La polémica en torno a las Cartas Americanas (1889) de Juan Valera MARTA CRISTINA CARBONELL n el mes de febrero de 1888, las páginas de El Imparcial acogían la primera de las Cartas sobre literatura de la América española con que don Juan Valera e s p e r a bac on t r i bu i ral ane c e s a r i at a r e ade“ e s c r i bi rl ahi s t or i al i t e r a r i adel a s Es pa ñ a se ne ls i g l op r e s e nt e ” .De s d ee nt on c e s ,yha s t ae lme sd edi c i e mbr e ,s e sucederán las colaboraciones que habrán de integrar, al año siguiente, el volumen de la primera serie de Cartas Americanas. Cartas surgidas premiosamente de la pluma del escritor cordobés a lo largo de aquel año —” ¿ y oe s c r i bodep r i e s al a sCa r t a sys i nc ons u l t a r l i b r os ? ” ,l ec onf e s a bae ns e pt i e mbr ed e18 88aMa r c e l i noMe né nde zPe l ayo, quien le E advertía de ciertos errores de documentación, lamentando asimismo el desorden temático que las Cartas presentaban—,ye nc uy ag é ne s i ss ea l z al av ol unt a dd ep ond e r a re s a“ uni d a d dec i vi l i z a c i ónq uel af a l t adeu ni da dp ol í t i c anoh ade s t r ui do” , voluntad vertebradora de un di s c u r s oqueVa l e r ar e c on oc í adi s pe r s oyf r a g me nt a r i oe nl a“ Ca r t aPr ól og o”aCá no va sde l Ca s t i l l oq uea b r ee lvol ume nde188 9:“ Mi sc a r t a sc a r e c e nd eve r d a de r au ni da d .Sonu n conato de dar a conocer pequeñísima parte de tan extenso asunto. Las dirijo a autores que me han enviado sus libros. No son obra completa, sino muestra de lo que he de seguir escribiendo, si el público no me falta. Como noticias y juicios aislados, sólo podrán ser un día un documento más para escribir la historia literaria de las Españas en el siglo presente. Porque las literaturas de Méjico, Colombia, Chile, Perú y demás repúblicas, si bien se conciben separadas, no cobran unidad superior y no son literatura general hispanoamericana, sino en virtud de un lazo, para cuya formación es menester contar con la me t r ópo l i ” . Con la exigencia, más prosaica y menos confesable, de la angustia económica: Reintegrado a la vida madrileña en diciembre de 1887 tras desempeñar durante poco más de año y medio el cargo de agregado de la embajada de España en Bruselas, Valera se enfrenta a la pe r s p e c t i vades ur e c ur r e nt ei mpe c u ni os i da d ,p ue ss usd e s e osde“ a pr ov e c ha re nl i t e r a t ur a s y filosofías los años de la vejez, y desistir de la diplomacia, para lo que carezco de vocación yd el aquee s t oyt i f o” ,s e g ú na f i r ma bae nc a r t aaMe né n de zPe l a y opoc o sdí a sa n t e sde emprender el viaje de regreso a España, hubieron de redundar en una incómoda provisionalidad material que las Cartas Americanas contribuirían a paliar. Así, el epistolario intercambiado con su mujer, pródigo en reproches y lamentos por las habituales estrecheces económicas, perfilará una gestación de las Cartas sometida al dictado de la necesidad e incluso de la urgencia, esa urgencia que reconocía ante Menéndez Pelayo, comprometiéndose a subsanar los defectos que de ello se derivasen en su posterior edición en forma de libro. Este imperativo, que le conducirá en ocasiones a rellenar prolijas cartas donde el tema propuesto quedará inconcluso, o simplemente apuntado, asegurando de este modo la necesaria continuidad de su quehacer a través de las constantes promesas de proseguir, en próximas entregas, las reflexiones iniciadas, será junto con el conocimiento del éxito y la proyección que sus Cartas adquieren rápidamente en los países de la América que nunca quiso llamar Latina, donde su reproducción en los periódicos propicia amplio y prolongado diálogo —periodístico y epistolar— con su autor, estímulo para la prosecución de una tarea que en la primavera de 1889, con la publicación del volumen que recoge la primera serie de Cartas Americanas, tendrá en España una acogida más matizada que la dispensada en Ultramar. A ella queremos dedicar