Situación de la nueva poesía en España LUIS JIMÉNEZ MARTOS* indiferencia o casi (para no quedarnos en las radicalizaLAciones absolutas) es el modo habitual con que se trata a la poesía en los medios de comunicación y aún en los de importancia dentro de la órbita donde se desenvuelva la cultura. Las excepciones, y no sería justo ignorarlas, lo son de forma rotunda. No es ninguna sorpresa este viejo asunto de la Cenicienta y la madrastra PARÁBOLA DE LA (lo del príncipe es aquí muy problemático). Como suele ocurrir, el INDIFERENCIA Y EL desdén se corresponde, de modo inverso, al valor. La historia de la DIVORCIO poesía española ha significado, siglo a siglo, una sucesión de calidades siempre en punta de cada época. El teatro y la lírica se han repartido, hasta ahora entre nosotros, el honor del Nobel de Literatura. Juan Ramón Jiménez y Vicente Aleixandre, en 1956 y 1977, fueron los protagonistas de esa resonancia (en la radio y en la televisión dicen de cuando en cuando Alexandre). Hace poco, a una poetisa, invitada al programa La tarde, le hizo el presentador esta aguda pregunta: «¿Escribe usted con lápiz, bolígrafo o a máquina?». Se podrá decir que esto es anécdota; pero, con todo, muy sintomática, lo mismo que otras a las que podría recurrirse para ilustrar la ignorancia. Hay como una extrañeza y actitud preventiva. ¿Poesía? No, gracias. ¿Ha ocurrido siempre así? La popularidad de algunos poetas decimonónicos, y también de épocas posteriores, rompió la regla rechazativa. Luis García Montero sostiene en su ensayo La poesía, cuartel de invierno, que el divorcio entre la sociedad y los poetas se produjo por culpa de ambas partes. Al cambio de la primera, como resultado del proceso de industrialización, responderían los segundos empeñados en una creación compleja, críptica, minoritaria, impidiendo, consecuentemente, el acceso que antes se verificaba. Esa realidad no ha impedido que se den, antes y hoy, interrupciones favorables a una relación normalizada. El interés por la vida colectiva no se ha eliminado pese a que la poesía insista, por lo común, en sus trece de lo difícil. Hay de suyo caminos abiertos para superar ese trance. * Córdoba, 1926. LicenciaA raíz de los años setenta, en España, el divorcio se ha ido do en Derecho. Dirige la Colec- acentuando. Entonces, y tras la experiencia del estallido juvenil ción Adonais. Premio Nacional de Literatura y Premio Vi- parisino de 1968, al que siguió el agudizamiento del desencanto, la lla de Martorell en Poesía. poesía se hizo a la idea de que debía desentenderse de aquellas moPremio Juan Várela en 1974. tivaciones referidas al contorno compartible. La poesía social, o de resistencia política a un régimen, había cumplido su función. Los jóvenes, novísimos oficiales y los otros, tomaron un rumbo que les distanciaba de sus antecesores. La mecánica de las modas es imparable, e impone su dictadura. El realismo se convertía en anacrónico (inevitable simplificación), ex-último grito. La apetencia del bienestar, tan antiheróica, y el desarrollismo como instrumento para conseguirlo, influyeron en la conducta de los poetas, impulsada hacia los mundos interiores, la estética en vez de la ética, la disposición concentrada en el lenguaje (prevalencia del qué), el sensualismo, la perspectiva de la que se excluye cualquier asomo de trascendencia, el recurso culturalista, la imagen de un mundo puesta al día, o sea, efectivamente contemporánea... Sería un disparate creer que esas notas son las únicas, pero sí que ellas entrañaron un punto de arranque para el remozo. Á la berza, oliente a posguerra, sucedió el sándalo, oliente a vida refinada. Esa parábola de la indiferencia y el divorcio fue a abrir un nuevo capítulo, y éste es el que se ha desarrollado a través de tres lustros. El envite de 1968 —la imaginación al poder, tan utópico— al menos tuvo influencia en otro: la imaginación a la poesía. Cada hornada desencadena un urgente estímulo que lleva a la GENERACIONES clasificación generacional. Este método, en el que Ortega y Julián Y ANTOLOGÍAS Marías profundizaron, se aplica para pretender el logro de las clarificaciones. En ese orden, aparece clara la nómina del 98, del 14, del 36, del tramo inmediatamente posterior a la lucha civil, y, por último, de los años cincuenta. Ninguno de estos cuadros se ajusta por completo a lo que dicen los teorizadores, y es comprensible que esto ocurra. Los nombres inscritos en tales parcelas resultan insuficientes y, por supuesto, no cabe abarcarlos en caracteres comunes. No importa demasiado que la decantación sea fragmentaria y vaya repitiéndose con tono dogmático, porque las ideas, como dijo Ortega, son como los