Num112 013

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Una emoción antingua
y siempre nueva
MIGUEL ÁNGEL VELASCO
“Y mirando al cielo, vio un camino de
estrellas que comenzaba sobre el mar de
Frisia e iba sobre Alemania e Italia, y Francia,
y Aquitania, y derechamente por medio de
Gascuña y Navarra, y por España adelante, y
a finar en aquel lugar de Galicia donde el
cuerpo del Apóstol Jacobo yacía
escondido…”
(Del Códice Calixtino)
uizás para entenderlo cabalmente
haya que haber hecho a pie el
Camino desde Roncesvalles —no
digo nada si es desde Cluny, Aquisgrán o
Q
Brujas— hasta Compostela, esa catedral del
espíritu, que ya sé que todas lo son, pero unas
más que otras. Para comprender a fondo, de
verdad, ciertas vivencias, el ser humano
necesita darse personalmente de bruces con
ellas, con su más hondo meollo. De nada o de
muy poco sirve que a uno se las cuenten. Ni
siquiera en poemas o en imágenes, ni siquiera
en música, o al calor hogareño de la lumbre
interior en las noches de invierno, de abuelos
a nietos, que dicen que es como mejor se
entera uno de las cosas. Hay cosas que hay
que vivirlas en carne y en sudor, en ilusión y
entusiasmo, en esperanza y en fatiga propios.
Así, sin duda, la experiencia del Camino. Del
jacobeo, que es camino por excelencia y por
antonomasia, y del elemental, humanísimo,
imprescindible y maravilloso caminar sin más.
La vivencia del Camino es como compartir
una emoción antigua y verdadera, siempre
nueva. Y conviene aquí subrayar muy mucho
el verbo “compartir”.
Dejemos las cosas bien claras desde el
principio: es una emoción, una vivencia,
religiosa; o, cuando menos, fundamental y
primordialmente religiosa; o, de lo contrario,
parcial, incompleta y falseada, si no falsa. Ni
éste es el lugar ni yo soy quién para entrar en
demasiadas teologías, pero si algo es el
Evangelio —sin el cual, ciertamente, no se
explica el Camino— es buena noticia,
comunicación; si los primeros periodistas,
comunicadores cristianos, se llamaron Lucas
y Marcos, Juan y Mateo… y Santiago y
Pablo, con el transcurrir de los siglos, la
transmisión de la antorcha viva del espíritu de
una generación a otra, encontró a sus
primeros comunicadores y las primeras
facilidades en los juglares y cronistas del
Camino que parió a Europa. Y cauce de
comunicación auténtica, trasvase, sinergia
sigue siendo.
En el umbral del tercer milenio
Cuando pisamos ya el umbral del tercer
milenio del cristianismo y la Cristiandad
celebra un Año Santo Jacobeo y se dispone a
conmemorar, como es debido, el Gran Jubileo
del 2000, resuena en la médula misma de
nuestra civilización la antiquísima canción del
salmista peregrino. Cualquiera que haya leído
el Libro del Éxodo, o sentido en su interior el
gozo misterioso de la luz de la Resurrección
de Cristo, ha tenido que notar el esplendor del
episodio de Emaús, que, a los ojos de
cualquier exégeta de buena fe, resplandece no
sólo como el signo más deslumbrante de la
mutación de la naturaleza humana del Cristo
que resucita vencedor de la muerte, sino
como el nexo más prodigioso e íntimo que une
el permanente peregrinar del Antiguo
Testamento y el del Nuevo: un derroche de
gracia —plenitud de comunicación— en el
que late la pregunta de los dos caminantes de
Emaús: “¿No ardía nuestro corazón a lo largo
del camino? Quédate con nosotros, Señor,
que anochece…”
Anochece en nuestro mundo de 1999 de
muchas más maneras, y más trágicas,
absurdas e incomprensibles que entonces. El
ser humano postmoderno se las da de estar de
vuelta; muchas veces, sin haber iniciado
siquiera la ida del camino. Tal vez por aquello
de que quien busca, por el mero hecho de
buscar ha encontrado, ya decía nada menos
que el viejo Homero que lo que importa
realmente es el camino, el viaje. Toda la vida,
claro, es camino; y una de dos: o se va bien
provisto para las necesidades de la ruta, sin
olvidar la natural y esencialísima brújula
interior, o se pierde el caminante
irremisiblemente.
El hombre actual, el político que se cree
superinformado y el desinformado de lo que
algunos entienden como información pero
informadísimo sobre lo que verdaderamente
cuenta, cae muy a menudo en la trampa de la
prepotente autosuficiencia: ¿quién de ahora
mismo no cree, por ejemplo, que la televisión
o Internet son insuperables medios de
comunicación? Pero, ¿lo son? ¿De veras? ¿O
deberían serlo, o podrían serlo, pero en
realidad incomunican y aíslan? Por estos
andurriales importa mucho la Polar y, por
tanto, la brújula, señores y amigos. Entre
bombardeos en Kosovo y crímenes y
deportaciones en Timor, entre erotismo
desatado en el festival de cine de Venecia y
el creciente estupor ante un anciano Papa de
Roma que se está dejando la vida en el intento
de lograr que Europa respire con sus dos
pulmones, el del Este y el del Oeste, algo
tienen Compostela y el Camino que esta vieja
Europa, este viejo mundo anda buscando
como a tientas. No aíslan. Unen.
