Voces: INDEMNIZACION ~ PASAJERO ~ PRESCRIPCION

advertisement
Voces: INDEMNIZACION ~ PASAJERO ~ PRESCRIPCION ~ PRESCRIPCION
ANUAL ~ PRESCRIPCION COMERCIAL ~ TRANSPORTE ~ TRANSPORTE DE
PASAJEROS
-------------------------------------------------------------------------------Tribunal:
Cámara Nacional de Apelaciones en lo
(CNCiv)(EnPleno)
Civil,
en
pleno
Fecha: 26/10/1993
Partes: Corsetti de Patrignani, Irene c. Martínez, Regino y otros.
Publicado en: LA LEY 1994-A, 292
-------------------------------------------------------------------------------SUMARIOS:
No corresponde aplicar la prescripción anual del art. 855, inc. 1° del Cód. de Comercio,
reformado por la ley 22.096 (Adla, XXXIX-D, 3643), a la acción indemnizatoria
deducida por el pasajero contra el dependiente que conduce un transporte.
TEXTO COMPLETO:
Buenos Aires, octubre 26 de 1993.
Cuestión: Si corresponde aplicar la prescripción anual del art. 855, inc. 1° del Cód. de
Comercio, reformado por la ley 22.096, a la acción indemnizatoria deducida por el
pasajero contra el dependiente que conduce un transporte.
La mayoría, en forma impersonal, dijo:
I. Para explicar la naturaleza de la responsabilidad del deudor contractual por acto del
tercero, se ensayaron diversas teorías: a) culpa en la elección o en la vigilancia o --como
afirma García Amigo-- la culpa por transposición (la culpa del auxiliar equivale a la
culpa del deudor); b) teoría del riesgo de Unger y Messineo; c) teoría de la esfera de
intereses de Hedemann; d) teoría de la fuerza mayor de Emile Becqué y Ferrara; e)
teoría de la representación de los hermanos Mazeaud, Chironi y Burchardi; f) teoría de
la estructura de la relación obligatoria de Giovinne (con una buena dosis de consenso en
la Argentina); g) teoría de la garantía, aceptada por todos los juristas que trataron el
tema en las Jornadas Bonaerenses de Junín (1990) y por López Olaciregui, Bustamante
Alsina y otros; h) otras teorías con menor consenso universal, como las del resultado,
del órgano del instrumento y de la causalidad (ver el examen de estas teorías en Bueres,
Alberto J., "Responsabilidad civil de los médicos", p. 151 y sigtes., 1ª ed., Ed. Abaco).
También una explicación sucinta de las posturas puede verse en Banchio, Enrique
Carlos, "Responsabilidad obligacional indirecta", p. 49 y sigtes., Ed. Astrea, 1973, tesis
doctoral.
II. Cabe señalar que en el ámbito contractual --a diferencia de lo que ocurre en el ámbito
aquiliano (art. 1113, párr. 1°, Cód. Civil)--, no es necesario que el tercero que ejecuta la
prestación sea un dependiente (sujeto a un poder de mando), sino que resulta bastante
que sea un asociado, un sustituto o un encargado. De allí que se hable genéricamente de
responsabilidad por acto de terceros. De todas maneras, en el caso debe examinarse el
deber de reparar del "dependiente" del transportador.
En tal sentido, desde antiguo las doctrinas nacionales y extranjera, estimaron sin
controversias que el tercero dependiente que ejecuta la prestación tiene una
responsabilidad aquiliana, puesto que no hay nexo negocial alguno entre el referido
auxiliar y la víctima del daño (conf. Borda, "Obligaciones", t. II, N° 1654, ed. 1976;
Cammarotta, "Responsabilidad extracontractual. Hechos ilícitos", t. II, p. 324, Ed.
Depalma, 1947; Boffi Boggero, "Tratado de las Obligaciones", t. VI, p. 429 y sigtes.,
Ed. Astrea, 1985; Lorenzetti, "Responsabilidad civil de los médicos", p. 158 y sigtes.,
Ed. Rubinzal Culzoni, Santa Fe, 1986; Banchio, op. cit., p. 97; Llambías,
"Obligaciones", 2ª ed., t. I, p. 224, nota 93; 2ª ed., Ed. Perrot; Bustamante Alsina,
"Responsabilidad civil y otros estudios", t. I, p. 173, Ed. Abeledo-Perrot, 1984; Vázquez
Ferreyra, "Responsabilidad civil en el transporte oneroso de personas", JA, 1992-IV812; Mayo, "Responsabilidad por daños. Homenaje a Jorge Bustamante Alsina", p. 87,
Ed. Abeledo-Perrot; Agoglia, Meza y Boragina, "Responsabilidad por incumplimiento
contractual", p. 194, Ed. Hammurabi; Alterini, A. A.-Ameal-López Cabana, "Curso de
obligaciones", t. I, N° 454, Ed. Abeledo-Perrot, 1989; Conclusión unánime en las
"Cuartas Jornadas Bonaerenses de Derecho Civil, Comercial y Procesal", Junín,
Provincia de Buenos Aires, 25-27 de octubre de 1990 (JA, 1990-IV-904), comisión
integrada por los doctores Bueres, Andorno, Goldenberg, Zavala de González, Banchio,
Vázquez Ferreyra, Gesualdi, Agoglia, Boragina, Meza, Bravo, Giménez, Parrellada,
Venini y otros. En el derecho extranjero también existe consenso (Peyrano Facio, J.,
"Responsabilidad extracontractual", p. 96, N° 55, Ed. Themis, Bogotá, Colombia, 1979;
Mizeaud, Henri y León-Tunc André, "Tratado Teórico y Práctico de la Responsabilidad
Civil Delictual y Contractual", trad. Luis Alcalá Zamora y Castillo, ts. I, II, p. 719, N°
1005/2, Ed. Ejea, Buenos Aires, 1959). Asimismo, Francisco Jordano Fraga, talentoso
civilista sevillano, en su laureada obra "La responsabilidad contractual", Ed. Civitas,
Madrid, 1987, dice que la "ajenidad del auxiliar con respecto a la relación obligatoria
que une al acreedor y al deudor no excluye la responsabilidad extracontractual de dicho
auxiliar frente al 'accipiens'. Se trata de una aplicación de la responsabilidad de un
tercero en la tutela aquiliana del crédito" (p. 562 y sigtes., texto y nota 264).