tranvías, esto es, discurren por los raíles y unos detrás de otros. Aunque ya apenas si superviven estos medios de transporte, la verdad es que ese simil continúa siendo válido. Habría de llegar pronto el instante propicio a la confusión originada por la premura en verificar una cala diferenciativa y, también, por la ausencia de justificación. Una nueva ola comporta instinto de ruptura, más o menos rotunda, y ésta no se produce así como así. En este caso, no faltaba el deseo explícito de hacer cuenta nueva, aunque los hechos son quienes deciden. La vanguardia más fiable no traslucía dejar del todo a un lado la tradición, que se elige como el camino para ir hacia adelante. A Carlos Bousoño se le ocurrió una especie de remedio ante este barullo. Según él, desde que se inicia la posmodernidad, en el medio siglo, las «generaciones» ya no tienen razón de ser. Se acabó lo que se daba y apáñense como puedan. Sólo que ese modo de evitar las consecuencias del tráfico a tope de las denominaciones agrupadoras, es desoído y se tiende a que lo sustituya el cómputo referible a diez años. Los del sesenta, que se sitúan en un terreno a medias entre los ya estratificados y los del setenta, aspiran a ocupar su sitio para conjurar el peligro de que no se conozca quiénes son. Un poeta no generacionado es igual que si fuese huérfano de padre y madre, y, por ello, procuran salir en la foto. Y al que se mueve le pasa igual que a los políticos, según don Alfonso Guerra. VANA SEGUIR LAS ANTOLOGÍAS Las antologías encauzan este menester. Las antologías constituyen antesalas del paraíso y archivan las documentación del Parnaso. En la última década ha crecido este género y no parece que vaya a disminuir su número, porque, además, la poesía seleccionada en conjunto atrae más lectores que la de un solo autor. Su conveniencia no admite vuelta de hoja, como tampoco la sospecha de que los que no figuran en tales resúmenes se hallan condenados a la sombra absoluta. Vendrán críticos que presuman de recuperaciones. En Poetas de los setenta, de Mari Pepa Palomero, se hace historia de esta clase de volúmenes que, en el tiempo a examinar, arroja estos nombres de antólogos: Martín Pardo, Castellet, Antonio Prieto, Batlló, Moral y Pereda, Pozanco, García Martín y Rossell, cuyos trabajos surgieron durante el transcurso que va desde 1970 a 1982. Se repiten los elegidos: novísimos, de los que Gimferrer y Leopoldo María Panero siguen en órbita, posnovísimos, entre los que bulle mucho esa reencarnación de Osear Wilde que es Luis Antonio de Villena, Antonio Colinas, aparte de algunos otros, no se sienten identificados con las apreciaciones unitarias. Mari Pepa Palomero ha tenido el detalle de insertar una relación de nacidos entre 1939 y 1953, y gracias a tan completadora medida y apéndice, nos proporciona la sorpresa de que ahí figuren los no antologados siguiente: José Luis Alegre, Amparo Amorós, José María Bermejo, Pureza Canelo, Gallego Ripoll, Antonio Hernández, José Infante, López Casanova, Moreno Jurado, Ana María Navales, Justo Jorge Padrón, Paloma Palao, Pedro de la Peña, Sánchez Rosillo, Emilio Sola..., todos ellos alumbrados, como premios o accésits en el Adonais, nombre cuidadosamente omitido al transcribir las fichas de las obras. Cualquiera, con un mínimo de honestidad, no tendría que hacer mucho esfuerzo para concluir que algunos de estos marginados, aunque consten en el epílogo, son más importantes que no pocos de los glorificados. Esta es una ocasión, de las tantas, para la ironía o el regocijo. Lo que suena a coartada, después de todo inocentísima, permite establecer que las tendencias subrayadas no se encuentran solas en el mundo. Se eliminan los que desmienten el criterio uniformado y demuestran la pluralidad, que sale averiada y, por descontado, la intención de los antólogos. EL FORMALISMO Y LA RÍGIDA UNIDAD Ya señalé que uno de los objetivos bien visibles en esta trayectoria de quince años —la duración canónica de una generación literaria— es el objetivo de supervalorar el lenguaje, el cómo del poema. No habría que decirlo: la forma adecuada ha sido y es esencialísima de este quehacer creador ligado a toda la historia del hombre. Ahora bien: los que hablan de que hay que potenciar el idioma de la poesía, suelen incurrir en una idea nada aceptable cuando aseguran que, desde 1939 a 1970, ese cuido no existía o poco menos. Es una falacia. Si es cierto que a los denominados poetas sociales les acuciaba, con preferencia, lo que se llamó men- saje, cuanto más directo mejor, resulta, asimismo, fuera de duda que, entonces, hubo otros poetas atenidos a la belleza y a la expresividad de la palabra y al latido humano. Si se