Henry Miller: El problema de la existencia en la literatura. Por: Martha Soledad Montero. 2012

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HENRY MILLER: EL PROBLEMA DE LA EXISTENCIA EN LA LITERATURA.
(VERSION PRELIMINAR)
Escrito por: Martha Soledad Montero G.1
Lo único que me pesaba era saber demasiado.
Se traslucía de vez en cuando, a pesar de todas las precauciones que tomaba.
Sí iba a trabajar con un libro bajo el brazo,
aquel jefe nuestro lo notaba y, si era un libro bueno, se ponía furioso.
H.M.2
Resumen
Miller3 escritor estadounidense viaja a París en el año 1930 y luego de vivir allí por dos años se siente un
escritor. Una vez liberado de la literatura de su tiempo, escribe su libelo dando paso a lo que llama el sentido
ordinario de la palabra. Canta y baila acaballado sobre el mundo europeo devorado por el cáncer que se
devora a sí mismo. Guarda silencio para poder decir lo indecible. Guardar silencio, en este caso, implica: el
grito. Trópico de cáncer4 es un grito. Lo convierte en un fenómeno artístico contemporáneo. Este grito
paraliza, agobia y estremece a los eruditos, académicos e intelectuales bien hablados y a la sociedad puritana
de doble moral estadounidense, inglesa e inclusive a la francesa que lo consideran un charlatán vulgar,
incorregible y obsceno. Grito condenado y sometido a otro silencio: el de la clandestinidad. Grita, cómo todo
el tiempo acechados por la muerte, insistiendo en conjurarla, alejarla, ignorarla solo se hace presente cuando
campante entra por la puerta y se lleva a cualquiera que se atraviese por su lado. Miller habla de la muerte en
vida, de esa prisión que va de la mano de catástrofes, miserias y angustias. Intemporal. Mientras cualquier
muerte que implique volver a vivir es una salida que exige caminar por el medio, entre caminos, en los
intersticios, en los bordes de los precipicios, saltando abismos, en los límites.
Palabras ordinarias que hablan de paisajes íntimos, citadinos, geografías urbanas pobladas de toda clase de
gente, historias de la calle, de las calles, de burdeles, de bares, cafés, habitaciones, amigos, mujeres de mil
pelambres, y sobretodo de comida. Toda su escritura marcada por puntos suspensivos. Llamando a abrir los
límites, a traspasar umbrales, a probar, a experimentar, a llenar los vacíos con la multiplicidad de voces que se
oyen gritar a través de su obra, a cargar de sonidos las frases inconclusas, a suspender e interrumpir los
juicios, a crear y abrirse a expresiones y juegos inconmensurables, a invadir la vida de pasión, de deseos, de
acontecimientos pequeños y grandes, a provocar encuentros. De estos apuntes trata este articulo.
1
Líder Grupo investigacion: Educación, pedagogia y nuevas tecnologias. Reconocido.Visible. Colciencias. 2012/2013. Docente
investigadora Facultad de Filosofía. Universidad de la Salle. 2012.
2 Henry Miller. (2010). Trópico de Cáncer. Madrid. Ediciones Cátedra. Página 235. 3Henry Miller nace en Nueva York en 1891 muere en 1980 en Los Ángeles, California. Viaja a Paris en 1930 y escribe Trópico de
Cáncer en 1931 cuya publicación se da hasta el año 1934. Obra sometida a un proceso jurídico por pornografía y obscenidad. Se permite
su divulgación en Estados Unidos hasta la década de 1960.
1 Palabras clave: límite, palabras, suspensión, salida, vida.
Sentido ordinario de la palabra.
Henry Miller nos convoca a vivir la vida sin límites, vida intensa e impetuosa para ser
vivida en medio de la lluvia, en medio del hambre, en medio de la pobreza, de la tristeza, de
la algarabía, entre las cinco de la tarde y las cinco de la mañana, por la noche, cuando
amanece, entrando y saliendo, abriendo y cerrando puertas, escapando y saltando por las
ventanas, huyendo de la amargura, de la venganza, de las ataduras, de lo que no cambia.
Solos, descalzos, sucios, hambrientos. Viviendo del pillaje si es necesario, estafando,
robando, engañando, mintiendo; pero sintiendo apasionadamente, sin llorar perdidas, sin
pasado ni futuro, solo con el presente a cuestas, desprendido de uno mismo, de ese yo
avasallador y frenéticamente obediente y sumiso.
Dado que no hay escapatoria hay que escapar, dado que el mundo es chiquito y lleno de
callejones sin salida hay que encontrar las salidas y cualquier salida es válida: los agujeros,
los huecos, las trincheras, las madrigueras, las puertas, las ventanas o la música, la
borrachera, el sexo, el silencio, mudar de piel, dice. Todo, cualquier cosa, lo que sea
necesario con tal de abandonar este mundo agonizante en que se convirtió el siglo XX, y en
lo que convirtió a la gente: pobre gente. Nada de embriagarse con las palabras, más bien
escribir en su máquina de escribir mirándose al espejo sin amplificadores, ni auriculares, ni
ligas, ni muslos suaves, aún cuando el cáncer y el delirio invada el mundo.