Cabe señalar que en las Primeras Jornadas Nacionales de Derecho Civil celebradas en
Santa Fe, en noviembre de 1963 (publicadas en el Boletín del Instituto de Derecho
Civil, Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad del Litoral, Santa Fe,
1967, N° 5, vol. 1, ps. 178 y 179), Anteo Ramella, distinguido profesor de la
Universidad del Litoral, propuso una tesis extrema, no compartida por la doctrina, para
evidenciar la extraneidad del dependiente con respecto a la relación negocial concertada
entre acreedor y deudor. Esta teoría, a su vez, se basa en la teoría de la estructura de la
relación obligatoria de Achille Giovine, profesor de la Universidad de Bari, según la
cual hay que partir de dos premisas: 1) irrelevancia de la sustitución del deudor por un
tercero; y 2) equivalencia de los comportamientos de ambos. De tal forma, Ramella dice
que el deudor promete una prestación siendo indiferente su sustitución por los terceros
que emplee a tal efecto. El comportamiento del obligado alargando o ensanchando el
vínculo a recurrir a otras personas es "res inter alios acta" frente al acreedor (arts. 503 y
1195, Cód. Civil). De donde, el tercero es un extraño, un mero "quid facti" en la
terminología de Giovine. Por tanto, Ramella sostiene que la legitimación del acreedor se
agota con la pretensión que puede proponer contra el deudor, pero no le es dable
demandar a los terceros (dependientes, sustitutos, encargados, etcétera). La doctrina y la
jurisprudencia desatendieron por completo esta idea, que de aplicarse conduciría a
verdaderas injusticias.
En rigor, el único autor que sostuvo la tesis contractualista del dependiente fue Mosset
Iturraspe en su obra "Responsabilidad civil del médico" (ps. 115 y sigtes., Ed. Astrea
1979). Este autor es también partícipe de la idea de estructura de la relación obligatoria
para dar sustento al deber reflejo del "solvens" por el hecho del dependiente. Pero
estima que no puede privarse de acción al acreedor contra el tercero (auxiliar,
dependiente, etc.). A ese fin, descarta que el deber del dependiente sea aquiliano, y cree
que se trata de una obligación accesoria, calcada o dibujada sobre la obligación
principal del deudor. Hay una suerte de complicidad entre ambos sujetos que no puede
desentrañar el acreedor.
Esta posición, que en rigor no contempla la hipótesis tratada, se funda en una teoría de
René Demogue, aplicable --para este autor-- cuando hay colusión dolosa entre el deudor
y el tercero dependiente en el cumplimiento de la prestación. Demogue aludía a la
obligación contractual y accesoria del tercero calcada sobre la obligación del deudor,
señalando que era una responsabilidad "d'emprunt" (de préstamo). Hubo otras teorías
explicadas por Acdeel Salas en "Estudios sobre la responsabilidad civil", p. 26, Ed.
Valerio Abeledo, 1947, y por Boffi Boggero, op. cit., t. 6, p. 428, N° 2363 y 2364.
Como quiera que sea, esta postura sostenida en un fallo plenario de la CNApel. de Paz,
de fecha 5/10/66, en la causa "Ades, Isaac, c. Balbi, Adolfo Remo y otro" (ED, 16-278 -La Ley, 124-315--) --colusión dolosa entre locatario y sublocatario--, fue rápidamente
abandonada por ese mismo tribunal en otro plenario dictado el 7/7/70 en la causa
"Instituto Científico Paul Hnos. c. Castagna, Francisco y otros" (ED, 33-139 --La Ley,
139-296--). Allí se dijo que cada acción conserva su autonomía en arreglo a su génesis.
Al respecto, Llambías dice que no es posible --en vista de las diferencias--"colocar la
responsabilidad del deudor sobre la de un tercero como si se tratase de un sombrero"
(conf. op. cit., t. III, p. 607, N° 2203, ed. 1973; íd. Boffi Boggero, op. cit., t. VI, p. 429,
Nos 2363 y 2364; Félix A. Cazeaux, en Cazeaux-Trigo Represas, "Derecho de las
obligaciones", t. IV, p. 210, Ed. Platense, 1976; Aparicio, Juan M., "Responsabilidad
del tercero por lesión al derecho de crédito", p. 188, Ed. Plus Ultra, Buenos Aires, 1974;
Bueres, "Responsabilidad civil de los médicos", t. I, p. 357, 2ª ed., Ed. Hammurabi,
1992).
III. La sala C para sostener que la responsabilidad del dependiente que ejecuta la
prestación del transportador entra en la esfera contractual, ha utilizado dos argumentos.
Se dice que en el caso media una delegación imperfecta, por la cual el dependiente --
tercero--, asume la obligación con el consentimiento del acreedor, pero sin liberar al
deudor primitivo. Se ha replicado esta tesis desde distintos ángulos. Bustamante Alsina
dice que el argumento es forzado, habida cuenta de que la delegación de deuda es una
convención entre el deudor y un tercero por el cual éste se constituye deudor de la
misma obligación aunque no se eximiera al primitivo deudor. Si bien el consentimiento
del acreedor puede presentarse aun tácitamente, en cambio, el acuerdo con el tercero
que asume la deuda debe ser expreso en la convención y no puede inducirse del simple
hecho de aceptar el chofer un pasajero en el vehículo que el mismo esté asumiendo
personalmente aquella obligación de seguridad, propia del transportista en el contrato de
transporte (Bustamante Alsina, op. cit., p. 177, párr. 3°).
También otros autores han criticado esta teoría con similares o distintos argumentos
(conf. Mayo, op. cit., p. 91; Vázquez Ferreyra, op. cit., p. 816), diciendo que el
dependiente no asume la obligación de la empresa, no hay deberes preexistentes, sino
que este sólo concierta una relación laboral con el transportador para realizar meras
tareas instrumentales.
Imaginando hipótesis respecto de la afirmación del vocal preopinante, doctor Durañona
y Vedia, se podría afirmar que cuando el deudor y un tercero celebran un contrato, por
el cual éste asume la deuda, existe una "promesa de liberación".
El acreedor, ante una propuesta de asunción de deuda puede aceptarla o rechazarla. Si la
rechaza, en la relación interna, el tercero responde ante el deudor. Si el acreedor acepta,
pueden suceder dos cosas: una, que el acreedor acepte la oferta del tercero y libere al
deudor. Hay aquí una asunción privativa de deuda perfeccionada. Otra, que el acreedor
acepte la asunción de deuda pero que no lo libere al deudor, vale decir una delegación
imperfecta (art. 314, Cód. Civil). Este es el caso, en apariencia, aludido por la sala C, en
el que existe una asunción cumulativa o acumulativa de deuda. De ser ello así hay una
nueva oferta del acreedor que debe ser aceptada por el tercero. Está muy claro que esto
último no es viable en el caso del dependiente del transportador. Además hay dos
obstáculos insuperables. En la asunción acumulativa de deuda hay una obligación
principal y otra accesoria. Por tanto se entiende que dicha interdependencia impone al
acreedor la necesidad de demandar en primer término al tercero y, subsidiariamente, al
primitivo deudor (conf. Alterini, A. A. Ameal-López-Cabana, op. cit., t. II, p. 275, N°
1437). Y esto es abiertamente inexacto ya que en el supuesto sometido a plenario, el
acreedor puede demandar en forma conjunta al transportador y al auxiliar, siendo las
obligaciones de estos dos últimos concurrentes o indistintas, dado que poseen diversa
causa fuente. Además, la invocación de la delegación imperfecta resulta incompatible
con la idea de "representación" --que ha forzado la postura de la sala C--. En rigor, en la
asunción acumulativa de deuda, el tercero es un deudor contractual frente al acreedor,
pues asume la deuda con la aceptación de éste. En cambio, en la representación, el
representante (tercero) nada debe contractualmente al acreedor, pues el obligado es el
representado.
