INTRODUCCIÓN El estudio que aquí presentamos pretende ser tan sólo un...

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INTRODUCCIÓN
El estudio que aquí presentamos pretende ser tan sólo un acercamiento a uno de los textos esenciales de la
literatura española de posguerra. Para ello hemos decidido, tras situar Entre visillos en el contexto general de
la narrativa española de su época, efectuar un primer movimiento de rastreo textual de los usos, las
convenciones y los preceptos que configuraban la sociedad de entonces para, a continuación, definir
brevemente algunas características elementales de la técnica narrativa y el estilo y a proceder, en tercer lugar,
al análisis selectivo de personajes. Aquí nos detendremos a investigar de qué manera los aspectos definidos en
el primer apartado condicionan la trayectoria vital de las cuatro protagonistas femeninas que representan
colectivamente a la mujer. Su peripecia transcurre dentro de un microcosmos sin nombre pero que el lector
intuye como una ciudad de provincias de la época franquista. Es este espacio común el que las une, no sólo en
la narración, sino también en el papel de ser miembros dependientes de una sociedad concebida y dirigida por
el hombre para asegurar su dominio y perpetuidad. Las diferentes actitudes con las que cada una de ellas trata
de sobrevivir a esta circunstancia (desde la sumisión hasta la transgresión de la norma masculina y la lucha
por la libertad individual) nos parecieron el verdadero elemento subversivo de este libro, al tiempo que una
fina parábola de otra lucha larvada y silenciosa, la batalla política.
Pretendemos que nuestro trabajo sirva de ayuda a aquellas personas −profesores y profesoras de español,
fundamentalmente− que desarrollen en sus aulas el análisis de Entre visillos o el tema de la mujer en general.
Por esta razón incluimos un último apartado en el que proponemos dos casos prácticos, acompañados de un
glosario de términos traducidos al inglés. En los ejemplos prácticos hemos querido plasmar de forma sintética
la reciprocidad existente entre espacios de relación y personajes, es decir, cómo aquéllos condicionan el
comportamiento social de éstos y como éstos a su vez determinan la configuración de los espacios.
Especialmente ilustrativo nos ha parecido detenernos en el estudio del lenguaje como rasgo distintivo de los
personajes; usos, palabras y giros que Martín Gaite rescata de la realidad para ofrecernos el fresco de una
generación que nació con la guerra, creció con la dictadura y envejece en la democracia; una generación en la
que hoy día, los españoles aún se reconocen.
Las citas textuales de la novela que aparecen en este estudio han sido tomadas, previa autorización de los
titulares del copyright, de la decimoquinta edición de Entre visillos en Destinolibro de octubre de 1995,
Ediciones Destino S.A.
1. LA NARRATIVA ESPAÑOLA DE POSGUERRA
La llegada de la autarquía totalitarista a nuestro país en 1939 se va a traducir, junto a otros fenómenos del
ámbito literario, en la proliferación de una novela que rompe, necesariamente, con la tradición y las
vanguardias del primer cuarto de siglo. España, desorientada y rota por el desastre de la guerra civil, hace
frente a la diáspora de quienes sufren la angustia y el desarraigo de la posguerra en el exilio. Entre los que se
quedan, la única alternativa a la ideología hipernacionalista y conservadora del nuevo régimen es la resistencia
silenciosa. La institucionalización de la censura dará lugar, a partir de ese momento, a una hermenéutica de la
novela en la que la figura del censor se interpone y condiciona ostensiblemente la antigua relación de
privacidad escritor−lector. Es así como surge, podría decirse, la escisión entre una lectura pública u oficial y
una lectura privada o heterodoxa de la narrativa de posguerra.
Para el recién instaurado régimen, la imagen pública de una España unida y armónica fue desde muy pronto
una cuestión prioritaria. Maquillar los detalles macabros de la vida cotidiana, así como la eliminación de lo
soez y de alusiones a lo sexual, fueron, entre otros, objetivos a cumplir no sólo en la prensa, sino también en
la literatura o el cine, donde el NODO (notociario de proyección obligada en todas las salas de cine) se
convertiría a lo largo de cuatro décadas en máximo exponente de la propaganda del régimen. Dentro de esta
lectura de lo público, el fascismo aparece como referente último de la sociedad y confiere a Franco ("Caudillo
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de España por la gracia de Dios") no ya entidad de persona, sino de deidad. No es admisible, por tanto,
cuestionar públicamente aspectos del sistema, pues éste proyecta "a imagen y semejanza" el fiel reflejo de su
"creador". Frente a este continuo falseamiento de una realidad desangrada por las secuelas de la guerra, la
novela logra escapar, en ocasiones inconscientemente, a manipulaciones directas en la concepción de lo
literario. En este ámbito irrumpen con fuerza novelas de lo que se dio en llamar tremendismo y que fue
motivo de duras críticas desde la aparición de La familia de Pascual Duarte, publicada por Camilo José Cela
en 1942. Aunque en un principio, ésta fue acogida como novela ideológica y moralmente ejemplar, resulta
significativo que la censura se oponga, un año más tarde, a su reedición. En la misma línea se inscribe Nada,
de Carmen Laforet, quien en 1944 se hace con la primera convocatoria del premio Nadal. Se trata en ambos
casos de novelas paradigmáticas que provocarán el desasosiego constante de los críticos del régimen, quienes
advierten en ellas un parapeto al pretendido orden de cohesión y armonía.
Con la llegada de los 50 se empieza a hablar de una novela social o realista, incluso objetivista, en claro
paralelo con el neorrealismo cinematográfico italiano, donde la voz narradora no juzga sino que adopta la
función de una cámara que va filmando detalles de la realidad. No se trata, sin embargo, de recuperar tras el
modernismo de décadas pasadas un realismo a la vieja usanza. Mientras la tradición decimonónica aspiraba a
reproducir de manera fidedigna el lenguaje y situaciones de la vida real, este nuevo realismo o neorrealismo se
convierte en espejo intervenido por la censura. Ésta, a su vez, fomenta el empleo de técnicas del discurso
imaginario, como es el caso de la alusión a través de la metonimia y la metáfora. Abunda en él lo implícito, la
alegoría oculta en diálogos o en narraciones sin atributos, con finales abiertos, elipsis y silencios que, como
veremos en Entre visillos, demandan esa lectura privada o de lo implícito que decíamos al principio en la que
es tan importante lo que se dice como lo que no se dice. Se trata, si se quiere, de un movimiento
profundamente antirrealista que no toma como referente la realidad, sino la realidad impuesta por el régimen.
En la mayoría de las situaciones, ésta se circunscribe a una población rural o ciudad de provincias
subdesarrollada económica y culturalmente, cuyos personajes son prisioneros del desasosiego que produce el
estancamiento social. Así ocurre en novelas como El Jarama o Entre visillos, donde "nada" o casi nada ha
cambiado al final de la aventura narrativa de los personajes, atrapados en escenarios inamovibles que
reproducen las estructuras socioculturales del régimen franquista.
Si el tremendismo exige una hermenéutica que busque la crítica social en los duros acontecimientos narrados
por un Pascual Duarte, el neorrealismo supone una deconstrucción basada en la metonimia. Partiendo de
discursos establecidos socialmente, trata de destruir lo artificioso de esas construcciones, abriendo en la
peripecia de los personajes puertas de salida que deben permanecer cerradas por razones que no se nombran
de forma explícita, pero que se conocen. En este contexto se inscribe la aparición en 1957 de Entre visillos,
cuya lectura privada nos remite, como veremos, al inmovilismo cultural y a la estrechez de los esquemas
sociales vigentes durante la dictadura, así como a las consecuencias que esto acarrea para la posición social de
mujer.
