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Especificando la política*
Escrito por Lechner, Norbert
Lunes, 21 de Julio de 2008 19:00
INTRODUCCIÓN
Durante largos años la "razón de ser" de la política no fue objeto de controversia; la política
era la forma "natural" del conflicto social acerca del desarrollo de la sociedad. Tenía un ámbito
institucional claramente delimitado; eran prácticas políticas las que se referían al gobierno, al
parlamento, a los partidos y, en términos generales, al Estado. Sólo en momentos de crisis se
veía desbordado el marco institucional de la política y se vislumbraban sus condiciones
sociales. Hoy asistimos a un doble proceso de cuestionamiento. Un proceso de
despolitización impulsado no sólo por los regímenes militares en el Cono Sur sino, sobre todo,
por la ofensiva neoconservadora contra la política en tanto creación deliberada del futuro de la
humanidad(1). Y un proceso de politización de la vida cotidiana que desestructura "desde
abajo" la institucionalidad política y, por ende, los "actores consagrados"(2). En resumen, el
momento actual se caracteriza por una lucha abierta sobre los límites entre lo político y lo
no-político. La definición social de lo que es “política” forma hoy día un terreno privilegiado de
la lucha de poder y de esta reestructuración del "hacer política” dependerá en buena medida
lo que será la sociedad futura.
En este contexto intentaré especificar una concepción de la política en torno a cuatro ejes.
I. El orden: leyes naturales o construcción social
La definición de lo que es "política" depende, en primer lugar, de nuestra concepción de
“sociedad”. Si concebimos la sociedad como un orden natural que evoluciona según una
legalidad inmanente entonces no hay lugar para la política en tanto disposición social sobre
las condiciones materiales de vida. La condición de posibilidad de la política es considerarla
como un momento de la producción y reproducción de la sociedad por ella misma.
II. Técnica e interacción.
Entre quienes afirman la construcción histórico-social del orden la política suele ser
visualizada frecuentemente como una "tecnología social". Tal visión conduce a actuar sobre
las interacciones sociales como si fuesen una naturaleza inerte. Aquí propongo, al contrario,
considerar la construcción de acciones recíprocas y, particularmente, la determinación recíproca de los sujetos como el núcleo central de la práctica política.
III. Acción instrumental y expresión simbólica.
La política es, por cierto, acción instrumental que apunta a determinado objetivo según un
cálculo de medios y fines. También es expresión simbólica de una vida en común. Prefiero
destacar esta segunda dimensión: la política en tanto ritual de reconocimiento recíproco en
una identidad colectiva.
IV. Subjetividad y formalización.
Una de las principales razones del desencanto con las formas modernas de la democracia es
la distancia que siente el individuo frente a la fuerte formalización de la "escena política". La
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formalización de las relaciones sociales distancia a los hombres entre sí. A la vez, sin
embargo, me parece ser indispensable para que la subjetividad pueda expresarse.
No está demás insistir en el carácter tentativo de estas reflexiones que no pretenden ofrecer
una definición taxonómica de lo que es "la política".
I. EL ORDEN: LEYES NATURALES O CONSTRUCCIÓN SOCIAL
1.1. Para determinar el "status" de lo político hemos de analizarlo junto con la concepción de
sociedad.
Una larga tradición concibe la sociedad como un orden natural. La convivencia humana en
sociedad estaría regida por leyes propias, independientes de la voluntad humana. Por
consiguiente, el establecimiento y la sobrevivencia de una sociedad dependería de que los
miembros conozcan y obedezcan su "legalidad".
La visión de la sociedad como orden natural implica distintos referentes. Uno es la duración
del orden social. El status quo es puesto bajo la egida de leyes eternas, inevitables e
inmutables, que la actividad humana ha de obedecer so pena de desencadenar el caos. La sociedad no sería pues un producto histórico ni una producción social. Los cambios
sociales son aproximaciones a la verdadera naturaleza o interferencias y desviaciones;
siempre se refieren a un mismo y exclusivo principio de ordenamiento. No hay lugar para una
transformación del orden establecido. Es decir, podríamos perfeccionar los mecanismos de
mercado o distorsionarlos, pero no podríamos modificar las "leyes del mercado".
Un orden natural es espontáneo. No surge la pregunta por su "razón de ser"; la cuestión de su
constitución. Para el naturalismo, la economía es como es la naturaleza: un hecho pre-social
que no requiere legitimación. Puede traer
beneficios a unos y desgracias a otros, pero no porque la economía/naturaleza sea buena o
mala, sino como consecuencia de la acción de los hombres libres (que pueden o no obedecer
a las leyes naturales) e ignorantes (que a falta de un saber total siempre corren riesgos).
Se alude a un orden armónico en el sentido que las leyes naturales son generales, válidas
para todos y bajo todas circunstancias, e impersonales. Y en el sentido que las leyes no son
contradictorias entre sí, de modo que permiten a los hombres tener decisiones y conductas
coherentes. Es lo qué simboliza la "mano invisible" del mercado. La visión naturalista supone
así un orden autorregulado. Su funcionamiento no depende de leyes positivas, decisiones soberanas, controles administrativos, deliberaciones colectivas, la observancia de costumbres
o deberes religiosos. Vale decir: en la economía de mercado la asignación de recursos y
trabajo no tendría lugar por medio de regulaciones políticas sino por el mismo intercambio de
mercancías. En este sentido, la idea de un mercado autorregulador implica no sólo una
economía separada e independiente de la política sino, a fin de cuentas, la desaparición de la
política. 1.2. Sin entrar en la construcción epistemológica de tal concepción, hemos de recordar el
supuesto subyacente. La visión de la sociedad como orden natural remite a determinada
concepción de la realidad. Se toma la realidad como una materialidad preexistente a su
formación social. Es decir, se identifica "real" y "natural" de modo que la realidad social estaría
estructurada por leyes de causalidad, inteligibles de manera análoga a las ciencias naturales.
Conociendo estas regularidades, la realidad social sería calculable, esto es, controlable. El
orden natural no sería una fuerza ciega que se impone a espaldas de los hombres sino el
único orden totalmente transparente, al menos en principio. Para que un conocimiento de este
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tipo pueda guiar las relaciones sociales ha de suponer una realidad objetiva, esto es unívoca.
Las afirmaciones teóricas no serían intento de estructurar la realidad social sino el
descubrimiento de estructuras ya preexistentes.