En otro orden de ideas, y en cuanto al argumento de que el tercero es un representante
del transportador --más allá que la teoría de la representación fue abandonada como
fundamento del deber de responder del "solvens"--, se advirtió con razón que aun
cuando el dependiente representare al transportador en la concertación y ejecución del
contrato, esto no quiere decir que se transforme en parte de tal contrato, celebrado con
el acreedor. El mandatario, por ejemplo, no es parte en un negocio de compraventa en el
que interviene. Si fuese demandado por escrituración o por los daños contractuales
prosperaría, sin duda, una excepción de falta de legitimación para obrar a su respecto.
Se considera que es fundamental para desechar el argumento mencionado, la opinión de
Chironi y de los hermanos Mazeaud sobre el punto, pues ellos sostuvieron la teoría de la
representación --hoy desechada universalmente-- para fundamentar el deber de
responder del deudor contractual por acto ajeno.
Por ejemplo, Chironi, refiriéndose entre otros casos similares a la responsabilidad
contractual de las empresas ferroviarias y de las compañías de transporte efectuado por
medio de tranvías, dice que tal responsabilidad descuenta la culpa aquiliana de sus
empleados (conf. "La culpa en el derecho civil moderno", t. II, p. 54, N° 268, trad.
Bernaldo de Quirós, Ed. Reus, 1928).
Muchísimo más claros son los hermanos León y Henri Mazeaud, también partícipes de
la idea de representación, cuando dicen que no hay inconvenientes en conferir acción
directa al acreedor contra el auxiliar o sustituto. Y puesto que no existe contrato entre el
autor de la culpa y la víctima, parece que la acción de responsabilidad no puede ser sino
delictual (op., t. y vol. cits., p. 719, N° 1005).
También Alterini, A. A.-Ameal-López Cabana, dicen que cuando actúa un representante
legal o voluntario su obrar culposo perjudica al representado. Y que sin perjuicio de la
responsabilidad del primero, la víctima tiene una acción contra el representante --o en su
caso contra el dependiente-- en los términos de los arts. 1109 y 1122 (op. cit., t. I, p.
222, NP 454, ed. 1989).
Además, en los fallos de la sala C se hace mención de un pensamiento muy particular de
la doctora Elena Highton, que fue vertido en relación exclusiva con la responsabilidad
médica --repárase que se discute si los médicos son o no dependientes, aunque si lo
fueran, que no es así, serían dependientes "sui generis"--, en un trabajo publicado en JA,
1983-III-659, titulado "Responsabilidad médica ¿contractual o extracontractual?" La
autora sostuvo que la responsabilidad médica es siempre contractual, pues es razonable
que no existan diferencias entre las dos órbitas. Sobre esta doctrina se ha dicho que
carece de todo consenso, pues los supuestos de responsabilidad médica pueden
encasillarse en la esfera del contrato o del acto ilícito. Es más, la tesis de Highton se
desvanece totalmente, cuando la autora expresa que si del contrato médico se sigue un
daño a terceros (por ejemplo los herederos del paciente fallecido que reclaman "iure
proprio" el llamado valor de la vida humana o el daño moral), estamos frente a un delito
o cuasi delito, típicos actos ilícitos aquilianos. Pero la doctora Highton, que acepta esta
premisa, insiste en su teoría contractualista diciendo que ella es justa "más allá de que
no encuentra una explicación jurídica apropiada y convincente". Expresa pues un punto
de vista subjetivo que se apartaría del derecho vigente por falta de razonabilidad. Las
disfunciones que existen hoy día entre la responsabilidad civil contractual y
extracontractual --por ejemplo en materia de prescripción--, sólo se remedian por vía
legal, como lo propuso el Proyecto de 1987 y ahora el Proyecto de la Comisión Federal
de 1993, que tiene a la fecha de este plenario, media sanción en la Honorable Cámara de
Diputados de la Nación. También así lo recomendaron el Tercer Congreso de Derecho
Civil de Córdoba de 1961; las Jornadas de Corrientes de 1965; las Jornadas de Rosario
de 1971; las Jornadas de Comodoro Rivadavia de 1980; las Jornadas de Junín y San
Juan de 1986; las Jornadas Nacionales de Bariloche de 1989 (conf. Bueres,
"Responsabilidad de los médicos", t. cit., ps. 136 y 137, 2ª ed., y "La unidad sistemática
del resarcimiento. Análisis de la legislación argentina y del proyecto de unificación de
la legislación civil y comercial de 1987. Comparaciones con el Código Español", en
"Derecho Civil" (ps. 430 a 448, Ed. Universidad de Lima. Centro de Investigación
Jurídicas de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas, Lima --Perú--, 1992).
IV. Desde otra contemplación, la doctrina desecha la idea de que si el dependiente
comete un acto ilícito (art. 1109, Cód. Civil) se pueda demandar al deudor como
principal extracontractualmente (art. 1113, inc. 1°, Cód. Civil). Si ello se permitiera se
vulneraría el principio del art. 1107, consagratorio, en seguimiento de las ideas de
Aubry y Rau, del criterio de la opción aquiliana restringida.
Las Jornadas de Junín de 1990 decidieron que la acción aquiliana contra el deudor
obligacional, sólo procede si está autorizada por el art. 1107 --vale decir, cuando el
hecho de que se trate degenerase en un delito del derecho criminal--. Vale decir que de
no mediar las circunstancias que autorizan el traspaso, el deudor sólo responderá
contractualmente, sin defecto de la responsabilidad aquiliana del dependiente (art. 1109,
Cód. citado).
Con esto se despejan las dudas que generan algunas afirmaciones en los votos del
doctor Durañona y Vedia.
