La democracia de las emociones… ¡y razones!

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La democracia de las emociones… ¡y razones!
¿Emociones o razones? Tal es la pregunta que nos hacemos hace ya bastante tiempo.
Bueno, en filosofía las preguntas son siempre las mismas, además de permanecer en
nuestras mentes desde que surgieron hasta la actualidad no tienen respuesta fija. Nada
tiene respuesta inamovible en filosofía, y esta pregunta no es ninguna excepción. Tiene un
gran pasado filosófico con diferentes concepciones todas ellas sujetas a críticas. ¿Tienen
algún significado las emociones? ¿Podemos tomar decisiones basándonos en nuestras
emociones? Sinceramente, para responder a estas preguntas habría primero que explorar
profundamente este campo que por ahora desconocemos en gran medida. La psicología lo
intenta, lo intenta y lo vuelve a intentar, aunque al final no tiene más remedio que apoyarse
en la filosofía. Aquí estamos, filosofando sobre el tema.
Lo primero que hay que hacer, es olvidarse del principio de autoridad. Esta falacia que no
nos permite pensar por nosotros mismos hay que dejarla de lado. En cuanto al dualismo
entre las emociones y razones me dirijo al pensamiento clásico, de Platón o Aristóteles.
Tomando como ejemplo al mito del carro alado, las emociones no son más ni menos parte
del caballo malo que se opone al bueno, fiel a la razón, esta misma personificada por el
auriga. El caballo malo siempre se contraria al auriga siguiendo a la pasión, como
consecuencia ha de ser reprimido. La razón tiene que gobernar ante todo. ¿Conclusión?
Consideramos que el hecho de actuar basándonos en nuestras emociones algo peyorativo
en el que emerge nuestra naturaleza animal e instintiva. Esto es una de las muchas
perspectivas de abordaje del tema, todas ellas válidas.
Ahora sí, podemos continuar nuestro camino y entrar en algo un poco más complicado; una
rama de la filosofía que nos afecta a todos: la política. Dentro de la misma me voy a referir al
gobierno de la mayoría, la democracia. No es que tenga doble moral y que no considere al
resto de sistemas políticos cayendo en la falacia de la autoridad pero como dijo Churchill; “La
democracia es el menos malo de los sistemas políticos” y por lo tanto por el que se rige la
sociedad occidental actualmente. ¿Tienen algún lugar que ocupar las emociones en
democracia? Estas son un hecho, están presentes en todo ser humano por lo que lo primero
que no podemos hacer, es negarlas. Otra cosa es que no sepamos realmente en qué
consisten, pero están. Dan lugar a sentimientos más duraderos que en algunos casos, como
el amor, son más personales, mientras que otros casos se repiten en más de una persona.
Estos sí que implican consideración por parte de toda la ciudadanía y una respuesta que no
es nada fácil de encontrar. Está claro que el dilema está en la forma en la que se va a
responder a estos sentimientos. Por ello en mi opinión, lo primero que se tendría que hacer,
como iguales, es tener empatía. Esto nos va a permitir comprender los sentimientos del
otro, iniciar su estudio. El objetivo es encontrar un pacto que ponga de acuerdo a la mayoría.
El mejor argumento se la lleva, este ha de ser racional, por lo que en el caso de la retorica
emocional habría que buscar lo racional de los sentimientos, por ello, no hay mejor manera
que ponerse en el lugar del otro. Las emociones en sí mismas no pueden funcionar como
argumentos, son falaces y acríticas si no se analizan. Cierto, influyen mucho en el publico,
por lo que son un arma considerable para persuadir a la gente. En el ámbito privado se
pueden usar perfectamente, de hecho es lo que hacemos a menudo. Por ejemplo, una
madre que le dice a su hijo pequeño que se pondría triste si no se comiera las verduras de su
plato. La madre provoca una emoción en su hijo que acaba comiéndose las verduras.
Perfecto, lo ha conseguido. Sin embargo, aquí hablamos de decisiones políticas que afectan
a toda una nación por lo tanto lo único a lo que podemos agarrarnos es lo racional sin tomar
en cuenta las emociones no justificadas.
En Europa están emergiendo distintos partidos políticos de carácter fascista. Culpan a los
dirigentes políticos de todo lo malo que le puede ocurrir a Europa actualmente. Difunden un
sentimiento de malestar en el viejo continente provocado por los que ahora están en el
poder. Se encargan de difundir este sentimiento por toda la población, este acaba
convirtiéndose en su principal argumento. “Ustedes lo hacen todo mal, Europa está
descontenta, nosotros lo vamos a solucionar todo”. Nadie se centra en su programa político
ni en la manera tan brillante con la que van a encontrar soluciones a las dificultades que
están atravesando los europeos. En el caso contrario, no creo que habría tantos adeptos.
Ellos ponen énfasis en el sentimiento de desagrado de la sociedad, este es su principal
recurso a partir del que pueden derivar consecuencias muy serias. Estamos totalmente
conscientes de lo que puede ocurrir si tales ideologías políticas consiguen alcanzar el poder,
pero cuando hay emociones perdemos capacidad de raciocinio. Podemos hablar de
soluciones políticas. Podemos desmentir la base de sus argumentos emocionales y desvelar
las intenciones de tales partidos. ¿Será suficiente? Vivimos una época en la que hay que
reconocer, estamos dirigidos por políticos mediocres. La economía no vive sus mejores
momentos y surgen otros problemas paralelos que también hay que solucionar.
Necesitamos algo más si queremos llegar a controlar la retórica emocional que invade al
panorama político. En mi opinión, debemos de apoyarnos en lo que siempre ha sido lo más
eficaz, la educación. Sin embargo, no cualquier tipo de educación. Una educación emocional,
aquí cito a Jean Claude Micheá: “La sociedad moderna, que ha alcanzado un grado de
educación formal sin precedentes, también ha dado lugar a otras formas de ignorancia.”
Tenemos que convivir en una sociedad en continuo movimiento, por ello es imprescindible
que aprendamos todos a controlar bien nuestras emociones que repercuten en las
decisiones que tomamos diariamente y que implican a las personas tanto individualmente
como colectivamente. Tenemos que aprender a diferenciar esos discursos afectivos y
populistas falsos que al no conseguir convencer haciendo uso de la razón utilizan otros
métodos, el primero, buscando nuestras emociones. Hay que acabar con estos corredores
de ventajas que aprovechan cualquier ocasión para aumentar su poder de influencia en la
sociedad. El dilema que opone las emociones a la razón en democracia, tiene solución. Esta
va a depender de la voluntad del pueblo, una voluntad motivada por un cambio real que al
fin y al cabo solo busca el bienestar de todos. Somos nuestros propios legisladores, es
nuestra responsabilidad actuar o no. Vivimos en democracia, ¡democracia!
Soufiane Mellak
Colegio Español de Rabat
1º de Bachillerato B
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