Estefanía Dávila Martín Universidad Pública de Navarra

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XI Congreso Español de Sociología (Madrid, 2013)
La historia de los conceptos en los debates actuales sobre el tiempo social*
Estefanía Dávila Martín
Universidad Pública de Navarra
RESUMEN: Aunque la cronología de la modernidad no está exenta de litigio, existe cierto
consenso al considerar que la dimensión temporal es un factor clave en el proceso de
modernización. El proyecto ilustrado, los movimientos revolucionarios y el desarrollo del
capitalismo operan una serie de metamorfosis en las estructuras temporales de la sociedad,
ligadas a la progresiva abstracción de la medida del tiempo y a la complejización de las
dinámicas de cambio social. Siguiendo los análisis semánticos de Reinhart Koselleck acerca de
la modernidad como un tiempo nuevo, el historiador François Hartog propone su teoría de los
regímenes de historicidad como una herramienta heurística para comprender las múltiples
experiencias del tiempo e interrogarse por las relaciones entre pasado, presente y futuro en
nuestra época. La sociología de la aceleración, representada entre otros por Hartmut Rosa,
recoge igualmente los análisis de Koselleck para estudiar la experiencia de indigencia temporal
y la creciente velocidad del ritmo de vida en la modernidad avanzada. Aceleración y
presentismo parecen ser dos categorías fundamentales en los debates actuales sobre el tiempo
social. Se tratará de pensar sus relaciones, implicaciones mutuas, causas y consecuencias, desde
la perspectiva de una modernidad paradójica y ambivalente en la que no se puede trazar una
figura del tiempo única. PALABRAS CLAVE: tiempo social, aceleración, presentismo,
modernidad.
Tiempo y modernidad
Una de las más influyentes lecturas de la modernidad, la de Reinhart Koselleck,
considera que las mutaciones culturales que se producen entre 1750 y 1850 – período
que denomina Sattelzeit – contienen los fundamentos para comprender su origen y
sentido (2011: 19-20). La noción ilustrada de “progreso” conduce a la concepción de un
tiempo dotado de direccionalidad, lo que hace imposible su repetición: el futuro ya no
se puede leer en las experiencias del pasado, es incierto e impredecible. Se instala
entonces una fisura entre el “espacio de experiencia” y el “horizonte de expectativas” de
los sujetos. El hecho que, según Koselleck, precipitó la quiebra definitiva del concepto
de historia magistra vitae fue el estallido de la Revolución de 1789, que determinó la
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La propuesta de esta comunicación, enmarcada en un proyecto de investigación doctoral, se encuentra
articulada con mayor profundidad en el texto “Going fast nowhere. Consideraciones en torno a la
aceleración del tiempo social”, en Maya Aguiluz y Oliver Kozlarek (eds.), Aceleración y Teoría Crítica,
de próxima publicación en la editorial Anthropos de Barcelona. Remitimos a la bibliografía para ampliar
los desarrollos teóricos apuntados.
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emergencia de una nueva perspectiva histórica: la idea de que el tiempo se puede
construir, que los sujetos pueden “hacer historia” con su propia acción. Esta concepción
de la temporalidad, su devenir una dimensión inmanente, se fragua según Luhmann un
siglo antes: “ya al principio del siglo XVII se quebró la unidad de existencia y
preservación y se concibió el presente como discontinuo, dependiente, para su
mantenimiento, de otras causas secundarias” (1992: 164).
La modernidad significa la introducción de la contingencia en la historia. El tiempo
histórico es temporalizado y deviene relativo: el pasado está sujeto a interpretaciones, el
futuro abierto a posibilidades. Nos encontramos ante un proceso creativo en el que los
actores sociales tienen capacidad de acción. Debemos afrontar que los acontecimientos
no siempre se ajustarán a las expectativas, debemos construir nuestro propio tiempo,
pensar desde el accidente. “Mientras que para la filosofía clásica […] la sustancia era
esencial y el accidente relativo y contingente, hoy observamos una inversión de este
supuesto, ya que el accidente se ha convertido en absoluto y la sustancia […] en
relativa” (Beriain, 2008: 256). Se produce entonces una poderosa desacralización de la
idea de sustancia, así como un cuestionamiento de las bases de la concepción
aristotélica de la negación como privación: el futuro se convierte en un almacén de
posibilidades entre las que se puede escoger – al menos, en teoría – por medio de la
negación que nos permite distinguir unas de otras.