cambia un dogmatismo por otro, nadie gana, o si se inventan influjos fantasmales. Juan Ramón Jiménez advertía que, en este trajín de los antecedentes, se habla de unos poetas y se imita a los silenciados. El apoyo en el lenguaje concluye por convertirse en una propuesta abstracta, santo y seña, a lo que contribuye la crítica filológica con su punto de vista y método unilateral aplicado al análisis. La forma y el fondo han de constituir un empaste sin fisuras; pero ocurre que estos formalistas a ultranza acuden a una sola brecha y, por tanto, propenden a la artificialidad. Esta es una de las particularidades insatisfactorias y muy de hoy. Se libran de ella, según costumbre, los que atienden al logro de algún equilibrio (no implica, ¡ojo!, frialdad, sino saber otorgarle a cada elemento lo que exige). El retorno a la atención dirigida hacia las vanguardias históricas (la surrealista, por ejemplo, tan fecundante) conduce, más de una vez, a la vaciedad. A propósito de la magia, el misterio y cosas parecidas, algunos poetas, con prestigio o sin él, acumulan verbalidades en nombre del irracionalismo, como si éste fuera patente de corso. La distinción entre lo auténtico y lo amanerado no es un problema insoluble. Que se jalee a algunos de estos cultivadores hasta el punto de colocarles un sello que dice genial, se debe a que ciertos forofos y críticos caen en la trampa. Determinados teóricos propugnan la unidad de la obra poética. No se trata de un invento actual (¿quién podría sostenerlo?); lo que sucede es que, como en el caso de la supervaloración del lenguaje, este afán por lo unitario adrede funciona en un solo sentido y a manera de un corsé. Nadie es más libre que el poeta en el acto de crear. Si atendemos a lo que manifiestan estos partidarios de no salirse de la línea autoestablecida, procede una extremosa vigilancia, y ello obliga a la imitación de sí mismo, a la escritura monótona. En un poeta de verdad existen ejes que nunca se borran; lo que no hay es resistencia a las variaciones evolutivas. Por Dios, no se le ocurra mezclar verso libre con sonetos, endecasílabos blancos con romances, canciones con densas y sólidas piezas. Sea anatema el atrevido, que se expone a la ira de los cultiniparlos. No desconcierten, que sufre así la cosmovisión, o Weltchantaung, que es lo fino. Sin ella, cumplida a rajatabla, ¿qué porvenir espera al cogido en tan terrible transgresión por no seguir el dictamen de los férreos? Repito: ¿qué porvenir le espera a la poesía de Juan Ramón Jiménez, Gerardo Diego y Alberti? En su obra cerrada por la muerte o en su obra que sigue, por ventura, en marcha, hicieron lo que cada instante les pedía. Importa la unidad de cada poema, no la del conjunto de las tentativas. La contumacia en lo segundo tiene no poco que ver con la idolatría de la técnica, signo del tiempo. A lo que no se aprende es a ser natural. La asimilación alcanza un grado resaltable. La poesía sabia, que puede asemejarse a la del conocimiento, tan aireada, prolifera. Pierde puntos, por desgracia, la de raíz. LA ATENCIÓN ALAS VANGUARDIAS HISTÓRICAS REVISTAS Y PREMIOS «El mejor modo de entrar en la vida literaria es una revista». La frase pertenece a André Gide, y sigue valiendo. Nuestra poesía del siglo veinte y la foránea, es inseparable de esas publicaciones que de forma exclusiva o no, fueron cauces del fluir poético. En el pasado, Revista de Occidente, Cruz y Raya, Litoral, Los cuatro vientos, Octubre, Caballo verde para la poesía, supusieron espacios de la presencia que no debe faltar en ninguno de los proyectos y realizaciones de la cultura. Y si es así, se nota el vacío. ¿Cómo hubiera sido posible el volver a andar de las letras, en prosa y verso, después de 1939, sin Escorial, Garcilaso, Proel, Espadaña...? Y, en los cincuenta de la medianería de tantas cosas, el alud de las revistas andaluzas (Cántico, Arkángel, Caracola, Aljibe y un etcétera que puede comprobarse en el estudio de Fany Rubio) concretó, volanderamente, un renacimiento de las provincias y de los grupos para superar la amenaza de atonía. Vaya un recuerdo para Poesía española, empresa subvencionada por el Estado, abierta a nombres de diversos mimbres, y en la que esos otros papeles de la España de los poetas eran reseñados, con lo que se abarcaba una visión totalizadora de las guerrillas por el Norte, el Sur, el Este y el Oeste. La sucesora, Poesía, tiene un corte más minoritario, aparte de que su precio no resulta asequible. Ya se ve cómo la democracia que disfrutamos no llega hasta ahí. Felicitémonos de que una superviviente de los años cuarenta, Cuadernos Hispanoamericanos, dé juego en sus páginas a la poesía de las dos