Octubre misionero claretiano

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OCTUBRE MISIONERO CLARETIANO
2004
TRIDUO a S. ANTONIO Mª CLARET
El triduo está pensado para celebrar y renovar el dinamismo de la misión cristiana y
claretiana en tres pasos, comprendidos como:
1. el brote de la rama en el árbol,
2. el discurrir de la savia por ella, nutriéndola y haciéndola crecer,
3. para producir frutos y generar nuevo ramaje.
De este modo:

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
EL DÍA 1° reconocemos que somos fruto de la misión de Jesucristo continuada
en la Iglesia de sus discípulos y apóstoles, entre ellos Claret y otros/as
cristianos/as, que han sido para nosotros canales del don salvífico de Dios. Por
ello nos alegramos y le damos gracias.
EL 2° DÍA bebemos en la fuente del corazón de Cristo esa misma savia de su
amor y de su Espíritu que dinamice nuestra vida y nos disponga a dar los
mismos frutos que en Él, en María, en Claret y en otros misioneros ya ha dado y
sigue dando.
EL DÍA 3° alargamos nuestra mirada hacia el mundo como campo de la misión y
nos disponemos a realizarla todos los cristianos, unidos y coordinados, desde la
vocación y el servicio personal que Dios concede a cada uno en la común vida-ymisión de la Iglesia.
Día 1°
SOMOS FRUTO DE LA MISIÓN DE JESUCRISTO.
POR ELLO DAMOS GRACIAS A DIOS
1. Monición inicial
Nos damos la bienvenida todos los aquí presentes e iniciamos esta reunión cristiana y
fraterna en el primero de los tres días en que vamos a celebrar la memoria del Enviado
de Dios, Jesucristo, y de su misionero Claret. En sintonía con la Iglesia entera vamos a
prestar oídos al reclamo del DOMUND de este año: “¡ES LA HORA DEL COMPROMISO
MISIONERO!”. Esa hora marcó los pasos de Jesús y los de san Antonio María Claret. A
ese mismo compás hemos de caminar nosotros, pues hay muchísima gente esperando
que esa hora –la hora de la vida, la hora de Dios- suene para ellos. Con alegría y
entusiasmo comenzamos esta celebración.
2. Acto penitencial
-
Porque no siempre reconocemos ni valoramos el don de la vida nueva
que nos has concedido en el bautismo: Señor, ten piedad.
Porque a veces nos dejamos arrastrar por las vanidades del mundo en
lugar de seguir tu ejemplo: Cristo, ten piedad.
Porque nos quejamos mucho y no sabemos darte gracias por tanto
como haces por nosotros: Señor, ten piedad.
3. Oración colecta
Dios y Padre nuestro: concédenos iniciar y culminar este triduo en memoria de tu
Enviado Jesucristo y de su misionero Antonio María Claret de tal modo que también
nosotros colaboremos decididamente en tu plan de salvación sobre los hombres. Por
J.C. Ntro.Señor.
4. Monición general a las lecturas bíblicas
Dios se ha hecho hombre y está siempre con nosotros. Cuando alguien cae en la
cuenta de su presencia y le permite actuar en su vida, todo cambia. Esto es lo que nos
van a mostrar las dos lecturas que a continuación se proclaman.
5. 1ª. Lectura: HECHOS DE LOS APÓSTOLES 3, 1-8
Un día, Pedro y Juan fueron al templo a las tres de la tarde, que era la hora de la
oración. En el templo se encontraba un cojo de nacimiento, al cual llevaban todos los
días y dejaban junto a la puerta llamada la Hermosa, para que pidiera limosna a los
que entraban. Cuando el cojo vio a Pedro y a Juan, que estaban a punto de entrar en
el templo, les pidió una limosna. Ellos le vieron, y Pedro le dijo:
- Míranos.
El hombre puso atención, creyendo que iban a darle algo, pero Pedro le dijo:
- No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de
Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.
Dicho esto, Pedro le tomó de la mano derecha y le levantó, y al punto cobraron fuerza
sus pies y sus tobillos. El cojo se levantó de un salto y comenzó a andar; luego entró
con ellos en el templo, por su propio pie, brincando y alabando a Dios.
6. Salmo responsorial (Sal 30, 1-3.11-12)
TODOS:
¡Señor Dios mío: te cantaré y te daré gracias por siempre!
SOLISTA:
- Señor, yo te alabo porque tú me libraste, porque no has permitido que mis
enemigos se burlen de mí.
- Señor, mi Dios, te pedí ayuda y me sanaste; me diste vida, me libraste de
morir.
- Has cambiado en danzas mis lamentos; me has quitado el luto y me has
vestido de fiesta.
7. Lectura del evangelio según san Lucas (24, 1. 12-35)
El primer día de la semana, Pedro fue corriendo al sepulcro. Miró dentro, pero no vio
más que las sábanas. Entonces volvió a casa, admirado de lo que había sucedido.
Dos de los discípulos se dirigían aquel mismo día a un pueblo llamado Emaús, a unos
once kilómetros de Jerusalén. Iban hablando de todo lo que había pasado. Mientras
conversaban y discutían, Jesús mismo se les acercó y se puso a caminar a su lado.
Pero, aunque le veían, algo les impedía reconocerle. Jesús les preguntó:
- ¿De qué venís hablando por el camino?
Se detuvieron tristes, y uno de ellos, llamado Cleofás, contestó:
- Seguramente tú eres el único que, habiendo estado en Jerusalén, no
sabe lo que allí ha sucedido estos días.
Él les preguntó:
- ¿Qué ha sucedido?
Le dijeron:
- Lo de Jesús de Nazaret, que era un profeta poderoso en hechos y
palabras delante de Dios y de todo el pueblo. Los jefes de los
sacerdotes y nuestras autoridades le entregaron para que le condenaran
a muerte y le crucificaran. Nosotros teníamos la esperanza de que él
fuese el libertador de la nación de Israel, pero ya han pasado tres días
desde entonces. Sin embargo, algunas de las mujeres que están con
nosotros nos han asustado, pues fueron de madrugada al sepulcro y no
encontraron el cuerpo; y volvieron a casa contando que unos ángeles se
les habían aparecido y les habían dicho que Jesús está vivo. Algunos de
nuestros compañeros fueron después al sepulcro, y lo encontraron todo
como las mujeres habían dicho, pero no vieron a Jesús.
Jesús les dijo entonces:
- ¡Qué faltos de comprensión sois, y cuánto os cuesta creer todo lo que
dijeron los profetas! ¿Acaso no tenía que sufrir el Mesías estas cosas
antes de ser glorificado?
Luego se puso a explicarles todos los pasajes de las Escrituras que hablaban de él,
comenzando por los libros de Moisés y siguiendo por todos los libros de los profetas.
Al llegar al pueblo adonde se dirigían, Jesús hizo como si fuera a seguir adelante;
pero ellos le obligaron a quedarse, diciendo:
- Quédate con nosotros, porque ya es tarde y se está haciendo de noche.