estas breves páginas, que no tienen voluntad exhaustiva, sino que se proponen ilustrar parcialmente el sesgo polémico que acompañó la recepción de unos escritos que marcan el inicio de una dedicación, continuada en las recopilaciones de Nuevas Cartas Americanas (1900) y Ecos Argentinos (1901), que habría de valerle al autor de Pepita Jiménez los calificativos con que Antonio Rubió i Lluch —aqui e nRubé ns a l u da bac o mo“ e lMe n é nd e zPe l a y odeCa t a l u ña ”de s d el a s páginas de España Contemporánea— da bai ni c i oal os“ Come nt a r i o ss obr el a sCartas Americanas”q uepu bl i c a r í ae ne ne r od e189 0e ne ldi a r i o bogotano El Correo de las Aldeas, en forma de cartas dirigidas a su fundador, el periodista y poeta José Joaquín Ortiz: “ Va l e r ae sho ye lpr i me r oyma se n t u s i a s t aa me r i c a ni s t adeEs pa ñ a .Ha y ,s i ndu da ,e ne s t e suelo quienes cuentan con más antigüedad de servicios en esta campaña de fraternidad; otros quizá conocen más hondamente la historia política y literaria de las naciones hispanoamericanas [...] pero creo también que todos estarán conformes en que desde el momento en que aquel amenísimo escritor entró por el campo del americanismo, se hizo dueño de él, y con él cosechó más ruidosos triunfos que sus antecesores o c on t e mpor á n e os ” . Tarea que no hubo de ser siempre juzgada e interpretada desde la óptica académica y erudita de que hace gala Rubió, cuyos comentarios se asientan en un conocimiento de la ma t e r i at r a t a d aquel epe r mi t ea po s t i l l a rc r í t i c a me n t ee s t aq uede n omi nae xc e l e nt e“ ob r ade vu l g a r i z a c i ón” ,a ña di e n dooe n me nd a nd oda t o ss i nq ue r e rl l e g a ra“ l as e ve r i da ddeu n crítico implacable, funciones que no me gusta desempeñar y que cedo de mil amores a Cl a r í n ,mia nt i g u oc ol e g ae nl aUni ve r s i da dov e t e ns e ” .Nof ue r o nt ont os ,c i e r t a me n t e ,l os que pudieron rastrear inexactitudes en estas primeras Cartas Americanas, cuya materia demostrará Rubió, así como desde luego su condiscípulo Menéndez Pelayo —preparando por entonces sus introducciones a la Antología de poetas hispanoamericanos— o Ramón Domingo Perís, conocer bien, y, en cualquier caso, no fueron los errores de documentación lo que les otorgara en España una cierta resonancia polémica, sino los extremos a que conduce a Valera la intención que sentaba claramente en la carta-dedicatoria qu ea br ee lvo l u me n:“ Ape na sha yl i b r oques ee s c r i bays ep ubl i quee nAmé r i c a ,quen o nos le envíe el autor a los que en España nos dedicamos a escribir para el público. Yo, desde hace seis o siete años, recibo muchos de estos libros, pocos de los cuales entran aún en el comercio de librería, aquí desgraciadamente inactivo. Cualquiera que procure darlos a conocer, creo yo que presta un servicio a las letras, y contribuye a la confirmación de la idea deun i d a d, quep e r s i s t eape s a rdel adi vi s i ónpo l í t i c a ” . El patente deseo de Valera de enfatizar los valores de la cultura española a que presta servicio esta insistencia en la unidad de civilización y lengua entre la metrópoli y las antiguas colonias, repetidamente exaltada al correr de las páginas, cristalizará, en las secciones dedicadas a la Poesía Argentina, con largas páginas dedicadas a Rafael Obligado y Olegario Andrade; El Parnaso Colombiano, recorriendo la voluminosa compilación de Julio Añez; y El teatro en Chile, comentando la obra póstuma de Amunátegui, en una valoración en extremo benévola de algunos poetas que será objeto de severa censura y malicioso comentario, al que son arrebatadas en ocasiones las meritorias páginas dedicadas al Az ul … de Rubén Darío, poeta por entonces desconocido en la Península, sin duda el mayor valor que cabe hoy reconocer en estas primeras Cartas Americanas. Al margen de la polémica quedarán, en buena medida, las dos secciones restantes, Sobre Víctor Hugo y El perfeccionismo