José Luis Aranguren. Filosofía y vida intelectual. Tex- Obras Completas tos fundamentales

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Carlos GÓMEZ SÁNCHEZ: José Luis Aranguren. Filosofía y vida intelectual. Textos fundamentales, Madrid: UNED / Trotta (2010)
Una deuda que incita a la independencia
Juan Antonio Ruescas Juárez
Entre 1994 y 1996 se publicaron las Obras Completas de José Luis López
Aranguren. Ahora, Carlos Gómez ha preparado una selección de textos fundamentales que se nos presenta con un doble objetivo: el primero, ayudar a que
cualquier lector pueda hacerse cargo de los principales ejes que orientan la obra
de Aranguren; el segundo, facilitar que el interesado pueda proseguir su estudio
en las mencionadas Obras Completas, a las que este libro pretende remitir. La
antología tiene su origen próximo en la conmemoración del centenario del nacimiento de Aranguren, así como en la incansable incitación de Javier Muguerza.
Pero hay otro origen, no tan inmediato y determinado, que debemos buscar en
el conjunto de la trayectoria intelectual del editor, tal como veremos al final de
estos comentarios.
Los textos se agrupan en seis partes con títulos cuya sola enunciación ya
da una idea de la naturaleza y el valor de las obras de Aranguren: escritos autobiográficos; la religión y las actitudes religiosas; la ética y la vida moral; la política y el oficio del intelectual; crítica literaria y otros escritos; y escritos de
intervención. Bajo estos apartados temáticos se reúnen una serie de textos que
resultarán de interés a lectores muy diversos. Serán útiles a aquellas personas
que deseen conocer la figura misma de Aranguren, su personalidad y su peripecia vital; interesaran —cómo no— al lector de filosofía moral; asimismo,
ayudarán al conocimiento y la interpretación de la historia reciente de la cultura española, principalmente en lo relativo a su trabajosa incorporación a la
modernidad.
Aranguren: personaje de una narración.
No incomodaría demasiado a Aranguren que nos refiramos a él como «personaje» pues, como él mismo afirmó, todos somos el objeto de una narración (o
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autonarración). Probablemente, aquel que es objeto o protagonista de una narración sufrirá una evolución; sin embargo, habrá de ser reconocido como uno y el
mismo a lo largo del relato (al menos en la narración tradicional). Algo de esto
hay en la afirmación de Aranguren de que él no fue siempre lo mismo pero sí fue
siempre el mismo.
El lector descubrirá (o recordará) en qué sentido Aranguren no fue siempre
lo mismo: el joven que vivió temporadas de recogimiento se abriría luego a los
aires festivos y extrovertidos de las revueltas universitarias norteamericanas; el
discreto participante en tertulias con Eugenio D´Ors llegaría a ser un intelectual
de referencia en la sociedad española, interviniendo frecuentemente en la vida
pública a través de la prensa; el católico intimista de las «conversaciones de Gredos» terminaría sintiéndose más cómodo bajo la autodenominación «cristiano
heterodoxo». Así pues, no extrañará que, en la conversación con Javier Muguerza que cierra la antología, Aranguren describa su modo de ser como «más fiel al
tiempo que cambia que al recuerdo de lo que fue».
Y, sin embargo, Aranguren dijo haber sido siempre el mismo. Acaso esa identidad sólo sea, en él como en todo hombre, una identidad soñada. Pero poco
importa. Porque nuestra vida (son también palabras de Aranguren) no deja de
ser un laborioso y titubeante configurarse que no deja de ser un figurarse.
Así pues, ¿qué elementos de continuidad hay en la narración de la vida de
Aranguren? Cada lector los extraerá y expresará a su manera pero, sin duda, uno
de los más hermosos y merecedores de comentario es ése que Carlos Gómez destaca al final de su introducción: la «simple prosecución de una moderada pero
firme disidencia». Diversas fueron las «disidencias» de Aranguren pero, entre
ellas, destaca la que ejerció en el terreno religioso. Quizá sea oportuno relacionar esta disidencia con su autodescripción como «intelectualmente religioso y
religiosamente intelectual», actitud que le condujo a lo que podríamos denominar una «tierra de nadie». Tierra ni mucho menos despoblada pero que, desgraciadamente, es con frecuencia desconocida (si no despreciada) por muchos de
los que viven en otras tierras de bien clara y definida adscripción. Tierra de nadie
que no sólo favorece la convivencia sino que es religiosamente fecunda. Lo expresó
bien Aranguren en uno de los textos de esta antología («La religión, hoy») cuando habló de una situación de liminariedad que consideraba «muy válida desde el
ángulo religioso». Tal es la situación de los que, como dice en ese mismo escriÉNDOXA: Series Filosóficas, n.o 28, 2011, pp. 335-342. UNED, Madrid
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to, se encuentran «en la puerta» de las instituciones eclesiásticas, sin importar
demasiado si esa puerta es de entrada o de salida.