Entró, pues, Jesús, y se quedó con ellos. Cuando estaban sentados a la mesa,
tomó en sus manos el pan y, habiendo dado gracias a Dios, lo partió y se lo dio. En
ese momento se les abrieron los ojos y reconocieron a Jesús; pero él desapareció. Se
dijeron el uno al otro:
- ¿No es cierto que el corazón nos ardía en el pecho, mientras nos venía
hablando por el camino y nos explicaba las Escrituras?
Sin esperar a más, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén, donde
encontraron reunidos a los once apóstoles y a los que estaban con ellos. Éstos les
dijeron:
- Verdaderamente ha resucitado el Señor, y se ha aparecido a Simón.
Entonces ellos contaron lo que les había pasado en el camino, y cómo reconocieron
a Jesús al partir el pan.
8. Homilía
” ¡ES LA HORA DEL COMPROMISO MISIONERO!”. Esto se dice hoy a los discípulos de
Jesucristo. Nosotros lo somos. Por eso estamos aquí. Y la figura del misionero Claret,
tan admirada como entrañable para todos, es un motivo más para tomarlo en
consideración: “¡ES LA HORA DEL COMPROMISO MISIONERO!”.
1. Aquella hora de la noche en Emaús...
Acabamos de escuchar el relato de un encuentro entre caminantes a una hora en que
se hace de noche, y no sólo porque el sol se esconde dejando a oscuras la tierra, sino,
sobre todo, porque es hora de tinieblas en el corazón de esos dos peregrinos,
entristecidos y decepcionados discípulos de Jesús. Por eso no saben ni pueden
reconocerle vivo a su lado el mismo día en que él ha resucitado de la muerte.
Si Cleofás y su compañero hubieran oído en ese momento lo que estamos oyendo
nosotros -¡ES LA HORA DEL COMPROMISO MISIONERO!-: ¿qué cara habrían puesto?,
¿qué hubieran respondido?
Lo cierto es que para ellos era otra hora; estaban en la hora del desánimo, de la
desesperanza, quizá de la huída; huída a Emaús y luego a cualquier otro sitio, lugares
todos vacíos, sin futuro. Habían seguido al profeta de Nazaret creyendo que con él iba
a sonar la hora de la victoria, que con Jesús iba a surgir un mundo nuevo; pero le
habían matado clavándole a una cruz. Fue como un fuego artificial que brilló por un
instante. La noche había vencido; se lo tragó para triturarlo en el sepulcro. La vida
tornaba a ser una pasión inútil, un callejón sin salida.
2.... ¿será la misma hora de hoy para nosotros?
Y nosotros, amigos y hermanos, discípulos también de Jesús, peregrinos por
estos lugares y tiempos, en octubre de 2005, hoy y aquí: ¿en qué hora estamos?,
¿cómo marcha nuestra fe, qué es lo que tenemos ante los ojos, qué se agita en
nuestro interior?
Quizá tenga que decirnos Jesús a nosotros también, igual que a aquellos caminantes a
Emaús:
¡Cuánto os cuesta entender y creer que Yo soy, que vivo y que estoy siempre con
vosotros! Yo he vencido todo mal y a la misma muerte. He resucitado y me acerco a
cuantos caminan por el mundo. Y a quienes me abren su casa, sus oídos y su corazón,
yo les inundo, como el sol, por dentro y por fuera, de una luz sin límites, de una
energía sin desgaste; yo en ellos y ellos conmigo, en todas las épocas y por todos los
rincones del mundo, seguimos venciendo los males y resucitando a los hombres para el
día y la hora de Dios: esa hora que no tiene principio ni tiene fin, que pone en marcha
el universo, que lo acompaña en su ritmo cotidiano y que le hará entrar en la plenitud.
La hora de Dios es mi hora: el tiempo que he estado entre vosotros como hombre
entre los hombres haciendo brillar la luz de la verdad y haciendo reinar el poder del
amor, curando a los enfermos, perdonando a los pecadores, recuperando a los
perdidos, alegrando a los tristes. Esa hora, mi hora, nunca deja de sonar. Ha sido y
sigue siendo la hora de aquellos primeros hombres y mujeres a quienes me presenté
resucitado en Jerusalén y en Galilea: mi madre y María Magdalena, Pedro y sus
compañeros; y luego, abriendo fronteras, Pablo, Agustín, Catalina, Teresa, Antonio
María Claret y otros y otras más. Yo en ellos y ellos conmigo seguimos viviendo y
dando vida a cuantos la buscan.
¿Aún no lo veis, aún no lo entendéis?, nos dice Jesús a nosotros, a los que
ahora estamos aquí, alrededor suyo, como en aquel tiempo estaban a su lado aquellos
discípulos en Emaús. Como a aquellos primeros seguidores suyos, el mismo Jesús de
ayer y de siempre, el Resucitado que siempre está a nuestro lado, hoy, aquí, en este
remanso del camino cotidiano, en esta casa suya y nuestra, se sienta a la misma mesa
y nos va a dar a comer su pan, el pan que alimenta con la energía de la vida sin límite,
el verdadero pan del cielo, el pan de Dios: Él, Jesús, vida y resurrección de todo
hombre -varón o mujer- que lo reciba y acepte en su corazón.
3. Pero alumbra un nuevo sol en la posada de Emaús y en nuestra casa ...
Sí, Él, en medio de nosotros, a todos y a cada uno de los presentes, nos dice:
¿Todavía no comprendéis?: Como a aquellos primeros discípulos míos y a quienes lo
han sido después a lo largo de los tiempos y a lo ancho de la tierra, también a
vosotros, a cada uno de los que me acompañáis a esta hora de este día, a quienes me
estáis escuchando, yo os digo: recordad cómo os he ido sacando de las dudas y
tristezas, cómo os he ido fortaleciendo y llenando de esperanza, cómo desde el baño
del bautismo en adelante, por los canales de los sacramentos, por el encuentro con
varios cristianos, discípulos y apóstoles míos, y por otros medios que cada uno de
vosotros y yo sabemos, os he ido haciendo hombres y mujeres nuevos, superando
dudas, angustias, pecados y tinieblas: tantos males como aquejan todavía a millones
de personas que andan como ovejas sin pastor, sin conocer a su Dios y sin saber
cuánto valen, lo que son y el futuro esplendoroso que el Padre prepara para ellos. Por
eso os digo: ¡alegraos y poneos en marcha conmigo para llevar a todos los ciegos, los
enfermos y los perdidos la luz, la salud, mi presencia con el abrazo del Padre y el
impulso del Espíritu! ¡Vamos, es la hora del compromiso misionero!
4.... y a la luz del nuevo día caminamos: Pedro y el tullido, Claret y nosotros
Hemos oído uno de esos hechos de los apóstoles narrados por san Lucas:
acompañado por Juan, Pedro, que, por miedo, había negado tres veces conocer a
Jesús antes de ser crucificado, y que no había creído a María Magdalena cuando ella
contó que le había visto resucitado, después de que Jesús se le presentara también a
él y le llenara de su Espíritu, en su nombre y con su benéfico poder le da piernas y
libertad de movimiento a un tullido.
