Comentarios al Libro Oriente y Occidente de René Guénon

Anuncio
Oriente y Occidente
de René Guénon, comentado por Miguel Valls
Este agosto de 2005 no ha
sido especialmente propicio para las
actividades de aire libre en el noreste,
de ahí que se nos hayan juntado varios
libros que comentar, leídos al abrigo
de las tormentas o de la mala mar,
que de todo ha habido, incluso nieve
en la Cerdaña.
Pasaron con más pena que
gloria La Mitología Cátara y La
Mitología Templaria, ambos de Juan
Ávila Granados, muy trabajados
aunque con poco aporte de
información sustancial. También
pasó, como barco en la niebla, El
Tesoro Oculto de los Templarios,
pretencioso título para un batiburrillo
de episodios relacionados con el
Temple, con mucha cita de Juan
García Atienza, y recopilados o
escritos por Josep Guijarro Triadó a
la usanza de la revista (Karma 7) o
del programa de radio (Enigmas, RNE) que dirige este
autor de Terrassa. Alusiones a ovnis incluidas. El libro,
muy completo, escrito con buena técnica periodística,
enumera datos curiosos de aquí y de allá, aunque sin entrar
a fondo en materia y, por supuesto, sin identificar ningún
objeto o tesoro oculto, ni resolver los enigmas propuestos
en los titulares, muy al estilo de la mal llamada divulgación
científica que, en la mayoría de los casos, no es sino
vulgarización o trivialización sin más.
Tampoco hubo mucha más suerte con La
Masonería, historia e iniciación, de Christian Jacq, bien
documentado, aunque con más de lo de siempre y peor
contado que en obras previas.
Los cuatro títulos citados tienen en común el estar
editados por Martínez Roca (MR) y el emplear mal, con
machacona reiteración, el verbo detentar –parece que a
muchos autores y traductores les da corte usar la acepción
correcta ostentar o, más llanamente, tener o poseer–. Así
sufrimos, por inventar un ejemplo, que “los templarios
detentaban el conocimiento tradicional” cuando, como el
Diccionario aclara, detentar es retener y ejercer
ilegítimamente algún poder o cargo público, o bien retener
alguien lo que manifiestamente no le pertenece. Porque,
que nosotros sepamos, nada hay que deslegitime al Temple
para el ejercicio de esa posesión. Más les valdría a muchos
leer el diccionario de castellano o español, o los lúcidos
y gratos Dardos en la palabra del fallecido académico
don Fernando Lázaro Carreter, y ponerse luego a escribir
con la propiedad debida, para así ostentar el oficio de la
escritura y no detentarlo, como se da el caso.
Visto el panorama, decidimos
pasarnos después, con carácter
excepcional, a la novela histórica, con
una lectura sobre la vida de un astrónomo
de Bagdag del siglo XIII, obra amena
que prometía aportar alguna luz sobre
la llamada secta u orden de los hashisin
y con quienes el sabio trabó relación.
Finalmente, todo quedó en agua de
borrajas, una vez más, a tenor de los
consabidos bulos sobre la orden y su
jefe, el Viejo de la Montaña, que
reproduce la trama. Aunque, al menos
esta vez, eso sí, uno ya estaba avisado
de que se trataba de un libro de ficción,
con chica incluida y todo.
Buscando bibliografía acerca del
tema de hoy, también cayó en nuestras
manos, previo pago, otra novela histórica
recientemente publicada, La Sublime
Puerta, de Jesús Sánchez Adalid, acerca
de las desventuras de un soldado español
de los tercios de Felipe II, cautivo en el Istambul del siglo
XVI. Una trama policiaca sencilla, prolijamente documentada,
y sazonada con datos muy reveladores sobre la sociedad y
la corte otomanas, y la tolerancia religiosa de que se disfrutaba
en aquel tiempo en ese imperio musulmán. Un libro honesto,
recomendable en su género, y muy grato de leer. Y un buen
motivo también para reflexionar sobre la incómoda mala
vecindad entre una y otra orillas de Istambul, entre Oriente
y Occidente; y sobre la añoranza del gran amigo y maestro
que nos perdemos; y por encima de todo, porque al perdernos
a Oriente lo que nos estamos perdiendo es a nosotros mismos.
Dicho esto, se entenderá que se agradezcan obras
como la que resumiremos hoy, Oriente y Occidente, de René
Guénon, tan pulcra y clara en las formas como esencial en
su contenido, escrita sin pretensiones personales ni comerciales
y con evidente ánimo constructivo sobre una cuestión
sustancial. Un auténtico libro 10 que hay que tener.
