¿Elección popular de altas cortes? ÁMBITO JURÍDICO

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ÁMBITO JURÍDICO
¿Elección popular de altas cortes?
“El trasfondo de este proceso electoral sui géneris es la confrontación entre
‘democratización’ y ‘politización’ de la cúpula judicial boliviana”.
La Constitución boliviana del 2009 estableció que los 28 magistrados de las cuatro cortes
de cierre (Tribunal Supremo de Justicia, Tribunal Constitucional Plurinacional, Consejo de
la Magistratura y Tribunal Agroambiental) fueran elegidos por voto popular obligatorio.
Estas novedosas elecciones se adelantaron en octubre del año pasado y los nuevos
magistrados asumieron sus cargos el 2 de enero del 2012. Aunque el experimento lleva
poco tiempo, puede hacerse ya una evaluación preliminar.
Este proceso electoral sui géneris puede ser caracterizado como una confrontación entre
los optimistas que piensan que la “democratización” de la cúpula judicial es saludable
frente a los pesimistas que opinan que la dinámica electoral solo puede contribuir a la
“politización” indeseable de la rama. Se trata, pues, de un debate entre “democratización”
y “politización”.
Para muchos, incluidos allí juristas y jueces de inclinación “liberal”, las elecciones solo
fueron parte de un esfuerzo del gobierno de Evo y de su partido (el Movimiento al
Socialismo-MAS) de aplastar la separación de poderes y lograr una nueva composición
de la rama judicial que permitiera el “centralismo democrático” propio de regímenes que
aspiran a generar grandes cambios sociales (revoluciones es la palabra preferida) sin
disensos obstaculizadores. En apoyo de esta tesis se presentan varios argumentos.
Desde que llegó al gobierno, Evo ha intentado disminuir el disenso que la independencia
judicial posibilita. Para ello, por ejemplo, desactivó de facto al Tribunal Constitucional
impidiendo el ejercicio de sus funciones. La elección judicial, al mismo tiempo, fue
intensamente controlada por el gobierno. Las reglas que la disciplinan fueron concebidas
por la Ley 0126 del 2010 que busca regular “el ejercicio de la democracia intercultural”.
Allí se estableció que las listas de candidatos a las altas cortes debían ser confeccionadas
por la Asamblea Legislativa Plurinacional que, al día de hoy, está políticamente controlada
por el MAS. La preselección obviamente reflejó este equilibrio de las fuerzas políticas
bolivianas.
Con las listas así confeccionadas ya era previsible un cambio masivo de las élites
judiciales del país. Los nuevos nombres eran desconocidos en términos generales; las
viejas élites judiciales se sintieron desplazadas y, de otro lado, no hubo la suficiente cuota
de “prestigio” académico y profesional para que los juristas bien pensantes les otorgaran
una cierta legitimación técnica. Con los dados cargados, pues, se inició la campaña o
mejor, la “no-campaña”: para evitar una excesiva y costosa politización, la ley diseñó un
proceso electoral “frío” en el que los candidatos tenían prohibición legal expresa (so pena
de inhabilitarse) de hacer cualquier tipo de proselitismo, e incluso, prohibición de
“manifestar opinión ni tratar temas vinculados directa o indirectamente a su
postulación…”. Se trató así de una elección con virtual silencio mediático, sin propuestas
ni debate, con muchos candidatos desconocidos para 28 puestos judiciales (que por
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importantes no dejan de ser esotéricos para el electorado general).
Con todo, el “silencio” electoral fue parcial porque muchos acusaron a Evo de estar
“moviéndose” políticamente para hacer ganar a los candidatos que subrepticiamente
fueran de su cuerda y para no perder unas elecciones que se habían convertido también
en un referendo de su gobierno.
En estas circunstancias el resultado era previsible: la abstención fue altísima y sumados
ganaron los votos nulos y en blanco. La imparcialidad de las autoridades electorales
también fue puesta en duda. Todo esto generó la impresión de falta de legitimidad en los
nuevos magistrados y los partidos de oposición buscaron afanosamente la nulidad del
proceso, que al final de cuentas no lograron.
Y con todo este bagaje, se posesionaron los nuevos jueces que ya han empezado a
escribir sus sentencias. Los defensores argumentan, con razón, que este sistema de
elección sí tuvo un efecto de renovación, al menos sociológica, de las altas cortes. Casi la
mitad de los nuevos magistrados son de origen “indígena originario campesino”; casi la
mitad de las nuevas magistradas son mujeres. Para el Consejo de la Magistratura, la
máxima votación la obtuvo Cristina Mamani Aguilar, una caracterizada aymara de
sombrero coco y enaguas (como es la usanza entre muchos habitantes de La Paz y El
Alto); para el Tribunal Constitucional la mayor votación la alcanzó Gualberto Cusi Mamani,
abogado y autoridad tradicional de su comunidad donde se desempeña como mallku
(líder) y yatiri (chamán). Estos resultados son valiosos en sí mismos para liberales
pluralistas (y para los gobiernistas). Liberales clásicos (y anti-evistas de todas las
pelambres) siguen denunciando la politización, el caudillismo y la falta de credenciales
técnicas y científicas de las nuevas élites.
Pero la democracia pluricultural no es de fácil implementación. No bien llegado a la
magistratura, Gualberto Cusi declaró que “en un caso de un amparo constitucional, por
ejemplo, están las opciones A o B, y se consulta a la coca para ver si vamos a fallar en
sentido positivo o negativo. En la coca sale”. Los yatiris tradicionales de Bolivia leen la
coca y este oráculo es utilizado como forma de lidiar con las dificultades e incertidumbres
de la vida. La comunidad jurídica respondió escandalizada ante semejante muestra de
irracionalismo y, al calor de las críticas, hicieron retroceder al magistrado-yatiri que
terminó diluyendo el comentario como si fuera una simple invocación a lo trascendente
para actuar con justicia o sabiduría o como quien, entre nosotros, reza un padrenuestro
antes de entrar a Sala Plena. El comentario tampoco cayó bien con las élites políticas
aymaras (muchos de ellos también profesionales del Derecho) que pidieron una actitud
más concordante con la ideología jurídica occidental.
Por el lado pluralista, encuentro deseable la aparición de caras nuevas en una
democracia intercultural que abandone el racismo del pasado: esta es la gran y fascinante
apuesta del nuevo constitucionalismo boliviano. Por el lado más liberal, molesta el
“cripto-estalinismo” de un partido dominante que, so pretexto de democracia racial,
termine haciendo clientelismo racial como base de un proyecto de hegemonía política.
Por el lado pluralista, se celebra la llegada de un cierto pluralismo metodológico en la
forma de entender el derecho ya que puede concitar nuevas formas de legitimidad social y
de revelar, de otro lado, que nuestro derecho no es tan “racional” como se ha pretendido,
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sino que es también parte y función de nuestra propia cultura; por el lado liberal, empero,
los nuevos magistrados tienen en sus manos, independientemente de su origen, un
servicio público complejo y en crisis. La nueva legitimación pluralista puede ayudar a que
los usuarios no piensen que se trata de una justicia “colonial” de blancos, sino propia.
Pero dicho esto, en el largo plazo este arrancón original de legitimidad puede ser
insuficiente en términos de generar confianza intercultural y de mejorar, en el más
importante y pedestre de los sentidos, la calidad y oportunidad del servicio de justicia. Y
de esto también quieren los aymaras y los quechuas…
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