V. Recapitulando: a) en el derecho nacional y en el derecho extranjero, no hay
opiniones favorables a considerar como contractual la responsabilidad del dependiente
del deudor obligacional; b) esto no sería óbice para examinar teorías, en este caso
contractualistas, que creasen una doctrina original. No es dable resistirse a aceptar
nuevas ideas si ellas son válidas para romper los moldes tradicionales. Máxime cuando
esas ideas provienen de los jueces de la sala C, notablemente versados, y cuentan con la
valiosa adhesión de los jueces de la sala E; c) Pero en el caso, se estima que ha quedado
demostrado que los argumentos de la delegación imperfecta, de la representación o de la
justicia de que medie unidad del fenómeno resarcitorio --como insinúa Highton-- no son
eficaces. Por tales razones, esta mayoría considera que la responsabilidad del
dependiente del transportador es extrancontractual y se funda en el art. 1109 y sus
concordantes. De donde, la prescripción de la acción --o pretensión-- que se dirija
contra dicho sujeto será de 2 años, en arreglo a lo que dispone el art. 4037 del Cód.
Civil.
Por estas consideraciones, como doctrina legal obligatoria (art. 303, Cód. Procesal), se
resuelve: "No corresponde aplicar la prescripción anual del art. 855, inc. 1°, del Cód. de
Comercio, reformado por la ley 22.096, a la acción indemnizatoria deducida por el
pasajero contra el dependiente que conduce un transporte".
La vocalía N° 4 a la fecha se halla vacante. El doctor Russomano no interviene por
hallarse en uso de licencia. -- Luis G. Lérida. -- Carlos R. Degiorgis (en disidencia y con
aclaración). -- Jorge A. Giardulli (en disidencia). -- Ana M. Luaces (por sus
fundamentos). -- Hugo Molteni (por sus fundamentos). -- Jorge Escuti Pizarro (por sus
fundamentos). -- Gerónimo Sansó. -- José A. M. de Mundo. -- Santos Cifuentes (en
disidencia). -- Jorge H. Alterini (en disidencia). -- José L. Galmarini (en disidencia). -Alberto J. Bueres. -- Alí J. Salgado. -- Osvaldo D. Mirás (en disidencia). -- Juan C.
Dupuis (en disidencia). --Mario P. Calatayud (en disidencia). -- Gustavo A. Bossert. -Ana M. Conde. -- Fernando Posse Saguier. -- Ricardo L. Burnichón. -- Roberto E.
Greco (con ampliación de fundamentos). -- Leopoldo L. V. Montes de Oca. -- Marcelo
J. Achával (por sus fundamentos). -- Néstor A. Cipriano. -- Claudio M. Kiper. -- Julio
M. Ojea Quintana. -- Delfina M. Borda de Radaelli. -- Eduardo L. Fermé. -- Benjamín
E. Zaccheo. -- Zulema D. Wilde. -- Julio R. Moreno Hueyo (en disidencia). -- Teresa M.
Estévez Brasa. -- Emilio M. Pascual (en disidencia). -- Carlos Polak. -- Gladys S.
Alvarez (en disidencia). -- Hernán Daray. -- Carlos H. Gárgano (en disidencia por sus
fundamentos). (Sec.: José M. Scorta).
Disidencia de los doctores Cifuentes. Alterini, Galmarini, Mirás, Dupuis, Calatayud,
Degiorgis, Moreno Hueyo, Giardulli, Pascual y Alvarez.
I. Nuestra legislación civil no cuenta con norma alguna que brinde solución al tema
planteado en la convocatoria. Ello es así, y no podía serlo de otra manera, porque el
codificador no pudo imaginar los múltiples problemas que sobrevendrían con el correr
de los años, entre ellos los relativos al transporte automotor en las grandes ciudades.
Mas específicamente, al transporte de pasajeros. Por lo tanto, necesariamente la
solución del problema jurídico planteado debe buscarse por vía de interpretación,
tratando de encontrar una solución acorde con la realidad.
II. Es indiscutible que si la responsabilidad que nace del transporte es la denominada
contractual, es porque existe un contrato. Indudablemente es de carácter mercantil según
la remisión que efectúa en su última parte el art. 1624 del Cód. Civil y, por ello, en los
precedentes en los que se sostuvo la tesis ahora minoritaria, se aplicaron dos normas del
Cód. de Comercio, el art. 184 sobre la responsabilidad del transportista por un lado, y el
art. 855 por otro, acerca del plazo de prescripción de la acción (conf. CNCiv., sala C, c.
"Polino, L. D. c. Volpato, A. L.", del 15/8/89 (La Ley, 1990-A, 334), entre otras; íd.,
sala E, c. "Romero Ferrer, J. c. Locurciog", del 11/5/90, entre otras). Al disponerlo así
expresamente la ley civil, aquélla es la órbita adecuada a los efectos de buscar respuesta
al interrogante.
El conductor del transporte de pasajeros no puede ser considerado como si fuera un
dependiente más, asimilándolo en su función a un subordinado cualquiera. Por el
contrario, se trata de uno de los denominados "agentes auxiliares del comercio" (art. 87,
inc. 5°, Cód. de Comercio), es decir un auxiliar del deudor que colabora con él en el
cumplimiento de la prestación comprometida, lo que tiene su razón de ser en las
exigencias del tráfico comercial moderno, que, obviamente, impiden el cumplimiento
personal por el empresario. En ese carácter cumple diversas y distintas funciones, y un
rasgo distintivo que lo diferencia de otros colaboradores, radica en que tiene a su cargo
la cosa, concreta y ejecuta el contrato, y con frecuencia, hasta lo interpreta. En su
función según las circunstancias y necesidades del tránsito, cambia el recorrido o se
detiene o no, en los lugares establecidos para el ascenso y descenso de pasajeros. Más
allá de las ordenes generales impartidas por el empresario, que conserva la propiedad
del automotor, como agente auxiliar es quien ejecuta la relación que nace al subir el
pasajero. En síntesis, celebra el contrato al permitir el ascenso y cobrar la tarifa, es el
auxiliar que permite concretar el provecho del contrato, materializa la ejecución del
transporte y toma decisiones según las cambiantes alternativas sin consultar, por arbitrio
propio. Tiene, entonces, la categoría de todo agente auxiliar del comercio. Y, por ello, la
responsabilidad propia cuando no ha concertado el contrato individualizando o
indicando la representación de la empresa (conf. Anaya y Podetti, "Código de Comercio
y Leyes complementarias comentadas y concordadas, LA LEY, t. II, p. 223, N° 12, Ed.
Omeba, Buenos Aires, 1965"; CNCom., sala B, 27/12/61, LA LEY, 107-797; íd. íd.,
15/6/60, LA LEY, 101-189).
Sucede entonces que este agente tan particular por el alcance de sus funciones, al ser
cuestionado jurídicamente por sus actuaciones encuadra mejor en la responsabilidad de
tipo contractual. Las particularidades señaladas exigen una interpretación realista de lo
que está ocurriendo en la calle durante el desarrollo del contrato, más allá de doctrinas
conceptualistas y de nociones que, si bien son seria y científicamente estructuradas, no
resultan ajustadas a este supuesto.