¿Diálogo, o cháchara que aturde?
Los seres humanos de esta hora de la
Historia, los concretos, con nombre y
apellidos, los vecinos de al lado, sin ir más
lejos, ¿nos comunicamos, o luchamos para ver
quién grita más y achanta al otro? ¿Lo
nuestro es diálogo, o es careta, paripé,
cháchara que aturde desde nuestra propia
concha, refugiados como caracoles o como
tortugas en “mi” casa, “mi” empresa, “mi”
coche, “mi” periódico, “mi” coraza, “mi”
familia-fortaleza asediada en vez de horizonte
y de ventana abierta? ¿Nuestra libertad es un
perfume irresistible y contagioso, o una
tapadera vergonzante de intereses, cuando no
una indigna coartada de tantas complicidades,
las más de las veces injustamente impunes?
¿Nuestra prudencia es tal, o es cobardía
monda y lironda?
A lo largo de los siglos, el Camino ha sido, es
y seguirá siendo el mejor antídoto contra
todos
estos
venenos
esterilizadores.
Imaginaba Álvaro Cunqueiro —que es como
decir que era verdad—: a la vez que la
estr ella que señalaba en la esquina de
Finisterre dónde estaba el cuerpo del Apóstol,
otra estrella se ponía a pique sobre las puertas
de Aquisgrán. Y así nació, miren ustedes por
dónde, comunicándose, la mismísima Europa;
por cierto, la única posible. Y soñaba el bueno
de don Álvaro, aquel juglar gallego, si la
estrella de Iría y la de Aquisgrán no serían la
misma… Lo eran. Claro.
Una corriente irresistible de vida
Gentes de Londres y de Maguncia,
venecianos y croatas, artesanos y menestrales
del Guadalquivir y del Loira, mercaderes y
príncipes, santos y pecadores —japoneses
hoy, y australianos, ejecutivos neoyorquinos y
campesinos de las tierras de pan traer—
comparten lo esencial en el Camino: ríos,
puentes, calzadas y albergues, pero más que
nada, fe y esperanza. Es un trasvase
prodigioso de fe y cultura, de modos de
pensar y de costumbres que ha cumplido un
fecundo milenio. Roncesvalles y Estella,
Nájera y Silos, Burgos, Frómista y Sahagún,
cada trozo de calzada romana, cada sepulcro
recordado o no, son otras tantas estrellas en
este trascendente manantial y reguero de
espíritu, de solidaridad y concordia
integradoras, de leyenda, de historia, de lírica
provenzal y de cantares de gesta, de
compartir, en románico o en gótico, lo mejor
de la Humanidad: una corriente irresistible de
vida en la que se aprende que lo distinto no
separa sino enriquece. Eso es el Camino.
La Puerta Mayor, la de la Gran Perdonanza,
no habría podido ser tallada en piedra que
parece viva por el maestro Mateo si un
pescador de Galilea, hijo del Trueno por
apodo, no hubiera dejado barcas y redes, hace
veinte siglos, para seguir a un tal Jesús de
Nazareth, aquel que dijo: “Yo soy el Camino,
la Verdad y la Vida”. Para ir a la Verdad y a
la Vida, el “homo viator” no puede hacerlo
más que por el Camino y notar, igual que los
dos de Emaús —y si no, mala señal—, cómo
le arde el corazón al caminar. El Camino ha
ido tallando después, y talla jornada tras
jornada, muchas más piedras, éstas sí vivas e
inmortales, que las del Pórtico de la Gloria.
Insuperablemente lo vio Gerardo Diego:
“También la piedra, si hay estrellas, vuela”. El
sombrero para el sol y para la lluvia, y la capa
y la esclavina, la escarcela para el dinero con
que poder yantar y seguir viaje, el bordón
como apoyo y defensa, la calabaza para el
agua limpia y regeneradora, las sandalias para
andar y la concha para beber… Pero, sobre
todo, la fe y la esperanza y la ilusión y el ideal
compartido. Nada puede enriquecer más al
ser humano, sea rey o mendigo, que una
conciencia común.
Un cántico nuevo
Hay que haber hecho a pie el camino, ya digo,
para entenderlo a fondo: hasta llegar al Monte
del Gozo, leguas y leguas, tradiciones,
consejos, rezos y salmos, música y arte,
plegarias y platos, costumbres, trueques,
casamientos, diplomacias, heridas y hospitales,
amores y muertes, el río de la vida, una
memoria larga de hechos y leyendas, al son
del Ultreya (“ultra eia”): más allá, siempre
más allá… Hoy que tan de moda está el
slogan “Sin fronteras” —médicos sin
fronteras, payasos sin fronteras, periodistas y
políticos sin fronteras—, bueno es saber y
recordar que en el Camino siempre estuvo de
moda el espíritu humano sin fronteras, para
llegar al Pórtico de la Gloria, o, por mejor
decir, a la gloria del pórtico, y sobre todo de
cuanto el pórtico abre. “Santiago, y abre
Europa”: la canción del Camino es un cántico
siempre nuevo y fascinante.
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