Un último apunte sobre algo que, con relación a este «no ser lo mismo pero
sí el mismo», se nos plantea gracias a los textos que Carlos Gómez nos propone.
En diversos lugares, y a propósito de temas bien diversos, se reconoce una especial sensibilidad de Aranguren que le lleva a observar y pensar la vida humana
como una totalidad, de modo que reconoce permanencias (ser el mismo) que, sin
embargo, no se dan sino inmersas en lo temporal y mudable (no ser lo mismo).
Así, en su estudio sobre San Juan de la Cruz, tuvo la agudeza de señalar cómo,
aun cuando la mística religiosa sea mística del «Instante», el místico abulense no
suele separar ese instante de la existencia en su conjunto. Según Aranguren, San
Juan de la Cruz vio como nadie esta dimensión de tiempo, de historia y biografía
que es intrínseca a la auténtica vida mística. ¿Es mera casualidad que, al hablar
del objeto material de la ética, Aranguren trascendiese (sin despreciarlos) los actos
y los hábitos para fijarse en la «la asunción existencial» de la totalidad de la vida
en su sentido (si bien esa asunción se hace a través de ciertos «actos privilegiados»)? El lector juzgará, pero al menos podemos destacar un hecho: la recurrencia del adjetivo biográfico, que Aranguren adjudicó a la auténtica vida mística y
también a su forma de hablar de ética.
La ética y la política. El «oficio del moralista».
Esta antología nos sumerge en las cuestiones más especulativas de la ética (su
fundamentación, la delimitación de su objeto material, el examen crítico de diversas teorías éticas…); pero también nos permite entender de qué modo conjugó
Aranguren esa actividad estrictamente filosófica con la atención a las cuestiones
sociales, políticas y religiosas, cuestiones que no fueron para él un mero desarrollo más o menos accesorio de la reflexión teórica, sino que son esenciales en
la labor de lo que consideró que debía ser un «moralista». De modo que el lector encontrará desde una valoración de la ética kantiana hasta artículos periodísticos a propósito de las cuestiones políticas más puntuales, pasando por el trazado de las relaciones que Aranguren establece entre ética y religión o por la
propuesta de un sugerente concepto de democracia.
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En lo relativo a la fundamentación de la ética, la raíz de los planteamientos
de Aranguren es netamente antropológica, tal como se puede comprobar al leer
los fragmentos de la Ética de 1958 con los que se abre el apartado dedicado a «La
ética y la vida moral». En estos textos, la raigambre antropológica de la ética aparece explicada mediante categorías clásicas (tomadas principalmente de Aristóteles y Tomás de Aquino). Pero son Ortega y Zubiri los que completan la perspectiva, de modo que la tradición clásica es leída a la altura del presente. Por
tanto, Aranguren es un pensador de su tiempo, y ello se pone de manifiesto en
el hecho de que, como señala Carlos Gómez, la inicial subordinación de la ética
a la metafísica habría de matizarse después. Ahora bien, esto no condujo a Aranguren al positivismo ni al escepticismo. Y aquí encontramos el gesto que hace
presente la filosofía moderna en su obra pues, como también nos dice el editor,
no es otro que Kant quien se encuentra a la base de esta renuncia simultánea al
dogmatismo y al escepticismo. Y es que, a pesar de las distancias críticas con
Kant, que Aranguren manifestó expresamente, en ambos se reconoce la capacidad para «mantener en vilo y abiertas las preguntas». Quizá el ejemplo más claro de esto sea la «apertura de la ética a la religión» de la que se habla en diversos
textos de esta antología. Aranguren no la plantea en términos kantianos y, con
todo, muestra en este punto una indudable afinidad con el autor de la Crítica de
la razón práctica, cuya filosofía puede leerse como un intento de pensar «nuestra
fronteriza condición».
Junto a estas cuestiones, el lector podrá conocer la forma en la que Aranguren tematiza la base antropológica de la ética, a través de la distinción entre «moral
como estructura» y «moral como contenido». Y, en los textos tomados de Lo que
sabemos de moral (1967), se nos presenta un tercer elemento: la «moral como
actitud», concepto que resulta decisivo porque permite seguir pensando la moral
en tiempos de crisis cultural. En efecto: según Aranguren, el contenido de la moral
puede tornarse cuestionable en épocas de inseguridad, pero lo que nada ni nadie
puede arrebatarnos es la actitud ética.