2. SOCIEDAD Y VALORES
La acción de Entre visillos transcurre en un lugar y un tiempo concretos: una pequeña ciudad provinciana de
la España de los años cincuenta. La autora, sin embargo, intenta eludir todo localismo para dar un carácter
más universal e intemporal a las situaciones y personajes que aparecen descritos en la novela. En
consecuencia, Entre visillos no es un relato dirigido a hacer patentes los conflictos sociales o recrear las
limitaciones de la posguerra franquista, labor imposible en la época en que fue escrita, ni una novela
concebida para reflejar las costumbres de una época, al estilo de la literatura costumbrista, tan en boga en el
siglo XIX. La novela intenta, sobre todo, reflejar la lucha del individuo con su medio y el resultado de ese
enfrentamiento que se resuelve de distintas formas: desde la plena integración (Gertru y su novio), pasando
por la sumisión o integración forzada, que deja marcados a los individuos (Goyita, Mercedes), o los intentos
de rebeldía fracasados (el padre de Tali y, sobre todo, Elvira), hasta aquellos que consiguen alcanzar cierta
autonomía e independencia (Julia y, aunque sólo apuntado en la obra, Natalia).
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Los ambientes en los que se refleja la vida de la ciudad no son descripciones objetivas sino que aparecen a
menudo contemplados desde la perspectiva de un personaje y, por tanto, subjetivizados. Así, las sucesivas
escenas que tienen como marco el casino ofrecen visiones variadas porque están siendo descritas por personas
que tienen una relación vital con ese entorno radicalmente diferente. Martín
Los personajes y situaciones que aparecen en la novela tienen un carácter dinámico y son analizados desde
perspectivas diversas ya que, en el fondo, no son sino instrumentos que sirven para desarrollar las perspectivas
y visiones existenciales que dan estructura a la obra. En ningún caso la perspectiva desde la que se analiza la
realidad es unívoca; frente al modelo dominante de valores o conducta social o individual aparece siempre un
modelo alternativo, proyectado al futuro. Dentro de cada modelo, además, hay muchos matices, se huye del
maniqueísmo:
elemento/ situacion
familia
roles masc./fem.
valores sociales
microcosmos
personajes
Perspectiva
Modelo imperante
Patriarcal − familia de Natalia
Machista − Gertru, Angel, ...
Aceptación − Mercedes, Concha
Cerrado, provinciano − Emilio..
Convencional − Gertru, Julia, ...
Modelo alternativo
Abierto − famila de Elvira
Igualitario − Marisol, Teresa
Inconformismo − Julia, Natalia
Amplio, universal − Pablo
Rebelde,transgresor − Talia, Yoni
2. SOCIEDAD Y VALORES: LA FAMILIA
El modelo dominante que encontramos es el patriarcal, en el que el cabeza de familia, el padre, genera e
impone los patrones de conducta. El paradigma de este modelo es la familia de Talia y viene encarnado no
sólo por el padre, sino por la tía−madre, Concha, y la hija mayor, Mercedes, y cuyas víctimas son la propia
Mercedes, Julia y Talia, en su doble condición de hijas y mujeres. La autoridad paterna condiciona el
entramado de relaciones de la familia: la relación de Julia con su novio se ve ensombrecida por la falta del
preceptivo consentimiento paterno. Miguel, su novio, intenta hacer ver a Julia las paradojas de su situación:
Tienes veintisiete años, Julia, tienes que comprender que no te vas a pasar la vida atada a los permisos para
cosas que son importantes para nosotros. A veces me has parecido inteligente y que comprendías eso. (p. 89)
De igual modo las decisiones sobre el futuro laboral de las hijas corresponden al padre: la posibilidad de que
Natalia acceda a estudios superiores no depende tanto de su capacidad o voluntad como de la decisión paterna,
tal como, para su sorpresa, advierte Pablo, el profesor de alemán de Natalia y uno de los narradores de la
novela. Incluso aspectos aparentemente banales, como los horarios de entrada y salida a casa o las visitas,
están sometidas al control y aquiescencia paternas.
La ausencia de espacios privados (Julia y su hermana duermen en la misma habitación, Natalia estudia en el
salón colindante con el mirador, donde se desarrolla la vida social de la familia) condiciona no sólo la libertad
de movimientos, sino la intimidad necesaria para la reflexión individual, y refuerza la presión del grupo sobre
el individuo.
El modelo patriarcal no sólo se refleja en la preeminencia de la figura del padre sino en la posición dominante
y protectora de los varones, sea cual sea su papel: padre, esposo, novio, hermano.. Manolo Torre, el amigo de
Angel, encarna, al igual que éste, el prototipo machista, autoritario y protector:
−¿No te importará quedarte con ella hasta que volvamos, verdad? ¿O tenías prisa?
−A mí no me importa nada quedarme sola− dijo ella con los ojos serios.
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−No, hombre. Me quedo yo contigo, bonita, para que no te coma el lobo. (p. 68)
El propio título de la novela Entre visillos sugiere la estrechez del mundo doméstico y reducido de las
mujeres. Entre visillos se puede observar sin ser visto, sintiéndose protegido, pero es a la vez un espacio
ilusorio, una trampa que reduce a la mujer a un papel secundario.
De aquel mirador verde decían las visitas que era un coche parado, que allí sabía mejor que en ningún sitio el
chocolate con picatostes...
En la habitación del mirador estaba todo muy limpio. Allí se barría y se quitaba el polvo lo primero...
El mirador quedaba en la parte de acá, que era donde se estaba, donde la radio, el costurero y la camilla... era
un mirador de esquina. (p. 16)
Las limitaciones afectan también a los proyectos vitales femeninos, restringidos, en la mayoría de los casos, a
la espera, o la búsqueda, de un matrimonio conveniente, más que a su realización plena como personas. No es
sorprendente que desde esta perspectiva el matrimonio se perciba más como una situación de conveniencia
que como en un proyecto común basado en la amistad y la atracción mutuas.
En la novela se aprecia, sin embargo, que el modelo patriarcal, reflejo del sistema político autoritario, aunque
dominante, empieza a cuartearse. La familia de Elvira representa un modelo de relación familiar más abierto:
Elvira ha tenido una educación laica, dispone de un espacio propio −su cuarto en la casa− y sus inquietudes
artísticas se ven alentadas desde la propia familia, aunque tenga que someterse, inevitablemente, a
convenciones sociales arraigadas, como la de guardar las formalidades y los plazos del luto tras la muerte de
su padre.
También en la familia de Talia, el modelo patriarcal retrógado representado sobre todo por la tía Concha,
tendente a mantener a todos los miembros de la familia dependientes y unidos, empieza a debilitarse. La hija
mayor de la familia, Mercedes, convertida en solterona prematura, es víctima y encarnación a su vez de esa
rigidez. Su frustración degenera en enfrentamiento con su hermana Julia, quien finalmente opta por la
independencia saliendo de la familia y de la ciudad. Su determinación dejará el camino allanado para que su
hermana pequeña, Natalia, que está despertando a la vida adulta, pueda elegir su propio destino.
Cabe señalar cierto paralelismo entre el posicionamiento de los miembros de esta familia y el que tiene lugar
en La casa de Bernarda Alba, a pesar de las marcadas diferencias espaciales, temporales y socio−culturales.
En el mundo cerrado y rural en que La casa de Bernarda Alba desarrolla su acción, difícilmente pueden
vislumbrarse otras salidas que no sean la inmolación o la sumisión. El mundo provinciano de la España de
posguerra, aunque encorsetado y rígido, ofrece un marco más amplio para que los individuos puedan
materializar sus expectativas personales y vitales.
2. SOCIEDAD Y VALORES: ROLES MASCULINOS Y FEMENINOS
Las diferencias entre los roles sociales de hombres y mujeres están muy marcadas y son voluntariamente
alimentadas desde el inicio de la existencia: educación segregada, expectativas profesionales y vitales
diametralmente opuestas, espacios de relación distintos: el lugar de trabajo, la calle y el bar para los hombres;
la iglesia, el mirador (o la cocina) y el mercado para las mujeres. Esta separación se mantiene incluso en los
espacios concebidos para la aproximación entre ambos sexos: en el baile del casino, los chicos se concentran
alrededor del bar; las chicas, en el salón de té. El desconocimiento mutuo dificulta la comunicación; en
ocasiones, más que palabras, se interpretan gestos y actitudes.
A la otra chica, cuando se quedó sola conmigo, le noté una gran timidez. No hablábamos, nos limitábamos a
mirar la pista en línea recta. Ella seguía el compás de la música tamborileando con los dedos en el marco de la
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puerta. Le dije que si quería bailar y no me contestó, pero supuse que había aceptado y la cogí por el talle. (p.
