EL VIOLÍN Para ser leído con dos ojos o escuchado con dos oídos Esta es la historia de un violín. Un violín que desde hacía muchísimo tiempo quería ser tocado por alguien, no necesariamente que supiera, más bien por alguien que quisiera tocarlo; por alguien que, sonase como él sonase; lo disfrutaría... podría ser igualmente un niño que no supiese tocar, como un viejo que creyese saber... Fue a mediados de 1740 Era una callecita angosta a la que se llegaba pasando por debajo de un arco. A unos pocos pasos, a la derecha, en el número 37, después de una puerta de madera oscura, estaba el taller. En medio de un agradable desorden, avanzada ya la tarde, Antonio, terminó de dar la última mano de bruñido al nuevo violín. Los tomó entre las manos y con un naciente respeto, lo miró... lo alejó un poco de sus ojos, los entrecerró, le dio vuelta, observó la ligeramente combada parte posterior de la caja, pasó, entre orgullosa y tiernamente, dos de sus dedos por la madera y la sintió tensa, dócilmente tensa, dispuesta. Había él continuado con la labor de su padre: Hacer violines. Cada día su tarea lo absorbía más, pasaba más y más horas en el banco de trabajo. Cada violín debía ser mejor que el anterior. Sus creaciones habían ya pasado las fronteras, su nombre, unido al de su padre ya era sinónimo de violines perfectos. En ese momento el taller estaba solo. Ya no era más la hora, pero ese violín en particular le estaba pidiendo angustiosamente que le pusiese las cuerdas, que las templase, que las pusiese a tono... quería sonar, quería sonar ahora. Quería nacer. Con un cuidado mucho más temeroso que nunca antes, abrió el cajoncito de las cuerdas. Los rollitos vibraban de ansiedad de ser liberados. Tomó uno, luego otro y otro y otro. Los examinó críticamente, sintió deseos de hablarles, de darles la buena nueva, de decirles que dentro de apenas unos segundos nacerían ellos también, que serían templados y que podrían, por fin, vibrar y vivir. Una por una fue colocando las cuerdas en sus sitios, luego las fue templando, lentamente, como con temor. Las sintió tensas y listas. Ellas también le transmitieron su ansiedad por nacer. Abrió el armario del fondo, tomó un arco cualquiera, lo templó, se puso el violín en el hombro, apoyó la cara a su madera y en un instante le permitió empezar a vivir... Supo entonces que le sería, una vez más, difícil deshacerse de un violín. ¿Quizá lograse conservar este para siempre? No. Un hijo se educa, se moldea, se enseña, se ama... y luego se le permite elegir su propio cauce. Se le da suavemente el primer impulso y se le contempla alejarse. Al principio volteando a mirarte de vez en cuando y luego, demasiado pronto, se le ve tomar velocidad y dejarte, una vez más, solo. Apoyó el nuevo violín en la mesa, lo cubrió con el mismo paño con el que había antes abrigado a los otros, lo tocó por encima, casi con ternura y como con pena. Luego soplando en un suspiro apagó la lámpara. Mañana sería otro día. Recién seis años después se presentó el primer interesado en este violín... quizá por haber tenido ese color un poco demasiado claro... quizá por ese aspecto un poco débil y se diría desvalido... quizá lo mostraba sin mucho entusiasmo por verlo partir... quizá porque simplemente su momento no había llegado... ... tardó seis años en cambiar de rumbo. Hasta el momento de su partida su vida había sido tranquila, siempre en el taller, siempre acompañado con otros como él... los veía nacer, los veía madurar, los veía aprender y los veía irse... Algunos volvían... algunos volvieron... algunos nunca. A veces veía las cosas desde la mesa. A veces, las más, veía las cosas desde el hombro de Antonello, su mejor amigo, mientras ensayaba cómo transmitir sus emociones mezcladas íntimamente con las de él... Aquel día, temprano en la mañana vinieron por él... nunca