Recuperando la pregunta heideggeriana sobre el tiempo, Koselleck analiza las
temporalidades heterogéneas que atraviesan la comprensión misma de la historia. Cada
sociedad articula una relación particular con el pasado, el presente y el futuro,
dotándoles de sentido, “desde el tiempo cíclico que entregó su rasgo central a la
intelección clásica del mundo hasta el tiempo acelerado de la contemporaneidad,
pasando por el más uniforme de la modernidad” (Villacañas y Oncina, 1997: 28; cf.
Luhmann, 1992).
Regímenes de historicidad
Sin perder de vista que las transiciones son lentas, las fronteras no están firmemente
delimitadas, y que por tanto se producen interferencias – a menudo trágicas – entre unos
y otros regímenes de historicidad, François Hartog (2003) nos propone distinguir entre
un régimen antiguo y un régimen moderno, atravesados por el régimen cristiano que
sirve de bisagra entre ambos. En sentido estricto, los regímenes antiguo y moderno no
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se suceden exactamente en el tiempo, sino que ambos coexisten: el primero como “lo
otro de sí” de lo moderno, existe desde su imaginario. La noción de régimen de
historicidad expresa una manera dominante de ordenar el tiempo, la tendencia de una
época, pero no pretende ser una entidad metafísica ni universal.
El régimen antiguo se define por la autoridad del pasado, que se percibe como
sustrato de tradición y recurso para una historia basada en el ejemplo y la imitación,
obedece al modelo de la historia magistra vitae. Reposaba sobre la idea de que el
futuro, si no era exactamente una repetición del pasado, tampoco lo excedía jamás,
puesto que se movía en el interior de un mismo círculo.
Aun preservando la imagen cíclica del mundo, el judeo-cristianismo introduce una
noción adicional: el génesis y el apocalipsis, el comienzo y el fin como marcas que
configuran los límites de la flecha del tiempo. La historia del mundo se despliega como
una interpretación de la caída del hombre y su posterior redención, es decir, aparece
como una historia de salvación. El régimen cristiano ha podido combinarse con el de la
historia magistra en la medida en que tanto uno como otro tenían la mirada puesta en el
pasado (Hartog, 2003: 119).
La edad moderna, basada en el dominio racional del mundo, se fundamenta en otro
patrón de experiencia del tiempo que, si bien hunde sus raíces en la tradición judeocristiana, se expresa en términos de progreso (Beriain, 2007: 42). Pasar de la autoridad
del pasado (con la operación estratégica de la restitutio, preceptora del vínculo entre
pasado y presente), a la autoridad del futuro, propia del régimen moderno de
historicidad, equivale, en la tradición occidental, a abandonar el “ya no” y entronizar el
“todavía no”. Se trata de un giro conceptual que produce verdaderos vértigos, pues vino
acompañado de una voluntad de ruptura con el tiempo anterior: si la antigüedad mira
hacia los modelos intemporales del pasado, la modernidad, que supone la hipótesis de
un mundo progresivamente mejor, es, básicamente, una teoría sobre el futuro.
