conflictos tipicos en empresas familiares

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CONFLICTOS TIPICOS EN EMPRESAS FAMILIARES
Conflictos sucesorios
La situación más universal del conflicto se presenta en la sucesión, es decir, cuando
ingresa una nueva generación en reemplazo de la precedente: el padre, la madre, o
ambos, salen de la escena y se transfiere el manejo, y la propiedad a sus sucesores.
Esta situación se complica a medida que haya más partes intervinientes. Como es obvio,
hay menos conflictos sucesorios cuando hay un único hijo que hereda todo.
Sucesiones incompletas
Pero lo habitual es que la desaparición de los padres no sea simultánea, de modo que
casi siempre hay, al menos en una primera etapa, un cónyuge supérstite que participa de
la sucesión, tanto en lo patrimonial como en el gerenciamiento.
A medida que hay más partes, las coaliciones son más complejas. En estas coaliciones,
es casi inevitable que el cónyuge supérstite tenga un “voto de oro”, en el sentido que su
posición terminará prevaleciendo, incluso sobre la mayoría de sus hijos, y sólo será
derrotado si hay unanimidad en su contra, lo que es muy infrecuente.
Dos bandos
Haya o no un sobreviviente de la generación paterna, lo común es que surjan de
inmediato dos posturas, que podríamos denominar “el partido de la continuidad” y “el
partido del cambio”.
El principal beneficiario del estado previo es el sobreviviente, que antes tenía un solo
socio y ahora pasa a tener varios más. A la perdida humana se suma la amenaza de una
pérdida económica. De modo que es frecuente que rápidamente proponga, por si o por
interpósita persona, “que toda siga igual”. Esta propuesta puede aparecer como
transitoria (“hasta que hagamos la sucesión”,”hasta que nos acomodemos a esta
perdida”, “hasta que sepamos donde estamos parados”, etc), pero es sabido que pocas
cosas son tan duraderas como las transitorias.
Aliados y adversarios
“Que todo siga igual” siempre tiene al menos un beneficiario entre los nuevos socios, es
decir, en la generación joven: el que sucederá al padre en el manejo de la empresa
familiar. Suele haber otros beneficiarios, ya sea porque tendrán alguna participación en
ese manejo o porque percibirán de alguna manera formal o informal, algún premio por
su adhesión a la coalición “continuista”.
En la vereda de enfrente quedan los demás, en una escala de disconformidad
directamente proporcional a la de los afectos paternos: los hijos más distantes de los
padres suelen ser los mas propensos al cambio, independientemente de la participación
en los beneficios de la empresa. Esto se debe a que la sucesión es una gran oportunidad
para “barajar y dar de nuevo” en una larga serie de asuntos internos de la familia.
La ley favorece el cambio
Nuestra legislación civil favorece la estabilidad de la familia, pero propicia la división
sucesoria de los patrimonios. Por ello, “el partido del cambio” puede ser derrotado en
esta primera instancia, y en muchas más, pero no hay que perder de vista que a la larga
prevalecerá.
Los costos de no cambiar
“Seguir como antes” se presenta como un valor, como si fuera una muestra de temple
ante la adversidad. En rigor, es una muestra de resistencia, pero a aceptar la realidad.
En toda sucesión los herederos adquieren nuevos derechos y si en el afán de “que todo
siga igual” no se los tiene en cuenta, habrá conflicto. Si no se sabe procesar este
conflicto, terminará en los tribunales, con serio desmedro del acervo hereditario, pero
peor aún, con daños a veces irreparables en el plano familiar. Hay familias que se
quiebran en este punto, con hermanos que no se vuelven a hablar hasta la muerte. Y
esto, en el fondo, es un costo que no se mide en dinero, porque no hay dinero que pague
la ruptura de lazos de sangre.
Cuidando el dinero
¿Qué es lo más importante para no agravar estas situaciones de conflicto sucesorio?
Aunque parezca un poco pedestre, la base de cualquier arreglo futuro radica en las
cuentas claras.
Aplacados los enfrentamientos por los celos, las preferencias, los resentimientos del
pasado, todo termina en los números, o peor aún, si no hay números, los conflictos son
de nunca acabar. Es decir, acaban en la justicia.