Esta actitud ética responde al estímulo de la vida personal y también a la circunstancia social o política. Por eso, como se dice en la introducción de la antología, un «temple» preferentemente ético y religioso no impidió a Aranguren interesarse por las realidades político-sociales de su tiempo. En este campo, la antología
da buena cuenta de la cantidad y riqueza de sus aportaciones a través de los textos
seleccionados dentro del apartado «La política y el oficio del intelectual», que conÉNDOXA: Series Filosóficas, n.o 28, 2011, pp. 335-342. UNED, Madrid
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tiene una más que acertada selección de fragmentos extraídos de obras como Ética y política (1963) o La democracia establecida. Una crítica intelectual (1979). Algunos de los conceptos que podemos destacar entre los que Aranguren propone en
estas obras son: la idea de una relación difícil pero posible entre ética y política, la
diferencia entre democracia establecida y democracia como moral, o las consideraciones sobre la democracia representativa (donde se introduce una iluminadora
distinción entre representación y delegación). Todos estos conceptos tienen un denominador común: parten de la voluntad de mantener ante lo socio-político esa
«moral como actitud» a la que nos hemos referido.
Sin duda, uno de los principales motivos para invitar a la lectura de esta
antología es la fecundidad del mencionado concepto arangureniano de democracia. Sorprende hasta qué punto los textos relativos a este tema resultan pertinentes en la tarea de pensar nuestra presente situación social y política. Un
buen ejemplo es El hombre y la política, conferencia de 1978 que contiene
una reflexión sobre el valor y los límites de las instituciones democráticas,
esas mismas que en estos días se encuentran tan cuestionadas por diversos
movimientos ciudadanos. Allí, la afirmación de que el quehacer político debe
ser quehacer moral conducía a Aranguren a hablar de una necesaria concepción utópica de la política (pues para él la actitud moral es una actitud que
tiene mucho de utópico). Si la democracia plena es una utopía, toda configuración presente de lo político es imperfecta y por tanto criticable. Así, se
dice en esta conferencia que las propias estructuras e instituciones de la democracia son, «por su «reverso y en su funcionamiento, limitativas de la plena
democracia». Mas, por otra parte, Aranguren no desechaba la dimensión institucional de la política, pues afirmó, en artículos como el del 12 de agosto
de 1976 en El País y La Vanguardia, que la democracia como participación
ha de ser necesariamente complementada por la democracia como representación, añadiendo con circunspecta prudencia que es más superficialmente
estimulante manifestarse en algaradas que ejercer realmente la democracia.
Encontramos, pues, importantes elementos de juicio para reflexionar sobre
cuestiones que hoy mismo se nos están planteando: ¿qué significa reclamar
democracia real ya?; ¿qué relación deben tener «la calle» y «las instituciones»?;
¿qué alcance ha de tener el cuestionamiento de la democracia representativa?,
¿se trata sólo de mantener despierta la reserva utópica y por tanto la actitud
crítica, o necesariamente la actitud utópica ha de conjugarse con la propuesta de políticas posibles?
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La trabajosa incorporación de España a la modernidad.
Uno de los aciertos de Carlos Gómez en su introducción a esta antología es
dedicar unas páginas a la historia de la cultura y el pensamiento español, ya que
el recordatorio de la deficiente incorporación de España a la modernidad nos
permite apreciar mejor el valor de la obra a la que se nos introduce. Y no porque
Aranguren sea un defensor nato de esa modernidad (para cuya crítica su obra
también aporta elementos) sino, más bien, en orden a comprender mejor la situación de la que tuvieron que partir él y otros pensadores de los que, de un modo
u otro, es heredero.
Jalones (oscuros y luminosos) de ese pasado señalados por Carlos Gómez son:
el «repliegue» de la cultura española acaecido desde el siglo XVI y, consecuentemente, la «exangüe ilustración española»; los primeros esfuerzos de apertura al
pensamiento europeo (ya en lo que estrictamente se refiere a la filosofía), que llegaron de la mano del krausismo y la generación del 98; «la empresa modernizadora de Ortega»; el nivel plenamente «europeo» que alcanzó la Universidad de
Madrid con profesores como Gaos, García Morente o Zubiri; la fractura de la
guerra civil y el exilio (tanto interior como exterior); la instalación de una «escolástica recolada» en las facultades de Filosofía tras la guerra; y, por fin, las «muchas
cosas» que en los años sesenta del siglo pasado habían empezado a cambiar. Una
de ellas era la filosofía y, en concreto, la ética, cuyo cambio decisivo tuvo como
protagonista a Aranguren.