1.3. Para el individualismo metodológico, la sociedad es una suma de unidades homogéneas
e invariables que se relacionan entre sí según reglas unívocas (mercado). El interés por
cuantificar y calcular el proceso social lleva a suponer la existencia de sujetos constituidos de
una vez para siempre como “unidades” uniformes. Con este supuesto funciona la mano
invisible de Adam Smith a diferencia del bellum omnium contra omnes de Hobbes. Según
Hobbes, los individuos devienen sujetos (propietarios privados) por medio del Leviatán. Al
contrario de lo que supone la connotación peyorativa de los neoliberales, el Leviatán es la
fuente de la libertad individual. A través del Estado-representante se constituye la unidad de
los representados en tanto "sociedad civil"(3). Para Adam Smith, en cambio, la integración
social de los sujetos por medio del mercado está asegurada de antemano por la definición
social de los sujetos. Su argumentación supone que el propio interés privado es ya un interés
socialmente determinado. Por consiguiente, se puede realizar solamente en el ámbito de la
condición que fije la sociedad y con los medios que ella ofrece; está ligado por consiguiente a
la reproducción de estas condiciones y de esos medios(4). La sociedad aparece como un
orden natural que asigna a cada cual su "rol" objetivo para la reproducción del conjunto.
La concepción liberal de la sociedad como un orden natural es replanteada hoy por los
neo-conservadores. Hayek, por ejemplo, acepta que el orden social es un producto de las
relaciones sociales entre los individuos, pero sin que obedezca a algún diseño humano. No
es una creación teleológica (constructivista) sino un orden espontáneo. Similar a Adam Smith
afirma un orden propietario preconstituido que precede las transacciones entre los individuos.
Ahora bien, si las normas de la conducta social ya existen desde siempre entonces sólo falta
descubrirlas y obedecerlas.
Al suponer una realidad objetiva como horizonte de la acción humana se da por determinada
la finalidad del proceso social. La sociedad no podría decidir los objetivos de su desarrollo.
Pues bien, si las metas de la sociedad ya están definidas objetivamente, entonces los medios
para realizarlas son a su vez requisitos técnicamente necesarios (en el sentido de necesidad
causal). Es decir, si el mercado y las relaciones capitalistas de producción son una realidad
objetiva y dejan de ser objeto de discusión y decisión política, entonces también requisitos
implícitos como el "libre mercado del trabajo" son "imperativos técnicos" que no cabe
cuestionar. (Recuerdo los análisis de Marcuse sobre el hombre unidimensional y de Habermas
sobre la técnica como ideología). Para que funcione sin distorsión el automatismo del
mercado hay que restringir al máximo las decisiones políticas en tanto interferencias
arbitrarias. Una vez ajustada la organización social a la economía de mercado no habría, por
definición, política.
1.4. La perspectiva materialista enfoca, con distintos matices, la sociedad como un orden
social e históricamente construido. Sólo tal enfoque da cabida a una concepción de la política
como práctica social.
Comienzo recordando la experiencia que me parece fundamental en toda reflexión sobre la
vida humana: la discontinuidad(5). ¿No tomamos conciencia de la vida a través de la
discontinuidad con los animales, discontinuidad con el Otro, discontinuidad de la vida misma:
la muerte? A la experiencia de discontinuidad parecen estar vinculadas las fuerzas con que
moldeamos la vida cotidiana: la angustia, la violencia, el erotismo, etc. Todas estas pasiones
e instintos se alimentan del deseo de continuidad y aún de fusión. La antigua idea de la
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inmortalidad es el esfuerzo de pensar la continuidad hasta en la muerte misma. Toda
afirmación de la vida es una búsqueda de continuidad dentro de lo discontinuo.
La constitución del ser en la discontinuidad determina la vida social. Podemos pensar la
sociedad y el sujeto como dos formas de dar continuidad al ser. Construir esa continuidad en
la discontinuidad es la política. Es lo que se opone a lo fugaz y fútil, ordenando la
discontinuidad. Lo que crea lo común, lo contiguo, lo contrario.
Difícil esfuerzo de pensar sociedad, sujeto, Estado y política en conjunto como "momentos" de
un mismo movimiento. A partir y dentro de la división social se construyen formas de
continuidad. Surge así la cuestión del orden: dialéctica de unidad y división.
1.5. Se habla de "político" en analogía a polis; lo político se refiere a polis como atlético a
atleta. La dificultad es que la polis no es un referente contemporáneo y que la reconstrucción
histórica del concepto de polis no pareciera servir a la definición moderna de “político”(6). Es
equívoco hablar de política o Estado antes del pleno desarrollo del capitalismo en el siglo XIX.
Recién entonces, encontramos la fragmentación del procesó social en “ámbitos” relativamente
“independientes”. Se pretende definir estos ámbitos a través de las funciones que cumplen
tales "subsistemas" economía, estado, estética o religión, etc.-) para el "sistema general".
Pero, cabe objetar, el "todo" no es necesariamente la suma de las partes. ¿Por qué no
suponer que estos "ámbitos" sean diferentes formas de constituir el todo, o sea formas que se
da la producción y reproducción de la sociedad por ella misma?
Quiero referirme brevemente a la distinción de economía y política. Distinción no significa
separación. La economía no es una naturaleza previa y separada de la organización social.
En este sentido fue malentendida la metáfora marxiana de base y superestructura. La “crítica
de la economía política” destaca, al contrario, la definición social de la reproducción material.
Es justamente una crítica a la teoría liberal que toma la producción capitalista de mercancías
como una verdad eterna y relega la historia al campo de la distribución.
El liberalismo propone: 1) "separar" la economía mercantil como relaciones presociales y 2)
organizar las relaciones sociales como relaciones mercantiles. Paradojalmente es la utopía
del laissez-faire (la idea del mercado autoregulador) con su perspectiva anti-estatista y
anti-política la que genera la concepción moderna de la política en el siglo XIX. Por un lado,
recordemos la ruptura revolucionaria que significa el auge del capitalismo industrial, arrasando
con todo lo establecido, quebrando los límites entre los estamentos, entre permitido y
prohibido, entre racional y loco, entre normal y enfermo, entre sagrado y profano, entre virtud
y vicio. El fin abrupto del Antiguo Régimen simboliza el desmoronamiento de un orden social
(y no solo de un tipo de régimen político). El desmoronamiento de los límites hacen de esos
límites un problema. La determinación de los límites sociales forma desde entonces el meollo
de la lucha de clases.