Más cercano a nuestros días, Claret también pasó de estar enganchado -a maquinarias
y proyectos lucrativos- a verse libre y renovado gracias a una palabra que le dirigió
Jesús por boca de uno de sus discípulos a la hora de la cena eucarística, la misa, en
que Antonio se encontraba: “¿de qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde
a sí mismo?”. Y, como Pedro, y como Pablo después de caer del caballo, convertido al
Señor, como hombre que nace de nuevo y en el que alienta la vitalidad del Resucitado,
también entregó la luz y la vida de Dios a muchos otros.
Amigos/as, hermanos/as:
Somos fruto de una misión, del envío y encargo que el Padre Dios hizo a su eterno
Hijo hecho hombre nacido de la joven virgen María de Nazaret, y del envío que él,
Jesús, a su vez, hizo y sigue haciendo a hombres y mujeres que, en su nombre y en su
compañía, nos han entregado a los aquí presentes el don del perdón y de la comunión
con Dios y con sus criaturas.
Comencemos hoy, primer día de este triduo, por recordarlo y reconocerlo para valorar,
hasta donde sea posible, ese DON que supera todo lo que un ser humano puede
desear. Pensemos, tú y yo: ¿de qué cojera, de qué miedo, de qué caballo desbocado
nos ha librado Jesús? Mirando a nuestro alrededor, más cerca o más lejos en esta
“aldea global” que es nuestro mundo, ¡encontramos tantas miserias...!; las padecen
hombres y mujeres semejantes a nosotros; a nosotros mismos podrían habernos
afectado:
la ceguera bestial que adora al esclavo –el dinero- y condena al señor –el ser
humano, hijo de Dios y heredero del mundo- de modo que mientras algunos
ríen, muchos lloran hasta incluso llegar a morir de hambre 40 millones de
personas cada año;
la desesperación que produce no saber que los humanos tenemos un Padre
que nos trae a la existencia y nos espera más allá de la muerte;
desesperación que lleva a muchos a tener y gozar de cualquier modo, a
escapar de sí mismos hasta el extremo del asesinato o del suicidio;
y tantas otras formas de quemar una existencia que se antoja extraña y
absurda.
5. En la hora eterna del Padre Dios, en el día sin ocaso de su misionero Jesucristo, nos
alegramos y agradecemos el don de su Espíritu que nos da vida
Los aquí reunidos, libres de tales esclavitudes, demos gracias al buen Padre
Dios, que por Jesucristo y mediante la Iglesia de sus discípulos y apóstoles, entre ellos
de modo singular san Antonio María Claret, nos ha concedido la gracia y la esperanza
de la vida eterna; alegrémonos juntos por ello y prosigamos esta reunión, esta comida
fraterna. Mañana y todos los días en adelante, fortalecidos y entusiasmados con este
DON fruto de la misión de Cristo y de su Iglesia, tendremos que participar en esa
misma misión, colaborando siempre más y mejor en sus tareas, para que muchos
otros/as puedan gozar de esa nueva vida que Dios quiere para todos, tal y como el
mismo Jesucristo dice: “Yo he sido enviado para esto: para que todos tengan vida, una
vida plena, sin límites” (Jn 10,10).
Con María, Pedro, Pablo y Antonio Claret, digamos también nosotros con jubiloso
reconocimiento:
[Todos tienen y recitan lo que sigue:]
¡PROCLAMA MI ALMA LA GRANDEZA DEL SEÑOR,
SE ALEGRA MI ESPÍRITU EN DIOS, MI SALVADOR,
PORQUE ME HA MIRADO Y HA HECHO EN MÍ COSAS GRANDES!
¡GLORIA A JESUCRISTO AHORA Y PARA SIEMPRE!
¡ALABADO SEA DIOS PADRE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO,
PUES EN NUESTRA UNIÓN CON CRISTO
NOS HA DADO TODA CLASE DE BENDICIONES
Y NOS HA HECHO CONOCER SU PLAN DE SALVACIÓN!
¡BENDITO SEAS, DIOS MÍO,
QUE TAN BUENO Y MISERICORDIOSO HAS SIDO CONMIGO!
HAZ QUE TE AME, QUE TE SIRVA CON TODO ARDOR
Y QUE TE HAGA AMAR Y SERVIR POR TODAS LAS CRIATURAS!
[Frases tomadas de María (Lucas 1, 46-49), Pedro (2Pe 3,18), Pablo (Efesios 1, 3. 9)
y Claret (Autobiografía, n°152)]
9. Oración de los fieles
PRESIDENTE:
Dando gracias a Dios por las maravillas que hace en nosotros, pidámosle también
lo que nos hace falta para recibir más copiosamente aún sus dones y corresponderle
como se merece.
PETICIONES:
1. Para que sepamos valorar el amor que el Padre Dios nos tiene al enviar a su
Hijo hecho hombre entre nosotros para rescatarnos del mal y de la muerte que
nos acarrean nuestras voluntades rebeldes.
2. Para que reconozcamos con agradecimiento lo que otros hombres y mujeres
han hecho de bueno por nosotros en la historia de la Iglesia y en los años de
nuestra vida.
3. Para que nos alegremos por el don de la fe y del bautismo en la Iglesia de
Jesucristo viéndolos como el mayor de todos los tesoros.
4. Para que en estos tres días de encuentro de oración con el Señor nos
pongamos en sus manos, como lo hicieron la virgen María y Antonio Claret, y Él
continúe realizando su misión de salvación hoy a través de nosotros.
5. Por las distintas personas y necesidades que cada uno de los aquí reunidos
llevamos en nuestro interior [un momento de silencio].
PRESIDENTE:
Concédenos lo que te pedimos, Dios Padre bueno y todopoderoso, y danos tu
santo Espíritu, plenitud de tu gracia y fruto de la misión de tu Hijo Jesucristo nuestro
Señor.
10. Oración sobre las ofrendas
Recibe, Señor, con el pan y con el vino, nuestra propia ofrenda; que ellos sean para
nosotros cuerpo y sangre de Jesucristo, y nosotros en tu Iglesia le hagamos presente
entre los hombres para bien de todos y alegría tuya en compañía de tu Hijo y del
Espíritu Santo, por los siglos de los siglos.
11. Oración final
Dios y Padre nuestro: nos has traído a tu casa y nos has alimentado con la palabra de
tu enviado Jesús y con la energía de tu Espíritu. Que mañana podamos acudir de
nuevo a ésta tu mesa, como lo hacía Antonio María Claret, y salir luego con ese mismo
ardor misionero con que él se entregó a obedecerte y a servir a sus semejantes. Por
J.C. Ntro. Señor.
12. Aviso/invitación
En consonancia con lo que hemos celebrado, estamos todos invitados, ya en nuestras
casas, a plasmar en un papel, tamaño folio, con letras o con dibujos:
- uno o varios nombres de cristianos/as, de ayer y/o de hoy, que, para
cada uno en particular, hayan sido testigos, misioneros, canales de la
gracia de Cristo;
- y a expresar de algún modo nuestro personal agradecimiento por
aquello que haya significado especialmente el don de la fe cristiana en
la propia vida.