102)
Los prejuicios, alimentados por la iglesia y la moral franquista, restringen la aproximación entre los sexos. El
temor al ridículo o a ser visto como demasiado liberal provoca que se repriman o disimulen los verdaderos
deseos. El relato refleja con frecuencia las cortapisas sociales a una aproximación natural: ellas esperan que
sean ellos quienes tomen la iniciativa; se utiliza a amistades comunes para sugerir preferencias o explorar la
disposición favorable hacia una persona del otro sexo. La dificultad de comunicación afecta a ambos sexos
aunque los varones, aparentemente al menos, tengan mayor margen de maniobra. Personajes como Toñuca y
Goyita, o Luis Colina y Federico reflejan estas restricciones.
A Luis Colina le sudaban un poco las manos.
−Así que sales bastante con Goyita, ¿no?
−Un poco, más bien poco.
−Yo la llamo algunas veces por teléfono −dijo Luis−. Me parece que no le agrada mucho, no sé. ¿A ti te ha
dicho algo?
(p. 165)
La represión sexual se hace patente en ocasiones, aunque siempre tratada con sutileza. Se manifiesta
claramente en el caso de las chicas solteras mayores −Goyita y Mercedes−, en sus ásperas y a menudo
intempestivas reacciones. Julia vive el problema de forma menos traumática, utilizando la confesión y las
cartas al novio como vías de escape. En Elvira, en cambio, las contradicciones entre su naturaleza y los
prejuicios que la atenazan, se revelan con toda crudeza en su relación con Pablo:
−Escucha, antes de que te vayas. Dirás que soy una fresca. Yo no quería que pasara lo que ha pasado. ¿Me
crees? No sé cómo se ha enredado todo así.
−No tiene importancia,. Si tú quieres lo olvidaré. Pero te he besado porque creía que lo deseabas. (p. 144)
Otros personajes de la novela reflejan ya, de modo palpable, el cambio de modelo en las relaciones entre los
dos sexos. Algunos de los personajes femeninos del entorno de Yoni ya anuncian un modelo de relación
igualitario. La muchacha madrileña, Marisol, mantiene unas actitudes y utiliza un lenguaje que son preludio
de la progresiva generalización de la igualdad entre los sexos que se producirá en los años setenta en España.
2. SOCIEDAD Y VALORES: LAS APARIENCIAS SOCIALES Y LA DOBLE MORAL
La vida burguesa en las pequeñas ciudades, fielmente reflejada en Entre visillos, se caracteriza por la
frecuencia e intensidad de las relaciones sociales. Están lejos aún los tiempos en los que la irrupción masiva
de los medios de comunicación −especialmente la televisión− en los hogares y la generalización del empleo
remunerado femenino fuera del hogar creen unos marcos sociales de relación distintos. La novela trasmite la
impresión de que todo el mundo se conoce, de que la vida cotidiana se desarrolla en una especie de
escaparate, en el que lo que un individuo hace o expresa no pasa inadvertido para los otros... El conocimiento
de la vida ajena es materia de intercambio social en un medio en que la fuente primordial de información son
los otros y en el que la valoración social está muy vinculada a la percepción que los demás tienen de la vida
pública y privada del individuo. Esta actitud vigilante de los otros y el consecuente temor a ser objeto de
curiosidad malsana y murmuración está presente por doquier. El narrador refleja esta atmósfera en diversas
ocasiones.
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Bajaban ya camino del río. Hacía un poco de aire y Julia se abrochó la chaqueta. El la cogió por los hombros y
la atrajo fuertemente hacia sí. Sentía ella la presión de la mano a través de la tela; iba mirando furtivamente
por si veía a alguien conocido. (p. 88)
El joven Pablo, que se ha formado en un medio cultural distinto, no es muy consciente, al principio, de la
importancia social del "qué dirán". Su amiga Rosa, la animadora del casino y, como él, persona ajena al tejido
social de la ciudad, le ayuda a situarse en ese mundo.
Habían entrado otras personas en el comedor y nos miraban. Yo me empezé a encontrarme a disgusto y se lo
dije a ella.
−Que nos miran, ¿verdad?− dijo en voz alta y destemplada. Aquí la animadora, lagarto, lagarto, y los que van
con ella, igual. (p. 79)
La aguda capacidad de observación del joven le permite percibir en seguida que "las paredes oyen":
...de la primera cosa que me di cuenta al entrar fue de que no existía ningún lugar apartado, sino que todos
estaban unidos entre sí por secretos lazos, al descubierto de una ronda de ojos felinos. (p. 98)
Nadie queda fuera de esa difusa red del rumor. El propio Pablo es objeto de comentarios, del "dicen que", por
su relación −lo de menos es si es real o no− con Elvira. Las amigas de ésta la sondean sobre su relación con
Pablo y, ante sus respuestas evasivas, extraen sus propias conclusiones:
Ella dijo que no sabía nada, que apenas le conocía, que por qué le preguntaban a ella.
−Está por él que se mata −resumió Isabel cuando salieron−. Ya veis lo nerviosa que se pone en cuanto le
preguntamos cosas. No suelta prenda, se ve que quiere tener la exclusiva. (p. 116)
La vía de escape ante la rigidez de estos patrones sociales es, en ocasiones, la adopción de una doble moral, en
parte aceptada socialmente, como en el caso de Angel, el novio de Gertru, a quien gustan las mujeres de
mundo, cuya compañía frecuenta, aunque para el matrimonio elige a la muchacha, recién salida del instituto y
sin experiencia, decisión que el entorno social del novio, incluída la propia madre, considera aceptable e
incluso razonable, tal y como revela la conversación que ésta mantiene con Gertru, su futura nuera:
−No son chicas para ti, desde luego− decidió.
−Pues Angel les tiene mucha simpatía, le gusta que yo vaya con ellas, a mí tampoco me gustan.
−Es que Angel tiene una cabeza de chorlito. Pero ya ves que sabe distinguir. Para casarse, bien que te ha
escogido a ti. A ver si ahora, cuando os caséis, le hacemos sentar la cabeza. (p. 235)
La decisión de Elvira de ir a un matrimonio de conveniencia con Emilio se encuadra dentro de los mismos
parámetros, algo que a su amiga Natalia, ajena aún al mundo de las convenciones, le llena de asombro.
−¿Pero no es (Pablo) uno delgado, de canas así en los lados? ¿De gafas sin montura?
−Sí.
−Claro, el mismo. Dicen que está enamorada de él.
Yo (Talia) no entendía nada.
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−¿Pero como va a estar enamorada de él? ¿No dices que se va a casar? ¡No se irá a casar con él!
−No, mujer. No entiendes nada. Con Emilio del Yerro se va a casar (p. 225).
La sujección a los convencionalismos sociales se extiende a los más variados ámbitos de la vida cotidiana. La
tradición de guardar luto es uno de ellos. La muerte del padre de Elvira da ocasión a la narradora para
presentarnos la larga serie de actos ritualizados a los que esta circunstancia da lugar. Las limitaciones del luto
afectan sobre todo a las mujeres, que no tienen la vía de escape de la actividad laboral.
Elvira se levantó a echar las persionas y se acordó de que estaría por lo menos año y medio sin ir al cine... .
Eran plazos consabidos, marcados automáticamente con precisión y exactitud, como si se tratase del
vencimiento de una letra. Con las medias grises, la primera película. A eso se llamaba el alivio del luto. (p.
114)
El rompimiento, por parte de Elvira, de algunas de las restricciones ligadas a la práctica del luto, señalan el
inicio de la quiebra de la aceptación social de estas tradiciones y, metafóricamente, de las instituciones
−Iglesia y Estado totalitario− que las sustentan.
. SOCIEDAD Y VALORES: EL MICROCOSMOS PROVINCIANO
Pablo Klein, como narrador esta vez, ofrece los mayores cuadros descriptivos sobre el microcosmos en que se
desarrolla la acción: las calles del pueblo (cuestas, cafés, terrazas), las zonas abiertas a la naturaleza (el río), y
también los espacios cerrados y cuanto en ellos acontece (la pensión, la casa de Elvira, el casino, la casa de
Yoni, el instituto, etc). Un marco cerrado, estrecho, agobiante en ocasiones.
