el gran reto para el siglo 21 - Universidad Autónoma de Colombia

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EL GRAN RETO PARA EL SIGLO 21: VALORIZAR EL CAPITAL
HUMANO
Notas © preparadas por Julio SILVA-COLMENARES *
para una conferencia en el
I ENCUENTRO REGIONAL DE ADMINISTRADORES
de la CORPORACION UNIVERSITARIA DE LA COSTA -CUCBarranquilla, 19 de abril 1.996
CONTENIDO
INTRODUCCION: HACIA UN CAMBIO DE EPOCA
1. GRANDES CAMBIOS EN PROCESO DE TRABAJO Y EN LA ORGANIZACION Y
GESTIÓN EMPRESARIAL.
1.1 – Del trabajo manual a la robotización
1.2 – El nuevo mundo del trabajo
1.3 – Una profunda reorganización empresarial
2. EL IMPERATIVO SOCIAL DEL NUEVO ESTADO
3. PILARES DEL NUEVO HUMANISMO: PRODUCTIVIDAD, EQUIDAD Y LIBERTAD
4. GERENCIA PARA VALORIZAR EL CAPITAL HUMANO
INTRODUCCION: HACIA UN CAMBIO DE EPOCA
Cada vez más personas se convencen en todo el mundo que los grandes
cambios políticos, tecnológicos, económicos y sociales ocurridos en los
últimos lustros han sido de tal transcendencia y envergadura que no es un
simple juego de palabras decir que no estamos en una «época de cambios»
sino en un «cambio de época». Cambio que supone introducir una nueva
concepción sobre el hombre y el proceso de humanización. Esta nueva
concepción, desde el punto de vista económico y administrativo, coincide, en
términos generales, con lo que se ha venido denominando el «capital
humano». Hace poco Gary S. BECKER, premio Nobel de economía,
comenzaba un artículo publicado en Business Week diciendo que “la
productividad en las economías modernas depende fuertemente de la
inversión en la adquisición de conocimientos y de habilidades”. Y a
continuación señalaba que el “Capital humano es una parte tan importante de
la riqueza de las naciones como las fábricas, las viviendas, la maquinaria y
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otras formas del capital físico. En efecto, los economistas estiman que el
capital humano representa mucho más de la mitad de toda la riqueza en los
Estados Unidos y otras naciones de economía avanzada”. Mientras la
inversión privada en capital físico representó en los Estados Unidos menos
del 15% del producto bruto doméstico en los últimos años, la inversión en
capital humano fue mucho mayor.
Por tanto, el gran reto hacia el siglo entrante de sociedades como la nuestra es
aumentar y mejorar la inversión en capital humano, dentro de la cual los
rubros más importantes son educación y salud (que en los EE.UU.
representan más del 20% del producto bruto doméstico), seguidos por la
recreación. Y para este proceso de valorizar el capital humano se cuenta con
un novedoso desarrollo en el campo gerencial: la gerencia social, orientada
hacia el manejo eficiente y eficaz de las empresas que tienen esta finalidad:
aumentar el valor, valorizar, al capital humano. En estas notas queremos
pasar revista a las principales megatendencias que se avizoran en la
perspectiva del siglo 21, poniendo un mayor énfasis en los cambios en el
proceso de trabajo y en la organización y gestión empresarial que, junto con la
discusión sobre un nuevo humanismo, son derroteros esenciales para los
próximos decenios.
1. GRANDES CAMBIOS EN EL PROCESO DE TRABAJO Y EN LA
ORGANIZACION Y GESTION EMPRESARIAL
1.1 - Del trabajo manual a la robotización
Para ubicar los cambios que ocurren en el proceso de trabajo, vale la pena
recordar la comparación que hace Alvin TOFFLER en el capítulo primero de
su libro «El shock del Futuro». Comienza TOFFLER diciendo que durante
los "últimos 300 años, la sociedad occidental se ha visto azotada por la
furiosa tormenta del cambio". Y más adelante observa que "si los últimos
50.000 años de existencia del hombre se dividiesen en generaciones de unos
sesenta y dos años, habrían transcurrido, aproximadamente, 800 generaciones.
Y, de estas 800, más de 650 habrían tenido las cavernas por escenario".
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"Sólo durante los últimos sesenta lapsos de vida --continúa TOFFLER-- ha
sido posible, gracias a la escritura, comunicar de unos lapsos a otros. Sólo
durante los últimos seis lapsos de vida han podido las masas leer textos
impresos. Sólo durante los últimos cuatro ha sido posible medir el tiempo con
precisión. Sólo durante los dos últimos se ha utilizado el motor eléctrico. Y
la inmensa mayoría de los artículos materiales que utilizamos en la vida
cotidiana adulta ha sido inventada dentro de la generación actual, que es la
que hace el número 800". Y el mismo TOFFLER recuerda que el planificador
y filósofo francés Jean FOURASTIE dijo que "nada será menos industrial que
la civilización nacida de la revolución industrial" [TOFFLER Alvin. El
"shock" del futuro. Plaza & Janes, Barcelona, 1984. pp. 23 y ss].