volvió. Su vida fue de inmediato distinta. En la escuela tuvo muchísimos amigos, muchos aprendieron sus primeras notas con él. Se sentía a veces útil, a veces maltratado, a veces amado, a veces respetado, a veces insultado. A veces triste a veces alegre, muchas veces envidiado, nunca del todo feliz... siempre esperando. Le cambiaron cien veces las cuerdas, lo tocaron doscientos distintos arcos, sus clavijas fueron remplazadas mil veces. Una vez hasta le cambiaron el puente y la mentonera. Pero había algo en él que no cambiaba, algo que permanecía, que no envejecía junto con su barniz, junto con su madera... El día que, en la escuela, remplazaron las luces de gas por las luces eléctricas, participó activamente en la orquesta de sus nuevos y siempre pasajeros amigos, El teatro estaba lleno. El director habló de progreso, de cambio, de futuro, de responsabilidad, de retos, de posibilidades, de vida y de muerte. Los asistentes lo aplaudieron sin entender del todo por qué. Qué pena sintió al ver en la séptima fila, en el séptimo asiento a su antiguo, a su primer amigo, Antonello. Ya no tenía el aspecto de siempre. Ahora parecía cansado, le pareció triste en sus hombros y en sus manos. Sus ojos sin embargo eran los mismos de siempre, reflejaban también algo que no había cambiado, algo que permanecía y que permanecería. Se sintió por un momento acompañado en medio de tantos aplausos y tanto ruido hueco. Más tarde, mientras lo volvían a guardar en su armario junto a los demás, sintió de pronto que nunca más iba a serle posible unir sus pensamientos a los de ese primer y quizá único amigo..... Esa noche, a las diez en punto sintió un temblor en su cuerpo, sintió frío y el armario se puso más oscuro que nunca. Después de sesenta largos años se había quedado solo. Se habían acumulado en él infinidad de sensaciones y de instantes vividos. Había tomado la costumbre de vivir los momentos separadamente uno de los otros. La mayor parte de su vida transcurría en la oscuridad total, a veces en el armario junto a los demás, a veces en el estuche de cuero que le habían asignado cuando lo sacaron por primera vez de la escuela. Cuando lo llevaban dentro del estuche, sentía que se movía, sentía que lo cambiaban de un lugar a otro y tenía enormes deseos de participar él también en los viajes, pero para él existía, hasta entonces, únicamente la oscuridad. Se imaginaba lugares, se imaginaba personas, situaciones, experiencias que nunca podría vivir, que no estaban a su alcance y que probablemente nunca lo estarían. Para él era la oscuridad su ambiente natural. Así, tuvo mucho tiempo para pensar y para imaginar. La mayor parte de su mundo era existente sólo en su mente. A veces sin embargo lamentaba no estar seguro de que todas esas cosas fuesen verdaderamente reales. Lo único real que conocía eran sus momentos de luz, sus momentos de libertad en compañía de sus amigos ocasionales que lo tocaban y que le permitían vibrar, que le permitían expresar sus propios sentimientos. Cuántas veces lamentó que le fuera absolutamente necesario ser tocado por alguien para poder realmente vivir. Para él, vivir era expresarse, vibrar, transmitir, convencer, y eso él, no lo podía hacer independientemente, necesitaba de alguien. Alguna vez intentó vibrar solo apoyándose en el viento o en las vibraciones y cantos de alguno de sus compañeros, pero nunca pasó de ser un sonido monocorde, aburrido y falto de real expresión. Una vez tuvo ocasión de hablar de esto con uno de sus compañeros y descubrió, con alivio, que él no era único en esta manera de pensar, aparentemente le pasaba a todos. Sin embargo sus dudas se multiplicaron hasta la desesperación cuando se enteró por primera vez de que el mundo que imaginaban los demás era enormemente distinto al que él había siempre imaginado. Comenzó entonces para él la