III. Por lo expuesto, debe efectuarse una distinción esencial a los efectos de la respuesta
al interrogante, ya que no debe confundirse el contrato de transporte con la
responsabilidad que de él emerge. Una cosa es el contrato "strictu sensu" y otra, como
concepción inclusive de la dogmática jurídica, la responsabilidad denominada
contractual, para contraponerla con la denominada responsabilidad extracontractual no
sólo es la que se origina en el contrato. Se desenvuelve dentro de márgenes más amplios
y para que ella nazca basta la existencia de una obligación lícita específica preexistente,
que puede provenir de las partes que la han convenido, bien de la ley o de cualquier otra
circunstancia que hace preexistir, concretamente, la obligación vinculada con un acto de
determinada persona. Es suficiente, entonces, un objeto concreto convencional anterior
y un sujeto determinado. Sólo escaparía a ello el acto ilícito obrado con culpa o dolo, si
se tratase de una responsabilidad genérica del deber de no dañar, supuesto en el que no
hay convención que le preceda, sea de partes o que tenga origen legal (conf. Llambías,
"Obligaciones", t. III, p. 556, N° 2172; Alterini, A. A.-Ameal-López Cabana, "Curso de
obligaciones", p. 168, vol. I, N° 364; Mayo, en "Código Civil comentado, anotado y
concordado", dirigido por Augusto C. Belluscio, p. 617). En consecuencia, y a partir de
la distinción aludida, no cabe duda que este agente, por las funciones específicas que
cumple, se encuentra enmarcado dentro de la responsabilidad contractual no obstante no
ser sujeto principal del contrato.
Las críticas efectuadas a los fallos que sostuvieron este criterio, ahora minoritario,
padecieron de la confusión de asimilar el contrato con la responsabilidad contractual, lo
que choca con la realidad por la diversidad de situaciones que se pueden presentar.
IV. Por otro lado, existe un principio, aceptado unánimemente por la jurisprudencia y la
doctrina, que tiene relevancia para la interpretación y que, lejos de justificar un criterio
rígido para la aplicación de la responsabilidad contractual, impone un criterio amplio.
Se sostiene que el transportista satisface su obligación llevando sano y salvo al pasajero
a su lugar de destino, para lo cual debe brindarle durante el trayecto, y en el ascenso y
descenso, todas las seguridades necesarias (conf. CNCiv., sala A, c. "Sueldo Guacci c.
Maldonado", del 15/10/91; íd., sala B, c. "Lavella c. Lagos", del 17/10/91; íd., sala C., c.
"Rojas c. Ferrocarriles Argentinos", del 11/12/89; íd., sala D, c. "Martín de Sánchez c.
Alvarez Hnos.", del 19/8/92; íd., sala E, c. "Latorre c. Veltri", del 7/8/92; íd., sala F, c.
"Matelli c. Empresa Ferrocarriles Argentinos", del 4/9/89; íd., sala H, c. "Alcaraz c.
Ferrocarriles Argentinos", del 16/2/87; íd., sala I, c. "Quevedo c. Sotelo", del 10/8/88;
íd., sala J, c. "Gauna c. Ferrocarriles Argentinos", del 18/9/87, entre otras; Acuña
Anzorena, "Estudios sobre la responsabilidad civil", p. 338; Brebbia, "Accidentes de
automotores", p. 269; Bustamante Alsina, "Teoría general de la responsabilidad civil",
p. 399; Garrone, "Manual de Derecho Comercial", p. 273; Gregorini Clusellas, "Daños
al pasajero y su acción de responsabilidad frente al transportista y al conductor en
relación de depedencia", LA LEY, 1992-B, 202; Trigo Represas-Compagnucci de Caso,
"Responsabilidad civil por accidentes de automotores", p. 83, entre otros).
En esa prestación se encuentra la obligación lícita específica preexistente, que va más
allá de la figura del contrato y que conforma la responsabilidad contractual. Esto impide
marginar de ella al auxiliar, por ser él quien la asume al celebrar el contrato y, en
definitiva, al ejecutarlo personalmente. De lo contrario, y de ser encuadrado, como se
sostiene, dentro de la responsabilidad extracontractual, la fuente ya no sería el contrato
sino la norma contenida en el art. 1109 del Cód. Civil, en cuyo caso sería menester la
prueba de su culpa o dolo por la violación del deber genérico de no causar daño a otro,
lo que resultaría incoherente con el sistema que rige respecto del empresario.
En el derecho argentino hay una tendencia definida y por entero mayoritaria que
pregona la necesidad de la unificación de las responsabilidades, por considerar no
admisible las distinciones que de los diversos regímenes surge. Dado que en la ley,
acerca de la actuación del empresario y conductor, no se ha cubierto específicamente el
caso que se plantea en el plenario, la interpretación que proponemos satisface en este
supuesto ese anhelo y unifica los plazos de prescripción, como un logro más de esa
tendencia, sin que se observe la violación de ningún principio jurídico o norma legal.
En consecuencia, y toda vez que la actividad del conductor encuadra en la
responsabilidad que emerge del contrato de transporte, la conclusión es que a su
respecto también es aplicable el plazo de prescripción anual previsto por el art. 855 del
Cód. de Comercio.
Por las consideraciones expuestas y como doctrina legal obligatoria (art. 303, Cód.
Procesal), se resuelve: "Corresponde aplicar la prescripción anual del art. 855, inc. 1°,
del Cód. de Comercio, reformado por la ley 22.096, a la acción indemnizatoria deducida
por el pasajero contra el dependiente que conduce un transporte". -- Santos Cifuentes. -Jorge H. Alterini. -- José L. Galmarini. -- Osvaldo D. Mirás. -- Juan C. Dupuis. -- Mario
P. Calatayud. -- Carlos R. Degiorgis. -- Julio R. Moreno Hueyo. -- Jorge A. Giardulli. -Emilio M. Pascual. -- Gladys S. Alvarez.
Voto de los doctores Luaces, Molteni y Escuti Pizarro.
La responsabilidad del transportista es de naturaleza contractual, de ahí que la
prescripción de las acciones que se entablen por incumplimiento del contrato de
transporte, regido por el art. 184 del Cód. de Comercio, es la que prevé el art. 855, inc.
1° del mismo Código.
En cambio, la acción indemnizatoria dirigida por el pasajero contra el dependiente que
conduce el transporte, o sea, entre quienes no media ninguna relación de índole
contractual, es de naturaleza extracontractual y sólo puede fundarse en el art. 1109 y
concs. del Cód. Civil (conf. Boffi Boggero, "Tratado de las Obligaciones", t. VI, ps. 429
y sigtes.; Mayo, "Responsabilidad por daños. Homenaje a Jorge Bustamante Alsina", p.