Guénon es uno de esos autores que uno tiene la
sensación de conocer ya suficientemente por las constantes
referencias a sus trabajos aquí o allá. Pero su lectura es
sorprendente, nítida y exponencialmente mejor, sin
comparación posible. Y su mensaje, setenta veces más rico
de lo que nos han contado hasta ahora.
La obra trata, dicho breve, del desencuentro entre
Occidente y Oriente, sobre las características del pensamiento
de una y otra partes, y sobre, básicamente, lo que se pierde
Occidente –los occidentales– al persistir en mantener abiertas
las zanjas que nos separan de las fuentes del conocimiento
tradicional.
2
Cuando uno hojea el libro en la tienda, da la
sensación de ser un ensayo de gran actualidad escrito ayer
mismo. Pero incluso después de terminado, cuesta creer
que fue compuesto hacia 1.924, de tan tristemente vigente
que resulta todo. Es evidente que el problema viene de
antiguo.
René Guénon, despierto y certero como pocos,
hurga sucesivamente en todas y cada una de las llagas del
problema, con la legitimidad de su extensa experiencia y
gran conocimiento de las filosofías orientales (mejor sería
decir la filosofía oriental), con el pesar que siente por
Occidente, su cuna, pero con la esperanza puesta en la
reconciliación.
Así, el prefacio comienza con una pertinente cita
de Rudyard Kipling: Oriente es Oriente y Occidente es
Occidente, y los dos no se encontrarán nunca, (...) aunque
la diferencia desaparece cuando dos hombres fuertes
–probablemente espiritualmente fuertes, aunque Guénon
no da mucho crédito a esta acepción de Kipling– se
encuentran cara a cara después de heber venido de los
extremos de la tierra.
En su exposición, Guénon comienza por leerle la
cartilla a Occidente: Mientras los occidentales se imaginen
que no existe más que un solo tipo de humanidad, y que
no hay más que una sola “civilización” en diversos grados
de desarrollo, no será posible ningún entendimiento. (...)
Al negarse a ver las cosas tal y como son y a reconocer
algunas diferencias actualmente irreductibles, uno se
condena a no comprender nada de la mentalidad oriental.
Muchos lectores occidentales podrían aducir que
poco les importan algunas de esas cosas que desconocen
de Oriente, habida cuenta del nivel de progreso que disfrutan
en Occidente y de las carencias de allá, que esas sí que
son sabidas. Guénon pone las cosas en su sitio: Es lícito
pensar que hay que observar una cierta jerarquía, y que
las cosas de orden intelectual, por ejemplo, valen más que
las del orden material. Si ello es así, una civilización que
se muestre inferior en el primer aspecto, aun cuando sea
indiscutiblemente superior en el segundo, se verá aún
desfavorecida en el conjunto, cualesquiera que puedan
ser las apariencias exteriores; y tal es el caso de la
civilización occidental, si se la compara a las orientales.
Cuando uno piensa en episodios recientes, lamenta
que no encontrasen mayor eco aquellas palabras escritas
allá por los felices años ‘20: Trabajar para preparar ese
entendimiento es esforzarse también en desviar catástrofes
con las que Occidente está amenazado debido a su propia
culpa, objetivos ambos que están mucho más cercanos de
lo que se podría creer.
Para Guénon, la solución comienza por el estudio,
pero un estudio desde una actitud diferente, porque no se
trata de erudición, sino de comprensión. Solo a través del
estudio se desvanecerán los “misterios” de los que tanto
se abusa en Occidente, porque los misterios solo lo son
porque aquellos que hablan de ellos son los primeros en
no comprender nada; no hay verdadero misterio más que
en lo que es inexpresable por su propia naturaleza.
En el capítulo I, Civilización y Progreso, Guénon
denuncia el sistema cartesiano de pensamiento occidental,
que limita la inteligencia a la razón, y la metafísica –el
conocimiento intelectual puro y trascendente, el
conocimiento de los principios de orden universal– a
instrumento de la física. Por eso no se sorprende de la cita
del propio Bergson: La inteligencia, considerada en lo
que parece ser su modo original, es la facultad de fabricar
objetos artificiales, en particular útiles con los que hacer
otros útiles, y de variar indefinidamente su fabricación.
En Occidente, la inteligencia quedaría restringida
a ese ámbito de lo material, y el alma al de lo sentimental,
limitando a lo moral todo ejercicio intelectual superior.