Por otro lado, el liberalismo económico que apunta a un "gobierno mínimo" ha de confiar al
"intervencionismo estatal" la realización de la "libertad del mercado". Para ajustar la vida
social a la economía mercantil recurre a la política. La política ha de organizar las relaciones
sociales en función de la economía de mercado. Los liberales visualizan la política como un
mercado político, donde la competencia procuraría -mediante una "mano invisible"- la
armonización de los intereses en pugna. De este modo, la sociedad liberal asume
afirmativamente el conflicto (en tanto competencia intra-sistema) y lo institucionaliza como
ámbito específico.
En esta perspectiva histórica, la política surge en el siglo XIX como forma de conflicto sobre la
distribución.
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La distribución, empero, hay que entenderla en un sentido lato. No se trata solamente de la
distribución de los medios de producción y de la fuerza de trabajo, o sea de la forma
capitalista de la producción material de la vida. En un sentido amplio, la lucha política sobre la
distribución concierne toda la delimitación y el ordenamiento de las discontinuidades entre los
hombres.
El problema de la producción y reproducción de los límites sociales me parece ser central al
"hacer política" y requiere un análisis mucho más detallado. Por ahora, sólo insinúo la
intuición subyacente: creo que la política es la lucha por ordenar los límites que estructuran la
vida social, proceso de delimitación en que los hombres, regulando sus divisiones, se
constituyen como sujetos.
II TÉCNICA E INTERACCIÓN
La Política como Técnica.
La política moderna, a partir de Maquiavelo, descansa en el cálculo de posibilidades. La
distinción de necessitá y fortuna es la distinción entre lo calculable y, por ende, controlable o,
al menos, aprovechable por la virtú y el acontecer azaroso que sólo cabe enfrentar con
temeridad. La fortuna deyiene una categoría residual en la medida en que se concibe la
realidad social gobernada por "leyes" de tipo causal. El análisis político se centra en el cálculo
de la necesidad. La necessitá es aquella objetividad de la estructura social (y, sobre todo, de
la naturaleza externa) que se impone a la voluntad humana. En este sentido hablará Marx del
"reino de la necesidad”. Lo característico de la concepción técnica es analizar esa necesidad
en términos de causalidad. Lo posible es lo factible técnicamente.
Me parece oportuno recordar a Maquiavelo porque de él provienen tres problemáticas que
siguen presentes en el actual debate sobre la política.
2.1.1. El problema de la racionalidad definida por la acción calculada. Acción racional es la
actividad que se guía por un cálculo medio-fin. Para que Maquiavelo pueda afirmar
determinadas reglas técnicas de gobernar ha de suponer que la realidad social se desarrolla
según determinadas regularidades. En la medida en que el curso del mundo está sometido a
ciertas leyes, la política puede apoyarse en el cálculo. El conocimiento técnico del político
descansa en la calculabilidad del mundo. La decisión política deviene racional en tanto ya no
confía en la constelación oportuna de los astros, la fortuna, sino calcula correctamente la
"correlación de fuerzas". Si las fuerzas sociales no obedecen a un destino inexorable ni a sus
caprichos sino a regularidades entonces es posible concebir una ciencia de la política, basada
en la racionalidad formal(7).
El cálculo formal supone la existencia de "leyes sociales" y su conocimiento. La política
racional descansa pues en el conocimiento más completo posible de la realidad social. Se
opone a la ignorancia como fuente de la coerción y la arbitrariedad. La necesidad que se
impone como fuerza ciega a mi voluntad es lo que no sé; si conozco las necesidades puedo
calcular su desarrollo y aprovecharlas. Cuando no conozco todos los elementos de la
situación mi decisión deviene arbitraria; es una apuesta que confía en que la necesidad
externa concuerde con mi voluntad.
Este enfoque remite a un saber total como horizonte utópico, la utopía tecnocrática consiste
en una sociedad transparente. Un conocimiento cada día más completo permitiría
aproximarse a un cálculo/control total de la realidad. A partir de ese concepto límite se niega
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le que no es susceptible de cálculo formal: el azar, la sorpresa, el sueño y la imaginación, la
innovación, en fin, lo imprevisible e imposible. De ahí surgen dos problemas. Por un lado, la
libertad del Otro(8). Concibiendo la acción racional como una intervención externa sobre una
naturaleza inerte, ¿cómo dar cuenta de una acción recíproca? Por otro lado, la determinación
de lo factible. El cálculo formal define el horizonte de lo posible, pero no delimita qué
posibilidades son factibles.
2.1.2. El problema de la libertad, concebida como afirmación de la virtud frente a la necessitá.
En una de las frases más típicas de su pensamiento Maquiavelo exclama: "...en gente como
nosotros, todo llena de miedo, miedo al hambre, miedo a la cárcel, no puede y no debe haber
lugar para el miedo al infierno”(9) . La adversidad del mundo (la miseria económica y la
violencia física) amenaza la vida del_ hombre. Este, en peligro de muerte, ha de usar incluso
el mal para afirmar la vida. Maquiavelo moraliza así la necesidad; es por y frente a la
necesidad que hay una verdadera decisión libre. Sólo asumiendo la vida aún al precio del
infierno, hay libertad.
Se insinúa en Maquiavelo el análisis que realizará posteriormente Marx. La libertad supone la
reproducción material de los hombres y es por referencia al “derecho a la vida” que se define
la moral de una decisión. Pero en Maquiavelo predomina aún una concepción individualista
de la libertad. Yo soy libre en tanto no dependo del Otro, o sea en que puedo calcular y
controlar al Otro. Al definir la acción racional por el cálculo, hago del Otro un objeto de cálculo.
El Otro hace parte de ese sistema de necesidades al cual yo me tengo que imponer. Ahora
bien, el Otro en su libertad se sustrae a mi cálculo; es imprevisible. Para eliminar lo
imprevisible hay que aniquilar al Otro o bien condicionar su libertad, de modo que su acción
sea previsible. Donde ello no es posible, se establece una acción recíproca cuyo desarrollo no
es calculable. El caso típico es la guerra. No es casual que Maquiavelo ponga la guerra bajo el
signo de la fortuna. Es ella quien decide las batallas. No es posible planificar la guerra. La
guerra y la política tienen en común ser interacciones no calculables. Pero esta misma
imprevisibilidad hace buscar una formalización que acote el campo de las conductas permitidas
(o sea, explicativas respecto a reacciones del otro).
2.1.3. El problema de lo posible como delimitación del campo de la política. Podemos ver en
la tríada -virtú, necessitá y fortuna- un intento de trazar las coordenadas de la política en tanto
arte de lo posible. La virtú no es una ambición ilimitada; topa con "la fuerza de las cosas".