87; Bustamante Alsina, "Responsabilidad civil y otros estudios", t. I, p. 173; Vázquez
Ferreyra, "Responsabilidad civil en el transporte de personas" en JA, 1992-IV-812;
Gregorini Clusellas, "Daños al pasajero y su acción de responsabilidad frente al
transportista y al conductor en relación de dependencia", en La Ley, 1992-B-201;
Alterini-Ameal-López Cabana, "Curso de obligaciones", vol. 1, p. 210, N° 454;
Conclusión de las Cuartas Jornadas Bonaerenses de Derecho Civil, Comercial y
Procesal, en JA, 1990-IV-904; etcétera), de modo que a su respecto la prescripción
aplicable es la prevista en el art. 4037 del Cód. Civil.
Por ende, en base a tal esquema conceptual, adherimos al criterio mayoritario. -- Ana M.
Luaces. -- Hugo Molteni. -- Jorge Escuti Pizarro.
Ampliación de fundamentos del doctor Greco.
I. Al igual que en todos los casos en que se afirma que una cuestión no tiene solución en
el derecho vigente, me veo obligado a reiterar --como lo hago cada vez que se predica
un "vacío" o espacio carente de juridicidad-- que el ordenamiento no tiene lagunas y
todo conflicto encuentra solución en los géneros normativos del sistema. Que esa
solución puede no gustar a algunos, no plantea problema de lógica jurídica formal sino
problema axiológico, como creo se ha demostrado por lo menos desde 1942 (Carlos
Cossio, "Las lagunas del derecho", en esp. p. 5 y sigts., Imprenta de la Universidad de
Córdoba, 1942, separado del "Boletín de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales";
del mismo autor, "La plenitud del ordenamiento jurídico", ps. 37/53, 2ª ed., Ed. Losada
S. A., 1947, que incluye como primera parte el estudio anterior. Ver ejemplos dados en
mi trabajo "¿Ultraactividad de normas abrogadas o derecho libre?", ED, 83-680/703, en
esp. cap. III en ps. 683/687).
II. No resulta convincente pretender encuadrar al conductor de un transporte,
dependiente de la empresa, en la categoría de agente de comercio porque tiene la guarda
material del vehículo y, por la situación de hecho, es quien celebra el contrato de
transporte con cada pasajero y ejecuta los actos materiales de cumplimiento de la
obligación. Precisamente por "lo que está ocurriendo en la calle durante el desarrollo del
contrato" --preocupación del voto de minoría que comparto, aunque ella me lleva a
conclusión diferente-- y no por doctrinas conceptualistas, pienso que quien decide viajar
identifica al vehículo por su número y color y, si lo toma, es porque sabe que por el
recorrido que tiene prefijado lo conducirá al lugar a que quiere arribar o sus cercanías y
estima que le resulta conveniente el precio del viaje, también prefijado. Si a este "homo
qualumque" --que se toma como prototipo de lo que ordinariamente acontece-- le
resulta incomprensible que su gesto de hacer señas para que el vehículo se detenga
implica exteriorización de una voluntad de aceptar la genérica oferta de celebrar un
contrato de transporte, dirigida a persona indeterminada, resultante de la circulación del
colectivo en función de servicio, mucho más insólito le resultará que se le diga que
contrata con el colectivero. Si se logra hacerle entender que esas conductas son
formativas de un consentimiento contractual, él dirá que lo que le interesa es contratar
con "la línea" (entiéndase la empresa titular de la explotación) y le resulta indiferente
que el colectivero sea Juan, Pedro o Pirulo, a quien no conoce ni individualiza por sus
datos personales; ni que sea empleado a sueldo, propietario de la unidad, socio,
accionista o cualquier otra caracterización que haga a la así llamada "naturaleza
jurídica" de la relación interna entre empresa y conductor. Para el usuario, y siempre en
orden al contrato entre empresas transportadora y pasajero, el chófer --inidentificado
personalmente y hasta, si se permite la licencia de lenguaje, "fungible"-- es siempre un
dependiente, porque está sujeto a las órdenes del principal que le indica turnos, horarios,
recorridos y demás, sea lo que sea respecto de la cosa que conduce.
Es verdad que el conductor que realiza los actos materiales de celebración del contrato,
pero no lo hace a título personal sino en representación, por cuenta y orden de su
principal. Por eso corta y entrega un boleto emanado de la empresa y percibe el precio,
del que deberá rendir cuentas a ésta. Se dijo en el debate, aunque no consta en el voto de
minoría --único que conozco al elaborar el presente-- que serían aplicables los arts. 136,
137 y 150 del Cód. de Comercio. Este fundamento figura en la sentencia de la sala C en
la causa "Polino c. Volpato" del 15/8/89 (JA, 1989-IV-469/474, con nota crítica de
Jorge Bustamante Alsina, "La responsabilidad delictual o aquiliana es de derecho
común y la contractual es de excepción" en ps. 474/477). Las normas citadas se refieren
al factor de comercio; considerar que el chófer lo es escapa a toda ponderación de la
realidad, a menos que se estime que el colectivo es sucursal o establecimiento, y que la
máquina expendedora de boletos y planillas con las que debe rendir cuentas constituyen
la contabilidad que menciona el art. 145 de ese cuerpo, todavía vigente. Paso por alto la
falta de inscripción de la preposición institoria porque, como es sabido, esa omisión no
es oponible a terceros que contratan con el factor (su art. 134). Lo que me resulta
inconcebible es que al colectivero se lo llame "señor gerente". Y otro tanto sucede si se
lo considera acarreador, porteador o empresario de transporte (art, 87, inc. 5°, este sí
mencionado en el voto de minoría) porque la regulación de estos últimos se aplica a las
empresas con ese objeto y contiene normas similares (art. 162 y siguientes).
Se emplea ese fundamento, que creo ya haber refutado, para concluir que la
responsabilidad del conductor sería, como la del principal, contractual. El razonamiento
se vuelve en contra de la conclusión. Basta recordar que el pasajero lesionado tiene
legitimación para demandar a la transportadora y también al conductor, ambos
obligados por el total de los daños resarcibles, por lo que se trata de obligaciones
concurrentes; en tanto el factor sólo obliga al principal por las obligaciones que contrae
frente a quien contrata con él en los límites de la autorización y permanece como tercero
respecto de éstas. Es el juego normal de la representación (arts. 137 y 138), concordante
con el principio general en materia de mandato (art. 1946, Cód. Civil). Y si el factor
contrata en nombre propio, sólo él queda obligado, salvo el caso del art. 139 "in fine" en
el que se abre una opción a favor del cocontratante para dirigir su acción contra el factor
o contra su principal, pero nunca contra ambos (Héctor Masnatta, "El factor de
comercio", ps. 136/8, Ed. Bibliográfica Omeba, 1961). Como se ve, el argumento es
suicida, Empédocles redivivo en busca en un nuevo Etna.