absoluto, dedicado a la crítica de la obra del mismo título de Jesús Ceballos Dosamantes, y que serán, sin embargo, objeto de consideración crítica en atención al humorismo y la ironía que respiran. Es, en cierto modo, la singular personalidad y el talante de Valera quien presta notoriedad crítica a unas Cartas Americanas que llevan su impronta en cada una de sus páginas, y que pondrán de nuevo sobre el tapete las consecuencias de su panfilismo. La publicación de las Cartas Americanas halló rápido e c oe nl ap l u madequi e ne lp r opi oVa l e r aj u z g a b ac omo“ e lmá sd i s c r e t o,i n t e l i g e nt ey ameno de nuestros críticos de hoy que se ocupan en hablar de los autores contemporá n e os ” , Leopoldo Alas, quien el 30 de mayo de 1889 daba cuenta, desde las páginas de La Publicidad,del aa pa r i c i ónde lvol ume n,que“ me r e c e ,pore lnombr edes ua ut orypore l a s un t oaquee s t áde di c a do ,a t e n c i ó ns i ng u l a rya l g u na sc o ns i de r a c i o ne s ” .Co ns i de-raciones qu es epr ol o g a r á ne ne l“ Pa l i qu e ”qu edo sdí a sde s p ué s ,e l1d ej u ni o,yba j oe le pí g r a f e “ Cos a sd eAmé r i c a ” ,ve r ál al uze nMadrid Cómico. Ambos artículos, si bien se inician saludando la feliz iniciativa de Valera de alimentar y propagar las relaciones literarias i nt e r c on t i ne nt a l e s( “ Ha yt a nt oma j a de r o[ . . . ]qu es eme t e ndo nden ol e sl l a ma n ,ypo rh a c e r ruido se dedican a sudar continentes y prescindir de océanos, y darse tono, con un pie en los Andes y otro en el Pirineo, y otro [...] bueno, sin más pies, pero en fin, sin pies ni cabeza, que cada vez que un hombre serio y de veras ilustrado toma cartas en el asunto de estrechar relaciones entre América y España, hay que recibirlo en triunfo y apuntar en la memoria lo qu edi c e ” ) ,d i s c ur r e n,s i nembargo, por cauces distintos, en tono y contenido, articulándose respectivamente sobre los dos aspectos que vertebrarán la acogida dispensada a las Cartas Americanas: el humorismo y la ironía que impregnan sus páginas, y el escaso rigor crítico que presideun aob r aqu eRub i óiLl uc he n t e ndí ad e“ e f i c a zpr op a g a n daa me r i c a ni s t a ” gracias, precisamente, a la conjunción de estos dos rasgos en el crisol de un estilo personalísimo. En la Revista Mínima d e l3 0dema y odon de“ Cl a r í n ”de s t a c a ,a n t et od oy en primer lugar, el genuino humorismo que destilan las Cartas Americanas, dando c omi e n z oas u sc o ns i de r a c i o ne sc onl aa d ve r t e nc i adeque“ e ne s t a sCa r t a s ,o br ade propaganda, de vulgarización, Valera encuentra un expediente ingeniosísimo para no prescindir de su carácter de humorista verdadero —no por clasificación— y ser cuando hace falta sencillo cronista, llano erudito que parece proponerse ante todo lo que se llama ahora la información. Consiste el artificio en la habilidosa narración o descripción de lo nimio, de lo ridículo o extravagante con una especie de cándida seriedad, una duda fingida en la que parece que el autor está nada más a la altura de lo expuesto o descrito, siendo así que está cien codos más alto, pero sin despreciar por esto la materia en que se ocupa, antes perdonando, por razones de gran filosofía, la pequeñez que ve bien clara, y limitando la chanza que lo cómico de la contemplación le sugiere a esa misma maliciosa candidez de la narración o descripción, en la cual está seguro de encontrar, ante el que sepa leer, el efecto deunc ont r a s t e ” . Es t ec a r á c t e rde“ hu mor i s t ave r da de r o” ,q ue“ Cl a r í n”o bs e r vamuye s pe c i a l me n t ee nl a s cartas dedicadas a reseñar El perfeccionamismo absoluto de Ceballos Dosemantes — cartas que acabaron por suscitar en algunos la duda de ser el mencionado Ceballos una pura invención de Valera, sostenida con la finalidad de ejercitarse libremente en el arte de la burla—, había sido destacado con anterioridad por el autor de La Regenta al ocuparse del quehacer