Crónica del viaje a Ucrania 2009, por Luis Garrido, 26.05.2010

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VIAJE A UCRANIA, AGOSTO DE 2009
Reconozco que toda la culpa es mía por no informarme como es debido antes de ir a un viaje. Y
es que con tantos años de llamar Rusia a todo lo que anda por ahí arriba, la confusión ha
llegado a ser de tal calibre que confundimos Siberia con Ucrania, la tundra con los jardines de
Peterhof y los Cárpatos con los Urales. Así, cada vez que comentaba con alguien que iba a ir a
visitar Ucrania lo primero que oía era: ¡Uf, que frío! Llevarás buena ropa, ¿no? O: es que a mi
la nieve, en esta época, no me atrae.
Luego está mi cultura previa sobre el país: De Kiev mi única idea era a través de Musorsky: La
puerta de Kiev, de los cuadros de una exposición. De Yalta, unos cuantos grandes del mundo
repartiéndose Europa, como unos buenos amigos una merienda. De Sebastopol, eso de “De
aquí a…”.
Y de Odessa, eso sí: la escalera de Potemkin y el cochecito de niño dando saltos.
Pues llegamos a Kiev, yo lleno de jerséis,
bufandas y guantes, por si acaso, y de frío
nada. Una ciudad hermosísima a orillas del
Dnieper y con la mayor cantidad de arbolado
por metro cuadrado que uno pueda imaginar;
como un inmenso parque con edificios entre
medias. Ahora, eso sí, de puerta nada. Era
un invento del señor Musorsky, a medias con
un pintor amigo, parece ser.
Al llegar a Yalta ya había tirado
alguno de mis jerséis por la
ventanilla del tren. Menos mal,
porque Yalta ha sido, es y será la
ciudad de veraneo por excelencia
para las altas esferas, zares
incluidos, si no de todo el que puede
permitírselo: jardines magníficos,
palacios espléndidos, y las chicas
más guapas de a pie; rubias, altas,
con las piernas más largas y las
minifaldas más cortas que uno se
pueda imaginar, machacando, arriba
y abajo, el pavimento del Paseo
Marítimo.
Y después, la Dacha Blanca donde Chejov
vivió sus últimos años y que su viuda, la
actriz
Olga
Knipper,
ha
cuidado
amorosamente durante cincuenta años tras
la muerte del dramaturgo, para que cuando
uno entre en ella no se extrañe para nada de
que él no esté; parece que acaba de salir
para una cita con ese loco de Platonov en un
huerto de cerezos cercano. Y de clima, ¿Qué
decir? Está en el mismo paralelo que
Venecia y a la altura del Sur de Francia.
Después, Sebastopol, ciudad varias veces mártir, la víctima repetida de esa locura llamada
guerra. Machacada en la guerra de Crimea por los franceses y los turcos y posteriormente por
los alemanes en la Segunda Guerra Mundial. ¡Ojalá lo de la distancia se refiera a la última vez
que fue destruida, y no lo vuelva a ser nunca más!
Y, por fin, Odessa, una de las ciudades más bellas a orillas del mar Negro, que, por otra parte
no es tan negro, y que, para mayor sorpresa, fue fundada
por un español llamado José Rivas.
¡Y yo sin enterarme! Yo, ya lo he dicho, lo único que
conocía de esta ciudad era lo del Potemkin, pero no tenía ni
idea de su belleza, de que haya sido la ciudad predilecta de
los escritores y artistas ucranianos y rusos del siglo XIX y
XX, con un teatro de Ópera que ya quisiéramos tener.
En fin: la Gloria, y para terminar, al fin la escalera de
Potemkin. Una de las grandes ilusiones de mi vida era subir
y bajar esos doscientos míticos escalones que inmortalizó
S.M. Eisenstein. Pues al fin los bajé y los subí, acompañado
de los botes imaginarios del cochecito, y llevando liados al
cuello, ya que no la bufanda (que hacía tiempo había dejado
por el camino), algunos metros de celuloide del Acorazado
Potemkin.
Volvería a Ucrania, desde luego, pero volvería como fui, sin
información previa, sin prejuicios, dispuesto a lo que
encuentre, que siempre será mejor que lo previsto. Y es que
¡se aprende tanto viajando!
Luis Garrido
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