Tampoco comparto que el conductor tenga la guarda jurídica y material de la unidad, y
la empresa la guarda jurídica. Puedo aceptar, porque no se trata de cuestión de etiqueta
sino de esencia, que se llame guarda material a la situación de hecho ya que es el
dependiente quien está al comando de la máquina, pero la guarda jurídica corresponde
siempre, en forma exclusiva, a la empresa transportadora. Por eso el dependiente
conductor no es guardián, sin perjuicio de la también conocida discrepancia que se
registra para determinar el factor de atribución de su responsabilidad propia, siempre
extracontractual, entre quienes le hacen extensiva la regla del art. 1113, párr. 2°
agregado por ley 17.711, parte final --responsabilidad por riesgo, factor objetivo-- y
quienes lo sitúan en el ámbito del art. 1109 --responsabilidad por culpa, factor
subjetivo--.
III. Menos convincentes me resultan las otras razones que se dan para atribuir al
conductor responsabilidad contractual. Se invoca, por un lado, una delegación simple,
acumulativa o no novatoria, que la doctrina corriente denomina "imperfecta". Por otro,
que el deber de conducir al pasajero sano y salvo al lugar de destino sería de fuente
legal y anterior al contrato. De ser cierto lo primero, la obligación del conductor sería la
misma que la del empresario; de ser cierto lo segundo, sería una obligación distinta
nacida de otra fuente. Y no es posible que ambas premisas sean verdaderas, porque la
una es excluyente de la otra.
La delegación, cuya autonomía conceptual respecto de la novación no se discute en la
doctrina moderna desde la obra de Salpius ("Novation und Delegation nach Römischen
Recht", Berlín, 1864) es un negocio trilateral en el que participan tres sujetos; delegante
--quien toma la iniciativa--, delegado --destinatario inmediato de la iniciativa--, y
delegatario --destinatario mediato-- quien debe prestar su consentimiento para que el
efecto previsto en la iniciativa se consume. Descarto la activa --delegación de crédito-por ser ajena a la cuestión que aquí se trata. La pasiva puede ser "delegatio
promittendi", con función creditoria, que tiene por objeto la asunción de una deuda, a la
que Messineo llama "promesa de futuro pago" ("Manual de Derecho Civil y
Comercial", t. IV, parág. 109, p. 174, trad. de Sentís Melendo, Ed. E.J.E.A., 1954), o
"delegatio solvendi o dandi", con función solutoria, que tiene por objeto un pago
inmediato sin que el delegado asuma previamente la obligación. No se especifica en la
tesis que critico a cuál de estas especies se refiere (para simplificar, si quienes la
propician entienden que hay delegación de deuda o de pago). Aunque tampoco se dice,
parece evidente que la consideran delegación titulada y no delegación pura, porque en
ella la relación final se hallaría vinculada a la obligación de la empresa transportadora.
Según este esquema básico, la empresa deudora de la obligación de conducir al pasajero
sano y salvo a su destino, actuando como delegante celebraría con el conductor, quien
actuaría como delegado, un acuerdo delegatorio por el que éste asumiría la deuda o el
pago; y el pasajero, actuando como acreedor delegatorio, aceptaría al conductor como
nuevo deudor --o como "solvens" si fuera delegación de pago-- sin liberar al primitivo.
La relación de valuta --obligación de la transportadora frente al pasajero-- es de fuente
contractual, lo que no se discute. La relación de cobertura o de provisión --acuerdo entre
el principal y el conductor-- es acto ajeno a esa obligación, y la relación final quedaría
trabada entre el conductor y el pasajero acreedor con la aceptación de éste. Al no
desobligarse al delegante, no produciría novación (doct. art. 814, Cód. Civil).
La construcción doctrinaria de la figura está pensada en función de un acuerdo entre
delegante y delegado cuando éste es un tercero en la obligación que se delega, aunque
pueda ser parte en otra relación con el delegante que sea fuente de otra obligación entre
ellos, respecto de la cual el acreedor delegatorio es tercero. No existe aquí ese acuerdo
delegatorio; el conductor no es un tercero independiente y en paridad con la empresa
transportadora sino un subordinado de ésta, con la que sólo está ligado por la relación
de dependencia (laboral, societaria o de cualquier otra índole), por lo que no se advierte
"iussum" --como indican las fuentes romanas, esclarecidas por Salpius-- ni otro
convenio --"Ermächtigung" de la doctrina alemana-- ajeno a esa relación de
dependencia, que sea causa de una asunción de la obligación del principal frente al
pasajero para quien la citada relación de subordinación o dependencia es "res inter
alios". No puede ésta, por esa razón, funcionar como relación de cobertura. Esto es
suficiente para cortar el "iter" de la alegada operación trilateral, lo que hace innecesario
examinar la simultaneidad que en el caso se produciría entre la constitución de la
obligación derivada del contrato de transporte y su pretendida asunción simple o
acumulativa por parte del conductor (para mayores desarrollos remito a mi libro
"Enajenación de cosa hipotecada", cap. IX, N 48 a 50, ps. 159/167 y sus citas, Ed.
Abeledo Perrot, Buenos Aires, 1967). De aceptarse la tesis que descarto; el deudor de
obligación de cualquier clase que intentase hacer cumplir la prestación mediante
actividad de un subordinado, estaría celebrando con éste una delegación; con lo que
desaparecerían las figuras de pago por representantes, dependiente o nuncio.
En cuanto a la obligación preexistente, que sería de fuente lícita por emanar de la ley, su
alegación incurre en confusión de conceptos. El deber de conducir al pasajero sano y
salvo a destino nace del contrato de transporte, el que se celebra o perfecciona en
particular con el pasajero de quien se trata en cada caso. Como se ha visto, sólo obliga
por esta fuente a la empresa transportadora. El deber del conductor, que no es parte en el
contrato sino subordinado de uno de los contratantes, si se lo pretende previo o anterior
al contrato específico que crea una obligación individualizada, no puede ser sino el
genérico "neminen laedere" cuya transgresión da nacimiento a una obligación
extracontractual. Debo pensar que lo del "dolo cuasidelictual" --sic-- es sólo un
lamentable "lapsus calami".
Como, por lo demás, el tema está tratado en el voto de mayoría al que adhiero, y
reiterando una vez más que ignoro si habrá alguna ampliación de fundamentos del de
minoría que es el único que conozco --si llegara a presentarse otro, por el mecanismo
del plenario no puedo llegar a considerarlo al entregar este voto--, me detengo aquí.
