Diez aftos de exposiciones madrileñas JULIÁN GALLEGO SERRANO* dar cuenta y razón de las artes plásticas en el último PARA decenio de la historia de España me he visto obligado a releer * Zaragoza, 1919. Catedrático de Historia del Arte de la Universidad Complutense de Madrid. Profesor Emérito de la Universidad Complutense. Académico electo de Bellas Artes de San Fernando. Officier de L'Ordre des Palmes Académiques de Francia. las crónicas mensuales que he ido publicando en la revista literaria ínsula sin solución de continuidad. Ello me ha producido, amén de la consiguiente fatiga mental, la impresión de un desarrollo evidente de esa esfera, a juzgar por la cantidad y calidad crecientes de las exposiciones celebradas en Madrid, Barcelona y otras capitales peninsulares. Ya sé que este sistema de investigación se puede tachar de poco científico, al no basarse en la estadística, tan de moda en nuestro fin de siglo, que reduce a números las acciones y experiencias más variadas. Yo no puedo abstraerme en el terreno de las artes plásticas, porque pienso que, pese a la Sociología del Arte (que ha ido perdiendo actualidad en esos dos lustros, lo que nos evita aquellos indigestos ensayos semióticos y lecturas textuales de las obras llamadas artísticas), la actividad creativa en ese campo es fundamentalmente personal, todo lo individual que cabe serlo en un momento en que los mass media son tan poderosos, hasta la tiranía, que cualquier pretensión de originalidad es mera ilusión. Pese a lo gregario que nos imponen la prensa, la radio y, especialmente, la televisión (opio del pueblo que no soportó Karl Marx), cuyo alcance es infinitamente mayor que hace diez años y que es capaz de transformar, en désespoir de cause, a un intelectual casi puro en apasionado, si platónico, amante de un equipo de fútbol o baloncesto a través de las imágenes sonoras y visuales, la actividad artística mantiene, como puede, su carácter exclusivista, aunque su personalidad se vea sumergida, ineluctablemente, en el océano de la información, que transforma al último principiante del pincel o del cincel —o de sus sucedáneos tecnológicos— en el más decidido partidario de la última novedad aparecida en Kassel, Nueva York, Tokio o Sao Paulo, con tanta mayor facilidad cuanto que no tiene que arrojar todo su bagaje por la borda, como se vieron obligados los héroes de las Vanguardias Históricas de hace ya cerca de un siglo. Estos osados párvulos de hoy coinciden en abominar de los profesores reales, malos o buenos, de la Escuela (o Facultad) de Bellas Artes que les tocó en suerte, para seguir dóciles la esos remotos y casi imaginarios maestros, cuyos esfuerzos innovadores traducen al más servil de los sub-estilos. Un viaje de ida y vuelta a una Documenta o Biennale les inicia, en breves horas, en los arcanos de una modernidad in- mediatamente devenida uniforme, como las crestas multicolores de los punkies. Por todo ello, son muy de agradecer los esfuerzos de ciertas entidades, públicas y privadas, por colmar las lagunas informativas a que regímenes anteriores nos habían condenado. Considero imprescindible para el pleno conocimiento de una obra artística realizada manualmente y no concebida en razón a su multiplicación o difusión, el contemplarla en el original y no por mediación, jamás completa ni sincera, de las reproducciones. Madrid, en este período, ha logrado entrar en la rueda, si no de todas, de algunas exposiciones de talla internacional, que antaño volaban por encima de nuestras apetencias. Otras, no menos importantes, fueron realizadas desde nuestro país o con su colaboración. En este reconocimiento debe entrar, no sólo el Ministerio