Poesía lírica romántica

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Su castillo es muy antiguo,
hundióse en el mar profundo,
y se yergue con firmeza
contra los cielos oscuros.
Poesía romántica alemana, inglesa, francesa,
norteamericana 1
CANCIÓN DEL MINERO
Un lazo muy misterioso
domina a todos sus súbditos,
y las nubes son banderas
entre los rocosos muros.
Conozco un fuerte castillo,
que un rey en silencio habita,
con magnífico cortejo,
mas nunca sus torres pisa.
Sólo la prudencia sana
descifra el misterio vano,
y si el interior descubre,
la libertad ha triunfado.
Oculto está su tesoro,
con invisibles vigías,
y los manantiales puros
desde lo alto le visitan.
Y lo que han visto las aguas
en los astros celestiales
Una estirpe innumerable
ciñe las puertas cerradas.
Ningón muro sus abismos
opone al hombre valiente,
quien confíe en su labor
podrá ver al rey terrestre,
alcanzará sus estancias,
podrá espantar sus duendes,
ser el dueño poderoso
de sus salvajes corrientes.
Todos, como esclavos fieles,
al rey dulcemente alaban.
Por él se sienten felices,
y no prisioneras almas.
Ebrios de anhelos ficticios,
ignoran lo que reclaman.
Cuanto más visible sea
y sobre la tierra brille,
tanto mayor el poder
de los nuevos hombres libres.
Pocos son los que desdeñan
sus engañosos regalos,
y rondan aquel castillo
con afán de derribarlo.
Y el viejo castillo, al fin,
al furioso mar se rinde,
y el hombre vuelve a la patria,
que de su mal le redime.
Novalis
Al rey se lo cuentan todo,
y nunca cuentan bastante.
El se baña en sus corrientes,
se lava su cuerpo suave,
y en sus rayos se refleja
la pura y materna sangre.
CRUZO LLORANDO
Cruzo llorando la floresta umbría.
El tordo entre las ramas
canta con dulce voz:
“Por qué tan triste,
1 Francisco Montes de oca (ed.), La literatura en sus fuentes,
México, Porrúa, 1981, pp. 387-439.
1
tan triste está tu alma ?“
“Te lo dirán las negras golondrinas,
las negras golondrinas, tus hermanas;
ellas que hicieron sus pequeños nidos
en los balcones de mi dulce amada.”
Heine
Cuando me alcé y vi el alba del estío,
gemí por ti;
cuando reinó la luz y huyó el rocío,
y el mediodía entre las flores vi,
y el laso día en busca del reposo
partióse cabizbajo y presuroso,
gemí por ti.
LOS TRES SUEÑOS
Lloraba en sueños: con secreto espanto
soñé que estabas muerta, vida mía.
Desperté, y aún el llanto
por mi rostro corría.
Lloraba en sueños: con mortal despecho
soñé que me dejabas, inclemente.
Desperté, y largo trecho
lloré insensatamente.
Lloraba en sueños: con anhelo suave,
soñé, mi dulce amor, que aún eras mía.
Desperté, y, Dios lo sabe,
¡hoy lloro todavía!
Heine
Llegó tu hermana Muerte y exclamó:
“quiéresme a mí ?“
y tu dulce hijo el Sueño que lo oyó:
“¿me dejas anidar cerca d,e ti?; ¿me quieres ?“
como abeja a mediodía susurró.
Respondíle: “qué porfía!
no, no es a ti”.
La Muerte vendrá en cuanto hayas partido,
presto, ¡cuán presto!
el Sueño vendrá en cuanto hayas huido;
mas a ninguno osara pedir esto que a ti te pido,
¡oh, noche idolatrada! corre,
corre hacia mí desalentada;
ven presto, ¡ presto!...
P. B. Shelley
A LA NOCHE
Con rapidez camina, hacia Occidente,
noche sombría;
sal del antro brumoso del Oriente,
donde tejes durante todo el día,
para hacerte temer y hacerte amar,
sueños que hacen sufrir y hacen gozar,
noche sombría.
ODA A LA MELANCOLÍA
No acudas al olvido; no te inclines
al efecto letal de la morfina;
que en la noche tu frente nunca besen
los granos de rubí de Proserpina.
No hagas de adormidera tu rosario,
ni des a la alevilla venenosa
tu psique lasa, ni a los búhos dejes
compartir tu Tristeza misteriosa;
sombra a sombra vendrán con muda calma
y ahogarán los afanes de tu alma.
