico”, pero yo lo siento así. Andrés, todavía joven, tenía 39 años, cayó enfermo. Su mente se oscureció... pero seguía escuchando las voces de los niños y jóvenes necesitados. Quiso salir ayudarlos. Pensaba que era la puerta... y era una ventana. Se cayó y murió. Allí terminó su vida. Bueno, tenemos que decir, que allí comenzó su nueva vida. Cuando volvió abrir los ojos las oscuridades de su mente se habían disipado y todo era luz. De pronto escuchó una voz, ¡de nuevo las voces! Esta vez era voz más dulce de todas las que había escuchado nunca. Andrés, bienvenido a mi casa, que ahora es tu casa. Durante tu vida tú me acogiste, pues cada vez que encontrabas para un niño una casa, unos educadores, una escuela, era a mí, el Señor tu Dios a quien acogías. Ahora te ha llegado el tiempo de que vivas para siempre en mi casa. Andrés respondió: Y de los niños de la tierra quién se va a ocupar ahora. No te puedes hacer la idea del trabajo que queda por hacer y de cuántos niños y jóvenes necesitan ayuda. Y el Señor le dijo. Pues claro que lo sé. Quién si no te hacía escuchar todos esos gritos de auxilio. Tus hermanos van a continuar tu obra. Desde hoy mismo van a seguir ayudando a todos esos niños porque tú y yo nos vamos a ocupar de la obra que comenzaste en la tierra. Yo les voy a dar tu mismo espíritu y, lo que no te puedes ni imaginar, tú sólo has podido trabajar en Francia - que ese era el nombre del país de Andrés- ellos van a llegar a los cinco continentes. Además a ellos se les juntarán otros muchos educadores y jóvenes para seguir tú obra, nuestra obra. “Una peregrinación de esperanza por el camino de la comunión” Y colorín colorado esto ni es un cuento ni se ha acabado. El Padre Andrés Coindre nació en Lyon (Francia) en 1787 y murió en Blois (Francia) en 1826. Hoy, 1200 Hermanos del Sagrado Corazón, presentes en todos los continentes, una gran cantidad de educadores y de jóvenes apóstoles continúan su obra y están "contagiados" de su mismo espíritu y de las ilusiones de su joven corazón. Procedencia: Ias Jornadas de Formación “Acogida al nuevo Profesorado) (Centros Corazonistas) 2