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La sanidad en el siglo XXI
JOSE MANUEL ROMAY BECCARÍA*
D
esde épocas muy remotas las organizaciones políticas han dado muestras de su
interés por la salud de las gentes, de una forma, al principio, intuitiva, para más
tarde hacerlo apoyándose en los conocimientos epidemiológicos y en los
descubrimientos científicos a los que se ha ido accediendo.
A pesar de ello, el derecho a la protección de la salud legalmente reconocido y basado en el principio
de la dignidad de la persona, es propio de épocas recientes, ligadas, de algún modo, a los
fundamentos del propio “Estado de Bienestar”, concebido en el período histórico de la depresión que
abarca las dos grandes guerras. La sanidad pública, juntamente con la educación pública y las
pensiones públicas, se reveló como uno de los instrumentos más eficaces de esas políticas
redistributivas.
* Ministro de Sanidad y Consumo.
Sin embargo, en los últimos tiempos y desde ángulos ideológicos muy diversos, se han dirigido
críticas de hondo calado al Estado del Bienestar en los términos en que estaba concebido. Y a esas
críticas no es en absoluto ajeno el propio sistema sanitario como integrante de ese concepto.
Un siglo de manifiesto progreso ha revolucionado las condiciones de salud de la mayor parte de la
humanidad, conduciendo a una situación actual en que existe una necesidad, ampliamente sentida, de
desarrollar sistemas de salud más efectivos, más humanos y de mayor calidad.
Una de las pocas cosas que es segura en la asistencia sanitaria es el cambio continuo. Las ciencias
médicas aumentan sus éxitos, los servicios y las instituciones crecen, los gobiernos experimentar con
formas para reducir sus costes, los profesionales desarrollan nuevos métodos y los ciudadanos en
general quieren más atención sanitaria de la que ellos mismos o sus gobiernos pueden prestar. Con
ello, nos encontramos con que a la complejidad intrínseca de una organización sanitaria, que exige
importantes esfuerzos gerenciales y clínicos, se añaden las circunstancias propias de los momentos
actuales con cambios rápidos e importantes en nuestro entorno.
Para dar respuesta adecuada a estos cambios y a los nuevos retos, se requiere una modernización
asistencial, en orden a ofrecer un servicio de calidad al ciudadano y, en definitiva, lograr una cultura
organizativa en la que el servicio al ciudadano sea el objeto final de la gestión pública, sin olvidar que
la búsqueda de la eficiencia y racionalización del gasto es una realidad en todo el mundo.
De ahí justamente la insistencia en hacer compatible la flexibilización del modelo sanitario por la vía
de la descentralización, de la autonomía y de la competencia, con el mantenimiento del
aseguramiento universal, la financiación pública y una regulación pública que preserve la calidad
asistencial por encima de planteamientos economicistas.
Este Estado del Bienestar reformado, con una potente economía de mercado, que asegure la
creación de riqueza, con un protagonismo creciente de la sociedad civil, lo que implica el abandono
de rigideces e intervencionismos burocráticos, pero al mismo tiempo con gobiernos responsables del
mantenimiento de los servicios públicos esenciales, en el marco irrenunciable del Estado de Derecho,
es, indudablemente, el que debe presidir la sanidad del próximo siglo y el que, tal y como estamos
percibiendo, orienta las políticas sanitarias de los países de nuestro entorno.
Somos herederos de un sistema sanitario creado a lo largo de muchos años, que está muy arraigado
en nuestra sociedad y que ha contribuido y contribuye de manera muy destacada a la cohesión social
de los españoles, transmitiendo tranquilidad ante el riesgo cierto y seguro, aunque impredecible, de la
enfermedad. Estos valores de solidaridad son irrenunciables y no sólo debemos respetarlos, sino que
tendremos que profundizar en su realización, pero nuestro sistema sanitario padece de los mismos
males que el viejo Estado del Bienestar. Es su concepción monopolística, centralista y burocrática, la
que impide la plena identificación de los ciudadanos con una sanidad que, por otra parte, les reporta
grandes beneficios.
Ante este panorama, que repercute sobre la propia viabilidad del sistema sanitario público, había que
tomar medidas urgentes y al mismo tiempo había que sentar las bases para una reforma de futuro,
en profundidad, del mode lo organizativo de nuestra sanidad, corrigiendo no sólo problemas
gerenciales, sino también introduciendo reformas estructurales para que los profesionales encuentren
motivación y responsabilidad en la gestión y en la clínica asistencial, y para que los centros
respondan con mayor agilidad y eficacia a las necesidades y demandas de los usuarios.
Esto había que hacerlo sin alterar las características básicas del sistema, como son el aseguramiento
único, universal y público, la financiación pública o el acceso a sus prestaciones en base a criterios
de necesidad. En definitiva, se trata de trabajar para conseguir el modelo sanitario reformado de las
sociedades abiertas del siglo XXI y, en ese sentido y observando atentamente lo que está ocurriendo
en Europa, en algunos casos partiendo de una situación similar a la nuestra, hemos planteado el
modelo de las Fundaciones Públicas Sanitarias, que supone una ruptura del modelo organizativo
clásico, mediante la introducción de formas de gestión autónoma y descentralizada.