Y eso es Miller una máquina de escribir. Máquina que hace chillar, chirriar, gritar, los
goznes de la vida, de las mil vidas que vivimos, con vergüenzas y sin vergüenzas: por eso
puede vivir como pobre y como rico, por eso puede comer manjares y sobrados, recoger
colillas de cigarrillo con vergüenza y sin vergüenza, sin recuerdos solo poblado de
imágenes, en medio del silencio sepulcral de Europa, mirando el cielo despejado de nubes,
de arboles sombríos, en medio del Sena, con estilo, sin preocuparse de a quien comunicar
sus pensamientos, levantado por el viento en medio de murmullos, en medio del torbellino
2 de aguas turbulentas, en medio de mentiras y engaños: describe la caricatura en que se ha
convertido el hombre, el dilema de vivir la vida como enanos, con bastones, hablando de la
mente, representando papeles, opinando, consignando palabras, siguiendo recetas, llevando
diccionarios. Hombres agrietados, mediocres, neuróticos que saben del sufrimiento.
Llenando hojas de papel de páginas de literatura sobre la existencia de la gente prisionera,
cercada, llena de espanto.
Por fortuna para nosotros, gente del siglo XX, entre otros escritores como Nietzsche,
Artaud, Kafka, Cortázar, Miller escriben sobre lo concreto, lo específico de la vida, lo
personal, lo político; sus palabras graves dibujan el mundo de las trincheras donde nos
resguardamos para pasar los más crudos inviernos, los chaparrones, los malos ratos. Su
lenguaje habla de la vida y de la muerte, sin pretender comunicar nada, sin abstracciones.
Nada de lo que dice tiene que ver con las ideas, solo con la vida, con las dificultad de
“hablar de uno mismo tan íntimamente” (Miller. Página 229),
desnudo el lenguaje,
exprime las palabras, confunde, tergiversa, crea contrasentidos. Elude los significados.
Pocos nombres propios y un mundo de sustantivos comunes. Llama las cosas por su
nombre sin precauciones, sin rodeos, sin adornos. Palabras crudas, sencillas, rítmicas llenas
de vida, de esa vida que cargamos y que nos cuesta llevar a pesar de la indiferencia. Dice
no habla y cuando habla maldice la charlatanería: reconociendo los discursos vacíos que se
nos cuelan por la piel.
Andando con él de la mano la risa se vuelve inevitable, se hace corrosiva, haciendo surgir
la carcajada, aparecer la sonrisa, el gesto de complicidad, de enojo, de asco, de
complacencia y camaradería, signos siempre presentes cuando los leemos entre dos, entre
tres, entre miles... en medio de consideraciones sobre la vida de amigos, de parranda, de
mujeres, de trago, de sexo. No admite moverse en los extremos, ni hablar lenguajes
almibarados, ni preocuparse por cuestiones morales o inmorales; pues el mundo del arte de
vivir es inmoral.
3 En medio de ese mundo parisino bohemio cargado de discursos sobre la literatura universal,
sobre el arte, sobre la música, sobre el baile, el canto y la escritura nos muestra los afectos
(afecciones) circulando, el deseo paseándose por las esquinas, por la mitad de la calle en
tacones, o con sombrero afectando de tal forma la vida que es necesario hacer piruetas para
sortear las orillas, las aceras, los árboles, los lujos, la comodidad, la pobreza. En este
paisaje no hay otra manera de vivir que saber vivir en medio, por entre y con todas esas
cosas. Palabras ordinarias no grandilocuentes. Palabras ordinarias porque hablan de lo
obvio, de lo que se halla en la superficie, de lo esta aquí y ahora, de lo que pasa por
grosería, por estrambótico, ridículo, grotesco, o de aquello que siendo mentira no lo es y
siendo engaño no lo fue, o siendo rico no se es. Lejano de las falsas palabras, de las
palabras que no dicen lo que quieren decir, palabras que matan porque ya están muertas.
Palabras arrastradas que mendigan, que pobretean, que chantajean. Palabras dichas para no
pensarlas, sino para repetirlas buscando granjearse la conmiseración y la caridad de las
buenas almas arrepentidas. Mareas muertas llenas de palabrería. Y en la superficie un
silencio mortal, inmenso inconmensurable que grita al tiempo de la historia lleno de
palabras del pasado.
Y cuando surge un hombre como él cuyo grito desmorona el mundo haciéndolo chillar, la
humanidad de tan humana lo secuestra, le cae encima, lo tritura, lo rompe; pues no se
puede, no se debe hacer estallar el progreso, la ciencia, los cimientos, los buenos modales,
la moral. En medio de todo este caos agazapado esta el miedo trémulo: “Si a intervalos de
siglos aparece de veras un hombre que pondría el mundo patas arriba para crear una nueva
raza, el amor que trae al mundo se convierte en cólera y él se vuelve un azote” (Miller.