Esas fuerzas objetivas se resisten a la voluntad de poder de los hombres. Estos, sin embargo,
aprenden a conocer esas fuerzas y a usarlas para sus propósitos. Pero también esta
"tecnología social" tiene límites. Existe un factor de riesgo que Maquiavelo llama fortuna. Se
trata de los efectos secundarios, no intencionales o paradojales de nuestra acción; se trata de
la historicidad de las condiciones ceteris paribus de nuestro cálculo. Cada constelación es
única (novedosa), exigiendo re-definir lo necesario y lo posible. Hay pues siempre, a falta de
un conocimiento perfecto, un factor de inseguridad que hace problemática la delimitación de lo
posible.
Un intento de determinad lo posible es la afirmación de Marx que "la humanidad se propone
siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, pues, bien miradas las cosas, vemos
siempre que estos objetivos sólo brotan cuando ya se dan o, por lo menos, se están gestando
las condiciones materiales para su realización" (Prólogo de 1859). Lo posible estaría
determinado por la maduración de las condiciones materiales en el sentido que cualquier
objetivo futuro ha de ser construido a partir del presente. Se trata da un rechazo a la utopía en
tanto meta no factible. Pero junto a esta determinación general de las condiciones de
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posibilidad vemos en Marx un intento por precisar la necesidad de determinado objetivo; en el
seno de la sociedad burguesa se desarrollan las condiciones materiales para la solución de su
antagonismo. El análisis del movimiento real presente permite definir una meta qua solución y
esa solución futura hace de los problemas actuales una transición hacia esa meta. Si se
decide por determinada solución-meta, entonces a la vez se decide sobre lo posible en tanto
medios necesarios para aquel fin.
Hay pues una doble determinación; el futuro posible determinado por el presente (el
antagonismo apunta a la solución) y el presente posible determinado por el futuro (la
aproximación a la meta).
Similar problemática volvemos a encontrar en Max Weber. La ciencia, dice Weber, no puede
enseñar a nadie qué debe hacer sino únicamente qué puede hacer. Lo que se puede hacer es
lo que se puede calcular como relación medio-fin; es el campo de la política como acción
racional. Mediante ese criterio de racionalidad el imperativo político es: se debe hacer lo que
se puede hacer - lo factible. Lo que no se puede hacer -la utopía- tampoco se debe querer
hacer(10).
De este modo, el objetivo social es delimitado por el estudio de factibilidad. A partir del
descubrimiento de las "leyes" que rigen a las acciones sociales se define cuáles objetivos se
pueden hacer. La voluntad elije el objetivo; la ciencia informa si éste es factible, o sea,
racional. Pero como el análisis es imperfecto, Weber acepta que una meta irracional se revele
factible. Su categoría del carisma tipifica aquella política que, invocando un objetivo fijado de
modo voluntarista, tenga éxito.
Estos enfoques excluyen la utopía en tanto objetivo no factible; esto es, como meta
discontinua respecto a las condiciones presentes. Lo posible está determinado por la
continuidad. Si, en cambio, nos fijamos en la discontinuidad presente, entonces la continuidad
sería algo a construir. Y tal continuidad se podría construir solamente por medio de un
referente no sometido a la discontinuidad. La utopía sería ese principio trascendental (o punto
arquimédíco) a partir del cual podemos ordenar la división social. Franz Hinkelammert
propone pues concebir la utopía como concepto límite. La política implica la utopia,
justamente por excluirla como objetivo posible. Sólo por referencia a un ideal imposible
podemos delimitar lo posible. Es decir, no podemos pensar lo que es posible sino dentro de
una reflexión sobre lo imposible. No hay "realismo político" sin utopía.
La Política como interacción
Una concepción de la política como técnica supone un sujeto previamente constituido que
actúa sobre las relaciones sociales en tanto regularidades conocidas. Política sería la acción
de un sujeto; atributo o emanación de una naturaleza previa que no cambia esencialmente por
esa acción. La política es concebida a la imagen del trabajo del hombre sobre la naturaleza;
esto es, como una acción fundamentalmente instrumental.
Volveré sobre el carácter instrumental de la política en el siguiente capítulo. Antes quiero
esbozar una concepción de la política como interacción, que de cuenta de su construcción
social, Al destacar la interacción quiero insistir en la constitución recíproca de los sujetos. Este
enfoque, esbozado por Marx en La ideología alemana, ha vuelto a ser objeto de recientes
interpretaciones de modo que me limito a algunos apuntes.
2.2.1. Nunca hay sólo un sujeto. Sería el caso límite donde los hombres se relacionan entre sí
de modo directo (asociación libre de productores libres) y donde, por tanto, no habría
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"sociedad" propiamente tal. La ausencia de tales "relaciones sociales directas", al contrario,
induce a vincular la política al ordenamiento de una sociedad dividida en un aspecto
específico: la constitución recíproca de los sujetos. Como primera tesis afirmaría que el sujeto
no se constituye positivamente y "hacia dentro" para establecer luego relaciones "hacia
afuera". Se trata un solo y mismo proceso.
Presumo que un sujeto se constituye por delimitación a otro. A través del establecimiento
conflictivo o negociado de los límites entre uno y otro, los sujetos se ponen recíprocamente.
En esa delimitación hacia afuera, diferenciándose de lo ajeno, se constituye hacia dentro,
apropiándose de lo propio. Los intereses o valores comunes (solidaridad) sólo existen en
tanto se distinguen de otros (división). Quiero decir: no es posible construir una unidad sin
construir simultáneamente las diferencias con el otro respecto al cual se afirma uno.
2.2.2. Este enfoque pareciera subyacer también al pensamiento militar trabajando sobre el
antagonismo amigo-enemigo. (La administración Reagan es un ejemplo de ese enfoque que a
través de la "construcción" de un enemigo externo busca cohesionar la integración social). Se
trata, en efecto, de una lucha; pero no entre sujetos "naturales". Es una lucha sobre la
formación misma de los sujetos, lucha por delimitar/articular los límites sociales. La lucha no
es pues algo posterior ni previo a los sujetos, los sujetos se constituyen, se des y rehacen por
medio de la lucha.
2.2.3. Esta lucha se encuentra condicionada, pero no predeterminada por las divisiones
estructurales en la sociedad. Incluso las divisiones económicas conforman sólo un marco –la
reproducción material de la sociedad— dentro del cual se des- y recomponen los sujetos(11).