Ese folio lo traeremos antes de que comience la liturgia de mañana, para colocarlo aquí
en un lugar visible y adecuado, bajo un título que bien podría ser éste:
“SOMOS FRUTO DE LA MISIÓN DE JESUCRISTO.
GRACIAS A ÉL Y A SUS MISIONEROS”.
Día 2°:
SOMOS CRISTIANOS Y MISIONEROS
PORQUE VIVIMOS CON DIOS Y COMO DIOS
1. Monición inicial
Comenzamos ayer agradeciendo a Dios y a sus misioneros el don de la fe y la vida
nueva a la que nacimos en la fuente del bautismo. Hoy lo tenemos a la vista en el
muestrario que entre todos hemos confeccionado. En este nuevo encuentro vamos a
sumergirnos en esa misma fuente o, de otro modo dicho, vamos a crecer en la unión
con Jesucristo como sarmientos injertados en la vid.
2. Acto penitencial
-
Por no mirarnos ni aceptarnos como hijos tuyos, herederos de tu fuerza
y tu bondad: Señor, ten piedad.
Por no vivir como verdaderos hombres y mujeres, a imagen y
semejanza tuya: Cristo, ten piedad.
Por no dejar que tu Espíritu de amor y de verdad impulse y construya
nuestras vidas: Señor, ten piedad.
3. Oración colecta
Dios y Padre nuestro: concédenos un corazón iluminado y disponible para dejar que
Jesucristo, tu misionero, entre en nuestras vidas y nos haga pensar, sentir, hablar y
actuar como Él. Así seremos sus amigos y nos pareceremos a Él, el Hombre perfecto
que da la vida a todos y vive y reina contigo y el Espíritu Santo por los siglos de los
siglos.
4. Monición general a la Palabra
Cuando el hombre y la mujer quieren convertirse en dioses rebelándose contra el
Creador y desafiando sus leyes, el mundo se desquicia y se apodera de él la muerte.
Cuando aparece un hombre que es hijo de Dios y le obedece en todo y siempre, la
muerte es vencida y la humanidad se pone en pie.
5. Primera lectura: GÉNESIS 3,1-6.8
La serpiente era más astuta que todos los animales salvajes que Dios el Señor había
creado, y preguntó a la mujer:
- ¿Así es que Dios os ha dicho que no comáis del fruto de ningún árbol
del jardín?
La mujer le contestó:
- Podemos comer del fruto de cualquier árbol, menos del árbol que está
en medio del jardín. Dios nos ha dicho que no debemos comer ni tocar
el fruto de ese árbol, porque si lo hacemos, moriremos.
Pero la serpiente dijo a la mujer:
No es cierto. No moriréis. Dios sabe muy bien que cuando comáis del
fruto de ese árbol podréis saber lo que es bueno y lo que es malo, y que
entonces seréis como Dios.
La mujer vio que el fruto del árbol era apetitoso, y le dieron ganas de comerlo y de
llegar a tener entendimiento. De modo que tomó uno de los frutos y se lo comió.
Luego le dio también a su esposo, y él también comió.
El hombre y su mujer oyeron que Dios el Señor andaba por el jardín a la hora en que
sopla el viento de la tarde, y corrieron a esconderse de Dios entre los árboles del
jardín.
-
6. Salmo responsorial (Sal 40, 1-3. 6-10)
TODOS:
Señor Dios mío: aquí estoy para hacer tu voluntad.
SOLISTA:
-
-
Puse mi esperanza en el Señor, y él se inclinó para escuchar mis gritos;
me salvó de la fosa mortal, me libró de hundirme en el pantano.
Asentó mis pies sobre una roca; dio firmeza a mis pisadas. Hizo brotar
de mis labios un canto nuevo, un canto de alabanza a nuestro Dios.
Señor, tú no buscas ofrendas ni sacrificios; pero sí has querido hacerme
entender, y yo te he dicho: aquí estoy para hacer tu voluntad. Eso
quiero, Dios mío; y guardo tu ley en mi corazón.
Ante tu pueblo no me he callado, sino que he proclamado tu justicia. He
hablado de tu fidelidad; no he ocultado tu amor y tu verdad.
7. Lectura del evangelio según san Juan (15,5-17)
En la última cena, Jesús dijo a sus discípulos:
“Yo soy la vid y vosotros sois los sarmientos. El que permanece unido a mí, y yo
unido a él, da mucho fruto; pues sin mí nada podéis hacer. El que no permanece unido
a mí será echado fuera, y se secará como los sarmientos que se recogen y se queman
en el fuego. Si permanecéis unidos a mí y fieles a mis enseñanzas, pedid lo que
queráis y se os dará. Mi Padre recibe honor cuando vosotros dais mucho fruto y llegáis
así a ser verdaderos discípulos míos. Yo os amo como el Padre me ama a mí;
permaneced, pues, en el amor que os tengo. Si obedecéis mis mandamientos
permaneceréis en mi amor, como yo obedezco los mandamientos de mi Padre y
permanezco en su amor. Os hablo así para que os alegréis conmigo y vuestra alegría
sea completa. Mi mandamiento es éste: que os améis unos a otros como yo os he
amado. No hay amor más grande que el que a uno le lleva a dar la vida por sus
amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Ya nos os llamo siervos,
porque el siervo no sabe lo que hace su señor. Os llamo mis amigos, porque os he
dado a conocer todo lo que mi Padre me ha dicho. Vosotros no me escogisteis a mí,
sino que he sido yo quien os he escogido a vosotros y os he encargado que vayáis y
deis mucho fruto, y que ese fruto permanezca. Así el Padre os dará todo lo que le
pidáis en mi nombre. Esto es, pues, lo que os mando: que os améis unos a otros.
8. Homilía
Ayer tuvimos ocasión de reconocer entre nosotros la presencia y la palabra de
Jesucristo resucitado, y ese inestimable DON que es su persona y su gracia en
nuestras vidas. Hoy nos reúne Él de nuevo para agrandar en cuantos aquí estamos ese
DON suyo e invitarnos a compartirlo.
Pero, antes de entrar en ello, digamos que podría resultar chocante el hecho de
que, en un triduo dedicado al compromiso misionero, no se traten directamente tantas
y tan necesarias cosas que atañen a la misión, como, por ejemplo: agentes y
destinatarios -con sus edades, condiciones geográficas, sociales, económicas, políticas,
culturales, religiosas-, recursos, organizaciones, historia y experiencias pasadas,
situación y planteamientos actuales, formación de misioneros, modos y medios de
actuación directa, de colaboración eclesial, etc., etc.
¿Por qué no estamos hablando de tantos particulares?: porque tan necesario como
todo eso, y primordial, es que todos y cada uno de los cristianos tengamos conciencia
muy viva de que somos fruto de la misión de Jesucristo continuada por la iglesia de
sus discípulos, como recordábamos ayer; somos, por así decir, “hijos de misioneros y
misioneras”. Lo que somos, como criaturas de Dios y como renacidos en el bautismo,
nos viene de quienes han entregado su vida para que nosotros pudiéramos tenerla.
