Num141 016

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Encuentro con Marías
MARÍA DEL CARMEN PAREDES MARTÍN *
L
a atención a los filósofos españoles en el contexto de
nuestra
formación
cultural
—no
me
refiero
exclusivamente a la formación filosófica, sino a la
intelectual, en sentido amplio— ha solido ser desigual y
frecuentemente menos intensa de lo conveniente. Y sin
embargo, bien pueden considerarse como una fuente de
formación intelectual y de educación estética y lingüística,
ya que la lectura filosófica de textos redactados en
español se enriquece tanto por el tono como por el estilo original de la lengua,
de los recursos verbales, los juegos semánticos y sonoros. En mis primeras
indagaciones sobre la filosofía española contemporánea me pareció reconocer
la existencia de un lenguaje dentro del lenguaje, que transcurría por los
vericuetos de los razonamientos y noticias, o se detenía, a veces, en los
meandros de las semblanzas de otros autores.
Me acerqué a la llamada “Escuela de Madrid” de la mano de Julián Marías,
tratando de averiguar cómo era ese contorno de la filosofía española, que se
cualificaba con un índice geográfico tan preciso y cercano. Pronto advertí que
la unidad geográfica designaba en primer lugar el centro de irradiación de un
movimiento de renovación del pensamiento y de la cultura en la España de la
primera mitad del siglo XX. Luego, el centro dejaba de tener un sentido de
autorreferencia única y se llenaba del significado de aquella irradiación, tan
necesaria para la existencia y la actividad de sus diversos componentes,
representantes todos de la mencionada Escuela. La unidad geográfica dejaba
paso a una cierta unidad de pensamiento que se ofrecía como mejor
explicación de su denominación.
Ese pensamiento que se me aparecía como unitario reunía una diversidad de
temas, que no estaban relacionados de una manera directa con problemas
filosóficos, puesto que se referían más bien a problemas de circunstancias, a
hechos y situaciones concretos de la realidad española. Así pasaban a ser los
*
Universidad de Salamanca..
sucesos y las situaciones dependientes de ellos objeto de reflexión y
productores de una corriente de pensamiento, a la vez que el movimiento que
dio lugar al nombre de “Escuela” se concretaba en un pensamiento originado
por los hechos y problemas que constituían el objeto inmanente de reflexión.
Pero no se trataba únicamente de eso. Así como la denominación geográfica
no acotaba en exclusividad el lugar que servía de base al desarrollo de esa
corriente de pensamiento, así también la problematicidad más cercana no
agotaba los temas de interés.
Muy frecuentemente, la discusión de algún problema de la historia reciente
cedía terreno para dejar constancia o para desarrollar —de otra manera—
alguna tesis filosófica expresa, por ejemplo, positivista o fenomenológica en
sentido amplio, que unas veces era compartida, otras rechazada y por lo
general reinterpretada en un nuevo marco de referencia. De este modo, la
reflexión sobre problemas internos adquiría una fisonomía capaz de ser
reconocida desde una perspectiva distinta, la cual entroncaba directamente con
el pensamiento europeo. Por otra parte, la construcción filosófica se articulaba
en una diversidad de formas escritas, de géneros y estilos. La belleza de la
prosa era un resultado nuevo y como inesperado, un plus que no provenía del
fondo de los asuntos y tampoco era estrictamente necesario para entender
mejor el alcance de los mismos. Se diría que la ocupación con los hechos y
problemas de carácter más próximo requería la configuración de un lenguaje
que no era ya el tradicional de los ensayos filosóficos, aunque tampoco se
separaba por completo de ellos. La convergencia entre el carácter específico
de los acontecimientos tratados y la originalidad del lenguaje que los hacía
existir para la prosa confería a ese pensamiento en lengua española un
significado y una forma propios. Para el lector se trataba y se trata, también, de
la experiencia de un lenguaje dentro del lenguaje escrito, que se abre paso en
éste unificando su contenido expresivo y dotándole de identidad.
Y como la filosofía, en sus diversas formas y corrientes, cuando es
auténticamente filosofía se da a sí misma un modelo de razón, ese lenguaje
interno a la prosa filosófica española no era sino expresión de la razón que lo
impulsaba, “razón vital” según la conocida denominación de Ortega. Este
modelo de razón ha quedado adscrito a la época y a la obra de pensamiento
que le dio consistencia, sin que haya sido, por lo demás, explícitamente
sustituido por otro modelo de razón acuñado por el pensamiento español.
Marías, en su obra sobre la Escuela de Madrid, apunta a la necesidad de
restituir a la circunstancia, como uno de los lemas identificatorios del
pensamiento que él nos da a conocer y del que desde luego forma parte.
Restituir a la circunstancia su validez en el contexto de una situación histórica y
recuperar su significado para la vida individual y colectiva podía definir, o al
menos así yo lo recuerdo de mi primera lectura de aquel texto, una de las
tareas de la razón en su orientación hacia la vida. El pensamiento y la historia
se dan cita en el vértice de la situación sobre la que inciden y en torno a la cual
constituyen —y restituyen— la unidad de que son parte y expresión los
géneros, estilos y temas que le dan contenido. Era la unidad de este
pensamiento una unidad mayor consigo mismo que la que alcanzaron otras
manifestaciones culturales, tal como se ha puesto de manifiesto en su
desarrollo hasta el presente.
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