Palabras que la historia reciente comprueba de manera fehaciente. En el
mundo de hoy cada vez menos personas, en términos relativos e incluso
absolutos, se dedican a producir bienes agrícolas e industriales, mientras crece
a gran ritmo la proporción de personas que trabajan en las nuevas actividades
de servicios. Basta mencionar que por cada persona que produce alimentos en
el campo o bienes durables como automóviles o utensilios domésticos, existen
decenas o quizá centenas de personas que participan en la larga cadena de
distribución en supermercados y restaurantes o en la amplia diversidad de
servicios que se ofrecen para mantener en funcionamiento el transporte
automotriz y los enseres domésticos, cada vez más complejos pero de mayor
utilidad.
Lo anterior no significa que el trabajo esté desapareciendo o que los
trabajadores pierdan importancia. Lo que está cambiando con gran
velocidad son el objeto y los medios de trabajo y el modo de trabajar.
Siempre será necesario recordar que el trabajo, entendido como la apropiación
de la naturaleza por el hombre para satisfacer sus necesidades, jugó un papel
determinante en la transformación de homínidos a seres pensantes. La
conversión del trabajo en la condición «sine qua non» del hombre aceleró el
proceso de socialización del propio hombre y facilitó la consolidación del
concepto de Humanidad, que es bastante reciente. Luego, junto a la
Humanidad, fue surgiendo el concepto moderno de ciencia, entendida como
conocimiento sobre el desarrollo de la naturaleza, la sociedad y el
pensamiento. La conjunción de hombre, trabajo y ciencia da hoy como
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resultado una gama muy compleja de formas y expresiones materiales,
sociales y espirituales que caracterizan lo que en términos generales se llama
«modo de vida». Modo de vida que cada vez tiende a ser más homogéneo y
universal. Por eso puede decirse que se avanza hacia una cultura de
producción y consumo mundial, globalizada.
A su vez, también avanza el proceso simultáneo y complementario de
humanización, esto es, de realización de los valores supremos del hombre
por medio de la satisfacción de las necesidades materiales, sociales y
espirituales, teniendo cada vez un mayor peso lo espiritual y social. Por eso
hoy se habla de un nuevo Renacimiento o del nacimiento de una nueva
espiritualidad. Todo el análisis anterior y lo ocurrido durante este siglo obliga
a que ahora se coloque con mayor fuerza en el centro de todas las ciencias -incluidas las humanas y sociales, que tienden a desestimarla-- la máxima
planteada por Protágoras hace más de 24 siglos en Grecia en el sentido de que
«el hombre es la medida de todas las cosas».
Pero no es volver al mismo hombre de hace 24 siglos sino al hombre de la
generación siguiente a la 800 de que habla TOFFLER. Aunque parece no
existir una razón explicativa sólida, creemos que en la humanización de la
ciencia juega un papel esencial el paso que vivimos hoy de la «era de la
electrónica y la informática» a la «era de la biología», que se apoya en todos
los desarrollos válidos de la revolución industrial de antaño y la revolución
científico-técnica de hogaño. Expresión de tal simbiosis o intervinculación es
el campo de los nuevos materiales, en donde a veces son «borrosos» los
límites entre lo orgánico y lo inorgánico.
La incorporación directa e intensa de la biología en la práctica acelera de
manera notable el proceso de transformación de la ciencia en fuerza
productiva directa de la sociedad. Estamos, pues, en vísperas de una
biologización de la producción, que se extenderá a su quimización, su
cibernetización, etc. Simbiosis que podrá producir cambios y cosas nunca
imaginados por el hombre, sobre todo cuando al mismo tiempo se pasa de la
automatización a la robotización. Todas estas transformaciones obligarán
al hombre del futuro a tener mejor memoria histórica, mayor integridad moral
y más armonía cultural.
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El desarrollo vertiginoso del conocimiento científico durante este siglo ha
borrado con rapidez la delimitación entre las ciencias, al tiempo que los retos
que se plantean ante la ciencia adquieren cada día mayor envergadura y
complejidad. El progreso de la ciencia y de la técnica conduce al nacimiento
de una multitud de ciencias y disciplinas nuevas, entroncándose ramas del
saber que antes permanecían aisladas. Así, por ejemplo, nació la bioquímica,
cuyo objetivo esencial es la biosíntesis, es decir, la producción artificial de
seres vivos, o la biotecnología, dedicada a reorientar la vida con la mano del
hombre, incluida la manipulación genética, entendida no en sentido
peyorativo sino de acción manual.