En contraposición al limitado espacio, tanto físico como psicológico, de la ciudad de provincias, la capital
aparece como un horizonte, con un marcado carácter simbólico. Para Julia representa la materialización de su
deseo de escapar; percibe la marcha a la capital como su única oportunidad para poder realizar un proyecto de
vida autónomo: relacionarse normalmente con su novio, trabajar, no estar sujeta a las trabas familiares y
sociales.
La capital es también un elemento de contraste para hacer más patentes los modos de vida y costumbres
provincianas a través de cosas cotidianas, como la forma de vestir, que no son sino reflejo de una determinada
forma de pensar y de relacionarse con el entorno. La descripción de las prendas de vestir de Goyita y Marisol
está llena de sugerencias: "La chica de rosa (Goyita) se había puesto a hablar con otra de rayas y con escote
muy grande en el traje... llevaba sandalias de tiras y las uñas de los pies pintadas de escarlata, la de rosa tenía
medias". (p. 27)
El contraste se hace aún más fuerte en las formas de relación social. Marisol es espontánea y directa, tanto en
sus gestos y actitudes como en el lenguaje. Su desenvoltura hace que se aprecien aún más las limitaciones de
sus amigas provincianas.
Continuamente entraba gente nueva. Las muchachas recién llegadas fingían una altiva mirada circular como si
buscasen a alguien, y hablaban unas con otras en la confusión, sin avanzar. Dijo Toñuca que allí sin sentarse
estaban como desairadas.
−Ay, chica, pero bailaremos, cuánto prejuicio tenéis. ¿No ves que a esta mesa de dentro no se atreven a
acercarse? Si somos las mil y una niñas. ¿De dónde sacáis tantas amigas? (p. 67)
Los nuevos tiempos van también penetrando en ese mundo cerrado. El círculo de amistades en torno a Yoni
−discos franceses, tabaco americano, ¿tolerancia tal vez?− apunta en esa dirección.
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ACTIVIDADES DIDÁCTICAS
De entre los diversos escenarios que se suceden en Entre visillos proponemos, para su explotación didáctica,
los siguientes:
• El baile en el casino (capítulo 5)
• El guateque (capítulo 12)
• La pedida (capítulo 17)
La selección de estos entornos se fundamenta en el hecho de que en ellos se refleja, con bastante claridad, el
mundo de la clase media de provincias y los modelos en los que se encuadran los personajes.
Las actividades que se proponen son de diferente carácter: desde las de tipo cerrado, en las que el alumnado
tiene que relacionar los diversos elementos, hasta otras de respuesta abierta en las que hay que analizar los
textos, a partir de las guías que se proponen, para encontrar los elementos clave para elaborar las respuestas.
Se ha procurado establecer un paralelismo en la explotación de las diversas situaciones, seleccionando
idénticos centros de interés:
EL ENTORNO FISICO.
A. El espacio
− público, de relación, convencional (el baile, la
pedida)
− acotado, excluyente, de transgresión (el guateque)
B. El ambiente
− elementos que favorecen la relación social
− elementos que dan identidad al grupo
LOS PERSONAJES.
A. Tipología
− convencionales, socialmente integrados
B. Actitudes
− rebeldes, desubicados, inconformistas
EL LENGUAJE.
− habla femenina
− habla masculina
− personaje y registro lingüístico
− el lenguaje del narrador
Se incluye también un GLOSARIO de términos traducidos al inglés para los capítulos de El baile en el
casino y El guateque.
En las páginas siguientes aparecen desarrolladas las líneas de análisis de las escenas de "el casino" (cap. 5) y
"el guateque" (cap. 8). Se propone una línea de explotación similar para la escena de "la pedida" (cap. 17).
. TECNICA NARRATIVA
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Uno de los rasgos distintivos de Entre visillos es el ensamblaje de las tres voces que constituyen el eje
narrativo de la novela. Estas voces se corresponden con el diario de Natalia (capítulos 1, 13, 16) y el relato de
Pablo (2, 4, 6, 8, 11, 15, 18), ambos en primera persona, y la presencia de un narrador omnisciente en tercera
persona (3, 5, 7, 10, 12, 14, 17). Podemos hablar, en lo que respecta a los dos primeros, de la presencia de un
narrador protagonista principal que adopta, no obstante, características peculiares en cada caso. Destaca a
simple vista el hecho que mientras Natalia y el narrador omnisciente alternan dentro del primer capítulo, el
relato de Pablo se distribuye en capítulos cerrados e independientes cuyo número iguala al de aquellos regidos
en su totalidad por la tercera persona (siete), adquiriendo así una mayor presencia y autoridad narrativa que el
de Natalia. En segundo lugar y exceptuando breves sumarios, Natalia se refiere siempre a sucesos próximos al
momento de la narración. La temporalidad de éstos se expresa mediante sintagmas adverbiales precisos
("Ayer vino Gertru. No la veía desde antes el verano", p. 11, "Esta mañana, que era el día de Todos los
Santos, hemos ido al cementerio", p. 178, "Hoy me encontré a Julia que salía del portal de casa, cuando yo
volvía de clase", p. 221) y tiempos verbales que, como en el caso del pretérito perfecto, aluden a una acción
concluida pero reciente con respecto a la enunciación. Por último, el personaje hace referencia en varias
ocasiones a la naturaleza específica de su relato (un diario), y lo convierte en fiel reflejo del habla personal "la
cuesta me la subí a pie", (p. 177) y colectiva "Gabardina nueva, oye, qué elegancia" (p. 176), impregnada de
registros coloquiales que reproducen la lengua hablada tanto en estilo directo como indirecto.
En el caso de Pablo, por el contrario, el tiempo de la narración de los acontecimientos es siempre distinto al de
la acción, aunque desconocemos la distancia real que los separa. Asimismo, carecemos de cualquier indicio en
torno al destinatario de su relato, es decir, si se trata de una larga carta (¿dirigida a quién?) o de una novela, o
de un diario de viajes escrito a destiempo. Consecuentemente, los tiempos verbales empleados (pretéritos
simple e imperfecto) contribuyen a crear cierta indeterminación temporal vagamente acotada por sintagmas
circunstanciales imprecisos: "Una noche me dio pereza salir a cenar" (p. 75); "Recibí una carta de Elvira
comprendí por la fecha que me llegaba con retraso" (p. 94); "Estuve dos días sin saber qué hacer" (p. 95);
"Una mañana fui al instituto para hablar con el nuevo director." (p. 96); "Una tarde de sol dimos un paseo
en barca" (p. 106). Todo ello contribuye de manera crucial a mantener el halo de misterio que rodea a Pablo, a
su pasado e incluso algunos aspectos de su presente, una incógnita que se mantiene indescifrable no sólo para
muchos personajes sino también para el propio lector.
Mención aparte merece la narración en tercera persona, sin duda uno de los mayores logros de esta novela.
Nos enfrentamos a un narrador cuyo discurso es en sí mismo una prolongación de la voz de cada uno de los
personajes, de sus valores, de su forma de hablar, que esquiva los juicios de valor y la disección psicológica
de otros narradores omniscientes. A través de él, Martín Gaite consigue crear una entidad que nos permite, a
un tiempo, acceder a determinadas parcelas de información a las que el estilo directo no llega, a la vez que
mantiene la configuración que del personaje van forjando los diálogos y sus propias acciones, dejando al
descubierto una velada invitación al lector para resolver los diversos conflictos sociales y psicológicos que
aquejan a cada uno de los personajes. Sin embargo, bajo este aparente distanciamiento, su propia función
como narrador indica, si no una posición moral ante los hechos, sí al menos una labor selectiva sobre la
información que ofrece de los mismos y, en última instancia, su complementariedad con las otras dos voces
narrativas.
