APRENDIENDO A MADURAR Fuente: www

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APRENDIENDO A MADURAR
Fuente: www.sontushijos.org
Alfonso Aguiló ***
William Shakespeare dejó escrito que no hay otro camino para la madurez que
aprender a soportar los golpes de la vida. Observamos con asombro el misterio del
dolor y de la muerte. Constatamos defectos y limitaciones en los demás y lo
constatamos igualmente cada día en nosotros mismos.
Los golpes de la vida
Las experiencias dolorosas pueden ir haciendo crecer nuestra madurez interior.
La clave está en saber aprovechar esos golpes, saber sacar todo el oculto valor que
encierra aquello que nos contraría, lograr que nos mejore aquello que a otros les
desalienta y les hunde.
¿Y por qué lo que a unos les hunde, a otros les madura y les hace crecer?
Depende de cómo se reciban esos reveses. Si no se medita sobre ellos, o se medita sin
acierto, sin saber abordarlo bien, se pierden excelentes ocasiones para madurar, o
incluso se produce el efecto contrario. La falta de conocimiento propio, la irreflexión, el
victimismo, la rebeldía inútil, hacen que esos golpes duelan más, que nos llenen de
malas experiencias y de muy pocas enseñanzas.
La experiencia de la vida sirve de bien poco si no se sabe aprovechar. El simple
transcurso de los años no siempre aporta, por sí solo, madurez personal. Es cierto que la
madurez se va formando de modo casi imperceptible en una persona, pero es algo que
se alcanza siempre gracias a un proceso de educación y de autoeducación, que hay que
plantear bien.
La educación que se recibe en la familia, por ejemplo, es sin duda decisiva para
madurar. Los padres no pueden estar siempre detrás de lo que hacen sus hijos,
protegiéndoles o aconsejándoles a cada minuto. Han de estar cercanos, es cierto, pero el
hijo ha de aprender a enfrentarse a solas con la realidad, ha de aprender a darse cuenta
de que la frustración de un deseo intenso, la deslealtad de un amigo, la tristeza ante las
limitaciones o defectos propios o ajenos..., son realidades que cada uno ha de aprender
poco a poco a superar por sí mismo.
Por mucho que alguien te ayude, al final siempre es uno mismo quien ha de
asumir el dolor que siente, y poner el esfuerzo necesario para superar esa
frustración.
Saber encajar los golpes de la vida no significa ser insensible. Tiene que
ver más con aprender a no pedir a la vida más de lo que puede dar, aunque sin
caer en un conformismo mediocre; con aprender a respetar y estimar lo que a
otros les diferencia de nosotros, pero manteniendo unas convicciones y unos
principios claros; con ser pacientes y saber ceder, pero sin hacer dejación de
derechos ni abdicar de la propia personalidad.
Hemos de aprender a tener paciencia. Vivir sabiendo que todo lo grande
es fruto de un esfuerzo continuado, que cuesta y necesita tiempo. Paciencia con
nosotros mismos, lo cual es decisivo para la propia maduración, y tener
paciencia con todos, sobre todo con los que tenemos más cerca. Por la
paciencia el hombre se hace dueño de sí mismo, aprende a robustecerse en
medio de las adversidades. La paciencia otorga paz y serenidad interior.
Hace al hombre capaz de ver la realidad con visión de futuro. Le hace
mirar por sobreelevación los acontecimientos, que toman así una nueva
perspectiva.
El control de la ira
Cuando alguien recibe un agravio, si es persona poco capaz de
controlarse, es fácil que eso le parezca de lo más ofensivo, pues su memoria y
su imaginación avivan dentro de él un gran fuego porque da vueltas y más
vueltas a lo sucedido. La pasión de la ira tiene una enorme fuerza destructora.
La ira es causa de muchas tragedias irreparables. Son muchas las personas que
por un instante de cólera han arruinado un proyecto, una amistad, una familia.
Por eso conviene que, antes de que el incendio tome cuerpo, extingamos las
brasas de la irritación sin dar tiempo a que se propague el fuego.
La ira es como un animal impetuoso que hemos de tener bien asido de las
bridas. Si cada uno recordamos alguna ocasión en que, sintiendo un impulso de
cólera, nos hayamos refrenado, y otro momento en que nos hayamos dejado
arrastrar por ella, comparando ambos episodios podremos fácilmente sacar
conclusiones interesantes.
Basta pensar en cómo nos hemos sentido después de haber dominado la
ira y cómo nos hemos sentido si nos ha dominado ella. Cuando sucede esto
último, experimentamos enseguida pesadumbre y vergüenza, aunque nadie nos
dirija ningún reproche. Basta contemplar serenamente en otros un arrebato de
ira para captar un poco de la torpeza que supone. Una persona dominada por el
enfado está como obcecada y ebria por el furor. Cuando la ira se revuelve y
agita a un hombre, es difícil que sus actos estén orientados por la razón. Y cuando
esa persona vuelve en sí, se atormenta de nuevo recordando lo que hizo, el daño que
produjo, el espectáculo que dio, y se siente profundamente avergonzada.
La ira suele tener como desencadenante una frustración provocada por el bloqueo
de deseos o expectativas, que son defraudados por la acción de otra persona, cuya
actitud percibimos como agresiva. Es cierto que podemos irritarnos por cualquier cosa,
pero la verdadera ira se siente ante acciones en las que apreciamos una hostilidad
voluntaria de otra persona. El estado físico y afectivo en que nos encontremos influye
en esto de forma importante. Es bien conocido cómo el alcohol predispone a la furia,
igual que el cansancio, o cualquier tipo de excitación. También los ruidos fuertes o
continuos, la prisa, las situaciones muy repetitivas, pueden producir enfado o ira.