Hartog utiliza el concepto de “brecha”, introducido por Arendt en Entre el pasado y
el futuro, para nombrar las crisis o fisuras entre pasado y futuro que nos hacen sentirnos
extraños en nuestro propio tiempo histórico. Las memorias de Chateaubriand son para él
testimonio de la experiencia de una doble imposibilidad, de vivir en el “entre-dos”: en la
distancia, demasiado grande, que separa a los antiguos de los modernos (Hartog, 2003:
97-98). Hermano lejano de Ulises, se lamenta del naufragio del mundo entre dos
regímenes de historicidad. Pero, junto a este testimonio, nos ofrece la mirada de
Tocqueville: una mirada a partir del futuro, que expresa una clara voluntad de ruptura
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con la autoridad del pasado por la autoridad del porvenir. La modernidad, como
movimiento de secularización, transfiere al futuro el crecimiento hasta entonces
asociado al pasado (Hartog, 2008). La Revolución de 1789 significa una
temporalización de la utopía: no ya otro lugar, el retorno al origen o la naturaleza, sino
otro tiempo, el futuro, significará el fin del absolutismo, el fanatismo y la intolerancia.
Esta idea se ejemplifica en la obra de Mercier, El año 2440 (publicada en 1771), en la
que el protagonista se ve proyectado desde finales del reinado de Luis XV a mediados
del siglo XXV para comprobar que la Bastilla había desaparecido y realizar una visita a
las ruinas de Versalles. La brecha más reciente en la historia de la modernidad es, para
Hartog, 1989, año que marca la conformación de un nuevo régimen de historicidad
denominado “presentismo”.
Podemos formular “la hipótesis de un nuevo cambio de historicidad a finales del
siglo XX como resultado de las decepciones engendradas por las expectativas
escatológicas y sus funestos efectos” (Dosse, 2009: 141). Del progreso inevitable de la
primera modernidad al progreso ambivalente de la modernidad avanzada (Beriain,
2005), nos encontramos ante una crisis de futuro que se traduce en un porvenir
imposible. El diagnóstico temporal de nuestra época apunta hacia un presente
multiforme y multívoco: un presente monstruo. Es a la vez todo, no hay más que
presente, y casi nada, la tiranía de lo inmediato (Hartog, 2003: 217).
Sociología de la aceleración
En el distanciamiento progresivo entre pasado y futuro se encuentra, siguiendo a
Koselleck, la clave para comprender el desarrollo de los procesos causantes de la
aceleración social, categoría que define la experiencia contemporánea del tiempo. Si
bien “la aceleración como categoría de expectativa histórica es vieja” (2007: 322) –
podemos encontrar formulaciones tempranas en los textos apocalípticos judeo-cristianos
–, a partir del siglo XVI la noción de expectativa sufre una serie de trasmutaciones
fundamentales para la comprensión de la aceleración moderna, hasta llegar a la
saturación empírica del concepto con la Revolución Industrial. El acortamiento
temporal introducido por las profecías apocalípticas obtenía su evidencia de la
existencia de un Dios eterno, fuera del tiempo; sin embargo, esta noción se vacía de
contenido con la temporalización de la historia en la modernidad.
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La sociología de la aceleración es una de las corrientes actuales que recoge el debate
de la presentificación de nuestro tiempo, considerando los procesos de metamorfosis de
las estructuras temporales en la modernidad como respuesta al aumento de la
contingencia en la historia y las posibilidades que ésta entraña (Luhmann: 1992).
Numerosos análisis recientes se ocupan de tematizar tanto la aceleración del tiempo
social como sus consecuencias no deseadas, desde ámbitos como la ecología, el
urbanismo, los estudios culturales, el trabajo, la familia, el ocio, etc. Análisis, como los
de Urry o Virilio, que encuentran un antecedente en la preocupación de Heidegger
(2003b) sobre la velocidad del desarrollo tecnológico.
Expresiones tan recurrentes hoy en día como “no tener tiempo”, “perder el tiempo”,
“matar el tiempo”, “pasar el tiempo”… son consideradas como la traducción de una
experiencia de “indigencia temporal” (Linder: 1970). Desde esta perspectiva de análisis,
los fenómenos de la aceleración – urgencia, precipitación y falta de tiempo – y sus
experiencias correspondientes – la angustia, el vacío y el tedio – se muestran como
consecuencia de la fijación moderna sobre el presente como huida ante la
incertidumbre, una huida hacia delante (el progreso) o hacia atrás (la melancolía).