Hablar de misión es hablar de recibir y dar; de dar y recibir la vida. La misión, los
misioneros, desde el enviado por Dios Padre, Jesucristo, hasta el último o la última de
sus discípulos/as enviados por Jesús, nos han dado la vida. Éste es el asunto realmente
importante: misión es tener vida y entregarla a otros.
1. El don de la vida que alienta en nosotros...
Ayer comenzamos por valorar el DON de la Vida que es el mismísimo Dioshecho-hombre, Jesucristo, entregado a nosotros para ser recibido y plantarse en lo
más hondo de nuestro ser como una raíz capaz de dar los mejores frutos, como una
fuente de agua que mana sin cesar, como un pan que alimenta y fortifica venciendo
todas las hambres y debilidades, todos los límites, incluso el de la muerte. Ayer
recordamos este don maravilloso que gratuitamente, por puro amor, hemos recibido
desde el bautismo y que nos acompaña siempre. Y, en consecuencia, dimos y
seguimos dando gracias a Dios y a sus misioneros, hombres y mujeres como nosotros,
a Claret y a tantos otros, más conocidos o menos.
Hoy, el Señor nos invita a que ese DON de la VIDA nueva, cristiana, que nos ha hecho
lo cultivemos a fin de que llegue en todos y en cada uno de nosotros a su plenitud.
2....es vivir con Dios y como Dios
Ya lo sabemos: el DON de Dios que nos libra de diversos males y de la muerte
no es otro que Jesucristo mismo, presente y actuante por su Espíritu mediante
personas y cosas en la comunidad de sus discípulos, la Iglesia. De tal modo que, de
forma tan simple como verdadera, podemos decir que el hombre vive del todo
cuando vive como Dios; es lo que encontramos en Jesucristo y lo que se nos ofrece
a nosotros.
Sabemos también que es eso mismo lo que, desde el principio de la andadura histórica
de la humanidad hasta nuestros días, constituye la mayor aspiración del hombre y su
peor enemigo. Lo hemos recordado en la narración del Génesis: el hombre, varón y
mujer, Adán y Eva, decide “ser como Dios”, hacer el papel de Dios y no estar sometido
a les leyes del Creador. El hombre decide convertirse en el dueño y señor, no sólo de
las cosas, sino de las propias fuentes y leyes de la vida. Nadie va a obligarle a hacer lo
que no quiera; nadie va a impedirle conseguir lo que él quiera. El hombre quiere ser él
mismo la ley; el hombre quiere ser, y sólo él, dios y dueño de sí mismo y del mundo.
Y, ayer como hoy, adoptando mil formas a lo largo de la historia, el endiosamiento del
hombre ha provocado mil desgracias (odios, torturas, asesinatos, llantos,
destrucciones, desolaciones...). El error no está en la voluntad de ser libre, sino en el
rechazo de Dios, que implica necesariamente la anulación de sí mismo. El hombre es
creado por Dios, y sólo recibiendo de Dios agradecidamente la vida propia y la de los
otros es como puede ser hombre de verdad y con futuro.
O sea: que el punto está, ciertamente, en vivir “como Dios”, pero no como lo hace
Adán (es decir, cada uno por nuestra cuenta y mal influenciados unos por otros, tanto
ayer como hoy), sino como vemos en Jesucristo. Él es HOMBRE siendo Dios, Él es Dios
siendo HOMBRE. En él encontramos la fuente y la posibilidad de llegar a ser hombres
de verdad también. Por esto le escuchamos cuando nos dice: “Aprended de mí.
Seguidme. Sin mí no podéis hacer nada”.
Ser cristiano es abrirse a Jesucristo y dejar que Él llene lo que somos y tenemos. Como
la savia de la vid en los sarmientos. De ese modo, vivimos de Él y pasamos a ser
nosotros también gente llena de vida. Y ¿qué es esa vida cristiana, esa vida misma de
Cristo en nosotros?: estar llenos e impulsados por lo que le llena e impulsa a Él: el
Espíritu y el amor poderoso y sin medida de Dios. El cristiano, el que vive unido a
Cristo, se mueve y actúa igual que su Amigo y Señor; porque es, con Él y como Él,
hombre auténtico, hijo de Dios, y vive como Dios: desbordante de vida, amando sin
medida, entregando la vida para que la encuentran quienes no la tienen. El cristiano es
misionero por naturaleza, como cosa misma de su ser de discípulo, de amigo íntimo y
entrañable de Cristo.
Es lo que vemos en María, que se abandona a la voluntad de Dios permitiendo que su
Espíritu la habite por completo, haciendo de ella madre de un hijo que es a la vez suyo
y de Dios, Jesucristo, el Salvador de los hombres.
Es lo que ocurre en Antonio María Claret, que se siente hijo del mismo Padre y de la
misma madre de Jesús, inundado por la misma savia, por el mismo Espíritu. Por ello
escribe eso tan conocido que ahora vamos a recordar los aquí reunidos, mujeres y
varones, saboreándolo mejor en este instante, como si fuera nuestro mismo sentir:
“Un hijo del inmaculado corazón de María es un hombre que arde en caridad y
que abrasa por donde pasa; que desea eficazmente y procura por todos los medios
posibles encender a todo el mundo en el fuego del divino amor. Nada ni nadie le
arredra. Se goza en las privaciones. Aborda los trabajos. Abraza los sacrificios. Se
complace en las calumnias que le levantan. Se alegra en los tormentos y dolores que
sufre, y se gloría en la cruz de Jesucristo. No piensa sino cómo seguirá e imitará más
de cerca de Jesucristo en orar, en trabajar, en sufrir y en procurar siempre y
únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación y el bien de los hombres”
(Autobiografía, n° 494).
3. En resumen: ser cristiano es ser misionero
Podemos, pues, concluir:
Ser hombre es ser cristiano, porque de Jesucristo, el Hombre perfecto, se recibe la
capacidad de llegar a serlo en plenitud. Y ser cristiano es ser misionero, porque
ser hombre y cristiano es ser-y-vivir con Dios y como Dios (a imagen del cual
ha sido creado el hombre, y otra cosa no es, no puede ser), es decir: vivir amando,
entregar la vida.
Es lo que vemos en Jesús, en María y en Claret. Ellos, puestos en las manos del
Padre y llenos de su Espíritu, son enviados y se entregan a cumplir esa voluntad de
Dios: que los hombres, todos los hombres, recuperen la vida que en Dios les está
esperando y que llega al mundo a través de Jesucristo y de su Iglesia, la asamblea y
comunidad de sus discípulos y apóstoles, la de Claret y todos los misioneros y
misioneras, entre quienes nos contamos nosotros.
Resumiendo:
1. Somos fruto de la misión, del misionero Jesucristo y de sus enviados.
2. Somos lo que nos han dado: vida verdaderamente divina y humana; vida que,
dándose, engendra nueva vida. Somos misioneros.
3. ¿Cómo realizaremos la tarea misionera que a todos y a cada uno de los
cristianos nos corresponde?
Esto es lo que tendremos que repensar y reanimar en nosotros mañana.
9. Oración de los fieles
PRESIDENTE:
Presentemos, hermanos, a Dios, nuestros deseos y plegarias.