orillas. Como hizo siempre ínsula. NINGÚN CUÑO POÉTICO DETERMINADO Y ¿ahora? Anoto la singularidad de Equivalencias, a cargo de la Fundación Rielo, ya que está dedicada a las versiones en varias lenguas de poesía en castellano y en todas las lenguas del mundo. La tesitura autonómica se refleja también gracias al desarrollo revisteril. Barcarola, Epireuma, Río Arga, El cardo de Bronce, Zurgai, Olvidos de Granada y, hasta hace poco, Fin de siglo, son exponentes de que la poesía dispone de oportunidades para no quedar en lo oscuro. Lo que sí pasa es que esos ventanales, impresos con ayuda estatal o de entidades (así las Cajas de Ahorros), siquiera en parte, no han dado motivo, generalmente, y como ocurría en otros tiempos, a que se inclinen por un cuño poético determinado. La costumbre se inclina a la pluralidad, y a no limitarse a la atmósfera regionalista, aunque se refleje. La presión oficialista es, aquí y allá, de reglamento. El número de galardones que se otorgan cada año en España es grandísimo y de amplia escala por su dotación e importancia. Son imprescindibles en sus dos vertientes: la que propicia el descubrimiento de nuevos valores (Adonais, desde 1943, Hiperión, Rey Juan Carlos en cabeza) o los que no se ajustan a esta condición de juventud. Su variable cobertura económica viene a aliviar las escaseces de los poetas afortunados, y si esa suerte conlleva que se edite la obra ganadora mata dos pájaros de un tiro, o tres, porque un premio, a escala local, nacional o internacional, es'noticia y, por ende, esa publicidad constituye una excepción al silencio, que del mismo modo se atenúa en las críticas y reseñas de los suplementos literarios de la prensa periódica y de las revistas culturales, si bien la desproporción entre la abultada cantidad de volúmenes poéticos y la atención que reciben es patente. Hay una poesía sumergida que acude o no a los concursos, a LA POESÍA las ocasiones del cara o cruz, con la esperanza de salir de lo anóni- SUMERGIDA mo. Surja, o lo contrario, la aguja en el pajar, este buceo en la lectura permite asomarnos a un futuro que se adivina en los textos de los más jóvenes. Los críticos están en la obligación de atenerse a la cera que arde aquí y ahora. Repiten los perfiles del panorama, valoran, dictaminan, extienden pasaportes. Domina la tarea una generosidad que evite complicaciones. La poesía sumergida bracea, pugnosa por abandonar ese mundo. Por lo común no es diferente de la que flota. Pero se deja ver la que acusa los síntomas de un cambio. ¿Cuáles? Me limitaré a dos, con arreglo a la experiencia de que dispongo. Uno es el propósito de zafarse del esteticismo, del tic culturalista, de cuanto se complace en la dimensión solitaria del ser para apuntar a una poética que ensancha sus límites. Algunos originales recién leídos poseen ese carácter de testimonio de la época y rebeldía ante la misma que pudieran constituir el retorno a las realidades preocupadoras y de signo socializado. Otra nota advertible es el gusto por ensayar las formas de la tradición (sonetos, décimas) apartándose por tanto, del versículo y del cauce libre que hoy es poco menos que preceptivo. Quizá se esté gestando una escalada hacia el misterio y la trascendencia religiosa. Desde 1970 hacia acá, ha crecido la motivación erótica, a la LA que no es ajena la poesía de mujer, fenómeno que exigiría un estu- MOTIVACIÓN dio especial. La denominada poética del silencio, por otra parte, es ERÓTICA un ejercicio de exactitud frente a la afición al uso de las palabras por las palabras y al delirio barroco, «enfermedad de la literatura española», a juicio de Juan Ramón Jiménez. Esa desnudez la combate, y es un dato nada baladí, sobre todo relacionándola con la crisis del humanismo y su conciencia decadente. ¿Se busca una salida? ¿Es equiparable a un braceo en el naufragio? El hedonismo ¿conoce su propia quiebra? Apunta, a veces, un deseo de arraigo en las realidades simples, envés del flotar en lo inconcreto. Han ido difuminándose las recurrencias modernistas observadas al principio del despegue renovador. Ezra Pound y Cavafis proyectaron su impronta de maestros, como Luis Cernuda, Wallace Stevens, Vallejo, Pessoa. En las postrimerías de este siglo, el cajón de sastre se halla a la orden. La poesía es un observatorio, y su carácter de adelantada la hace idónea para ver a lo lejos. Desde un estrato joven este intento de adivinación resulta apasionante, si bien la profecía es el presente. Desde aquel realismo, más o menos a secas, se pasó a rechazarlo. Pero la realidad es un fundamento indispensable y está sonando la hora de una reconciliación.
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