época de la duda, una época de su vida en la cual la oscuridad solamente le aportaba intranquilidad, ansias de volver a ver la luz. Sus momentos de libertad le parecían cada vez más y más escasos y cada vez más esperados, más ansiados. Trató entonces de vivir lo más intensamente posible cada momento de luz y de absorber del mundo lo más que pudiese en el menor tiempo. No pensó en sus compañeros de oscuridad, no tenía tiempo de contarles nada, ni de compartir nada.....estaba desesperadamente aprendiendo él. Cada persona que lo tocaba le aportaba algo más y él cada vez vibraba mejor, transmitía mejor lo que sentía, vivía más. Comenzó entonces a necesitar un sólo dueño. Uno sólo que vibrase con él, como él necesitaba vibrar. Él ya no quería responder simplemente, quería él también crear. Desde ese momento sus distintos y ocasionales dueños comenzaron a parecerle insulsos, no todos le enseñaban, casi todos aprendían de él... lo alababan y lo encontraban extraordinario. Veía algunas personas que le resultaban interesantes, pero no podía atraerlas hacia él. Tenía que contentarse con verlas de lejos y nuevamente soñar, nuevamente vivir en función de las cosas imposibles que él, por ahora, no podía conseguir. Día a día, momento a momento, se iba preparando, se iba haciendo a la idea de que algo muy especial le estaba siendo reservado... y seguía esperando. El último que lo poseyó antes su época negra fue un músico con un raro talento para extraer de él lo mejor que podía dar. Lo sacaba todos los días, lo tocaba profundamente a veces, desesperadamente a veces, tiernamente casi siempre y lo comprendía y cantaban juntos y lloraban. Con él aprendió más que con ninguno hasta entonces. Anduvieron por caminos por él antes nunca explorados, aprendió los secretos del pase del arco impecable, de los cambios precisos y sin mancha, los secretos de la tan ansiada afinación perfecta, de la resonancia, de las dobles y triples cuerdas, de los arpegios veloces y sin embargo transparentemente claros. Aprendió a responder creando y a encontrar su más profundo y propio deleite, íntimamente compenetrado con el brazo y los increíblemente hábiles dedos de su dueño. Estuvieron juntos hasta el último día, casi hasta el último instante. Sintió que lo guardaban llorando en la oscuridad de su refugio y supo que transcurriría mucho tiempo hasta que pudiese volver a la vida. Nadie más lo tocó. Nadie más lo recordó. Nadie más lo necesitó Durante muchos años no vio la luz. Durante muchos años estuvo solo. Sin embargo nunca dejó de aprender. Cuando se abrió el estuche, cuando entró nuevamente la luz, habían transcurrido exactamente 50 años. La luz que recibió no era la misma, ahora era muchísimo más clara, brillante. Los colores que vio a su alrededor no eran tampoco los mismos tonos tranquilos de antes, ahora eran fuertes, también brillantes, decididos, autosuficientes. No percibió sonidos, como antes, pero había algo mucho más intenso, mucho más fuerte y desagradable, algo que abiertamente le molestaba, no eran sonidos, no era como antes. Todo, los colores y los ruidos peleaban entre ellos, trataba de ganar siempre el más fuerte y nadie ganaba, pero todos decían que sí. Agresivamente intentaron tocarlo. El no vibró, no cantó, no lloró. Estaba aturdido, quiso escapar, añoró su densa oscuridad... Se sintió manoseado, ultrajado, insultado. Exigían de él cosas que él no sabía dar. No había más arpegios, la afinación perfecta nadie la buscaba, sus compañeros de grupo no eran violines como él. Todos sonaban más fuerte, todos gritaban, todos aullaban, muchos percutían, todos peleaban, se empujaban, se quitaban los lugares... Estaba más solo que nunca y no sabía a quién acudir, ni dónde, ni cuándo... ni qué buscar, ni por qué... ni siquiera para qué. No nací para este mundo Dadme alas o bien morir,. O yo me