En el pasado, la ciencia y la técnica se desarrollaban de manera simultánea
pero sin encontrarse sus cauces. Hoy, entre ciencia y técnica se da una
estrecha vinculación; por ser su fuente motriz, el progreso de la primera
motiva el de la segunda. Más aún, mediante la técnica, la ciencia se incorpora
cada vez más a la producción, pasa a ser una fuerza productiva directa de la
sociedad. Como es natural, la aceleración del conocimiento y del desarrollo
científico no sólo afecta la vida de los hombres en cuanto crea nuevos
problemas, sino que también ha favorecido el desarrollo de nuevos bienes y
servicios para atender las crecientes necesidades materiales, sociales y
espirituales. El catálogo de bienes y servicios de que dispone el hombre hoy
era inconcebible sólo hace unos decenios y se considera que más de la mitad
de los bienes que tendrá a su servicio a principios del siglo entrante aún no se
han inventado y algunos ni siquiera concebido.
Pero no toda la población del globo terráqueo tiene acceso a los últimos
aportes de la ciencia y la técnica. Hoy, no menos del 70% de la población
vive como hace siglos, según el nivel de sus medios de trabajo y de uso
familiar; el 25%, ubicado en sociedades desarrolladas, son los «hombres del
presente», y sólo el 2 ó 3% de la humanidad, los habitantes de las grandes
metrópolis, son los «hombres del porvenir», es decir los que viven como
millones de individuos lo harán mañana. Como dice TOFFLER, "Son los
baqueanos de la humanidad, los primerísimos ciudadanos de la sociedad
postindustrial mundial parida hoy en el dolor".
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1.2 - El nuevo mundo del trabajo
La revista estadounidense Business Week publicó en octubre de 1.994 un
informe especial con el atractivo título de «Repensando el trabajo»
[Rethinking work] o «El nuevo mundo del trabajo» [The new world of work]
y una sugestiva interrogación como encabezado: “La economía está
cambiando. Los empleos están cambiando. La fuerza de trabajo está
cambiando. ¿Estamos preparados?”. Y en verdad es sorprendente lo que se
espera cambie el mundo del trabajo de aquí a la primera década del siglo
entrante –poco menos o poco más--.
De acuerdo con la revista citada y según cálculos del Departamento de
Trabajo de los Estados Unidos, se considera que los grupos ocupacionales que
tendrán un mayor incremento en la participación en el total del empleo entre
1.992 y 2.005 serán los profesionales con 12.4%, los técnicos con 8.3% y el
personal de gerencia con 3.0%, como se observa a simple vista, el mayor
incremento ocurrirá en ocupaciones que requieren el manejo de
conocimientos complejos y altas habilidades y que son, por consiguiente,
las mejor remuneradas. En cambio disminuirá en forma pronunciada la
participación de los trabajadores del campo y los bosques en 13.8%, de
operarios y obreros en 10.4%, de artesanos en 7.1%, del personal
administrativo en 6.5% y de la gente en ventas y mercadeo en 6.5%, siendo
estas las ocupaciones que menos conocimientos y habilidades especiales
demandan y, por ende, tienen los salarios más bajos. Entre los grupos de
bajos salarios y conocimientos el único que se espera aumente es el de los
trabajadores del servicio, como un incremento del 9.4%. Todo muestra que se
producirá un cambio sustancial en el perfil de la fuerza de trabajo
estadounidense, con un rápido abandono de las actividades «sucias» y
«pesadas» y la sustitución por un trabajo más «limpio» y «pensante». Es
decir, se requerirá capital humano con una mayor valorización.
De otro lado, en la mayoría de las actividades tradicionales las empresas están
disminuyendo la ocupación. Puede decirse que, en términos generales, en la
industria no se han creado empleos nuevos en los últimos años –y su empleo,
en términos relativos, ha disminuido en el mismo lapso--, a pesar de que el
volumen de los artículos industriales producidos se ha multiplicado por varias
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veces. El incremento en la producción lo ha aportado la elevación de la
productividad. Algunos datos bastan para comprobar lo anterior; según la
Organización Internacional del Trabajo –OIT-, en los llamados países
«industrializados» la ocupación en la industria disminuyó del 37% del total
del empleo en 1.965 al 26% a principios de la década de los 90 y en la
agricultura del 22% al 7%, mientras en los servicios ascendió del 41% al
67%. En países como Estados Unidos esta transición ha sido más profunda y
acelerada; así, por ejemplo, desde 1.986 la IBM ha eliminado más de 171.000
puestos de trabajo, en un negocio de producción y ventas crecientes como es
la computación.