Si a ti desciende la Melancolía
como nube que al hacerse llanto
reverdece las flores agostadas,
Embózate en tu manto de hechicera
de astros bordado;
deslumbre al día tu alba cabellera;
bésale hasta dejarle extenuado,
y toca con tu mágica varilla
el campo, el mar y la cansada villa,
¡oh, instante ansiado!
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y el monte oculta en un espeso manto,
sacia entonces tu pena, en la alba rosa,
o en la ribera espléndida e irisada,
o en la riqueza de las peonías jóvenes,
Y si tu amiga muéstrase enojada
sostén su mano, olvide sus enojos,
y goza del encanto de sus ojos.
Pues morirá su encanto pasajero,
y el Goce, cuya mano está en su boca
diciendo adiós, y el triste Placer íntimo
que transforma en veneno cuanto toca.
Que aun en el mismo templo del Deleite
tiene su altar la fiel Melancolía,
que él sólo ve, y su paladar difícil
destroza los racimos de Alegría.
Tu alma su poder triste gustará
y al fin como trofeo penderá.
John Keats
Nada, pues, se movía, cuando al bajar la frente,
el cazador más viejo, que estaba prevenido,
ha mirado a la arena de cerca, y muy de prisa—
él, a quien nunca errar en nada se le ha visto—
nos ha dicho en voz baja que esas recientes huellas
anunciaban el paso, no exento de peligro,
de dos lobos cervales y dos tiernos lobeznos.
Todos hemos, entonces, sacadó los cuchillos
y escondiendo las armas de blancos resplandores,
paso a paso hemos ido las ramas separando.
Tres se paran, y yo, indagando por qué causa,
percibo de momento dos ojos abrasados.
y veo allá a lo lejos Cuatro ligeras formas
que bailan, a la luna, en medio de los brezos,
como hacen diariamente, ladrando, a nuestra vista,
cuando regresa el amo, los canes placenteros.
LA MUERTE DEL LOBO
Sobre la roja luna corrían nubes blancas
como sobre el incendio se ve escapar el humo,
y los bosques estaban Siniestros de blancura.
Íbamos en silencio, pisando el césped húmedo,
De forma parecíanse, la danza era su danza,
mas los hijos del lobo jugaban sin aullidos,
sabiendo que a dos pasos, durmiendo sólo a medias,
se acuesta entre sus muros el hombre, su enemigo.
por los espesos brezos y los breñales magnos,
cuando bajo los verdes abetos .hemos visto,
marcadas en la arena, las uñas espantosas
de dos lobos viajeros que habíamos batido.
El padre estaba en pie. Más lejos, junto a un roble,
su loba reposaba como el sagrado mármol
qu adoraba el romano, y en cuyos flancos rudos
los semidioses Rómulo y Remo se albergaron.
Reteniendo el aliento les hemos escuchado
y hemos parado un punto. Ni bosque ni llanura
lanzaban un suspiro al aire. Solamente
la negra giraldilla gritaba en las alturas,
El lobo acude y siéntase, las patas delanteras
erectas, y escondidas en tierra sus dos garras.
Se ha juzgado perdido al verse prisionero,
la retirada inútil, las sendas ya tomadas.
pues el viento, elevado por cima de la tierra,
rozaba con suspiros las torres solitarias,
y las grandes encinas mecidas entre rocas
parecían estar sobre ellas recostadas.
Entonces ha llevado a su bocaza enorme
del can más atrevido el cuello jadeante,
y no ha vuelto a cerrar sus férreas mandíbulas
a pesar de los tiros que daban en su carne,
3
ACUERDATE DE MI
Acuérdate de mí cuando la aurora
al sol abra su espléndido palacio;
cuando tienda la noche soñadora
su argénteo velo en el azul espacio;
y apenas tu albo seno con vivo ardor palpite
y al apacible sueño la oscuridad te invite,
oye en la selva umbría
mi voz que llega a ti
diciéndote: ¡ Alma mía,
acuérdate de mí!
y aun de nuestros cuchillos, que iguales que tenazas
se cruzaban hundiéndose en sus entrañas rojas,
hasta el postrer momento, que al perro estrangulado,
muerto mucho antes que él, bajo sus pies arrolla.
Abandónale entonces, y luego nos observa
con los grandes cuchillos hundidos en su cuerpo,
que lo atan ya a la tierra bañada con su sangre,
en tanto los fusiles rodéanle siniestros.