Como destacó Gramsci, los hombres toman conciencia de las contradicciones estructurales a
través de delimitaciones ideológicas. La realidad material sólo deviene relación social en tanto
"aparece" como significación. (Es cierto que no existe vida social sin reproducción material;
pero "qué vida vale la pena ser vivida" es una definición cultural. Hay un límite después del
cual la sobrevivencia física deja de ser vida humana).
La constitución de los sujetos es un proceso fundamentalmente ideológico porque la realidad
social es ambigua. No sabría explicar esa ambigüedad. Presumo que toda producción material
es a la vez una producción de significados, pero esos sentidos intrínsecos a las prácticas
sociales no son unívocos. No es un asunto de opacidad/transparencia y, por lo tanto, no se
trata de acumular conocimiento para "saber exactamente lo que pasa". La ambigüedad de la
realidad social se sustrae a un conocimiento exacto (o aproximadamente exacto); requiere
interpretación. La interpretación, intersección de concepto y metáfora, es un acto creativo;
tiene lugar una "construcción social de la realidad" en el sentido que "la realidad" es a la vez
una objetivación material y simbólica de la actividad humana.
2.2.4. Si la realidad es ambigua y, por ende, sujeta a distintas interpretaciones, el problema es
la elaboración de códigos interpretativos. Falta (me falta) saber más sobre esa creación y
transmisión de códigos interpretativos. En todo caso llamo la atención sobre los análisis del
discurso ideológico y de los aportes de la psicología y lingüística bajo el punto de vista: de la
constitución de sujetos(12). Por ahora, diría que los códigos culturales son ejes articuladores
que estructuran la ambigüedad. A modo de ilustración: ¿no son los Derechos Humanos, por
ejemplo, valores o símbolos vacíos, o sea sin contenido determinado, cuya significación varía
según el código interpretativo? Sólo dentro de un contexto adquiere significado preciso un
símbolo(13) . Es decir, es posible determinar el significado de los Derechos Humanos sólo por
referencia al conjunto de valores articulados sobre determinado principio que los ilumina. Los
Derechos Humamos son un valor presente en el discurso liberal y marxista, pero su
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significado varía si el principio estructurador es la libertad económica o la emancipación social
(Hablando de lo mismo, no se dice lo mismo).
2.2.5. Los códigos interpretativos parecieran ser elaborados sobre una tensión entre utopía e
interdicción. Vemos en las religiones primitivas como en cosmovisiones racionales que lo
sagrado es menos una afirmación positiva que un interdicto. Georges Bataille ha puesto en
relieve que lo sagrado designa simultáneamente el interdicto y su transgresión. Tiene una
doble cara: por un lado, lo puro y fasto, por el otro, lo impuro y nefasto. Simultáneamente
lugar de atracción y de repulsión. La constitución de sujetos pareciera descansar básicamente
sobre prohibiciones/exclusiones, como forma de delimitar un mundo esencialmente infinito. La
vida es un exceso, una desmesura, que hay que someter a normas (límites) para que no
aniquile lo creado. La actividad espontánea, sin límites, deviene autodestructora (Calígula).
Ahora bien, el interdicto no significa abstención. La delimitación no radica en la prohibición
misma (lo sagrado o el ideal) sino en marcar las prácticas sociales como transgresión (ver
3.3.)
2.2.6. Todo sujeto se constituye por medio de otro: distinción del otro y reconocimiento por el
otro. No basta afirmar lo propio; es necesario delimitar lo propio y lo ajeno. Sólo por referencia
a lo ajeno adquiere perfil lo propio. En este sentido, bien se dice que no se conoce a sí mismo
quien no conoce a su adversario. Comentando la derrota de la unificación italiana Gramsci
indica, que Mazzini, a diferencia de Cavour, no conocía las tareas de su enemigo y, por ende,
no podía determinar las propias. Gramsci no alude a un problema de información. Quiere
decir, que las tareas, los intereses, las utopías, los interdictos, no se plantean unilateralmente
sino en la confrontación crítica con las tareas del Otro. El proyecto socialista no se
autogenera; se construye por oposición al proyecto burgués, absorbiendo sus demandas. La
estrategia popular, partiendo de un actor establecido, enfatiza la expansión. Subestima en
cambio la paradoja que para incorporar y articular lo ajeno sobre lo propio es indispensable
haber constituido lo propio en contraposición con lo ajeno. En este sentido, la crisis de la
izquierda latinoamericana es también una crisis de la derecha carente de proyecto al cual
oponerse.
Esta delimitación frente al Otro no significa escisión. Es necesario el reconocimiento por el
Otro. En este sentido cabría discutir la concepción de autonomía como la presenta, por
ejemplo, José Aricó(14). "Opino que el movimiento obrero solamente se puede constituir
como tal si logra escindirse del conjunto de la sociedad: vale decir, si se ve a sí mismo con su
propia identidad y diferenciado el conjunto de la sociedad". Tal noción de autonomía no se
compatibiliza con la construcción de una voluntad nacional-popular: "la fuerza que surge como
animadora de un propósito de transformación no aparece como una fuerza externa a la nación,
sino como la prolongación de la nación misma, como lo que representa a la nación". En
efecto, como señala el mismo Aricó, la izquierda revolucionaria corre peligro "que su extrema
separación del conjunto del cuerpo de la nación la convierta en algo extraño y
extremadamente vulnerable". Si es así, cabe cuestionar/matizar las usuales consignas de
autonomía.
2.2.7. Recién ahora, apoyándonos en la dialéctica de lo general y lo particular, de unidad y
lucha, me parece posible especificar la referencia de la política al Estado. Dicho en términos
simplistas: la política es un conflicto de particularidades y el Estado es una forma de
generalidad. Tal distinción no implica separación ni subsunción. No podemos pensar la
política sin referencia a una forma que sintetice a la sociedad ni podemos pensar el Estado sin
referirnos a una sociedad dividida.
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Ninguna sociedad dividida (y toda sociedad históricamente conocida es una sociedad dividida)
puede reconocerse a sí misma y actúa sobre sí misma de modo directo. A falta de lo que
Marx llama “relaciones sociales directas”, la sociedad sólo puede afirmarse y organizarse qua
sociedad por medio de un referente fuera de ella. Es por medio de una representación
exteriorizada y objetivada de sí misma que la sociedad se constituye como tal.