Incluso en los países en desarrollo ya comenzó esta transición, pues la
ocupación en la agricultura cayó del 72% en 1.965 al 61% al comienzo de los
noventa y en la industria sólo se elevó del 11% al 14%, mientras en los
servicios creció del 17% al 25%. Si se toma a Colombia como ejemplo, según
datos generales del Departamento Nacional de Estadística –DANE- para
principios de la década de los 90 más del 46% de la población ocupada, esto
es, cerca de 5 millones de personas, se encontraba en los servicios y el
restante 54% en la producción de bienes, pero en estas actividades casi uno de
cada cuatro trabajadores realizan tareas de servicios a la producción, como
son los empleados administrativos y de ventas y mercadeo.
Pero no sólo cambia el perfil de lo que todavía se llama fuerza de trabajo –
pero que cada vez es menos «fuerza»--, sino también las propias modalidades
de vinculación laboral y el ingreso que se deriva de ella. En las ocupaciones
de «punta» tiende a dársele más fortaleza, más poder de decisión a las
personas [lo que se conoce como «empowerment»], junto con la
compensación de una mayor remuneración, pero al costo de una mayor
movilidad y, es probable, de una disminución del ingreso real. Un cuarto de
los estadounidenses empleados hoy lo están por contratos temporales, de
tiempo parcial o por labor específica; de éstos, cerca del 20% está en tiempo
parcial y un 2% por contratos específicos; además, ya llega al 8% la población
por cuenta propia o «auto-empleadora».
Como se lee en la revista SUMMA de marzo de 1.995 en la traducción del
artículo “¿Cuáles serán los empleos del mañana?” tomado del semanario
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alemán DER SPIEGEL, la “próxima transformación radical económica y
técnica va a acabar con millones de empleos, eso es seguro, y va a crear
muchos empleos nuevos, esa es la esperanza. Pero las nuevas posibilidades
no van a surgir necesariamente en el mismo lugar ni para las mismas
personas”. Allí mismo se dice que en “la investigación y el desarrollo, en la
organización y en la aplicación del derecho, en la educación y la asesoría
están los empleos del futuro (…)”.
No obstante, hay que tener en consideración una paradoja que debe
investigarse con detenimiento. Aunque los salarios individuales han
disminuido en términos de valor constante en muchos países en los últimos
lustros, la «canasta familiar» o conjunto de bienes y servicios que consumen
las familias ha aumentado en el mismo tiempo, lo que significa una mejoría en
las condiciones de vida; no sólo se ha elevado la expectativa de vida y el nivel
de educación, sino que a simple vista el catálogo de utensilios y servicios de
que disponen y pueden adquirir los hogares también es mayor en casi todos
los países del mundo que hace algunos lustros.
Varios aspectos, en procesos simultáneos, pueden ayudar a explicar esta
paradoja. Así por, ejemplo, si en los últimos 50 años casi se ha triplicado la
población mundial, en igual lapso el PIB mundial se sextuplicado y, por
consiguiente, el PIB percápita se ha triplicado; esto significa que hoy se habla
de un «nivel de pobreza» sobre un ingreso familiar bastante más alto y, por
ende, con capacidad de comprar más bienes y servicios que antes. En adición
a lo anterior, la progresiva incorporación de la mujer y de hijos solteros al
mercado laboral, debe haber incrementado el ingreso familiar disponible. De
otro lado, la elevación de la productividad en muchas ramas ha disminuido en
términos constantes los precios de muchos bienes y servicios; así, por
ejemplo, la mayoría de los bienes que incorporan tecnología electrónica y de
telecomunicaciones son hoy más baratos que hace algunos años. Lo difícil
todavía es precisar cuanto puede aportar cada uno de estos procesos a la
explicación de la paradoja.
1.3 - Una profunda reorganización empresarial
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Ya casi nadie duda que la década de los 90 coincide quizá con las más
profundas y vertiginosas transformaciones ocurridas durante este siglo en la
estructura, el funcionamiento y la cultura interna de las empresas.
Transformaciones que en buena parte son estimuladas por la revolución
científico-técnica en marcha y los cambios en el papel del trabajo en el
proceso de producción y la distribución de bienes y servicios, como en forma
sucinta se vio en párrafos anteriores. Sin pretender dar respuesta a todas las
preguntas pendientes sobre un tema tan complejo, algunas de las
transformaciones más importantes o evidentes pueden resumirse así para
facilitar la comprensión del fenómeno.
 La industria manufacturera, nacida en el siglo 19 y que sustituyó a la
milenaria actividad agropecuaria como principal ocupación de los
hombres, en menos de un siglo comenzó a ser sustituida por las
empresas de servicios. Esa misma industria, que revolucionó al mundo,
fue devorada, en un proceso dialéctico, por su propio desarrollo y de sus
entrañas «nacieron» las «criaturas» que la están reemplazando: la
informática, las comunicaciones y el servicio a las personas y los bienes.