3. PERSONAJES: Protagonista colectivo
En una obra donde los personajes con cierto peso superan la veintena, y dadas las características narrativas
anteriormente citadas, parece que, antes que establecer la clásica jerarquía de personajes presidida por un
héroe−protagonista, resulta más adecuado hablar de un protagonista colectivo, cuya peripecia transcurre
dentro de un microcosmos sin nombre pero que el lector intuye como una ciudad castellana de provincias de
la época franquista. Es este espacio común el que une a los personajes y el que permite al mismo tiempo la
convergencia de los tres relatos.
Por la dificultad que supone el análisis de todos los personajes que integran el personaje colectivo, resulta
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imprescindible hacer una selección de aquellos que por su construcción literaria o carga ideológica sean
representativos de la obra. En el siguiente diagrama se han querido plasmar las relaciones que estos personajes
(en negrita) mantienen entre sí y con otros secundarios cuya presencia desempeña un papel importante en la
evolución de los anteriores y aportan en ocasiones información esencial sobre sus características físicas o
psicológicas. En este sentido nos sorprenderá el hecho de que, tan sólo en contadas ocasiones, la narradora
omniscente se aventure a proporcionar descripciones de algún tipo, dejando que sea el colectivo de personajes
el que se construya a sí mismo.
Rosa
−−−−−−− Pablo
Elvira −−−−−−−−−−−−−
−−−−−
−−−−−−−Natalia
−−−−−−−
−−−−−−−−−−−−−−−−−−− −−−−−Emilio
Yoni
Gertru −−−−−−− −−−−− Angel
−−−−−−−−− Julia
−−−−− Miguel
−−−−−−−
Tía Concha
−−−−−Mercedes
−−−−−−
Isabel, Goyita
3. PERSONAJES: Personajes − narradores: Pablo
Como apuntamos anteriormente, Pablo es, junto a la narradora omniscente y Natalia, el hilo conductor de la
novela. Su mayor presencia como narrador en la novela, así como su compleja y contradictoria personalidad y
la perspectiva que le da su condición de outsider, le hacen merecedor, en nuestra opinión, de un tratamiento
diferenciado.
Del personaje de Pablo conocemos que ronda la treintena y que, tras haber viajado por varios países, llega a la
ciudad "hacia la mitad de setiembre" (p. 25). De su aspecto sabemos poco más de lo que dice el narrador, que
lo define como "chico delgado y de algunas canas" (p. 167); sin embargo, no cabe duda de que ejerce un
poderoso atractivo sobre todos aquellos que le conocen, hombres y mujeres. Esto le convierte en un ser dotado
de cierta androginia, reforzada por su entidad como narrador. Es además un personaje misterioso de cuyo
pasado sólo conocemos lo que nos llega a través de la madre de Elvira y Teo, quien le recuerda llevando una
vida bohemia (inaceptable por tanto desde la posición social que ostenta) junto a su padre cuando aún era un
niño.
Las verdaderas razones que después de tantos años le traen de nuevo a las calles de la infancia se esconden
tras el pretexto de cubrir una vacante como profesor de alemán en el instituto; sin embargo el personaje no
tarda en hacer una pequeña confidencia al lector.
...yo mismo me daba cuenta (...) de que en el fondo nunca habría pensado, ni aún antes de emprenderlo, que
pudiera tener el viaje otro sentido ni objeto que el que se estaba cumpliendo ahora, es decir, el de volver a
mirar con ojos completamente distintos la ciudad en la que había vivido de niño. (p. 50)
Aunque su historia transcurre en una pequeña ciudad (donde es fácil conocer y ser conocido por otros), sus
únicos contactos tienen lugar con individuos concretos y en situaciones en las que puede ejercer un cierto
control sobre los demás: Rosa, la animadora del casino, se emborracha la nocha que se conocen y él tiene que
llevarla a la habitación; Natalia, unos quince años más joven que él, le debe respeto y admiración como
profesor; Emilio, absolutamente desconcertado por los desaires de Elvira, le necesita como confidente de sus
relaciones.
Los grupos, las aglomeraciones, le llenan de inseguridad. Así ocurre cuando, recién llegado, prefiere bajarse
del autobús antes que soportar o discutir las protestas de otros viajeros sobre su presencia. Pero quizá uno de
los ejemplos más claros tiene lugar en el casino ante los amigos de Emilio cuando éstos tratan de bromear con
él:
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Un tal Federico me empezó a llamar filósofo, no sé por qué, y a dirigirme una serie de ironías que los otros
amigos apoyaban con risas. Me era antipático, en todo lo que decía, su tono de gracioso oficial. (p. 99)
Obsérvese, sin embargo, cómo su irritabilidad se convierte en complacencia cuando comprueba su aceptación
por el grupo: "Volví a ver a los amigos de Emilio, sobre todo a aquel Federico que me pareció que se burlaba
de mí la primera noche en el bar, y comprobé con extrañeza que me consideraba amigo suyo" (p. 131). Algo
muy similar ocurre también la primera vez que acude al estudio de Yoni, que es, para los jóvenes más
liberales de la ciudad, una especie de gurú: "Creo que no le fui muy simpático" dice, contrastando esta
percepción, líneas más abajo, con la de otros personajes: "Nos ha dicho Yoni que le pareces muy tímido −me
dijeron". (p. 133)
Estas demostraciones de inseguridad, de preocupación por la opinión del otro, delatan la verdadera naturaleza
psicológica de un personaje que se construye a sí mismo como independiente y racional y, en tanto que
narrador, como deidad superior a otros sobre los que ejerce control emocional, como es el caso de Emilio y
Elvira. Ambos, como casi todos los personajes que le conocen, sienten una atracción inmediata por Pablo, y
serán la conducta inestable de ella y su creciente amistad con Emilio los hechos que irán situando el triángulo
amoroso en el eje central de su peripecia.
3. PERSONAJES: Las mujeres en Entre visillos
Si aceptamos la tesis defendidas por teóricos de ambos sexos en torno a las diferencias psicológicas entre
hombres y mujeres, sería razonable buscar en toda manifestación artística percepciones distintas de la misma
realidad basadas en una diferencia de género. Sin embargo, desde nuestro punto de vista, nada sería más
erróneo que profundizar en este análisis. Habría, más bien, que explorar la manera en la que se aborda la
representación literaria de la identidad femenina en un mundo construido a semejanza del hombre. No
entraremos en consideraciones de estilo o de género porque entendemos que tratar de clasificar Entre visillos
como escritura feminista sería caer en un reduccionismo innecesario.
Para analizar el compromiso de Martín Gaite con la mujer basta con mirar a sus personajes. Algunas escritoras
feministas, como Soledad Puértolas, han denunciado que la mayoría de los autores actuales son incapaces de
urdir personajes femeninos de hondura y calado. Probablemente no le falte razón, sobre todo si se toman
como referencia novelas convertidas en clásicos no tanto por la militancia de sus autoras, sino por la
credibilidad de sus protagonistas. A continuación presentamos una semblanza de lo que consideramos son los
cuatro personajes femeninos principales de la novela, ordenados en lo que podría ser una escala que avanza
desde el más sometido a la realidad social en la que viven hasta el que lucha con más fuerza por liberarse de
ella. Como ya advertíamos en la introducción, entre todas configuran el protagonista colectivo Mujer, con
mayúsculas, que desearía, a menudo secretamente, ser oída, no desde la autoridad, la condescendencia o la
exigencia masculina, sino desde la igualdad.
Gertru
Estamos posiblemente ante uno de los personajes más transparentes de Entre visillos. Representa de manera
inequívoca el modelo femenino predominante en España hasta bien entrados los setenta: la joven apenas
salida de la adolescencia que conoce chico, y persuadida por éste abandona los estudios para casarse y asumir
el papel de ama de casa entregada al servicio de su marido y la educación de los hijos.
Su perfil no sería completo sin la presencia de Ángel, su prometido, que es al mismo tiempo un
personaje−tipo con las características del hombre español donjuanesco que busca jovencita virtuosa e
ignorante sobre la que ejercer una relación de poder. Gertru es, a sus dieciséis años, la candidata perfecta: "Y
sobre todo mira, lo más importante, que es una cría. Ya ves dieciséis años no cumplidos. Más ingenua que un
grillo. Qué novio va a haber tenido antes ni qué nada. Es una garantía" (p. 48), afirma el propio Ángel,
haciendo una clara referencia a la importancia que, desde el punto de vista masculino, tiene la virginidad en la
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mujer, tan necesaria para asegurar el mantenimiento de los valores de la sociedad patriarcal.