Harmut Rosa (2010) distingue entre tres categorías de aceleración, diferentes tanto
analítica como empíricamente: la aceleración técnica, que parece la más sencilla de
medir y verificar, la aceleración del cambio social, que se traduce en la experiencia de la
compresión del presente, y la aceleración del ritmo de vida, definida como el aumento
del número de episodios de acción por unidad de tiempo, que tiene consecuencias
directas en la percepción individual del tiempo. Parece como si la aceleración
aumentase el ritmo de la vida misma, atravesando distintos ámbitos, no sólo el mundo
industrial tecnificado sino igualmente la vida cotidiana, la política, la economía y el
crecimiento poblacional (Koselleck, 2007: 330). Rosa ofrece numerosos ejemplos de la
aceleración en arquitectura, pintura, escultura, literatura, música, incluso los hábitos de
lectura se aceleraron en el siglo pasado (2010: 58).
El análisis de los motores que impulsan a la aceleración social en la teoría de Rosa
ofrece una aportación interesante respecto a otros estudios al considerar que esta
experiencia no es consecuencia de los motores técnicos o económicos, sino que
responde a una demanda existencial previa que refleja un cambio en el sentir y la
conciencia temporal. En la modernidad, donde el futuro se abre a nuestra acción como
un elenco de posibilidades entre las que elegir, la vida buena se define por la riqueza de
experiencias que podemos tener. Multiplicar la velocidad podría permitir multiplicar por
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dos el número de experiencias, y lo que buscamos en el placer que nos produce
multiplicar nuestras actividades es “vivir al doble de velocidad” (Beriain, 2008: 152).
Ésta es la promesa de la velocidad, el equivalente funcional de la promesa religiosa
de la vida eterna, simbolizada por el automóvil como objeto de sublimación que traslada
a un nuevo nivel de intensidad la experiencia de una modernidad acelerada. La
aceleración, que nos atrae y nos seduce, nos divierte, nos estimula, acaba conduciendo a
la alienación en la modernidad avanzada: en lugar de acercarnos a un futuro que se
presenta como promesa, desarrollo racional de la idea de progreso, se convierte “en el
movimiento incesante de la rueda de un hámster” (Rosa, 2010: 221). La velocidad deja
de servir al proyecto moderno de emancipación, perdiendo su potencial como fuerza de
liberación y de autonomía, situándonos en una versión actualizada del mito de Sísifo.
Conclusiones
Pensar el tiempo presente requiere afrontar una complejidad paradójica. Por una
parte, la aceleración parece una constante histórica desde mediados del siglo XVIII, en
relación con el concepto de progreso ilustrado, mientras que por otra, nos sitúa en una
aparente inmovilidad en la que nos encontramos atrapados entre la urgencia y la falta de
horizontes de nuestro presente, desvinculado tanto de la autoridad del pasado
premoderno como de la confianza en el futuro propia de la primera modernidad.
El enfoque hermenéutico de Koselleck, continuación de una vía de análisis abierta
por Heidegger en Ser y tiempo, supone una ruptura con la concepción cronológica del
tiempo y nos invita a iniciar cursos de acción no lineales. La idea de una actualidad de
lo inactual, la posibilidad de revisitar el pasado desde un presente situado en el
horizonte del comenzar, abre un debate relativo al conflicto de temporalidades –
discordancias, anacronismos, relecturas del pasado, genealogías imaginarias, etc. – que
"hacen circular el sentido de una manera que escapa a toda contemporaneidad, a toda
identidad del tiempo consigo mismo" (Dosse, 2009: 143).
Las lecturas de Hartog y Rosa nos recuerdan que no se trata de mirar con nostalgia
hacia un pasado idealizado en el imaginario de la modernidad, sino de comprender la
potencialidad creativa de la relación futuro/pasado desde un presente histórico que debe
permanecer abierto hacia el devenir.
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