de Cultura, sino también las Autonomías regionales y los Ayuntamientos, así como entidades y fundaciones bancarias o benéficas, y algunas galerías privadas, que han acrecentado así el alcance de sus negocios. EXPOSICIONES DE TALLA INTERNA CIONAL Se ha de destacar, en primer plano, las exposiciones organizadas por la que, durante cierto tiempo, cambió su nombre actual y UNA LABOR tradicional de «Dirección General de Bellas Artes» por el de MERITORIA «D. G. del Patrimonio, Archivos y Museos», dependiente del Ministerio de Cultura. Y no porque sea director de esta publicación he de silenciar el importante papel desempeñado, bajo varios ministerios sucesivos, por Javier Tusell hasta su repentina separación del cargo, en 1982, por la ministra Soledad Becerril, lamentada en el mundillo del Arte que se había visto enriquecido durante su mandato con exposiciones de categoría anteriormente desusada: el hecho de que esté en desacuerdo con otras actitudes de Tusell no va a eximirme del deber de reconocer, como muchos intelectuales y artistas reconocieron, que transformó el área «provinciana» del arte reconocido oficialmente. «Ya vamos perdiendo el pelo de la dehesa» escribía yo en el núm. 396-7 de ínsula, comentando las muestras de «Abstracción lírica-francesa» en las salas bajas del edificio de Bibliotecas y Museos, de los fondos americanos del «Museum ofModern Art» de Nueva York en el MEAC y de «Georges Braque» en la Fundación March, de la que hablaremos seguidamente. Entre las organizadas por la Dirección General en ese período figuran las de Julio Le Pare, Rubens y su siglo, Gregorio Prieto, Grabados de Goya (incongruentemente rematada por Dalí), Tesoros orientales de Gustavo VI de Suecia, Pereda y su siglo, Piranesi, Centenario de la Academia Española de Roma, Bourdelle, Juan de Juanes, Arte europeo de corte, siglo xvm, Ortiz-Echagüe, Eusebia Sempere, Julio López Hernández, Antoni Tapies, Guinovart, A. R. Mengs, Dibujo español de los Siglos de Oro, Cien años de cultura catalana, Chillida, Manuel Ángeles Ortiz, El mundo de las Estaciones, Clavé (aquí la Dirección General recobraba su viejo nombre), /. Luis Sánchez, Manolo Rivera, Dibujos Norteamericanos, Pintura española en los museos de Francia, Tesoros de pintura del Ermitage, Henry Moore, Grabados de Picasso, Ignacio Pinazo, Cinco siglos de estampas españolas, La imagen romántica de España, Equipo Crónica, Pintura española en las colecciones centroeuropeas, Arte en la época de Calderón, Jesús R. Soto, María Blanchard, Xavier Valls, El Greco de Toledo y El Toledo del Greco, gran realización y primera ocasión en que, de manera ostensible, se acepta la colaboración económica de sponsors, nacionales o extranjeros. La llegada a España del «Guernica» de Picasso fue el acontecimiento más comentado del trienio Tusell, a quien sucedió, brevemente, A. Pérez Armiñán, en cuyo mandato se inauguraron las exposiciones de Eduardo Arroyo, Lucio Fontana, D. Vázquez-Díaz, y la grande de Murillo en el Museo del Prado, que había proyectado e instalado muchas anteriores, pero siempre bajo la Dirección General, ya que tardaría todavía años en ser declarado organismo autónomo. A la sazón era su director J. M. Pita Andrade, sucesor de Xavier de Salas (muerto en 1982), y a quien sucedería Monseñor Sopeña. Otras exposiciones oficiales, ya dado el impulso (que las cuidaba hasta en su presentación) fueron las de Canogar, Realismo Norteamericano, W. Lam (a su muerte en 1983), Expresionistas alemanes, Meléndez, Turner (acuarelas), Ángel Ferrant, Miró (muerto a fines de ese año), Floreros y bodegones españoles, Tendencias actuales en Nueva York (de las que fue comisaria Carmen