crítico y novelesco del cordobés, advirtiendo tempranamente, en sus primeras andanzas críticas en las páginas de El Solfeo, este fundamental rasgo de la estética de Va l e r a :“ g r a nde s f a c e do rdef i l os o f í a sdemuni c i ón ,s a l a dí s i moh umor i s t aqu ec o nu na asombrosa erudición hace polvo las teorías comprendentes o improvisadas, las grandes s í nt e s i sdema z a pá n ” ,h umor i s moq uenot a r d a r í ae ne mp a r e nt a rc one li d e a l i s moa l e má n, en la medida que, a diferencia del humorismo genuinamente español, satírico y burlón, pero no escépt i c o,s ea s i e n t apr of un da me n t ee ne l“ c o nt r a s t ee nt r el aa s pi r a c i óni d e a lye lr ui n r e s ul t a doe nqu eave c e ss equ e da nl a sc os a sd el avi da ” ,pr o l o ng á ndo s ee ne s ec ont r a s t e e nt r ee lf ond oyl af or ma ,e n t r e“ ma n e r a s ”y“ d oc t r i n a s ” ,e nquev e í ac ompl a c e r s eaValera, e xi g i e n doa s íd eunp e r ma ne n t e“ pe ns a ryl e e re nt r el í n e a s ”a lqu ea hor a ,a n t el a sCartas Americanas,c onv i d a baat od oa qu e lq ue“ s up i e s el e e r ” .Es t ei mpor t a nt í s i moa s pe c t o ,q ue había de fundamentar en gran medida el sucesivo asedio que Leopoldo Alas realizara, al compás de su propia evolución, a la producción crítica y novelesca del autor de Pepita Jimenez, sería también advertido, desde las páginas de La España Moderna, por quien fuera fundador y director de El solfeo y La Unión, Antonio Sánchez Pérez, quien, al reseñar en agosto de ese mismo año la primera serie de Cartas americanas, hacía radicar l oq ued eme j orh a bí ae ne l l a se ne l“ di a b l i l l oc r í t i c o”p ore lq ueVa l e r as ede c l a r a ba poseído en la primera carta que dedica a las poesías de Olegario Andrade —el poeta que no du dóe nc o l o c a ral aa l t ur adel os“ s ubl i me sd i dá c t i c os ”Sc h i l l e r ,Ma n z oni ,Qui nt a n ay Víctor Hugo—,“ di a b l i l l o”q ue ,s e g ú nVa l e r a ,“ noc ons i e n t equedi g ay oc ua n doe s c r i b o aquello que quiero decir, sino aquello que él quiere que yo diga; y lo más que logro a veces, y esto es peor, es decir, lo que él quiere y lo que yo quiero; de donde resulta, en algo como diálogo, más que discurso, una verdadera sarta o ristra de antinomias, según las llaman a ho r a ” .Ae s t af a c ul t a d,a po s t i l l a baSá nc he zPé r e z , “ de b ee ls e ñ orVa l e r al oqu eva l emá se n sus obras, lo mismo novelas primorosas que sus Cartas Americanas” ,ya ñ a dí a :“ D.J u a n Valera envuelve a veces su donaire en tupido manto de candorosa ingenuidad; cúbrele a veces con el antifaz de una socarronería sencillota [...] déjalo columbrar en ocasiones a través de una ironía fina y delicada [...] Valera es principalmente escritor satírico; pero escritor satírico de los de buena cepa [...] es un escritor satírico de guante blanco [...] Como satírico de invención y de gracejo, no le conozco rival entre nosotros, y acaso para buscar con quien establecer comparaciones necesitaría yo acordarme de algún humorista e xt r a n j e r o ,c o moe li nv e nt ordel osf a mos o sVi a j e sdeGul l i v e r ” . Así, y al igual que Leopoldo Alas, remitiéndose a la crítica de El perfeccionismo absoluto,ye mpa r e n t á ndo l oc on“ l a sde mol e dor a si r on í a sd eVo l t a i r e ” ,c on f e s a baSá nc h e z Pé r e zque“ nol og r oc on ve nc e r medeq ues epo ng as e r i o ,yc ua nd omá sf or ma l me nt edi c e las cosas, es cuando másdeve r d a dc r e oqu ee s t ár i é ndo s edee l l a s ” .As íe nt e n di do,e s t e omnipresente humorismo de Valera en sus Cartas sería sin embargo matizado por Ramón Domingo Pérez, quien dedicaría al año siguiente una larga y ponderada reseña a las Cartas Americanas desde las páginas de La Vanguardia, donde, tras señalar la base “ di pl o má t i c a ”quea l i me n t ab ue n apa r t edel osj ui c i ose ne l l a sc o nt e ni do s ,a f a ma baqu e“ a mi ver, se exagera bastante al decir que al señor Valera no debe creérsele nunca a pies juntinas, y que cuando él formula un elogio hay que pensar inmediatamente en la censura que anda por allí embozada [...] Nuestro gran escritor es indudable que dice en innumerables casos lo que ha pensado —¿cómo negarlo?