Hay que decir, con todo, que la modernización llevada a cabo por Aranguren no se alza contra el pensamiento aristotélico-tomista como tal, sino más bien
contra esa «escolástica recolada» que hemos mencionado y, en general, contra
una concepción confesionalista y apologética de la filosofía. Incluso cabría decir
que Aranguren recoge lo mejor del aristotelismo y la escolástica. Lee esas tradiciones con libertad, sin tutelas autoritarias, sin dogmatismos, y por supuesto sin
prescindir del pensamiento moderno y contemporáneo. Para comprobar que esta
modernización obrada por Aranguren no supone desdén ni mucho menos ignorancia de la escolástica y la filosofía clásica, basta acudir a las Obras Completas y
echar una ojeada al índice onomástico de la Ética del 58, en el que Aristóteles y
Sto. Tomás aparecen (junto con Zubiri) como los autores más citados, seguidos
–pero ya a cierta distancia- por Kant y Heidegger.
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Lo que sí es cierto es que, en España, la modernización pasaba por superar el confesionalismo, la intransigencia y, en definitiva, el miedo, que impedía
abrir el cristianismo a la cultura secular y al pluralismo de las sociedades actuales. De ahí la importancia de obras fundamentales de Aranguren, de las que
no faltan extensos fragmentos en esta antología, y entre las que es inevitable
mencionar Catolicismo y protestantismo como formas de existencia, Catolicismo
día tras día (y Contralectura del catolicismo), La crisis del catolicismo y la colaboración a la obra conjunta Formas modernas de religión que lleva por título
«La religión, hoy». Como el lector podrá comprobar, en estas obras Aranguren habló abiertamente del protestantismo y su influencia, reivindicó la religiosidad de Unamuno (vista por muchos con recelo), arremetió contra la intolerancia, planteó el valor de la heterodoxia y, en definitiva, contribuyó (muy
kantianamente, por cierto) a extender la conciencia de que el abandono de la
minoría de edad de la cultura española pasaba por dejar atrás la tutela de la
autoridad religiosa.
Ahora bien, para no falsear la perspectiva de Aranguren, hay que recordar
que estas opiniones no le impidieron criticar igualmente al Estado cuando, por
ignorar la relevancia pública de la religión, no está abierto al diálogo. Y, por otra
parte, su independencia frente a tutelajes eclesiásticos indebidos tampoco le impidió sugerir, en «La religión, hoy», que desde la perspectiva cultural «toda nuestra civilización sigue siendo cristiana».
El problema, pues, no es sencillo. Diversos textos de esta antología apoyan
la idea de que la modernización de la cultura española no supone negación de la
herencia cristiana como tampoco supone, en general, la negación total de la «cultura establecida» (quizá en este punto Aranguren tuviese presente la tesis orteguiana según la cual todos somos herederos y quien pretende no serlo es un bárbaro). En efecto, según leemos en un interesante pasaje de La cultura española y
la cultura establecida, sería un error pensar el trabajo del intelectual como una
búsqueda «nihilista» que parte de cero. Mas, por otra parte, Aranguren también
sostiene que, en España, la cultura establecida «se había detenido». Por tanto,
este problema nada sencillo demanda una respuesta compleja: liberar de dogmatismos la cultura establecida para que pueda seguir siendo fecunda una vez
«des-establecida», y recuperar «otros precedentes culturales, tan nuestros como
el establecido, pero sofocados por él».
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Recoger y elaborar un legado
Lo que principalmente pretende esta antología es dejar hablar a Aranguren.
Pero ninguna propuesta de lectura es totalmente neutra, por lo que será justo
atribuir a la aportación del editor una parte del interés que el libro pueda tener.
Era el propio Carlos Gómez quien, en su introducción a otra provechosa antología de textos (12 textos fundamentales de la Ética del siglo XX), recordaba que
«historiar es siempre seleccionar e interpretar». Pues bien, quien aquí selecciona
e interpreta lo hace autorizado por un ya importante bagaje de estudio e investigación sobre las cuestiones en las que este libro es relevante. De modo que este
trabajo de editor es coherente con toda una tarea intelectual que Carlos Gómez
viene desarrollando desde hace años. De ello dan testimonio otras publicaciones
que ayudarán a entender el por qué de su interés y su reconocida deuda hacia
Aranguren, una deuda «fácil de llevar» porque no supone merma de la propia
independencia sino que «incita a ella». Aquellos a quienes interese esta antología
leerán también con provecho el estudio de Carlos Gómez sobre Moltmann, sus
trabajos sobre Freud, la ya citada antología de textos morales del siglo XX, o sus
aportaciones a La aventura de la moralidad, que editó con Javier Muguerza. En
estos y en otros trabajos se abordan muchos de los temas que Aranguren contribuyó a introducir en la filosofía española y que aparecen en esta antología: las
cuestiones de fundamentación de la ética, la religión, el balance autocrítico de la
modernidad, las utopías…
Podemos decir, por tanto, que Carlos Gómez lleva tiempo comprometido
con la tarea a lo que nos invita en la introducción de esta antología: recoger y
elaborar el legado de Aranguren, pero sin mimetismos que él sería «el primero
en repudiar».
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