Giménez, que, nombrada Directora G. de Exposiciones, daría un fuerte empuje a las muestras de la vanguardia internacional), Pérez Villalta, Malta, Pistoletto, Rosales y familia, Edvard Munch, Sergi Aguilar, la doble y gigantesca de Salvador Dalí en 1983 (con la Generalitat), Pintura alemana reciente, Buscando el Norte (pintores escandinavos), Berrocal, Los Sorollas de La Habana, etc. El Museo Español de Arte Contemporáneo estrenó salas amplias y bien iluminadas en 1985 con motivo de la gran exposición Arp. Sucesos importantes fueron ese mismo año el nombramiento de Pérez Sánchez como director del Prado, la compra para el museo del precioso cuadrito de Goya «La duquesa de Alba y su dueña» subastado en «Sotheby's» de Madrid -—las subastas han aumentado su importancia en el período que contemplamos— y el regreso de Velázquez a sus salas, ya sin pintura colorada, sino con tapizado de tela rica. Aurelio Torrente fue nombrado director del MEAC, en sustitución de A. Martínez Novillo, víctima de una injustificada campaña de cierta prensa. Otras exposiciones de la DGBA serían las de Arte Pavera, Picabia, Tres mexicanos (Bravo, Rojo y F. Kahlo), Escultura española 1900-1936, la espléndida de Juan Gris, la del joven pintor Miquel Barceló, que provocó un sinfín de comentarios encontrados. En esos momentos salta al escándalo la expatriación fraudulenta del retrato de la Marquesa de Santa Cruz, obra señera de Goya, por la que España gasta en 1986 novecientos millones, cantidad a la sazón astronómica (reducida, si se compara con los seis mil alcanzados más tarde por unos «Lirios» de Van Gogh) y que ingresa en el Prado, que adquiere también, para lo que sea (de momento una exposición napolitana) el Palacio de Villahermosa. EL CENTRO DE ARTE REINA SOFÍA El nuevo Director General de Bellas Artes (anteriormente letrado que llevó a término el affaire de la de Santa Cruz), Miguel Satrústegui, inaugura en 1986, con cierta precipitación preelectoral, el colosal Centro de Arte Reina Sofía (antaño Hospital Gene- ral, erigido en la época de Fernando VI por Sabatini y Hermosilla), que da ocasiones a interminables hipótesis sobre su empleo, dadas sus sobrehumanas dimensiones. El viejo caserón se renueva con las esculturas de Richard Sena, Chillida, y las pinturas de Saura, Tapies, Twombly y Baselitz, que marcan el gusto de Carmen Giménez. Luego vendrán los costosos montajes de sendas exposiciones de Julio González y Joan Miró (esculturas), mientras el MEAC (que parecía condenado a desaparecer) se reanima con una exposición de pinturas de Picasso de la colección de su viuda, Jacqueline, que se suicida pocas horas antes de la inauguración, desmintiendo abruptamente los rumores de que esos cuadros se quedarían en España (de hecho, los herederos todavía reclaman el pago de sus derechos sobre catálogo y postales). Ese museo, pese a su ubicación en el extrarradio, recibe numerosísimos visitantes en esa exposición, como en las maravillosas de Cézanney de Monel que la precedieron y que cuentan entre las mejores que se han visto en España. La tendencia actualizante de la DGBÁ se aprecia en su elec- LA ción de Diego Rivera, Botero, Jóvenes escultores alemanes, Le COLECCIÓN Corbusier, El Pabellón español de la exposición de 1937 en París, THYSSENColección de Ileana Sonnabend, «Naturalezas españolas», todas BORNEMISZA en el Reina Sofía; Cy Twombly y Gilbert & George, en el Retiro, etcétera. Las salas de exposiciones, tan bellas como bien situadas, del paseo de Recoletos, pasan a dedicarse a exposiciones bibliográficas y calcográficas de la Biblioteca Nacional, iniciadas con las estampas de Doroteo Arnaiz. Todavía queda en ellas el resplandor