Con todo acierto, Guénon cuestiona la concepción
de progreso indefinido, el motor de la civilización occidental,
y lo contrapone a la idea oriental de alcanzar un grado
suficiente de bienestar material que posibilite el desarrollo
verdaderamente intelectual de cada individuo. Reprocha
también a Pascal, de quien cita su comparación de la
Humanidad con un mismo hombre que subsiste siempre
y que aprende continuamente durante el transcurso de los
siglos. Porque para Guénon, y tampoco para Oriente, el
hombre de la antigüedad es el niño con quien le comparan
Pascal, Bacon o Comte. Pensar que estamos más
desarrollados actualmente de lo que lo estaban Hermes o
Buda es un error; decirlo, una arrogancia; y obrar conforme
a eso, delirio colectivo, añadimos nosotros. El ámbito de
la razón no es más que el intermediario entre el de los
sentidos y el del intelecto superior. La noción de utilidad
nunca debiera reemplazar la noción de verdad. La creencia
en el progreso indefinido no es sino la más ingenua y
grosera de todas las formas de “optimismo”.
El prejuicio, propio de Occidente, es siempre algo
sentimental, no intelectual. La actitud oriental es de
naturaleza intelectual y si los occidentales tienen dificultades
para comprenderla es porque están invenciblemente
inclinados a juzgar a los demás según lo que son ellos
mismos y a prestarles sus propias preocupaciones, como
les prestan también sus maneras de pensar sin reparar en
que puede haber otras, tan estrecho es su horizonte mental.
La recíproca no es verdadera: los orientales, cuando tienen
la ocasión para ello y quieren tomarse el trabajo de
hacerlo, no tienen dificultades para penetrar y comprender
los conocimientos especiales de Occidente, ya que están
habituados a especulaciones mucho más vastas y profundas.
(...) La ciencia occidental es análisis y dispersión; el
conocimiento oriental es síntesis y concentración. Lo que
los occidentales llaman “progreso” no es para los orientales
más que cambio e inestabilidad; y la necesidad de cambio,
tan característica de la época moderna, es a sus ojos una
marca de inferioridad manifiesta: aquel que ha llegado
a un estado de equilibrio ya no siente esa necesidad, del
mismo modo que el que sabe ya no busca.
El capítulo II lleva por elocuente título La
Superstición de la Ciencia. En él, Guénon habla de esa
deificación occidental de lo industrial, del análisis a ultranza
que conduce a la “división del trabajo” y la miopía
intelectual, y de cómo los hechos sustituyen a las ideas.
En Oriente, en cambio, las cosas contingentes
mismas parecen no valer la pena de ser estudiadas sino
en cuanto consecuencias y manifestaciones de algo que
es de otro orden superior. (...) Los occidentales tienen tan
alta opinión de su ciencia que creen que su prestigio es
irresistible, y se imaginan que los demás pueblos deben
caer presa de admiración ante sus descubrimientos más
intrascendentes. (...) En Occidente, el prototipo de “sabio”
en la mente de la mayoría es el ingeniero, el inventor o el
constructor de máquinas. En Oriente, la Sabiduría no es
algo que pueda publicarse en fascículos, sino el fruto del
trabajo intelectual de cada cual sobre sí mismo.
En el capítulo III, La Superstición de la Vida, se
3
achaca a los occidentales que recriminen tan a menudo a
las civilizaciones orientales, entre otras cosas, su carácter
de atemporalidad, de estabilidad o fijeza, que les parece
como la negación del progreso, sin caer en la cuenta de
que uno de los aspectos esenciales de la idea de tradición
es la inmutabilidad –la certeza– de los principios en los
que se apoyan. Lo inmutable no es lo que es contrario al
cambio, sino lo que es superior. Para un oriental, la filosofía
occidental moderna tiene por objeto principal el resolver
una serie de problemas enteramente artificiales, que no
existen sino porque están mal planteados. Los griegos ya
eran incapaces de liberarse de la forma; los modernos
parecen incapaces de desprenderse de la materia.
El occidental reemplaza la Tradición con la
costumbre o el hábito. Y si el oriental puede sufrir
pacientemente la dominación material de Occidente
–siempre que no le vengan a molestar– es porque conoce
la relatividad de las cosas transitorias y porque lleva, en
lo más profundo de su ser, la conciencia de la eternidad.
En el capítulo IV se apuntan ya algunas soluciones:
primero, destruir todos los prejuicios que son otros tantos
obstáculos. Después, restaurar la verdadera intelectualidad,
que Occidente ha perdido y que el estudio del pensamiento
oriental, por poco que se emprenda como es debido, puede
ayudarle poderosamente a recuperar.
Ya en la Segunda Parte del ensayo, René Guénon
reflexiona sobre la falta de estructuración jerárquica del
conocimiento en Occidente, donde el abuso del
igualitarismo democrático, entendido como vulgarización
del conocimiento entre quienes no están aún capacitados
para entenderlo ni respetarlo, no es más que la consecuencia
y la manifestación, en el orden social, de la anarquía
intelectual. Lo que llamamos una civilización tradicional
es aquella que descansa en principios en el verdadero
sentido de la palabra, es decir, allí donde el orden intelectual
domina a todos los demás, donde todo procede directa o
indirectamente de él y donde todo, ya se trate de ciencias
o de instituciones sociales, no son en definitiva más que
aplicaciones contingentes, secundarias y subordinadas
de las verdades puramente intelectuales. Así pues, retorno
a la tradición o retorno a los principios no es realmente
más que una sola y misma cosa.