— sólo que le ocurre una cosa peregrina, según él mismo confiesa, y es que lo pensado tiene en su cerebro dos caras como J a no ” ,ei nv oc a b ae l“ d i a bl i l l oc r í t i c o”deVa l e r ac omof u nda me nt od ee s epe r ma n e nt e “ di á l og oc o ns i g omi s mo ”quede j aa ll e c t or“ e nba t a l l ac on s i g omi s mot a mb i é n,af i nde apaciguar y fijar luego todas las ideas que él nos ha despertado y que andan por nuestra c a b e z ape r d i d a syt opa n dou na sc onot r a sc omou ne nj a mb r er e v ue l t o” .Pe r í sr e c on oc e r áe l pe s ode l“ d i l e t t a nt i s moa r i s t óc r a t a ”deVa l e r ae ne lg ui ñoi r ó ni c oc onq ueat r a vé sdel a burla desgrana ante el lector las dudas que suscita su escepticismo elegante, y advertirá, en l apa r t ede di c a daaVí c t o rHu g o,l a“ e s pa dad edosf i l o s ”ques u e l e ns e rs usopi ni on e s ,p e r o c on t e mpl a r ás i ne mba r g oc omo“ obr ama e s t r ad ef i n í s i mai r oní a ,qu ec omi e nz apor alegrar e lá n i moya c a bapo rde j a r l op e no s a me nt ei mp r e s i ona d o”a que l l a sc a r t a squ e“ Cl a r í n” celebraba precisamente como exponente máximo de humorismo verdadero, lamentando en ellas un tono de burla irrespetuosa e indiscriminada que el crítico asturiano había negado en f a vo rdes us a no“ e s c e p t i c i s mor e l a t i v o” ,c e ñ i d oe nl o sl í mi t e sd el ac ha nz ac or t é syl a gracia siempre razonada que, en su tolerancia, configuraba —son sus palabras— “ u nadel a s maneras más honradas y sinceras de discurrir que puede adopt a ru nhomb r e ” .Ni ng únr a s t r o dee s e“ hu morqu ea dmi r ayd a ñaal av e z ” ,e nq ue ,as uj ui c i o,a c a b ade s e mboc a ndoe n ocasiones el espíritu burlón de Valera, advertirá Perís en las cartas dedicadas a asuntos literarios, sino la manifestación extrema y desafortunada de su escepticismo elegante y r e f i na doque ,a lc on j u r a r s ec one lmó vi ld e“ ung r a npa t r i ot i s mo”di p l o má t i c oquee s t o r ba la imparcialidad critica, acaba redundando en elogios excesivos, con el efecto contraproducente de levantar sospecha de insinceridad. Fue éste, sin duda, el aspecto más controvertido de las Cartas americanas, frente al que no tardaron en levantarse voces denunciando la inaudita benevolencia crítica de Valera para con los poetas hispanoamericanos, y la audacia de algunos de sus juicios, explicables sólo en razón de exceso de celo patriótico-diplomático —tal es la opinión de Perís— o, en las censuras más extremosas, por la pérdida absoluta de orientación en el gusto y el discernimiento crítico, de lo que pueden dar cuenta las implacables páginas que Antonio de Valbuena le dedicara, en su tono habitual, en Ripios Ultramarinos, refiriéndose precisamente a la crítica de Az ul …, previa burla del absoluto mal gusto demostrado por Valera en sus consideraciones sobre los po e t a sa r g e nt i no s :“ Rubén Darío, en comparación del cual todos los malos poetas, por muy malos que sean, parecen buenos, o cuando menos regularcillos [...] hará cosa de 8 años publicó un librito de versos y prosa titulado Az ul … y envió un ejemplar a nuestro eximio don Juan Valera. El cual D. Juan, en un exceso de benevolencia, o mejor dicho, en dos, de esos que suelen tener los ancianos, dedicó un par de aquellas Cartas Americanas soñolientas que publicaba en El Imparcial a encomiar y ensalzar la obra, diciendo tantas y tantas excelencias del azul folleto y del joven autor que, en América, las personas de más juicio creyeron que D. Juan hablaba con ironía, y que todo aquello era una sátira. Se equivocaban ciertamente los que tal creían. D. Juan Valera hablaba en aquellas cartas con s e r i e da d , a u nqu es i nr a z