La determinación recíproca de los sujetos requiere un referente común. No hay límites ni
lucha sobre límites donde no hay un lugar de encuentro. Suponiendo una relación de
discontinuidad entre los hombres, la continuidad ha de ser creada. Una forma es el Estado. La
forma Estado es la instancia de totalidad social respecto a la cual se reconocen los sujetos
entre sí y cada cual a si mismo.
Dicho esquemáticamente: toda política se refiere al Estado en tanto 1) ella trabaja sobre las
divisiones en la sociedad; 2) el ordenamiento de las divisiones sociales remite a una totalidad
y 3) esa totalidad es representada por la forma Estado. Cuando Gramsci afirma que el partido
ha de tener un "espíritu estatal" alude a esa necesaria referencia a lo general, no solamente
como tendencial universalización de los intereses particulares (corporativos) sino como
constitución misma de lo particular.
III. ACCIÓN INSTRUMENTAL Y EXPRESIÓN SIMBÓLICA
3.1. Hoy día, aparece "natural" que el buen funcionamiento del "sistema económico" sea el
objetivo de la lucha política. La economía pareciera ser la finalidad "en última instancia” de
toda política y, particularmente, del "intervencionismo estatal". Cabe recalcar pues lo ya
recordado inicialmente: si bien no existe vida social sin reproducción material es recién la
revolución capitalista en el siglo XIX la que desprende la reproducción material como "sistema
económico" de la organización social y que, a la inversa, moldea la vida social en función de
una economía de mercado.
En la medida en que la economía de mercado aparece como "base natural" del proceso social
se olvida igualmente el carácter histórico de la racionalidad que acompaña y expresa la
economía mercantil. Con la producción capitalista de mercancía “lo racional” es identificado
con él cálculo formal de medio-fin, particularmente el cálculo expresado en dinero o capital.
En esta perspectiva, Max Weber interpreta la historia de Occidente como el proceso de
racionalización formal del mundo. Impersonalidad y objetividad de la racionalidad formal
hacen de los valores materiales un asunto privado o ético y la misma racionalidad material
deviene una categoría residual.
Recuerdo a Weber porque junto a tematizar la racionalidad formal percibe lúcidamente cómo
ella conduce a una formalización de las relaciones sociales y cómo tal formalización termina
por sustituir lo real por una realidad fabricada, muy vulnerable por las masas (la irracionalidad
de valores materiales). Después de Weber, la racionalidad formal se ha impuesto a tal punto
que se habla de un sistema uni-dimensional. Aún sin suscribir afirmación tan rotunda, hemos
de reconocer que la racionalidad formal es el principal código interpretativo de la realidad,
marginalizando otras interpretaciones. La formalización crea en efecto un tipo de
universalidad que difícilmente puede alcanzar un tipo de racionalidad material. Pero la
continuidad creada es sólo eso -formal- y no supera las divisiones en la sociedad.
Constatamos así una profunda escisión entre la racionalidad formal y la experiencia cotidiana.
3.2. Durante largo tiempo el desarrollo del proceso de producción capitalista descansaba
sobre una cultura cotidiana. Gramsci conceptualiza esa "socialización" moral-intelectual del
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capital en su teoría de la hegemonía. La correspondencia entre modelo de acumulación y
hegemonía que caracteriza el "fordismo" de los años 30 pareciera haberse roto en los 70. La
mercantilización fáctica de todas las relaciones sociales entra en contradicción con las normas
de conducta social. La orientación normativo-simbólica de la sociabilidad se opone al
comportamiento exigido por el cálculo formal. De hecho, la angustia de los hombres por
superar la discontinuidad en alguna experiencia colectiva ofrece una resistencia (por larvada,
no menos tenaz) a reducir las relaciones sociales a relaciones mercantiles. Para evitar esas
"distorsiones" e "interferencias" en la libertad del mercado, el proyecto neoconservador
pretende "descolgar" el sistema económico de la dimensión normativo-simbólica. Se renueva
así el intento liberal de sustraer la reproducción material a la organización social y de suponer
los procesos económicos como relaciones pre-sociales.
Esta escisión entre procesos macro-sociales y experiencia cotidiana provoca una conciencia
patológica(15). Los problemas prácticos son reducidos a problemas técnicos, solucionables
por un cálculo formal. Tiene lugar una regresión a estadios pre-universalistas de conciencia
(esquema amigo-enemigo) para asegurar un mínimo ámbito de certidumbre y solidaridad.
Necesidades no asimilables por la racionalidad formal son reprimidas y auto-censuradas. Surge
un culto a lo inmediato, lo auténtico y lo íntimo para compensar la subjetividad frustrada. Para
colmar sus sentimientos de angustia e impotencia frente a un mundo hostil los hombres se
inmunizan contra una realidad que les aparece como encarnación del Mal. Esta
impermeabilización frente a lo real (pérdida del principio de realidad) da lugar a distintas
formas de “locura” desde el escapismo esotérico al terrorismo, pasando por las diversas
alucinaciones sobre el peligro marxista.
3.3. En este contexto es urgente insistir que la política no es solamente acción instrumental
sino también expresión simbólica. Frente a una sobrevaloración de su dimensión cognoscitiva
(calculabilidad) hay que destacar su dimensión normativa y simbólica, regulando y
representando las relaciones sociales.
La política como comunicación simbólica ha sido poco estudiada(16) no obstante ser el
símbolo tan importante como el trabajo en la apropiación humana del mundo. Me referiré a
dos estructuras simbólicas fundamentales en la acción política: el ritual y el mito.
Intentando especificar lo político qua ritual me apoyo nuevamente en Georges Bataille. Cabe
presumir que la muerte y, particularmente, la muerte violenta es uno de los principales signos
de la discontinuidad y, por consiguiente, objeto de un interdicto fundamental en todo orden
social. Ahora bien, prohibición no significa abstención. Significa transformar las prácticas
prohibidas en transgresiones y, de este modo, someterlas a límites. Las relaciones sociales
son reguladas, ritualizando las transgresiones. Esto es: el interdicto de la muerte hace de la
violencia y del conflicto una transgresión. No se elimina pues la violencia y la lucha (tarea
imposible) sino que son incorporadas al orden, ritualizándolas como transgresiones que
afirman la vigencia del interdicto. La política está llena de ceremonias rituales (al igual que el
derecho) que encauzan el ejercicio de la violencia y dan forma a los conflictos de modo que
no destruyan la convivencia. Cuando la lucha deja de ser vivida como una transgresión
ritualmente reglamentada del orden colectivo, surge la violencia mortal. La muerte deviene
objeto de un cálculo formal (costo-beneficio), dando al terrorismo y a la guerra moderna su
carácter inhumano.