A este tenor, y para los buscadores de perlas, aquí
va una, no precisamente muy nacionalista: El conocimiento
de los principios es rigurosamente el mismo para todos
los hombres que lo poseen, ya que las diferencias mentales
no pueden afectar más que a lo que es de orden individual,
luego contingente, y no alcanzan el ámbito metafísico
puro. Aquel que haya comprendido verdaderamente sabrá
reconocer siempre, detrás de la diversidad de las
expresiones, la verdad una, y así esa diversidad inevitable
no será nunca una causa de desacuerdo. Efectivamente,
cuando la atención se concentra en lo fundamental, todo
lo contingente, lo accesorio, desaparece y las banderas
pierden su razón de ser, si es que alguna vez la tuvieron.
Guénon lamenta las ocasiones de acercamiento
perdidas, cuando la influencia del pensamiento de Alejandría
en los griegos clásicos; durante la época de Carlomagno
y Bizancio después; en los siglos de Al Ándalus más tarde
; y los excepcionales contactos entre órdenes militares de
uno y otro lado, de pensamiento afín, en la poco propicia
ocasión de las Cruzadas. Porque la civilización occidental
de la Edad Media, con su constitución social jerarquizada,
era suficientemente comparable a las civilizaciones
orientales como para permitir algunos intercambios
intelectuales –como los que transformaron a los templarios,
suponemos–, que el carácter de la civilización moderna,
en cambio, hace actualmente imposibles. Podemos suponer
también qué opinaría Guénon sobre la empatía intelectual
que puede existir hoy día entre un marine de Dakota del
Sur y un practicante sufí en el Bagdag actual.
Respecto a qué modelo oriental de entre los grandes
posibles podría ser el mejor interlocutor inicial en esta
línea de investigación –China, India o mundo musulmán–,
Guénon recomienda este último por la mayor cantidad de
elementos comunes que se dan, a pesar de las meras
apariencias, y en comparación con los del Lejano Oriente.
Los españoles, además, lo tenemos mucho más fácil desde
nuestra posición de privilegio.
Por último, Guénon aboga por la constitución en
Occidente de una especie de elite intelectual, poco importa
si más o menos organizada formalmente, pero cohesionada
por su objetivo inequívoco, aplicada al estudio de la
Tradición a través de sus fuentes –incuestionablemente
orientales– y que sería la encargada de influir y concienciar
a la sociedad occidental sobre la importancia de vivir
conforme a los principios universales e inmutables. Porque
solo participando de esa manera de pensamiento más
desarrollado, y según una escala de valores claramente
compartidos, será posible el respeto y el entendimiento
mutuos.
En su madurez, hacia la época en que escribió este
libro, René Guénon se convirtió al Islam. Murió en El
Cairo en 1.951, y dejó una fértil producción literaria
amplísimamente citada. Pero sobre todo, cristalizó y
anticipó una línea de pensamiento social en una época en
la que los totalitarismos y extremos de todo signo parecían
no dejar hueco posible. Hoy día, esa línea de pensamiento
comienza a ser significativamente compartida y, de alguna
forma, esa elite intelectual –si puede llamarse así– podría
llegar a darse en los términos y cauces de absoluta
normalidad que previó Guénon.
Sin lugar a dudas, la convivencia real entre Oriente
y Occidente no comportaría sino ventajas al conjunto del
género humano. Y quizá así, de una vez, Occidente dejaría
de buscar su satisfacción donde no podrá encontrarla.
Como hemos dicho otras veces, y como sugiere
la cita de Kiplin al principio del libro, no hay nada mejor
que la fortuna de echarse un buen amigo, musulmán o de
cualquier otra corriente oriental, para acortar distancias.
Ni nada mejor que reconocer y concentrarse en lo
fundamental, para saber que tal distancia no existe.
Es de agradecer a las editoriales Paidós y Sophia
Perennis, entre pocas más, la edición actual en castellano
de los trabajos de Guénon, sobre los que tendremos ocasión
de volver en una próxima oportunidad.
También queremos dar las gracias muy
cariñosamente al querido amigo Adrián Macliman por
honrarnos con la lectura de estos comentarios de texto, a
pesar de haber en ellos mejor intención que acierto.
Miguel Valls
Septiembre ‘05
Descargar