ó n,p ors upu e s t o” . No podía Leopoldo Alas dejar de referirse a las parcialidades críticas de Valera en los dos a r t í c ul osqu ede d i c a r aal aa pa r i c i ónd e lv ol ume n .Loha c í ay ae nl a“ Re v i s t aMí n i ma ”de La Publicidad, p a r adi s t a nc i a r s edea que l l a so pi ni on e s“ e xt r e mos a sye xt r e ma d a s ”q ue j uz g a ba nc ondur e z al a“ e s c a nda l o s a ”g e ne r os i d a dd eVa l e r a ,yqu es el ea pa r e c í a nt a n exageradas como las del propio don Juan, aunque en sentido contrario; sin embargo, prefería reservars el aop i n i óna lr e s pe c t o ,“ a ú nnode lt od of und a dapo rf a l t adepr u e ba s ” ,y c e r r a b al a“ Re v i s t aMí ni ma ”a pu nt a nd ol ac ue s t i ónquea bo r da r í a ,ba j ol ape r s p e c t i va pr op i ade l“ Pa l i qu e ” ,d osdí a sde s pué sd e s del a spá g i na sdeMadrid Cómico:“ Sin of ue r a que ya no tengo hoy sitio, me detendría a considerar una de las tesis ingeniosas que Valera ma nt i e nec ont r ae lmi s mí s i moHor a c i o:‘ Enpo e s í anos ep ue d et o l e r a rl ome di a no . ’¿ Por qué no?, pregunta Valera, y está graciosísimo defendiendo a los poetas mediocres. Se podría creer que defiende a muchos de los vates de quien suele hacerse lenguas, si no fuera porque los tales no suelen llegar a medianos siquiera. Aunque no en todo lo que dice al caso, yo estoy conforme con algo de lo que opina Valera: los poetas medianos se pueden t ol e r a r ,y al oc r e o .Pe r oh ades e rac ond i c i ó ndequen ol l a me mosme di a noal opé s i mo ” . Así, si sus consideraciones en las páginas de La Publicidad se encaminaban a ilustrar la eficacia y oportunidad del genuino humorismo de Valera cuando acertaba a resolverse en a qu e l“ i ng e ni os í s i moe xpe di e nt e ”dequeha c í ag a l as uc r í t i c ad eEl perfeccionismo absoluto,oa l g u nospa s a j e sdes u sc a r t a ss obr eVi c t orHug o,e l“ Pa l i que ”de l1d ej u ni o abordará, como una ironía que no oculta el reproche, el distinto talante con que ese humorismo —arma de doble filo— se materializa en las cartas dedicadas a la poesía a r g e n t i n aoa lPa r n a s oCol ombi a no,“ g r a vei n c onv e ni e n t e ”e nt a n t oqu er e du ndae nu n i nop or t unor e l a t i vi s moc r í t i c o:“ Po re lg us t odemo l e r ,Va l e r amuc has veces se finge loco, como Hamlet, y sale diciendo que Narciso Campillo es un poeta como un jilguero, y Velarde tan risueñor como un Petrarca. Y es que Valera es de esos críticas modernos, aunque no de los que lo confiesan, que opinan en punto a crítica que de gustos no hay nada escrito, aunque haya gustos que merecen palos; y así como Hamlet se burlaba de sus cortesanos haciéndoles creer que en las nubes veían la forma que a él se le antojaba que vieran, así Valera se ríe para sus adentros del cándido lector que, creyéndole bajo su palabra, va reconociendo notabilidades artísticas en éste o en el otro autor ramplón o poeta chirle. Aunque yo no sea partidario en absoluto de la crítica científica, en el sentido que ahora se le da, sí creo que hay ciertas leyes de la psicología del juicio estético y del gusto que no pueden ser desobedecidas, y por ellas se puede demostrar que hay contradicción, y tras ella un desengaño, entre comprender y sentir lo que Valera es capaz de sentir y comprender, y poner en los cuernos de la luna a ciertos escritores. Hay puntos en que, por r i g ur os ad e duc c i ónc ua s i c i e n t í f i c a , Va l e r an opue d ee ng a ña r s enie ng a ña r no s ” . És t ae s ,aj ui c i odeLe o pol doAl a s ,nol ama ni f e s t a c i óndea que l“ o t r o”Va l e r as i ns e nt i d o del gusto, benévolo en demasía por error de apreciación que algunos quisieron ver, sino todo lo contrario: genuina presencia del único Valera que el autor de La Regenta supo siempre captar en aquel rasgo clave de su estética que es el humorismo, del que advierte aquí su reverso de s a f or t una d o;a que lqu e ,a mpa r a d oe nl ac omo di da dd es u“ f i n g i r s el o c o” , corre el riesgo de convertir lo que debiera ser provechoso discernimiento crítico en gratuita contribución a la causa de la mediocridad poética. Una causa que será precisamente objeto de sus reflexiones en la Revista Literaria que poco después, en enero de 1890, y desde las páginas de la España Moderna,de d i c a r áa“ Lac r í t i c ayl ap oe s í ae nEs pa ñ a ” ,a na l i z a nd o l a sc a us a sq uec o nc ur r e nal ab og ad el o sma l ospoe t a se na t e nc i ónados“ t e or í a s ”q ue ,e n algunos pasajes, vienen a reproducir los reproches que manifestara, unos meses antes, a Va l e r a : “ Va r i a st e o r í a ss eha ni n ve n t a d o,t o da spe r e g r i n a s ,p a r ad e f e nd e rl a c a u s ade los malos poetas. La primera que hoy quiero examinar consiste en hacer hincapié en el a nt i g u or e f r á n,ol oq ues e a ,q uedi c e :‘ s o br eg u s t o snoh a yd i s p ut a s ’ ,ol vi da n doe lot r o, s e g ú ne lc ua l‘ h a yg u s t o sq ueme r e c e npa l os ’[ . . . ]Cone s t es i s t e mas epu e dede j a rc on t e nt os a muchos, pero se niega por completo el fundamento racional de la crítica [...] O sobra la crítica, o la crítica no puede hacer consistir su modestia en dar como una preocupación individual, aprensión subjetiva, las afirmaciones que le dictan el juicio y el gusto [...] La crítica moderna [...] hades e rl oq uee ne l l as i e mpr ef uee s e n c i a l :unj ui c i odee s t é t i c a ” . Negación del fundamento racional de la crítica que llega a desembocar en las “ e xa g e r a c i o ne sde ls e u dod i l e t t a nt i s mo c r í t i c o ,del ac r í t i c ades ug e s t i ó n,d el ac r í t i c a subjetiva, de la crí t i c ap i n t or e s c ay del ac r í t i c ai mpr e s i o ni s t a ” ,e nl ae s t r e c he z ,e n de f i ni t i va ,deunma le n t e ndi do“ e xc e p t i c i s moe s t é t i c o ”f r e n t ea lqu eve n dr áar e c or da rq ue “ Nomu e r el ac r í t i c a ,l ac r í t i c aquej uz g a ,quee st od abon da d,e nt u s i a s mopa r ape ne t r a re n el alma de las grandes obras, lo cual es también juzgarlas, pues tan juicio es un elogio como una condena, pero que por ley del gusto, al tratar de la producción baladí de los poetastros, tiene que ser severa, segura de que acierta en esto [...] Mentira me parece, lo declaro, que hombres a quienes sus gustos y ocupaciones llevan constantemente a la lectura de las grandes autores, de eminentes poetas y filósofos, cuando bajan a la calle a ver la literatura nacional de cada día, lleno aún el ánimo de las profundas, graves, escogidas preocupaciones que sus lecturas y reflexiones les dejan, tengan humor para fingir que les parece admirable la secreción misérrima de tantos vates ignorantes, insípidos, prosaicos, en suma; ni siquiera buenos retóricos, ni siquiera verdaderos amigos de la naturaleza, ni siquiera testigos fieles del ar e a l i d a d, queve nyt o c a nyde s c r i b e n” . Pa r aa ña d i r :“ Ot r adel a st e or í a sd eques ehae c ha doma nopa r aob l i g a r nosat ol e r a rq ue haya docenas de poetas que deben leerse entre las que hoy en España quieren prosperar [...] consiste en oponerse a la opinión de Horacio, tantas veces repetida, admitida por muchos sin bastante reflexión, según la cual en poesía no puede admitirse lo mediano. En este punto no hay más remedio que hacer distingos. Por de pronto, lo más práctico aquí es atender a qu ep orl ap ue r t adel ome di a nos eno squi e r eme t e rl oma l o ” . Frente a su idea, siempre defendida, de la crítica como un juicio de valor, como juicio de arte, alejada tanto del puro impresionismo como del estéril cientifismo, las que considera de l i be r a d a s“ di a b l u r a sd ei n g e n i o ”deVa l e r a ,“ g r a vei nc o nve n i e nt e ”des usc a r t a s ,a pa r e c e n al oso j o sde“ Cl a r í n”c omoa que le xt r e modes uhu mor i s moq ue ,ma l og r a n doe nc i e r t o modo la meritoria iniciativa de informar razonadamente de las letras hispanoamericanas, acaba