de la colección de pintura contemporánea del barón ThyssenBornemisza, personaje que, al organizar en su villa de Lugano una hermosísima exposición de Goya en las colecciones españolas y prestar, en correspondencia, una selección de sus cuadro antiguos, expuestos en la Academia de San Fernando (que ha regresado a su sede remozada de la calle de Alcalá) hace concebir halagüeñas esperanzas de que no los saque ya de Madrid. (El recuerdo de los picassos de Jacqueline no ha servido de lección.) La Autonomía madrileña ha estrenado anteriormente esas salas de la Academia en una preciosa exposición de Tesoros de Arte en las colecciones madrileñas, entreabiertas en pago de una amnistía fiscal otorgada a quienes las enseñen. El vecino Ministerio de Hacienda resulta ser así un «mecenas», como cuando, siguiendo el ejemplo de Malraux, da a los herederos de Miró la posibilidad de pagar sus derechos sucesorios en obras de arte, expuestas actualmente en el Centro Reina Sofía. No será inútil recordar que el Museo Picasso de París (inaugurado en este período) tiene como base la dation de los derechohabientes del malagueño. Las actividades estatales (más aparatosas en materia cultural han sido la preparación de las exposiciones españolas de «Europalia 1986», celebradas en Bélgica (Bruselas, Charleroi, Gante, Lovaina, etc.), operación de prestige que abarca, desde los «beatos» mozárabes a los «reyes bibliófilos», del «esplendor del arte español» a «Goya», de «Tapies, Chillida, Antonio López» (quien ha EUROPALIA 1986 logrado un éxito sin precedentes en su exposición del Museo de Albacete, pocos meses antes) a «Picasso, Miró, Dalí», todo ello acompañado de espectáculos teatrales, cine, conciertos, etc. Otra importante operación político-cultural ha sido, en 1987, la temporada española en París, centrada por cuatro exposiciones bajo el membrete común de «Cinco siglos de arte español». El mayor éxito, con un afluencia de público nunca vista, fue la titulada «Del Greco a Picasso» (Museo del Petit Palais); la más polémica, «El siglo de Picasso», que, con otras dos, más pequeñas (las tres en el Museo de Arte Moderno), ofrecían el panorama contemporáneo, con omisiones muy criticadas por sus víctimas. Se han esgrimido argumentos de todas clases, muchos de oídas, para atacar esa operación que, paradójicamente, ha realizado un gobierno socialista con el Ayuntamiento de M. Chirac, de centroderecha. Y se han sacado a colación argumentos en contra de este tipo de exhibiciones, tan costosas, de los que el más válido es el de los peligros que corren las obras expuestas (que en el vecino país eran más bien imaginarios); sin recordar que gobiernos anteriores no vacilaron en enviarlas a Japón, Argentina, Estados Unidos y otros países remotos. NUEVOS RECINTOS PARA EXPOSICIONES EL CÍRCULO DE BELLAS ARTES La ampliación de las salas del Museo Arqueológico Nacional, las del Museo Municipal (que han servido para muestras tales como Goya y la Constitución, Los Madraza, Pradilla, Centenario de Scarlatti, Pintura británica, Houasse, etc.), la de la habilitación para exposiciones curiosas de recintos tan desusados como la chimenea de la Fábrica de Cerámica de la Moncloa, el Depósito elevado del Canal de Isabel II o la Casa de Vacas del Retiro, son muestras de la proliferación de una actividad cultural, mejor o peor, pero que parece ya primera necesidad. El cuartel del Conde Duque se ilustra así con actividades poco bélicas. Recordaré entre ésas las exposiciones Mujeres en el Arte Español (obvia en un momento de unisex, hasta vestimentario), 30 artistas españoles en París, la magnífica monográfica de Solana, Arte portugués, Ibarrola, y una 