Esto mismo explica el declive del movimiento obrero y su expresión
organizativa en los sindicatos.
 En el curso del siglo 20 se pasó de la mecanización a la automatización
y a la robotización computarizada en la producción industrial, con una
similar introducción acelerada de la computación en los servicios. Así
mismo, de la producción de bienes materiales se pasa a la producción de
servicios para las personas y los bienes y de los artículos muy
diferenciados y con alto valor agregado en ciencia y tecnología.
 De las gigantescas empresas de la primera parte del siglo 20, en donde se
quería hacer de todo –de lo que es buen ejemplo la industria automotriz--,
se pasa al «fraccionamiento» y al «eslabonamiento» en la producción y
la distribución; proceso similar ocurre en los medios de comunicación, una
de las actividades económicas de mayor desarrollo en los últimos lustros.
La moderna tecnología y el nuevo tipo de trabajador que está «creándose»
dificulta organizar el trabajo en forma centralizada y burocrática.
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Otros cambios no menos importantes en las empresas y los mercados son,
entre muchos, los siguientes:
 En la organización fabril se pasa de la línea de montaje a la producción
flexible para satisfacer con oportunidad las necesidades de los
consumidores; en las oficinas se sustituye el manejo de papeles y de datos
por el uso de información condensada en computadores para producir
estadísticas como herramienta esencial de la gerencia.
 Al lado del empresario individual y la empresa local han surgido las
empresas transnacionales y mundiales, poseídas por gigantescos
propietarios colectivos; de los mercados locales se está pasando a los
mercados regionales y mundiales. Crece el papel de la pequeña y
mediana empresa, en especial bajo formas asociativas más solidarias, y
de un nuevo tipo de empresario, más comprometido con el desarrollo
sostenible y el cambio social. Al mismo tiempo, en casi todo el mundo se
desarrollan nuevas oportunidades por el retiro de muchas entidades
estatales de actividades en donde el empresario privado puede ofrecer más
eficiencia económica sin sacrificar la eficacia social.
 Y como anotación final, recordemos que el viejo «taylorismo» es
sustituido por las novísimas concepciones de la calidad total, la planeación
y dirección estratégicas, el mejoramiento continuo, la reingeniería y otras
de casi diaria aparición. En la estructura organizacional se pasa de los
esquemas verticales y jerarquizados a la «pirámide invertida» y a la
gerencia democrática o participativa de hoy.
2. EL IMPERATIVO SOCIAL DEL NUEVO ESTADO
En el último siglo ha cambiado en forma sustancial el modo de percibir la
sociedad su responsabilidad con los sectores más desprotegidos de la
población. Durante miles de años esta responsabilidad recayó en la familia o
el grupo social más inmediato; en el siglo 19, con la expansión del mercado,
la movilidad de la fuerza de trabajo y la división social de la producción, esta
obligación empezó a transferirse a la nueva institución del Estado nacional.
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Primero, como protección de los menesterosos, luego, de los asalariados, y
hoy, de la inmensa mayoría de la población, a través de las políticas
gubernamentales de seguridad social y calidad de vida, incluida la
protección de la naturaleza para asegurar, como se dice ahora, un crecimiento
económico sostenible con desarrollo humano.
Lo anterior también ha significado cambios sustanciales en las funciones del
Estado y la llamada sociedad civil y en los medios para satisfacer las
necesidades sociales, las que también han venido modificándose en el
transcurso del tiempo. Así, por ejemplo, en el siglo 19 la atención a los
enfermos --no existía el concepto moderno de cuidado o cultura de la salud-se consideraba obligación de asociaciones caritativas y no del Estado, o la
disposición de vivienda digna o el disfrute de tiempo para la recreación
recuperadora no se consideraban necesidades sociales que habrían de
garantizarse de alguna manera. Pero al tiempo que se elevan de rango las
responsabilidades sociales del Estado, también se plantea la conveniencia de
distinguir más, o aún mejor, de separar, las funciones y actividades relativas
al recaudo y la asignación de los recursos para satisfacer necesidades básicas
sociales, de las funciones y actividades propias de la producción y
distribución de bienes y servicios sociales.
Así mismo, debe tenerse en cuenta que en América Latina y el Caribe, así
como en otras regiones del llamado antes «tercer mundo», la pobreza no es
resultado de naciones pobres sino de modos de desarrollo inequitativos, ya
que, según experiencia reciente, con frecuencia los altos niveles de protección
favorecieron el desarrollo de una aguda concentración del capital y de
monopolios privados que se enriquecieron con mercados cautivos, al tiempo
que un fuerte estatismo no llevó al Estado del Bienestar sino a que los
grandes capitalistas privatizaran en su favor el poder estatal.