La resistencia a informar
El tema de las cuentas es más básico: a veces, no las hay, ni buenas ni malas. En esos
casos, el mero hecho de pedir cuentas abre un frente de conflicto. Se plantean las cosas
de tal manera, haya o no sucesión de por medio, que la petición de información sobre
ingresos y gastos es definida como una muestra de desconfianza, mala fe, ingratitud,
etc. Si se ha llegado a este punto, quizás haya llegado para los socios ajenos a la
administración, el momento de pedir mucho más que cuentas: si no se reconoce el
derecho obvio a la información, quizás se estén ocultando problemas muchos más
graves.
De todos modos, la salida a estas situaciones conflictivas pasa por la información, y
puede ser ventajoso delegar el trabajo a terceros que eviten el desgaste a las partes del
enfrentamiento. Para estas cosas, que son tan difíciles de manejar entre hermanos, hay
profesionales idóneos: contadores, escribanos, etc.
Los conflictos por el dinero
Las crisis financieras configuran otro caso típico de conflicto en las empresas
familiares. Entiéndase bien: crisis financieras, no crisis económicas. Éstas suelen
preceder a aquellas, pero mientras las restricciones no se notan en el flujo de fondos (y
sobre todo, de retiros), no hay conflictos. La hora de la verdad llega cuando por alguna
razón se interrumpe el flujo financiero y hay que cortar gastos.
Este desfasaje financiero puede ser producto de un cambio en el contexto
macroeconómico, o venir de arrastre. En el primer caso tienen mucha ingerencia las
políticas del Estado.
En el segundo caso, muchas veces se ha pretendido “patear para delante” situaciones de
baja rentabilidad, mediante endeudamiento o el incumplimiento de compromisos, sobre
todo con el fisco. Estas deudas devengan intereses compuestos y recargos, y si no se las
atiende precozmente, suelen afectar el patrimonio de la empresa familiar. En estos
casos, las crisis financieras son muy difíciles de superar tanto para la empresa común
como para la familiar.
En otros casos, lo que viene de arrastre es una descapitalización acumulada, donde se ha
dejado de lado el mantenimiento, la reposición de hacienda o maquinaria, y la propia
fertilidad del suelo. El ganado sigue estando a la vista, pero ya no es propio sino de
capitalizadores o pastajeros. Los cultivos están, pero son de otro.
Sin perspectiva no se ven las salidas
La forma de evitar que los problemas sean interminables es introducir a terceros que
puedan ver las cosas más desapasionadamente. Los “terceros” deben ser genuinamente
ajenos a las situaciones conflictivas: de poco sirve traer a mediar o arbitrar a un tío o un
primo que puede tener posiciones tomadas, o que de todos modos no va a sentirse tan
libre para proponer salidas que pueden generarle enemistades duraderas con parte de la
familia extendida. Si no hay compromisos ni limitaciones, es posible que el tercero
encuentre soluciones que, aunque no conformen plenamente a todos, al menos eviten las
pérdidas que suelen acompañar a estas disputas.
Las expectativas mandan
En los conflictos de las empresas familiares, más importante que la igualdad en los
derechos y deberes es la satisfacción de las expectativas. La mayoría de las disputas
surgen por alguna brecha entre las expectativas y la realidad. Cuando la administración
de la empresa fracasa en el logro de alguna meta esperada por los demás, y éstos no
reciben la parte que, según creen, les corresponde, se produce esta brecha.
Conclusión
Si el partido de la continuidad no entiende que este proceso es incontenible, se pueden
generar situaciones muy enojosas: lo que anteriormente había sido pasado por alto en
aras de la armonía familiar, pasa a ser objeto de discusión cotidiana. A las discusiones
por las cuentas presentes se agregan las de las cuentas pasadas, y esto conduce a un
revisionismo histórico que rara vez rinde buenos resultados.
No sólo se vuelve al inicio de la empresa familiar, sino que se retorna a viejas rencillas
que se remontan a la más tierna infancia, y al reparto del afecto paterno, que como se
sabe, es desparejo e indivisible. El corazón manda y la razón entra en eclipse, una receta
para el desastre.
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