Presumo que la política en tanto ritual es una afirmación de la vida colectiva. Lo vemos más
claramente en actos masivos como las elecciones o manifestaciones, pero también en la
"puesta en escena" que rodea la actividad de un jefe de gobierno. Casos como estos no
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pueden ser explicados en términos de la racionalidad formal y, de hecho, frecuentemente son
denunciados como "irracionales" o simple "show". En efecto, de manera deliberada o no tiene
lugar un montaje teatral que recuerda las ceremonias rituales. Tal escenografía no es simple
"manipulación de las masas". Los actos políticos masivos son rituales que actualizan el
sentimiento de colectividad. Se invoca la pertenencia a un orden, presente o futuro, a partir
del cual adquiere sentido la convivencia. A través de los rituales se constituye colectividad y,
por ende, continuidad: continuidad en el espació (reuniendo a quienes pertenecen a un mismo
orden), continuidad en el tiempo (conmemorando la persistencia del orden colectivo). En estas
"liturgias del poder" la colectividad se festeja a si misma. Es una forma de transformar el
poder en orden. Aunque aparezcan como exaltación de un líder, este sólo simboliza la
confianza del colectivo en si mismo de saber afirmarse en el mundo. Más que acciones
instrumentales, destinadas a lograr determinado fin, tales actos de masas representan un fin en
si. Ello implica que no pueden ser sustituidos por mecanismos de cálculo formal (informática,
encuestas de opinión, etc.) ni por las relaciones impersonales del mercado. Implica también la
obsolescencia de los rituales institucionalizados, cuando ya no logran invocar lo colectivo.
Considerando esta constitución del "nosotros" como lo específico de la política, también un
acto folklórico, una huelga o una misa se transforman en actos políticos. Independientemente
de su contenido, toda forma de ritual supone la conciencia de un poder colectivo. En esta
perspectiva, habría que explorar nuevas formas de politización de la vida diaria.
3.4. El ritual político confirma y actualiza un orden colectivo, representado simbólicamente en
un mito. El mito organiza una cosmovisión que ordena y da sentido a la vida social; a través
del mito el individuo (el fenómeno singular) se inserta en un orden. El dolor ó la muerte son
"socializadas” mediante una concepción del mundo que les asigna su lugar en el proceso
social. La secularización moderna socava la fuerza del mito, racionalizándolo en mitos
profanos como el progreso o el desarrollo. Juan Enrique Vega ha destacado la relevancia de
los “mitos revolucionarios" sin los cuales no es posible comprender los procesos de liberación
en América Latina(17).
El mito es una forma simbólica de disposición sobre el mundo. Llamo la atención sobre el mito
fundacional de la política moderna: la soberanía popular. La soberanía popular simboliza la
reivindicación de los hombres a determinar sus condiciones de vida. Tal creación consciente y
colectiva del futuro de la humanidad es, como denuncian los neoconservadores, un mito. En
efecto, la noción de soberanía popular no es operacionalizable. En este sentido son
justificadas las objeciones (de derecha e izquierda) a la democracia; ningún tipo de
democracia asegura la identidad de la voluntad de todos con la voluntad general. Pero tales
denuncias no tocan el problema de fondo. La soberanía popular es un mito, pero un mito
necesario. Es necesario un concepto-limite, un horizonte utópico fuera de la sociedad, como
referente para pensar y organizar la sociedad. El postulado de la soberanía popular vuelve
una tarea inteligible que los hombres dispongan sobre el mundo. En otras palabras: la
referencia al mito de una sociedad sujeto de su desarrollo es la forma que permite elegir entre
el infinito número de posibilidades de ordenar el presente. Es el principio legitimatorio de toda
decisión política (de que sea posible decidir). El ataque neoconservador a la soberanía
popular no concierne pues solamente los "límites de la democracia" sino que cuestiona la
posibilidad misma de que todos los hombres -la sociedad- decidan sobre sus condiciones de
vida.
IV. SUBJETIVIDAD Y FORMALIZACIÓN
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4.1. La racionalidad formal supone una formalización de las relaciones sociales, que excluye
la subjetividad. Característico de la formalización es justamente prescindir de los atributos
personales de los participantes y de sus valores materiales. No contempla la subjetividad en
tanto espontaneidad (no se puede formalizar un fenómeno no conmensurable y no
calculable).
La formalización pone distancia. Las relaciones sociales se apoyan en situaciones
perfectamente codificadas según normas previamente establecidas y adecuadamente
interiorizadas por cada actor(18). A esta formalización de las relaciones sociales, vinculada a
la creciente organización burocrática de la actividad política, se imputa parte de lo que se
experimenta como "crisis de representación". El ciudadano se siente distanciado del
parlamento y del gobierno, el militante del partido; la relación de representación se vuelve
formal en el sentido de ficticia.
A esta atrofia de la subjetividad por la formalización burocrática responde la consigna
socialista de la "desestatización de la política". Similar argumento, baja otro signo, esgrimen
los gobiernos neoconservadores para impulsar la privatización de los servicios públicos. En el
primer caso, se invoca la soberanía popular como legitimación para recuperar un poder social
enajenado. En el segundo, se invoca la libertad económica y la iniciativa privada, para
devolver al mercado las decisiones usurpadas por la política. La subjetividad significa, en un
caso, la espontaneidad de los hombres libremente asociados y, en el otro, la libre disposición
de cada cual sobre su propiedad privada. En ambos casos se postula, desde posiciones
antagónicas, una abolición de la formalización. Ahora bien, no hay política sin formalización.
4.2. Hay y habrá formalización de las relaciones sociales mientras haya discontinuidad. La
distancia que lamentamos es la experiencia de la discontinuidad. La división en la sociedad (o
sea, la ausencia de relaciones sociales directas) es vivida como distanciamiento individual y
separación de los otros. Los otros representan respecto a cada individuo la normatividad/normalidad de la sociedad. Esta no-identidad de lo particular y lo general
provoca un sentimiento de culpabilidad. Soy culpable porque soy diferente de los demás;
diferencia que me distancia como impuro y trasgresor respecto a la pureza del interdicto que
cohesiona la comunidad. La culpabilidad se alimenta de la distancia que se percibe respecto a
las normas generales: la convicción no consciente de que la vida está sometida a un gran
diseño y de desconocer ese plan general. La pregunta intima por aquel diseño siempre ilisible
que pone en escena la vida cotidiana no encuentra respuesta. La opacidad del carácter social del orden produce angustia: La angustia por lograr la
continuidad, por fusionar lo separado aumenta con la atomización de la sociedad.