Pero si la pobreza podía coexistir con sociedades cerradas, ello es imposible
cuando hay que modernizarse para sobrevivir en la competida economía
internacionalizada de hoy. Ese mundo ineficiente de los monopolios y que
podía existir con recursos humanos de escasa educación y gran atraso en sus
habilidades de trabajo, con aguda insalubridad e incapacidad laboral, en
pésimas condiciones de entorno y vivienda, ahora es incapaz de afrontar con
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posibilidades de éxito la globalización en marcha. Hoy se insiste cada vez
más en que la pobreza no es sólo un problema de ingreso insuficiente sino
de valorización del capital humano. Con un capital humano pobre,
desvalorizado, es muy difícil desarrollar ventajas competitivas. Por eso,
punto fundamental del orden del día es pasar a la fase social de la
internacionalización o hablar del imperativo social del nuevo Estado.
En la actualidad, no debe restringirse la modernización al cambio
tecnológico en algunas actividades, como la intermediación financiera o las
comunicaciones, o en los grandes grupos económicos, sino que debe
entenderse también como el ingreso de sectores amplios de la población a
la vida moderna: agua potable, capacitación técnica, saneamiento ambiental,
educación, salud, cultura, ciencia, etc. No podrá haber modernización del
país si no se erradica o, por lo menos, se remedia en parte sustancial, la
enfermedad social endémica de la pobreza. Millones de colombianos viviendo
en las pésimas condiciones del pasado, no pueden dejar dormir tranquilos a
los miles que viven con un pie en el siglo 21.
En razón de lo anterior, existe ya una fuerte convicción sobre la necesidad de
incrementar el gasto social e incorporar la equidad como elemento
fundamental del proceso de desarrollo y de la política gubernamental,
sustituyendo la anterior concepción de que el desarrollo social era un
producto marginal del crecimiento económico, en cuyo caso la política social
estaba subordinada a la política económica. Hoy se considera que entre las
dos debe haber una estrecha articulación y complementación y que el gasto
social no sólo es un componente básico del consumo sino que también puede
considerársele como factor de crecimiento económico, en razón de la
demanda de bienes físicos que genera. Esta reorientación o redefinición, que
no sólo tiene implicaciones prácticas sino también teóricas o programáticas,
forma parte de un cambio mundial hacia el énfasis en lo social o lo que hemos
llamado el imperativo de lo social.
Pero la equidad no implica el absurdo igualitarismo que quiso imponerse en el
fracasado modelo del socialismo burocratizado. La equidad significa tratar
en forma desigual a los que son desiguales, es decir, dar más a los que
tienen menos y menos a los que tienen más. Así mismo, impone ofrecer
bienes y servicios diferentes a quienes están en condiciones diferentes. O sea
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ofrecer bienes y servicios iguales u homogéneos para quienes están en igual
situación, diferenciando tales bienes y servicios para quienes están en distinta
situación, pues diferente es su demanda.
Como en cualquier mercado, habría que tener en cuenta las peculiaridades de
los consumidores/usuarios, pero al ser un mercado de bienes y servicios
sociales hay que asegurar el acceso de quienes tienen más dificultades y dar
más a los que tienen menos. Lo importante es que los «precios políticos» que
deben tener algunos bienes y servicios esenciales estén muy bien
identificados y justificados y que no correspondan al pago de ineficiencias o
de actividades corruptas o dolosas. De esta manera, puede introducirse el
principio antiquísimo de la productividad: hacer más con menos, que en
este caso se traduciría en ampliación de la cobertura y mejoría de la calidad en
bienes y servicios sociales, con menos o iguales recursos y con mayor
equidad.
El nuevo Estado es fuerte no porque interfiere en la vida económica y sociopolítica --como lo hacía el viejo Estado--, sino porque regula y protege el uso
de los recursos de la sociedad en procura de un desarrollo armónico e
integrador. El estado intervencionista se fue privatizando al caer en poder de
grupos cerrados, que lo utilizaban en su beneficio particular; hoy se busca un
Estado desprivatizado, público, esto es, que ponga los intereses sociales por
encima de los privados.
Sin duda, el gran reto para el siglo 21 es avanzar en el proceso de desarrollo
de la sociedad humana. Sin que se niegue la historia de la humanidad --el
tránsito de unas etapas o formaciones socioeconómicas a otras--, el desafío es
insertarse en la historia de la humanización, entendida como la búsqueda y
encuentro de los valores supremos del hombre, en un mundo de ascendente
libertad y respeto por el individuo. Todo indica que cada vez los hombres se
unen menos alrededor de ideologías y más en torno a sus intereses concretos,
tanto materiales como sociales y espirituales.