PETICIONES:
1. Por todos los aquí presentes, para que sepamos contemplar en Jesucristo la
grandeza y dignidad del ser humano, y le aceptemos como Camino para
recuperar nuestra propia humanidad.
2. Para que no caigamos en la tentación de pensar que seremos grandes y felices
alejándonos de Dios y de su voluntad.
3. Para que busquemos vivir unidos a Jesucristo, fieles a su ejemplo y a su
palabra; de modo que en la obediencia a Dios encontremos nuestra dicha y
plenitud.
4. Para que vivamos con Dios y como Él: libres y fuertes, sirviendo
generosamente a la construcción de un mundo nuevo.
5. En un momento de silencio ponemos en las manos de Dios nuestras
particulares peticiones.
PRESIDENTE:
Por medio de tu Hijo Jesucristo y por la intercesión de María, su madre, y de tu
misionero Antonio María Claret, recibe, Padre bueno, las oraciones que te presentamos
a ti, que vives y reinas en comunión trinitaria por los siglos de los siglos.
10. Para acompañar las ofrendas
Mientras el presidente ofrece el pan y el vino, hagamos nuestra propia ofrenda
recitando (cantando, si fuera posible) juntos, como Claret:
Señor y Padre nuestro: que te conozca y te haga conocer, que te ame y te haga
amar, que te sirva y te haga servir, que te alabe y te haga alabar por todas tus
criaturas. Amén.
11. Oración sobre las ofrendas
Al ofrecer el pan y el vino para que sean sacramento del Pan de vida eterna que es tu
Hijo obediente, Jesucristo, nos ponemos en tus manos, Padre Santo, con Él y como Él.
Acéptanos y conviértenos en sus hermanos y misioneros para la renovación del
mundo. Por el mismo Jesucristo que contigo y el Espíritu vive y reina por los siglos de
los siglos.
12. Oración del padre Claret
Dios mío: ¿qué quieres que haga? Enséñame, Señor, a negar mi propia voluntad y
hacer la tuya. ¡Hágase tu voluntad en la tierra como se hace en el cielo! No quiero,
Dios mío, sino lo que tú quieres. Haz de mí lo que te plazca.
[Cf. Antología espiritual, preparada por Jesús Bermejo cmf, Coculsa, Madrid, 1973: n°
394 en pg. 211]
13. Oración final
En esta reunión que ahora acaba, gracias al don de la fe que nos concedes, Dios
Padre nuestro, hemos podido gozar de tu presencia, escuchar a tu Hijo y alimentarnos
de tu Espíritu. Que tu verdad y tu amor inspiren nuestros planes y se traduzcan en una
conducta tan humana y tan divina como la de tu misionero Jesucristo, que vive y reina
contigo y con el Santo Espíritu por los siglos de los siglos.
14. Aviso para mañana
Antes de despedirnos, una invitación: mañana, en el ofertorio, podemos presentar en
un papel doblado o dentro de un sobre –para quemarlo luego sobre un brasero ante el
altar- un pequeño escrito personal en el que expresemos nuestra disposición
misionera. Una manera de hacerlo puede ser respondiendo a esta pregunta: ¿Qué
personas y necesidades humanas conozco, y de qué modo podría yo colaborar a la
misión cristiana de servirles el amor de Dios para renovar sus vidas?
DÍA 3°
FIESTA DEL MISIONERO CLARET.
LA MISIÓN ES COSA DE TODOS
1. Monición inicial
Con alegría volvemos a reunirnos para culminar este triduo festejando la memoria del
santo misionero Antonio María Claret. Es su fiesta y es la nuestra, pues somos familia
cristiana, comunidad misionera, iglesia de Dios Padre universal.
2. Acto penitencial
-
Por nuestras palabras y acciones, silencios y omisiones que ocultan tu
presencia entre los hombres: Señor, ten piedad.
Por no reconocerte ni servirte en nuestros hermanos más necesitados:
Cristo, ten piedad.
Por nuestras indiferencias, miedos y desconfianzas: Señor, ten piedad.
3. Oración colecta
Oh Dios Padre, que concediste a tu obispo san Antonio María Claret una caridad y
firmeza admirables para anunciar el evangelio a los pobres, y lo constituiste padre de
nuevas familias apostólicas en la Iglesia; concédenos, por su intercesión, que,
buscando siempre y en todo tu voluntad, trabajemos incansablemente por ganar
nuevos hermanos para Cristo, que vive y reina contigo y con el Espíritu Santo por los
siglos de los siglos.
4. Monición general a las lecturas bíblicas
Dios no soporta la ruina del mundo; por eso envía a su Hijo eterno como Servidor
encargado de liberar y renovar a todos los hombres. Su Siervo, Jesucristo, entrega la
vida para cumplir su misión, y encarga a sus discípulos que continúen haciendo lo
mismo.
5. 1ª. Lectura: del profeta ISAÍAS (61,1-3)
El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para
dar la Buena Noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para
proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad, para proclamar el
año de gracia del Señor, el día del desquite de nuestro Dios. Me ha enviado para
consolar a los afligidos, para cambiar su ceniza en corona, su traje de luto en perfume
de fiesta y su abatimiento en cánticos de alabanza.
6. Salmo responsorial (salmo 22,1-4.6)
TODOS:
El Señor es mi pastor, nada me falta.
SOLISTA:
 El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas.
 Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu
cayado me sosiegan.
 Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor por años sin término.
7. 2ª. Lectura: Carta 1ª. de Pedro 4,10-11
Como buenos administradores de las múltiples bendiciones de Dios, cada uno de
vosotros sirva a los demás según los dones que haya recibido. Si alguien habla, sean
sus palabras como palabras de Dios. Si alguien hace algún servicio, hágalo con las
fuerzas que Dios le da. Todo lo que hagáis, hacedlo para que Dios sea alabado por
medio de Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el poder para siempre.
8. Lectura del evangelio según san Lucas (6,35-36;43-45)
Jesús miró a sus discípulos y les habló así:
“A vosotros que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien y dad
prestado sin esperar recibir nada a cambio. Así será grande vuestra recompensa, y
seréis hijos del Dios altísimo, que es también bondadoso con los malos y
desagradecidos. Sed compasivos, como también vuestro Padre es compasivo.
No hay árbol bueno que dé mal fruto, ni árbol malo que dé fruto bueno. Cada árbol se
conoce por su fruto: no se recogen higos de los espinos, ni se vendimian uvas de las
zarzas. El hombre bueno dice cosas buenas porque el bien está en su corazón, y el
hombre malo dice cosas malas porque el mal está en su corazón. Pues de lo que
rebosa su corazón habla su boca”.
9. Homilía
Hoy es fiesta. La fiesta del santo misionero Antonio María Claret. Es también
nuestra fiesta. Y la hemos venido preparando ayer y anteayer al recordar cómo la
nueva vida de alegría y de esperanza que en nosotros crece desde el bautismo es el
fruto de la misión que el Padre Dios confía a Jesucristo y él entrega a sus discípulos, su
Iglesia, su Cuerpo y Presencia continua en medio de la humanidad.