El infantilismo de Gertru y su incapacidad para ver la realidad de manera distinta a como la describe la figura
idolatrada del varón, la hacen víctima de constantes abusos por parte de Ángel, que ejerce su promiscuidad
con las mujeres, su afición a la bebida y el sometimiento de ella a todas sus decisiones con total impunidad.
La diferencia de edad entre ambos, que supera la decena, se convierte en un factor decisivo para el ejercicio
de una autoridad revestida de actitudes paternalistas. Véase como ejemplo la escena en la que Ángel le
recrimina haberle ridiculizado con el bocadillo de tortilla delante de sus amigos: "No Gertru, chiquita, () Es
que hay cosas que una señorita no debe hacerlas. Te llevo más de diez años, me voy a casar contigo. Te tienes
que acostumbrar a que te riña alguna vez" (p. 149). Pero ante el llanto persistente y las explicaciones de
Gertru, la voz de Ángel suena aún con mayor firmeza en lo que se convierte en una declaración de principios:
"Bueno, ya basta () Lo hago por tu bien, para hacerte quedar siempre en el lugar que te corresponde" (p. 150).
La "potestad" con la que el novio trata a su futura esposa se manifiesta ya desde el primer capítulo, en que
Natalia hace una velada crítica al hecho de que Gertru abandone los estudios "porque a Ángel no le gusta el
ambiente del Instituto" (p. 11), como si de un padre se tratara intentando preservar la integridad moral de su
hija. Avanzada la novela, el poder de decisión de Ángel sobre ella llegará a tener ecos fascistas cuando Gertru
vuelve a cuestionarse la continuidad en el instituto: "Para casarte conmigo, () con que sepas ser mujer de tu
casa, basta y sobra". Y añade "Te he dicho que lo que más me molesta de una mujer es que sea testaruda, te lo
he dicho. No lo resisto" (p. 171).
La tiranía del personaje aparece retratada en todo su cinismo cuando tras la discusión se deshace en halagos
hacia ella antes de despedirse y volver a la fiesta del apartamento de Yoni donde ha pasado la noche, a
espaldas de Gertru, flirteando con una joven francesa: "Ángel, que le había pisado la mano con la suya sobre
la alfombra, como por descuido, le acariciaba ahora el antebrazo, mirándola a los ojos cuando Gertru no le
veía" (p. 167). Su dimensión más grotesca llega con la aparición hacia el final de la novela de su madre, cuya
presencia no sólo actúa como refuerzo del destino social que la joven prometida debe asumir, sino que viene a
completar el arquetipo de mujer que ha perdurado a lo largo de los siglos en el inconsciente masculino como
la unión de virgen−madre−prostituta. En este sentido, se reviste de especial trascendencia la escena en que,
ebrio de alcohol, "iba besuqueando a su madre y, mientras tanto, iba bajando la mano izquierda con la que la
tenía a ella cogida por la cintura, hasta acariciarle las caderas" (p. 236).
A pesar de pequeños gestos aislados de rebeldía, Gertru es uno de los personajes femeninos menos luchadores
de esta historia y ejemplifica el acatamiento de las decisiones y los designios establecidos por el hombre, por
los otros, que es asimismo considerada la manera "respetable" de posar para una sociedad que le da la
bienvenida en el "cóctel de petición":
Llegó el día de pedida y casi no había hablado ni media hora con él. Todos los diseños de muebles y las
compras que había que hacer habían sido decretados por Lydia (). Gertru estaba aturdida aquellos días con el
ajetreo de modistas, clases de gimnasia, comidas fuera con la suegra, electricistas y carpinteros en su nuevo
piso, invitaciones para el cóctel de petición (). Ella puso las señas en los sobres de acuerdo con lo que le
fueron diciendo sus padres y Ángel, de un modo maquinal. (p. 236)
3. PERSONAJES: Las mujeres en Entre visillos
Elvira
Es sin duda la heroína fracasada de esta novela. Hija del difunto don Rafael y hermana de Teo, vive atrapada
en un atormentado mundo interior que se debate entre sus propias convicciones y la herencia de la norma
social. Esta división hace de ella un personaje contradictorio que encuentra en la aparente seguridad de Pablo
Klein y su experiencia de hombre de mundo una atracción erótica inconfesada. Frente a personajes como
Natalia, sus apariciones están cargadas de gran angustia e inestabilidad emocional.
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La primera descripción que de ella tenemos nos llega a través de Pablo en su visita a la casa después de
conocer la defunción de D. Rafael. El aura de artificialidad que aparece destacada en primer plano actúa como
preludio de la indefinición que va a caracterizar la existencia de este personaje a lo largo de toda la novela:
De pronto había tenido la sensación de estar en el teatro. Su postura con la mano cubriéndose a medias el
rostro, el tono misterioso y evocador de su voz, el ruido de la habitación a mis espaldas; todo me metía en
situación (). Cada paso, cada movimiento suyo me parecía que eran los que tenía que hacer, como si todo
estuviese calculado. (pp. 53−54)
En este primer encuentro y para sorpresa de Pablo, Elvira descarga, casi en estado de histeria, toda la
frustración acumulada durante años de reclusión en la ciudad. El hecho le servirá de pretexto para escribirle
una larga carta de disculpa que Pablo interpreta como declaración de amor. A partir de este momento, surge
entre ambos un vínculo presidido por las contradicciones psicológicas de Elvira, empeñada en parecer una
mujer independiente y segura de sí misma, a quien sin embargo delatan sus gestos y sus palabras. Pongamos
por ejemplo la escena del río. Elvira queda muy contrariada ante pasividad con la que Pablo ignora sus
confesiones de índole intelectual y espiritual, así como las críticas a su vicio de complacerse en "dar vueltas a
las cosas y darse vueltas a sí misma" (p. 138), en una clara alusión a su carta. Desconcertada, se disculpa, se
humilla ante él llamándose ridícula y estúpida, pero inmediatamente reacciona en un acto desesperado de
salvar su dignidad: "Digo lo que pienso y lo que siento, no tengo miedo de lo que piensen de mí. Y estoy
contenta, a pesar de todo, siendo como soy". De nuevo, líneas más abajo, en estado de total impotencia ante la
actitud distante y racional de Pablo, se delata a sí misma.
−Diga algo −me pidió−. Que no parezca que me da la razón en todo como a un estúpido, o que me oye como
quien oye llover. No puedo sufrirlo. ¿Qué piensa?
−¿De qué?
−De mí, de las cosas que digo. (p. 139)
Elvira se muestra especialmente vulnerable a las opiniones de Pablo, quien actúa como espejo que le devuelve
sus contradicciones y desafía la parte oculta que no se atreve a mostrar en público. Consciente del dominio
que ejerce sobre ella, en los dos encuentros a solas junto al río y en la habitación de ésta, Pablo no siente
ningún pudor en manifestar abiertamente la atracción física que siente por la joven. La liberación del deseo
desestabiliza a este personaje que hace alardes de liberación, presume de exhibir abiertamente su amistad con
otros hombres, de ver más allá que las otras jóvenes de su entorno, y , sin embargo, se encierra en sí misma,
gravitando sobre su impotencia y su falta de coraje para actuar según sus propios deseos de libertad. La
tensión erótica que surge entre ella y Pablo pone a prueba esta doble moral y nos devuelve a un ser atrapado
en la lucha interior entre la fantasía y la barrera que la sociedad patriarcal de la España de posguerra ofrece a
toda mujer. Pablo le hace reconocer esta lucha, admitir su preocupación por la repercusión social de sus actos.
Su indeterminación, su incapacidad para superar sus frustraciones, será lo que finalmente les separe y le haga
recluirse en Emilio, una puerta abierta al matrimonio que asegura la reproducción de los esquemas patriarcales
y es, sin embargo, la constatación de una derrota.