3. PILARES DEL NUEVO HUMANISMO:
PRODUCTIVIDAD, EQUIDAD Y LIBERTAD
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Volviendo a la idea inicial, no hay evento de cierta importancia, como este
Encuentro Regional de Administradores, en que no se discutan los cambios
ocurridos en los últimos lustros y lo que significan como transformaciones
profundas en la sociedad humana. Como insistimos con la frecuencia que es
posible, estamos ante un verdadero «cambio de época» y sólo quienes quieren
mantenerse anclados en el pasado y no ven este cambio, insisten en
«construir» sociedades que no son «viables», ya que la propia dialéctica de la
vida así lo demostró. Pero se equivocan también quienes hablan del «fin de
la historia» y de la «muerte del Estado». Pues como dice Peter Drucker en
su último libro, «La Sociedad Postcapitalista», (así no se esté de acuerdo con
esta denominación) "La nueva sociedad, que ya está aquí (...) No será una
sociedad anticapitalista. No será ni siquiera no-capitalista. (...) el centro de
gravedad de la sociedad postcapitalista --su estructura, su dinámica social y
económica, sus clases sociales y sus problemas-- son distintos de los que
dominaron durante los últimos 250 años y definieron las cuestiones en torno a
las cuales cristalizaron los partidos políticos, los grupos sociales, los sistemas
de valores de la sociedad, los compromisos personales y políticos".
Por eso es lícito hablar hoy de la necesidad de generar formas nuevas de
propiedad social, ya sean colectivas o individuales; no se pueden confundir
la «iniciativa personal», la «autogestión» o las «empresas asociativas» que
planteamos quienes hablamos de modelos alternativos de desarrollo, con el
«individualismo», el «egoísmo» o la «libre empresa» del capitalismo. Así
como en lo político y lo social la democracia significa la más amplia
participación de los ciudadanos, en lo económico se plantea abrir un mayor
espacio a la iniciativa personal o a los individuos, dando paso incluso a la
elección por los trabajadores de los directores en algunos tipos de empresas.
En igual sentido es indispensable que se busque una concepción nueva del
mercado --distinta por esencia a la capitalista--, así como un nuevo sistema
de precios y medios de distribución que, teniendo en cuenta que vivimos en
una sociedad mercantil, no soslaye las contradicciones entre valor y precios y
entre producción y consumo --como lo hacen algunas tendencias del
pensamiento económico--, contradicciones para las que deben encontrarse
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soluciones distintas a las del capitalismo, no tanto por la forma cuanto por el
contenido.
Si se define a la nueva sociedad como una sociedad de «productores libres»,
es necesario pensar en la vigencia renovada de las relaciones monetariocrediticias --expresión de las relaciones mercantiles--, ya que éste sería el
principal mecanismo para ordenar y facilitar las relaciones entre los
productores --organizados bajo distintas formas de propiedad--, así como
entre éstos y los consumidores, en especial de bienes de consumo duradero, y
separados, unos y otros, a su vez, tanto en el espacio como en el tiempo.
Por tanto, al tiempo que se buscan principios y métodos nuevos de
orientación, dirección y gestión de los asuntos sociales, muchos pensadores
en todo el mundo están embarcados en un amplio debate teórico para
actualizar y desarrollar con audacia y creatividad las concepciones filosóficas,
económicas, políticas y sociológicas, así como en otras ciencias, para ponerlas
a la altura de las exigencias de la época contemporánea. Renovación que
debe hacerse sobre la base de tres pilares fundamentales: productividad,
equidad social y libertad individual.
Por eso no es sólo oportuno sino indispensable insistir en la formulación de
teorías y estrategias propias, sin renunciar al acervo científico universal. En
esta búsqueda teórica --que entrelaza lo nuevo con lo viejo, lo autóctono con
lo foráneo, lo general con lo particular-- hay que trabajar sobre la idea muy
actual del «mundo íntegro» y del «nuevo humanismo» para el siglo 21, esto
es, el verdadero humanismo que tantos pensadores --desde hace muchos
siglos-- han bregado por cimentar.
4. GERENCIA PARA VALORIZAR EL CAPITAL HUMANO
Vista la necesidad de valorizar el capital humano, como el gran reto para el
siglo 21, todo nos lleva a insistir que en cuanto al estilo y el perfil que se
requiere para «gerenciar» programas y proyectos sociales, en general, y
empresas sociales, en particular, hay que empezar por reconocer que no es
suficiente ser un buen profesional --incluso, excelente-- para poder dirigirlos
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EL GRAN RETO PARA SIGLO 21: VALORIZAR EL CAPITAL HUMANO
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con éxito, ya que esta responsabilidad desborda cualquier formación
especializada. Cuando, por ejemplo, se nombra como director de un hospital
a un magnífico médico o de un centro educativo a un reconocido catedrático,
se oye con frecuencia el comentario de que «se perdió un destacado
profesional y se ganó un pésimo gerente» Y ello es de esperarse, pues los
problemas y objetivos que ha de enfrentar como gerente son muy diferentes a
aquellos del ejercicio profesional y para los que fue preparado, comenzando
con que son empresas cuyo proceso de producción es uno de los más
difíciles, pues se hace, no tanto con máquinas sino con hombres, y su objeto
principal de trabajo, lo que debe valorizarse, son hombres. Incluso esta
dificultad no se resuelve nombrando profesionales de las ciencias
administrativas y económico-contables, pues también su preparación básica -muchas veces bastante atrasada-- se orienta a resolver problemas específicos
de su profesión --y ello debe ser así-- y no los propios de la gerencia, que se
mueven a otro nivel de complejidad, a otro ritmo y requieren otros conceptos,
técnicas y habilidades.