Paradojalmente, mayor es la atomización social y mayor la tendencia a refugiarse en la
privacidad. Si bien se percibe el peligro que conlleva la privatización propia a la atomización,
se pretende recuperar la sociabilidad justamente en el ámbito privado(19). A la vez que se
rechaza la sociedad atomizada/uniformada como el Mal, se genera una subjetividad culposa
que busca confesarse en la intimidad. Marginalizados en y por el proceso social, los
individuos pretenden superar las distancias sociales mediante un culto a la autenticidad.
Creen que la espontaneidad asegura la unidad -un solo corazón- que las instituciones no
logran. En otras palabras, creen de que detrás o debajo de la formalización se encontraría
alguna relación natural, una subjetividad pura, que habría que liberar de su cárcel
institucional.
4.3. Creo que la subjetividad no se opone sino que supone la distancia y la formalización de
las relaciones sociales. Sólo formalizando la delimitación entre Uno y Otro se abre el campo
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de la diversidad subjetiva.
No existiendo una igualdad material entre los hombres, sólo puede haber una unificación
formal. Toda relación social es -más o menos- formalizada. Ahora bien, la formalización no
sólo separa, también comunica. En una sociedad dividida, toda comunicación implica una
formalización de las discontinuidades. Eso es el objeto de la práctica política; basta recordar su
carácter de ritual (el ritual es un modo de formalizar la división en tanto transgresión).
Formalización son también las reglas de cortesía cuya importancia para el diálogo y la disputa
políticos no necesito destacar. Restringiendo la reacción espontánea, la cortesía permite
establecer relaciones sociales sin poner en juego los valores personales. No se trata pues de
abolir la formalización en nombre de la subjetividad. (En una sociedad que no requiere
relaciones formalizadas, tampoco habría subjetividad: la espontaneidad de cada uno no
tendría límites). El problema es crear relaciones formales de modo tal que las formas no
excluyan expresar esa diversidad social.
Resumen
Tiene lugar un desplazamiento de los límites entre lo político y lo no-político o -más exactouna pugna por larvada no menos radical acerca de lo que legítimamente es "la política". La
relevancia de este conflicto radica en el supuesto que la transformación de todo orden político
implica una regeneración del "hacer política". Con este propósito se intenta bosquejar un
marco referencial para repensar la política en torno a cuatro ejes: 1) El orden: leyes naturales
o construcción social; 2) Técnica e interacción; 3) Acción instrumental y expresión simbólica; y
4) Subjetividad y formalización.
[*] Documento de Trabajo Programa FLACSO-Santiago de Chile, Número 134, enero 1981.
Ponencia presentada al “Taller sobre estado y política en América Latina” del Departamento
de Estudios Políticos del CIDE, México.
[1] Lechner,Norbert: “El proyecto neoconservador y la democracia”; ponencia del seminario
"Los nuevos procesos sociales y la teoría política contemporánea" del Instituto de
Investigaciones Sociales de la UNAM. Oaxaca abril 1981. A publicarse en Crítica & Utopía Nr.
6.
[2] Nun, José: La rebelión del coro, en Nexos, México 1981.
[3] Un buen resumen presenta Pereyra, Carlos: Configuraciones: teoría e historia, Edicol,
México 1979, (cap. XIV).
[4] Marx, Karl: Elementos fundamentales (Grundrisse), Siglo XXI México 1971, t.I, p.84.
[5] Bataille, Georges: El erotismo, Tusquets Ed. Barcelona 1979.
[6] Miller, Eugene F.: What does "political" mean? en The Review of Politics 42/1, enero 1980.
[7] Sobre este desarrollo ver Habermas, Jürgen: Theorie und Praxis, Suhrkamp Frankfurt
1974; Wolin, Sheldon: Política y perspectiva, Amorrortu Buenos Aires 1973 y mi artículo: La
teoría y la práctica de la política, en Estudios Sociales Centroamericanos 25, CSUCA
enero-abril 1980.
[8] Flisfisch, Ángel: El fundamento racional de la acción y la libertad del otro, Materiales de
Discusión Nº 13 de FLACSC-Santiago, abril 1981.
[9] Historia Florentina, citado por Manent, Pierre: Machiável ou la défaite de l'universel, en
Contrepoint 17, Paris abril 1975.
[10] Respecto a las implicancias metodológicas del tema debo mucho a las discusiones con
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Franz Hinkelammert. Ver entre sus trabajos: La metodología de Max Weber y la derivación de
estructuras de valores en nombre de la ciencia, en Hoyos, G.(ed.): Epistemología y política,
CINEP Bogotá 1980.
[11] Cfr. Przeworski, Adam: El proceso de formación de clases, en Revista Mexicana de
Sociología 1978, número especial; y Compromiso de clases y Estado en Europa Occidental y
América Latina en Lechner(ed): Estado y política en América Latina, siglo XXI México, 1981.
[12] Ver, entre otros, Laclau, Ernesto: Política e ideología en la teoría marxista, Siglo XXI
Madrid 1978; De Ípola, Emilio: Populismo e ideología. A propósito de Laclau, en En Teoría 4,
Madrid 1980 y Landi, Oscar: Sobre lenguajes, identidades y ciudadanías políticas, en
Lechner(ed.): Estado y política en América Latina, Siglo XXI México 1981.
[13] Cfr. Leach, Edmund: Cultura y comunicación, Siglo XXI Madrid 1978.
[14] Entrevista con José Aricó en Qué Hacer? Nº 7, DESCO Lima 1980.
[15] Cfr. la obra colectiva preparada por Jürgen Habermas: Stichworte zur geistigen Situation
der Zeit, Suhrkamp Frankfurt 1979, especialmente el artículo de Albrecht Wellmer.
[16] Edelman, Murray: The Symbolic Uses of Politics, University of Illinois Press 1974 (6.ed.).
[17] Vega,Juan Enrique: América Latina - La conquista del reino de este mundo, en
Pease,Henry (ed.): América Latina 80: democracia y movimiento popular, DESCO Lima 1981.
[18] Recuerdo la obra de Erwing Goffman, por ejemplo Ritual de la interacción, Ed. Tiempo
Contemporáneo Buenos Aires 1967.
[19] Javeau, Claude: Sur le concept de vie quotidienne et sa sociologie, en Cahiers
Intemationaux de Sociologie 68, París enero-junio 1980.
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