Cuando se acumulan varios de esos sumandos, uno puede estar furioso y no saber bien
porqué.
¿Y por qué unas personas son tan sociables, ríen y bromean, y otras son
malhumoradas, hurañas y tristes; unas son irritables, violentas e iracundas, mientras que
otras son indolentes, irresolutas y apocadas? Sin duda hay razones biológicas, pero que
han sido completadas, aumentadas o amortiguadas por la educación y el aprendizaje
personal; también la ira o la calma se aprenden.
Muchas personas mantienen una conducta o una actitud agresiva porque les
parece encontrar en ella una fuente de orgullo personal. En las culturas agresivas, los
individuos suelen estar orgullosos de sus estallidos de violencia, pues piensan que les
proporcionan autoridad y reconocimiento. Es una lástima que en algunos ambientes se
valoren tanto esos modelos agresivos, que confunden la capacidad para superar
obstáculos con la absurda necesidad de maltratar a los demás.
Las conductas agresivas se aprenden, a veces, por recompensa.
Lamentablemente, en muchos casos sucede que las conductas agresivas resultan
premiadas. Por ejemplo, un niño advierte enseguida si llorar, patalear o enfadarse son
medios eficaces para conseguir lo que se propone; y si eso se repite de modo habitual,
es indudable que para esa chica o ese chico será realmente difícil el aprendizaje del
dominio de la ira, y está claro que, educándole así, se le hace un daño grande.
Jugar en equipo
Si a cualquiera nos preguntaran cuáles han sido las experiencias más
enriquecedoras de nuestra vida, las que mejor conservamos en la memoria y
recordamos con mayor satisfacción, casi siempre nos referiremos a vivencias
personales dentro de un conjunto de personas a las que apreciamos. Quizá sea
la familia, o un equipo de trabajo, o un grupo de personas dentro de un
determinado ámbito cultural, o de un deporte, o de lo que sea.
Saber compartir, hacer equipo, sentirse unido a otras personas, es siempre
gratificante, y también de ordinario un buen acicate para esforzarse, para
mejorar. La presencia de otros nos inspira y estimula a un nivel quizá
difícilmente accesible para nosotros si fuéramos en solitario. De los demás
aprendemos muchas cosas que nos enriquecen enormemente, y por ayudarles, a
veces nos sorprendemos haciendo cosas que quizá incluso no haríamos ni por
nosotros mismos.
Los demás son un elemento decisivo en nuestra mejora personal. Es ciert o
que la fuerza para cambiar depende en gran parte de uno mismo. Pero también
sabemos que las personas que nos rodean pueden ayudarnos o estorbarnos
mucho en ese camino. La capacidad para cambiar se ve reforzada cuando
sabemos convivir con los demás, cuando sabemos trabajar en equipo, cuando
logramos estar cercanos a las personas que componen nuestro entorno.
También hay que saber elegir equipo. Como recuerda el dicho popular, la
ley más universal es la ley de la gravedad, que tiende a llevarnos hacia abajo, y
nos hace abandonar muchos retos que deberíamos plantearnos. Si sabemos
rodearnos de personas positivas, con deseos de mejorar, con ilusión por hacer
rendir sus talentos en servicio a los demás, entonces nos veremos nosotros
mismos mucho más estimulados. Si logramos jugar en un equipo así, eso es
extremadamente valioso. Por eso es vital rodearse de gente que nos lleve a ser
una persona mejor cada día.
La felicidad y el acierto en el vivir no dependen de lo que tenemos, sino
más bien de lo que somos, de cómo vivimos. Y lo que hacemos con lo que
tenemos, determina en gran medida cómo vivimos, hasta en detalles mínimos.
Por ejemplo, si somos generosos con una persona que ha hecho bien su trabajo,
y le tratamos como merece, eso nos hace mejores, a nosotros y a él. Y esto es
aplicable a casi todo.
Deberíamos hacer una reflexión personal sobre esto. ¿Y si hiciera el
propósito de agradecer siempre cualquier favor que recibo, o cualquier servicio
que me hagan, por pequeño que sea? ¿Y si dedicara más tiempo a hacer la vida
agradable a quienes me rodean? ¿Y si llamara de vez en cuando a mis amigos y
familiares, sin necesidad de grandes motivos, aunque sólo sea para interesarme
por ellos? ¿Y si hiciera el propósito de hacer un donativo , aunque sea modesto,
a la medida de mis posibilidades, cuando tenga noticia de un proyecto
interesante? Es un estilo de vida. No es cuestión de tener mucho tiempo ni
mucho dinero. Es cuestión de cómo administro lo que tengo, sea poco o sea
mucho; de decidir con acierto a qué dedico mi tiempo y mis recursos; de no
dejarme llevar por la rutina, sino procurar poner en mi vida un poco más de
ingenio y de reflexión.
Todo esto puede parecer poca cosa, pero es importante. Cualquier
pequeño detalle tiene un efecto positivo sobre nosotros mismos y sobre los
demás. Y un conjunto de pequeños detalles puede cambiar por completo el
ambiente de una familia, una oficina, un lugar de descanso, un grupo de
amigos, un noviazgo o un proyecto cultural. Proponerse ese reto con ilusión es
algo que siempre vale la pena.
***Alfonso Aguiló
Desde 1991 es Vicepresidente del Instituto Europeo de Estudios de la Educación (IEEE).
Ingeniero de caminos. Es autor de numerosas publicaciones. También ha publicado más de un centenar de artículos
sobre cuestiones relacionadas con la educación. Ha tenido relación durante más de veinte años con la formación de
gente joven en diversos trabajos de carácter educativo y docente.
Fuente: www.sontushijos.org
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