Hemos de decir que los directivos de los programas y empresas sociales no
sólo deben estar capacitados para ser gerentes, como en cualquier empresa o
negocio, sino que su formación debe tener algunos elementos adicionales, que
dan la peculiaridad del perfil y el estilo deseados. Quizá lo primero a recordar
es que el mundo de lo social cuenta con situaciones de mayor
incertidumbre y complejidad que en otras actividades industriales,
comerciales y financieras tradicionales. Por tanto, también se requiere una
más compleja y permanente negociación y concertación con distintos
órganos del Estado, diferentes niveles e instituciones del gobierno, con
entidades de otros sectores y, sobre todo, con la comunidad, con los propios
ciudadanos/clientes a quienes se destinan los bienes y servicios sociales, y
para quienes la condición de ciudadano prima sobre la de cliente, pues se está
en presencia de derechos sociales, muchos de ellos irrenunciables.
También es indispensable que pueda identificar en ese mundo de mayor
complejidad e incertidumbre las señales del entorno o, diciéndolo en términos
más precisos, del mercado específico de bienes y servicios sociales en que
se mueve. Pero esta orientación hacia el mercado no puede excluir la
necesaria formación para la concertación y el compromiso, esto es, para el
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cambio social, el desarrollo humano y la democratización, entre los
principales valores que pueden mencionarse.
Sin caer en la discusión bizantina de si un gerente debe ser más técnico que
humanista, o más práctico que teórico --que en la vida real es un falso dilema-, es necesario repetir que el sector social requiere gerentes con alta calidad
técnica y humana en su desempeño habitual, que soporten las decisiones
prácticas con un buen conocimiento teórico, complementando así su
formación específica profesional con lo característico de esta modalidad de la
gerencia moderna. Debe ser hábil, sobre todo, para innovar, experimentar e
improvisar, así como para analizar las perspectivas en diversos escenarios, sin
salirse de la misión, la visión, los objetivos y las estrategias
predeterminados y más bien para poder cumplirlos en forma acertada; debe
partir de la certeza de que en la «aldea mundial» de hoy no existen caminos
únicos o lineales; recordando el conocido verso de Machado, «caminante, no
hay camino, camino se hace al andar».
Todo lo anterior supone una persona de mente abierta, con un panorama
integral de la situación y que acepta diversas apreciaciones sobre un
problema, aunque en muchos casos tiene que asumir la responsabilidad
personal de una decisión. Para ello requiere añadir al ya tradicional enfoque
multidisciplinario el más dialéctico de la transdisciplinariedad, así como
manejar una buena capacidad de negociación interorganizacional.
Y por encima de todo --diferenciándose de los gerentes de otros sectores-debe ser una persona que trabaja con y para la comunidad, como un agente
dinámico y multiplicador del cambio social. En conclusión, dadas las
condiciones de pobreza de millones de personas --afectándose sobremanera la
niñez que habrá de conducir nuestra sociedad en la aventura luminosa del
siglo 21-- y la tarea que le compete en la solución de la «deuda social» a las
entidades que dirigen, producen o distribuyen bienes y servicios sociales, el
gerente social, en adición a la responsabilidad de cualquier gerente, esto es,
de asegurar la supervivencia, la competitividad y la rentabilidad económica
y/o social de su institución, debe coadyuvar a garantizar la ampliación del
bienestar y la equidad y el mejoramiento de la calidad de la vida.
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© Propiedad intelectual de Julio SILVA-COLMENARES.
permiso.
Prohibida su reproducción sin
* Economista, Contador Público, Administrador de Empresas, PhD en Economía y Doctor en
Ciencias Económicas de la Universidad de Rostock (Alemania); miembro de número y secretario
general de la Academia Colombiana de Ciencias Económicas; profesor emérito de la Universidad
Autónoma de Colombia; profesor visitante de postgrados en varias universidades de Colombia;
autor de más de 20 libros y folletos y de más de 200 ensayos y artículos publicados en el país y en
el exterior; en la actualidad, Director de Postgrados de la Facultad de Ciencias Económicas y
Sociales de la FUAC y columnista de la página editorial del diario económico y empresarial La
República.
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