Nos mira todavía, y a poco se recuesta,
mientras lame la sangre que corre por su hocico,
y sin querer saber la causa de su muerte,
cierra sus grandes ojos y muere sin un grito.
Alfrede de Vigny
Acuérdate de mí cuando el destino
separe de la tuya mi existencia;
cuando herido me sienta en mi camino
por la edad, los pesares y la ausencia;
sueña en mi amor entonces, piensa en mi adiós eterno
que el tiempo y la distancia harán más firme y tierno;
y oye de noche y día
mi voz que estará así
diciéndote: ¡ Alma mía,
acuérdate de mí!
PÁLIDA ESTRELLA DEL ATARDECER
Pálido astro nocturno, mensajero lejano,
que surges, entre velos del poniente, sangriento,
desde tu azul palacio del hondo firmamento,
¿qué es lo que miras en el llano?
Estrella que desciendes sobre verde colina,
triste lágrima argéntea de la noche esplendente,
tú, a quien mira de lejos el pastor que camina,
mientras su gran rebaño le sigue lentamente,
en esta inmensa noche, ¿a dónde vas, estrella?
¿Buscas en la ribera algún lecho mullido?
En la hor del silencio, ¿a dónde vas tan bella,
al caer de las aguas en el seno escondido?
¡ Oh!, si vas a morir, bello astro rutilante,
cuando en el mar se hunde tu rubio y bello pelo,
antes de abandonarnos, deténte un solo instante:
¡ Estrella del amor, no desciendas del cielo!
Alfrede de Musset
Acuérdate de mi cuando sucumba
y duerma en paz bajo la tierra helada;
acuérdate de mí cuando en mi tumba
crezca una pobre flor abandonada;
piensa, al no yerme nunca, que mi alma, sin consuelo,
a conversar contigo descenderá del cielo;
y oye en la noche umbría
mi voz cerca de ti
diciéndote: ¡Alma mía,
acuérdate de mí!
Alfrede de Musset
4
ANNABEL LEE
Hace ya muchos años, muchos años,
allá en un reino junto al mar turquí,
vivía una muchacha, cuyo nombre
os daré a conocer: Annabel Lee,
de mi bella adorada Annabel Lee.
Que no brilla la luna sin traerme
los sueños de la bella Annabel Lee,
y las estrellas no aparecen nunca
sin la mirada fiel de Annabel Lee,
y así, durante el flujo y el reflujo,
duermo junto a mi esposa Annabel Lee,
en el triste sepulcro abandonado,
en nuestra tumba, allá en el mar turquí.
Edgar Allan Poe
la cual sólo gozaba con la idea
de ser amada y de vivir por mí.
Yo era un chiquillo y ella una chiquilla
en ese reino junto al mar turquí;
mas ¡con qué amor inmenso nos queríamos
yo y mi bella amiguita Annabel Lee!.
Con un amor que hasta los serafines
nos envidiaban, a ella como a mí.
EL CUERVO
Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando-- un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”
Y ésa fue la razón de que hace tiempo,
en ese reino junto al mar turquí,
soplara el viento de una nube helando
a mi bella adorada Annabel Lee;
que sus padres de origen noble fueran
a buscarla, quitáranmela a mf,
y fueran a enterrarla en un sepulcro,
allá en un reino junto al mar turquí;
¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.
Angeles menos faustos en el cielo,
nos envidiaban, a ella como a mí,
y ésa fue la razón —todos lo saben,
en ese reino junto al mar turquí—,
por la cual salió el viento de esa nube
que heló y mató a mi bella Annabel Lee.
Pero fue más inmenso el amor nuestro,
que el de aquéllos, más graves que yo fui,
que el de aquéllos, más listos que yo fui,
y no los serafines en el cielo
ni los demonios en el mar turquí,
podrán mi alma separar del alma
Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
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jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”
¡Es el viento, y nada más!
De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos,
sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.
Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar, a llamar
a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada mas.
Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aún con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador,
evadido de la ribera nocturna
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!
Y el Cuervo dijo: “Nunca mas”.
Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!
Apenas esto fue, y nada más.
Cuánto me asombré que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta,
poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”
Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en cl misterio.”
Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto,
las palabras pronuncié, como vertiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
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Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Yentonces dijo el pájaro: “Nunca más.”
Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”
Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé—, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio,
aprendido de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de “Nunca, nunca más.”
“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”
Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir graznando: “Nunca más”
“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
por ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”
En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay! , nunca más!
“¡Sea esa palabra vuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso—.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
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Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”
Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas,
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!
Edgar Allan Poe
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