1.a Bienal Internacional de Anticuarios (1987) de gran calidad. Por su parte, el Centro Cultural de la Villa, sito en los bajos de la fuente o catarata de la Plaza de Colón, completa el trío de salas municipales, y, pese a sus pésimas condiciones, realiza alguna exposición importante, como «Piranesi en la colección Olivetti». El Museo Municipal también prepara, amén de las ya citadas, algunas exposiciones novedosas, como Sugerencias olfativas y Madrid, Distrito Federal (1981, obras de Pérez Villalta, Lootz, Schlosser, etc.). El Ministerio de Obras Públicas (MOPU) viene celebrando, en unas galerías de los porches del enorme edificio de López Otero, exposiciones no grandes, pero cuidadas e interesantes, sobre temas relacionados con el urbanismo, tales como William Morris, proyectos de «Folies» arquitectónicas o la reciente de Dibujos del siglo xix de la Universidad Técnica de Munich, que nos reconcilia con la grandeza de lo pompier.. También se anima el veterano Círculo de Bellas Artes, que, acorralando a sus vetustos socios, dedica la mayor parte del edifi- ció de Palacios a exposiciones, conciertos, conferencias y operaciones teatrales, gracias a la ayuda económica del Estado y de la Comunidad de Madrid. Inicia con una improvisada muestra de Millares esta nueva época; seguirán otras buenas o peores, pero siempre novedosas, con suntuosos catálogos, de Malta, Carteles de Carnaval, artistas americanos y alemanes, adolescentes indígenas, Andy Warhol («In Memoriam»), etc., además de las derivadas de los Talleres de Arte, encomendados a maduros vanguardistas. Mientras tanto y a ejemplo de la 1.a FIAC (Feria Internacional de Arte Contemporáneo) de 1980-81 en el Grand Palais de París, se crea ARCO'82 (Arte Contemporáneo 1982) en el Palacio de Exposiciones de la Cámara de Comercio; buscará mayores espacios en la Feria del Campo a partir de ARCO'84. Madrid cuenta, pues, con una feria internacional de arte, fatigosa y criticada, pero que se convierte en institución inexcusable y va mejorando en sus últimas ediciones, deparando novedades a quienes no pueden viajar. En realidad, pocos estamentos o instituciones se libran de la LA INOCENTE inocente manía de exponer, lo cual estoy lejos de censurar, siem- MANÍA DE pre que se haga con discernimiento. Hay Ayuntamientos (como el EXPONER de Vallecas) que desarrollan en este aspecto una interesante labor, en especial si tenemos en cuenta las grandes distancias y dificultades de transporte que han de arrostrar los habitantes de Madrid, multiplicadas en este decenio. Por otra parte, se ha producido una explosión cultural madrileña; dado lo reducido de nuestra provincia autónoma, parece natural que las actividades de Madrid alcancen a Aranjuez, El Escorial o Alcalá de Henares, que han podido asistir a interesantes sucesos artísticos, como, por ejemplo, sendas exposiciones de Rusiñol, el Monasterio y Arte de las clausuras conventuales, respectivamente. Un papel de primer orden asumen, en esta labor, los estableci- LAS mientos bancarios, comenzando por su presidente oficial, el Banco INSTITUCIONES de España, que, amén de acrecentar sus propias colecciones (la BANCARIAS espléndida de Goya se ha visto aumentada recientemente por el gran retrato de Floridablanca), tanto en lo antiguo como en lo actual, organiza exposiciones como la recentísima de Numismática española, que ha servido para inaugurar salas dedicadas a esos efectos. La Caja de Ahorros de Madrid ha presentado no pocas, dedicando a esta misión el edificio del antiguo Monte de Piedad, obra excelente de Arbós, que, con apelaciones que suelen variar casi cada temporada (y que van desde «Sala Tiépolo» a «Caserón de las