2010. Página 310). Señala como Dostoievski en tanto un modo de ser escritor hiere, abre
intersticios, crea agujeros, llena lugares de penas para exorcizar la culpa, un hombre
arrinconado, singular: hombres como él, al que solo le quedan las palabras para resistir el
peso inmenso de un mundo aplastante y delirante, haciendo surgir palabras alegres, vitales,
pasionales, virulentas, potentes por el grito que se cuela en medio de los cuchicheos para
hacer chillar a los espíritus indomables y llenos de fuerza, golpeando, hiriendo los oídos
sensibles de los buenos hombres, cantando una música que hace estallar las notas
4 acompasadas y románticas de los cantantes de la gente melancólica, triste, ensimismada,
paralizada. Las palabras dice son soledad.
Muerte y vida.
De lo que se trata es de volver a vivir. Sentirse vivo sin recuerdos, sin reminiscencias, sin
memoria. Nada de fechas, de onomásticos, de ceremonias. Huyendo de todos esos discursos
sobre la muerte de los muertos, hablando sobre los que murieron y lo buenos y especiales
que fueron, sobre las calamidades que vivieron, lo ruines que fueron y lo arrepentidos que
se volvieron, sobre las mil maneras de suicidarse sin hacerlo, sobre lo barata que es la vida
y lo costosa que es la muerte. Sobre los disparates que ensombrecieron su cotidianidad
ordinaria y los fantasmas que rozan sus pies, sobre los hombres y las mujeres hartas de
¡tanto vivir! Sin la menor idea de a quien acudir por un abrazo, por una comida, por una
cama donde dormir las penas, las humillaciones, sin entender por qué el destino se ensaña
de esa manera con las pobres gentes, y pobres gentes no quiere decir pobres de hambre,
sino miseria del alma, del cuerpo, de la mente, del espíritu. Locos, mendigos, prostitutas,
obreros, artistas que vienen a París para volverse artistas, pues ya son artistas, artistas que
no son artistas pero se creen artistas, artistas malos, y entre ese mundo de gente: los artistas
que gritan, que producen chillidos, que hacen chirriar la música, los instrumentos, las
palabras. No le interesa la muerte abstracta, simbólica, fantasmal llena de ideas, sino la
muerte concreta: “al fin y al cabo, un hacha o un cuchillo tienen que tener un
mango”(Miller. 2010.Página 227).
Y en medio de la muerte de los muertos en vida, el lenguaje de la vida, el amor, vida hasta
el final, vida que salta como el bailarín a las cinco de tarde en medio del día y la noche,
entre el día y la noche sin futuro y sin pasado. Vida para volver a mirar, para oír el sonido
del jazz, para escuchar las voces que convierten la vida en sonidos de piano, música de
madera en locales cuya atmósfera de terciopelo nos levanta del asiento y nos acomoda en
un abrazo para seguir el impulso vital del deseo. Sin tener que pensar en la hora para ir a
trabajar. Músicas periféricas, imaginativas, extrañas que echan a perder el alma, que
5 confunden la mente, que acarician los oídos apenas se entra por la puerta, que huelen a
sudor y a perfume en: “un París que hay que experimentar cada día en mil formas diferentes
de tortura, un París que crece dentro de ti como un cáncer, crece y crece hasta
devorarte…Se puede vivir sin amigos, como se puede vivir sin amor, o incluso sin dinero,
ese supuesto sine qua non. Se puede vivir en París” (Miller. 2010. Página 239).
Cansancio, aburrimiento, depresión, hastío, queja, amargura: he ahí la muerte en vida.
Muriendo así la vida se vuelve tacaña, avara, vacía. Todo el tiempo luchando con la
barriga. Miller no tolera este modo de vivir la vida. Mejor morir de una buena enfermedad
que desintegrarse en vida. Mientras tanto vivir la vida, sentir el impulso de vivir en medio
de pensamientos alegres, de algarabía, de carnaval vagabundeando, potentes, fuertes,
afirmativos, sin esperar milagros en un mundo sin esperanzas, sin ilusiones, sin utopías,
solos, poniendo a prueba la voluntad sin otra explicación que el arte de vivir con las
energías renovadas con pasión y curiosidad, con una sed insaciable, sin reproches,
lentamente en la intensidad del sonido, del movimiento, de la luz, exprimiendo hasta la
última gota del jugo vital: en el umbral del mundo, en la alquimia de los sentidos, en la
transformación substancial de la realidad vuelta arte. Con el corazón. De pie, saltando,
brincando, bailando, cantando, en silencio gritando cualquiera que sea el lugar que se
ocupe, cualquiera que sea la posición en la que se este, entrelazados sin deformar la imagen
de la vida de modo que se corran los límites de este gran mundo.
***
continuará
Este documento de trabajo está próximo a publicarse.
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