dibujando, en algunas de las entregas, un panorama literario que, a su juicio, presta flaco favor a la voluntad que guiara los designios de su autor al emprender la redacción de las Cartas Americanas:“ Sila unión con América ha de consistir, como suele consistir la amistad entre literatos, en el pacto tácito de estar alabándose mutuamente los de acá y los de allá, yo denuncio el tratado. Bastante tenemos con los becquerianos, y campoamorinos, y nuñezdearcinos de la tierra, de la madre patria, sin que tengamos que reconocer derechos de nación más favorecida a las bobadas que se le ocurran a cualquier sinsonte bajo el sol de los trópicos [...] Porque hay que fijarse en esto: la idea de Colón al descubrir tierra —yo al menos así lo he leído en una porción de odas— no sólo fue encontrar un paso para las Indias, etc., y doblar el imperio de la gloria de Isabel y Fernando, etc., sino propagar en nuevos territorios la fe de Cristo. Pero si él, persona formal, hubiera sabido que lo que iba a doblarse y centuplicarse era la poesía becqueriana, campoamorina, etc., y que en vez de un solo Velarde y un Grilo, y un Ferrari y un Cabestany, íbamos a tener Velardes en Méjico, Velardes en La Plata, Velardes en Venezuela, y Calcaños en todas las pampas y en todos los Andes... ¡rediós!, se hubiera dicho Colón, ahí queda eso; yo no descubro nada. Por eso le digo a don Juan, es claro que con el mayor respeto, que hace mal en dar alas a esos cóndores de por allí, porque esas vulgaridades altisonantes que a ellos se les ocurren teníamos ya nosotros quien nos las dijera, sin necesidad de que nadie se molestara en ir a descubrirles a ellos, lo cual siempre es ocasión de sustos y disgustos. Por lo demás, es claro que me alegro de que Colón haya tenido aquel arranque, y de que la amistad entre españoles y americanos prospere. Pero ¿no po dr í ap r os pe r a re np r o s a ? ” As omay a ,e ne s t a sl í ne a sdeunLe o pol doAl a se s c é pt i c oa nt eun aAmé r i c adon de“ s eh a n descubierto hasta hoy muchas má sf r a s e squei de a s ”ydon de“ s ec a nt amá sques ep i e ns ay s es i e nt e ” ,l ai nc o mpr e ns i ónqueh a br ád emos t r a rha c i au nRubé nDa r í oqu et i e n ee nl a s páginas de estas Cartas Americanas su más temprana y meritoria carta de presentación en España, y, por extens i ón ,s u me no s pr e c i op or a qu e l l o s“ c ol or i ne sy t r o mpe t e r í a ” mod e r ni s t a squenoh a bí ad ee mpa ña rs i ne mb a r g os ur e c on oc i mi e nt od e“ l a se xc e l e nt e s do t e sdea l g un osd el osn ot a bl e spoe t a sa me r i c a no s ” ,a s íc o mol aj u s t ae s t i ma c i ónde aquellos en quienes reconocía valores perdurables más allá del gorgeo de gorrión a la parisién. La insistencia de Valera en ponderar los logros de una poesía por lo general mal conocida en la metrópoli, y lo benévolo de algunos de sus juicios, interpretados comúnmente a la luz de su proverbial diplomacia, afirmada recurrentemente a golpe de é nf a s i s pa t r i ót i c o,y qu e“ Cl a r í n ”c ont e mp l aa g ud a me nt ec o mo e lr e ve r s od ee s e “ hu mor i s move r d a de r o ”c uy aa mbi g üe d a da d vi e r t eys e ña l ae na q ue l l a sc a r t a sc uy ama t e r i a precisaba de un ejercicio de crítica literaria, a la postre mucho más provechoso, no fueron del todo ajenos a cierta predisposición desdeñosa hacia la poesía hispanoamericana del fin de siglo, que esta primera serie de Cartas Americanas quería ayudar a difundir, y que cumplió plenamente sus objetivos en el afortunado caso de Rubén Darío. Valores éstos jamás negados, reconocidos unánimemente por quienes le dedicaron su atención crítica desde ópticas diversas, aunque en su lectura no pudieran sustraerse de sentirse atraídos hacia el sel l op a r t i c u l a r í s i moqueVa l e r a ,“ c a s t e l l a n oyf l or e nt i no ”e np a l a br a sdeRu bé n, imprimiera siempre a sus escritos, también a estas Cartas Americanas.
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