La respuesta al interrogante inicial es categórica. La obligación surgida del contrato de
transporte, de llevar al pasajero sano y salvo al lugar de su destino, tiene como único
deudor al empresario parte en ese contrato. No se transmite al subordinado que conduce
el vehículo, ni se modifica subjetivamente con el supuesto ingreso de éste en la relación
contractual que --se pretende-- le haría "asumir" aquella obligación como nuevo deudor
independiente del anterior. Si el dependiente conductor debe indemnizar al pasajero no
es por incumplimiento de aquella obligación que él no debe, sino por otra obligación
nacida de otra fuente: el acto ilícito que protagoniza, que se le imputa sea por factor de
atribución objetivo o subjetivo, y del que resulta el daño al transportado que erige a éste
en acreedor del resarcimiento.
IV. En conclusión: el ordenamiento da respuesta al problema. La prescripción de la
acción contra el conductor, de naturaleza aquiliana, es dos años (art. 4037, Cód. Civil,
texto según la ley 17.711). No se me oculta que al reducir a 1 año el de la acción contra
la transportadora en los transportes realizados en la República (ley 22.096,
modificatoria del art. 855 del Cód. de Comercio) que antes era decenal, se actuó en una
forma difícilmente justificable.
De haber fijado un plazo de 2 años, coincidente con el extracontractual, a nadie se le
habría ocurrido distorsionar los principios para aplicar el régimen contractual a una
obligación que no nace de esa fuente. Pero como no podemos dejar de aplicar la ley
porque la consideremos inconveniente, cualquier crítica en ese sentido sólo es válida
"de lege ferenda". La ley 24.032, vetada mediante decreto 2719/91, unificaba --no
interesa aquí si con acierto o no en cuanto a la extensión del plazo-- las prescripciones
implicadas, y otro tanto ocurre con los proyectos de unificación civil y comercial
actualmente en tratamiento legislativo. En tanto continúe vigente el derecho actual, no
cabe sino atenerse la diferencia de plazos señalada.
La novedosa teoría con la que intentó superársela ha tenido un día efímero si se
considera, con la relatividad del tiempo, el corrido entre su orto --primeras sentencias
que la acogieron-- y su ocaso marcado por este plenario. También dejó al descubierto la
insenescencia, hasta ahora, de la teoría tradicional que por admitir la distinta regulación
de ambas responsabilidades y diversidad de causas fuentes de las obligaciones de cada
deudor, respeta la diferencia de plazos prescriptivos. Es de desear que la reforma
legislativa, que también contempla la unificación de los regímenes de responsabilidad
contractual y extracontractual, sepulte definitivamente el problema. -- Roberto E. Greco.
Voto del doctor Achával.
En ocasión de dar mi opinión en relación al tema de la convocatoria en la sala que me
honro en integrar, he sostenido que el art. 1107 del Cód. Civil marca una frontera entre
los ámbitos de responsabilidad civil contractual y extracontractual y sólo
excepcionalmente permite pasar de la primera órbita a la segunda, en el supuesto de que
el incumplimiento convencional involucre la comisión de un delito del derecho
criminal, que debe ser imputable.
El daño que sufre el viajero durante el transporte implica el incumplimiento del deber de
conducirlo sano y salvo hasta el punto de destino; luego el caso se rige por las normas
de la responsabilidad contractual con la opinión indicada, si el episodio degenera en el
delito penal (conf. Llambías, "Código Civil anotado", t. II-B, coment. art. 1107, parág.
8).
La ausencia de opción resulta del art. 1107 del Cód. Civil y la consiguiente necesidad de
aplicar el régimen de responsabilidad contractual, sólo juega para las partes ligadas por
el contrato, pero no respecto de terceros extraños al mismo, como es el caso del
dependiente de la empresa de transportes y ajeno a la convención que vinculaba a ésta
con el damnificado, cuya responsabilidad es de índole extracontractual. Aquí la cuestión
ha de resolverse a la luz del principio general de la culpabilidad.
La obligación del conductor del vehículo de transportes deriva de la violación del deber
genérico de no dañar.
En la especie, las obligaciones respectivas de ambos accionados tienen génesis
diferentes y estrictamente hablando no son solidarias sino concurrentemente
responsables. Se trata de obligaciones "in solidum" o indistintas, en las cuales la
independencia de vínculos que unen al acreedor con los deudores, determina entre otros
efectos que la interrupción por suspensión de la prescripción respecto de uno de ellos no
perjudica al otro (conf. Borda, "Tratado de Derecho Civil. Obligaciones", t. I, parág.
580, p. 472).
En consecuencia, opino que la prescripción de la acción promovida en contra del
conductor dependiente, no es sino la prevista por el art. 4037 del Cód. Civil y en
función de ello comparto la solución a la cual llega la mayoría. -- Marcelo J. Achával.
Aclaración del doctor Degiorgis:
Si bien en distintas sentencias dictadas por la sala K que integro participé del criterio
que sostiene que debe aplicarse el plazo bienal para la prescripción de la acción
seguidas contra el conductor (conf. c. "Villarrubias E. c. Empresa Lloyd Tour s/daños y
perjuicios", entre otras), un nuevo análisis de la cuestión, efectuado en razón de la
convocatoria a plenario, me convence para modificarlo. Por ello comparto el voto
minoritario que considera que rige el plazo anual previsto por el art. 855 del Cód. de
Comercio y los fundamentos expuestos al respecto. -- Carlos R. Degiorgis.
Fundamentos del doctor Gárgano:
La obligación de resarcir los daños y perjuicios ocasionados al pasajero durante el viaje,
es de naturaleza contractual (art. 184, Cód. de Comercio).
El transporte puede ser ejecutado por el obligado o por otro, pues si la obligación no es
"intuitu personae" el transportista puede servirse de un dependiente para la ejecución del
hecho debido (art. 626, Cód. Civil). Pero no hay novación, la obligación convencional
es la misma. Y las empresas y, en general, todos los que se encargan de transportar
personas, son responsables por los daños y perjuicios ocasionados al pasajero por culpa
o negligencia de sus dependientes, tal como lo establece el art. 162 del Cód. de
Comercio.
Por consiguiente, los hechos o las omisiones del transportista y de sus dependientes en
la ejecución de las obligaciones convencionales derivadas del contrato de transporte, no
están comprendidas en las obligaciones que nacen de los hechos ilícitos, si no
degeneran en delitos del derecho criminal (art. 1107, Cód. Civil). Y la acción entablada
por el pasajero contra el conductor del vehículo que no ha cometido un delito penal,
prescribe en el plazo establecido en el art. 855 del Cód. de Comercio. -- Carlos H.
Gárgano.
Descargar