Julia
Julia, hermana de Natalia y Mercedes, está enamorada de Miguel, quien subsiste en Madrid como guionista de
cine y que trata de persuadirla para que se reúna con él. Miguel es un doble desafío a la autoridad del padre,
en primer lugar porque no se somete a la aprobación paterna, y en segundo lugar porque representa una
continua invitación al deseo sexual que atormenta a Julia con graves sentimientos de culpa.
Su personaje guarda cierto paralelismo con el de Elvira en tanto que ambas padecen la lucha entre el deseo de
liberación y la obediencia a la norma patriarcal. Sin embargo, a los ojos del lector, el origen de la angustia de
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Julia se debe no sólo a una herencia cultural que impide la rebelión contra el padre, como ocurre con Elvira,
sino a la presencia real de figuras que ejercen la autoridad masculina, como es el caso de su padre y de la tía
Concha. A éstos hay que añadir el papel que desempeña la Iglesia, fiel defensora de los valores patriarcales y
cuya jerarquía excluye a la mujer. Su importancia en la educación moral española de posguerra queda
perfectamente retratada en la escena del confesionario. Julia, que ha crecido bajo los valores religiosos que
defienden la castidad y la virtud de la mujer hasta la consagración del matrimonio, siente la obligación de
confesar ante el sacerdote sus instintos de romper con los preceptos morales. La descripción del malestar
psicológico y fisiológico que se apodera de Julia se une a los tópicos asociados al sacramento: el llanto por el
arrepentimiento, la penitencia, las oraciones, o la imagen de la Virgen, paradigma de la aceptación de la
voluntad divina y, por ende, masculina (ver pp. 83−85).
También a diferencia de Elvira, Julia cuenta como aliada con Natalia, la única a quien confía el estado de sus
relaciones con Miguel y sus deseos de reunirse con él en Madrid. La única escena entre las dos hermanas tiene
lugar con la sugerencia de Tali de subir a la torre de la catedral. La torre, al igual que los castillos y los lugares
elevados, posee una gran simbología onírica relacionada con temores internos. Para Tali el ascenso supone
una conquista de libertad, pues le permite evadirse, elevarse sobre todo cuanto la vista alcanza: su casa, la
ciudad Por el contrario, el ascenso a esa libertad embarga de temor a Julia, quien ve en la oscuridad y la
angostura de la escalera de caracol la dificultad del camino y no la salida a la que conduce:
Tali se empinó con el brazo extendido y le brillaban los ojos de entusiasmo
−No seas loca () te vas a caer, ¿no te da vértigo?
−Qué va. Mira nuestra casa. ¿Verdad que se está muy bien tan alto?
[Julia] Paseó un momento sus ojos sin pestañear por toda aquella masa agrupada de la ciudad que empezaba a
salpicarse de luces y le pareció una ciudad desconocida. (p. 73)
El desarrollo del personaje de Julia es paralelo al continuo sin vivir, las complicaciones que atraviesa su
relación con Miguel. Éste representa la imagen del hombre libre, independiente, pero al mismo tiempo
representa la virilidad, la fuerza física y psicológica que somete a la mujer. Así se manifiesta a través de las
connotaciones de agresividad en la descripción del tratamiento de Julia manejada como una muñeca por la
brusquedad de los hilos que mueven las manos de Miguel: "Ella quería cambiarse de traje pero no la dejó. La
empujó hacia la puerta y echó a andar a su lado, cogiéndola por el pescuezo. De broma le daba meneones,
columpiándola hacia sí. La despeinaba" (p. 85), "él la cogió por los hombros y la atrajo fuertemente hacia sí"
(p. 88), "le separó bruscamente las manos de la cara" (p. 89), "La apretaba un brazo nerviosamente". Gestos
revestidos de propiedad y autoritarismo que prolongan la educación en el sometimiento a la voluntad del
hombre transmitida a través de la veneración y el respeto hacia la figura del padre.
La relación entre ambos es también una metáfora del conflicto entre dos clases sociales cuyas diferencias
afloran en numerosas ocasiones. Tomemos como ejemplo la visita sorpresa de Miguel. Tras su paso por el
confesionario, Julia acude a casa a cambiarse de ropa para reunirse con sus amigas en la puerta del cine. En el
portal se encuentra con Miguel quien "Traía una cazadora de cuero bastante manchada y no estaba bien
afeitado" (p. 85). A pesar de la súbita alegría que le produce el encuentro, Julia camina a disgusto paseando
por la calle en compañía de él y trata de persuadirle para que se asee un poco antes de presentarle a las chicas.
Miguel, visiblemente despreocupado por la importancia de las apariencias, responde desairado: "Si quieres
presumir de novio delante de tus amigas, yo no soy ningún maniquí" (p. 86). Ante éste y otros ejemplos,
resulta coherente, por tanto, que, aunque no tengamos antecedentes de su vida, Miguel rehuya el compromiso
formal con la familia de Julia y su necesidad por alcanzar la estabilidad y la posición social que otorga el
matrimonio.Al final de la novela seguiremos sin conocer el desenlace final de la relación. Aunque
probablemente poco importe. Sabemos por lo que Natalia dice a Pablo en las últimas páginas del libro, que
Julia marcha finalmente a Madrid: "El novio le ha encontrado allí un trabajo, pero mi padre no sabe nada
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todavía, se cree que vuelve después de las Navidades" (p. 255). Es aquí donde debemos ver el triunfo de Julia
como persona y como mujer, que afronta su destino asumiendo su responsabilidad en él.
Natalia
Siendo la menor de tres hermanas, presenta el carácter soñador, independiente y rebelde de cualquier
adolescente. La ausencia de su madre y la falta de una figura materna válida, que no representa la tía Concha,
hacen que Natalia tenga por único modelo de conducta a su padre sobre quien proyecta todas sus necesidades
afectivas. Cuando la distancia entre padre e hija aumenta, Tali descubre un nuevo modelo masculino en Pablo
Klein. Su compañía le devuelve la complicidad y la comunicación de las que disfrutaba en la relación paterna
durante la infancia, lo que desencadena el descubrimiento de la atracción por el otro sexo.
Su amistad con Gertru es otro de los ejes temáticos en torno a los cuales se construye el personaje. Mientras
ésta decide afrontar el rito de paso hacia el mundo adulto que supone el matrimonio, Natalia demuestra desde
el comienzo su reticencia a la aceptación de un papel social que pasa por la sumisión a la voluntad del
hombre. Esto es especialmente claro en el primer capítulo, en el que Gertru le habla de su compromiso con
Ángel, del abandono del instituto por voluntad de éste y de su "puesta de largo", que es en sí misma un rito de
iniciación, pues simboliza la salida de la adolescencia: "No comprendía (Gertru) que no hubiera convencido a
mis hermanas para ir yo también () Le dije sólo que soy pequeña todavía" (p. 12). A esto debemos añadir las
numerosas referencias a su despreocupación por la coquetería y las formas, lo que hacen de ella una joven
natural y espontánea frente a otros personajes que, como Gertru, se adaptan a los cánones dictados por una
sociedad regida por el hombre: "...no quería arrugarse el vestido de organza amarilla. Yo me senté en la
hierba, contra el tronco de un árbol, y ella se quedó de pie" (p. 12). Confundida ante el súbito distanciamiento
que se va a producir entre ambas, se resiste a compartir las emociones que todos estos cambios prometen a
Gertru. La misma renuncia aparece páginas más tarde cuando Mercedes explica a Isabel que Tali se niega a
ponerse de largo a los dieciséis años. Ante la sospecha de Isabel de que se deba a la negativa del padre, Tali
reacciona con rotundidad afirmando con voz propia "No. Soy yo, yo, la que no quiero".