Alhajas») acoge muestras variadas, en ocasiones de importancia, como las de Nonell, Miró, Saura, José Guerrero, Dalí, Arte en la diócesis de Madrid, etc., aunque su actividad resulta irregular y parece acusar cierta fatiga al cabo de ocho años. En diversas sucursales lleva programas más asiduos, aunque de menos ambición. Otros establecimientos de ahorro de otras regiones o ciudades (Granada, Córdoba, Navarra, por ejemplo) quieren ofrecer en la Villa y Corte un reflejo de sus realizaciones locales. Ninguno llega al nivel de las dos cajas de ahorros dé Barcelona, la «Caixa de Pensiones» (esto es, la Caixa por antonomasia) y la de «Estalvis» o de Barcelona. La Caixa, tanto en su sede de la Castellana, como en las marmóreas salas de la calle de Serrano, ha desarrollado una importantísima labor en los dos últimos lustros. Su directora de actividades estéticas, María Corral (que trabajó antaño con Carmen Giménez en la «Galería 16», de importante aportación en el terreno calcográfico, y con la que, hasta cierto punto, coincide en gustos de vanguardia cosmopolita), ha dado a conocer en Madrid, desde la temporada 80-81, en que se iniciaron sus actividades, muestras señeras de Escultura de Miró, de De Creeft, Orfebrería catalana moderna, Anglada Camarasa, la llamada «Trasvanguardia», Beruete, «Tres dimensiones», la memorable de Morandi, Modigliani, la de fotografías de Hockney (una de las más originales del decenio), Hamilton, «Italia apena» (con que se inaugura en 1985 las salas nuevas), «Holografías» (nunca vistas anteriormente en Madrid), «1981-86», Regoyos, Nuevas tendencias en Nueva York, etc., aunque las que más público atrajeron han sido Nofret, la mujer en el antiguo Egipto, «Dibujos de Leonardo en la colección de Windsor» y «La Colección Alba», con la reaparición, recién limpia, de la adorable «Marquesa de Lazan» de Goya. Muchas de esas muestras han sido presentadas en Barcelona; algunas, como las de Sunyer y de Tesoros en las diócesis catalanas, no salieron de la Ciudad Condal. Por su parte, la Caja de Barcelona, en su lujosa sede modernista de la calle de Velázquez, se ha dedicado sobre todo a pintura catalana desde 1900, comenzando en 1985 con una despampanante exposición de cuadros prestados por el Museo de Montserrat. Entre sus exhibiciones más logradas figuran las de Picasso (colección de su nieta, Marina) y Sert, aunque ésta no pueda compararse con la organizada por la DGBA esta temporada, en el Palacio Velázquez del Retiro. LA ESPLÉNDIDA ACTIVIDAD DE LA FUNDACIÓN MARCH Sin embargo, la corona de laurel en la actividad bancariofilantrópica corresponde a la, ya veterana, Fundación Juan March, que, en el período que nos ocupa, y tras la primera gran muestra Picasso que se veía en Madrid (otoño 1977), he preparado las de Bacon, Braque, Julio González, Motherwell, Matisse, La colección Crex de Estados Unidos, Paul Klée, Medio siglo de escultura internacional, La Bauhaus, Piet Mondrian, Los Delaunay, Kurt Schwitters, Fernand Léger, Bonnard, Joseph Cornell, Julius Bissier, Rauschenberg, La Vanguardia Rusa, Xilografía alemana, Max Ernst, la colección neoyorkina de Pintura española de los años 1950-70 de Amos Kahan (que, a la muerte de su propietario, en 1986, ha pasado a engrosar los fondos del «Museo de Arte Abstracto» de Cuenca, cedido a la fundación por su creador Zóbel, poco antes de su muerte), Arte moderno del Museo de Wuppertal, Jean Dubuffet, Ben Nicholson, Mark Rothko, etc. El papel de la March en esa labor de información y deleite, tan necesaria después de medio siglo de aislamiento, ha sido inapreciable, aunque no abarquemos aquí sus otros campos, especialmente el musical. Su seguro gusto