La misión que tan admirablemente prosiguieron los primeros apóstoles, Claret y
tantas hermanas y hermanos nuestros hasta hoy, ahora nos corresponde realizarla a
los que estamos aquí, lo mismo que a todos los cristianos en el mundo. ¿Por qué
razón? Lo veíamos ayer: porque el don de la Vida que se nos ha hecho nos convierte
en eso mismo que es la Vida, que es Jesucristo, que es el Padre Dios y la savia de su
Espíritu: amor que engendra vida. Nacidos como hombres y mujeres nuevos al ser
bautizados y sumergidos en la fuente de agua viva y eterna que es Jesucristo, se
mueren en nosotros los impulsos antiguos y mezquinos del egoísmo, la envidia, las
violencias y todos los males con que nos destruimos mutuamente, y va creciendo
desde la raíz del corazón hasta el fruto de nuestras palabras y acciones ese vivir con
Dios y como Dios que es propio de su Hijo, Jesucristo, y de todos los hijos que
renacemos gracias a Él. Ya no estamos muertos, sino vivos, es decir: somos hombres
unidos a Jesús y entre nosotros para actuar en todo igual que Él. Somos cristianos =
somos misioneros. Seámoslo de verdad.
1. Lo que está vivo se mueve. Ser cristiano es ser misionero
¿Puede un árbol venenoso dar frutos buenos para la salud? ¿Puede un árbol
sano dar frutos mortales? ¡Con qué claridad y sencillez nos lo explica nuestro Maestro y
Amigo! Lo hemos oído al proclamar su evangelio. Y añade: lo que llena el corazón es lo
que sale por la boca, y por los ojos y las manos, y llega a los demás.
Toda persona está en misión, por así decir; si no es la de Dios, es la misión del
diablo, pues, como exclama Jesús: “quien no recoge conmigo, desparrama”. Es como
cuando alguien se enamora: despierto o dormido, con palabras o con gestos, le brota
de todas formas ese amor que le llena y que le hace capaz de dar la vida por la
persona que ama. Todo lo que brota del enamorado, de la enamorada, es amor, bien y
belleza, porque de tal raíz, tales frutos.
Si en lugar de amor hay odio, igual que el rey Midas que convertía en oro todo
lo que tocaba, así quien odia convierte en arma mortal todo cuanto dice y hace.
Tanto quien ama como quien odia están en misión, porque el amor necesita dar
la vida y el odio no soporta que la haya.
Si un cristiano no colabora en la misión de Cristo y de su Iglesia, es decir: si no
piensa ni actúa para que los demás reciban –si aún no lo tienen- y acrecienten el don
de la vida que brota de Jesucristo, entonces está colaborando con otra misión: la que
engendra soledades y miserias en el mundo, la que apaga la alegría en los hombres e
impide que brille en ellos la gloria de Dios.
2. Somos misioneros porque estamos bautizados y unidos a Jesucristo
Efectivamente: trabajar en la misión de Dios, en la misión cristiana y eclesial,
es, a imagen y semejanza de lo que hizo Jesucristo: renovar el mundo, reconstruir,
sanar y hacer crecer a la humanidad, a todos los hombres y en todo lo que es parte de
esa vida que Dios nos da. Por eso también, y como Jesús mismo, la misión cristiana
mira sobre todo a quienes, entre los hombres, están más necesitados: los pobres, los
enfermos, los abandonados, los que sufren de mil modos en el cuerpo y en el alma. En
realidad, todos estamos necesitados de la misión de Cristo y de su Iglesia, pues todos
tenemos miserias.
Se es misionero siempre, se haga lo que se haga, se vaya por donde se vaya.
Todos y cada uno de los cristianos lo somos. Somos misioneros por estar bautizados,
unidos a Jesucristo como miembros de su Cuerpo, como iglesia y familia suya. La
misión nos la da Él al entregarnos su Espíritu que nos hace movernos y actuar con
Cristo y como Él, y para lo mismo que Él, siempre y por todas partes. Nuestra misión,
pues, no nos viene de los hombres: del papa, del obispo o del sacerdote. Ellos y todos
en la iglesia somos hermanos del mismo Padre, discípulos del mismo Maestro, enviados
por el mismo Señor. Somos misioneros y estamos en misión permanente por estar
bautizados, por ser cristianos. Somos como la sal y la luz para el mundo; si nos
apagamos, el mundo se muere.
3. Distintos dones y servicios en la Iglesia para la misión común
Eso sí, como hemos escuchado en la 1ª. Carta del apóstol, del misionero Pedro:
a cada uno nos da el Señor unas capacidades particulares con las que ponernos al
servicio de los otros, y de forma compartida y ordenada; precisamente porque es su
misión, la misión que nos encarga Jesucristo, y no la nuestra, pues nosotros no
tenemos nada propio que ofrecer si no es lo que nos han dado.
Obispos, sacerdotes, laicos y religiosos, todos tenemos la misma misión: hacer
llegar a otros la Vida Nueva que el Señor nos concede. El encargo específico de
obispos y sacerdotes es animar y guiar a todos para que el conjunto de los cristianos
desempeñemos bien nuestros propios servicios y lo hagamos en unidad. La unidad
entre nosotros es vital, pues es signo del amor que nos habita. Sin amor, lo que
hacemos no viene ya de Cristo ni favorece a los demás, sino que agranda las
discordias y males que destruyen al mundo.
En unidad y sabia cooperación, así hemos de realizar la misión común. Lo más
organizada y eficientemente posible. Para que no tenga que dirigirnos nuevamente el
Señor aquella queja recogida por el evangelista Lucas: “los hijos de las tinieblas son
más astutos que los hijos de la luz” (Lc 16,8). Lo vemos cada día: cómo estudian, se
entrenan, se reúnen para organizar y luego llevan a la práctica su perverso plan los
ladrones, traficantes de drogas, asesinos, y otros protagonistas de la maldad. El
misionero Claret nos da ejemplo de esa astucia y dinamismo que Jesús espera de sus
discípulos para luchar contra el mal y procurar el bien de los hombres: Claret se
preparó y trabajó muchísimo por su cuenta, e hizo otro tanto para que se formaran y
organizasen otros cristianos, mujeres y varones, obreros e intelectuales, artistas y
gentes de todas clases, para que dedicaran sus esfuerzos y capacidades al servicio de
los hombres, para la gloria de Dios y la salvación del mundo. Así lo hacía Claret: por
todos los medios posibles.
4. La misión no tiene medidas ni entiende de cálculos
Lo que importa no es qué se haga ni dónde; no hay que hacer comparaciones
exteriores de bulto, ni de ninguna clase. Lo importante es hacer producir las semillas y
talentos que el Señor nos da allí donde Él nos ponga. Sólo Dios sabe quién tiene más
Vida, más Amor, y quién lo entrega más abundantemente. Las apariencias engañan.
Jesús, por ejemplo, sólo actuó públicamente tres años, y en un rincón del mundo,
pequeño y poco poblado; María, su madre, fue todavía menos conocida. Pero ambos
entregaron inigualablemente su vida a Dios y a todos; y de su entrega íntegra
recibimos todos el perdón y la paz con Dios.