Natalia y Gertru vuelven a aparecer juntas en el capítulo 5, que comienza con la salida de los toros. El
episodio se convierte en una velada crítica al exhibicionismo de Gertru, que avanza en su inmersión dentro del
mundo adulto. Elementos como "los tacones", "la peineta", "el traje de glasé" o la "mantilla" (p. 63) se
convierten en signos de ostentación. (Obsérvese en la página 64 cómo Gertru coloca cuidadosamente el
mantón de manila para que sea admirado por todos al paso del coche). En la siguiente escena, que tiene lugar
en el casino, aún seguimos contemplando el extrañamiento que producen en Tali los cambios de
comportamiento, la repentina afectación de Gertru, especialmente delante de su novio y el amigo de éste:
"Gertru hablaba con una voz distinta a la de la suya de siempre, más nasal". Entre ellos, y en el ambiente del
casino, Natalia se siente pequeña, intimidada por la conducta, el tono asertivo, dominador, desafiante,
condescendiente, de Ángel y Manolo Torre, quien queda retratado como el prototipo de la autoridad
paternalista con que el hombre trata a las mujer joven e inexperta. Apelativos como "bonita", "pequeña",
"fierecilla", "monada", "mi vida", "rica", resultan irritantes a los oídos de Tali, la intimidan a la vez por la
familiaridad y la seguridad con que Manolo se dirige a ella. Por edad y por experiencia, el seductor se halla
más próximo a su padre, de ahí que le trate de usted y no se atreva a enfrentarse a él. El capítulo se cierra con
el encuentro entre Natalia y su hermana Julia en el que se transmite la complicidad que une a ambas en sus
deseos de liberación frente a la norma del padre y, por ende, de la sociedad. Cuando Julia expresa sus deseos
de marchar a Madrid en contra de la voluntad de su padre para reunirse con Miguel, Natalia contesta: "Me
parece maravilloso que te quieras ir. Te tengo envidia"
El capítulo 13 retoma el testimonio directo de Tali a través de su diario. En él se concentran de forma
magistral varios indicios que explican la desubicación que sufre Natalia respecto a todo cuanto la rodea y la
necesidad de refugiarse en su diario. La escena del cementerio está cargada de simbolismo. Las numerosas
alusiones de Tali a la tierra y las plantas, junto con su afirmación de que la imagen que se ha inventado de su
madre "no se parece a la de la foto" (p. 180) nos hace pensar en la tierra como en una madre arquetípica, que
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suple el vacío de la madre biológica. Frente a lo que cabría esperar, ni Mercedes, la hermana mayor, ni la tía
Concha suplen este vacío, pues actúan como meros agentes represivos de la autoridad patriarcal, como puede
observarse en diferentes ocasiones. Recordemos, como ejemplo, que no la dejan ir a la escuela a pesar del
consentimiento del médico, o que advierten al chófer y la criada que empiecen a tratarla de usted, pues no es
decoroso que a una joven virtuosa y de buena familia se la trate con familiaridad desde una clase inferior una
vez superada la adolescencia.
En este mismo capítulo, Natalia nos hablará por primera vez de Pablo Klein y atenderemos mediante el relato
y sus descripciones a la súbita admiración que conduce en breve al enamoramiento. Tali, que se resiste a vivir
los cambios, refugiada en los estudios y su diario, de pronto se enamora de la figura paterna que ha
proyectado en el profesor de alemán, quien la escucha, la anima, la respeta y le hace confesar verbalmente la
carencia de estas atenciones en su casa y los cambios en la relación con su padre: "Traté de decirle que yo no
puedo discutir mucho en casa porque soy la pequeña y se ríen de mí, y que también mi padre había cambiado
mucho () que antes, de más niña, podía pedirle cualquier cosa y siempre me lo daba" (p. 184). Asimismo, le
incita a defender su intención de estudiar una carrera frente a la voluntad paterna: "Se quedó muy pasmado de
que, queriendo yo, admitiera la duda de estudiar carrera o dejarla de estudiar. Dijo que era absurdo". Este
desafío de la autoridad patriarcal, que supone en sí mismo una desmitificación de la figura del padre, es
retomado de nuevo en el capítulo quince dentro de la narración de Pablo Klein. Tali acepta su invitación de
tomar un café en un sitio público, asumiendo, con gran emoción, el riesgo de ser vista por su padre y
ocasionar un conflicto familiar, lo que automáticamente convierte a Pablo en instigador y cómplice de la
ruptura de la norma. A lo largo de la conversación descubrimos una de las revelaciones más interesantes ya
anunciada de forma velada en capítulos anteriores "Su padre y ella se entendían bien entonces, cuando estaban
en el campo, hasta que empezaron a tener dinero y se vinieron todos juntos a vivir. Desde entonces era la tía la
que mandaba en todos y se había empeñado en civilizarla a ella y en refinar a su padre". La declaración
manifiesta abiertamente lo que se sospecha a lo largo de toda la novela, a saber, que a veces es la propia mujer
educada bajo un sistema de valores patriarcales la que fomenta y mantiene la educación de los mismos, en
ocasiones de forma más agresiva que el propio varón, pues mimetiza y reproduce las actitudes del poder.
En este sentido, todo el capítulo 16 resulta bastante iluminador. Comienza con las quejas de Natalia ante la
insistencia de tía Concha para que salga de su dormitorio a estudiar en el salón, dejando de manifiesto los
deseos de aniquilación del espacio privado por un espacio colectivo en el que resulta más fácil ejercer el
control y, por extensión, la autoridad. Este primer párrafo enlaza con el final del capítulo anterior en que
Pablo Klein advierte a Natalia de que "la sumisión a la familia perjudica muchas veces. Limita o anula la
libertad del individuo". Paralelamente, la ignorancia se revela como otro de los pilares sobre los que se
sustenta la autoridad. Así se explica que ninguna de las hermanas haya estudiado carrera universitaria o la
existencia de numerosas manifestaciones de desinterés por parte de Mercedes y tía Concha hacia los estudios
de Natalia cuando, por ejemplo, se oponen a que asista a la escuela, o cuando tía Concha la incita a perder
clases para pasar unas horas con Petrita López (p. 222).
Por fin, Natalia, consciente de la circunstancia que rodea a ella y a sus hermanas, a Julia especialmente, decide
armarse de valor y en el capítulo 16 trata de hablar con su padre, quien se expresa por primera vez en la
novela a través de estilo directo. Va a verle como a un dios entronizado que cuando la ve llegar cree que va a
rascarle la espalda, un acto de humildad y servilismo entendido dentro del contexto que estamos analizando.
En tan sólo dos oraciones, sus palabras resumen el diagnóstico de la posición sociocultural de las mujeres
españolas de posguerra: "la tía Concha nos quiere convertir en unas estúpidas, () sólo nos educa para tener un
novio rico, y que seamos lo más retrasadas posible en todo" (p. 228). El dios distante y poderoso del que se
nos había hablado hasta ahora se hace pequeño y se conmueve ante las acusaciones sobre su falta de atención
para con las necesidades y las demandas de sus hijas. No afronta el problema, sino que enfrenta a Natalia a un
cambio al que ella se resiste cuando le dice que no puede seguir comportándose con las libertades de la
infancia. Empujada tal vez por la autoridad que acompaña a la voz paterna, Natalia acude en el capítulo
diecisiete a la fiesta de pedida de mano de Gertru "disfrazada" para la ocasión, ante la complacencia de la tía
Concha. La parafernalia y artificialidad que rodea las distintas escenas concluye con la desesperación y el
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llanto de Tali que comprueba que, de manera irreversible, la amiga de tiempos pasados se ha integrado en un
mundo regido por el hombre donde impera la sumisión al mismo y el protagonismo de los valores
materialistas.
El dramatismo asociado a esta toma de conciencia, sin embargo, antes que impulsar el fracaso del personaje
femenino, consigue, como en el caso de Julia y a diferencia de Elvira o Gertru, desencadenar la ruptura de los
lazos opresores de la educación familiar. Frente a todos los obstáculos, sabemos por el último capítulo que
Natalia se atreve a dar un paso decisivo, cuando le hace saber a Pablo que está decidida a estudiar una carrera
universitaria.
En 1957, año de publicación de Entre visillos, Natalia representa ante todo, una metáfora de futuro, la
esperanza en generaciones de mujeres que, como ha probado la historia, han conseguido romper estereotipos y
encontrar una posición en la sociedad que ya no depende de su relación para con el hombre o de los roles
asignados por la tradición patriarcal, sino de su independencia y libertad para elegirlos.
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