y su exigencia de calidad la hacen incomparable. Otras fundaciones bancarias han entrado, más tarde, en el concierto de las artes plásticas. La del Banco Exterior de España ha presentado sendas muestras de pintores mexicanos y colombianos actuales, la colección Santamarca de pintura romántica española, etc., siendo de gran interés las dedicadas a Luis Fernández y a la colección de arte español moderno del Chase Manhattan Bank. El movimiento de las galerías particulares dedicadas al comercio del arte ha sido tempestuoso. Algunas naufragaron, otras se mantienen firmes y no pocas han abierto sus puertas en los diez años constitucionales, pese a las quejas de los marchantes ante las exigencias del Fisco. Es de justicia señalar el empuje de la Galería Theo a favor de un mercado internacional, que nos ha permitido ver en sus cimacios obras de los más grandes artistas contemporáneos, extranjeros y españoles, antaño inexorablemente remotas. Ella nos ha acostumbrado a que nos parezca normal lo que antes sólo lo sería en París o Nueva York: ver obras de Max Ernst, Léger, Francis, Braque, Bacon, Klée, Fontana, Morandi, Kandinsky, Mondrian, Carder, Soto, etc., entreveradas con las de Palazuelo, Zóbel, Manrique, Rodrigo, Acosta, Perales, Tapies, Miró, Gris, Chillida, Picasso, Dalí, Gordillo, Torner, Rueda y otros españoles. No parece inoportuno agradecerle ese cosmopolitismo al cumplirse los veinte años de su creación. Ante la absoluta imposibilidad de dar cuenta de los miles de exposiciones presentadas en el último decenio por las casi trescientas galerías semipúblicas y privadas de la capital de España, aun prescindiendo de consideraciones de veteranía;, calidad e importancia valoradas por todos los aficionados (nombres como Biosca o Mordó entran ya en la historia), señalaré la actividad de los institutos culturales de diversos países, destacando en este ramo el alemán (con exposiciones memorables, como Max Klinger, el Modernismo, el Collage, etc.) y la veterana Casa de Velázquez, que acaba de alcanzar el medio siglo de actividad a favor de una «entente cordiale» entre Francia y España. Entre las iniciativas más descollantes figura, aparte la feria internacional ARCO, que, entre calmas y tempestades se viene inaugurando cada febrero desde 1982, con creciente asistencia de curiosos (y no sé si de compradores), el Salón de los 16, creado en 1981 por el crítico Miguel Logroño, como resumen de los descubrimientos de cada temporada, reducida a dieciséis artistas. De su calidad dará idea la lista de los primeros expositores noveles, gran parte de los cuales son hoy famosos en España: Soledad Sevilla, Sergi Aguilar, Muela, Chema Cobo, Soto Mesa, L. F. Aguirre, «La Hermandad Aragonesa», Morca, C. Duran, A. Galván, Manolo Quejido, Broto, J. M.a Lillo y Antón Llamazares. Estas llegadas nos consuelan de las inevitables desapariciones: Miró, Sempere, Pablo Serrano, Viola, Fraile, Benjamín Falencia, Zóbel y algunos más entre los artistas; Camón Aznar, Lafuente Ferrari, Diego Ángulo, Enrique Azcoaga, Raúl Chavarri, Figuerola" Ferretti, J. L. Alonso Misol y otros, entre los críticos. Pero pensemos en la gran cantidad de críticos y artistas que han debido de nacer en estos diez años, gracias a ellos, fastos en la futura historia del Arte. En todo caso, y pese al desconcierto del nuevo Fin de Siglo, que ensalza a los mozuelos y jubila a los venerables de la tribu, y que hace saldos y mesas revueltas de todas las vanguardias y retaguardias, confiemos en esos «genios», que, en todas la épocas de España, nos han sacado del atolladero. MOVIMIENTO TEMPESTUOS O EN LAS GALERÍAS
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