Quien, teniendo la posibilidad de realizar un gran acuerdo económico y político
a escala internacional para sacar de la miseria al tercer mundo y poner en marcha
proyectos de progreso cultural de miles de millones de seres humanos, y, pudiendo, no
lo haga (¡vaya usted a saber por qué!: ¿quizá por pensar que eso no es asunto que
tenga que ver con el santo Dios ni con la santa Iglesia?), va contra la misión cristiana,
peca contra los hombres y contra Dios, y pasa a ser el último y el más pequeño de
todos.
Quien, no teniendo otra cosa que un vaso de agua fresca en la manos, sólo eso y
nada de nada más, lo da a beber a un sediento que se encuentra en el camino, ese/a
cristiano/a está dándolo todo, y está sirviendo a la misión de Cristo y de la Iglesia
como el mejor y más eficaz de todos los misioneros habidos y por haber.
Lo que importa es, entonces:
1°- que cada uno coma y beba cada día más en la fuente de la vida y del amor que
es Jesucristo, a quien encontramos en su casa -el templo de nuestro corazón-, en la
comunidad de los bautizados, en sus palabras y sacramentos que en la iglesia se
guardan, en el pobre y en el más pequeño de los hombres;
2°- que en la medida en que crezca en vida y amor responda igualmente en
servicio al prójimo, en unidad y colaboración con los pastores y demás hermanos en la
Iglesia: en su diócesis, parroquia, hogar familiar o comunidad religiosa.
¿Cuál es mi servicio misionero, en dónde y hasta dónde he de participar en la
misión cristiana común de la Iglesia? A esa pregunta no puede responder nadie por ti
ni por mí. Es uno mismo quien ha de hacerlo. Jesús decía a sus discípulos de ayer y
nos dice hoy a nosotros: “¡cuidado con la levadura de los fariseos!”. ¿De qué levadura
se trata? No del fermento de pan, sino de lo que mueve y forma la existencia. Las
intenciones del fariseo son quedar bien, servirse de las leyes para enriquecerse, ocupar
los primeros puestos y darse la gran vida, mientras pone cara de mártir para que la
gente le llame santo; y dar limosna a toque de trompeta, para que todo el mundo se
entere y le alabe; el fariseo busca ganar el mundo y el cielo también intentando hacer
lo justo y nada más; lo justo para que le paguen lo que con ello cree que tiene de
sobra merecido. Ese espíritu farisaico no es el Espíritu de Jesucristo, no es el Espíritu
que mueve al misionero. Jesucristo y el cristiano, la cristiana, viven de Dios y de su
amor, y, como Claret, no piensan sino de qué modo y por qué medios podrán hacer
llegar a todos, sobre todo a los más sufrientes y olvidados, la vida que Dios da, la paz
con Él y con los hombres, el retorno a la casa del Padre, o sea, esa casa que en este
tiempo y en esta tierra ya se abre en las casas en donde vive su Iglesia, que es donde
Jesús se encuentra con sus amigos y discípulos, es decir: donde dos o tres se reúnen
en su nombre.
5. La hora del compromiso misionero es nuestra hora
¿A quiénes, cómo y dónde he de servir?, se pregunta un cristiano. Y, movido por el
amor al prójimo, hoy él se responde: a quienes encuentre en mi camino, sobre todo a
los que más lo necesiten. Quizá mañana, al habla con el Señor y con los hermanos en
la iglesia, puede que la respuesta sea: a quienes están más lejos y más olvidados.
Quizá pasado mañana, al calor del hogar de Cristo y del fuego del Espíritu, ese
cristiano o cristiana vaya de la mano con el Señor al extremo hasta el que fue Él: a
entregarlo todo, a entregar la vida.
¡ES
¡ES
¡ES
¡ES
LA HORA DEL COMPROMISO MISIONERO!
LA HORA DE DIOS Y DE LOS HOMBRES!
LA HORA DE LA IGLESIA!
TU HORA, ES MI HORA; NUESTRA HORA!
10. Oración de los fieles
PRESIDENTE:
Presentemos a Dios, como iglesia misionera aquí reunida, nuestras sinceras
peticiones a favor de todos los hombres.
PETICIONES:
1. Por la Iglesia, para que todos en ella -pastores y laicos, religiosos y otros
consagrados- nos sintamos hermanos y colaboremos con alegría compartiendo
los dones que el Señor nos concede a cada uno para el servicio a la misión
común.
2. Para que el testimonio misionero de todos los bautizados, en nuestras viejas
cristiandades y en los pueblos no cristianos, haga brillar la luz del Maestro y la
vida nueva del Salvador para cuantos la andan buscando.
3. Para que en los niños y jóvenes prenda la llama del amor incondicional a Dios y
a los hombres, y estén dispuestos a ser enviados, como Claret, a anunciar a
Jesucristo en cuerpo y alma, de por vida y sin fronteras.
4. Por las familias misioneras que fundó san Antonio María Claret, para que sean
fieles a su vocación apostólica en la Iglesia para el mundo.
5. Por los aquí reunidos, para que crezcamos en conciencia y disponibilidad
misioneras, superando comodidades y asumiendo tareas, sin resistirnos a lo
que nos vaya pidiendo Dios en la vida compartida como iglesia.
6. En un momento de silencio incluimos en esta oración común nuestras
particulares plegarias.
PRESIDENTE:
Escucha la oración de tu iglesia aquí reunida, Dios Padre misericordioso. Concédenos lo
que te pedimos y cólmanos del Espíritu filial y misionero que impulsó a san Antonio
María Claret a unirse a tu Siervo Jesucristo en la tarea de salvación universal. Por el
mismo J.C. Ntro. Señor.
11. Acción simbólica de ofrendas
Vamos a poner sobre el brasero colocado ante el altar los escritos que ayer
invitábamos a hacer, y procedemos a quemarlos a modo de ofrecimiento al Señor.
12. Oración sobre las ofrendas
Al presentar estas ofrendas, te suplicamos, Señor, que el Espíritu Santo infunda en
nuestros corazones aquel amor apostólico que impulsó a san Antonio María Claret a
entregarse totalmente a ti en favor de sus hermanos. Por J.C. Ntro. Señor.
13. Memorial del misionero según el padre Claret
Un hijo del Inmaculado Corazón de María es un hombre que arde en caridad y que
abrasa por donde pasa; que desea eficazmente y procura por todos los medios
posibles encender a todo el mundo en el fuego del divino amor. Nada ni nadie le
arredra. Se goza en las privaciones. Aborda los trabajos. Abraza los sacrificios. Se
complace en las calumnias que le levantan. Se alegra en los tormentos y dolores que
sufre, y se gloría en la cruz de Jesucristo. No piensa sino cómo seguirá e imitará más
de cerca a Jesucristo en orar, en trabajar, en sufrir y en procurar siempre y
únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación y el bien de los hombres.
14. Oración final
Señor y Padre nuestro: alimentados con tus sacramentos, te rogamos que, sostenidos
por tu gracia, sigamos los pasos de los Apóstoles y del misionero Antonio María Claret,
y seamos también nosotros testigos de tu Palabra salvadora en todo el mundo. Por J.C.
Ntro.Señor.
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