quiebro o fenezco... Necesitó un nuevo dueño que quisiese tocarlo, que lo apreciase, que lo amase, que lo necesitase a él. Quiero volar por el mundo Y que tu vueles conmigo ¡ Tenía tanto que dar. Había aprendido tanto, se había preparado tanto, conocía tantos secretos. Había tanto en él. Todo era ahora tan inútil. Para qué sirven las cosas si uno no tiene a quién dárselas, si nadie las desea, si nadie las necesita. Si lo que todos buscan, yo no lo tengo, ¿Para qué me preparé, para qué aprendí? ¿Para qué esperé y esperé? ¿Para qué? ¿Para quién? Necesitó ansiosamente pertenecer a alguien que quisiese tocarlo, que necesitase tocarlo... A él le daría mucho, le daría todo. En su madera, en sus clavijas, en sus cuerdas había muchísimas melodías esperando el momento de salir, esperando dormidas el toque mágico que las liberaría. Ah! Si hubiera podido vibrar solo. Muchísimo tiempo después su estuche se abrió una vez más. La luz ya no era brillante. El primer sonido que escuchó fue un grito de admiración pronunciado por una niña: -Papá, está vivo... este violín está vivo...! Se sintió acariciado con infinita ternura. Ella lo sacó del estuche como con miedo al principio, pero luego, inmediatamente lo apoyó contra su mejilla. El cerró los ojos de su alma y se dejó acariciar. Lo había esperado tanto tanto… Ella no sabía tocar, sin embargo tomó el arco y al pasarlo por una de sus cuerdas le permitió vibrar y él lo hizo. Lanzó al aire un RE profundo, desesperado, ansioso, perfecto... simplemente perfecto. En esa sola nota, él puso toda su alma escondida tanto tiempo. En sólo una nota descargó años y años de espera, miles de horas de oscuridad, de ansias. En una sola nota que trató de hacer durar para siempre, cantó y lloró, murmuró y gritó, vibró con brillante alegría y terrible nostalgia... sitió cómo esa sola nota había conmovido a todos en la salita de la casa, Después fue el silencio. Nadie habló. Su madera estaba húmeda contra la mejilla de su nueva dueña. Entonces empezó su vida alegre. A partir de ese inolvidable momento todo cambió. El sentía como de una manera casi intuitiva su dueña apreciaba la perfección de sus notas. Ella no conocía los secretos de la perfecta armonía, ni las sutilezas de la concordancia, ni la impecable claridad de los arpegios... El le iba enseñando todo poco a poco, delicadamente. Y ella aprendía y se dejaba enseñar y se emocionaba y gozaba y vivía también una época irremplazable. Cada día para ella estaba lleno de paseos por el campo, de visitas a los bosques, de horas y horas frente al mar, de atardeceres, de cuentos de hadas, de fantasmas, de brujas y de ángeles de colores. Y así, únicamente con la música viajaban, con la música él le fue contando su vida y poco a poco fue haciéndola feliz. Fue una maravilla para él vivir esa vida tan distinta a todo lo que hasta entonces había conocido. Fueron unos años que lo enriquecieron hasta extremos que no había imaginado que existiesen. Aprendió de la inocencia, de la libertad, de la inimaginable imaginación. Aprendió a ver un cachorrito juguetón y un pajarito herido, una pelota y una muñeca. Pero como todos, ese período también tuvo que terminar. Las épocas siempre cambian, siempre empiezan y siempre, siempre terminan. Él tenía mucho más qué aprender. No entendía aún por qué invariablemente, cuando una época terminaba, él se inquietaba. ¿Por qué le parecía que había terminado demasiado pronto? Tenía aún que aprender que no era así. Las etapas siempre terminaban cuando debían terminar. Nunca antes. Nunca después. Y así fue con ella, su última dueña, también ella se fue... Cien amigos, un novio, una ilusión, un traje blanco y risas y flores y chocolates... unas manos tiernas diciéndole gracias y luego nuevamente la espera. La frustración, la esperanza. La casi olvidada absurda oscuridad. Adolfo Pardo