El nuevo modelo permitirá que los profesionales tengan más participación, con lo que estarán más
motivados, se podrá implantar la separación real de funciones de financiación y provisión, se podrá
hacer efectiva la libertad de elección de los ciudada nos y se podrá establecer una competencia
regulada entre los centros, que debe contribuir a acabar con los males del monopolio, acercándonos
a un manejo más eficiente de los recursos y a un trato más personalizado a los ciudadanos.
En definitiva, nuestro objetivo ha sido poner las bases para consolidar y modernizar nuestro Sistema
Nacional de Salud, situándose en una posición favorable para afrontar con éxito los retos de una
sociedad que se encuentra abocada a grandes cambios y avances en el próximo milenio.
Indudablemente, los factores más dinámicos en todos estos avances han de ser la ciencia y la
tecnología. Estos dos sectores tienen capacidad para tratar a los pacientes más rápidamente,
intervenir más eficazmente en los diferentes modelos de enfermedad y controlar el dolor con mayor
efectividad, además de su amplia repercusión en todo el entorno sanitario y en la mejora de la
gestión interna y administrativa de los centros, lo que también afecta de algún modo a la satisfacción
del paciente y a hacer más humano el acto sanitario.
A lo largo de los últimos diez años, ha habido una importante revolución en nuestra sociedad basada
en la universal disponibilidad de información. Esta realidad se refleja y tiene aplicación no sólo en los
cuidados de salud, sino también en cualquier otro sector social y productivo, tanto público como
privado.
Pero, aunque el progreso ha sido enormemente rápido en tecnologías de la información para la salud
en estos últimos años, los próximos prometen eclipsar cualquier cosa que se haya hecho antes. Creo
que, por primera vez, las tecnologías de la información promoverán un mayor impulso de cambio, en
lugar de simplemente responder a él.
En una breve síntesis, la transformación, apasionante sin duda, de una medicina individualista y
personalista, hacia un escenario cada vez más amplio, más complejo y más eficiente, como son los
sistemas sanitarios actuales, en los cuales toda la sociedad está implicada, debe dar paso a una
auténtica revolución tecnológica en la que los métodos tradicionales de asistencia sanitaria tengan
una cabida cada vez más reducida y en la que el acto médico y la organización sanitaria estén
presididas por el concepto de excelencia.
Esta evolución acelerada de la tecnología y el progreso científico y técnico de la medicina, a su vez y
naturalmente, provocan que el gasto sea cada vez mayor, porque la tecnología no es solamente un
instrumento sino también constantemente nuevos medicamentos y técnicas, que ofrecen
posibilidades enormes en el futuro para el tratamiento de las enfermedades hasta límites actualmente
casi inconcebibles.
Evidentemente, los retos del futuro están ahí y deben buscarse dentro de un contexto de demanda
creciente y de coste progresivamente en aumento, que, sin duda, cuesta asumir por parte de todos
los países por muy desarrollados que estén. Creo que ningún país, por muy rico que sea, va a
encontrar fácil el ofrecer a sus ciudadanos todos los enormes beneficios de la medicina,
especialmente teniendo en cuenta el indudable progreso científico y tecnológico que se avecina, pero
este beneficio es indudable y la sociedad lo demanda. Y no me estoy refiriendo exclusivamente a la
medicina curativa, sino también a la medicina preventiva y a la predictiva.
Por ello, parece lógico pensar que en los próximos años las crecientes presiones para mantener en
límites sostenibles el gasto público y la necesidad, a su vez, de seguir mejorando el servicio forzarán
a nuestra sanidad a entrar en un profundo proceso de transformación y de racionalización. Y lo que
hoy vemos son sólo los prolegómenos de una evolución sanitaria de mayor calado, que puede afectar
tanto a las actitudes y expectativas de los pacientes, como a la propia organización sanitaria y a la
prestación de los servicios sanitarios.
Médicos, enfermeros, administradores sanitarios, la industria farmacéutica, proveedores,
consumidores y, en general, todos los implicados en el ámbito sanitario e, incluso, toda la sociedad
han de empezar, desde ya, a prepararse para las fascinantes posibilidades que presentarán tanto la
gestión como la prestación de los servicios sanitarios.
Nosotros hemos introducido mejoras sustanciales en el Sistema Nacional de Salud que, lejos de
suponer una amenaza en cuanto a su carácter de servicio público, sirven para hacerlo más moderno,
transparente y flexible, con el modelo organizativo y los mecanismos financieros adecuados para que
el ciudadano bien informado disfrute de una verdadera libertad de elección. Y, al mismo tiempo,
hemos trabajado en mejorar la gestión de los cuantiosos recursos disponibles para corregir los
defectos existentes y lograr un sistema en el que la calidad se sitúe como elemento primordial e
identificador.
Este es el modelo de sanidad que queremos para España en el próximo siglo y con el que queremos
situar al Sistema Nacional de Salud en una posición que permita responder a los retos de equidad, de
eficiencia y de calidad que los ciudadanos nos exigen.
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